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02 enero 2026

y había manzanos a lo largo de las presas...

 Ahora que viejo y fatigado voy, perdido con los años el amable calor de la moza fantasía, por veces se me pone en el magín que aquellos días por mí pasados, en la flor de la juventud, en la antigua y ancha selva de Esmelle, son solamente una mentira, que por haber sido tan contada, y tan imaginada en la memoria mía, creo yo, el embustero, que en verdad aquellos días pasaron por mí, y aun me labraron sueños e inquietudes, tal eran como una afilada trincha en las manos de un vago y fantástico carpintero. Verdad o mentira, aquellos años de la vida o de la imaginación, fueron llenando con sus hilos el huso de mi espíritu, y ahora puedo tejer el paño de estas historias, ovillo a ovillo. Cuando de obra de nueve años cumplidos por Pascua Florida, con la birreta en la mano, me acerqué a la puerta de mi amo Merlín, ¿quién diría que me la iban a llenar, la gorrilla nueva, de las más misteriosas magias, encantos, inventos, prodigios, trasiegos y hechizos? Nunca regalo como este, digo yo, le fue hecho a un niño, y como de un cuerno maravilloso saco cinta tras cinta, cuento tras cuento, y con mis propios ojos contemplo toda aquella tropa profana que a Merlín acudía y a sus siete saberes: en Merlín se añadían, tal los hilos de un sastre invisible, todos los caminos del trasmundo. Él, el maestro, hacía el nudo que le pedían. Ya lo veréis.


Álvaro Cunqueiro

MERLÍN Y FAMILIA

27 diciembre 2025

El criado de Herodes

El criado de Herodes

Ustedes saben que Galicia ha sido, durante siglos y siglos, el punto extremo de la Ecumene. Aquí, en el Finisterre, que por algo se llamaba así, se acababa el mundo conocido y más allá solamente existía el vacío inmenso del océano tenebroso, con sus abismos, al borde de los cuales se exhibían enormes bestias, Leviatán, por ejemplo, o Jasconius, cuyo lomo oscuro fue tenido, por San Brendán y sus monjes, por una isla. No se es impunemente durante años y años el punto final de la tierra en la que habita el hombre. Probablemente esto tiene sus desventajas —¿hay en el alma gallega algo que provenga de esta inmensa soledad del terminus?—, y el asunto no ha sido muy estudiado. Pero, por otra parte, sucede que este extremo del mundo, este umbral del espacio humano, por ser el más lejano lugar al que podía llegar el europeo, el cristiano, hasta que se supo que había más tierra a Poniente, ha conocido las que llamaremos situaciones que les son profundamente propias. Por ejemplo, aquel momento en que Oberón, acompañado de su fiel Puck, unas veces un trasno revoltoso y otras el más gentil de los espíritus, en las rocas finales, escucha cómo canta la sirena recostada en el lomo de un delfín que sestea en las aguas verdes: Puck volará a aquella punta del mundo a recoger la flor occidental, el zumo de cuyo talle concede tan apasionados e irrebatibles amores. Y si no viviéramos los gallegos en el extremo mundi, no veríamos en la última quincena de diciembre, por los mismos días del nacimiento del Señor, pasar por los caminos aldeanos, dejando a la izquierda Compostela con sus altas torres y sus campanas, un extranjero vestido de raras ropas, excusándose en las robledas del Tambre, buscando el último lugar poblado de Occidente, a veces tocando campanilla como gafo que asusta a transeúntes vespertinos; hasta los lobos se apartan cuando se acerca. Es un criado de Herodes, un mensajero que lleva el parte inmisericorde de su señor, un decreto supremo que ordena que los Inocentes sean degollados.

Lo peor del asunto no es solamente que haya tal mensajero y corra caminos, sino que ha de haber quien la escuche, la lectura del decreto herodíaco, y tome sobre sí la tarea de la degollina. Lo cual quiere decir que mientras el mundo sea mundo habrá inocentes que serán degollados. Quizás este hecho haya de ser tenido en cuenta por aquellos que se preocupan de estudiar la condición humana y aun la filosofía de la historia universal. Al «siempre habrá pobres entre vosotros» tendremos que añadir «siempre, entre vosotros, habrá inocentes que serán degollados». A lo de los pobres se podría añadir lo que dijo alguien de que si siempre habrá pobres entre nosotros no conviene que sean siempre los mismos. Pero a lo segundo no se me ocurre excepción.

Bajo la lluvia, en el atardecer ventoso, pasa el criado de Herodes por los mismos caminos que recorrió, ofreciendo sus biblias, don Jorgito el Inglés. A quien acaso el alcalde de Negreira que, cerca del Finisterre, leía las obras completas de Jeremías Bentham, no le habrá hablado de nuestro extraño visitante. Por no ser tomado por gallego supersticioso.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

26 diciembre 2025

De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón

Zumo de manzana

No he leído la novela de Dan MacCall, publicada recientemente en Grasset, en París, traducida del inglés al francés, pero la he visto anunciada en varios periódicos y revistas. Parece ser que se trata de la primera novela de un norteamericano de treinta y cuatro años, y que en ella cuenta una infancia vivida en California. La novela será buena, regular o mala, pero el título nos sorprende y atrae, con su anuncio de una terapéutica sentimental. Todos sabemos la importancia de la manzana en la historia de la humanidad, y hemos visto en la pintura y en la escultura el momento en que Eva le ofrece un bocado de manzana a Adán en el Paraíso. Los especialistas en la materia sostienen, ahora, que no podía ser manzana, que seguramente fue fruta de hueso, un pejigo o una ciruela, pero solamente ellos tienen la preocupación de destruir la leyenda de la manzana. Un poeta de Francia —creo que recordando su Normandía natal; no estoy seguro— dijo una vez que todo el aroma de su país cabía en una manzana. Lo que es indiscutible. Yo me curo más de una vez la inquietud con manzanas, no comiéndolas sino oliéndolas. Me levanto de la cama en la que no logro prender el sueño —bella frase esta de «prender el sueño»— y me siento en un sillón, en el cuarto de estar, donde tengo una docena de manzanas en el suelo, tabardillas, reinetas, romanas, camoesas, y a los pocos minutos de estar allí me llega lento y suave aroma, que es el mismo de la casa natal en mis días de infancia, y me va sosegando, y me vienen a la memoria días pasados que fueron alegres, y con la evocación de ellos un tranquilo sueño. Memorias tengo que solamente me las aviva el aroma de las manzanas. Pero todavía no les he dicho el título de la novela de Dan MacGall. La novela se titula De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón. Sin haber leído la novela, ya acepto la tesis, ya reconozco la importancia del zumo de manzana en la curación de un corazón herido y dolorido, ya me dispongo a recomendarlo a aquéllos a quienes suponga amores tempestuosos, o tan amantes, que amor propiamente los hiere. Recuerdo una cantiga medieval gallega que dice que «allá va mi amigo / con el amor que le tengo / como ciervo herido / por montero del rey».

Alá vai o meu amigo

co amor que lle eu hei,

como cervo ferido

por monteiro del Rei!

El único problema que me plantea la novela del norteamericano, y el tratamiento con zumo de manzana en las heridas del corazón, es si el tal zumo es zumo envasado en lata, pasteurizado, higienizado o lo que sea, e inodoro, y no zumo obtenido en casa, fresco y aromático, tras haber elegido las manzanas, las coloreadas manzanas, con las manos mismas de las caricias. Quede dicho para siempre que el corazón no admite ersatzs.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

24 diciembre 2025

Los magos de Oriente

Los magos de Oriente

Una querida amiga mía, excelente escritora, consultándome un artículo sobre los Magos de Oriente que, según Lucas, acudieron a Belén de Judá a adorar al Niño, quedó ligeramente contrariada porque le negué que el negro fuese una invención española, y por ende una prueba de nuestro antirracismo. Lo del mago o rey negro, y que los magos o reyes sean solamente tres, son cosa del pseudo-Beda, que nos dice que, de los orientales, uno era fuscus, hosco, negro. Lo de ser tres los magos o reyes, vendrá de los tres dones, oro, incienso y mirra. Algunas tradiciones coptas hablan de doce magos, y parece que un texto de San Juan Damasceno haya de interpretarse como que eran sesenta.

