07 octubre 2026

7 de octubre

 CONSIGUIÓ, por fin, el conde de Parcent, a final de septiembre de 1841, aunque no con gran oportunidad ni con gran fortuna, el permiso de que los infantes volvieran a España. Justamente cuando iban a entrar por la frontera ocurrió, el 7 de octubre, la rebelión de los moderados y el alzamiento de Vitoria y de Pamplona. Se dieron entonces órdenes para impedir la entrada de los infantes, Traía don Francisco de Paula el camino de Canfranc, y dispuso el Gobierno que si entraba en España no pasara de Zaragoza. En la frontera estuvo detenido hasta la terminación de los alzamientos.

Al saber el final de la rebelión envió un correo a Madrid con una carta para el Gobierno, muy expresiva. En ella se ofrecía a defender la regencia del duque de la Victoria, poniendo a su servicio sus bienes, su espada y las de sus hijos. Para evitar réplicas y observaciones, al mismo tiempo del ofrecimiento se dirigió canino de la frontera vasca.
Hizo el viaje en silla de posta, acompañado de don Hipólito de Hoyos, mayor de la Secretaría de Estado, enviado por el Gobierno para felicitar a los infantes. Iban también el conde de Parcent y Pereira, secretario particular de don Francisco, hombre resuelto, diestro en la intriga, ex director de El Graduador y autor del folleto titulado Matrimonio de la reina Cristina con Muñoz.
La revolución de don Paco fue adoptada por la infanta doña Carlota, quien, con ademanes briosos y llenos de fuego, le aconsejó que, al llegar a Madrid, entrara blandiendo la espada al frente de las huestes del duque. A don Paco le pareció esto excesivo.
Al saber María Cristina el proyecto de su cuñado, intentó impedirlo mediante la influencia de Luis Felipe. Don Francisco de Paula encontró obstáculos para cruzar la frontera vasca, y entonces don Paco pasó por Olorón y fue después a Zaragoza, mientras doña Luisa Carlota se dirigía por mar a Santander, para llegar a Burgos, en cuya ciudad se reunieron los cónyuges, y permanecieron algunos días alojados en casa del diputado don Antonio Collantes.
Se dijo que don Paco estuvo a punto de caer en manos de los sublevados, cuyos jefes habían dado la orden de conducirle preso, si lo encontraban, a la ciudadela de Pamplona.
Instalados en Burgos, el conde de Parcent fue a Madrid a gestionar el traslado a otro pueblo menos frío, y, tanto el conde como el diputado Collantes no perdonaron medios para obtener la autorización de residencia para los infantes en Madrid; pero no la obtuvieron, y sólo pudieron conseguir su traslado a Sevilla, con la promesa de permanecer en la corte quince días para descansar del viaje y proveerse de las cosas más necesarias. La promesa no la cumplieron los infantes, que se quedaron en Madrid y comenzaron a intrigar.
La primera entrevista de Carlota con su sobrina Isabel II y su hermana fue muy fría. La reina niña llamaba a la infanta su merced, y Luisa Carlota dijo: «Si me tratas así, me obligarás a que yo te diga Majestad».
A pesar de los arrumacos de los infantes, no hubo cordialidad en la familia.
Poco después pidieron estos para su hijo don Francisco de Asís el que le nombraran capitán de Húsares de la Princesa, y para el segundo, don Enrique, una plaza de guardia marina. El joven don Francisco de Asís comenzó a darle escolta en sus paseos en coche a Isabel II.
Al acercarse Paquito a Isabel pensaban la infanta y el conde de Parcent comprometer a la reina joven con su primo para llegar al matrimonio proyectado.
Luisa Carlota intrigó todo lo que pudo, y regaló a su sobrina Isabel un medallón de oro con pelo de Paquito.

Pío Baroja
Desde el principio hasta el fin
Memorias de un hombre de acción - 22

Desde el pincipio hasta el fin, contiunación de Crónica escandalosa, se desarrolla en la España convulsionada tras la guerra carlista, y recrea los postreros años de actividad política de Aviraneta. En él, se reúnen varios relatos que van desde la caída de María Cristina hasta los años en que Aviraneta vivió en San Sebastián, e incluye un epílogo a las «Memorias de un hombre de acción» donde se da cuenta de los desvelos del autor para obtener los materiales con los que compuso esta monumental obra.

