20 octubre 2026

20 de Octubre

 El primer ferrocarril castellano

En 1837 Guillermo Lobé realizó un viaje de Cuba a los Estados Unidos; de los Estados Unidos pasó a Europa. En 1839 Lobé publicó en Nueva York su libro Cartas a mis hijos durante un viaje a los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Lobé estudió los ferrocarriles en los Estados Unidos; luego en Europa. En otra ocasión hablaremos de esta interesantísima personalidad; antecesor tienen en ella los fervorosos europeizadores de hogaño. El 4 de Noviembre de 1837 Guillermo Lobé fecha una de sus cartas —la XVI— en Manchester. Habla en ella de los caminos de hierro; su pensamiento va hacia España; a España desea verla «atravesada en todas direcciones por ferrocarriles, en paz como hermanos los habitantes de sus provincias». Los deseos de Lobé no han de verse realizados sino bastantes años después. En 1844, el célebre matemático D. Mariano Vallejo, publica un libro titulado Nueva Construcción de Caminos de Hierro. No se refiere Vallejo a las nuevas máquinas locomotrices; a los trenes de vapor se alude en un apéndice que pone a su libro; pero a esta novísima tracción prefiere nuestro autor la animal, modificada y facilitada por ingeniosos artificios.
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Ya la idea de los trenes de vapor se había lanzado en España en 1830. En ese mismo año apareció, impreso en Londres, un Proyecto de D. Marcelino Calero y Portocarrero para construir un camino de hierro desde Jerez de la Frontera al Puerto de Santa María. A esta Memoria acompaña un mapa y un curioso dibujo. Llevan dibujo y mapa esta leyenda: «Hízolo con la pluma D. Ramón Cesar de Conti. Londres, 20 de Octubre de 1829». Por primera vez acaso debía aparecer ante la generalidad de los españoles, que contemplara al dibujo aludido, la imagen de un ferrocarril. Imagen casi microscópica por cierto. El dibujante ha representado un pedazo de mar y un alto terrero en la costa. En el mar se ve un vapor con una alta y delgada chimenea; allá arriba, en la costa, se divisa, en el fondo, una fábrica que lanza negros penachos por sus humeros, y luego, acercándose al borde del acantilado, aparece una extraña serie de carruajes. Delante de todos está un diminuto y cuadrado cajón con una chimenea que arroja humo; luego vienen detrás otros cajoncitos separados por anchos claros —un metro o dos tal vez— y unidos por cadenas. Debajo de tan raro tren se divisa una raya sobre la que están puestas las ruedas de los vagones.
No tuvo realización el proyecto de D. Marcelino Calero; recuerde el lector que ese mismo año de 1830 se construía el primer ferrocarril inglés: el de Liverpool a Manchester. En Londres imaginaba su empresa el intrépido Calero. Han de transcurrir bastantes años antes de que se vuelva a hablar en España de ferrocarriles. El 30 de Mayo de 1845 El Heraldo —diario de Madrid— publicaba la siguiente noticia en su sección Gacetillas de la Capital: «Ha llegado a esta corte, procedente de Inglaterra, Sir J. Walmsley, uno de los directores de la empresa del camino de hierro de Ávila a León y Madrid, con objeto de dar impulso a los trabajos. Parece que a causa de haber vendido el promovedor de la empresa, Kelby, el privilegio de concesión a una casa inglesa por la suma de cuatro millones, que habían de figurar en el presupuesto de gastos, han mediado desavenencias entre las juntas de Madrid y Londres, desavenencias que han terminado por medio de una transacción». El mismo día la Gaceta publicaba —basándose en noticias de un periódico francés— un artículo titulado Caminos de hierro. Se dice en él que es preciso animar y dar facilidades a los extranjeros para que vengan a construirlos. Los caminos de hierro —se añade— no son un lujo. «Algunos espíritus timoratos pueden considerar los ferrocarriles como caminos de lujo». No lo son; pero debemos acomodar la obra a nuestras fuerzas. «No se pretenda construirlos con el lujo de perfección que han alcanzado en el Norte de Europa». Cuatro grandes líneas españolas pide el articulista: cuatro líneas que crucen como una inmensa aspa la península. Una de esas líneas habrá de ir de Bayona a Madrid; luego otra de Madrid a Cádiz. La tercera sección comprenderá de Barcelona a Madrid; la cuarta de Madrid a Portugal. Enlazadas con estas cuatro líneas habrán de construirse numerosas ramificaciones.
La misma Gaceta publicaba el 22 de Junio de 1845 esta nota entre las Noticias Nacionales: «Valladolid, 15 Junio. Han pasado por esta ciudad, con dirección a esa corte, cinco ingenieros ingleses encargados de trazar el ferrocarril de Bilbao a Madrid, y aunque la rapidez del viaje no les ha permitido explorar detenidamente el terreno, aseguran, sin embargo, que no han encontrado dificultades insuperables, y que es muy posible la construcción de obra tan importante; el ferrocarril de Avilés está también trazado por esta ciudad; de modo que si tan vastos proyectos llegan a realizarse, mejorará muy en breve él estado de este país, que sólo necesita para enriquecerse medios fáciles y económicos de exportar sus abundantes y excelentes producciones».
En 1845 apareció en Madrid una interesante revista literaria: El Siglo Pintoresco. Dirigía esa revista Navarro Villoslada; dibujaba en ella D. Vicente Castelló, que tan lindas ilustraciones ha puesto a ediciones populares de Quevedo y Cervantes. En la viñeta que adorna el primer número de El Siglo Pintoresco —correspondiente al mes de Junio— vemos otra primitiva y extraña imagen, muy chiquita, de un ferrocarril. Figuran en la viñeta, como representaciones del trabajo y de los deportes, una imprenta, un jardín, una plaza de toros y ese microscópico tren. El tren lo componen un cajón alargado, con una chimenea humeante puesta casi en la parte posterior, y detrás seis vagoncitos que marchan por la tierra, sin que se vea señal ninguna de rieles. Saludemos esta remembranza absurda y remota de los viejos ferrocarriles. En el mismo número de El Siglo Pintoresco, se leía en el balance mensual: «El mes que acaba de expirar ha visto nacer más empresas en España que todos los que han transcurrido desde la conclusión de nuestra guerra civil. Muchísimos capitalistas y mayor número de ingenieros extranjeros han visitado la capital; por todas partes se veían fisonomías desconocidas y talantes británicos, y toda la península se ha cubierto —en el papel, por supuesto— de una red complicadísima de ferrocarriles».
Al mes siguiente, en Julio, El Heraldo del 3 publicaba en primera plana un artículo dedicado al camino de hierro de Francia a Madrid; a las «corporaciones de Vizcaya» débese el proyecto de ese camino. Esas corporaciones han trazado el plan; han explorado la opinión; han recabado el auxilio de los capitalistas; finalmente, cuentan con el concurso del Sr. Mackenzie, «que él solo es una palanca poderosa, y su nombre una garantía de valor para la ejecución de la obra». Los capitalistas de Bilbao ayudan a los de Guipúzcoa. Una comisión de ingenieros ingleses, presidida por Mackenzie, ha trazado el proyecto de la línea y ha hecho los estudios preparatorios para su construcción. «El Gobierno aún vacilaba en la construcción de esta línea, que ha sido igualmente solicitada por respetables casas extranjeras». ¿Fue alguna de estas casas la que mandó a Madrid sus ingenieros en otoño de 1845? El 18 de Septiembre la Gaceta publicaba una noticia en que se decía: «Ha llegado a esta corte el Sr. D. Carlos Brumell, C. E., con una parte de los señores ingenieros pertenecientes a la Compañía del camino real de hierro del Norte de España, dirigida por el Sr. D. Jaime M. Kendel, F. R. S., Vice-presidente del Instituto de los Ingenieros de Inglaterra, etc. Este señor ha dado principio a sus trabajos con la mayor actividad, estudiando las mejores líneas para el camino desde Madrid al Norte». La noticia añade que dichos ingenieros han estudiado el terreno en el Norte durante el pasado verano, y ahora se disponen a estudiarlo en las inmediaciones de Madrid. «Nos alegramos —termina el suelto— de poder felicitar a esta Compañía por la excelente posición en que se halla, como también por el resultado de los enérgicos esfuerzos en esta obra grandiosa y nacional». Al día siguiente reprodujo El Heraldo la gacetilla; la reprodujo también El Tiempo. No dijeron nada los demás periódicos.
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Quedó en proyecto el ferrocarril de Francia a Madrid. ¿Estaba aún demasiado vivo el recuerdo de las dos invasiones, la de 1808 y la de 1823? Tres años antes —en la sesión del 14 de Marzo de 1842— se discutió en el Senado la construcción de un camino ordinario de Pamplona, por el valle del Baztán, a Francia. Se opuso a ello un senador: el general Seoane; lo impugnó también el senador navarro González Castejón. «Imprevisión, e imprevisión muy grande —decía el general Seoane— fue la apertura del camino de Irún. España lo llora, y Dios quiera que no lo llore en adelante». «Mi opinión constante —exponía González Castejón— ha sido que nunca, por ningún estilo, debían allanarse los Pirineos; antes por el contrario, otros Pirineos encima son los que conviene poner». El Sr. Seoane, al rectificar, hablando del camino internacional que pudiera abrirse en Canfranc, decía rotundamente: «Yo, antes de dar mi voto para que se abriese, renunciaría el carácter de senador y la faja que tengo también». (Cuarenta años más tarde, en 1881, al tratar de unos ferrocarriles a través de los Altos Pirineos, en un libro —de carácter militar— titulado Perjuicios que a la defensa del territorio español pueden producir las comunicaciones al través del Pirineo central, se había de estampar todavía que «es ventajoso todo lo que tienda a aislarnos» de Francia, y que respecto a las puertas que en el Pirineo se han abierto, «conviene cerrar algunas»).
No se construyó entonces el camino de hierro que había de unir a España con el resto de Europa. Hasta 1860 no estuvo terminada la línea de Francia a Madrid. En 1859 escribía don Arturo Marcoartú un estudio sobre el estado de la línea. Destinado estaba ese trabajo al Almanaque político literario de «La iberia» para el año bisiesto de 1860. Olózaga, Calvo Asensio, Sagasta, Núñez de Arce, García Gutiérrez colaboraron en ese Almanaque. A fines de 1859 tenía la Compañía del Norte 650 kilómetros en construcción; 73 sin construir. El articulista augura la próxima terminación de la línea. «Cuando el solsticio estival —escribe— dore las agujas de la Catedral de Burgos, albas nubes del vapor de las locomotoras rodearán sus afiligranados contornos, y el rojo resplandor de las calderas señalará las ignominiosas almenas de Santa María, que las ciudades comuneras alzaran al paso del tirano Carlos V».
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Samuel Smiles nos cuenta en su Story of the Life of George Stephenson, que el gran inglés estuvo en el Norte de España en el otoño de 1845. Estudio allí el terreno para la construcción del ferrocarril de Francia a España. Trasladose luego a Madrid, y fue observando por el camino la topografía del trayecto. Venía Stephenson a España por encargo de Sir Joshua Walmsley; proyectaba Walmsley construir la línea. En Madrid, Stephenson y los ingenieros que le acompañaban estuvieron unos días. El gobierno iba dando largas al asunto; un día y otro aplazaba el dar respuesta a lo que los comisionados demandaban. Se cansaban y aburrían Stephenson y sus compañeros. Fueron invitados a una corrida de toros, la eterna corrida. «Pero como ese no había sido precisamente el objeto del viaje —escribe con ironía Smiles— rehusaron cortésmente aquel honor». Stephenson y sus compatriotas se marcharon de España. No se construyó el ferrocarril. Hemos visto que, según El Heraldo del 30 de Marzo de 1845, en ese mes llegó a Madrid Sir J. Walmsley. En Septiembre, la Gaceta, El Tiempo y el mismo Heraldo, anunciaron la llegada de una comisión de ingenieros ingleses. Entre esos ingenieros debió de venir Jorge Stephenson: es decir, uno de los hombres más grandes del mundo moderno. No dicen más los periódicos de aquel otoño.

