22 octubre 2026

22 de octubre

 Los doctores papistas se habían empeñado en demostrar à priori que, a causa de la decisiva influencia de los planetas el día veintidós de octubre de 1483— (en que la luna se encontraba en la duodécima casa celeste,——Júpiter, Marte y Venus en la tercera, el Sol, Saturno y Mercurio, todos juntos, en la cuarta),—Lutero era un hombre destinado a condenarse inevitablemente,—y que sus doctrinas, por corolario directo, estaban igualmente condenadas de antemano.

El examen de su horóscopo, en el que cinco planetas copulaban todos al mismo tiempo con Escorpión (al leer esto mi padre siempre negaba con la cabeza en señal de desaprobación) en la novena casa celeste, que los árabes asignaban a la religión,—demostraba que a Martín Lutero le importaba un ochavo esta cuestión;——y si se orientaba el horóscopo hacia la conjunción de Marte,—se podía deducir también, clarísimamente, que estaba destinado a morir maldiciendo y blasfemando;—este influjo maligno era la constatación de que su alma (empapada de culpa) había navegado a dos puños hasta el lago de fuego del infierno.
El insignificante reparo que los doctores luteranos le ponían a esta teoría era que, sin duda alguna, tenía que haber sido el alma de algún otro hombre, nacido el 22 de octubre del 83, la que se había visto obligada a navegar a dos puños de aquella manera,—ya que, como constaba en el registro de Islaben, en el condado de Mansfelt, Lutero no había nacido el año 1483, sino el 84; y tampoco el 22 de octubre, sino el 10 de noviembre, la noche del día de San Martín, razón por la que, precisamente, él se llamaba Martín.
[—Tengo que interrumpir por unos momentos mi traducción; pues estoy seguro de que, si no lo hiciera, no pegaría más ojo en toda la noche de lo que lo hizo la abadesa de Quedlinburg en aquella ocasión.—Es para decirle al lector que siempre que mi padre le leía este pasaje del Slawkenbergius a mi tío Toby, lo hada con aire triunfal——(no dedicado a mi tío Toby, pues él jamás le contradijo en cuestiones religiosas,—sino al mundo entero en general).
—Ya ves, hermano Toby, solía decirle elevando los ojos al cielo, ‘que los nombres de pila no carecen de importancia’;——aquí nos encontramos con que si Lutero se hubiera llamado cualquier otra cosa que no fuera Martín, se habría condenado para toda la eternidad.——No es que yo considere, añadía, que Martín es un buen nombre,—nada más lejos:—es un poco mejor que un nombre neutro, pero sólo un poco;—y sin embargo, siendo tan poca cosa como es, ya ves que a él le fue de bastante utilidad.
Mi padre sabía, con tanta certeza como si el mejor lógico del mundo se hubiera encargado de demostrárselo, que este sostén para su teoría era sumamente endeble;—y sin embargo, al mismo tiempo, es la debilidad del hombre tan extraña que, puesto que se lo había topado en su camino, no podía evitar hacer uso de él; y ésta era seguramente la razón por la que, aun cuando en las Décadas de Hafen Slawkenbergius hay otras muchas historias tan divertidas como la que estoy traduciendo, no había ninguna que mi padre leyera ni con la mitad de placer que ésta,—que a un mismo tiempo halagaba a dos de sus más extrañas teorías:—la de los NOMBRES y la de las NARICES.—Y me atrevería a decir que ya podría mi padre haberse leído todos los libros de la biblioteca de Alejandría (si el destino no se hubiera ocupado de ellos), que no habría encontrado uno solo, ni un pasaje tampoco, que, como éste, diera de un mismo martillazo dos veces en el clavo.]
Las dos universidades de Estrasburgo estaban haciendo indecibles esfuerzos para aclarar el asunto de la navegación de Lutero. Los doctores protestantes habían demostrado que aquél no había navegado a dos puños, como pretendían los doctores papistas; y como todo el mundo sabía que no se podía navegar en dirección contraria a la del viento,—se aprestaron a determinar (suponiendo que realmente hubiera navegado) a cuántos rumbos de distancia lo había hecho; y, asimismo, si Martín había doblado el cabo o si había ido a parar a una costa de sotavento; y como la investigación era muy edificante, al menos para los que entendían de esta clase de NAVEGACIÓN, sin duda habrían seguido con ella a pesar del tamaño de la nariz del extranjero si no hubiera sucedido que el tamaño de la nariz del extranjero desvió la atención de todo el mundo del asunto que ellos se traían entre manos:—las universidades tienen la obligación de seguir las sendas impuestas por los acontecimientos.——
La abadesa de Quedlinburg y sus cuatro dignatarias no representaron obstáculo, porque la enormidad de la nariz del extranjero les llenaba la imaginación tanto como su caso de conciencia:—la cuestión de las aberturas de las sayas se enfrió.—En una palabra, los impresores recibieron orden de distribuir los moldes—y todas las demás controversias cesaron.
Se cruzaban apuestas: un gorrito cuadrado con una borla plateada encima —contra una cascara de nuez—para el que adivinara hacia qué lado de la nariz se inclinarla cada universidad.
—Está por encima de la razón, exclamaron los doctores de un bando.
—Está por debajo de ella, exclamaron los del otro.
—¡Es cuestión de fe!, exclamó uno.
—¡Y un rábano!, dijo otro.
—¡Es posible!, exclamó el primero.
—¡Es imposible!, dijo el segundo.
—¡El poder de Dios es infinito!, exclamaron los Naricistas, puede hacer cualquier cosa.
—¡No puede hacer nada, contestaron los Antinaricistas, que implique contradicción!
—¡Puede hacer pensar a la material!, dijeron los Naricistas.
—Tan cierto como que vosotros, con la oreja de una marrana, podéis hacer una gorra de terciopelo, respondieron los Antinaricistas.
—¡Puede hacer que dos y dos sean cinco!, replicaron los doctores papistas.——¡Eso es falso!, dijeron sus adversarios.—
—El poder infinito es el poder infinito, dijeron los doctores que sostenían que la nariz era de verdad.——Pero solamente afecta a lo posible, replicaron los luteranos.
—¡Por el Dios del cielo!, exclamaron los doctores papistas: si lo juzga oportuno, puede hacer una nariz tan grande como el campanario de Estrasburgo.
El campanario de la iglesia de Estrasburgo era el campanario más grande y más alto que podía encontrarse en el mundo por aquel entonces, y los Antinaricistas dijeron que nadie (o cuando menos no un hombre de mediana edad) podía llevar una nariz de 575 pies geométricos de longitud.—Los doctores papistas juraron que sí se podía.—Los doctores luteranos dijeron que No;—que no se podía.
Al instante esto trajo consigo una nueva discusión (que duró bastante tiempo) acerca de la magnitud y limitaciones de los atributos morales y naturales de Dios.—Esta controversia los llevó naturalmente a Tomás de Aquino, y Tomás de Aquino los llevó al diablo a su vez.
No se volvió a oír hablar de la nariz del extranjero en toda la disputa;—solamente les había servido de fragata que los condujera al golfo de la teología escolástica,—y ahora todos navegaban a dos puños.
El ardor se halla en proporción con la falta de verdadero saber.
La controversia acerca de los atributos y demás, lejos de enfriárselas, había, por el contrario, inflamado las imaginaciones de los estrasburgueses hasta un grado insospechado. —Cuanto menos entendían del asunto, mayor era su asombro y más se preguntaban por él;—abandonados a las miserias del deseo insatisfecho,—vieron cómo sus doctores (los Pergaministas, los Broncistas y los Trementinistas por un lado,—los doctores papistas por otro) se embarcaban y perdían de vista como Pantagruel y sus compañeros cuando partieron en busca del oráculo de la botella.
—¡Los pobres estrasburgueses se quedaron en tierra!
—¿Qué hacer?—Había que actuar rápidamente, sin demora;—la conmoción iba en aumento,—todo el mundo estaba fuera de sí,—las puertas de la ciudad abiertas de par en par.—
¡Desventurados estrasburgueses! ¿Quedó en el almacén de la naturaleza,——o en el desván del saber,——o en el gran arsenal del azar, quedó una sola máquina sin poner en marcha para tormento de vuestra curiosidad y tensión de vuestros deseos, una sola que la mano del destino no dispusiera y preparara para burla de vuestros corazones?—No humedezco mi pluma en la tinta para disculpar vuestra rendición,—sino para escribir vuestro panegírico. Mostradme una ciudad tan macerada por la expectación,—una ciudad que no hubiera comido, ni bebido, ni dormido, ni rezado, ni atendido a las llamadas de la religión ni de la naturaleza durante veintisiete días consecutivos——y que hubiera podido resistir un día más.
El vigésimo octavo día era el día en que el amable extranjero había prometido estar de vuelta en Estrasburgo.

