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27 diciembre 2025

El criado de Herodes

El criado de Herodes

Ustedes saben que Galicia ha sido, durante siglos y siglos, el punto extremo de la Ecumene. Aquí, en el Finisterre, que por algo se llamaba así, se acababa el mundo conocido y más allá solamente existía el vacío inmenso del océano tenebroso, con sus abismos, al borde de los cuales se exhibían enormes bestias, Leviatán, por ejemplo, o Jasconius, cuyo lomo oscuro fue tenido, por San Brendán y sus monjes, por una isla. No se es impunemente durante años y años el punto final de la tierra en la que habita el hombre. Probablemente esto tiene sus desventajas —¿hay en el alma gallega algo que provenga de esta inmensa soledad del terminus?—, y el asunto no ha sido muy estudiado. Pero, por otra parte, sucede que este extremo del mundo, este umbral del espacio humano, por ser el más lejano lugar al que podía llegar el europeo, el cristiano, hasta que se supo que había más tierra a Poniente, ha conocido las que llamaremos situaciones que les son profundamente propias. Por ejemplo, aquel momento en que Oberón, acompañado de su fiel Puck, unas veces un trasno revoltoso y otras el más gentil de los espíritus, en las rocas finales, escucha cómo canta la sirena recostada en el lomo de un delfín que sestea en las aguas verdes: Puck volará a aquella punta del mundo a recoger la flor occidental, el zumo de cuyo talle concede tan apasionados e irrebatibles amores. Y si no viviéramos los gallegos en el extremo mundi, no veríamos en la última quincena de diciembre, por los mismos días del nacimiento del Señor, pasar por los caminos aldeanos, dejando a la izquierda Compostela con sus altas torres y sus campanas, un extranjero vestido de raras ropas, excusándose en las robledas del Tambre, buscando el último lugar poblado de Occidente, a veces tocando campanilla como gafo que asusta a transeúntes vespertinos; hasta los lobos se apartan cuando se acerca. Es un criado de Herodes, un mensajero que lleva el parte inmisericorde de su señor, un decreto supremo que ordena que los Inocentes sean degollados.

Lo peor del asunto no es solamente que haya tal mensajero y corra caminos, sino que ha de haber quien la escuche, la lectura del decreto herodíaco, y tome sobre sí la tarea de la degollina. Lo cual quiere decir que mientras el mundo sea mundo habrá inocentes que serán degollados. Quizás este hecho haya de ser tenido en cuenta por aquellos que se preocupan de estudiar la condición humana y aun la filosofía de la historia universal. Al «siempre habrá pobres entre vosotros» tendremos que añadir «siempre, entre vosotros, habrá inocentes que serán degollados». A lo de los pobres se podría añadir lo que dijo alguien de que si siempre habrá pobres entre nosotros no conviene que sean siempre los mismos. Pero a lo segundo no se me ocurre excepción.

Bajo la lluvia, en el atardecer ventoso, pasa el criado de Herodes por los mismos caminos que recorrió, ofreciendo sus biblias, don Jorgito el Inglés. A quien acaso el alcalde de Negreira que, cerca del Finisterre, leía las obras completas de Jeremías Bentham, no le habrá hablado de nuestro extraño visitante. Por no ser tomado por gallego supersticioso.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

26 diciembre 2025

De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón

Zumo de manzana

No he leído la novela de Dan MacCall, publicada recientemente en Grasset, en París, traducida del inglés al francés, pero la he visto anunciada en varios periódicos y revistas. Parece ser que se trata de la primera novela de un norteamericano de treinta y cuatro años, y que en ella cuenta una infancia vivida en California. La novela será buena, regular o mala, pero el título nos sorprende y atrae, con su anuncio de una terapéutica sentimental. Todos sabemos la importancia de la manzana en la historia de la humanidad, y hemos visto en la pintura y en la escultura el momento en que Eva le ofrece un bocado de manzana a Adán en el Paraíso. Los especialistas en la materia sostienen, ahora, que no podía ser manzana, que seguramente fue fruta de hueso, un pejigo o una ciruela, pero solamente ellos tienen la preocupación de destruir la leyenda de la manzana. Un poeta de Francia —creo que recordando su Normandía natal; no estoy seguro— dijo una vez que todo el aroma de su país cabía en una manzana. Lo que es indiscutible. Yo me curo más de una vez la inquietud con manzanas, no comiéndolas sino oliéndolas. Me levanto de la cama en la que no logro prender el sueño —bella frase esta de «prender el sueño»— y me siento en un sillón, en el cuarto de estar, donde tengo una docena de manzanas en el suelo, tabardillas, reinetas, romanas, camoesas, y a los pocos minutos de estar allí me llega lento y suave aroma, que es el mismo de la casa natal en mis días de infancia, y me va sosegando, y me vienen a la memoria días pasados que fueron alegres, y con la evocación de ellos un tranquilo sueño. Memorias tengo que solamente me las aviva el aroma de las manzanas. Pero todavía no les he dicho el título de la novela de Dan MacGall. La novela se titula De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón. Sin haber leído la novela, ya acepto la tesis, ya reconozco la importancia del zumo de manzana en la curación de un corazón herido y dolorido, ya me dispongo a recomendarlo a aquéllos a quienes suponga amores tempestuosos, o tan amantes, que amor propiamente los hiere. Recuerdo una cantiga medieval gallega que dice que «allá va mi amigo / con el amor que le tengo / como ciervo herido / por montero del rey».

Alá vai o meu amigo

co amor que lle eu hei,

como cervo ferido

por monteiro del Rei!