Cuando en estos días navideños paso por Compostela, voy siempre a San Fiz Solovio, una de las más antiguas iglesias de la ciudad, a ver la adoración de su pórtico románico. Yo la creo quizá la más antigua de Galicia, y me digo que la primera vez que los gallegos vimos a los magos de Oriente fue en este bello arco románico. Son tres, uno fuscus como quería el pseudo-Beda. Yo me detengo ante San Fiz con un gran pan de centeno bajo el brazo —el mercado compostelano linda con la iglesia—, y me gustaría ofrecer un codo a aquella misteriosa compañía, todavía vestida de los azules y rojos de la coloración medieval. Pero están a lo suyo y no me atienden.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

23 diciembre 2025

Melchor

Melchor

Se nos ha enseñado que los magos de Oriente —hechos reyes muy tarde, tarde fijado su número de tres, tarde recibiendo nombre y decidiéndose que uno fuscus, hosco, negro, en el pseudo-Beda—, tras la Epifanía se fueron a sus países. Pero la cosa no está tan clara, o se complica, cuando las Cruzadas. Porque ustedes saben que entre los caballeros, los barones amigos del Señor, que fueron a Ultramar al rescate del Santo Sepulcro, iba uno de los Baux de Provenza, el cual, cabalgando por las fronteras de Siria, hacia las fuentes del Jordán o por los altos de Golán, conoció nada menos que a una sobrina tataranieta de Melchor —al que ya habían hecho rey—, y que sería una morenita menudita y graciosa, con la cual se casó. Y la trajo a Provenza, «mi naranjal cercado» que dijo Mistral. Y en sus armas de poner, pintar y llevar, borraron y pusieron, en azul, de oro la estrella que guió los magos a Belén. Que allí sigue. Por eso en Les Baux hacen tan gran fiesta de la Epifanía. Y de dos cosas una: o Melchor se quedó por allí, por el Jordán, y fundó casa, o la niña venía del reino secreto a Jerusalén, guiada por una historia que se contaba en su torre. Yo me atengo a lo primero, porque, como es sabido también, por ese tiempo fueron hallados los huesos de los tres magos, y tras varias peripecias, llevados a la catedral germana de Colonia, donde aún están. Yo conocí en Vigo a un antiguo empleado de la Hamburguesa, que siempre me hablaba de los grandes banquetes del transatlántico Cap Polonio, y de su abuelo, a quien su madre había llevado, niño, a la catedral de Colonia una víspera de Reyes, y lo había acercado al sepulcro de los magos —otras madres hacían lo mismo con sus hijitos—, para que escuchase campanillas, voces orientales, y el trotar por una costanilla empedrada, la que se adentraba por muros de Belén hasta el mercado, los caballos de Melchor, Gaspar y Baltasar.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

20 diciembre 2025

Nació para nosotros

Nació para nosotros


En la leyenda de San Francisco, de San Buenaventura, se lee que «il poverello», para despertar la piedad pública, quiso celebrar la Natividad del Señor Jesús con la mayor solemnidad, en un barrio que llamaban «de Grecia». Y teniendo permiso del Papa, preparó una cuna, y llevó paja, y un buey, y un asno, y avisó a los frailes y al pueblo: «en el bosque resonaban los cantos, y aquella noche memorable vino a ser la más memorable que hubo nunca, y todo resplandeciente de luces». Francisco estaba cerca de la cuna, el rostro bañado por las lágrimas y el corazón lleno de alegría. Después de la santa misa, Francisco predicó a las gentes, anunciándoles el nacimiento del Rey Pobre. En la ternura de su corazón le llama «il piccolino de Belem». Y aconteció que estaba presente un caballero llamado Juan de Grecia, quien más tarde abandonó las armas del siglo, y el tal Juan aseguró haber visto en la cuna a un niño hermosísimo, dormido, y cómo Francisco lo tomaba en brazos, y lo despertaba… ¡El Rey Pobre! Y por él, pocos años después vendrá Dama Pobreza a los cantos de los poetas, de Jacopone da Todi en aquel verso hermosísimo: «¡povertade, poverella!» (pobreza, pobrecita!)… No sé por qué, leyendo en Paul Eluard aquello de «Bonjour, tristesse!… Tu n’est pas tout à fait la misère / Car les lèvres les plus pauvres te dènoncent / Par un sourire / Bonjour tristesse…», yo recordaba a los franciscanos de Dama Povertade, y hallaba que el de Jacopone y el de Eluard eran muy semejantes y dos de los versos más hermosos de todos los siglos. (Y me dolió siempre que el de Eluard haya sido usado por la Sagan como título de su primera novelucha). En fin, un Rey Pobre, y ha hecho temblar a los poderes en la noche, y con razón. Fatigados los hombres ya antes de nacer, pasamos de tiniebla a tiniebla con los ojos cerrados, pero los abrimos para ver cómo nace el Rey Pobre, y con los corazones nuestros arrodillados, retenemos la esperanza hasta el Último Día.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

19 diciembre 2025

Treinta y tres días

Treinta y tres días

En las leyendas damascenas referentes a los Magos de Oriente —en algunas, no son reyes, sino simplemente magos, y en algunas son siete, en otras, doce, en otras, sesenta; tres lo son por una interpretación de un apócrifo recogido en el pseudo-Beda, donde se dan los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, y se dice de uno que era fuscus, negro, por primera vez— se habla de que el viaje de éstos a Belén, a adorar al Niño, duró treinta y tres días, y todas contestes en que el viaje fue iniciado antes del Nacimiento de Jesús, sobresaltados los magos, cuya calidad de astrónomos y aun de astrólogos no puede ser puesta en duda, por la estrella que apareció a diestra mano. Que esto también está probado, que la estrella de guía la llevaron los señores de Oriente a mano derecha durante todo el viaje, y la estrella trabajaba muy baja en su oficio, poco más alta que las copas de las altas palmeras. Así, pues, ya están en viaje los sabios, ricos, magos, reales señores de Oriente, cuando todavía José y la dulce María, no han llegado, para el censo del señor latino de la ciudad y el mundo, a Belén de Judá, donde se apuntaban los del ramo de David. El color de la estrella ha sido estudiado por el lapidario bizantino Teodoro Angelis, de ilustre familia imperial. Teodoro, según el P. Maerckel, recogía una tradición de origen persa, zoroástrico, sobre la procedencia solar y estelar de las piedras preciosas que se encuentran en la Tierra. No se sabe bien cómo fue la cosa: si llovió del sol algo que, al aterrizar, se convirtió en diamantes, o si estallaron estrellas, rojas, azules, verdes, doradas, de donde la varia y colorada pedrería. Teodoro Angelis —por otra parte antepasado del cómico italiano Totó, como se sabe, de verdadero nombre S. A. I. príncipe Antonio Curtis Angelis Commeno— dice que la estrella era roja, y que, al terminar el divinal servicio en el que fue comprometida, se rompió en espléndida lucería, y los trozos se esparcieron por la Tierra, y son los rubíes. Todo esto Teodoro lo adoba con consejos sobre la recolección de rubíes en cuarto creciente y otras operaciones mágicas.

Louis Marin es quien ha estudiado las familias de la nobleza europea que se dicen descender de los señores orientales, ya aceptados como Reyes. Yo no he logrado leer el libro de Marin, que fue utilizado por Ernesto Hello, de quien era amigo. Marin tuvo su papel en la polémica «modernista», y era muy amigo también del abate Loisy, al que facilitaba lo que él creía errores en las Escrituras. Pero cuando saltó la Pascendi de Pío X, Marin se sometió y, en penitencia, peregrinó al Puy. Marin cuenta la historia de los Baux, de Provenza, que descienden de una sobrina de Melchor, y cita varias casa borgoñonas, flamencas y provenzales, de las cuales nobles primogénitos en los días de las Cruzadas, casaron en Antioquía, en Jerusalén, en Aleppo y en Damasco con hermosas princesas de la casa de Melchor. Los Baux cambiaron de armas y, en vez del león rampante, las lises pusieron en campo de azul una estrella de oro, «que éstas eran las armas del tres noble monsieur Melchor de Ultramar»… Los Montmorency, que llevan por lema «Dieu aide le premier chrétien», también descienden de otra sobrina de Melchor, y sostenían que fue un antepasado suyo, un tal Auren, el primer cristiano que hubo entre francos…

¡Grandes y bellas historias! Pero lo hermoso es saber que ya van los Reyes por los caminos, la estrella ante sus ojos, roja como quiere el bizantino Teodoro. ¿Tres, siete, doce, sesenta como todavía se cree entre coptos? Aceptemos que tres, y que están los tres enterrados en la Santa catedral de Colonia, donde estos días, si se acerca el oído a su sepultura, alguien inocente oirá relinchar de caballos, sonar de trompetas y parlar en lenguas extrañas. Son los señores de Oriente, poniéndose en viaje.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