Laurence Sterne
Tristram Shandy
La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy

«Una obra rica, ambiciosa, compleja, burlona y poco definible, que valió a su autor en su época tanto fama como denuestos, y en todas las demás épocas hasta hoy conocidas una ardiente admiración: el incomparable ritmo de su prosa, su ingenio inagotable, los inverosímiles juegos de palabras, la complicada estructura narrativa, la negación absoluta de una concepción lineal del tiempo, su vibrante y aguda escritura y su originalisima puntuación, su irónica aplicación a la novela de teorías filosóficas y científicas, su perfecto manejo de la parodia y sus numerosas extravagancias y osadías sintácticas y tipográficas, hablan por sí solos de su modernidad y nos hacen ver como simples imitaciones, ya anticuadas, a demasiadas “originalidades” contemporáneas.
Tristram Shandy es mi libro favorito: es, a un mismo tiempo, la novela clásica más cercana al Quijote y a la del siglo en que escribo; tanto su recuerdo como su frecuentación esporádica me producen un indefectible placer; puede abrirse por cualquier página, con asombro y sonrisa siempre. No creo haber aprendido más sobre el arte de la novela que durante su traducción. Sin duda, mi mejor obra.»
Javier Marías

Madrid

Madrid. una cierta mirada desde el teleférico

21 octubre 2026

21 de octubre

 Martes, 21 de octubre de 1976

Michel Sommo
Tarnaz, 7
Jerusalén
Mi querido Michel:
Ha estado lloviendo desde anoche. Esta mañana había una luz gris en las ventanas. Y en el horizonte, repentinos rayos se dirigían hacia el mar en silencio, sin ningún trueno. Las palomas que arrullaban hasta ayer están hoy silenciosas, como aturdidas. El único sonido que atraviesa la lluvia es el ocasional ladrido de los perros. La gran casa permanece una vez más desierta y extinguida, con los vestíbulos, dormitorios, bodegas y desvanes entregados de nuevo a los viejos fantasmas. La vida se ha replegado a la cocina: Boaz encendió un agradable buen fuego allí esta mañana. Se sientan alrededor de este fuego, o se echan en los colchones, inactivos, adormilados: durante interminables horas han estado entristeciendo la desierta casa con la guitarra y sus apagadas canciones inacabables.
Boaz les domina casi sin palabras. Está sentado en un rincón de la cocina, con las piernas cruzadas, cosiendo sacos en silencio, envuelto en una capa de piel de cordero que se ha hecho él mismo. Ninguna tarea está por debajo de su dignidad. La semana pasada, como si sintiera la temprana aparición de la lluvia, deshollinó la chimenea y rellenó las grietas con cemento. Y hoy también yo he estado con ellos toda la mañana. Mientras tocaban la guitarra pelé patatas, batí la mantequilla, escabeché en vinagre, ajo y perejil unos gherkins[52]. Ataviada con un amplio traje negro bordado de beduina que me ha prestado una chica llamada Amy, con la cabeza enfundada en una pañoleta a cuadros, como una campesina polaca de mi infancia. Y los pies descalzos, como ellos.
Ahora son las dos de la tarde. He terminado mi trabajo en la cocina y he ido a la habitación abandonada donde Yifat y yo estuvimos al principio, antes de que enviaras por ella y la alejaras de mi lado. He encendido la estufa de queroseno y me he sentado a escribirte estas páginas. Espero que con toda esta lluvia Yifat y tú hayáis puesto una estera de paja en el suelo. Que te hayas acordado de ponerle braguitas de plástico debajo de los pantalones de franela. Que hayas preparado huevos fritos para los dos y quitado la nata de la leche. Y que tú y ella estéis construyendo un avión para la muñeca que llora de verdad o atacando la otomana donde guardamos la ropa de cama en busca del dragón alado. Luego le prepararás el baño, harás pompas de jabón con ella, os peinaréis mutuamente el cabello, le pondrás un pijama de abrigo y cantarás para ella La novia del Sabbath. Refunfuñará por entre los dedos de la mano y tú la besarás y dirás: «Pequeña Señorita Vaciavasos-Meterruido, ahora prohibido levantarse de la cama». Y encenderás la televisión, y con el periódico de la tarde en el regazo verás las noticias en árabe y luego una comedia y las noticias en hebreo y un reportaje sobre la naturaleza y una obra de teatro y «Lectura de hoy de las Escrituras» y tal vez te duermas con los calcetines puestos delante del televisor. Sin mí. Yo soy la pecadora y tú tienes que pronunciar la sentencia. ¿No se la has confiado a tu cuñada? ¿A tu prima y su esposo? ¿No has trazado una línea debajo de ella y comenzado una nueva vida? ¿O tal vez tu sorprendente familia te ha encontrado ya pareja, una criatura piadosa, dócil, regordeta, con la cabeza cubierta y gruesas medias de lana? ¿Una viuda? ¿O divorciada? ¿Has vendido nuestro apartamento y te has ido a vivir a tu querida Kiryat Arba? Silencio. Yo no debo saberlo. Cruel Michel. Pobre Michel. Tus peludas manos oscuras tantean por la noche por entre los pliegues de las sábanas en busca de mi cuerpo que no está allí. Tus labios buscan mi pecho en un sueño. No me olvidarás.
Un olor indefinido, sensual, penetra del exterior. Es el olor de las gotas de lluvia al tocar la pesada tierra abrasada por el sol a lo largo de todo el verano. Un rumor atraviesa las hojas de los árboles del jardín. Hay nubes en las arboladas colinas del lado este. Esta carta no tiene sentido: no la leerás. Y si lo haces, no me contestarás. O contestarás por mediación de tu hermano, quien me exigirá de nuevo, insistentemente, que deje de atormentarte y me aparte de una vez por todas de tu vida, que he convertido en un infierno. Y escribirá que por mis malas acciones he perdido todo derecho sobre la niña, y que hay justicia divina y un Juez y el mundo no es un desierto moral.
Pronto pasará ante mi ventana una chica agachándose bajo la lluvia, con un trozo de lona cubriéndole la cabeza y los hombros. Sandra o Amy o Cindy, estarán dando de comer a los animales. Los perros la seguirán. Mientras, nada, aparte de cortinas de lluvia en la ventana. No se filtra del exterior más sonido que los susurros conspiradores de los pinos y las palmeras y el roce del empapado viento. Tampoco viene sonido alguno del interior, ya que la música y las canciones han cesado en la cocina. Un reguero de agua baja por el tobogán que Boaz le construyó a Yifat. Y desde arriba llega hasta mí el eco de sus rítmicas pisadas. El golpeteo del bastón que su hijo le hizo. Con extrañas zancadas mide una y otra vez los tres metros vacíos que median entre la pared y la puerta de su nuevo rincón en el ático. Hace tres semanas dijo a Boaz de repente que sacara el carillón de botellas y trasladara todas sus cosas al antiguo dormitorio de su madre. En la desnuda pared, llena de desconchados, encontró un clavo oxidado en el que colgó los restos de las sandalias de ella, que había excavado de debajo de un tablón suelto en el ala. En un baúl del sótano descubrió su fotografía color sepia, descolorida por manchas de humedad. Y se la colocó en su mesa, aunque sin los candelabros y las flores artificiales con que su padre solía rodear esa misma fotografía en la antigua biblioteca.
Y ahora nos mira con su soñadora mirada rusa, las trenzas ciñéndole el apenado semblante como una guirnalda, y la sombra de una desmayada sonrisa planeando tal vez por sus labios. Alec le habla con hosca voz infantil, como un niño malcriado que no goza de un momento de contento. Y no está en mi mano el calmarle. Lo que intento decir es que yo también me he trasladado aquí. Sólo para cuidar de él por la noche: a veces se despierta lleno de pánico. Se sienta en la cama y empieza a mascullar órdenes vagas, como si continuara su pesadilla. Y yo me apresuro a levantarme del colchón que he colocado a los pies de su cama, darle a beber una infusión de hierbas del termo, meterle un par de píldoras entre los labios y cogerle las manos hasta que se queda de nuevo dormido y empieza un ronquido entrecortado y doloroso.
¿Resplandece de celos tu rostro? ¿Se te oscurece la mirada por el odio? No me arrojes una piedra. En algún lugar de uno de tus libros sagrados debe estar escrito que estoy cumpliendo un mandamiento. O quizá llevando a cabo un acto de piedad. ¿No abrirás para mí aquellas puertas del arrepentimiento? Cada mañana le afeito con su maquinilla eléctrica de pilas. Peino los cabellos que le restan. Lo visto, le pongo los zapatos y ato los cordones, y luego le ayudo con cuidado a sentarse a su mesa. Le pongo un babero y le doy un huevo pasado por agua y un yogur con una cuchara. O una papilla de copos de maíz. Le limpio la barbilla y la boca. A la hora del día en que te acabas el café, doblas el periódico de la mañana, y desde los pies de la cuna haces una imitación perfecta del cacareo del gallo y dices: «Bonjour, señorita Sommo, levántese, renueve su juventud como un león al servicio del Creador». ¿Y si pregunta por mí? ¿Me he ido muy lejos? ¿Y si quiere saber cuándo volveré? ¿Cuándo volveré, Michel?
Los días en que no hace demasiado frío suelo sentarlo durante media hora en la butaca que Boaz ha colocado para él en el porche, le pongo las gafas de sol y vigilo mientras dormita al sol. A veces pide que le explique historias. Recito de memoria capítulos de las novelas que me traías de la biblioteca pública. Posee ahora una leve y distraída curiosidad por saber de la vida de los demás. Historias que solía contemplar, como tú, con absoluto desprecio: Le Père Goriot, Dickens, Galsworthy, Somerset Maugham. Puede que le pida a Boaz que compre una televisión. Estamos conectados ya a la red eléctrica.
