19 mayo 2026

Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente.

 Había lle-gado la hora de variar su rumbo al poniente.

 Leves toques en el vidrio lo hicieron volverse hacia la ventana. De nuevo nevaba. Soñoliento vio cómo los copos, de plata y de sombras, caían oblicuos hacia las luces. Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente. Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía, así, en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos.

Los muertos. J. Joyce

15 mayo 2026

En el sendero, una alpargata blanca

En el sendero, una alpargata blanca
como un resto de luz entre los pinos.
Parece nada, pero es —yo lo sé—
una púrpura caída del hombro del inocente.

La miro:
en su amarillez dormida aún respira
el paso de aquellos hombres
que fueron llamados sombra
cuando eran claridad.

Comprendo entonces
que el mundo disimula su culpa
con palabras gruesas,
y que a veces sólo un objeto humilde
dice la verdad entera.

Y sigo andando,
porque ver también es cargar
con lo que ya no puede olvidarse.

13 mayo 2026

Otoño.

 Otoño.

Algo cede.
Algo en mí también.

Silencio.

Un leve resplandor
que no pide nada.

Presencias que pasan
sin nombre.

La noche llega.
La dejo entrar.