Azorín
Castilla

Por su forma, su estética y su contenido Castilla (1912) representa la quintaesencia de la obra de Azorín: la contemplación del paisaje o del pueblo como «pequeña» historia transida por el tiempo, buscando, además, en la literatura una expresión del espíritu nacional. Supone Azorín, como explicó Ortega y Gasset, una «nueva manera de ver el mundo»: la que sabe captar «los primores de lo vulgar» y adivinar en ellos el alma de las cosas. Al paso de la lectura vamos descubriendo la resignación y el dolorido sentir de los españoles, la sumisión a la fuerza de los hechos y la idea abrumadora de la muerte. Pero todo lo redime una prosa genial que convierte al libro en uno de los más hermosos de nuestra literatura.

Madrid desde el Cerro Garabitas

 Desde el teleférico de Madrid. 2016

19 octubre 2026

19 de octubre

 El 87 fue el año que Andrés denominó «de los diecinueves»: en España, el 19 de julio la banda terrorista ETA hizo saltar por los aires el aparcamiento del supermercado Hipercor en Barcelona con un saldo final (en esta clase de operaciones calculadas hay que hablar de saldo, positivo o negativo, depende de la intención final del criminal) de 21 muertos y 40 heridos, todos ellos ciudadanos que estaban de compras en ese local comercial; y el 19 de octubre, que fue posteriormente conocido con el sobrenombre de «lunes negro», el índice Dow Jones sufrió la mayor caída de su historia desde el crack del 29, inicio de la Gran Depresión, que arrastró una pérdida de más de 500 puntos. Pero Andrés estaba eufórico. La primera tienda-exposición de la franquicia Divino Dissegno se abrió en Madrid en el otoño de ese mismo año con un éxito espectacular debido, hay que decirlo en su honor, a la campaña de lanzamiento que planificó basándose en la experiencia de la casa madre a partir del momento en que cerró el trato con los milaneses. Andrés, que no estaba acostumbrado a entusiasmarse con su trabajo, comprendió que acababa de encontrar su camino en la vida.

El paso de los años había herido de muerte el corazón de la antigua pandilla de amigos. A medida que cada uno se va abriendo paso en la vida, creando o no una familia, los lazos se van aflojando. De las viejas reuniones nocturnas en la casa de los Delcampo ya no quedaban ni los rescoldos. Si Andrés se veía con alguno, casi nunca era en pareja sino de hombre a hombre y con cita previa. La última vez que se encontraron casi todos fue con ocasión del premio a Mateo Perdiz y se celebró a la vasca, es decir, reunión solo de hombres. Allí, Andrés pudo comprobar una vez más que, con la excepción de Bonafé, su trato con los demás había mermado considerablemente; no faltaban la alegría ni el buen entendimiento, pero, salvo los temas generales, no tenían mucho de que hablar entre ellos. El Figura pudo acudir entre viaje y viaje; en cambio, no hubo noticia de Cuchi Mendina.
El buen ánimo de Andrés, por no hablar directamente de excitación profesional, le había hecho entregarse en cuerpo y alma al proyecto puesto en marcha y Clara, que no tenía un pelo de tonta, comprendió que, por el momento, su relación pendía de la intimidad personal y de la costumbre más que de la atracción física, que seguía existiendo aunque más espaciada, lo cual no era mala situación habida cuenta de que la época más pasional y arrebatada había durado lo suyo. Ahora ella estaba más cerca de una serena regularidad donde el cariño y el erotismo andaban por el mismo camino. Se preguntaba, como es natural, si la balanza volvería a desequilibrarse y por qué lado, pero no tenía queja. Andrés estaba tan embebido que apenas había asuntos que debatir entre ellos, ni la actualidad nacional ni aun el desenvolvimiento de las niñas. Las dos niñas, que adoraban a su padre, echaban en falta su atención y lo pagaban con la madre; ya se sabe que los niños siempre buscan en el entorno el chivo expiatorio y allí no había otro que Clara; sin embargo, la sangre no llegó al río porque Beatriz, en plena preadolescencia, empezaba a manejar las primeras zonas de su independencia; era la pequeña Marta la que más acusaba la dedicación del padre a su negocio. Por otra parte, los roces entre Clara y Andrés se hacían inevitables: la edad, la costumbre, las manías… ya se sabe.
Retirado Cadavia como ángel bueno de la familia debido a su insensata y apasionada relación senil con Mabelle, retirada de escena la madre de Andrés, que se había organizado una vida razonablemente agitada para su edad en un club de viudas que se divertía viajando por el país, encerrada en su destino provinciano la de Clara con la excepción de alguna escapada a Madrid que no dejaba de ser lacrimosa a pesar de sus esfuerzos por molestar lo menos posible, los únicos verdaderos amigos de la familia Delcampo Zubia eran Bonafé y Bertoldino. El primero estaba lleno de problemas personales porque vivía amargado por Paulina, por su desconcierto ante los hijos y por la pesada carga de la familia de ella, pues es sabido que en los matrimonios quien arrima el ascua a su familia es siempre la mujer. El caso de Clara —debemos hacer este inciso— era una excepción que provenía, como sabemos, de un incidente que la llenaba de vergüenza y de rabia. Bertoldino era soltero, sostenía relaciones amorosas esporádicas que no le comprometían más allá de la satisfacción del deseo y disponía de tiempo, aunque su trabajo como funcionario ya no era como antaño, la época gloriosa de la jornada de ocho a tres consumida a base de salidas a desayunar o a tomar el aperitivo para relajar el ritmo de un trabajo ya de por sí bastante relajado. Bonafé se acercaba de vez en cuando a recoger a Andrés, si es que no estaba de viaje, para tomar una copa a última hora de la tarde, antes de volver a sus casas. Bertoldino, en cambio, solía dejarse caer por la casa al anochecer y a menudo se quedaba a cenar, cuando no aparecía incluso con una cena adquirida en algún establecimiento de comidas preparadas o, lo más común, con una bandeja de comida japonesa que siempre era acogida con entusiasmo. Era hombre frugal, de gustos refinados, pero no excedidos, por lo que podía permitirse esos lujos. Andrés aportaba los vinos porque la vida mundana y de relación a la que le obligaba su trabajo le había introducido en el mundo esnob de la apariencia: vinos, ropa, restaurantes, complementos… incluso, ya fuera esa la razón, ya solo una excusa, la imagen de directivo de empresa lo puso al volante de un automóvil que sustituyó a su viejo utilitario nacional por lo que en los términos de las revistas del motor se llamaba una berlina de representación. De momento, así quedaba cerrado el equipamiento de su nueva vida.