Boaz le cuida con una especie de cortesía sumisa: ha colocado postigos en las ventanas, repuesto uno de los cristales, le ha instalado una alfombrilla de piel de cordero en el baño; se cuida de comprarle las medicinas en la farmacia de Zikhron, cada día le va a buscar un manojo de menta fresca para eliminar el olor a enfermo, todo en tenso silencio. Evita obstinadamente toda conversación, aparte de «Buenos días», «Buenas noches». Como Viernes con Robinson Crusoe.
A veces él y yo pasamos la mayor parte de la mañana jugando interminables partidas de ajedrez. O de cartas: bridge, rummy o canasta. Cuando gana sonríe con júbilo infantil, como un niño consentido. Y si gano yo comienza a dar patadas en el suelo y se queja a su madre de que le han engañado. Manipulo los juegos para que gane la mayoría de las veces. Si intenta engañarme, volver a poner en el tablero una pieza que ya me he comido, o servirse una carta de más, le doy un cachete en la mano y me levanto como para irme de la habitación. Le dejo que suplique y prometa que en adelante se portará bien. En dos ocasiones fijó en mí una extraña mirada, sonrió con silente locura y me pidió que me desnudara. Una vez me pidió que enviara a Boaz al teléfono público a llamar al ministro de Defensa y al jefe del Gabinete, ambos viejos amigos suyos, y les pidiera que vinieran urgentemente por un asunto del que yo no debía saber nada pero que no admitía espera. Y en otra oportunidad me sorprendió de forma diferente: lanzó un discurso muy coherente, aterrador, brillante y totalmente lúcido sobre la forma en que los ejércitos árabes derrotarían a Israel en los años noventa.
Pero la mayor parte del tiempo no dice nada. Sólo rompe su silencio para pedirme que le acompañe al baño. Éste es un asunto complicado y doloroso, y tengo que ayudarle en todo; es como cambiar a un bebé.
Hacia el mediodía generalmente se siente un poco mejor. Se levanta y da vueltas obsesivamente por la habitación poniendo cada cosa en su sitio. Dobla mi ropa, colgada en el respaldo de una silla. Guarda las cartas en su caja. Se lanza sobre un pedazo de papel. Saca los vasos vacíos de la habitación y los deja en el banco del pasillo. Hace grandes esfuerzos para conseguir que la manta esté perfectamente lisa, como si esto fuera una base para nuevos reclutas. Me regaña por dejar el peine encima de la mesa.
Al mediodía le doy puré de patatas o budín de arroz. Le hago beber un vaso de zumo de zanahoria. Luego bajo, llevándome conmigo los platos sucios del banco del pasillo y la ropa para lavar que se ha ido acumulando, y trabajo durante una o dos horas en la cocina o en una de las despensas. Y él da comienzo a su paseo diario entre la pared y la puerta, golpeando con el bastón, siguiendo siempre el mismo recorrido, como una fiera enjaulada. Hasta las cuatro o las cinco, cuando empieza a oscurecer, y avanza a tientas con el bastón escaleras abajo hasta la cocina. Boaz le ha preparado una especie de cama diurna, una suerte de cuna de cuerdas enmarcada en ramas de eucalipto. Se acurruca en ella, cerca del fuego, envuelto en tres mantas, mirando en silencio cómo las chicas preparan la cena. O a Boaz mientras estudia gramática. A veces se adormila en su cuna y se duerme en paz boca arriba con el pulgar en la boca, el rostro sereno y la respiración lenta y acompasada. Es el mejor momento del día para él. Cuando se despierta, afuera ya ha oscurecido totalmente y la cocina está iluminada con la amarilla luz eléctrica y los leños de la chimenea. Le doy de comer. Las píldoras con un vaso de agua. Luego se sienta en su cuna, apoyado en un montón de cojines confeccionados por Boaz con sacos rellenos de algas, escuchando la guitarra hasta cerca de medianoche. Uno a uno, o por parejas, se levantan, le dan educadamente las buenas noches desde lejos y abandonan la habitación. Boaz se inclina sobre él, lo levanta con cuidado en los brazos y lo acarrea en silencio escaleras arriba hasta nuestra habitación del ático. Lo deposita suavemente en la cama y sale de la habitación y cierra la puerta.
Cuando él sale, llego yo. Con un termo para la noche y una bandeja de medicinas. Giro hacia aquí y hacia allá la estufa de queroseno. Cierro los postigos que ha colocado Boaz. Lo envuelvo en mantas y le canto unas nanas. Si considera que he cantado sin prestar atención, que me he repetido o que he terminado demasiado pronto, se vuelve hacia su madre y se queja. Pero a veces, por un instante, se le enciende en los ojos una llama repentina, un rápido y taimado aleteo, y una sonrisa de lobo le atraviesa y muere en sus labios. Como para darme a entender que a pesar de todo aún lleva las riendas, y que es su propia voluntad la que ha escogido hacerse un poco el loco para que yo pueda jugar a ser enfermera. Si el dolor le perla alguna vez de sudor la pálida frente, se lo seco con la mano. Paso los dedos por su rostro y por los pocos cabellos que le restan. Luego, su mano entre las mías, y silencio y adormilamiento y el burbujeo del queroseno cada pocos instantes al pasar del tanque al calentador y a la mecha que quema con llama azulada. Mientras dormita, a veces suspira desconsolado: «Ilana. Mojado».
Y le cambio el pantalón del pijama y la sábana de abajo sin levantarlo. Lo hago ya como una experta. He puesto un hule sobre el colchón. Y a la una de la madrugada se agita, se sienta en la cama y pide dictarme algo. Me siento a la mesa, enciendo la luz y le quito la tapa al Hermes portátil. Aguardo. Duda, tose, y finalmente musita: «No es importante. Duérmete, madre. Tú también estás cansada».
Y se arropa él mismo con la manta.
En el silencio de la noche dice tras un par de horas, con su voz de bajo, más profunda: «Estás muy guapa con ese traje de beduina». O: «Fue una matanza, no una batalla». O: «Aníbal debió asegurarse primero la supremacía naval». Cuando por fin se duerme tengo que dejar encendida la luz de la pared. Me siento y hago punto acompañada por el ladrido de los perros y el viento que barre el jardín en sombras, hasta que se me cierran los ojos. Durante las últimas cuatro semanas le he tricotado un suéter, un gorro y una bufanda. Le he hecho a Yifat unos guantes y una chaqueta con botones. Te haré algo también a ti, Michel: un suéter. Blanco. Con rayas. ¿Quién te plancha las camisas? ¿Tu cuñada? ¿La prima? ¿La pareja regordeta que te han buscado? ¿O has aprendido a lavar y planchar la ropa de Yifat y la tuya? Silencio. No hay respuesta. Exilio. Como si no existiera. No me merezco todos los castigos bíblicos a los que me habéis condenado entre todos. ¿Qué harás si me presento mañana por la tarde a la puerta de tu casa? Con una maleta en la mano derecha, una bolsa de plástico colgada al hombro, un osito de lana para Yifat, y una corbata y una loción para después del afeitado para ti, llamaré al timbre y tú abrirás la puerta y diré: «Aquí estoy, he vuelto». ¿Qué harás, Michel? ¿Dónde esconderás tu vergüenza? Me cerrarás la puerta en las narices. Ya no volverán nunca nuestras mañanas de domingo en el sencillo piso, el último sueño invadido por el piar de los gorriones desde las ramas del olivo a través de la ventana abierta. Yifat, con el pijama estampado de flores de ciclamen y la muñeca, trepando entre los dos bajo la manta para hacer una cueva con almohadas. Tu mano cálida, medio dormida antes de que se te abrieran los ojos, tanteando a ciegas por entre mis largos cabellos y sus desordenados rizos. El ceremonioso beso matutino que los tres depositábamos sobre la calva de la muñeca de plástico. El vaso de naranjada y la taza de chocolate que acostumbrabas traernos a la cama los sábados por la mañana. El hábito de sentar a Yifat en el estante de mármol cercano al lavabo, de enjabonar sus mejillas y las tuyas con espuma de afeitar y hacer carreras de cepillos de dientes mientras yo preparaba el desayuno y los gorriones chirriaban en el exterior como si no pudieran soportar tanta felicidad. Nuestros paseos al uadi durante el Sabbath, hasta los pies del monasterio. Plegaria de gracias después de las comidas en la terraza ejecutada por el Trío Sommo. La gran batalla de almohadas y las fábulas de pájaros y animales y la reconstrucción del Templo con ladrillos de juguete sobre la alfombra con la Cámara de Piedra Labrada hecha con fichas de dominó y botones de colores de mi canasto de costura representando sacerdotes y levitas. El descanso del Sabbath por la tarde entre diarios vespertinos esparcidos por la cama, el sillón y la alfombra. Tu repertorio de anécdotas parisinas y la imitación de clochards cantantes, que nos hacía llorar de risa. Y hasta me llena los ojos de lágrimas ahora, mientras recuerdo y escribo. Una vez Yifat cogió mi barra de labios y coloreó un mapa con las diez tribus de Israel que colgaba sobre tu escritorio, regalo de un periódico de la tarde a sus lectores, y tú, furioso, la encerraste fuera en la terraza «para que rumiara sobre sus acciones y enmendara sus maldades», y te taponaste los oídos con algodón para que no se te ablandara el corazón con sus débiles sollozos y me prohibiste que me apiadara de ella a causa de las palabras del texto: «El que ahorra el castigo, odia a su hijo». Pero cuando dejó de sollozar de repente y sobrevino un extraño silencio, te lanzaste al exterior y la abrazaste y envolviste su diminuto cuerpo muy dentro de tu suéter. Como si hubieras estado embarazado de ella. ¿No te apiadarás también de mí, Michel? ¿No me envolverás en el calor de tu velludo vientre, debajo de la camisa, cuando haya terminado mi castigo?