El único problema que me plantea la novela del norteamericano, y el tratamiento con zumo de manzana en las heridas del corazón, es si el tal zumo es zumo envasado en lata, pasteurizado, higienizado o lo que sea, e inodoro, y no zumo obtenido en casa, fresco y aromático, tras haber elegido las manzanas, las coloreadas manzanas, con las manos mismas de las caricias. Quede dicho para siempre que el corazón no admite ersatzs.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

24 diciembre 2025

Los magos de Oriente

Los magos de Oriente

Una querida amiga mía, excelente escritora, consultándome un artículo sobre los Magos de Oriente que, según Lucas, acudieron a Belén de Judá a adorar al Niño, quedó ligeramente contrariada porque le negué que el negro fuese una invención española, y por ende una prueba de nuestro antirracismo. Lo del mago o rey negro, y que los magos o reyes sean solamente tres, son cosa del pseudo-Beda, que nos dice que, de los orientales, uno era fuscus, hosco, negro. Lo de ser tres los magos o reyes, vendrá de los tres dones, oro, incienso y mirra. Algunas tradiciones coptas hablan de doce magos, y parece que un texto de San Juan Damasceno haya de interpretarse como que eran sesenta.

Cuando en estos días navideños paso por Compostela, voy siempre a San Fiz Solovio, una de las más antiguas iglesias de la ciudad, a ver la adoración de su pórtico románico. Yo la creo quizá la más antigua de Galicia, y me digo que la primera vez que los gallegos vimos a los magos de Oriente fue en este bello arco románico. Son tres, uno fuscus como quería el pseudo-Beda. Yo me detengo ante San Fiz con un gran pan de centeno bajo el brazo —el mercado compostelano linda con la iglesia—, y me gustaría ofrecer un codo a aquella misteriosa compañía, todavía vestida de los azules y rojos de la coloración medieval. Pero están a lo suyo y no me atienden.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

23 diciembre 2025

Melchor

Melchor

Se nos ha enseñado que los magos de Oriente —hechos reyes muy tarde, tarde fijado su número de tres, tarde recibiendo nombre y decidiéndose que uno fuscus, hosco, negro, en el pseudo-Beda—, tras la Epifanía se fueron a sus países. Pero la cosa no está tan clara, o se complica, cuando las Cruzadas. Porque ustedes saben que entre los caballeros, los barones amigos del Señor, que fueron a Ultramar al rescate del Santo Sepulcro, iba uno de los Baux de Provenza, el cual, cabalgando por las fronteras de Siria, hacia las fuentes del Jordán o por los altos de Golán, conoció nada menos que a una sobrina tataranieta de Melchor —al que ya habían hecho rey—, y que sería una morenita menudita y graciosa, con la cual se casó. Y la trajo a Provenza, «mi naranjal cercado» que dijo Mistral. Y en sus armas de poner, pintar y llevar, borraron y pusieron, en azul, de oro la estrella que guió los magos a Belén. Que allí sigue. Por eso en Les Baux hacen tan gran fiesta de la Epifanía. Y de dos cosas una: o Melchor se quedó por allí, por el Jordán, y fundó casa, o la niña venía del reino secreto a Jerusalén, guiada por una historia que se contaba en su torre. Yo me atengo a lo primero, porque, como es sabido también, por ese tiempo fueron hallados los huesos de los tres magos, y tras varias peripecias, llevados a la catedral germana de Colonia, donde aún están. Yo conocí en Vigo a un antiguo empleado de la Hamburguesa, que siempre me hablaba de los grandes banquetes del transatlántico Cap Polonio, y de su abuelo, a quien su madre había llevado, niño, a la catedral de Colonia una víspera de Reyes, y lo había acercado al sepulcro de los magos —otras madres hacían lo mismo con sus hijitos—, para que escuchase campanillas, voces orientales, y el trotar por una costanilla empedrada, la que se adentraba por muros de Belén hasta el mercado, los caballos de Melchor, Gaspar y Baltasar.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

20 diciembre 2025

Nació para nosotros

Nació para nosotros


En la leyenda de San Francisco, de San Buenaventura, se lee que «il poverello», para despertar la piedad pública, quiso celebrar la Natividad del Señor Jesús con la mayor solemnidad, en un barrio que llamaban «de Grecia». Y teniendo permiso del Papa, preparó una cuna, y llevó paja, y un buey, y un asno, y avisó a los frailes y al pueblo: «en el bosque resonaban los cantos, y aquella noche memorable vino a ser la más memorable que hubo nunca, y todo resplandeciente de luces». Francisco estaba cerca de la cuna, el rostro bañado por las lágrimas y el corazón lleno de alegría. Después de la santa misa, Francisco predicó a las gentes, anunciándoles el nacimiento del Rey Pobre. En la ternura de su corazón le llama «il piccolino de Belem». Y aconteció que estaba presente un caballero llamado Juan de Grecia, quien más tarde abandonó las armas del siglo, y el tal Juan aseguró haber visto en la cuna a un niño hermosísimo, dormido, y cómo Francisco lo tomaba en brazos, y lo despertaba… ¡El Rey Pobre! Y por él, pocos años después vendrá Dama Pobreza a los cantos de los poetas, de Jacopone da Todi en aquel verso hermosísimo: «¡povertade, poverella!» (pobreza, pobrecita!)… No sé por qué, leyendo en Paul Eluard aquello de «Bonjour, tristesse!… Tu n’est pas tout à fait la misère / Car les lèvres les plus pauvres te dènoncent / Par un sourire / Bonjour tristesse…», yo recordaba a los franciscanos de Dama Povertade, y hallaba que el de Jacopone y el de Eluard eran muy semejantes y dos de los versos más hermosos de todos los siglos. (Y me dolió siempre que el de Eluard haya sido usado por la Sagan como título de su primera novelucha). En fin, un Rey Pobre, y ha hecho temblar a los poderes en la noche, y con razón. Fatigados los hombres ya antes de nacer, pasamos de tiniebla a tiniebla con los ojos cerrados, pero los abrimos para ver cómo nace el Rey Pobre, y con los corazones nuestros arrodillados, retenemos la esperanza hasta el Último Día.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