Colores de otoño en Aranjuez

2016. Colores de otoño en Aranjuez

06 octubre 2026

6 de octubre

 Capítulo 12

El día siguiente fue domingo, 6 de octubre. Recuerdo bien la fecha.
Desperté tan animada como cualquier heroína de Robert W. Chambers. Todas mis dudas y tristezas de la noche anterior se habían disipado y me sentía en placentera armonía con el mundo y todo lo que éste contenía.
El hotel se encontraba en un estado bastante precario, pero eso no bastaba para arruinarme el ánimo. Me di una ducha terriblemente helada en una auténtica bañera de campo y luego desayuné huevos y tortitas. En la mesa había un tipo que vendía pararrayos y muchos otros viajantes de comercio.
Mucho me temo que mi conversación aquella mañana estuvo conscientemente modelada por lo que el profesor habría dicho si hubiera estado allí; sea como fuere, conseguí arreglármelas. Los viajantes, después de un momento de embarazosa indiferencia, me trataron como a una más de los suyos y me preguntaron por mi «línea» de negocio con vivo interés.
Les conté lo que hacía y todos dijeron que me envidiaban por mi libertad de ir y venir sin necesitar de los trenes. Hablamos animadamente durante largo rato y, casi sin proponérmelo, empecé a predicar sobre los libros. Al final insistieron en que les enseñara mi Parnaso.
Salimos todos al establo, donde se hallaba la caravana, y aquellos hombres husmearon entre las estanterías. Vendí cinco dólares en libros en un momento, a pesar de que había decidido que no haría ningún negocio al ser domingo. Sin embargo, no pude negarme a venderles aquellos volúmenes, pues todos parecían agradecidos de conseguir algo bueno que leer. Un hombre se puso a hablar sin parar de Harold Bell Wright, pero por desgracia tuve que admitir que no sabía quién era. Evidentemente, el profesor no tenía ninguna de sus obras. Me alegró un poco saber que, después de todo, el pequeño Barbarroja no sabía absolutamente todo acerca de la literatura.
Después de aquello dudé sobre si debía ir a la iglesia o dedicarme a escribir algunas cartas. Finalmente me decidí por las cartas. Empecé por Andrew y escribí:
HOTEL MOOSE, BATH
Mañana de domingo
Querido Andrew:
Parece absurdo pensar que sólo han pasado tres días desde que me marché de Sabine Farm. Honestamente: me han ocurrido más cosas en estos tres días que en los últimos quince años allí.
Lamento que el señor Mifflin y tú hayáis discutido, aunque puedo entender cómo te sientes. No obstante, me he enfadado mucho al saber que habías intentado detener el pago del cheque. Sencillamente, no era asunto tuyo, Andrew.
Telefoneé al señor Shirley y le pedí que diera la orden de pagar al señor Mifflin en el banco de Woodbridge. El profesor no me engañó para que comprara su Parnaso. Lo hice por mi propia voluntad. Si quieres saber la verdad, ¡la culpa es tuya! ¡Lo compré porque tenía miedo de que lo compraras tú si no lo hacía yo! Y no quería quedarme sola en la granja de aquí al Día de Acción de Gracias mientras tú te ibas a otro de tus viajes. De modo que decidí que lo haría yo.
Pensé que así verías lo que se siente al quedarse solo y a cargo de todo en casa. Pensé que sería bueno para mí despejar mi mente durante un tiempo y vivir mi propia aventura.
Ahora, Andrew, he aquí algunas instrucciones para ti:
1. No olvides alimentar a las gallinas dos veces al día y recoger todos los huevos. Hay un nido detrás de la pila de leña y algunas de las cluecas han estado poniendo debajo de la despensa de hielo.
2. No dejes que Rosie toque la porcelana azul de la abuela porque estoy segura de que la rompería en cuanto pusiera sus gruesos y torpes dedos suecos sobre ella.
3. No olvides tu ropa interior de invierno. Las noches empiezan a ponerse frías.
4. Olvidé cubrir la máquina de coser. Por favor, cúbrela tú o se llenará de polvo.