La víspera del Año Nuevo[53], hace un mes, enviaste a tu cuñado Armand con su camión Peugeot para que te llevara a Yifat. Por mediación del rabino Bouskila me comunicaste por escrito que habías iniciado el proceso de divorcio, que mi estatus actual era el de «esposa rebelde», y que habías empezado a pedir préstamos para devolverme «ese dinero tuyo manchado». A principios de semana vinieron Rahel y Yoash: vinieron a hablarme de contratar a un abogado (no a Zakheim) e insistir en mi derecho a saber lo que habías hecho con mi hija, exigir verla, y no renunciar a ella por las buenas. Yoash bajó con Boaz a examinar la bomba de agua, y Rahel me pasó los brazos alrededor de los hombros y dijo: «Con o sin abogado, Ilana, no tienes derecho a arruinar tu vida y abandonar a Yifat». Se ofreció voluntariamente a ir a Jerusalén y convencerte para que accedieras a una reconciliación. Pidió hablar con Alex cara a cara. Sugirió alistar a Boaz en la ronda de diplomacia cruzada que parecía estar organizando. Y yo estaba sentada frente a ella como una muñeca que se ha quedado sin pilas y no decía nada, salvo: «Déjame en paz». Cuando se hubieron marchado subí a la habitación de Alec para asegurarme de que se había tomado las pastillas. Le pregunté si accedería a que tú y Yifat vinierais invitados por Boaz. Alec torció el gesto sonriendo y me preguntó si es que pensaba organizar aquí una pequeña orgía. Y añadió: «Claro que sí, encanto; por el contrario, aquí no faltan habitaciones y le pagaré cien dólares por cada día que acceda a quedarse». Al día siguiente nos pidió que fuéramos urgentemente a buscar a Zakheim, que llegó dos horas más tarde, congestionado y sin aliento, con su Citroen desde Jerusalén, y recibió una fría reprimenda e instrucciones de transferirte de inmediato otros veinte mil dólares, que tú decidiste aceptar, parece ser, a pesar de todo, manchado o no manchado: porque el cheque no ha sido devuelto. Alec le dijo también a Zakheim que pusiera la casa y la tierra que la rodea a nombre de Boaz. Dorit Zakheim recibió de regalo un pequeño terreno cerca de Nes Ziyyona, y el propio Zakheim, al día siguiente, dos cajas de champán.
«¿Eres o no su esposa?».
«Sí, y la tuya también».
«¿Y la niña?».
«Con él».
«Ve a su lado. Vístete y vete. Es una orden». Luego, desconsoladamente, con un susurro: «Ilana. Mojado».
Pobre Michel: hasta el final te lleva ventaja. Estoy en sus manos, tiene tu honor en la suela de sus zapatos, y hasta te ha escamoteado el halo de víctima merecedora de compasión, porque se está muriendo, y lo lleva sobre su propia cabeza encalvecida. Vi la noble nota que le escribiste invitándonos magnánimamente a todos a vivir contigo, y en vez de llorar me puse a reír de repente y no podía parar: «Es una rastrera anexión, Alex. Le ha dado la impresión de que te habías debilitado, y de que ha llegado la hora de anexionarnos a todos bajo las alas de su presencia». Y Alex torció los labios en la mueca que le sirve de sonrisa.
Cada sábado voy con él en taxi hasta Haifa, al hospital, donde le dan quimioterapia. Ya no le dan radioterapia. Y sorprendentemente ha mejorado un poco: todavía está débil y cansado, todavía dormita la mayor parte del día y yace medio dormido por la noche, tiene la mente enturbiada por los medicamentos, pero sufre menos. Consigue invertir dos o tres horas paseando entre la puerta y la pared. Abrirse camino con la ayuda del bastón hasta la cocina por la noche. Le permito quedarse allí hasta que cada uno se va a su habitación, cerca de medianoche. Hasta le animo a conversar con ellos para distraerse. Pero una vez, la semana pasada, sucedió que no pudo controlarse y se mojó estando en compañía de ellos. No se molestó en hacerlo, u olvidó pedirme que le llevara al baño. Le dije a Boaz que lo llevara inmediatamente a nuestra habitación, lo limpié, le cambié la ropa y al día siguiente, como castigo, le prohibí que bajara. Desde entonces se esfuerza más. Antes de la lluvia, que empezó a caer ayer, incluso paseaba solo por el jardín un rato. Alto y depauperado, con sus vaqueros llenos de parches y una camiseta ridícula. Cuando se porta mal no dudo un instante en pegarle. Por ejemplo, cuando una noche se escapó de mi lado y trepó hasta el observatorio del tejado y al bajar resbaló y se cayó de la escalera de cuerda y se quedó tirado sin sentido en el pasillo hasta que lo encontré. Le pegué como a un cachorro, y ahora ha quedado muy claro que carece de la fuerza necesaria para subir escaleras y deja que Boaz le suba cada noche en brazos hasta nuestra habitación. Nos has enseñado a todos a tener compasión.
¿Y qué me dices de ti? ¿Le quitas tiempo a tu trabajo de recuperación y vas a buscar a Yifat a la guardería a la una y media? ¿Le cantas con tu voz cascada «Por los alimentos que Tú nos has concedido», «Contempla, tú eres justo», «Todopoderoso en el trono»? ¿O tal vez la has colocado con la familia de tu hermano, empaquetado todos sus vestidos y muñecos y partido hacia las rocosas colinas de Hebrón? Si vienes y la traes te perdonaré, Michel. Hasta dormiré contigo. Haré lo que me pidas. Y hasta eso que la timidez te impide pedir. El tiempo pasa, y cada día que se nos va y cada noche es otra colina y otro valle que hemos perdido. No volverán. No dices nada. Sientes lástima por Israel, por viejas ruinas, por Boaz, por Alec, pero no por tu mujer y tu hija. Hasta te pareció bien comunicarle lo del proceso de divorcio por medio del rabino, que me informó en tu nombre que soy una esposa rebelde y por lo tanto se me prohíbe ver a Yifat. ¿Soy demasiado indigna para que tú me exijas una explicación? ¿Para que me impongas una pena y me indiques el camino del arrepentimiento, o me escribas una maldición bíblica?
Boaz dice: «Lo mejor que puedes hacer, Ilana, es dejar que se le pase el enfado. Deja que lo descargue todo con sus amigotes de religión. Luego tiene que calmarse por fuerza y darte lo que le pidas».
«¿Crees que le he ofendido?».
«Nadie es mejor que otro».
«Boaz, con franqueza. ¿Crees que estoy loca?».
«Nadie está más cuerdo que otro. ¿Te apetece clasificar unas cuantas semillas?».
«Dime: ¿para quién estás haciendo ese tiovivo?».
«Para la niña. Es decir, para cuando vuelva».
«¿Lo crees?».
«No lo sé. Tal vez. ¿Por qué no?».
Esta mañana le pegué otra vez. Porque salió a la terraza sin mi permiso y se quedó bajo la lluvia y se mojó. Su torturado rostro tenía una expresión de idiotez total. ¿Es que quería matarse? Sonrió. Contestó que la lluvia era muy buena para el campo. Le agarré por la camisa y le empujé hacia dentro y le propiné una bofetada. Y ya no pude contenerme. Le pegué en el pecho con los puños y lo dejé tumbado en la cama y seguí pegándole hasta que me dolió la mano, y él no dejaba de sonreír, como si disfrutara por hacerme feliz. Me eché a su lado y le besé en los ojos, en el hundido pecho, en la frente que avanza hacia arriba gracias al cabello que se le cae. Le acaricié hasta que se durmió. Y yo me levanté y fui hasta la terraza para ver lo buena que era la lluvia para el campo y lavarme la pena de mi vehemente deseo de ti, del olor de tu cuerpo velludo, el olor a pan y halva[54] y ajo. De tu voz cascada por el tabaco y tu arrojada moderación. ¿Vendrás? ¿Traerás a Yifat? Estaremos todos aquí. Esto es muy agradable. Maravillosamente tranquilo.
Mira el ruinoso estanque de peces, por ejemplo: lo han arreglado con cemento y ahora tiene peces de nuevo. Carpas en vez de peces de colores. La renovada fuente replica a la lluvia en su propia lengua: no surte a chorros, gotea. Y alrededor, los árboles frutales y los ornamentales se levantan en el gris silencioso bajo la apacible lluvia que cae sobre ellos todo el día. No tengo esperanzas, Michel. Esta carta es inútil. En el momento en que identifiques la letra del sobre harás pedazos el papel, lo arrojarás al retrete y tirarás de la cadena. Ya me has llorado. Todo está perdido. ¿Qué me queda salvo acompañar a mi obsesión hasta su tumba?
Y luego desaparecer. No existir. Si Alec me deja algún dinero me iré al extranjero. Alquilaré una pequeña habitación en una gran ciudad lejana. Si la soledad me vence me entregaré a extraños. Cerraré con fuerza los ojos y os saborearé a ti y a él en ellos. Todavía consigo despertar vergonzosas miradas de deseo en los tres curiosos jóvenes que deambulan por aquí entre chicas que tienen veinte años menos que yo. Porque la comuna de Boaz se amplía poco a poco: de vez en cuando se presenta otra alma perdida. Y ahora el jardín está cultivado, los frutales del huerto han sido podados, se han plantado nuevos arbolillos en la ladera de la montaña. Los palomos han sido desahuciados de la casa e instalados en amplios palomares. Sólo al pavo real se le permite vagar a su capricho por los dormitorios, pasillos y escaleras. La mayoría de las habitaciones han sido limpiadas. La instalación eléctrica se ha renovado.