19 diciembre 2025

Treinta y tres días

Treinta y tres días

En las leyendas damascenas referentes a los Magos de Oriente —en algunas, no son reyes, sino simplemente magos, y en algunas son siete, en otras, doce, en otras, sesenta; tres lo son por una interpretación de un apócrifo recogido en el pseudo-Beda, donde se dan los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, y se dice de uno que era fuscus, negro, por primera vez— se habla de que el viaje de éstos a Belén, a adorar al Niño, duró treinta y tres días, y todas contestes en que el viaje fue iniciado antes del Nacimiento de Jesús, sobresaltados los magos, cuya calidad de astrónomos y aun de astrólogos no puede ser puesta en duda, por la estrella que apareció a diestra mano. Que esto también está probado, que la estrella de guía la llevaron los señores de Oriente a mano derecha durante todo el viaje, y la estrella trabajaba muy baja en su oficio, poco más alta que las copas de las altas palmeras. Así, pues, ya están en viaje los sabios, ricos, magos, reales señores de Oriente, cuando todavía José y la dulce María, no han llegado, para el censo del señor latino de la ciudad y el mundo, a Belén de Judá, donde se apuntaban los del ramo de David. El color de la estrella ha sido estudiado por el lapidario bizantino Teodoro Angelis, de ilustre familia imperial. Teodoro, según el P. Maerckel, recogía una tradición de origen persa, zoroástrico, sobre la procedencia solar y estelar de las piedras preciosas que se encuentran en la Tierra. No se sabe bien cómo fue la cosa: si llovió del sol algo que, al aterrizar, se convirtió en diamantes, o si estallaron estrellas, rojas, azules, verdes, doradas, de donde la varia y colorada pedrería. Teodoro Angelis —por otra parte antepasado del cómico italiano Totó, como se sabe, de verdadero nombre S. A. I. príncipe Antonio Curtis Angelis Commeno— dice que la estrella era roja, y que, al terminar el divinal servicio en el que fue comprometida, se rompió en espléndida lucería, y los trozos se esparcieron por la Tierra, y son los rubíes. Todo esto Teodoro lo adoba con consejos sobre la recolección de rubíes en cuarto creciente y otras operaciones mágicas.

Louis Marin es quien ha estudiado las familias de la nobleza europea que se dicen descender de los señores orientales, ya aceptados como Reyes. Yo no he logrado leer el libro de Marin, que fue utilizado por Ernesto Hello, de quien era amigo. Marin tuvo su papel en la polémica «modernista», y era muy amigo también del abate Loisy, al que facilitaba lo que él creía errores en las Escrituras. Pero cuando saltó la Pascendi de Pío X, Marin se sometió y, en penitencia, peregrinó al Puy. Marin cuenta la historia de los Baux, de Provenza, que descienden de una sobrina de Melchor, y cita varias casa borgoñonas, flamencas y provenzales, de las cuales nobles primogénitos en los días de las Cruzadas, casaron en Antioquía, en Jerusalén, en Aleppo y en Damasco con hermosas princesas de la casa de Melchor. Los Baux cambiaron de armas y, en vez del león rampante, las lises pusieron en campo de azul una estrella de oro, «que éstas eran las armas del tres noble monsieur Melchor de Ultramar»… Los Montmorency, que llevan por lema «Dieu aide le premier chrétien», también descienden de otra sobrina de Melchor, y sostenían que fue un antepasado suyo, un tal Auren, el primer cristiano que hubo entre francos…

¡Grandes y bellas historias! Pero lo hermoso es saber que ya van los Reyes por los caminos, la estrella ante sus ojos, roja como quiere el bizantino Teodoro. ¿Tres, siete, doce, sesenta como todavía se cree entre coptos? Aceptemos que tres, y que están los tres enterrados en la Santa catedral de Colonia, donde estos días, si se acerca el oído a su sepultura, alguien inocente oirá relinchar de caballos, sonar de trompetas y parlar en lenguas extrañas. Son los señores de Oriente, poniéndose en viaje.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

18 diciembre 2025

Una nochebuena en Miranda

Una nochebuena en Miranda

Miranda es una tierra montañosa, que nace donde terminan los llanos pastizales de la antigua Bretoña, y va a morir en estrechas vallinas en el río Eo, que es la frontera entre galaicos y astures. Me gustaría ponerme ahora mismo a contarles a ustedes de esa remota provincia del Reino de Galicia, que es el país de mi infancia, tan añorado. Comenzando por los potros bravos que nacen en gran amistad con el viento en las camposas y en las brañas, en las veranías de dulces pastos, donde el milano y el lobo se saludan; y diciendo de los grandes castañares que cubren las laderas de las rotundas colinas, de las fraguas de los herreros en Ferreira Vella, con su gran mazo junto al puente, y los fuelles cabe los hornillos, en los que tanto me gustaba tirar; y de los grandes prados en los altos, de los que se regresaba en julio en los carros colmados de oloroso heno, y de los molinos de calendas perdidos en los recodos de los claros ríos, en los que los míos tenían derecho a moler el menudo trigo montañés una vez a la semana, y de la fraga de Rioseco, una espesura habitada por el jabalí, selva virgen en mi imaginación, a cuyo pie, por angosto barranco pasaba yo a caballo, tropezando con las ramas del roble silvestre mi cabeza de pequeño jinete. Cuando, por ejemplo, en el Libro de las genealogías de Vasco de Ponte —que es el libro en que se cuenta de los gallegos condes locos medievales—, me encontraba con el caballero Pedro de Miranda y leía que llevaba con él treinta, dos de a caballo, «porque eran de tierra brava», yo me enorgullecía, poniéndome en aquel bando, porque yo también era de allí, aquel país de ásperos montes y frondosos valles amados por la niebla matinal, de aquellas ribeiras surcadas por espumeantes aguas cantoras que bajan violentas desde las cumbres para remansar en tranquilos y oscuros salones a la sombra de la tribu fluvial de los árboles: chopos, sauces, álamos, abedules. No había carreteras. Desde el paso más alto del camino de herradura se veía, lejano y verde, el Cantábrico. Un monte desnudo y roquedal, el Carracedo, decía el refrán de allí «que a todos os montes pon medo». Y como si no tuviéramos los mirandeses bastantes montes, aun inventábamos uno, el Montiral, para decir, refraneros, que del Carracedo era el igual. ¡Montiral! ¡Cuántas veces no he preguntado por él! Nadie sabe de qué banda cae, dónde levanta su cima hasta las oscuras y lentas nubes que empujan hacia tierra los vientos nacidos en el océano. Un monte de la imaginación en un país en el que la gente es gozosamente fabulante, supersticiosa, espiritual y sensual a la vez. Yo soy de aquéllos más naturales de allá.