José María Guelbenzu
El amor verdadero

¿Qué es lo que hace que todos los enamorados se prometan fidelidad en un mundo en el que la duración es un valor casi inexistente? El amor verdadero narra la historia de amor y lealtad de una pareja, que se prolonga a lo largo de más de cincuenta años de vida, desde 1945 hasta 2005, y es, sobre todo, una reflexión sobre el sentido del amor, sobre el valor del esfuerzo y sobre el deseo de permanencia, complicidad y entendimiento entre dos personas que deciden libremente asumir los riesgos y las consecuencias de intentar mantener vivo su sentimiento a través del tiempo. Este libro cierra un ciclo de novelas que puede considerarse la crónica moral de una generación universitaria, la que accedió a la Universidad a principios de los años sesenta, iniciada con la publicación de un libro que es ya un hito en la historia de la novela española, El Mercurio, publicado en 1968 y punto de partida de una nueva narrativa que rompía de manera tajante con la tradición anterior. El amor verdadero, crónica de vida personal e histórica que culmina ese ciclo de novelas, es, muy probablemente, la obra más ambiciosa de su autor.

Desde el teleférico de Madrid. 2016

 Desde el teleférico de Madrid. 2016

18 octubre 2026

18 de octubre

 Capítulo XVIII

DECLARACIÓN
6.15 p. m.
Para el inspector Jennings o a quien corresponda:
He oído toda la historia de labios del doctor Fell y él ha escuchado la mía. Estoy completamente sereno. Se me ocurre vagamente que se supone que en los documentos legales debe asentarse “en su sano juicio”, pero espero se me disculpe si no sigo la fórmula consagrada. Verdaderamente, no la conozco. Permítaseme tratar de ser franco. Me será fácil serlo, tanto más cuando una vez que haya terminado de escribir me dispararé un tiro. Por un momento tuve la intención de disparar sobre el doctor Fell mientras conversábamos hace unos minutos. Pero no había más que un proyectil en la pistola. Cuando le apunté con ella, hizo un gesto como de una cuerda puesta alrededor de su cuello; y reflexionando comprendí fácilmente que esta honrosa salida es mejor que la horca, de modo que guardé el arma. Odio al doctor Fell, lo confieso sinceramente, porque me descubrió, pero debo pensar en mi bien, antes que en cualquier otra cosa, y no tengo el menor deseo de ser ahorcado. Dicen que es muy doloroso y yo no pude nunca soportar el dolor don fortaleza.
Permítaseme decir, para comenzar —haciéndome justicia—, que el mundo me trató de una manera ruin. No soy criminal; soy hombre de educación y méritos; una adquisición, creo, para toda comunidad donde actúe. Esto, en parte, fué mi consuelo. Mi verdadero nombre lo reservaré, ni diré mucho de mi pasado para eludir las averiguaciones; pero es verdad que en cierta época fui estudiante de teología. Mi expulsión de cierto seminario se debió a circunstancias infortunadas, tales como implican el hecho de un joven de naturaleza robusta y sana al que la mística no ha hecho insensible a las seducciones de una bella muchacha. Niego hasta hoy haber robado dinero o haber tratado de que la culpa recayera sobre otro compañero.
Sin comprender, mis padres me negaron su apoyo. Ya entonces no pude menos que creer que el mundo trata indignamente a sus mejores hijos. En una palabra: no pude obtener ningún empleo. Mi capacidad era suficiente para progresar si yo hubiese tenido oportunidad, pero no encontré sino ocupaciones manuales. Pedí dinero a una tía (ha muerto ya: ¡in pace requiescat!); anduve por el mundo, conocí la pobreza, sí, hasta tuve hambre un día y me cansé. Ansiaba establecerme, tener comodidades, vivir respetado, usar mi capacidad y disfrutar de la holgura.
En un buque que llegaba de Nueva Zelandia, hace algo más de tres años, me encontré con el joven Tomás Audley Saunders. Me dijo que por influencias de un cierto Sir Benjamín Arnold, un viejo amigo de su tío, al que el sobrino no conocía, había obtenido para él esta nueva y espléndida situación. Como estoy versado en teología me convertí en su amigo durante el largo viaje. Poco después de llegar a Inglaterra el pobre muchacho falleció. Y fué entonces cuando se me ocurrió el plan. Yo desaparecería y un nuevo Tomás Saunders aparecería en Chatterham. Yo no temía que se me descubriese. Conocía su historia lo bastante para reemplazarlo. En cuanto a su tío nunca salía de Auckland. Tenía naturalmente que mantener alguna correspondencia, pero escribiendo a máquina mis no muy frecuentes cartas y ensayando la firma de Saunders que figuraba en su pasaporte, hasta que la imité perfectamente, estaba a salvo de cualquier sospecha. Se había educado en Eton, pero hizo sus cursos de seminario y teología en el colegio de San Bonifacio, en Nueva Zelandia, y era poco probable que me encontrara con algún viejo amigo.
La vida, aunque agradable y familiar, no era muy animada. Yo era un caballero, pero —como cualquier otro— deseaba ser un caballero rico y alegre. Tenía, no obstante, que contener mis impulsos a fin de que mis sermones fueran verdaderamente instructivos y sinceros; y afirmo con orgullo que llevé limpiamente las cuentas de la parroquia, y que solamente una vez, en un caso de grave necesidad, cuando una muchacha sirvienta del condado amenazó con un escándalo por abuso, las alteré. Pero yo soñaba con una vida más alegre: por ejemplo, vivir en hoteles del continente atendido por sirvientes, y de cuando en cuando una aventura de amor. Conversando con el doctor Fell me enteré de que lo sabe casi todo. Había extraído las mismas deducciones del diario del Viejo Antonio Starberth (que Timoteo tuvo a bien mostrarme) que el doctor Fell hizo tres años después. Inferí que debía haber valores ocultos en el pozo del “Nido de Brujas”. Si eran convertibles —joyas u oro en barras— ahora podría yo renunciar y desaparecer.
No insistiré en esta parte. La casualidad, la vil casualidad, interfirió de nuevo. ¿Por qué permite Dios tales cosas? Yo había hallado el escondite y quedé encantado al ver que eran piedras preciosas.
Conocía de antes un hombre de confianza en Londres, un revendedor que podía venderlas muy satisfactoriamente en Amberes… Me disgusta la palabra revendedor que empaña lo que algunos han llamado la pureza addisoniana de mi prosa; pero dejemos eso… Digo pues que encontré las piedras y que prudentemente su valor se podía calcular en unas cinco mil libras.
Era (lo recuerdo claramente) la tarde del 18 de octubre cuando hice este descubrimiento. Mientras estaba de cuclillas en el escondite contemplando la caja abierta que contenía estas piedras, y cubriendo la luz para que no la vieran desde el exterior, me pareció que había oído un ruido afuera, en el pozo. Tuve apenas tiempo de ver la cuerda que se balanceaba y una delgada pierna que desaparecía de la boca de la abertura, y oí la risa inconfundible de Timoteo Starberth. Seguramente había notado algo extraño en el pozo. Había descendido y me había visto, y ahora subía a reírse. Puedo agregar aquí que él había alimentado siempre la más incomprensible antipatía, o más bien odio, contra la iglesia y todas las cosas santas, y a veces lindaba su actitud con la blasfemia. De todas las personas era él quien más podía dañarme. Aunque no hubiera descubierto mi hallazgo (y ciertamente lo había hecho) su regocijo al encontrarme ocupado en esto arruinaba todas mis esperanzas.
Aquí debo señalar un rasgo curioso de mi propio carácter. Hay ocasiones en que parecería que pierdo totalmente el control sobre mis actos reflejos y en las cuales se diría que siento placer causándome sufrimientos físicos. Ya de pequeño había enterrado conejos vivos y arrancado las alas a las moscas. En mi edad madura esto sucedió en ciertos actos extraordinarios, que me cuesta recordar y trato de ocultar, y que a menudo me han espantado… Pero, continuemos. Lo encontré parado al borde del pozo, esperando que yo saliera. Sus ropas de equitación chorreaban agua. Se doblaba de risa y su barba le tocaba la rodilla. La preciosa caja la llevaba yo oculta en la chaqueta; en la mano tenía la pequeña barra.
Mientras continuaba riéndose casi me había vuelto la espalda. Asesté el golpe. Y luego del primero continué golpeándolo después que estaba en el suelo. No puedo jactarme de que en aquel momento mi plan estuviera muy madurado, pero entonces había tomado forma y resolví sacar provecho de la leyenda de que los Starberth morían con el cuello fracturado. Le rompí el cuello con la barra de hierro y cuando había oscurecido lo arrojé en un matorral, haciendo que su caballo quedara cerca.
Se comprende fácilmente mi terror cuando más tarde y ya calmado, supe que no sólo no estaba muerto sino que deseaba verme. El doctor Fell me ha dicho hace unos momentos que este hecho fué el que primero le inspiró sospechas contra mí: a saber, que Timoteo Starberth me hiciera acudir hasta su lecho, y que habláramos solos. La natural agitación después de esta conferencia (agitación que apenas podía ocultar) no escapó a los ojos del doctor Fell. En una palabra, el señor Starberth me dijo lo que el doctor Fell nos explicó el otro día, es decir su plan de depositar una exposición de mi crimen en la bóveda de la Pieza del Gobernador, de modo que una prueba del crimen pendiera sobre mi cabeza durante tres años. Cuando le oí decir esto no supe qué hacer. Se me ocurrió estrangularlo pero hubiera gritado y yo habría sido apresado al instante. Y pensé que en tres años yo encontraría algún medio para frustrar su propósito. Cuando volví adonde estaban los otros cuidé de sugerirles que el anciano estaba loco, a fin de evitar qué en un momento de descuido me descubriera antes de morir.