Tenemos unas veinte estufas de queroseno. ¿Compradas o robadas? Imposible decirlo. En vez de las baldosas hundidas se ha puesto suelo de cemento. En el hogar de la cocina arde un aromático fuego de leños. El pequeño tractor se guarda en un depósito de planchas de metal ondulado y alrededor están los complementos: fumigadora, segadora, cultivadora espigadora. Compra todo esto con el dinero que le da su padre. Y hay panales de abejas y corrales de cabras y un pequeño establo para el burro y gallineros para las ocas, que he aprendido a cuidar. Aunque las gallinas todavía vagabundean por el patio, picoteando entre las plantas como en un villorrio árabe, y los perros las persiguen. Frente a mi ventana el viento agita los andrajos de los espantapájaros que Yifat y yo clavamos en el huerto antes de que enviaras a quitármela. ¿Pregunta si puede volver? ¿Pregunta por Boaz? ¿O el pavo real? Si se queja del oído otra vez, no te precipites a darle antibióticos. Espera un día o dos, Michel.
La buganvilla y la adelfa silvestre han sido arrancadas de la casa. Se han rellenado las grietas de las paredes. De noche ya no hay más correrías de ratones por el suelo. Los amigos de Boaz se hacen su propio pan; su olor cálido, gutural, me llena de deseo de ti. Hacemos también yogur, e incluso queso de leche de cabra. Boaz ha hecho dos barriles de madera, y el próximo año tendremos nuestro propio vino. En el tejado hay un telescopio, y la noche del Día de la Expiación se me invitó a subir allá arriba y mirar por él, y vi los mares muertos que se extienden por la superficie de la luna.
Lenta, casi obstinada, sigue cayendo la lluvia. Para llenar el aljibe de piedra del patio, el hoyo que cavó Volodia Gudonski y su nieto limpió y restauró y que erróneamente llaman pozo. Los almacenes, cobertizos y depósitos están llenos de sacos de semillas, sacos de fertilizantes químicos y orgánicos, bidones de queroseno y petróleo, pesticidas, latas de lubricante, mangueras, aspersores y otros equipos de irrigación. Yoash envía la revista El Campo cada mes. Han recogido aquí y allá muebles viejos, camas de campaña, colchones, estanterías, armarios, una mezcolanza de utensilios para la casa y la cocina. En el taller del sótano, equipado de nuevo, hace mesas, bancos, sillones para su padre. ¿Está intentando decirle algo a Alec con sus manazas? ¿O está también embrujado a su manera? En un nicho excavado debajo de la oxidada caldera han descubierto el cofre del tesoro que el padre de Alec escondió allí. Todo lo que quedaba eran cinco monedas de oro turcas, que Boaz ha guardado para Yifat. A ti te reserva el trabajo de constructor, porque le dije que el primer año de tu llegada al país trabajaste de albañil.
El carillón de botellas tintinea en la planta baja, porque la cama de tablones de Alec, su mesa, silla y máquina de escribir se han subido a la antigua habitación de su madre, que tiene una ventana y una terracita de cara a la franja costera y el mar. No escribe una coma, ni tampoco me dicta. El polvo se acumula en la máquina de escribir. Los libros que pidió a Boaz que le comprara en la tienda de Zikhron están alineados por orden de altura, como soldados, en la estantería, pero Alec no los toca. Se contenta con las historias que le explico. Sólo están abiertos en la mesa el diccionario y la gramática hebreos. Porque en las horas lúcidas, por la tarde, Boaz sube a veces: Alec le enseña ortografía y sintaxis elemental. Como Robinson Crusoe con Viernes.
Al marcharse, Boaz se inclina un poco en el umbral de la puerta, como haciéndonos una reverencia. Alec coge su bastón y comienza a medir la habitación con pasos rítmicos. Las sandalias de goma y cuerda que Boaz le hizo producen un sonido almohadillado. A veces se para, sorprendido, muerde la pipa apagada y se inclina para ajustar el ángulo de la silla a la mesa. Estira con severidad su manta. O la mía. Retira mi vestido del gancho de la puerta y lo cuelga en la caja de embalaje que nos hace las veces de armario. Un hombre ligeramente encorvado, calvo, de piel delicada; su aspecto me recuerda al de un pastor protestante de un pueblo de Escandinavia, el rostro cruzado por una extraña mezcla de mortificación, meditación e ironía, con los hombros inclinados hacia abajo, la espalda huesuda y rígida. Sólo los ojos grises parecen nublados y húmedos, como los de un alcohólico declarado. A las cuatro le subo una infusión de hierbas, pita recién salida del horno y un poco de queso de cabra que le he hecho yo misma. Y en la misma bandeja una taza de café para mí. La mayoría de las veces nos sentamos y bebemos en silencio. Una vez se decidió a hablar y dijo, sin interrogantes: «Ilana. Qué estás haciendo aquí».
Y contestó por mí: «Brasas. Pero no hay brasas».
Y luego: «Cartago está destruida. Y qué. Y si no lo hubiera estado, qué entonces. El problema es bastante distinto. El problema es que aquí no hay luz. Vayas por donde vayas, tropiezas».
Encontré la pistola en el fondo de su maleta. Se la di a Boaz y le dije que la escondiera.
No queda mucho tiempo. Ya es invierno. Cuando lleguen las lluvias de verdad habrá que desmantelar el telescopio y bajarlo del tejado. Boaz tendrá que renunciar a sus vagabundeos solitarios por el Monte Carmelo. Ya no desaparecerá durante tres o cuatro días para medir los boscosos valles, explorar cuevas abandonadas, asustar a los pájaros nocturnos en sus agujeros, perderse en la espesa maraña de vegetación. Ya no bajará al mar a flotar solo en una balsa hecha sin un clavo. ¿Huyendo? ¿Persiguiendo? ¿Buscando la inspiración astral? ¿Avanzando a tientas por extensiones vacías, un gigante huérfano inarticulado, tras algún vientre materno perdido que lo atrae hacia sí como por encanto?
Un día se irá a una de sus caminatas y no volverá. Sus amigos le esperarán unas semanas, luego se encogerán de hombros y desaparecerán uno a uno. La comuna se dispersará. No quedará ni un alma viviente. El lagarto, el zorro y la víbora volverán a heredar la casa y retornarán las malas hierbas. Me dejarán sola para velar los espasmos de la muerte.
¿Y luego? ¿Dónde iré?
Cuando era una niña, la hija de inmigrantes debatiéndose con los restos de su cómico acento y sus modales extranjeros, me sentí fascinada por las viejas canciones de los pioneros, que tú no conoces porque viniste más tarde. Melodías que me traían confusos anhelos, un secreto deseo de hembra incluso antes de que fuera mujer. Todavía hoy tiemblo cuando ponen en la radio En la tierra que amaron nuestros padres. O Yo tenía un amor en Kinneret. O Sobre una colina. Como si me estuvieran recordando desde lejos votos de lealtad. Como si estuvieran diciendo que hay una tierra pero no la hemos encontrado. Algún bufón disfrazado se ha introducido subrepticiamente y nos ha inducido a odiar lo que hemos encontrado. A destruir lo que era preciado, y no volverá. Nos ha guiado con luz espectral hasta extraviarnos en lo más profundo del pantano, y las tinieblas se han cernido sobre nosotros. ¿Me recordarás en tus plegarias? Por favor, di por mí que espero clemencia. Para mí y para él y para ti. Para su hijo. Su padre. Para Yifat y mi hermana. Di en tus plegarias, Michel, que la soledad, el deseo y la añoranza son más de lo que podemos soportar. Y sin ellos nos extinguimos. Di que intentamos recibir y retornar amor pero erramos el camino. Di que no deberían olvidarnos y que aún brillamos trémulamente en las tinieblas. Intenta que te expliquen cómo salir. Dónde está la tierra prometida.
O no. No reces.
En vez de rezar construye la Torre de David con los ladrillos de juguete de Yifat. Llévala al zoo. Al cine. Prepárale sus huevos fritos, quítale la nata a la leche, dile: «Beba, Señorita Vaciavasos». No olvides comprarle algunos pijamas de franela para el invierno. Y zapatos nuevos. No se la dejes a tu cuñada. Piensa a veces en cómo lleva Boaz a su padre en brazos. ¿Y qué me dices de la noche, cuando vuelves de tus viajes? ¿Te sientas con los calcetines puestos ante el televisor hasta que te vence el cansancio? ¿Te duermes completamente vestido en el sillón? ¿Empalmando un cigarrillo tras otro? ¿O en vez de eso te sientas a los pies de tu rabino estudiando la Torá con una lágrima? Cómprate una buena bufanda. De mi parte. No cojas un resfriado. No te pongas enfermo.
Te esperaré. Le diré a Boaz que haga una gran cama de tablones y rellene un colchón con algas. Yaceremos bien despiertos y atentos con los ojos abiertos en la oscuridad. La lluvia golpeará en la ventana. La brisa pasará por entre las copas de los árboles. Truenos lejanos avanzarán en dirección a las colinas del este y los perros ladrarán. Si el moribundo gime, y se cuela una racha de viento helado, podremos abrazarle, tú y yo, uno a cada lado hasta que le hagamos entrar en calor. Cuando me desees me pegaré a ti y sus dedos se deslizarán por nuestras espaldas. O puedes pegarte tú a él y yo os acariciaré a los dos. Lo que siempre has anhelado: unirte a él y a mí. Unirte en él a mí, en mí a él. Para que los tres seamos uno. Porque entonces, de la nada, de la oscuridad, por las grietas de los postigos vendrán viento y lluvia, mar, nubes, estrellas para envolvernos silenciosamente a los tres. Y por la mañana mi hijo y mi hija saldrán con un cesto de mimbre a arrancar rábanos en el jardín. No estés triste.
Vuestra madre
Por la Gracia de Dios