Tendría yo nueve o diez años cuando fui a pasar la Nochebuena al pazo de Cachán, de mis abuelos maternos. Eran unos días soleados y tibios, esos días que el cristalino sur suele traer a Miranda en vísperas del solsticio invernal. Habíamos estado en la iglesia oyendo a los niños ensayar villancicos y versos, y de regreso a casa, anocheciendo, nos habíamos detenido donde dicen Moucín, porque a un primo mío, que tenía una caja de cerillas, se le había antojado un magosto de castañas con unas que nos habían dado en una casa vecina. Hicimos la pequeña hoguera, pellizcamos las castañas, y esperamos a que se asasen en el brasero. Alguna sin pellizcar —los gallegos, en el romance nuestro, decimos anozcar o penicar—, estallaba, y aventaba brasas, encendiendo el aire con oro vivo. Ninguno de los que estábamos atentos al magosto vimos acercarse al mendigo. Yo le llamo «el mendigo» por decirlo de alguna manera. Era un tipo alto, delgado, los ojos negros muy hundidos, la barba entrecana de dos semanas por lo menos, abrigado con un largo gabán verde y calzado con zuecos de media caña. Sin decir palabra se metió entre nosotros y tendió las manos al calor del magosto. Llevaba en bandolera una gran cartera roja, y el sombrero con que se cubría levantaba la ancha ala sobre la frente. Le dimos las buenas tardes y no contestó. Sacamos las primeras castañas y le ofrecimos. Tomó una, quitó la cáscara quemada, y la masticó despacio, paseándola por la boca, que debía quemarle. Bailó un poco sobre los pies, que los traería fríos, y nos miró con gran atención, uno a uno. Se pasó el dorso de la mano por la boca.

—¿Sois cristianos? —preguntó.

La voz la tenía ronca y el acento no era del país, ni tampoco de las Castillas. Le respondimos que sí, y Pedro de Noceda, que era seminarista en Mondoñedo, de los de ropón corto y beca colorada, y estaba de vacaciones, se santiguó, y lo imitamos.

—Esta noche nace en Belén —dijo el desconocido, más para sí que para nosotros.

Y levantando el cuello del raído gabán verde, echó a andar por el sendero que lleva al empalme del Marco del Álvarez, que es un descampado frío, en el que, desde octubre a junio, hay grandes charcos en los que se espeja el abedul y bebe la becada.

Yo le conté aquel encuentro, horas después, a un viejo criado de casa, Benito Anido, que fue, sin duda, el maestro que primero acarició mi imaginación, y era una feliz antología de romances, que decía muy bien, de Carlomagno y de Delgadiña, de don Tristán… Benito se me quedó mirando y me preguntó si no caía en quién era aquel vagabundo taciturno de la cartera roja. Tuve que responder que no. Benito cogió la humeante taza de la ritual compota de pera y tinto y se acercó a la ventana.

—¿No caes?

—No.

Limpió el empañado cristal y echó una mirada a la noche.

—Pues es bien conocido, y todos los años pasa. Es un criado del rey Herodes, que va hacia Fisterra, y en la cartera roja lleva en papel sellado la orden de que hay que degollar los Inocentes el día veintiocho, al alba.

Benito bebió la compota, posó la taza y pasándome un brazo por los hombros me dijo confidente:

—¡Viste lo que les es dado ver a pocos!

Siempre que voy a Riotorto y me acerco a Moucín, me acuerdo del correo del rey Herodes, que verdaderamente lo he visto al pie de nuestro magosto infantil y marchar por el atajo del Marco camino de Fisterra, portador de la terrible orden. Creo verdaderamente que lo era, y todo este siglo nuestro, tan rico y grande por una parte, y tan desesperadamente loco y sangriento por otra, me confirma con sus días oscuros que el correo de Herodes pasó y pasa, verdaderamente, por los caminos de mi país, camino del cabo final, con el decreto infanticida en la cartera.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

17 diciembre 2025

Dos o tres navidades

 Dos o tres navidades


No es que servidor haya estado allí donde estas fiestas se han celebrado, en el fondo de la laguna Antela, o en el alto Cebreiro, o en el Finisterre rocoso. Son noticias que uno oye a los que pasan por el camino vecino mío, que es ni más ni menos que el Camino de Santiago. Este camino, como está probado, tiene el don de lenguas, y todavía no ha cesado de vaciarse de sombras pasajeras. El otro día, un criado de los Pardo de Balmonte me contaba que había visto volar una capa roja en el puente de Leis. Fue allí, a ver quién perdiera el manto, y no halló a nadie. Podía ser la capa de don Gaiferos de Mormaltán, que pasó en el siglo XII, peregrino. Hace pocos años, cerca de Samos, en la fuente de Iris, una mujer que iba a beber vio venir por el aire un vaso de plata, que se llenó de agua y se fue a una boca invisible, que bebió sonora. En Vilar de Donas, donde son, pintadas, las damas santiaguistas que yo canté en mi lengua galaica:

Miñas donas Giocondas, en vós ollo

tódalas donas que foron no país:

unha brancas camelias, otras frores de lis,

digo que en el Vilar, en la Noche Buena, dejan pan en el camino, para los peregrinos que todavía van y vienen con sus bordones, a través de las tinieblas: el bordón es lo último que calla en el peregrino, y puede decirse que no hay bordones tácitos; cuando ya el peregrino es polvo, ceniza, nada, todavía el bordón golpea con su contera de hierro las piedras del camino. Si un peregrino irlandés muere en Compostela, su bordón se va paso a paso a la verde Erín, y la niebla se aparta para dejarle caminar. Si toman pan en Vilar de Donas en la Noche Buena, el pan se hace luminoso y se ven hogazas de oro en el camino, a cuya orilla se desnudan de las últimas hojas los abedules…