No es preciso que explique aquí los muchos planes que elaboré para apoderarme del papel. Quedaron en nada. En vez de poder renunciar y abandonar Chatterham, ahora me encontraba atado de pies y manos. Cierto que en tres años podía poner mucha tierra entre Lincolnshire y yo, pero una razón abrumadora me hacía desistir.
Si yo desaparecía se realizaría una investigación sobre Tomás Saunders, de la que resultaría inevitablemente que el verdadero Tomás Saunders había muerto, a menos, claro está, que cada vez que investigaran yo me presentase y detuviese la acción. Si yo hubiese estado libre de esta acusación por asesinato que me amenazaba desde la bóveda de la Pieza del Gobernador, me podía presentar; podia pasar sencillamente por Tomás Saunders que había renunciado a su parroquia. Pero si era Tomás Saunders el fugitivo —como lo seré siempre— entonces se sabría lo que había ocurrido al verdadero Tomás Saunders de Auckland y se me creería culpable de crimen contra él. En cualquiera de los dos casos, si yo desapareciera entonces, tendría que hacer frente a una acusación por asesinato. La única solución era robar de algún modo de la bóveda, el documento fatal.
Por lo tanto me dediqué a lograr la confianza del joven Martín antes de que partiese para América. Creo que puedo decir, sin que merezca el cargo de jactancioso, que mi poder de atracción es suficiente para hacer un fiel amigo de cualquiera que yo me proponga. Lo hice con Martín que aparte de ser algo engreído y caprichoso, era un joven de lo más simpático. Me habló de las llaves para llegar a la bóveda, de las condiciones y de todo lo referente a sus obligaciones en la víspera de cumplir sus veinticinco años. Yo en aquel tiempo, hará unos dos años, estaba nervioso. A medida que transcurría el tiempo, notaba por las cartas que me escribía desde América que su temor había llegado a ser patológico (si puedo decirlo así), y vi que podía aprovechar este temor y la conocida admiración de Herbert por Martín, su brillante primo. Naturalmente que mi propósito era apoderarme del papel; era desgracia que tuviera que matar a Martín para hacerlo —la verdad es que me gustaba mucho Martín—, y como corolario, incluir la muerte de su primo Herbert, pero como se verá, mi posición era muy precaria.
He indicado ya que mi plan se basaba en el temor de Martín y en la devoción de Herbert, pero había un tercer factor. Ambos jóvenes eran sorprendentemente parecidos en complexión y apariencia general. A cierta distancia se podía confundir fácilmente el uno con el otro.
Entrando en su confianza yo expuse mi combinación. No sería necesario que Martín se sometiera a los terrores de esa guardia. La noche de ella, inmediatamente después de la cena, irían a sus respectivos cuartos; y para evitar el peligro de que alguna persona fuera a ver a alguno de ellos y se descubriera el cambio, Martín debía ordenar que nadie fuera a verlo. Herbert debía vestirse con la ropa de Martín y éste con las de su primo. Para no perder tiempo cuando estuviera terminada la guardia (sugerí), Herbert debía poner en una valija ropa suya y de Martín y dársela a éste, que la pondría detrás del asiento de la motocicleta de Herbert. Inmediatamente después partiría en la moto, por un camino por detrás de la casa para la parroquia. A la hora debida Herbert partiría para la Pieza del Gobernador, llevando las llaves y cumpliendo las instrucciones tradicionales de los Starberth.
Como se comprende, esto es lo que yo les dije a ellos. Mis propios planes eran diferentes, pero ya los veremos. A las doce en punto Herbert debía salir de la Pieza del Gobernador y Martín, habiendo ya cambiado su ropa en la parroquia y regresado, debía estar ya esperándolo con la motocicleta, en el camino, delante de la prisión. Entonces Herbert entregaría a su primo las llaves, la lámpara y la prueba escrita de que había cumplido su guardia y Martín volvería a pie a la Residencia. Herbert tomaría la motocicleta, fría a la parroquia, cambiaría de ropa y también regresaría, aparentemente luego de una excursión por la campaña, a fin de calmar sus nervios, durante la prueba de su primo.
Innecesario es decir que mi propio plan era: Primero, proporcionarme una coartada absolutamente invulnerable; y, segundo, arreglar las cosas de modo que el asesinato de Martín pareciese obra de Herbert. Con este fin toqué fuertemente los resortes del orgullo familiar, que en sí es un sentimiento admirable. Sugerí que aunque se violase la letra estricta de la tradición, se preservase su espíritu. Herbert abriría la caja que estaba en la bóveda, pero no examinaría su contenido. Debía, en cambio, poner todo en su bolsillo y entregarlos a Martín cuando se encontraran a medianoche delante de la prisión. Volví. De regreso en la Residencia, Martín lo examinaría sin prisa. Si, a la mañana siguiente, el señor Payne protestaba de que se hubiese sacado de la caja de hierro algo que no se debía, Martín podía disculparse verosímilmente achacándolo a confusión. Confusión que de cualquier modo era inofensiva ya que confirmaba que se había cumplido el propósito de la prueba, es decir, que había pasado su hora prescripta en la Pieza del Gobernador.
Lo que tenía que hacer yo, estaba claro. Cuando Martín llegara a la parroquia, no más tarde de las 9 y 30, sería eliminado allí. Lamentaba no poder hacer indolora su muerte; pero con un golpe con una barra de hierro quedaría inconsciente, y entonces su cuello sería fracturado y le ocasionaría otras heridas. Entonces lo llevaría, sin provocar ninguna sospecha, hasta el “Nido de Brujas” y lo pondría al pie de la muralla. El almanaque pronosticaba tiempo oscuro y lluvioso, lo que resultó una profecía exacta. Luego de esto iría a lo del doctor Fell. Como yo había sugerido previamente que nos reuniéramos para vigilar la ventana de la Pieza del Gobernador, me pareció que era imposible asegurarse una coartada más segura.
Cuando —a media noche— se extinguiera la luz en la Pieza del Gobernador, a la hora exacta, la inquietud de los observadores se calmaría sin dificultad. Llegarían a la conclusión de que Martín había salido sano y salvo de la prueba. Un momento después me iría. Yo sabía que Herbert esperaría pacientemente delante de la prisión todo el tiempo que yo quisiese, ya que aguardaba a su primo; y no quería ser visto. Cuanto más demorase yo tanto mejor sería. Cuando saliese de lo de Fell dejaría mi auto y me reuniría con Herbert. Le diría que durante mi ausencia su primo se había emborrachado (cosa que se podía creer con toda facilidad por la conducta anterior de Martín) y que era necesario que me acompañase allá a fin de hacer que Martín pudiese andar antes que su hermana se alarmase.
Con las llaves, la lámpara y el contenido de la caja de acero, volvería conmigo a la parroquia. No había necesidad de subterfugios en este caso; una bala bastaría. Más tarde, durante la noche, yo volvería sin peligro a la prisión y me aseguraría de que Herbert no hubiera pasado por alto alguna cosa. Yo había tratado de hallar un motivo para hacerle abrir la puerta del balcón, pero temí despertarle algún recelo y determiné hacerlo yo mismo.
En cuanto a los sucesos materiales apenas es necesario relatarlos. Sin embargo, en un detalle (que indicaré) mis cálculos fallaron. Creo que puedo decir que mi serenidad me salvó de una situación de peligro. El azar solamente me derrotó. Herbert fué visto por el mayordomo cuando ponía las ropas en la valija: era señal de fuga. Martín —a quien ellos confundían con Herbert— fué visto cuando iba en la motocicleta por una callejuela trasera: otro signo de fuga. Ocurrió también que la señorita Starberth fué al vestíbulo (caso imprevisto) cuando Herbert, personificando a Martín, salía de la casa. Pero lo vió sólo dé espaldas a distancia y con una luz dudosa; cuando fué interpelado murmuró simplemente algo entre dientes simulando ebriedad, y así evitó que lo reconociera. Ninguno de los dos fué, en ningún momento, interpelado o visto cuando tomaba la representación del otro. Cuando Budge llevó la linterna al cuarto de Martín, donde esperaba Herbert, no la dió a nadie, como él observó; simplemente la dejó fuera de la puerta. Cuando Budge iba a buscar la linterna de la bicicleta, vió a Martín (era en plena noche) que se alejaba.
Apliqué procedimientos letales contra Martín. Confieso que tuve vacilaciones al hacerlo, pues él me estrechaba las manos casi llorando y dándome las gracias por haberlo liberado de los terrores que más temía. Pero le asesté repentinamente un golpe cuando se inclinaba sobre la botella, y me sentí animado y dispuesto. Pesaba muy poco. Se me considera hombre muy fuerte y no tuve la menor dificultad. Una callejuela que pasa por detrás de Yew Cottage, me llevó a las cercanías de la prisión; acomodé el cuerpo bajo el balcón y al lado del pozo, y volví a lo del doctor Fell. Aunque había coqueteado con la idea de hacer que los hierros del pozo lo atravesaran, para producir un detalle más realista y dar fuerza mayor a la vieja historia de la muerte de Antonio, desistí de ella por parecerme un retoque demasiado perfecto, una confirmación demasiado estudiada de la maldición de los Starberth.
Ahora mi único temor era que Herbert saliese de la casa sano y salvo. Sin querer hablar mal del muerto, creo que puedo decir que era hombre lerdo, tosco, nada rápido para pensar en momentos de emergencia. Hasta le había costado trabajo comprender mi plan y tuvo con Martín varias discusiones acaloradas y casi desagradables… Sea como sea, el doctor Fell me dice que mientras estaba esperando en el jardín el toque de las once, me excedí. Mi nerviosidad y mi pregunta un tanto extemporánea “¿Dónde está Herbert?” en el instante crítico de la esperable hicieron cavilar un poco, pero me atrevo a recordar que había atravesado un período, de tensión emotiva y no se podían esperar sino manifestaciones de esa clase.