Amos Oz
La caja negra

«Querido Alec: Que no hayas destruido esta carta al reconocer mi letra en el sobre prueba que la curiosidad es más poderosa que el odio. O que tu odio necesita carne fresca». Es éste el deslumbrante comienzo de La caja negra, considerada por la crítica internacional como una de las mejores novelas de Amos Oz.
Alec e Ilana no se hablan desde hace siete años. El divorcio ha sido muy duro, las emociones, crueles. Él se ha mudado a Estados Unidos y se ha hecho famoso por sus estudios sobre el fanatismo; ella se ha quedado en Israel y se ha vuelto a casar con un ortodoxo. Tienen, sin embargo, un hijo en común, Boaz, que el padre ignora como ofensa a la madre. El joven es un adolescente inquieto, que ha sido expulsado del colegio por su actitud violenta. Ilana, después de largos años de silencio, escribe a Alec para pedirle ayuda…
Igual que la caja negra de los aviones contiene el registro de los accidentes aéreos, las cartas que se intercambian los personajes desvelan las razones de sus fracasos… La mujer infiel, el marido arrogante, el hijo rebelde: todos se hieren a sí mismos y a los demás en su lucha por la existencia en un país sin compasión.

Casa de Campo. Madrid.

Desde el teleférico de Madrid. 2016

20 octubre 2026

20 de Octubre

 El primer ferrocarril castellano

En 1837 Guillermo Lobé realizó un viaje de Cuba a los Estados Unidos; de los Estados Unidos pasó a Europa. En 1839 Lobé publicó en Nueva York su libro Cartas a mis hijos durante un viaje a los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Lobé estudió los ferrocarriles en los Estados Unidos; luego en Europa. En otra ocasión hablaremos de esta interesantísima personalidad; antecesor tienen en ella los fervorosos europeizadores de hogaño. El 4 de Noviembre de 1837 Guillermo Lobé fecha una de sus cartas —la XVI— en Manchester. Habla en ella de los caminos de hierro; su pensamiento va hacia España; a España desea verla «atravesada en todas direcciones por ferrocarriles, en paz como hermanos los habitantes de sus provincias». Los deseos de Lobé no han de verse realizados sino bastantes años después. En 1844, el célebre matemático D. Mariano Vallejo, publica un libro titulado Nueva Construcción de Caminos de Hierro. No se refiere Vallejo a las nuevas máquinas locomotrices; a los trenes de vapor se alude en un apéndice que pone a su libro; pero a esta novísima tracción prefiere nuestro autor la animal, modificada y facilitada por ingeniosos artificios.
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Ya la idea de los trenes de vapor se había lanzado en España en 1830. En ese mismo año apareció, impreso en Londres, un Proyecto de D. Marcelino Calero y Portocarrero para construir un camino de hierro desde Jerez de la Frontera al Puerto de Santa María. A esta Memoria acompaña un mapa y un curioso dibujo. Llevan dibujo y mapa esta leyenda: «Hízolo con la pluma D. Ramón Cesar de Conti. Londres, 20 de Octubre de 1829». Por primera vez acaso debía aparecer ante la generalidad de los españoles, que contemplara al dibujo aludido, la imagen de un ferrocarril. Imagen casi microscópica por cierto. El dibujante ha representado un pedazo de mar y un alto terrero en la costa. En el mar se ve un vapor con una alta y delgada chimenea; allá arriba, en la costa, se divisa, en el fondo, una fábrica que lanza negros penachos por sus humeros, y luego, acercándose al borde del acantilado, aparece una extraña serie de carruajes. Delante de todos está un diminuto y cuadrado cajón con una chimenea que arroja humo; luego vienen detrás otros cajoncitos separados por anchos claros —un metro o dos tal vez— y unidos por cadenas. Debajo de tan raro tren se divisa una raya sobre la que están puestas las ruedas de los vagones.
No tuvo realización el proyecto de D. Marcelino Calero; recuerde el lector que ese mismo año de 1830 se construía el primer ferrocarril inglés: el de Liverpool a Manchester. En Londres imaginaba su empresa el intrépido Calero. Han de transcurrir bastantes años antes de que se vuelva a hablar en España de ferrocarriles. El 30 de Mayo de 1845 El Heraldo —diario de Madrid— publicaba la siguiente noticia en su sección Gacetillas de la Capital: «Ha llegado a esta corte, procedente de Inglaterra, Sir J. Walmsley, uno de los directores de la empresa del camino de hierro de Ávila a León y Madrid, con objeto de dar impulso a los trabajos. Parece que a causa de haber vendido el promovedor de la empresa, Kelby, el privilegio de concesión a una casa inglesa por la suma de cuatro millones, que habían de figurar en el presupuesto de gastos, han mediado desavenencias entre las juntas de Madrid y Londres, desavenencias que han terminado por medio de una transacción». El mismo día la Gaceta publicaba —basándose en noticias de un periódico francés— un artículo titulado Caminos de hierro. Se dice en él que es preciso animar y dar facilidades a los extranjeros para que vengan a construirlos. Los caminos de hierro —se añade— no son un lujo. «Algunos espíritus timoratos pueden considerar los ferrocarriles como caminos de lujo». No lo son; pero debemos acomodar la obra a nuestras fuerzas. «No se pretenda construirlos con el lujo de perfección que han alcanzado en el Norte de Europa». Cuatro grandes líneas españolas pide el articulista: cuatro líneas que crucen como una inmensa aspa la península. Una de esas líneas habrá de ir de Bayona a Madrid; luego otra de Madrid a Cádiz. La tercera sección comprenderá de Barcelona a Madrid; la cuarta de Madrid a Portugal. Enlazadas con estas cuatro líneas habrán de construirse numerosas ramificaciones.
La misma Gaceta publicaba el 22 de Junio de 1845 esta nota entre las Noticias Nacionales: «Valladolid, 15 Junio. Han pasado por esta ciudad, con dirección a esa corte, cinco ingenieros ingleses encargados de trazar el ferrocarril de Bilbao a Madrid, y aunque la rapidez del viaje no les ha permitido explorar detenidamente el terreno, aseguran, sin embargo, que no han encontrado dificultades insuperables, y que es muy posible la construcción de obra tan importante; el ferrocarril de Avilés está también trazado por esta ciudad; de modo que si tan vastos proyectos llegan a realizarse, mejorará muy en breve él estado de este país, que sólo necesita para enriquecerse medios fáciles y económicos de exportar sus abundantes y excelentes producciones».
En 1845 apareció en Madrid una interesante revista literaria: El Siglo Pintoresco. Dirigía esa revista Navarro Villoslada; dibujaba en ella D. Vicente Castelló, que tan lindas ilustraciones ha puesto a ediciones populares de Quevedo y Cervantes. En la viñeta que adorna el primer número de El Siglo Pintoresco —correspondiente al mes de Junio— vemos otra primitiva y extraña imagen, muy chiquita, de un ferrocarril. Figuran en la viñeta, como representaciones del trabajo y de los deportes, una imprenta, un jardín, una plaza de toros y ese microscópico tren. El tren lo componen un cajón alargado, con una chimenea humeante puesta casi en la parte posterior, y detrás seis vagoncitos que marchan por la tierra, sin que se vea señal ninguna de rieles. Saludemos esta remembranza absurda y remota de los viejos ferrocarriles. En el mismo número de El Siglo Pintoresco, se leía en el balance mensual: «El mes que acaba de expirar ha visto nacer más empresas en España que todos los que han transcurrido desde la conclusión de nuestra guerra civil. Muchísimos capitalistas y mayor número de ingenieros extranjeros han visitado la capital; por todas partes se veían fisonomías desconocidas y talantes británicos, y toda la península se ha cubierto —en el papel, por supuesto— de una red complicadísima de ferrocarriles».
Al mes siguiente, en Julio, El Heraldo del 3 publicaba en primera plana un artículo dedicado al camino de hierro de Francia a Madrid; a las «corporaciones de Vizcaya» débese el proyecto de ese camino. Esas corporaciones han trazado el plan; han explorado la opinión; han recabado el auxilio de los capitalistas; finalmente, cuentan con el concurso del Sr. Mackenzie, «que él solo es una palanca poderosa, y su nombre una garantía de valor para la ejecución de la obra». Los capitalistas de Bilbao ayudan a los de Guipúzcoa. Una comisión de ingenieros ingleses, presidida por Mackenzie, ha trazado el proyecto de la línea y ha hecho los estudios preparatorios para su construcción. «El Gobierno aún vacilaba en la construcción de esta línea, que ha sido igualmente solicitada por respetables casas extranjeras». ¿Fue alguna de estas casas la que mandó a Madrid sus ingenieros en otoño de 1845? El 18 de Septiembre la Gaceta publicaba una noticia en que se decía: «Ha llegado a esta corte el Sr. D. Carlos Brumell, C. E., con una parte de los señores ingenieros pertenecientes a la Compañía del camino real de hierro del Norte de España, dirigida por el Sr. D. Jaime M. Kendel, F. R. S., Vice-presidente del Instituto de los Ingenieros de Inglaterra, etc. Este señor ha dado principio a sus trabajos con la mayor actividad, estudiando las mejores líneas para el camino desde Madrid al Norte». La noticia añade que dichos ingenieros han estudiado el terreno en el Norte durante el pasado verano, y ahora se disponen a estudiarlo en las inmediaciones de Madrid. «Nos alegramos —termina el suelto— de poder felicitar a esta Compañía por la excelente posición en que se halla, como también por el resultado de los enérgicos esfuerzos en esta obra grandiosa y nacional». Al día siguiente reprodujo El Heraldo la gacetilla; la reprodujo también El Tiempo. No dijeron nada los demás periódicos.
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Quedó en proyecto el ferrocarril de Francia a Madrid. ¿Estaba aún demasiado vivo el recuerdo de las dos invasiones, la de 1808 y la de 1823? Tres años antes —en la sesión del 14 de Marzo de 1842— se discutió en el Senado la construcción de un camino ordinario de Pamplona, por el valle del Baztán, a Francia. Se opuso a ello un senador: el general Seoane; lo impugnó también el senador navarro González Castejón. «Imprevisión, e imprevisión muy grande —decía el general Seoane— fue la apertura del camino de Irún. España lo llora, y Dios quiera que no lo llore en adelante». «Mi opinión constante —exponía González Castejón— ha sido que nunca, por ningún estilo, debían allanarse los Pirineos; antes por el contrario, otros Pirineos encima son los que conviene poner». El Sr. Seoane, al rectificar, hablando del camino internacional que pudiera abrirse en Canfranc, decía rotundamente: «Yo, antes de dar mi voto para que se abriese, renunciaría el carácter de senador y la faja que tengo también». (Cuarenta años más tarde, en 1881, al tratar de unos ferrocarriles a través de los Altos Pirineos, en un libro —de carácter militar— titulado Perjuicios que a la defensa del territorio español pueden producir las comunicaciones al través del Pirineo central, se había de estampar todavía que «es ventajoso todo lo que tienda a aislarnos» de Francia, y que respecto a las puertas que en el Pirineo se han abierto, «conviene cerrar algunas»).
No se construyó entonces el camino de hierro que había de unir a España con el resto de Europa. Hasta 1860 no estuvo terminada la línea de Francia a Madrid. En 1859 escribía don Arturo Marcoartú un estudio sobre el estado de la línea. Destinado estaba ese trabajo al Almanaque político literario de «La iberia» para el año bisiesto de 1860. Olózaga, Calvo Asensio, Sagasta, Núñez de Arce, García Gutiérrez colaboraron en ese Almanaque. A fines de 1859 tenía la Compañía del Norte 650 kilómetros en construcción; 73 sin construir. El articulista augura la próxima terminación de la línea. «Cuando el solsticio estival —escribe— dore las agujas de la Catedral de Burgos, albas nubes del vapor de las locomotoras rodearán sus afiligranados contornos, y el rojo resplandor de las calderas señalará las ignominiosas almenas de Santa María, que las ciudades comuneras alzaran al paso del tirano Carlos V».
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Samuel Smiles nos cuenta en su Story of the Life of George Stephenson, que el gran inglés estuvo en el Norte de España en el otoño de 1845. Estudio allí el terreno para la construcción del ferrocarril de Francia a España. Trasladose luego a Madrid, y fue observando por el camino la topografía del trayecto. Venía Stephenson a España por encargo de Sir Joshua Walmsley; proyectaba Walmsley construir la línea. En Madrid, Stephenson y los ingenieros que le acompañaban estuvieron unos días. El gobierno iba dando largas al asunto; un día y otro aplazaba el dar respuesta a lo que los comisionados demandaban. Se cansaban y aburrían Stephenson y sus compañeros. Fueron invitados a una corrida de toros, la eterna corrida. «Pero como ese no había sido precisamente el objeto del viaje —escribe con ironía Smiles— rehusaron cortésmente aquel honor». Stephenson y sus compatriotas se marcharon de España. No se construyó el ferrocarril. Hemos visto que, según El Heraldo del 30 de Marzo de 1845, en ese mes llegó a Madrid Sir J. Walmsley. En Septiembre, la Gaceta, El Tiempo y el mismo Heraldo, anunciaron la llegada de una comisión de ingenieros ingleses. Entre esos ingenieros debió de venir Jorge Stephenson: es decir, uno de los hombres más grandes del mundo moderno. No dicen más los periódicos de aquel otoño.