En la provincia de Ourense, en el fondo de la laguna Antela, está sumergida la ciudad que llaman Antioquía de Galicia. Pasaba José con María camino de Belén y, teniendo sed María, fue José a pedirle una jarra de agua a un zapatero remendón que tenía tienda abierta en un arrabal de la ciudad. Una ciudad amurallada, con siete puertas en la cerca. El zapatero negó el agua a José y le tiró, irado, la lezna del oficio. La lezna se clavó en el tobillo de José, y comenzó por la herida a manar agua, en tal abundancia que, en dos horas, todo el valle de Antioquía, con la ciudad en medio, quedó cubierto. Desde entonces yace en el fondo de la Antela la gran ciudad, con sus palacios, sus huertos de limoneros, sus pomaradas, su escuela de gramática, sus palomares y la catedral de la Asunción de Nuestra Señora. Antioquía está callada y desierta bajo las aguas, excepto el día de Navidad, en que sus calles se llenan de las gentes que la poblaban antaño, y resucitan los mirlos y las palomas, los niños y los gaiteros, y el rey baja de su torre a la catedral, y despierta el obispo —que está en un columpio de mimbre echando la siesta, que lo pescó allí la inundación—, y los canónigos limpian las hebillas de plata, y el campanero obliga a las campanas a cantar. El obispo dice la santa misa, y el viejo rey de Antioquía se arrodilla ante el altar. Desde la orilla de la laguna se ve brillar, en el fondo del agua, la mitra de oro del rey, y un oído atento percibe el grave son de las campanas sumergidas. Al rey le ha crecido tanto la barba allá abajo, que un ciento de sus súbditos tiene que ayudarle a llevarla. Es tan hermosa como la de Achy, Nuca Roja, aquel rey de Tara que cubría con sus barbas los campos de centeno en flor para que no los dañasen las heladas, y en las batallas, lanzándola, que era como una selva, sobre la armada enemiga, hacía que se perdiesen en la espesura las legiones contrarias y los osados campeones. Treinta años después de una batalla, estando Achy durmiendo, lo despertó un gran ruido en su barba. Es que un feniano, Teacha de Ceash, había encontrado la salida del bosque, donde había estado perdido seis lustros, y lanzaba su estrepitoso grito de guerra… En Antioquía de Galicia se sabe que han celebrado los sumergidos la Navidad del Señor, porque siempre una paloma, en loco vuelo, sale del agua para el aire y se queda en él, en los alisos y los sauces del Limia. Se conoce que son las palomas de Antioquía porque tienen en la pata izquierda un hilo de oro, seña que les ponen las infantas, reales, allá abajo. A veces, sin saber porqué, en la Antela hacen espuma las ondas. Dicen que es que están cantando villancicos las señoras princesas: ensayándose en su cámara para el día de Navidad.

En el alto Cebreiro, por donde desde el Reino de León entra a Galicia el Camino Francés, una sombra se sentó, en la Misa del Gallo, entre los señores monjes. Era una sombra larga y la cabeza rematada en punta de lanza. Se sentó en un escaño vacío que había entre el prior y el maestro de Novicios, y todos los presentes oyeron el hierro. La sombra, pues, vestía armadura. Cuando comenzó la misa, el hierro se arrodilló. Afuera silbaba el viento, y el que entraba por bajo la portalada y por las saeteras hacía estremecer a un tiempo las luces y la misteriosa sombra. El prior vio que había allí un alma en pena y pensó que quizá fuese posible oírle sus pecados en el tribunal de la santa penitencia. Requerida fue solemnemente la sombra para que dijese su nombre y condición, y para que confesase sus pecados por el amor de aquel Niño que estaba en el pesebre, a las puertas de Belén.

—Soy el ánima del conde de Acebal —dijo.

Y todos recordaron al viejo conde leproso, con la campanilla lázara por los caminos, siempre armado, ladrado por los perros y apedreado por los labriegos, muerto sin confesión en el bosque de Moucín, y dejado podrecer dentro de su armadura milanesa. La tierra lo fue cubriendo. Y ahora esta allí la terrible sombra.

—Las otras ánimas —dijo— no me admiten en la Hueste. Temen la lepra de Siria. ¡Si yo tuviese esa campanilla del altar!

El prior se la dio. La sombra, tocando con su mano diestra la campanilla, la convirtió en sombra. Se oía en el aire el repique alegre, el parloteo argentino. La sombra se fue, pero durante muchos años, por la Navidad del Señor, oían los monjes y los fieles acercarse en la noche, a la hora de la Misa del Gallo, la campanilla, que el conde de Acebal venía a los santos oficios y estaba en ellos atento a cuándo había que tocar, y lo hacía gracioso, para ser una sombra desafortunada y leprosa como era, a la manera de las campanillas de los orientales, que habría aprendido la música en Levante… Cuando se fueron los monjes, la sombra no volvió. En la Navidad del Cebreiro ya no se oye la campanilla del conde de Acebal, que subía cantando a aquellos campos de nieve, en los que el lobo y el latín litúrgico se saludan…