Y ahora hablemos de otro esfuerzo de la casualidad, baja y diabólica, para causar mi perdición. Me refiero, por supuesto, los diez minutos de diferencia en los relojes. Por un tiempo me preocupó el misterio: si Herbert había llegado a la Pieza del Gobernador casi al toque de las once de la hora verdadera, cómo luego había apagado su luz diez minutos antes de lo debido, y así precipitado casi la catástrofe. Pero, lamento decir que vi anticipada la respuesta a mis preguntas, cuando el doctor Fell interrogó a los sirvientes en la casa de Starberth. Herbert tenía su reloj adelantado. Pero mientras aguardaba en el cuarto de Martín fue natural que mirara el reloj que estaba allí. Ordenó a la sirvienta que arreglara todos los relojes y dió por cierto que ella lo había hecho. En el cuarto de Martín había un gran reloj con la hora exacta, cosa que observó el doctor Fell. Por eso Herbert salió de la Residencia a la hora exacta. Pero en la Pieza del Gobernador no tenía sino su reloj, por lo cual salió antes de tiempo.
En este punto, no por falla de mi previsión sino debido puramente a la casualidad, el joven americano (por el que siento alto respeto) había llegado a un estado crítico de tensión nerviosa. Decidió lanzarse a través del prado. Traté de disuadirlo; hubiese sido fatal que se encontrase con Herbert que salía de la prisión, y hubiera resultado mi desastre. Por lo que viendo que era imposible detenerlo, lo seguí. La vista de un eclesiástico corriendo bajo la lluvia, sin sombrero, como un muchacho que retoza en el campo, no dejó de llamar la atención del doctor Fell, pero otras cosas me urgían en esos momentos. Y vi lo que yo había esperado y que no era sino natural… Él corría hacia el “Nido de Brujas” y no hacia la puerta de la prisión.
Y luego tuve un rasgo de inspiración del cual no puedo jactarme porque es una parte de mi carácter y no desarrollo consciente. Vi cómo este peligro podía ser convertido en ventaja. Corrí —como era natural en un hombre que estuviese desprevenido de todo— hacia la puerta de la prisión. Había prevenido mucho a Herbert de que, aunque debía mostrar su luz a la ida, debía absolutamente ocultarla cuando, saliera; alguien podía ver su encuentro con Martín y hacerse preguntas.
Todo sucedió con una sincronización que no puedo considerar sino como debida a mi previsión. Un poco por la lluvia y otro poco por la oscuridad, el americano se extravió, y tuve amplio tiempo para encontrarme con Herbert. Me aseguré de que llevaba el documento. Le dije brevemente, en medio de la tormenta y la oscuridad, que había calculado mal (¡invención profética!) que estaba diez minutos adelantado y que Martín estaba todavía en la parroquia. Agregué que los observadores parecían desconfiar y que andaban en derredor nuestro. Debía regresar a prisa a la parroquia, a pie y haciendo un rodeo. Yo temía de veras que dejase ver su luz, y se la quité de la mano, pensando librarme de ella arrojándola en el bosque. Pero otra chispa de inspiración me sugirió un plan mejor. Salvo en los momentos en que brillaba un relámpago, el americano no podía ver nada. En consecuencia aplasté la linterna con el pie y cuando corría a reunirme con él la dejé caer, sencillamente, cerca del muro. En tales momentos críticos es cuando el cerebro nos sorprende con la rapidez y delicada complejidad de sus concepciones.
No tenía ahora nada que temer. Herbert iría a pie. Era imposible que el americano no hallase el cuerpo de Martín, pero si no lo hallaba, yo lo haría. Y como además yo tenía el único coche a mano en esos instantes, sería enviado a Chatterham a buscar el doctor o la policía. Tendría tiempo de anticiparme a Herbert en la parroquia.
No necesito decir que las cosas resultaron así. Tuve una tarea sobrehumana esa noche, pero me había dispuesto fríamente; y ahora que había matado a Martín, este hecho, por un estímulo inexplicable, me hubiese impulsado a hacerlo con otra docena. Antes de llegar a la casa del doctor Markley (tal como lo dije al jefe de policía) hice un alto en la parroquia, con toda naturalidad, para tomar mi impermeable.
Me había demorado unos momentos y apenas si me anticipé por un instante a Herbert. Habría sido más prudente acercarme y disparar sobre él a quemarropa para producir menos ruido; pero la parroquia está aislada y no hay peligro de que se oiga un disparo de revólver; hasta me pareció más elegante mantenerme lejos y herirle en medio de los ojos.
Me puse entonces mi impermeable y volví a la prisión llevando al doctor Markley.
Para la una habíamos terminado todo. Tenía pues varias horas antes de que aclarase, para completar mis cosas. Nunca me he sentido tan impulsado a ordenar y asear todo, como uno se complace en limpiar y arreglar un cuarto. Podía haber ocultado el cuerpo de Herbert —al menos momentáneamente— en el sótano donde había ya puesto la bicicleta, la valija y ciertos implementos que había usado con Martín. Pero debía ir a acostarme con la casa, por así decirlo, barrida y adornada. Por otra parte quería que la muerte de Martín señalara a su primo y no debía descuidar ningún azar.
Todo lo que hice, lo hice esa noche. No fué cosa fatigosa ya que el cuerpo era muy liviano. Conociendo tan bien el camino ni siquiera me hizo falta luz. Tantas veces había hecho caminatas solitarias por la prisión, de pie sobre sus muros (y me temo, visto con frecuencia), de pie, digo, sobre sus muros —recorriendo sus históricas galerías con una cita apropiada en los labios— que podía andar con los ojos vendados. Con las llaves de los Starberth en mi poder tenía acceso ahora a la Pieza del Gobernador. Largo tiempo estuve dudando si la puerta al balcón había estado alguna vez con llave o no. En todo caso (como he indicado) podía estar sin ella. Puse la llave y la hice girar. Mi plan fué completado. Otra cosa. A la caja de acero que contenía los documentos la arrojé posteriormente al pozo. Lo hice porque todavía recelaba (más aún, temía) la diabólica astucia de Timoteo, a quien yo matara. Temía otro documento, acaso algún compartimiento secreto; y quería estar seguro.
Me causa gracia recordar que anoche casi me atrapan. Comencé a sospechar de tantas conferencias en casa de Fell, y debidamente armado, me puse a vigilar. Alguien trató de interceptarme el paso y disparé; me tranquilicé al saber hoy que era Budge, el mayordomo. Anteriormente en esta narración dije que sería franco: retiro ahora esa promesa. Hay algo que no diré, aunque sé que dentro de unos momentos debo aplicar un arma a mis sienes y apretar el gatillo. A veces, en la noche, he visto rostros. Anoche me pareció que veía uno también y por un instante, quedé aterrado. No hablaré de ello. Cosas así confunden la lógica sutil de mis planes. Esto es lo que puedo decir.
Y ahora, señores que leerán esto, casi he terminado. Mis transacciones con mi amigo el vendedor de diamantes han sido realizadas —no demasiado a menudo para no despertar sospechas— durante años. Yo estaba preparado. Cuando a modo de remate de las agresiones de la mala suerte, recibí una carta en que tío me avisaba que venía a visitar Inglaterra luego de diez años, lo tomé con tranquila resignación. En una palabra: estaba cansado, había luchado durante demasiado tiempo. De modo que difundí por todo el condado las nuevas de que venía mi tío; como subterfugio rogué a Sir Benjamín que fuera a recibirlo, sabiendo que rehusaría y que insistiría en que fuese yo en su lugar. Yo habría desaparecido. Durante tres años he meditado tanto sobre el azar y las malas pasadas que juega a los hombres, que ya no me parecía esencial una vida llena de seguridad.
El doctor Fell ha tenido a bien dejarme su pistola. No quiero usarla todavía. El hombre tiene mucha influencia en Scotland Yard…
Se me ocurre ahora que debí haber hecho fuego sobre él. Con la muerte tan próxima, creo que soportaría la idea de ser ahorcado con tal de que faltasen algunas semanas. La lámpara no tiene luz para mucho y me hubiese gustado matarme de un modo más distinguido, con un ademán adecuado y ropas más convenientes.
La facilidad que he tenido en mis sermones escritos parece abandonarme. ¿He blasfemado? Un hombre de mis dotes, me digo a mí mismo, no podría razonablemente hacerlo, desde que mis principios —aunque yo no esté ordenado ni ello sea posible— eran de lo más ortodoxos. ¿En qué consistía la falla de mis planes?, pregunté al doctor Fell. Por ese motivo quería verlo. Sus sospechas contra mí se convirtieron en certidumbre cuando yo, en un momento de excesiva audacia, dije, para desviar cualquier duda que tuvieran, que en su lecho de muerte Timoteo Starberth había acusado a uno de su propia familia de ser su asesino. Fui audaz, pero lógico. Si hubiese tenido una oportunidad en esta vida, una oportunidad para mis brillantes —brillantes— dotes, yo sería un gran hombre. Me cuesta dejar la pluma porque después debo tomar la otra cosa.
Odio a todos. Aniquilaría al mundo si pudiera. Ahora debo dispararme un tiro. He blasfemado. Yo, que secretamente no he creído en Dios, ruego, ruego… Dios, ayúdame. No puedo escribir más; me siento mal.
TOMÁS SAUNDERS
No se disparó el tiro. Cuando abrieron la puerta del estudio, lo vieron temblando, con la pistola cerca de su sien, pero sin ánimo para apretar el gatillo.