5. No dejes que el gato ande libremente por la casa de noche: siempre rompe algo.
6. Envíale tus calcetines o cualquier cosa que necesites remendar a la señora McNally. Ella lo hará por ti.
7. No olvides alimentar a los cerdos.
8. No olvides reparar la veleta del granero.
9. No olvides mandar el barril de manzanas a la fábrica de sidra o no tendrás nada que beber cuando el señor Decameron venga a vernos a finales de otoño.
10. Sólo para llegar a los diez mandamientos, añadiré uno más: llama a la señora Collins y dile que la reunión de las Dorcas tendrá que hacerse en otra casa la próxima semana, porque no sé cuándo regresaré. Quizás me ausente durante quince días más. Éstas son mis primeras vacaciones en mucho tiempo y pienso disfrutarlas al máximo. El profesor (el señor Mifflin, quiero decir) ha regresado a Brooklyn para trabajar en su libro. Lamento que os hayáis puesto a pelear en medio del camino como dos rateros. Él es un buen hombre y estoy segura de que te caería bien si lo conocieras mejor.
Pasaré el domingo en Bath y mañana iré hasta Hastings. He vendido cinco dólares en libros esta mañana, a pesar de ser domingo.
Tu hermana,
HELEN McGILL
P. D. No olvides limpiar el alambique cuando lo uses, de lo contrario quedará en un estado lamentable.
Después de escribirle a Andrew pensé en enviarle un mensaje al profesor. Ya le había escrito una larga carta en mi mente, pero, no sé por qué, en cuanto intenté ponerla por escrito me sentí algo torpe. No sabía por dónde empezar. Pensé en lo divertido que sería que estuviera allí conmigo y que pudiera escucharme. Y, entonces, mientras escribía las primeras líneas, algunos de los vendedores regresaron a la sala de estar.
—Pensé que quizás le gustaría ver el periódico del domingo —dijo uno de ellos.
Tomé el periódico, le di las gracias y le eché un vistazo a los titulares. Las desproporcionadas letras negras surgieron ante mí y mi corazón se contrajo de horror. Sentí que se me enfriaban los dedos. «Terrible accidente en la vía del río. Tren expreso descarrila. Diez muertos y decenas de heridos. Error en la señalización».
Las letras parecían levantarse como un anuncio de leche merengada. Con temblorosa aprehensión leí los detalles. Al parecer, el expreso que había salido de Providence a las cuatro del sábado por la tarde se había estrellado en un campo cercano a Willdon hacia las seis, chocando con una fila de vagones de carga vacíos. El vagón principal había quedado destruido y la locomotora había volcado antes de dar contra un muro de contención. Diez hombres habían muerto… Mi cabeza dio vueltas. ¿No era aquél el tren del profesor? Vamos a ver, salió de Woodbridge en un tren local a las tres. El día anterior había dicho que el expreso salía de Port Vigor a las cinco… Si había hecho el cambio al expreso…
Con una mezcla de fascinación y horror, mis ojos cayeron en la lista de muertos.
Recorrí los nombres. Gracias a Dios, no, Mifflin no estaba entre ellos.
Entonces vi la última línea: «Hombre de mediana edad sin identificar».
¿Sería el profesor?
De repente, me sentí mareada, y por primera vez en mi vida me desmayé.
Gracias a Dios no había nadie en aquella sala. Los vendedores habían vuelto a salir y nadie oyó cómo me desplomaba. Recuperé la conciencia poco después, mi corazón giraba sin parar como una veleta. Al principio no me daba cuenta de qué me ocurría. Entonces mis ojos volvieron a caer sobre el periódico. Febrilmente leí el relato de los hechos y los nombres de los heridos que antes había pasado por alto. Por ningún lado aparecía un nombre conocido. Pero las trágicas palabras «hombre sin identificar» bailaron ante mis ojos. ¡Oh! Si fuera el profesor…