Azorín
Castilla

Por su forma, su estética y su contenido Castilla (1912) representa la quintaesencia de la obra de Azorín: la contemplación del paisaje o del pueblo como «pequeña» historia transida por el tiempo, buscando, además, en la literatura una expresión del espíritu nacional. Supone Azorín, como explicó Ortega y Gasset, una «nueva manera de ver el mundo»: la que sabe captar «los primores de lo vulgar» y adivinar en ellos el alma de las cosas. Al paso de la lectura vamos descubriendo la resignación y el dolorido sentir de los españoles, la sumisión a la fuerza de los hechos y la idea abrumadora de la muerte. Pero todo lo redime una prosa genial que convierte al libro en uno de los más hermosos de nuestra literatura.

Madrid desde el Cerro Garabitas

 Desde el teleférico de Madrid. 2016

19 octubre 2026

19 de octubre

 El 87 fue el año que Andrés denominó «de los diecinueves»: en España, el 19 de julio la banda terrorista ETA hizo saltar por los aires el aparcamiento del supermercado Hipercor en Barcelona con un saldo final (en esta clase de operaciones calculadas hay que hablar de saldo, positivo o negativo, depende de la intención final del criminal) de 21 muertos y 40 heridos, todos ellos ciudadanos que estaban de compras en ese local comercial; y el 19 de octubre, que fue posteriormente conocido con el sobrenombre de «lunes negro», el índice Dow Jones sufrió la mayor caída de su historia desde el crack del 29, inicio de la Gran Depresión, que arrastró una pérdida de más de 500 puntos. Pero Andrés estaba eufórico. La primera tienda-exposición de la franquicia Divino Dissegno se abrió en Madrid en el otoño de ese mismo año con un éxito espectacular debido, hay que decirlo en su honor, a la campaña de lanzamiento que planificó basándose en la experiencia de la casa madre a partir del momento en que cerró el trato con los milaneses. Andrés, que no estaba acostumbrado a entusiasmarse con su trabajo, comprendió que acababa de encontrar su camino en la vida.