En el Camino de Santiago a Fisterra, con cierta frecuencia ha sido encontrado el mensajero que Herodes envía hasta aquella punta extrema de la tierra para avisar que hay que degollar a los Inocentes. Es un tipo pequeño y más bien gordo, la barba gris y rala, y el ojo derecho lo tiene rojo. Acostumbra a entrar en las posadas y pide pan y vino, y cuando lo han servido, le entran unas extrañas prisas y se va sin comer ni beber, tirando una moneda por el aire al mesonero. Es inútil que este guarde la moneda bajo siete llaves. Está allí, quieta, durante varios años: es una moneda de plata, con unas letras extrañas y la cabeza de un barbarrizada, pero un día cualquiera va el mesonero a cogerla para mostrármela mí, que llego curioso, y la moneda se ha ido… Se ha ido a completar los treinta dineros que han de necesitar para comprar a Judas, en su día. Porque en el mundo no hay más dinero que estas treinta monedas y sus intereses. Esto creen, y quizás estén en lo cierto, muchas gentes en mi país. El mensajero de Herodes asoma la cabeza por la puerta de las iglesias para ver si ya ha nacido el Niño, y corre, corre hacia Fisterra con la terrible orden sellada, en la faldriquera. Hace tantos años que viene con el mandato de Herodes, que ya habla gallego. Cuando él pasa, los lobos se apartan. Por eso, en los días de la Navidad, se puede ir desde Santiago a Fisterra sin miedo al lobo, que se ha ido a otra parte, lejos de la competencia.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

16 diciembre 2025

Lo que se sabe del lobo

Lo que se sabe del lobo

Todos los días leemos en los periódicos gallegos que anda por ahí el lobo. Pasa a dos leguas de la Casa de la Cultura y del Jardín de San Carlos, en A Coruña, y a otras tantas del Pórtico da Gloria y de la cátedra de Derecho Civil de la universidad, en Santiago de Compostela. Pasa muy cerca, demasiado cerca, tanto que no sé cómo no andamos todos repelucados… La tribu luparia ha aumentado prodigiosamente estos años en Galicia, y por doquier asoma su ojo hostil. Don Víctor López Seoane, escribiendo en 1861 sus Mamíferos de Galicia, da por muy mermados los escuadrones lobunos en el país, y dice que es raro que entren en las aldeas. ¡Menuda sorpresa se llevaría si resucitase! El lobo está ahí al lado, osado como nunca, inquieto carnicero. Aquí no llega a la manada, que anda suelto, individualista, y cada lobo tiene su parcela de caza, minifundistas como propios galaicos, y con sentido de la propiedad del campo venatorio, y así hay el lobo de Rececende y el de Labrada, el de Romariz y el de Guizán, verbigracia, que no dejan la parroquia y la lobean incansables, y el diente hambrón. Yo tengo para mí que entre los lobos de una parroquia y los de otras es posible que haya disgustos por servidumbres de paso, como entre los paisanos más naturales. El lobo audaz baja entre las casas, come perro y gato cuando no hay ternero u oveja, y las noches aldeanas se alertan de ladridos, y en la cuadra, con el peluco, relincha el caballo. Un viajero que descienda del avión en Santiago puede ver el lobo cruzar el campo de Lavacolla.

Soy de comarca gallega en la que se sabe mucho de lobos, y varias veces he intentado explicar ordenadamente la ciencia lupárica de mis coterráneos. Probado que el animal más antiguo en mi país es el zorro, poco después aparece el lobo. El lobo es animal sin memoria, y con frecuencia se pierde y equivoca. Palabra que aprende, la olvida a la media hora. Lo que a los lobos de Galicia, les acontece a los de la India. Por eso los Rakshas de Ceilán, cuyo jefe raptó a la hermosa y siempre fiel Sita, la esposa de Rama, osaban tomar cualquier forma animal, desde la del elefante a la del ciervo de las ancas de oro, pero no la de lobo, porque convirtiéndose en lobos temían olvidar las palabras mágicas que les permitían retornar a su humano natural. Unos opinan que el lobo no logró nunca aprender el idioma gallego, y por eso puede hablarse de él, aunque esté muy próximo, que no se entera, pero otros sostienen que al lobo harto le gusta la conversación de los humanos, especialmente si es de comer o del calor que hace en las Américas. Está uno hablando de La Habana o de Caracas, y el lobo escondido entre las altas ginestas, sin moverse. Al lobo también, opinan estos mismos, le gusta oír leer el periódico. Como los labriegos hablan en gallego y el periódico está en castellano, hay que suponer en los lobos un bilingüismo natural, como el mío. En la Teseida de Boccaccio, los lobos hablan en latín, y en octavas ABABABCC, que se dicen de origen provenzal. Acaso la lobada sepa también latín en Galicia —¡oh las «divinas palabras»!—, o sean así trilingües los ásperos vagabundos de nuestros montes más oscuros. Hay poetas, como Racine, que pueden reducir a número el aullido del lobo. No sé dónde leí que Racine, para componer los coros de Athalie, se inspiró en los aullidos de los lobos, devorando, en la noche y en la nieve, los restos de un ejército en los bosques de La Ferté…

Hay una muerte que teme el lobo: la muerte en horca. Esto explica lo que un correo de Tui le contaba a López Seoane: haber traído al lobo un par de leguas, sin que osase embestir, «porque ataba la faja a la silla del caballo, lo que, figurándose el lobo que era un lazo, lo temía y no se atrevía a dar el golpe». Cuando un lobo sigue a un hombre va mirando para sus pies, hasta que lo cansa; el hombre cansado se sienta, y adormila, y el lobo lo devora. Si el lobo encuentra a un hombre dormido en el monte, se tumba a su lado y se mide con él; si el hombre es más pequeño, el lobo ataca. Si en un cruce de caminos el lobo se encuentra con el jabalí, le cede el paso. El lobo nunca atacó a un sacerdote que viajase de noche con los Sacramentos. Si un lobo ataca a un hombre y éste es un pobre de pedir y lleva en su zurrón carne y pan recibidos de limosna, el lobo comerá al hombre, pero no tocará ni al pan ni a la carne. Está probado.