La verdad no tardó en cubrirme como una ola. Amaba a aquel hombrecillo: lo amaba, lo amaba. Había llevado hasta mi vida algo completamente nuevo, y sus maneras tan pintorescas y atrevidas habían calentado mi gordo y viejo corazón, que, por primera vez, con un borboteo intolerable de dolor, parecía saber que mi vida ya no volvería a ser la misma sin él. Y ahora… ¿qué podría hacer?
¿Cómo saber la verdad?
Si él estaba en ese tren y había salido ileso del accidente, seguramente me había enviado un mensaje a Sabine Farm. Era posible, sí. Corrí al teléfono y llamé a Andrew.
¡Oh, la agónica lentitud de las conexiones telefónicas cuando algo urgente nos apremia! Mi voz tembló cuando le dije a la operadora: «Redfield 158d». Zapateando con nerviosismo esperé a escuchar el familiar clic de la bocina al otro lado de la línea. Oí cómo en la centralita de Redfield recibían la llamada y conectaban con nuestro teléfono. Pude ver en mi imaginación el aparato colgado del muro, en el viejo pasillo de la granja Sabine. Pude ver el sucio refuerzo de yeso donde Andrew pone el codo mientras habla por teléfono y el lugar donde anota los números con lápiz, cubierto de migas de pan. Vi a Andrew saliendo de la sala para contestar. Y entonces la operadora dijo con indiferencia: «No contestan». Mi frente estaba llena de sudor cuando salí de la cabina.
Espero no tener que volver a vivir nunca los horrores de la siguiente hora. A pesar de mis modales campechanos y sentimentales, en los momentos difíciles soy más reservada que una ostra. Estaba decidida a ocultar mi angustia y mi ansiedad de la bienintencionada clientela del Hotel Moose. Corrí a la estación de ferrocarril para enviarle un telegrama al profesor, a Brooklyn, pero el lugar estaba cerrado. Un chico me dijo que no abrirían hasta la tarde. Desde una cafetería llamé a «información» en Willdon y finalmente me conectaron con un enterrador de aquel pueblo. Una horrible y compasiva voz (¿alguna vez habéis hablado con un enterrador por teléfono?) me dijo que nadie llamado Mifflin estaba entre los muertos, pero admitió que aún había un cuerpo sin identificar. Utilizó una palabra espantosa que me hizo sentir escalofríos: irreconocible, dijo. Y colgó.
Fue la primera vez que sentí el horror de la soledad. Pensé en el cuaderno del pobre hombrecillo. Pensé en sus modales temerarios y amables, en su ridícula gorra de tweed, en el botón que le faltaba a su chaqueta, en los chapuceros remiendos de sus mangas. En ese momento me pareció que el paraíso se reducía a viajar por caminos polvorientos a bordo del Parnaso en compañía del profesor. A duras penas lo conocía, claro, ¿pero qué más daba? Había llevado el esplendor de un ideal a mi vida rutinaria y gris. Y ahora… ¿lo había perdido para siempre? Andrew y la granja parecían desvanecerse en la lejanía. Yo era una mujer sencilla, mortalmente solitaria y desamparada. En medio de mi perplejidad caminé hasta las afueras del pueblo y rompí a llorar.
Finalmente recuperé la compostura. No me avergüenza decir que entonces pude aceptar con franqueza lo que me había ocultado a mí misma durante tanto tiempo. Estaba enamorada. Enamorada de un librero de barba roja que era para mí más formidable que Sir Galahad. Y juré que si me aceptaba, lo seguiría hasta el mismísimo fin del mundo.
Regresé al hotel andando. Intentaría llamar otra vez a Andrew por teléfono. Mi alma entera se estremeció cuando por fin escuché el clic.
—¿Sí? —dijo la voz de Andrew.
—Oh, Andrew —dije—, soy yo, Helen.
—¿Dónde estás? —Parecía enojado.
—Andrew, ¿hay algún… algún mensaje del señor Mifflin para mí? Aquel accidente de ayer… Quizás iba a bordo de ese tren. Estoy tan preocupada… ¿Crees que le habrá pasado… algo?
—Vaya tontería —dijo Andrew—. Mifflin está preso en la cárcel de Port Vigor.
Creo que en ese momento Andrew debió de quedarse estupefacto, pues empecé a llorar y a reírme al mismo tiempo. Y, así, en medio de tanta agitación, colgué.