18 diciembre 2025

Una nochebuena en Miranda

Una nochebuena en Miranda

Miranda es una tierra montañosa, que nace donde terminan los llanos pastizales de la antigua Bretoña, y va a morir en estrechas vallinas en el río Eo, que es la frontera entre galaicos y astures. Me gustaría ponerme ahora mismo a contarles a ustedes de esa remota provincia del Reino de Galicia, que es el país de mi infancia, tan añorado. Comenzando por los potros bravos que nacen en gran amistad con el viento en las camposas y en las brañas, en las veranías de dulces pastos, donde el milano y el lobo se saludan; y diciendo de los grandes castañares que cubren las laderas de las rotundas colinas, de las fraguas de los herreros en Ferreira Vella, con su gran mazo junto al puente, y los fuelles cabe los hornillos, en los que tanto me gustaba tirar; y de los grandes prados en los altos, de los que se regresaba en julio en los carros colmados de oloroso heno, y de los molinos de calendas perdidos en los recodos de los claros ríos, en los que los míos tenían derecho a moler el menudo trigo montañés una vez a la semana, y de la fraga de Rioseco, una espesura habitada por el jabalí, selva virgen en mi imaginación, a cuyo pie, por angosto barranco pasaba yo a caballo, tropezando con las ramas del roble silvestre mi cabeza de pequeño jinete. Cuando, por ejemplo, en el Libro de las genealogías de Vasco de Ponte —que es el libro en que se cuenta de los gallegos condes locos medievales—, me encontraba con el caballero Pedro de Miranda y leía que llevaba con él treinta, dos de a caballo, «porque eran de tierra brava», yo me enorgullecía, poniéndome en aquel bando, porque yo también era de allí, aquel país de ásperos montes y frondosos valles amados por la niebla matinal, de aquellas ribeiras surcadas por espumeantes aguas cantoras que bajan violentas desde las cumbres para remansar en tranquilos y oscuros salones a la sombra de la tribu fluvial de los árboles: chopos, sauces, álamos, abedules. No había carreteras. Desde el paso más alto del camino de herradura se veía, lejano y verde, el Cantábrico. Un monte desnudo y roquedal, el Carracedo, decía el refrán de allí «que a todos os montes pon medo». Y como si no tuviéramos los mirandeses bastantes montes, aun inventábamos uno, el Montiral, para decir, refraneros, que del Carracedo era el igual. ¡Montiral! ¡Cuántas veces no he preguntado por él! Nadie sabe de qué banda cae, dónde levanta su cima hasta las oscuras y lentas nubes que empujan hacia tierra los vientos nacidos en el océano. Un monte de la imaginación en un país en el que la gente es gozosamente fabulante, supersticiosa, espiritual y sensual a la vez. Yo soy de aquéllos más naturales de allá.

Tendría yo nueve o diez años cuando fui a pasar la Nochebuena al pazo de Cachán, de mis abuelos maternos. Eran unos días soleados y tibios, esos días que el cristalino sur suele traer a Miranda en vísperas del solsticio invernal. Habíamos estado en la iglesia oyendo a los niños ensayar villancicos y versos, y de regreso a casa, anocheciendo, nos habíamos detenido donde dicen Moucín, porque a un primo mío, que tenía una caja de cerillas, se le había antojado un magosto de castañas con unas que nos habían dado en una casa vecina. Hicimos la pequeña hoguera, pellizcamos las castañas, y esperamos a que se asasen en el brasero. Alguna sin pellizcar —los gallegos, en el romance nuestro, decimos anozcar o penicar—, estallaba, y aventaba brasas, encendiendo el aire con oro vivo. Ninguno de los que estábamos atentos al magosto vimos acercarse al mendigo. Yo le llamo «el mendigo» por decirlo de alguna manera. Era un tipo alto, delgado, los ojos negros muy hundidos, la barba entrecana de dos semanas por lo menos, abrigado con un largo gabán verde y calzado con zuecos de media caña. Sin decir palabra se metió entre nosotros y tendió las manos al calor del magosto. Llevaba en bandolera una gran cartera roja, y el sombrero con que se cubría levantaba la ancha ala sobre la frente. Le dimos las buenas tardes y no contestó. Sacamos las primeras castañas y le ofrecimos. Tomó una, quitó la cáscara quemada, y la masticó despacio, paseándola por la boca, que debía quemarle. Bailó un poco sobre los pies, que los traería fríos, y nos miró con gran atención, uno a uno. Se pasó el dorso de la mano por la boca.

—¿Sois cristianos? —preguntó.

La voz la tenía ronca y el acento no era del país, ni tampoco de las Castillas. Le respondimos que sí, y Pedro de Noceda, que era seminarista en Mondoñedo, de los de ropón corto y beca colorada, y estaba de vacaciones, se santiguó, y lo imitamos.

—Esta noche nace en Belén —dijo el desconocido, más para sí que para nosotros.

Y levantando el cuello del raído gabán verde, echó a andar por el sendero que lleva al empalme del Marco del Álvarez, que es un descampado frío, en el que, desde octubre a junio, hay grandes charcos en los que se espeja el abedul y bebe la becada.

Yo le conté aquel encuentro, horas después, a un viejo criado de casa, Benito Anido, que fue, sin duda, el maestro que primero acarició mi imaginación, y era una feliz antología de romances, que decía muy bien, de Carlomagno y de Delgadiña, de don Tristán… Benito se me quedó mirando y me preguntó si no caía en quién era aquel vagabundo taciturno de la cartera roja. Tuve que responder que no. Benito cogió la humeante taza de la ritual compota de pera y tinto y se acercó a la ventana.

—¿No caes?

—No.

Limpió el empañado cristal y echó una mirada a la noche.

—Pues es bien conocido, y todos los años pasa. Es un criado del rey Herodes, que va hacia Fisterra, y en la cartera roja lleva en papel sellado la orden de que hay que degollar los Inocentes el día veintiocho, al alba.

Benito bebió la compota, posó la taza y pasándome un brazo por los hombros me dijo confidente:

—¡Viste lo que les es dado ver a pocos!

Siempre que voy a Riotorto y me acerco a Moucín, me acuerdo del correo del rey Herodes, que verdaderamente lo he visto al pie de nuestro magosto infantil y marchar por el atajo del Marco camino de Fisterra, portador de la terrible orden. Creo verdaderamente que lo era, y todo este siglo nuestro, tan rico y grande por una parte, y tan desesperadamente loco y sangriento por otra, me confirma con sus días oscuros que el correo de Herodes pasó y pasa, verdaderamente, por los caminos de mi país, camino del cabo final, con el decreto infanticida en la cartera.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

17 diciembre 2025

Dos o tres navidades

 Dos o tres navidades


No es que servidor haya estado allí donde estas fiestas se han celebrado, en el fondo de la laguna Antela, o en el alto Cebreiro, o en el Finisterre rocoso. Son noticias que uno oye a los que pasan por el camino vecino mío, que es ni más ni menos que el Camino de Santiago. Este camino, como está probado, tiene el don de lenguas, y todavía no ha cesado de vaciarse de sombras pasajeras. El otro día, un criado de los Pardo de Balmonte me contaba que había visto volar una capa roja en el puente de Leis. Fue allí, a ver quién perdiera el manto, y no halló a nadie. Podía ser la capa de don Gaiferos de Mormaltán, que pasó en el siglo XII, peregrino. Hace pocos años, cerca de Samos, en la fuente de Iris, una mujer que iba a beber vio venir por el aire un vaso de plata, que se llenó de agua y se fue a una boca invisible, que bebió sonora. En Vilar de Donas, donde son, pintadas, las damas santiaguistas que yo canté en mi lengua galaica:

Miñas donas Giocondas, en vós ollo

tódalas donas que foron no país:

unha brancas camelias, otras frores de lis,

digo que en el Vilar, en la Noche Buena, dejan pan en el camino, para los peregrinos que todavía van y vienen con sus bordones, a través de las tinieblas: el bordón es lo último que calla en el peregrino, y puede decirse que no hay bordones tácitos; cuando ya el peregrino es polvo, ceniza, nada, todavía el bordón golpea con su contera de hierro las piedras del camino. Si un peregrino irlandés muere en Compostela, su bordón se va paso a paso a la verde Erín, y la niebla se aparta para dejarle caminar. Si toman pan en Vilar de Donas en la Noche Buena, el pan se hace luminoso y se ven hogazas de oro en el camino, a cuya orilla se desnudan de las últimas hojas los abedules…