Conozco gente que ha quedado señalada por el lobo. Por ejemplo, a uno que le llaman el Pizpaz de Marquide, meteorólogo y afilador, que quedó tieso de párpados, que nunca más los pudo cerrar, por haber estado media hora junto a un puente mirando para los ojos a un lobo viejo. Dicen que los lobos, en la noche, tienen ojos dorados. Nunca he estado tan cerca de ellos en las horas nocturnas que pudiera apreciar esta belleza… Todo idioma, incluso el gallego y el catalán, tienen siete palabras que, dichas en alta voz, ahuyentan al lobo. Eso se cree en Galicia y en Ucrania. Lo malo es que no se sabe qué siete palabras sean ésas. Un monje bizantino que viajaba por Ucrania fue cercado en una cabaña, en el campo nevado, por una manada de lobos. Como llevaba en el bolsillo un vocabulario greco-eslavo, comenzó a leerlo, y cuando llegó a pi, ya los lobos se habían ido. Había dicho las siete palabras fatales. Todo lo que se sabe es que dicen esas palabras antes de llegar a pi…

Aún ayer vi el lobo, subiendo desde el mar de Vigo a A Cañiza, en un lugar que llaman Fonfría, que es voz romancera. Cruzó la carretera y se detuvo junto a la cuneta. Nos apeamos del coche y yo palmeé y grité: «¡lobo, lobo!». No nos hizo caso y se marchó lentamente por el brezal, la cabeza levantada. No quisiera soñar con él, porque dicen en mi país que si el que ha visto el lobo sueña siete veces con él, a la séptima noche el lobo aparece junto a la cama. Sí, con los ojos dorados. Lo primero que muerde es el rostro del hombre, dicen que porque no quiere que le vean comer carne humana. Te ciega para devorarte. Quizá no sirviera el lobo, por este detalle, para alguna de las políticas de este siglo…

A la hora de entre lusco y fusco, por el silencio de la hora serótina, va vagante y silencioso el lobo por los hondos caminos solitarios de mi país.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

30 octubre 2025

Cuando muere un paladín

 Cuando muere un paladín

Varias tradiciones están de acuerdo en que el paladín Roldán murió un día 7 de abril a las doce en punto de la mañana. El triste momento viene muy hermosamente contado en La Chanson. Comenzando por aquellos versos que dicen que Rolando siente que lo apresa la muerte, y de la cabeza le baja al corazón. Se ha tendido debajo de un pino, el rostro sobre la verde hierba; debajo de su cuerpo ha puesto el olifante y la espada, y mira de frente al ejército pagano. Quiere que Carlomagno y todos los suyos digan que el noble conde ha muerto como héroe victorioso. Se golpea a pechos y tiende a Dios su guante. Esto último por sus culpas, por sus propias culpas, por sus máximas culpas…

Rolando se da cuenta de que el tiempo de vida se le acaba: «está en un alto cerro que mira hacia España, y se golpea el pecho con la mano diestra». Los ángeles del cielo bajan junto a él.

«De muchas cosas —dice La Chanson—, el recuerdo revive, de los países que conquista valerosamente, de la dulce Francia, de Carlomagno, su señor, que bien lo alimentaba, y de los hombres de su linaje. No contiene ni los suspiros ni el planto. Pero no quiere olvidar su alma entre tanta memoria y se confiesa y pide a Dios perdón: ¡Padre verídico que no has mentido nunca, que resucitaste de la muerte a Lázaro y salvaste a Daniel de los dientes de los leones, defiende mi alma del peligro de mis pecados!»

Y vuelve a tender a Dios el guante derecho y San Gabriel, que ha llegado hasta él, con sus propias manos lo recoge. Roldán inclina la cabeza y espera su minuto final con las manos juntas. Dios manda su Ángel Querubín y a San Miguel del Peligro. Los dos, con Gabriel, se llevan el alma del valeroso Roldán al Paraíso, amén.

Estas mismas tradiciones hablan de que Roldán está armado en el cielo. Quizá son restos, en textos paralelos o derivados de La Chanson, del que Borges llama, en su libro Antiguas Literaturas Germánicas, el Paraíso Belicoso, el Valhala o Paraíso de Odín, casa de oro iluminada por espadas que no por lámparas, de la que por quinientas puertas salen los campeones, que combaten, mueren y resucitan, y resucitados se embriagan con aguamiel y comen la carne de un jabalí inmortal. «Hay paraísos contemplativos —dice Borges—, paraísos voluptuosos, paraísos que tiene la forma del cuerpo humano (Swedenborg), pero no hay otro paraíso guerrero más que éste, no hay otro paraíso cuya delicia esté en el combate. Muchas veces ha sido invocado para probar el temple viril de las viejas tribus germánicas». Acaso en el famoso libro de Detlev von Liliencron, Aus Marsch und Geest, viva todavía ese apetito bélico post mortem: «en el Cielo —dice— me gustaría participar a veces en una guerra, en una batalla…». T. P. Hughues, en Diccionario del Islam, asegura que esa concepción belicosa del Paraíso estaba en algunas concepciones árabes anteriores a Mahoma, y cuenta en prueba de ello que una vez un árabe encontró al Profeta y le dijo:

—¡Oh, apóstol de Dios! ¡Me gustan los caballos! ¿Hay caballos en el Paraíso?

—Si vas al Paraíso —respondió el Profeta— tendrás un caballo con alas, y lo montarás e irás donde quieras.

—Sí, pero los caballos que a mí me gustan no tienen alas —replicó el árabe.

En fin, ha muerto, un día siete de abril, a las doce de la mañana, cuando el pino no daba sombra, el paladín Roldán. Sus descendientes gallegos debían mandar decir una misa por su alma. Roldán tuvo amores con una sirena, la cual vino a dar a luz un hijo en las playas gallegas. El niño fue bautizado Palatinus, en memoria del padre. Por corrupción dio Paadín y Padín.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