John Dickson Carr
Nido de brujas
Gideon Fell 

“Los Starberth mueren con el cuello quebrado”, era la curiosa leyenda que circulaba en Lincolnshire, donde la prisión de Chatterham, abandonada durante cien años, guardó sus secretos de muerte y terror desde los días en que las hechiceras eran colgadas en el “Nido de Brujas”. Scotland Yard interviene cuando Martín Starberth es asesinado. Alrededor de su muerte se tejen mil enigmas. ¿Cuál era el secreto de la caja de hierro? ¿Por qué adelantaban diez minutos los relojes de la residencia de los Starberth? ¿Dónde estaba la bicicleta verde y su guía espectral? Estos y muchos otros problemas son resueltos, no por Scotland Yard, sino por el genial profesor, el viejo doctor Fell.

Madrid. Río Manzanares.

2016. Madrid. Río Manzanares. Teleférico

17 octubre 2026

17 de octubre

 La prueba de Ramón Callicó

Al término de su segundo año de aprendizaje, Yonah empezó a ver claro el camino de su vida y cada día le seguía deparando nuevas emociones a medida que iba asimilando las enseñanzas de Nuño. Ambos ejercían su profesión en toda la campiña que rodeaba Zaragoza, estaban muy ocupados en el consultorio y acudían a visitar en sus casas a los pacientes que no podían desplazarse. Casi todos los enfermos de Nuño pertenecían al pueblo llano de la ciudad y las alquerías de los alrededores. Algunas veces lo mandaba llamar algún noble que precisaba de los servicios de un médico y él siempre acudía a la llamada, pero le advertía a Yonah de que los nobles eran muy autoritarios y muchas veces se mostraban reacios a pagar los servicios de los médicos, por lo que él prefería no mantener tratos con ellos. Sin embargo, el 20 de noviembre del año 1504, recibió una llamada que no pudo desatender.
A finales de aquel verano, tanto el rey Fernando como la reina Isabel habían contraído una enfermedad debilitante. El Rey, un hombre muy fuerte cuya constitución se había forjado en la caza y la guerra, se había recuperado muy pronto, pero su esposa estaba cada vez más débil. El estado de Isabel había ido empeorando durante su visita a la ciudad de Medina del Campo y Fernando había mandado llamar de inmediato a media docena de médicos, entre ellos, Nuño Fierro, el médico de Zaragoza.
—Pero vos no podréis ir —protestó Yonah—. El viaje a Medina del Campo dura diez días. Ocho días como mínimo, si uno se mata cabalgando.
Se lo decía en serio, pues sabía que Nuño estaba delicado de salud y no se encontraba en condiciones de emprender aquel viaje.
Sin embargo, el médico se mostró inflexible.
—Ella es mi reina. Una soberana en apuros tiene que ser atendida con la misma solicitud que un hombre o una mujer comunes.
—Permitidme, por lo menos, que os acompañe —le rogó Yonah.
Pero Nuño se negó.
—Tenéis que permanecer aquí para seguir atendiendo a nuestros pacientes —objetó.
Cuando Yonah y Reyna le suplicaron que buscara por lo menos a alguien que lo acompañara en el viaje, Nuño se dio por vencido y contrató a Andrés de Ávila, un hombre de la ciudad. Ambos emprendieron el camino a primera hora de la mañana siguiente.
Regresaron demasiado temprano y con mal tiempo. Yonah tuvo que ayudar a Nuño a desmontar de su cabalgadura. Mientras Reyna se encargaba de preparar un baño caliente para el médico, De Ávila le contó a Yonah lo que había ocurrido.
El viaje había sido todo lo que Yonah había temido al principio. De Ávila explicó que habían viajado cuatro días y medio. Al llegar a una posada de las afueras de Atienza, el hombre temió que Nuño estuviera demasiado fatigado como para seguir adelante.
—Le convencí de que nos detuviéramos para comer y descansar, pues de esta manera nos sería más fácil proseguir el viaje.
Pero en la posada vieron a unos hombres bebiendo a la memoria de Isabel.
Nuño preguntó con la voz ronca a causa de la emoción si los bebedores sabían con certeza que la Reina había muerto, y otros viajeros procedentes del oeste le aseguraron que el cuerpo de la soberana estaba siendo trasladado al sur para su entierro en el sepulcro real de Granada.
Nuño y De Ávila se pasaron toda la noche en vela por culpa de las picaduras de los piojos y, a la mañana siguiente, iniciaron el camino de vuelta al este para regresar a Zaragoza.
—Esta vez fuimos más despacio —prosiguió De Ávila—, pero ha sido un viaje malhadado en todos los sentidos y el último día tuvimos que soportar mucho frío y un fuerte aguacero.
A pesar del baño, Yonah se alarmó al ver el cansancio y la palidez de Nuño. Acompañó inmediatamente a su maestro a la cama, donde Reyna le dio bebidas calientes y alimentos nutritivos. Al cabo de una semana de descanso en la cama, Nuño se recuperó hasta cierto punto, pero su inútil viaje para visitar a la reina de España lo había debilitado mucho y había agotado sus fuerzas.
Llegó un momento en que a Nuño le empezaron a temblar las manos y no pudo seguir utilizando los instrumentos quirúrgicos que le había hecho su hermano. En su lugar, los utilizó Yonah siguiendo las instrucciones y las explicaciones que él le iba dando al tiempo que le hacía preguntas para poner a prueba sus conocimientos y mejorarlos.
Antes de la amputación de un dedo meñique aplastado, Nuño le pidió a Yonah que se tocara su propio dedo con las yemas de los dedos de la otra mano.
—¿Notas un lugar… una leve hendidura en el punto en el que el hueso se junta con el hueso? Es aquí donde se tiene que cortar el dedo aplastado, pero hay que dejar la piel sin cortar muy por encima de la amputación. ¿Sabes por qué?
—Porque tenemos que construir un colgajo —contestó Yonah, mientras su maestro asentía satisfecho con la cabeza.
Yonah lamentaba con toda el alma la desgracia de Nuño, pero sabía que ésta era beneficiosa para su aprendizaje, pues, en el transcurso de aquel año, llevó a cabo más intervenciones quirúrgicas de las que hubiera hecho en circunstancias normales.
Se sentía culpable porque veía que Fierro concentraba todos sus esfuerzos en enseñarle, pero, cuando se lo comentó a Reyna, ésta sacudió la cabeza.
—Creo que la necesidad de enseñaros lo mantiene con vida —dijo ella.
En efecto, cuando finalizó su cuarto año de aprendizaje, un destello de triunfo se encendió en los ojos de Nuño. Este dispuso que Yonah compareciera de inmediato ante los examinadores médicos. Cada año, tres días antes de Navidad, las autoridades municipales elegían a dos médicos del distrito para que examinaran a los candidatos a la licencia para el ejercicio de la medicina. Nuño había sido examinador y conocía muy bien el proceso.
—Hubiera preferido que esperaras a presentarte hasta que se fuera uno de los examinadores actuales, Pedro de Calca —le dijo a Yonah. Durante muchos años, Calca había envidiado al médico de Zaragoza, pero su intuición indujo a Nuño a no aplazar el examen de Yonah—. No puedo esperar otro año —le dijo a éste—. Además, creo que ya estás preparado.
Al día siguiente, se dirigió al ayuntamiento de Zaragoza y concertó la cita para el examen de Yonah.
La mañana de la prueba, maestro y alumno abandonaron la hacienda a primera hora, cabalgando muy despacio en medio del calor del claro día. Estaban tan nerviosos que apenas hablaron. Ya era demasiado tarde para intentar ampliar los conocimientos de Yonah; habían tenido cuatro largos años para eso.
El ayuntamiento olía a polvo y a muchos siglos de tráfico humano, pero aquella mañana sólo Yonah, Nuño y los dos examinadores estaban allí.
—Señores, tengo el honor de presentaros al señor Ramón Callicó para vuestro examen —dijo serenamente Nuño.
Uno de los examinadores era Miguel de Montenegro, un menudo y severo sujeto de cabello, barba y bigote plateados. Nuño lo conocía desde hacía muchos años y le había asegurado a Yonah que sería muy severo y escrupuloso en sus responsabilidades de examinador, sin dejar por ello de ser justo.
Calca, el otro examinador, los miró con una cordial sonrisa en los labios. Era pelirrojo y lucía una perilla puntiaguda. Vestía una túnica llena de manchas y coágulos de sangre reseca, pus y moco. Nuño ya le había descrito desdeñosamente aquella túnica a Yonah, señalando que era «el jactancioso anuncio de su oficio» y había advertido a su pupilo de que Calca había leído a Galeno y poco más, por lo que casi todas sus preguntas versarían en torno a las enseñanzas de Galeno.