Christopher Morley
La librería ambulante

Estamos en la segunda década del siglo XX, en unos Estados Unidos todavía rurales y de paisajes idílicos, donde conviven los viejos carromatos y los novísimos automóviles. Roger Mifflin, un librero ambulante que desea regresar a Brooklyn para redactar sus memorias, vende su singular librería sobre ruedas (junto a su yegua y su perro) a la ya madura señorita Helen McGill, quien decide, harta de la monotonía de su vida, lanzarse a la aventura y recorrer mundo. A partir de ese momento se suceden las más divertidas peripecias, donde tanto personajes como lectores nos vemos envueltos en una espiral de conocimiento y admiración por el mundo de los libros, los autores y, cómo no, los libreros.

Madrid. Puente de Toledo

2016. Madrid. Puente de Toledo

05 octubre 2026

5 de octubre

 Querido Julian:

Una de las locas ve fantasmas. Se le aparecen en forma de pequeños destellos verdes, por si usted quiere detectar alguno, y la siguieron hasta aquí cuando dejó su piso. Lo malo es que eran inofensivos en su domicilio anterior, pero al verse encarcelados en una residencia de viejos han reaccionado haciendo diabluras. Estamos autorizadas a tener una pequeña nevera en nuestro «cubículo», por si nos da un ataque de hambre de noche, y la señora Galloway llena la suya de chocolatinas y botellas de jerez. ¿Y qué hacen los duendecillos en mitad de la noche, sino comerse el chocolate y beberse el jerez? Todas mostramos la debida inquietud cuando la cosa se supo (las sordas mostraron una mayor preocupación, sin duda porque eran incapaces de entender) y tratamos de expresar nuestra aflicción por la pérdida. Los robos continuaron una temporada, y todas poníamos la consabida cara larga, hasta que un día la víctima entró en el comedor con un aspecto de gato de Cheshire. «¡He recuperado lo que es mío!», exclamó. «¡Me he bebido una de las botellas de jerez que ellos han dejado en la nevera!» Así que todas lo festejamos, pero, ay, prematuramente, pues las chocolatinas siguieron sufriendo la depredación nocturna, a pesar de las notas manuscritas, tanto severas como suplicantes, que la señora G empezó a pegar en la puerta de la nevera. (¿Qué idiomas cree usted que saben leer los fantasmas?) El asunto se abordó finalmente en la asamblea plenaria de Pilcher House una noche a la hora de la cena, con la guardiana y su marido presentes. ¿Cómo impedir que los espíritus se comieran el chocolate? Todas miraron a servidora, y esta pobre infeliz no estuvo a la altura. Y por una vez tengo que alabar al sargento mayor, que mostró un estimable sentido de la ironía, a no ser —lo que quizá es más probable— que crea de verdad en los pequeños destellos verdes. «¿Por qué no ponemos un candado en la nevera?», propuso. Aplauso unánime de las sordas y locas, seguido del ofrecimiento del sargento de comprar uno en la ferretería. Le tendré au courant, por si le es útil para uno de sus libros. Me gustaría saber si jura usted tanto como sus personajes. Nadie dice palabrotas aquí, aparte de mí, y sólo para mis adentros.
¿Conoció a mi gran amiga Daphne Charteris? ¿No será, quizá, cuñada de su tía abuela? No, usted dijo que era de clase media. Daphne fue una de nuestras primeras aviadoras y era de clase alta, hija de un terrateniente escocés, acostumbrada a transportar de aquí para allá ganado Dexter después de sacar su licencia. Era una de las once únicas mujeres adiestradas para pilotar un Lancaster en la guerra. Criaba cerdos y siempre llamaba Henry, el nombre de su hermano más pequeño, al más mequetrefe de la camada. Tenía en su casa una habitación llamada el «Kremlin» en la que ni siquiera su marido estaba autorizado a molestarla. Siempre creí que ése era el secreto de un matrimonio feliz. De todos modos, su marido murió y ella volvió a la casa familiar con el mequetrefe Henry. La casa era una pocilga, pero los dos vivían muy contentos y al paso de los meses se iban volviendo sordos. Cuando ya no oían el timbre de la puerta, Henry instaló en su lugar una bocina de automóvil. Daphne se negaba a usar un audífono porque decía que se le enredaba en las ramas de los árboles.
En mitad de la noche, mientras los duendes tratan de romper el candado de la nevera de la señora Galloway para robarle huevecillos de chocolate con leche, yo estoy en vela y observo el lento avance de la luna entre los pinos y pienso en las ventajas de morir. Tampoco es que tengamos otra alternativa. Pues sí, podemos quitarnos la vida, pero eso siempre me ha parecido vulgar y fatuo, como la gente que se va del teatro o de un concierto sinfónico. Quiero decir que…, bueno, ya sabe lo que quiero decir.
Principales motivos para morir: es lo que los demás esperan cuando una llega a mi edad; la decrepitud y senilidad inminentes; el dispendio de dinero —consumo de la herencia— cuando tratas de mantener ensamblada una bolsa incontinente de huesos viejos y clínicamente muertos; el interés decreciente por los noticiarios, las hambrunas, las guerras, etc.; el miedo a caer bajo el dominio absoluto del sargento mayor; el deseo de descubrir lo que hay después (¿o no?).
Principales razones para no morir: el no haber hecho nunca lo que los demás esperan, así que por qué empezar a hacerlo ahora; la posible congoja infligida a otros (pero, en tal caso, inevitable en cualquier momento); el estar todavía en la B de bar; si no yo, ¿quién enfurecería al sargento mayor?
… No se me ocurren más. ¿Me propone usted otras? Descubro que los pros siempre son más fuertes que los contras.
La semana pasada encontraron a una de las locas en pelota picada al fondo del jardín, con una maleta llena de periódicos, al parecer aguardando el tren. Huelga decir que no hay trenes en las cercanías de la residencia desde que Beeching se cargó los ramales.
Bueno, gracias de nuevo por escribirme. Perdone la epistolomanía.
Sylvia
P. D. ¿Por qué le he dicho esto? Lo que intentaba decirle sobre Daphne es que siempre fue una persona que miraba hacia delante, no hacia atrás. Es probable que a usted no le parezca una gran proeza, pero le prometo que cada vez se vuelve más difícil.
5 de octubre de 1987