En la provincia de Ourense, en el fondo de la laguna Antela, está sumergida la ciudad que llaman Antioquía de Galicia. Pasaba José con María camino de Belén y, teniendo sed María, fue José a pedirle una jarra de agua a un zapatero remendón que tenía tienda abierta en un arrabal de la ciudad. Una ciudad amurallada, con siete puertas en la cerca. El zapatero negó el agua a José y le tiró, irado, la lezna del oficio. La lezna se clavó en el tobillo de José, y comenzó por la herida a manar agua, en tal abundancia que, en dos horas, todo el valle de Antioquía, con la ciudad en medio, quedó cubierto. Desde entonces yace en el fondo de la Antela la gran ciudad, con sus palacios, sus huertos de limoneros, sus pomaradas, su escuela de gramática, sus palomares y la catedral de la Asunción de Nuestra Señora. Antioquía está callada y desierta bajo las aguas, excepto el día de Navidad, en que sus calles se llenan de las gentes que la poblaban antaño, y resucitan los mirlos y las palomas, los niños y los gaiteros, y el rey baja de su torre a la catedral, y despierta el obispo —que está en un columpio de mimbre echando la siesta, que lo pescó allí la inundación—, y los canónigos limpian las hebillas de plata, y el campanero obliga a las campanas a cantar. El obispo dice la santa misa, y el viejo rey de Antioquía se arrodilla ante el altar. Desde la orilla de la laguna se ve brillar, en el fondo del agua, la mitra de oro del rey, y un oído atento percibe el grave son de las campanas sumergidas. Al rey le ha crecido tanto la barba allá abajo, que un ciento de sus súbditos tiene que ayudarle a llevarla. Es tan hermosa como la de Achy, Nuca Roja, aquel rey de Tara que cubría con sus barbas los campos de centeno en flor para que no los dañasen las heladas, y en las batallas, lanzándola, que era como una selva, sobre la armada enemiga, hacía que se perdiesen en la espesura las legiones contrarias y los osados campeones. Treinta años después de una batalla, estando Achy durmiendo, lo despertó un gran ruido en su barba. Es que un feniano, Teacha de Ceash, había encontrado la salida del bosque, donde había estado perdido seis lustros, y lanzaba su estrepitoso grito de guerra… En Antioquía de Galicia se sabe que han celebrado los sumergidos la Navidad del Señor, porque siempre una paloma, en loco vuelo, sale del agua para el aire y se queda en él, en los alisos y los sauces del Limia. Se conoce que son las palomas de Antioquía porque tienen en la pata izquierda un hilo de oro, seña que les ponen las infantas, reales, allá abajo. A veces, sin saber porqué, en la Antela hacen espuma las ondas. Dicen que es que están cantando villancicos las señoras princesas: ensayándose en su cámara para el día de Navidad.

En el alto Cebreiro, por donde desde el Reino de León entra a Galicia el Camino Francés, una sombra se sentó, en la Misa del Gallo, entre los señores monjes. Era una sombra larga y la cabeza rematada en punta de lanza. Se sentó en un escaño vacío que había entre el prior y el maestro de Novicios, y todos los presentes oyeron el hierro. La sombra, pues, vestía armadura. Cuando comenzó la misa, el hierro se arrodilló. Afuera silbaba el viento, y el que entraba por bajo la portalada y por las saeteras hacía estremecer a un tiempo las luces y la misteriosa sombra. El prior vio que había allí un alma en pena y pensó que quizá fuese posible oírle sus pecados en el tribunal de la santa penitencia. Requerida fue solemnemente la sombra para que dijese su nombre y condición, y para que confesase sus pecados por el amor de aquel Niño que estaba en el pesebre, a las puertas de Belén.

—Soy el ánima del conde de Acebal —dijo.

Y todos recordaron al viejo conde leproso, con la campanilla lázara por los caminos, siempre armado, ladrado por los perros y apedreado por los labriegos, muerto sin confesión en el bosque de Moucín, y dejado podrecer dentro de su armadura milanesa. La tierra lo fue cubriendo. Y ahora esta allí la terrible sombra.

—Las otras ánimas —dijo— no me admiten en la Hueste. Temen la lepra de Siria. ¡Si yo tuviese esa campanilla del altar!

El prior se la dio. La sombra, tocando con su mano diestra la campanilla, la convirtió en sombra. Se oía en el aire el repique alegre, el parloteo argentino. La sombra se fue, pero durante muchos años, por la Navidad del Señor, oían los monjes y los fieles acercarse en la noche, a la hora de la Misa del Gallo, la campanilla, que el conde de Acebal venía a los santos oficios y estaba en ellos atento a cuándo había que tocar, y lo hacía gracioso, para ser una sombra desafortunada y leprosa como era, a la manera de las campanillas de los orientales, que habría aprendido la música en Levante… Cuando se fueron los monjes, la sombra no volvió. En la Navidad del Cebreiro ya no se oye la campanilla del conde de Acebal, que subía cantando a aquellos campos de nieve, en los que el lobo y el latín litúrgico se saludan…

En el Camino de Santiago a Fisterra, con cierta frecuencia ha sido encontrado el mensajero que Herodes envía hasta aquella punta extrema de la tierra para avisar que hay que degollar a los Inocentes. Es un tipo pequeño y más bien gordo, la barba gris y rala, y el ojo derecho lo tiene rojo. Acostumbra a entrar en las posadas y pide pan y vino, y cuando lo han servido, le entran unas extrañas prisas y se va sin comer ni beber, tirando una moneda por el aire al mesonero. Es inútil que este guarde la moneda bajo siete llaves. Está allí, quieta, durante varios años: es una moneda de plata, con unas letras extrañas y la cabeza de un barbarrizada, pero un día cualquiera va el mesonero a cogerla para mostrármela mí, que llego curioso, y la moneda se ha ido… Se ha ido a completar los treinta dineros que han de necesitar para comprar a Judas, en su día. Porque en el mundo no hay más dinero que estas treinta monedas y sus intereses. Esto creen, y quizás estén en lo cierto, muchas gentes en mi país. El mensajero de Herodes asoma la cabeza por la puerta de las iglesias para ver si ya ha nacido el Niño, y corre, corre hacia Fisterra con la terrible orden sellada, en la faldriquera. Hace tantos años que viene con el mandato de Herodes, que ya habla gallego. Cuando él pasa, los lobos se apartan. Por eso, en los días de la Navidad, se puede ir desde Santiago a Fisterra sin miedo al lobo, que se ha ido a otra parte, lejos de la competencia.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

16 diciembre 2025

Lo que se sabe del lobo

Lo que se sabe del lobo

Todos los días leemos en los periódicos gallegos que anda por ahí el lobo. Pasa a dos leguas de la Casa de la Cultura y del Jardín de San Carlos, en A Coruña, y a otras tantas del Pórtico da Gloria y de la cátedra de Derecho Civil de la universidad, en Santiago de Compostela. Pasa muy cerca, demasiado cerca, tanto que no sé cómo no andamos todos repelucados… La tribu luparia ha aumentado prodigiosamente estos años en Galicia, y por doquier asoma su ojo hostil. Don Víctor López Seoane, escribiendo en 1861 sus Mamíferos de Galicia, da por muy mermados los escuadrones lobunos en el país, y dice que es raro que entren en las aldeas. ¡Menuda sorpresa se llevaría si resucitase! El lobo está ahí al lado, osado como nunca, inquieto carnicero. Aquí no llega a la manada, que anda suelto, individualista, y cada lobo tiene su parcela de caza, minifundistas como propios galaicos, y con sentido de la propiedad del campo venatorio, y así hay el lobo de Rececende y el de Labrada, el de Romariz y el de Guizán, verbigracia, que no dejan la parroquia y la lobean incansables, y el diente hambrón. Yo tengo para mí que entre los lobos de una parroquia y los de otras es posible que haya disgustos por servidumbres de paso, como entre los paisanos más naturales. El lobo audaz baja entre las casas, come perro y gato cuando no hay ternero u oveja, y las noches aldeanas se alertan de ladridos, y en la cuadra, con el peluco, relincha el caballo. Un viajero que descienda del avión en Santiago puede ver el lobo cruzar el campo de Lavacolla.