Los cuatro tomaron asiento alrededor de la mesa. Yonah pensó que dos décadas y media antes Nuño Fierro se había sentado en aquella estancia para ser examinado, y muchas más décadas antes Juan de Gabriel Montesa había hecho lo mismo en una época en la que un medico aún podía proclamar su condición de judío.
Cada examinador le haría dos tandas de preguntas. Montenegro fue el primero por su mayor antigüedad.
—Con vuestro permiso, señor Callicó. Quisiera que nos hablarais de las ventajas y los inconvenientes de recetar la triaca como antídoto contra las fiebres.
—Empezaré por los inconvenientes —contestó Yonah—, pues son muy pocos y se pueden solventar rápidamente. El medicamento es muy complicado de preparar, pues contiene hasta setenta ingredientes de herboristería, de ahí también que resulte muy caro. Su ventaja principal es la de ser un remedio de comprobada eficacia contra las fiebres, las dolencias intestinales e incluso ciertas formas de envenenamiento…
Yonah notó que se iba relajando mientras pasaba sin dificultad de un punto a otro, tratando de hacer una exposición completa, pero no excesivamente prolija. Montenegro le miraba con aparente satisfacción.
—Mi segunda pregunta se refiere a las diferencias entre las fiebres cuartanas y tercianas.
—Las fiebres tercianas se presentan al tercer día, contando el día de su aparición como el primero. Y las fiebres cuartanas se presentan al cuarto día. Son fiebres que se producen en climas cálidos y húmedos, y suelen ir acompañadas de escalofríos, sudores y una gran debilidad.
—Habéis contestado con rapidez y brevedad. Para curar las almorranas, ¿las eliminaríais con un cuchillo?
—Sólo si no hubiera más remedio. Por regla general, el dolor y las molestias se pueden controlar mediante una dieta sana en la que no se incluyan alimentos picantes, salados o muy dulces. En caso de que se produjeran hemorragias abundantes, se puede aplicar una medicina astringente. Si se hinchan, pero no sangran, se pueden abrir con lanceta o vaciar con sanguijuelas.
Montenegro asintió con la cabeza y se reclinó en su asiento para indicar que ahora le tocaba el turno a Pedro de Calca.
Calca se acarició la barba pelirroja.
—Tened la bondad de hablarnos del sistema galénico de patología humoral —dijo, repantigándose en su asiento.
Yonah respiró hondo. Estaba preparado.
—Su origen fueron ciertas ideas de la escuela hipocrática modificadas por otros primitivos filósofos médicos, especialmente Aristóteles. Galeno forjó con sus ideas una teoría, según la cual todas las cosas se componen de cuatro elementos: fuego, tierra, aire y agua, que a su vez dan lugar a cuatro cualidades: calor, frío, sequedad y humedad. Cuando los alimentos y la bebida penetran en el cuerpo, el calor natural de éste los cuece y los transforma en cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. El aire corresponde a la sangre, que es húmeda y cálida; el agua a la flema, que es húmeda y fría; el fuego a la bilis amarilla, que es seca y cálida; y la tierra a la bilis negra, que es seca y fría.
—Galeno escribió que una parte de estas sustancias es transportada por la sangre para alimentar los distintos órganos del cuerpo, mientras que el resto se excreta como residuo. Decía que las proporciones en las que se combinan las cualidades en el cuerpo son muy importantes. Una mezcla ideal de las cualidades da lugar a una persona sana. Una cantidad excesiva o escasa de un humor altera el equilibrio y provoca la enfermedad.
Calca volvió a juguetear con su perilla, acariciándola repetidamente.
—Habladnos del calor innato y del pneuma.
—Hipócrates y Aristóteles y posteriormente Galeno escribieron que el calor del interior del cuerpo es la esencia de la vida. El calor interior está alimentado por el pneuma, un espíritu que se forma en la sangre purísima del hígado y es transportado por las venas. Pero es invisible. Su…
—¿Cómo sabéis que es invisible?
«Porque, hasta ahora, hemos diseccionado las venas y los órganos de tres cadáveres y Nuño sólo me ha mostrado tejidos y sangre, diciendo que no podíamos ver nada que pudiera llamarse el pneuma». Era un necio; Calca se daría cuenta de que la única persona que podía saberlo era alguien que hubiera abierto un cuerpo y hubiera sido testigo de ello. Por un instante, el terror se apoderó de sus cuerdas vocales.
—Es… algo que he leído.
—¿Dónde lo habéis leído, señor Callicó? Si no me equivoco, jamás he oído decir si es posible ver el pneuma.
Yonah hizo una pausa.
—No lo he leído en Avicena ni en Galeno —contestó, como si estuviera tratando de hacer memoria—. Creo que lo leí en Teodorico Borgognoni.
Calca le miró fijamente.
—Muy cierto —dijo Miguel de Montenegro—. Así es. Recuerdo haberlo leído en Teodorico Borgognoni —añadió mientras Nuño Fierro asentía con la cabeza.
Calca también asintió con un gesto.
—Borgognoni, naturalmente.
En su segunda tanda de preguntas, Montenegro le pidió a Yonah que comparara el tratamiento de un hueso fracturado con el de una dislocación. Los examinadores escucharon su respuesta sin hacer ningún comentario y después Montenegro le pidió que enumerara los factores necesarios para disfrutar de buena salud.
—Aire puro, comida y bebida, sueño para reparar las fuerzas corporales y vigilia para ejercitar los sentidos, moderado ejercicio físico para expulsar los residuos y las impurezas, eliminación de los desechos y alegría suficiente para que el cuerpo pueda prosperar.
—Decidnos cómo se propaga la enfermedad durante una epidemia —dijo Calca.
—Los cuerpos en descomposición o las fétidas aguas de los pantanos forman unas miasmas venenosas. El calor y el aire húmedo preñado de corrupción despiden unos olores nocivos que, cuando son respirados por las personas sanas, pueden infectar y provocar la enfermedad en sus cuerpos. Durante las epidemias, hay que exhortar a los sanos a que se alejen lo bastante como para que el viento no arrastre las miasmas hasta ellos.
A continuación, Calca se acarició repetidamente la barbita pelirroja y le hizo una rápida serie de preguntas acerca de la orina:
—¿Qué significa el color amarillento de la orina?
—Que contiene cierta cantidad de bilis.
—¿Y cuando la orina es del color del fuego?
—Contiene mucha bilis.
—¿Y si es de color rojo oscuro?
—En alguien que no ha comido azafrán, significa que contiene sangre.
—¿Y si la orina presenta sedimento?
—Es un indicio de la debilidad interna del paciente. Si el sedimento parece salvado y huele mal, significa que los conductos están ulcerados. Si el sedimento contiene sangre descompuesta, significa que existe un tumor flemático.
—¿Y cuando se observa arena en la orina? —preguntó Calca.
—Significa que hay un cálculo o una piedra.
—Me doy por satisfecho —anunció Calca tras una pausa.
—Yo también. Un excelente candidato que es un fiel reflejo de su maestro —observó Montenegro, al tiempo que sacaba de un estante el gran volumen municipal encuadernado en cuero. Anotó en él los nombres de los examinadores y del proponente, y escribió que el señor Ramón Callicó de Zaragoza había sido examinado y debidamente aceptado y autorizado a ejercer como médico el día 17 de octubre del anno domini de 1506.
Durante el camino de vuelta, maestro y alumno cabalgaron sentados con indolencia en sus sillas de montar, riéndose alegremente como niños o como borrachos.
—¡Creo que lo leí en Teodorico Borgognoni! ¡Creo que lo leí en Teodorico Borgognoni! —dijo Nuño en tono de chanza.
—Pero ¿por qué me respaldó el señor Montenegro?
—Miguel de Montenegro y yo hicimos juntos varias disecciones cuando éramos más jóvenes. Estoy seguro de que comprendió de inmediato por qué razón hablabas con tanta seguridad del aspecto del interior del cuerpo.
—Se lo agradezco; creo que he tenido suerte.
—Sí, has tenido suerte, pero tu actuación te honra.
—He sido muy afortunado con mi preceptor, maestro —sonrió Yonah.
—Ya no tienes que llamarme maestro, pues ahora somos colegas —dijo Nuño, pero Yonah sacudió la cabeza.
—Hay dos hombres con los que siempre estaré en deuda —declaró—. Ambos se llaman Fierro y siempre serán mis maestros.