Julian Barnes
La mesa limón

En algún momento, todos, de repente, lo sabemos. Nos desvela en la mitad de la noche, nos enfurece, nos desespera. Podemos resignarnos, o empezar a correr contra el tiempo. Pero, y ya para siempre, tenemos la certeza de que somos mortales.
En estos cuentos de la mediana edad, los protagonistas han envejecido, y ya no pueden ignorar que sus vidas tendrán un final. Como el músico de «El silencio», aunque él habla antes de la vida y, después, de su último y final movimiento. En «Una breve historia de la peluquería», toda una vida se mide en los cortes de pelo del protagonista. «La de cosas que sabes» cuenta los secretos de dos mujeres que fueron jóvenes en los años sesenta y que saben demasiadas cosas la una de la otra, cosas que nunca podrían ser dichas en los encuentros que tienen cada mes. En «Higiene», un militar retirado que vive en provincias con su mujer, va todos los años a Londres, a su reunión anual con sus compañeros de promoción. Y desde hace veinte años, en cada uno de estos viajes se encuentra con Babs, una prostituta que es como su esposa paralela. El melómano de «Vigilancia» lleva a cabo una implacable campaña de acoso contra los que tosen en los conciertos, una campaña que tal vez no tenga que ver con el placer de la música, sino con las manías de la vejez. En «Corteza», Jean-Étienne Delacour, un burgués de sesenta años del siglo XIX, empedernido jugador, apuesta a un seguro de vida que sólo será rentable si consigue sobrevivir a todos sus contemporáneos…

2016. Otoño en la Vega del Tajo

2016. Otoño en la Vega del Tajo

04 octubre 2026

4 de octubre

 4 de octubre. Lunes

A. S. nos ha estado hablando de España por dos días. Estamos más deprimidos que cuando no tenemos noticias. Tantas pequeñas maldades y casi todo el mundo por lo que le conviene. Estoy comenzando a ver claramente ahora que no importa cuánto lo echemos de menos, pasarán cuatro años antes de que podamos volver. Creo que debiéramos ir al grano en vez de andar a la deriva, pero cómo, cuándo y dónde no lo sé. Si solamente tuviéramos los manuscritos de J. R. Tanto que traté de que los recogiera para traérnoslos con nosotros, pero él mismo no quiso hacerlo y no me dejó que yo lo hiciera.

Zenobia Camprubí Aymar
Diario 1. Cuba (1937-1939)