06 mayo 2023

El cuco

 El cuco

Este año hemos vuelto a ver cigüeñas en Galicia, en la hermosa villa de Sarria. Las cigüeñas habían desaparecido hace muchos años de nuestros valles, del de Verín, de Lemos, del de Sarria. Confiemos en que la pareja que ha venido a Sarria a hacer su nido, el próximo año traiga con ella otras parejas más. Y el que ha venido tempranero es el cuco. Ha ido al monasterio de Poio, sobre la ría de Pontevedra —dicen que en él está enterrada Santa Trahamunda, una virgen vagabunda que algunos quisieron titular de patrona de los saudosos, porque se fue, recordó, tuvo soledades y regresó—, y dando un paseo al dulce sol ribeirano, escuché al cuco, por vez primera este año. Por el canto, un cuco adulto, la voz agria, cansado de profetizar. Un cuco que decía como el cómico malo los versos y el sacristán los latines. Se veía bien que no le emocionaba la hermosa tarde soleada, llena de camelias, ni le importaba emocionar a nadie. Era la gran ocasión para un cuco alegre, expectante de la primavera, generoso en los augurios. Como debió serlo aquel cuco del poema de William Henry Davies, que se pone a cantar cuando ha cesado de llover y ha aparecido el arco iris. El poeta habla a las vacas y a las ovejas, a las que dice por qué está tanto tiempo parado en la hierba que mojó la lluvia. Pues porque «a rainbow and a cuckoo’s song / may never come together again…», «un arco iris y un cuco cantando / quizás nunca más juntos los encuentre; nunca los encuentre juntos, de este lado del sepulcro», «may never come / this side the tomb…».

¿Cómo puede ser que un cuco cante aburrido en el bosque de la primavera? ¿Es que, como aquellos del Dante, es triste en el aire que del sol se alegra? El mundo va a peor cada día, cucos incluidos.

El laberinto habitado 
Álvaro Cunqueiro

 Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911- Vigo, 1981) ejerció en gallego y en castellano el periodismo y las artes literarias en sus más variadas formas y fue, sin duda, uno de los mejores cultivadores del realismo fantástico en España. Se dio a conocer muy pronto como poeta y libros como Mar ao Norde, Poemas do si e non, Cantiga nova que se chama Riveira fluctúan entre el surrealismo y las reminiscencias trovadorescas. Su obra en prosa en muy extensa y en ella destacan títulos como Merlín e familia, Crónicas del Sochantre, Un hombre que se parecía a Orestes (Premio Nadal 1968), Si o vello Sinbad volvese ás illas, Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, Tertulia de boticas prodigiosas y Escuela de curanderos, Fábulas y leyendas de la mar y El pasajero en Galicia, entre otras.

 

05 mayo 2023

Cantando el cuco

 Cantando el cuco

Ya he escuchado, matinal, la solfa primera del polígamo augur, del cuco que anuncia el alegre tiempo. Todavía en mi valle natal pasarán algunas semanas antes de que se le oiga, al contador partidor de los amores, y pueda la niña que anda con un hato de ovejas pardas en el pastizal dialogar con él aquello de «cuco rei, rabo de escoba, ¿cantos días faltan para a miña boda?». Y a contar el canto del cuco, como quien deshoja una margarita que dice la hora en que llega el galán, «se será por Pascoa ou pola Trindá». Este cuco que escuché ayer mismo en una arboleda del valle Miñor parecía sorprenderse de sorprender la mañana con su voz. Al gallego le preocupó lo de si el cuco emigraba, o echaba aquí escondido los largos inviernos. En un valle cercano al mío —en el Valadouro, que preside A Frouseira, una cumbre oscura en la que tuvo almenas el mariscal, Pero Pardo, degollado por la justicia de los Reyes Católicos—, se comprobó que el cuco hiberna en el país. Habían echado al fuego un cachopo de roble, un toro de un tronco hueco, y ya prendían en él las alegres llamas —iba a escribir «las alegres mariposas», que lo son las llamas azules, rojas, doradas—, cuando de su escondite en el hueco salió el cuco, que fue a posarse en la campana de la chimenea. Despertando presto, dicen que comentó en voz alta:

Axiña se foi este ano o inverno!

¡Que pronto se fue este año el invierno! Creía el cuco que el fuego era el sol de abril o mayo, y le sabían a poco las jornadas de sueño en su camarote. Hace algunos años, diez o doce, preocupó también en ambas riberas de la ría de Vigo el que se oyese al cuco por las noches, y hubo más de un arúspice y más de una meiga que anunciaron catástrofes, cometa o monstruo, como aquellos que en vísperas de que César pasase el Rubicón —léase en la Farsalia—, vio Arrunx de Luca, en mántico etrusco, nacidos de la propia tierra, sin necesidad de semilla. Yo le dirigí por entonces dos cartas sobre el asunto a José María Castroviejo, quien andaba muy inquisidor, preguntando y preguntándose qué iba a pasar con la nocturnidad canora del cuclillo. Le citaba al doctor Johnson, quien sostiene que hay animales que sueñan y otros no, y al cuco podía despertarlo una pesadilla. Frobenius o Blaise Cendrars, que no recuerdo bien, hablan de un ave africana que sueña que arde la selva, y aterrada se precipita a las aguas de los grandes ríos, donde muere ahogada. Yo quise tranquilizar a las gentes, diciéndoles que el cantar por las noches el cuco quizá fuese por productividad, y que si anunciaba algo todo lo más sería una epidemia de peladas barberas, cosa que siempre se supo por aves…

Pero el cuco que escuché la pasada mañana llena de sol, más allá de las camelias en flor del huerto de un pazo hacia los álamos que se cubren de hojillas nuevas, estaba despreocupado de agüeros, simplemente feliz porque su anuncio de alegre tiempo era irrefutable.

 El laberinto habitado 
Álvaro Cunqueiro

 Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911- Vigo, 1981) ejerció en gallego y en castellano el periodismo y las artes literarias en sus más variadas formas y fue, sin duda, uno de los mejores cultivadores del realismo fantástico en España. Se dio a conocer muy pronto como poeta y libros como Mar ao Norde, Poemas do si e non, Cantiga nova que se chama Riveira fluctúan entre el surrealismo y las reminiscencias trovadorescas. Su obra en prosa en muy extensa y en ella destacan títulos como Merlín e familia, Crónicas del Sochantre, Un hombre que se parecía a Orestes (Premio Nadal 1968), Si o vello Sinbad volvese ás illas, Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca, Tertulia de boticas prodigiosas y Escuela de curanderos, Fábulas y leyendas de la mar y El pasajero en Galicia, entre otras.