Noah Gordon
El último judío

La trama de esta novela toma como punto de partida la expulsión de los judíos en la España del siglo XV y como protagonista al joven Yonah Toledano. Cuando Yonah es separado de los únicos miembros de su familia que quedan con vida, se ve forzado a abandonar su hogar natal en búsqueda de un nuevo lugar en el que poder establecerse sin tener que renunciar a sus creencias. Así, inicia un largo periodo durante el cual deberá recurrir a su ingenio para poder salvaguardar su secreto. Los cambios continuos de identidad y oficio irán forjando su personalidad, y las dificultades no harán sino reafirmar sus orígenes. Desde sus días de pobreza y soledad hasta sus últimos años como reputado médico, seguimos la vida de un personaje extraordinario y de un no menos interesante periodo histórico, en el que las traiciones e intrigas estaban a la orden del día.

Madrid. Río Manzanares. Teleférico

2016. Madrid. Río Manzanares. Teleférico

16 octubre 2026

16 de octubre

 Berkeley, 16 de octubre de 1991

Mi queridísimo Juan Manuel Carpio,
Incluso tu carta tristona me ha traído alegría. Gracias por calcular el tiempo para recibirme con tu presencia a mi regreso. La vida desde luego no es chiche, y uno no es ninguna pascua tampoco, y por dicha. Qué aburridas nos daríamos si fuéramos pascuas.
Mi viaje a San Salvador fue lindo, pues coincidí allá con tres de mis hermanas que también andaban de visita, y además recuperé el espíritu al sentir el verdadero cariño de los amigos. Mi mamá estaba muy bien de salud, aunque bastante distraída. La Ana Dolores y la Andrea cada día más jóvenes. Ahora parecen adolescentes. Disfrutamos el tiempo juntas. La Susy también estuvo, por supuesto, pero ahora anda con un nuevo novio pintor que no hace más que pintarla todo el día. Ya llevaba como siete retratos cuando me vine. Cuando pienso que a Enrique no le pude inspirar ni siquiera una foto para pasaporte. ¿Será que no tengo vocación de musa? Musaraña, tal vez.
Qué ganas de verte. Pero parece que va a tardar un tiempo. Por lo menos escribámonos mucho.
Bob y yo siempre estamos bien, y sepa usted, caballero, que esto no es ninguna broma.
Te quiero cantidades enormes. Tuya,
Fernanda

Alfredo Bryce Echenique
La amigdalitis de Tarzán

Una historia de amor en la que los dos protagonistas recorren no sólo el mundo de los sentimientos, sino el propio mundo iberoamericano. Juan Manuel Carpio, cantautor peruano probando suerte en París y María de la Trinidad del Monte Montes, joven aristócrata salvadoreña, narran la historia de su relación a través de cartas en La amigdalitis de Tarzán. Ella fracasará en su intento de llevar una vida plena en el matrimonio con un fotógrafo chileno. Él tendrá aspavientos internacionales a través de sus canciones. Pero ninguno imaginará lo indispensable que se tornará para cada cual la lectura del cariño del otro en las misivas, las cartas, que protagonizan La amigdalitis de Tarzán.
Asistimos así al desarrollo de una narración suelta y contada con un ritmo acelerado —pues las cartas se insertan dentro de la narración, no la detienen— y que desemboca en las conclusiones que enunciaban sus propias premisas. Conclusiones sin conclusión: el disparate existencial va a continuar.