Zenobia Camprubí llevó a cabo un Diario a lo largo de los casi veinte años que duró su vida en el exilio. Redactado parte en inglés y parte en español, lenguas que por sus antecedentes familiares y trayectoria personal dominó con idéntica facilidad, el Diario nos revela el carácter extraordinario de quien fuera la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. Entrelazados con la vida activa de su autora, se recogen en este monólogo sus estados de ánimo, los de su marido, sus frustraciones y ambiciones, sus reflexiones respecto al poeta y a su entorno. El Diario destaca por su valor como obra intimista, lo que pone de manifiesto la competencia literaria de la autora, y su importancia como testimonio histórico y documental. Si un diario conecta las dos partes del ser, la que escribe y la que lee, y ese vínculo se convierte en un modo de observar la propia supervivencia, el Diario de Zenobia Camprubí sería, como se observa en el prólogo del primer volumen, «un instrumento de supervivencia por el que Zenobia trató de reencontrar el perdido sentido de la vida a raíz del trauma de la Guerra Civil española».
El primer volumen abarca el periodo comprendido entre 1937 y 1939, correspondiente a la estancia del matrimonio en Cuba; el segundo cubre los años que van de 1939 a 1950, los vividos en Estados Unidos; el último, hasta ahora inédito, se centra en los años finales de su vida, transcurridos en Puerto Rico.
La edición y preparación de este diario completo ha estado a cargo de Graciela Palau de Nemes.

Parroquia de la Asunción en Valdemoro. 2016

 Parroquia de la Asunción en Valdemoro. 2016

03 octubre 2026

3 de octubre

 3 de octubre


¿Qué nos sucede, amor, de un tiempo a esta parte? ¿Cómo puedo ser tan torpe y chapucero que en cada carta te suministre un motivo de enojo? ¿Tantas veces te he repetido lo de las transaminasas que he llegado a irritarte? La insistencia en este caso, querida, no es sino prueba de interés. No soy médico, claro, ni siquiera aficionado, pero interpretar el análisis de una hepatitis es muy simple, está al alcance de cualquiera, máxime si tenemos el anterior a la vista para compararlos. Pero no te tomes un berrinche por tan poco, amor. Yo me conformo con saber que vas mejor aunque lógicamente me intranquilizo cuando transcurren semanas sin información concreta sobre el asunto.
Lamento haberte ofendido con lo de la fotografía, pero debes hacerte cargo. Querubina, mi ama de cura, es mujer honorable y, en cierto modo, juiciosa, pero, como buena viuda fondona, proclive a la chismorrería, de tal modo, que si yo adornase con flores tu fotografía en bañador, a la media hora andaríamos en lenguas por todo el pueblo. No, no se trata de que yo sea esclavo de las convenciones sociales, entiéndeme, sino que aquí, en Cremanes, como en todas estas aldeas de Castilla, un acto semejante no sería bien interpretado. Los indígenas aceptan el bikini en las playas, inclusive aquí, en las piscinas de los veraneantes, de los forasteros, pero que el Eugenio (como aquí me dicen), un hijo del pueblo, se enamore de una mujer que se baña medio en cueros, y, para mayor escarnio, exhiba su retrato como un reto, constituiría motivo de escándalo. La gente rústica es así, querida, y yo no puedo cambiarla. Por sabido, no comparto su reacción, no me merece aprecio, pero ¿quieres decirme qué adelantaría provocándola? No te alteres, Rocío, por favor, date a razones: no me avergüenzo de ti, pero si, con el tiempo, vas a ser una asidua de este pueblo, ¿qué gano enrareciéndote el ambiente?
Por días me vuelvo susceptible e irritable. Necesito comprensión. A ciertas horas me invade el desaliento. ¿Por qué? El mundo me deprime, Rocío, me asusta. Preciso de alguien en quien confiar, en quien apoyarme cuando las aguas se agitan y el naufragio amenaza.
No quiero afligirte más. Piensa en ti, cree en ti, sueña contigo,
E. S.
Miguel Delibes
Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso

Un viejo solterón castellano y periodista jubilado establece una correspondencia progresivamente amorosa con una viuda andaluza a través de una revista sentimental. A lo largo de cuarenta y dos cartas nos proporcionará un completo retrato de sí mismo: su infancia en el pueblo, su carrera de periodista bajo el franquismo, sus ideas sobre el progreso, el amor o la televisión, sus preferencias gastronómicas o sus arraigadas costumbres de mirón impenitente. Las manías, los achaques, las osadías verbales del personaje y su fundamental timidez, chocan con la historia maravillosa del amor que sueña, imagina y pretende convertir en real. Ejemplo de brillantez constructiva y de expresión directa, Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso expresa, con sutil ironía, ideas sobre el amor, la esperanza o el cotidiano quehacer.

Por la M404 hacia Chinchón y acaso más lejos

Por la M404 hacia Chinchón y acaso más lejos