Soy de comarca gallega en la que se sabe mucho de lobos, y varias veces he intentado explicar ordenadamente la ciencia lupárica de mis coterráneos. Probado que el animal más antiguo en mi país es el zorro, poco después aparece el lobo. El lobo es animal sin memoria, y con frecuencia se pierde y equivoca. Palabra que aprende, la olvida a la media hora. Lo que a los lobos de Galicia, les acontece a los de la India. Por eso los Rakshas de Ceilán, cuyo jefe raptó a la hermosa y siempre fiel Sita, la esposa de Rama, osaban tomar cualquier forma animal, desde la del elefante a la del ciervo de las ancas de oro, pero no la de lobo, porque convirtiéndose en lobos temían olvidar las palabras mágicas que les permitían retornar a su humano natural. Unos opinan que el lobo no logró nunca aprender el idioma gallego, y por eso puede hablarse de él, aunque esté muy próximo, que no se entera, pero otros sostienen que al lobo harto le gusta la conversación de los humanos, especialmente si es de comer o del calor que hace en las Américas. Está uno hablando de La Habana o de Caracas, y el lobo escondido entre las altas ginestas, sin moverse. Al lobo también, opinan estos mismos, le gusta oír leer el periódico. Como los labriegos hablan en gallego y el periódico está en castellano, hay que suponer en los lobos un bilingüismo natural, como el mío. En la Teseida de Boccaccio, los lobos hablan en latín, y en octavas ABABABCC, que se dicen de origen provenzal. Acaso la lobada sepa también latín en Galicia —¡oh las «divinas palabras»!—, o sean así trilingües los ásperos vagabundos de nuestros montes más oscuros. Hay poetas, como Racine, que pueden reducir a número el aullido del lobo. No sé dónde leí que Racine, para componer los coros de Athalie, se inspiró en los aullidos de los lobos, devorando, en la noche y en la nieve, los restos de un ejército en los bosques de La Ferté…

Hay una muerte que teme el lobo: la muerte en horca. Esto explica lo que un correo de Tui le contaba a López Seoane: haber traído al lobo un par de leguas, sin que osase embestir, «porque ataba la faja a la silla del caballo, lo que, figurándose el lobo que era un lazo, lo temía y no se atrevía a dar el golpe». Cuando un lobo sigue a un hombre va mirando para sus pies, hasta que lo cansa; el hombre cansado se sienta, y adormila, y el lobo lo devora. Si el lobo encuentra a un hombre dormido en el monte, se tumba a su lado y se mide con él; si el hombre es más pequeño, el lobo ataca. Si en un cruce de caminos el lobo se encuentra con el jabalí, le cede el paso. El lobo nunca atacó a un sacerdote que viajase de noche con los Sacramentos. Si un lobo ataca a un hombre y éste es un pobre de pedir y lleva en su zurrón carne y pan recibidos de limosna, el lobo comerá al hombre, pero no tocará ni al pan ni a la carne. Está probado.

Conozco gente que ha quedado señalada por el lobo. Por ejemplo, a uno que le llaman el Pizpaz de Marquide, meteorólogo y afilador, que quedó tieso de párpados, que nunca más los pudo cerrar, por haber estado media hora junto a un puente mirando para los ojos a un lobo viejo. Dicen que los lobos, en la noche, tienen ojos dorados. Nunca he estado tan cerca de ellos en las horas nocturnas que pudiera apreciar esta belleza… Todo idioma, incluso el gallego y el catalán, tienen siete palabras que, dichas en alta voz, ahuyentan al lobo. Eso se cree en Galicia y en Ucrania. Lo malo es que no se sabe qué siete palabras sean ésas. Un monje bizantino que viajaba por Ucrania fue cercado en una cabaña, en el campo nevado, por una manada de lobos. Como llevaba en el bolsillo un vocabulario greco-eslavo, comenzó a leerlo, y cuando llegó a pi, ya los lobos se habían ido. Había dicho las siete palabras fatales. Todo lo que se sabe es que dicen esas palabras antes de llegar a pi…

Aún ayer vi el lobo, subiendo desde el mar de Vigo a A Cañiza, en un lugar que llaman Fonfría, que es voz romancera. Cruzó la carretera y se detuvo junto a la cuneta. Nos apeamos del coche y yo palmeé y grité: «¡lobo, lobo!». No nos hizo caso y se marchó lentamente por el brezal, la cabeza levantada. No quisiera soñar con él, porque dicen en mi país que si el que ha visto el lobo sueña siete veces con él, a la séptima noche el lobo aparece junto a la cama. Sí, con los ojos dorados. Lo primero que muerde es el rostro del hombre, dicen que porque no quiere que le vean comer carne humana. Te ciega para devorarte. Quizá no sirviera el lobo, por este detalle, para alguna de las políticas de este siglo…

A la hora de entre lusco y fusco, por el silencio de la hora serótina, va vagante y silencioso el lobo por los hondos caminos solitarios de mi país.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

13 noviembre 2025

FREIRE DE REGO

FREIRE DE REGO

DURANTE unos años, allá por los veinte de este siglo, iba mucho por la botica de mi padre un tal Freire de Rego, Benito Freire, un menciñeiro que todo lo curaba con agua, guiándose, además, por la luna y las estrellas. Freire usaba mucha agua de alba, y se tenía por muy científico porque un médico de Santiago le había regalado un folleto con una conferencia de un alemán que se titulaba precisamente El poder desinfectante del agua. Pero, además, Freire pasaba por mágico. Se contaban de él historias como que, por ejemplo, cuando estaba curando un enfermo y lo llevaba al río Tambre para baños, Freire metía una vela encendida en el río, bajo las aguas, y la vela no se apagaba mientras Freire le hablaba. Si era cierto, era un gran prodigio, y habría que saber lo que Freire le decía a la vela, y si había truco, ¿de dónde lo habría sacado? Freire era de mediana estatura y pelo rojizo, lo que hacía, por la desconfianza antigua del gallego hacia los de pelo rojo, que algunas personas que iban a él de consulta, rechazaran, al verle la cabellera, sus servicios. Freire solía poner a sus enfermos a una dieta de leche de burra.
Freire tenía unos parientes cerca de Mesía o de Teixeiro, conocidos por los Leirado da Agoeira. Un tal Segundo Leirado fue a servir al rey cuando la última guerra carlista, y como era muy jinete estaba en la escolta de Primo de Rivera, el primer marqués de Estella. El rey Alfonso XII llegó al frente del Norte con un gran catarro, y los Leirado aseguran que el médico del rey, Sánchez Camisón, atendió las razones de su abuelo el señor Segundo y puso a don Alfonso a leche de burra. Segundo Leirado había encontrado una burra francesa, muy pacífica, en Puente la Reina, y que daba la leche muy gorda, que es lo pedido. Quisieron comprar la burra para llevada a Palacio, a Madrid, ya que los catarros de Alfonso eran tan frecuentes, pero mientras llegaban o no llegaban los dineros, unos desertores, o unos gitanos, que esto no está claro, robaron la burra. Una pérdida nacional.
Los Leirado hablan de aquella burra como si todos la hubieran conocido, y Freire do Rego su pariente, también.
—¡Era una burra teixa recastada de bordelesa! —decía uno.
—¡Recortada, que son las mejores! —decía otro.
—¡Sosegada! —sentenciaba la abuela, hija del señor Segundo.
Alfonso XII, cuando se fue a casa desde el frente, le dio de regalo a Segundo un reloj de plata. Hizo la entrega el general Dabán, quien dijo solemne:
—¡Este reloj de plata para el lancero Segundo Leirado Pérez con la gratitud de Su Majestad el rey!
En la casa de la Agoeira conservan el reloj, envuelto en un paño de terciopelo verde. Cuando muere alguien de la familia, le dan cuerda y se lo ponen entre las manos al difunto durante el velatorio. Lo que da ocasión para que se cuente de nuevo la historia de la famosa burra de leche, recastada de bordelesa.

Álvaro Cunqueiro

Las historias gallegas

11 noviembre 2025

Las grandes lluvias

Las grandes lluvias

Hace algunos años que reinaba la sequía estival en el Oeste de Alemania. Secaban los pozos, no daban las fuentes más que un débil hilillo de agua, y en los ríos sin caudal morían los peces. Creo que ya lo conté aquí mismo, y que en una aldea de la comarca azotada por la sequía estaba acantonada una unidad del ejército norteamericano, en la que prestaba servicios un soldado de raza siuj, un nieto de los grandes jefes que cabalgaron las praderas del Far West, devorando bisontes y saludando en los días de luna llena al Gran Manitú, juez clemente con los valerosos. El soldado indio se ofreció para practicar los ritos de su tribu, lo que fue aceptado. Y una mañana, ante la expectación de los germanos, serios desde Tácito, en la plaza de un pequeño pueblo, pintó el suelo con tizas de colores y bailó la danza ad pretendam pluviam. Una hora duró el baile ritual, y poco después aparecieron en el horizonte esas grandes y hermosas nubes que el viento del Oeste regala en los primeros días del otoño, y a media tarde comenzó a llover, y una vez más se cumplió aquello que para los antiguos griegos era dogma: un rito rectamente cumplido es siempre eficaz. Habrá habido, sin duda, gentes que dijeran que la sequía no iba a durar siempre, y que algún día tenía que llover. El incrédulo, que por racionalista resulta después que es el máximo crédulo, es especie que abunda. Y en la sequía pasada me sorprendió, y he de decirlo, que no hubo noticia de que se celebrasen rogativas pidiendo la bendición del agua para los campos, y me pregunto si, por casualidad, o por nueva teología —dicho sea latu sensu—, las rogativas, ya pidiendo lluvia, ya serenidad, se habrán transformado en antiguallas preconciliares. Pero éste es otro tema.
Vinieron las lluvias cuando yo estaba buscando en mis libretas de notas datos sobre sequías. Y ya no me sirven de nada los hallados, pues que llueve, para el artículo que pensaba escribir. Aunque algo puedo aprovechar, como, por ejemplo, un aviso de Jerónimo de Barrionuevo, fechado el 5 de enero de 1656, reinando en las Españas la pomposa majestad de Felipe IV —«grande eres Felipe a manera de hoyo», etc.—. Y la noticia de Barrionuevo dice así: «Avisan de Sevilla que una niña de ocho años, hija de gente humilde y pobre, tiene espíritu de profecía. Llamóla el arzobispo, y examinándola primero en la doctrina cristiana, según lo que se puede saber en aquellos primeros años, le preguntó cuándo llovería, por la mucha necesidad que se tiene de agua. Respondióle que a los quince llovería muy bien. Replicóle: “¿Pues, qué sabes de los quince ni veinte?”. Replicóle la niña: “Sí sé, y que somos hoy a los diez”. Y sucedió como lo dijo». Pero el arzobispo sevillano quería saber algunas cosas más, y prosiguió en el interrogatorio de la niña, inquiriendo cuándo sería la llegada de los galeones de Indias, con el oro y la plata. La niña bajó la cabeza, miró al suelo, y al final dijo que veía y no veía la flota, que los vientos le eran contrarios, y que llegaría con el favor de Dios. Lo que no era, en verdad, afirmar mucho. (A 2 de febrero aún no había llegado la flota y el rey estaba sin blanca; se hablaba de empréstitos sobre la plata de las iglesias; y al fin se supo que la flota se había vuelto, con el temporal de la mar, a Cartagena de Indias, y en cuestión de tesoros ya sólo se hablaba de la herencia del arzobispo de Burgos, de la cual treinta y una arrobas de oro y cuarenta y seis de plata llegaron a Madrid alrededor del 12 de febrero de 1656. Se depositaron en casa de un ginovés, Piquinoti, y se decía en la Corte que iban a ser repartidas esas riquezas entre el ejército de Cataluña y las plazas de armas de Extremadura y Galicia —era la guerra contra el Braganza—, «donde por falta de dinero hay muy poca gente, o nada». Seis de las arrobas de plata del burgalés, eran de cucharas y tenedores).
Felipe IV, enterado de la niña profetisa de Sevilla, mandó que se la llevasen a Madrid, creyendo que con su ayuda su gobierno acertaría en algo. Barrionuevo lo duda, irónico y pesimista. El español de entonces esperaba cada día el milagro que lo arreglase todo. Algo ha cambiado ese apetito del milagro por el hispano, pero no mucho. Leo en un periódico que se organizan excursiones «nacionales» para ir a Villanueva de la Serena el próximo día 23, con motivo de la prueba del motor movido por agua.


Álvaro Cunqueiro
Viajes imaginarios y reales

09 noviembre 2025

Volando con el trueno

Volando con el trueno

Hace exactamente dos años que me senté a esta misma máquina, en la redacción de «Faro de Vigo», a escribir mi primer artículo de ésta ya quizás excesiva serie de «El envés». Y lo titulaba así: «Volando con el trueno». No lo quiero releer. Supongo que hablaría de Cuchulain, y del arcángel Izrail, y del enano secreto del Basileo, y del mago Virgilio, tan famoso en la Edad Media romana, leyenda del Virgilio latino de la melancolía geórgica y de los viajes de Eneas, el último nostos de la diáspora troyana. Escribí aquel artículo porque aquel día abría sus rayos una tormenta en el fondo de saco de la ría, sobre la isla de San Simón y el Berdugo, bajo la puente militar de Sampaio —escribíamos Berdugo con B, que es lo propio—, y sonaba el trueno solemnemente, lo mismo que hoy, en que me cogió la tronada en las afueras, sentado entre boticarios, comiendo honestamente en honor de su presidente provincial, Domingo Fernández del Riego, bajo una parra de alicante morisco, que por cierto abre muy bellamente y es la tal para una sombra de mayo. Estábamos en la segunda queimada cuando comenzaron a caer sobre nuestras cabezas, deslizadas de las amplias hojas de la parra, gruesas gotas. Esto le hubiera gustado a esos eruditos y poetas chinos que yo cito tantas veces, los cuales consideraban que unas gotas caídas de las ramas de los árboles, en verano, tras la tormenta, eran una caricia perfecta para la cabeza de un hombre feliz.
Cuchulain mandaba con su dedo índice de la mano derecha los rayos a ahogarse en el océano. Era el príncipe de los nubeiros entre los gaélicos, de esos humanos que arriendan el rayo, o como Emil, el sobrino de Diterico de Berna, lo saben transformar en rutilante espada o en larga lanza. No sé dónde leí —que ya van olvidados los más de los libros, compañeros de mocedad— que en Zelanda, en las aldeas, los labriegos y pescadores cebaban a una mujer, la cual, engordando, con sus mantecas ahuyentaba la chispa. He sido una vez, en el País Vascongado, dueño de una piedra serpentina, de una ofita, que procedía de cabaña de pastor pirenaico, en la cual hacía oficio de espantarrayos en los días tormentosos, y en las horas calmas servía para, calentada en las brasas y metida luego en la olla de barro, ayudar a hervir presto a la leche, a la que daba un sabor peculiar. Los vascones le llaman a la piedra serpentina cincunegui, que vale por «piedra de la cigüeña». También la Ciconia alba, en las altas torres donde anida, preserva del rayo…
Digo todo esto para que se vea que soy el ser menos imaginativo que ande por ahí, y que lo más propio mío es sumar noticias que muestren lo vario que es el mundo, y lo ricamente, y con cuántas sorpresas, se puede almacenar la memoria humana. Yo, que no desconozco los grandes temas del siglo, y estoy atento a eso que llaman la coyuntura histórica, y acepto la gran patética de mi tiempo y quiero ayudar, en lo que me sea posible y aún bastante más, al hombre de estos días, tantas veces puesto en el filo de la navaja, no me dejo asustar por los profesionales de la angustia, y busco en la gran peripecia humana, tantas veces mágica aventura, tantas veces sueños espléndidos y mitos trágicos, la razón de continuar.
De continuar contra la miseria, contra la violencia, contra el terror, contra la mentira. Es el hombre el animal más extraño, que decía el Estagirita, pero también la hierba más débil. Resiste porque sueña, y porque el amor hace olvidar el hambre. Yo no me evado ni ayudo a nadie a evadirse: me enfrento, simplemente, con los tristes, porque creo que la tristeza traiciona la condición humana. Dante encontró a los tristes en el Infierno. Le decían al gibelino: «Tristes fuimos en el dulce aire que del sol se alegra…». El gibelino y yo vamos, al borde la tiniebla, creyendo que toda hora es alba.


Álvaro Cunqueiro
Viajes imaginarios y reales

31 octubre 2025

PENEDO DE RÚA

 PENEDO DE RÚA

TUVE que hacer una recomendación a favor de un nieto de Penedo de Rúa. Y con el nieto recordé que Penedo hablara una vez con un cuervo.

—¡No te fíes de tu abogado! —le dijo desde un mojón un cuervo a Penedo, que estaba sembrando.

Y precisamente Penedo desconfiaba algo de su abogado, que le parecía que el tal tenía muchos miramientos con la parte contraria. Penedo se rascó la cabeza.

—¿Y del juez? —le preguntó al cuervo.

El cuervo batió alas, pero no se movió del mojón. Con su voz agria comentó:

—¡Hay jamones que vuelven un pleito!

Penedo, al día siguiente, aparejó la yegua y viajó a Lugo. Dejó la bestia en la cuadra de una posada, sin pararse a matar el gusanillo fue a ver a Pepe Benito, a don José Benito Pardo. El gran jefe de los lugueses lo miró con aquellos sus ojos vivos y burlones, y sonrió:

—¡Es un cuervo bien listo ese cuervo de Rúa!

—Sí, señor, que adivinó que yo andaba en pleitos. Pepe Benito se hizo cargo del pleito de Penedo, lo llevó con la ciencia precisa, y lo ganó.

—Ahora —le dijo a Penedo cuando le fue a pagar y dar las gracias— debías buscar al cuervo, y darle por lo menos una medida de trigo.

Penedo anduvo por todos los sembrados gritándole a todo cuervo que encontraba que había ganado el pleito, por ver si daba con el consejero de la negra pluma. En la aldea, en Rúa, creyeron que Penedo, con el entusiasmo del triunfo judicial, se volviera loco. Pero Penedo era hombre agradecido, y quería darle al cuervo el medio ferrado de trigo, según le recomendara don José Benito Pardo. Por fin, un día, en una tierra holgando, en uno de aquellos oteros de las riberas del Lea, cereales en lo alto y pratenses abajo, paraíso de la abubilla que grita ¡Up, up!, feliz en los mayos, comiendo los primeros grillos que salen a cantar en los alegres mediodías, un cuervo respondió a su grito.

—¡Gané el pleito! —gritó Penedo.

—¡Enhorabuena! —respondió el cuervo.

Penedo le dijo que si estaba allí al día siguiente que le llevaría trigo. El cuervo aseguró que sería bien recibido. Cuando veinticuatro horas después le fue a llevar el grano prometido, el cuervo le dijo a Penedo que le apetecía algo de bizcocho, si le quedaba del almuerzo del patrón.

—¡Y ya podías comprarme una montera para el invierno!

Penedo era muy agradecido. Penedo bajó a Mondoñedo y fue a ver al señor Domingo, el sombrerero de los soportales de la plaza. Este le hizo una montera para el cuervo, tomando las medidas a una paloma. Una montera forrada y con cinta de lentejuela.

—¡Va a lucir mucho! —dijo el sombrerero.

—¡Es un cuervo muy humano! —comentó Penedo.

Penedo le llevó la montera al cuervo, y este, en agradecimiento, así que la tuvo en su poder, y le sentaba muy bien, le dijo:

—Tienes que ir a buscar un tesoro que hay en Braña.

Y Penedo fue a Braña, y entre dos robles, encontró una pieza de metal, que nadie en la aldea sabía de qué máquina fuese, ni para qué servía. Hará de esto unos ochenta años. Penedo llevó la cosa a la feria de Villalba, para enseñársela a un amigo que tenía, relojero.

—¡Un pedal de bicicleta, hombre!

No había todavía ninguna bicicleta en el país. El pedal estaba nuevo, brillante. El relojero tuvo que explicarle a Penedo lo que era una bicicleta.

—Pero ¿es un tesoro o no? —preguntaba Penedo.

—¡Hombre, un tesoro, un tesoro, quizás no lo sea, pero ser, ser, es un misterio!

Penedo lo envolvió en un pañuelo y fue a enterrarlo, en Braña, en el lugar donde lo había encontrado. Murió poco después, sin haberse enterado del todo de cómo era una bicicleta, y cómo podía tenerse un hombre en aquel artilugio de dos ruedas, y correr. Enterraron a Penedo, como a todos los Penedos, en aquel pequeño camposanto de Rúa, que casi lo cubre por completo el tejo que ha crecido junto a la puerta.


LA OTRA GENTE
Álvaro Cunqueiro

30 octubre 2025

Cuando muere un paladín

 Cuando muere un paladín

Varias tradiciones están de acuerdo en que el paladín Roldán murió un día 7 de abril a las doce en punto de la mañana. El triste momento viene muy hermosamente contado en La Chanson. Comenzando por aquellos versos que dicen que Rolando siente que lo apresa la muerte, y de la cabeza le baja al corazón. Se ha tendido debajo de un pino, el rostro sobre la verde hierba; debajo de su cuerpo ha puesto el olifante y la espada, y mira de frente al ejército pagano. Quiere que Carlomagno y todos los suyos digan que el noble conde ha muerto como héroe victorioso. Se golpea a pechos y tiende a Dios su guante. Esto último por sus culpas, por sus propias culpas, por sus máximas culpas…

Rolando se da cuenta de que el tiempo de vida se le acaba: «está en un alto cerro que mira hacia España, y se golpea el pecho con la mano diestra». Los ángeles del cielo bajan junto a él.

«De muchas cosas —dice La Chanson—, el recuerdo revive, de los países que conquista valerosamente, de la dulce Francia, de Carlomagno, su señor, que bien lo alimentaba, y de los hombres de su linaje. No contiene ni los suspiros ni el planto. Pero no quiere olvidar su alma entre tanta memoria y se confiesa y pide a Dios perdón: ¡Padre verídico que no has mentido nunca, que resucitaste de la muerte a Lázaro y salvaste a Daniel de los dientes de los leones, defiende mi alma del peligro de mis pecados!»

Y vuelve a tender a Dios el guante derecho y San Gabriel, que ha llegado hasta él, con sus propias manos lo recoge. Roldán inclina la cabeza y espera su minuto final con las manos juntas. Dios manda su Ángel Querubín y a San Miguel del Peligro. Los dos, con Gabriel, se llevan el alma del valeroso Roldán al Paraíso, amén.

Estas mismas tradiciones hablan de que Roldán está armado en el cielo. Quizá son restos, en textos paralelos o derivados de La Chanson, del que Borges llama, en su libro Antiguas Literaturas Germánicas, el Paraíso Belicoso, el Valhala o Paraíso de Odín, casa de oro iluminada por espadas que no por lámparas, de la que por quinientas puertas salen los campeones, que combaten, mueren y resucitan, y resucitados se embriagan con aguamiel y comen la carne de un jabalí inmortal. «Hay paraísos contemplativos —dice Borges—, paraísos voluptuosos, paraísos que tiene la forma del cuerpo humano (Swedenborg), pero no hay otro paraíso guerrero más que éste, no hay otro paraíso cuya delicia esté en el combate. Muchas veces ha sido invocado para probar el temple viril de las viejas tribus germánicas». Acaso en el famoso libro de Detlev von Liliencron, Aus Marsch und Geest, viva todavía ese apetito bélico post mortem: «en el Cielo —dice— me gustaría participar a veces en una guerra, en una batalla…». T. P. Hughues, en Diccionario del Islam, asegura que esa concepción belicosa del Paraíso estaba en algunas concepciones árabes anteriores a Mahoma, y cuenta en prueba de ello que una vez un árabe encontró al Profeta y le dijo:

—¡Oh, apóstol de Dios! ¡Me gustan los caballos! ¿Hay caballos en el Paraíso?

—Si vas al Paraíso —respondió el Profeta— tendrás un caballo con alas, y lo montarás e irás donde quieras.

—Sí, pero los caballos que a mí me gustan no tienen alas —replicó el árabe.

En fin, ha muerto, un día siete de abril, a las doce de la mañana, cuando el pino no daba sombra, el paladín Roldán. Sus descendientes gallegos debían mandar decir una misa por su alma. Roldán tuvo amores con una sirena, la cual vino a dar a luz un hijo en las playas gallegas. El niño fue bautizado Palatinus, en memoria del padre. Por corrupción dio Paadín y Padín.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

29 octubre 2025

BRAULIO COSTAS

 BRAULIO COSTAS

ERA conocido por O Cazoleiro, porque era alfarero. Mejor dicho, lo fuera, que ahora, reumático, había dejado la rueda. Cuando le enfermó un nieto, hizo en barro una figura de niño, y fue a llevarla a los Milagros de Amil. El nieto curó. Con alguna frecuencia iban a pedirle que hiciese el favor de hacer una cabeza o una pierna para llevarle a un santo al que habían ofrecido un enfermo. El señor Braulio meneaba la cabeza negativamente y decía:

—¡Ese no es un caso desesperado!

Y no hacía el exvoto que le pedían. Otras veces se negaba por diferentes razones. Por ejemplo:

—¡Aun hice un brazo para llevar a San Cosme hace dos semanas, y no vaya estar cada día molestándolo con recomendaciones!

Porque el santo sabía que el exvoto era obra del antiguo cazoleiro, porque no hacía pieza que no firmase. Por ejemplo: «A San Roque. De parte de Braulio, seguro servidor que estrecha su mano». Ni más ni menos, con una letra redonda que hacía con un punzón antes de cocer la pieza. A veces la vidriaba con barniz de Linares.

Cuando le murió su mujer, la señora Casilda, hizo una figura de unas dos cuartas de alto, que todos decían que mismo era la señora Casilda con su pierna coja, adelantándola apoyándose en el bastón. Llevó la figura al camposanto, y la sujetó con unos alambres en la lápida del nicho. Cuando moría alguien en la aldea, le pedían una figura, pero él se negaba, diciendo que ciertas cosas solamente se hacen una vez en la vida. Y se echaba a llorar, recordando a su Casilda. Pero, un día, espontáneamente, hizo una figura, la figura de un niño, un ángel con abiertas alas en la espalda. Había muerto el hijo de unos vecinos, un niño de unos siete años, morenito, muy despierto. Braulio fue personalmente a llevar la figura al camposanto, y la colocó con tanto cuidado como había hecho con la de su finada Casilda. Los padres del niño Manoliño le dieron las gracias, y el señor Braulio explicó que saliendo de la iglesia el día del patrón, que era San Martín, Manoliño estaba comiendo una rosca, y su tía Fermina le decía que le diese un bocado, a lo cual el niño se negaba. Manoliño viendo al señor Braulio a la puerta de la iglesia, corrió hacia él, y dándole media rosca, le dijo:

—¡A ti te doy!

Y en recuerdo de aquel regalo, el señor Braulio hizo la figura de Manoliño. Fue la última que hizo. En los últimos días de su vida, encarnado, con grandes dolores del reúma que le retorcía los huesos, le confesó a su sobrino y heredero Marcelino:

—Cuando jugaba a las cartas, si me venía el caballo de copas, era seguro que ganaba aquel juego. Varias veces estuve tentado de hacerle una figura, pero como no es de la familia, ni nadie me lo pidió, no la hice. Y además, que llegaba a ser dueño de mi caballo de copas un jugador y se la llevaba a San Cosme, por ejemplo, y este al ver mi firma iba a decir: «¡Mira en que cousas se pon a pensar o señor Braulio cando vai a morrer!».

Mandaba que le secasen las lágrimas y lo sonasen, y comentaba que había que saber morir con señorío.


Álvaro Cunqueiro

Las historias gallegas

17 noviembre 2024

17 de noviembre

 Monforte de Lemos

Faro de Vigo, 17 de noviembre de 1951.
También yo, por fidelidades gongorinas, tengo mi soneto a Monforte; también, como el del cordobés, con «geométricos modelos», y si en el soneto de don Luis aquel «Monte-fuerte coronado de torres convecinas a los cielos» «rayos ciñe de luz, estrellas pisa», en el mío el Cabe antiguo, «molido como trigo en las aceñas», contempla, a través de los sauces y los chopos, el claro cielo de la primavera. Para mí Monforte es la torre, la puente y el río. La torre no es sólo la lección de geometría al ancho valle, al dilatado horizonte y a las altas sierras, sino ese mismo horizonte contemplado, el país de Lemos, el Caurel y Cabeza de Meda, y el Vidral, y ahora, al ponerse el sol, esas lejanas y quietas rojas nubes, hacia el sudeste, como si en las herrerías antiguas del país de Quiroga, en el Caurel o en la Mua, gigantes vulcanos antiguos forjaron como una espada —oro, negro, rojo— el río Sil. El silencio enorme, casi táctil, de la anochecida se hace más patente cuando lo quiebra el agudo silbido de las máquinas del tren. (Agudo y melancólico. Hay toda una literatura para la que el pitido de las máquinas ferroviarias es melancólico. Hardy y Turguenieff usaron tal adjetivo, y Kierkegaard, quien lo oía como una larga y áspera rotura, un anuncio de irremediables lejanías y fugas que brotaba, agrio e irremediable, en la noche). Bajo hacia el puente viejo a acordarme para sentir pasar el río, un largo y acariciador susurro. El Cabe, molido como trigo en las aceñas, va a morir al Sil; Sil según el padre Sarmiento, quiere decir «tierra colorada». Pero donde el Cabe y el Sil confluyen, el Sil tiene el color de la pizarra. Estas aguas, pues, que oigo deslizarse en la noche, van al Sil y con el Sil al Miño. «Somos como vasos», decía Rilke, «pero no conocemos a aquellos que nos beben». Comienza a llover. Unas muchachas pasan corriendo, reidoras. Como en un poema, la tierra profunda huele a rosa y llovizna en los labios.
Manuel Hermida Balado ha escrito la vida del VII conde de Lemos y la de su esposa, doña Catalina de la Cerda y Sandoval. Manuel Hermida ha puesto al comienzo de la vida de doña Catalina un «Introito con pauta monjil», porque Hermida ha leído un manuscrito sobre la vida de doña Catalina que escribiera «una religiosa del convento». El convento es el de franciscas descalzas de Monforte, que doña Catalina fundara y en cuya religión murió. (Hermida Balado es un excelente escritor, dueño de un idioma ágil y expresivo; tiene el don de la claridad expresiva, servida con plena sumisión por el párrafo largo, tradicional en la mejor castellanía. Ha puesto mucho amor —él, monfortino cabal— en estos dos libros. Nos hace amigos de don Pedro de Castro y nos lleva a asomarnos, como a un milagro que aconteciera en jardines, a la delicada vida de doña Catalina). Me detengo ante el convento de Santa Clara. He leído y oído del relicario del convento, rico de Lignum Crucis, de espinas de la Corona del Señor, de un clavo de la crucifixión, cordón y cilicio de San Francisco… Quisiera oír a las monjas en su coro como oigo en mi Mondoñedo a las Concepcionistas. Le escribiría después a Hermida Balado que las había oído y si era verdad que, como en la historia de las canonesas de St. Vaast, se oían en el coro las voces casi infantiles de aquellas vírgenes de antaño. Por ejemplo, en Santa Clara de Monforte, la voz de aquella niña Juana de Vitoria, que allí entró a bodas con el Señor a los cinco años, o de aquella Lucrecia Antonia de Castro, que murió novicia, y a la que imaginamos los azules ojos, los dorados cabellos y no sé qué dulce melancolía:
«¡Lo que más sentía yo era la cinta del pelo!»
Ya tengo escrito más de una vez lo que me gusta, poniéndole estampas al libro de la memoria, contemplar a los gallegos en Italia. Ya tengo dicho también que a todos prefiero a don Fernando de Andrade, el caballo de oros de la milicia gallega, galopando al pie de los viñedos de Mélito con el sol de la victoria en la mano. Y mi abuelo Montenegro, canciller de Milán, y los virreyes, Monterrey y Lemos. Está bien, me digo, ver a un hombre de este muro y este monte, allá en el «rearme» napolitano, dando la ley como un romano, tal como el Giannore elogiará en la lstoria Civile; haciendo fiestas con funámbulos y montañas prodigiosas, y sirviendo con el ánimo leal la gran política de la Católica Majestad. Cuando de Capri y las sirenas, el jardín de Nápoles y la enorme caracola humeante del Vesubio tome don Pedro de Castro a Monforte, ¿se detendrá un instante en las escaleras de San Vicente del Pino a gozar de este antiguo y dilatado horizonte? Recordará, quizás, los catorce gongorinos versos, y si anochece y Venus brota sobre el Caurel y mecen el silencio las campanas de San Vicente y la Compañía, sentirá, como yo ahora siento, toda la grave y poderosa madurez de este país de Lemos. Esos pájaros que revuelan en la torre parécenme estorninos: el estornino es el ave del final del estío. El Cabe es también un río estival. Si rememoro ahora el país de Lemos veo un largo y poderoso estío bajo la bola del sol que remonta las montañas, «una fuerza irresistible armada de rayos».

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.