El paso de los años había herido de muerte el corazón de la antigua pandilla de amigos. A medida que cada uno se va abriendo paso en la vida, creando o no una familia, los lazos se van aflojando. De las viejas reuniones nocturnas en la casa de los Delcampo ya no quedaban ni los rescoldos. Si Andrés se veía con alguno, casi nunca era en pareja sino de hombre a hombre y con cita previa. La última vez que se encontraron casi todos fue con ocasión del premio a Mateo Perdiz y se celebró a la vasca, es decir, reunión solo de hombres. Allí, Andrés pudo comprobar una vez más que, con la excepción de Bonafé, su trato con los demás había mermado considerablemente; no faltaban la alegría ni el buen entendimiento, pero, salvo los temas generales, no tenían mucho de que hablar entre ellos. El Figura pudo acudir entre viaje y viaje; en cambio, no hubo noticia de Cuchi Mendina.
El buen ánimo de Andrés, por no hablar directamente de excitación profesional, le había hecho entregarse en cuerpo y alma al proyecto puesto en marcha y Clara, que no tenía un pelo de tonta, comprendió que, por el momento, su relación pendía de la intimidad personal y de la costumbre más que de la atracción física, que seguía existiendo aunque más espaciada, lo cual no era mala situación habida cuenta de que la época más pasional y arrebatada había durado lo suyo. Ahora ella estaba más cerca de una serena regularidad donde el cariño y el erotismo andaban por el mismo camino. Se preguntaba, como es natural, si la balanza volvería a desequilibrarse y por qué lado, pero no tenía queja. Andrés estaba tan embebido que apenas había asuntos que debatir entre ellos, ni la actualidad nacional ni aun el desenvolvimiento de las niñas. Las dos niñas, que adoraban a su padre, echaban en falta su atención y lo pagaban con la madre; ya se sabe que los niños siempre buscan en el entorno el chivo expiatorio y allí no había otro que Clara; sin embargo, la sangre no llegó al río porque Beatriz, en plena preadolescencia, empezaba a manejar las primeras zonas de su independencia; era la pequeña Marta la que más acusaba la dedicación del padre a su negocio. Por otra parte, los roces entre Clara y Andrés se hacían inevitables: la edad, la costumbre, las manías… ya se sabe.
Retirado Cadavia como ángel bueno de la familia debido a su insensata y apasionada relación senil con Mabelle, retirada de escena la madre de Andrés, que se había organizado una vida razonablemente agitada para su edad en un club de viudas que se divertía viajando por el país, encerrada en su destino provinciano la de Clara con la excepción de alguna escapada a Madrid que no dejaba de ser lacrimosa a pesar de sus esfuerzos por molestar lo menos posible, los únicos verdaderos amigos de la familia Delcampo Zubia eran Bonafé y Bertoldino. El primero estaba lleno de problemas personales porque vivía amargado por Paulina, por su desconcierto ante los hijos y por la pesada carga de la familia de ella, pues es sabido que en los matrimonios quien arrima el ascua a su familia es siempre la mujer. El caso de Clara —debemos hacer este inciso— era una excepción que provenía, como sabemos, de un incidente que la llenaba de vergüenza y de rabia. Bertoldino era soltero, sostenía relaciones amorosas esporádicas que no le comprometían más allá de la satisfacción del deseo y disponía de tiempo, aunque su trabajo como funcionario ya no era como antaño, la época gloriosa de la jornada de ocho a tres consumida a base de salidas a desayunar o a tomar el aperitivo para relajar el ritmo de un trabajo ya de por sí bastante relajado. Bonafé se acercaba de vez en cuando a recoger a Andrés, si es que no estaba de viaje, para tomar una copa a última hora de la tarde, antes de volver a sus casas. Bertoldino, en cambio, solía dejarse caer por la casa al anochecer y a menudo se quedaba a cenar, cuando no aparecía incluso con una cena adquirida en algún establecimiento de comidas preparadas o, lo más común, con una bandeja de comida japonesa que siempre era acogida con entusiasmo. Era hombre frugal, de gustos refinados, pero no excedidos, por lo que podía permitirse esos lujos. Andrés aportaba los vinos porque la vida mundana y de relación a la que le obligaba su trabajo le había introducido en el mundo esnob de la apariencia: vinos, ropa, restaurantes, complementos… incluso, ya fuera esa la razón, ya solo una excusa, la imagen de directivo de empresa lo puso al volante de un automóvil que sustituyó a su viejo utilitario nacional por lo que en los términos de las revistas del motor se llamaba una berlina de representación. De momento, así quedaba cerrado el equipamiento de su nueva vida.

José María Guelbenzu
El amor verdadero

¿Qué es lo que hace que todos los enamorados se prometan fidelidad en un mundo en el que la duración es un valor casi inexistente? El amor verdadero narra la historia de amor y lealtad de una pareja, que se prolonga a lo largo de más de cincuenta años de vida, desde 1945 hasta 2005, y es, sobre todo, una reflexión sobre el sentido del amor, sobre el valor del esfuerzo y sobre el deseo de permanencia, complicidad y entendimiento entre dos personas que deciden libremente asumir los riesgos y las consecuencias de intentar mantener vivo su sentimiento a través del tiempo. Este libro cierra un ciclo de novelas que puede considerarse la crónica moral de una generación universitaria, la que accedió a la Universidad a principios de los años sesenta, iniciada con la publicación de un libro que es ya un hito en la historia de la novela española, El Mercurio, publicado en 1968 y punto de partida de una nueva narrativa que rompía de manera tajante con la tradición anterior. El amor verdadero, crónica de vida personal e histórica que culmina ese ciclo de novelas, es, muy probablemente, la obra más ambiciosa de su autor.

Desde el teleférico de Madrid. 2016

 Desde el teleférico de Madrid. 2016

18 octubre 2026

18 de octubre

 Capítulo XVIII

DECLARACIÓN
6.15 p. m.
Para el inspector Jennings o a quien corresponda:
He oído toda la historia de labios del doctor Fell y él ha escuchado la mía. Estoy completamente sereno. Se me ocurre vagamente que se supone que en los documentos legales debe asentarse “en su sano juicio”, pero espero se me disculpe si no sigo la fórmula consagrada. Verdaderamente, no la conozco. Permítaseme tratar de ser franco. Me será fácil serlo, tanto más cuando una vez que haya terminado de escribir me dispararé un tiro. Por un momento tuve la intención de disparar sobre el doctor Fell mientras conversábamos hace unos minutos. Pero no había más que un proyectil en la pistola. Cuando le apunté con ella, hizo un gesto como de una cuerda puesta alrededor de su cuello; y reflexionando comprendí fácilmente que esta honrosa salida es mejor que la horca, de modo que guardé el arma. Odio al doctor Fell, lo confieso sinceramente, porque me descubrió, pero debo pensar en mi bien, antes que en cualquier otra cosa, y no tengo el menor deseo de ser ahorcado. Dicen que es muy doloroso y yo no pude nunca soportar el dolor don fortaleza.
Permítaseme decir, para comenzar —haciéndome justicia—, que el mundo me trató de una manera ruin. No soy criminal; soy hombre de educación y méritos; una adquisición, creo, para toda comunidad donde actúe. Esto, en parte, fué mi consuelo. Mi verdadero nombre lo reservaré, ni diré mucho de mi pasado para eludir las averiguaciones; pero es verdad que en cierta época fui estudiante de teología. Mi expulsión de cierto seminario se debió a circunstancias infortunadas, tales como implican el hecho de un joven de naturaleza robusta y sana al que la mística no ha hecho insensible a las seducciones de una bella muchacha. Niego hasta hoy haber robado dinero o haber tratado de que la culpa recayera sobre otro compañero.
Sin comprender, mis padres me negaron su apoyo. Ya entonces no pude menos que creer que el mundo trata indignamente a sus mejores hijos. En una palabra: no pude obtener ningún empleo. Mi capacidad era suficiente para progresar si yo hubiese tenido oportunidad, pero no encontré sino ocupaciones manuales. Pedí dinero a una tía (ha muerto ya: ¡in pace requiescat!); anduve por el mundo, conocí la pobreza, sí, hasta tuve hambre un día y me cansé. Ansiaba establecerme, tener comodidades, vivir respetado, usar mi capacidad y disfrutar de la holgura.
En un buque que llegaba de Nueva Zelandia, hace algo más de tres años, me encontré con el joven Tomás Audley Saunders. Me dijo que por influencias de un cierto Sir Benjamín Arnold, un viejo amigo de su tío, al que el sobrino no conocía, había obtenido para él esta nueva y espléndida situación. Como estoy versado en teología me convertí en su amigo durante el largo viaje. Poco después de llegar a Inglaterra el pobre muchacho falleció. Y fué entonces cuando se me ocurrió el plan. Yo desaparecería y un nuevo Tomás Saunders aparecería en Chatterham. Yo no temía que se me descubriese. Conocía su historia lo bastante para reemplazarlo. En cuanto a su tío nunca salía de Auckland. Tenía naturalmente que mantener alguna correspondencia, pero escribiendo a máquina mis no muy frecuentes cartas y ensayando la firma de Saunders que figuraba en su pasaporte, hasta que la imité perfectamente, estaba a salvo de cualquier sospecha. Se había educado en Eton, pero hizo sus cursos de seminario y teología en el colegio de San Bonifacio, en Nueva Zelandia, y era poco probable que me encontrara con algún viejo amigo.
La vida, aunque agradable y familiar, no era muy animada. Yo era un caballero, pero —como cualquier otro— deseaba ser un caballero rico y alegre. Tenía, no obstante, que contener mis impulsos a fin de que mis sermones fueran verdaderamente instructivos y sinceros; y afirmo con orgullo que llevé limpiamente las cuentas de la parroquia, y que solamente una vez, en un caso de grave necesidad, cuando una muchacha sirvienta del condado amenazó con un escándalo por abuso, las alteré. Pero yo soñaba con una vida más alegre: por ejemplo, vivir en hoteles del continente atendido por sirvientes, y de cuando en cuando una aventura de amor. Conversando con el doctor Fell me enteré de que lo sabe casi todo. Había extraído las mismas deducciones del diario del Viejo Antonio Starberth (que Timoteo tuvo a bien mostrarme) que el doctor Fell hizo tres años después. Inferí que debía haber valores ocultos en el pozo del “Nido de Brujas”. Si eran convertibles —joyas u oro en barras— ahora podría yo renunciar y desaparecer.
No insistiré en esta parte. La casualidad, la vil casualidad, interfirió de nuevo. ¿Por qué permite Dios tales cosas? Yo había hallado el escondite y quedé encantado al ver que eran piedras preciosas.
Conocía de antes un hombre de confianza en Londres, un revendedor que podía venderlas muy satisfactoriamente en Amberes… Me disgusta la palabra revendedor que empaña lo que algunos han llamado la pureza addisoniana de mi prosa; pero dejemos eso… Digo pues que encontré las piedras y que prudentemente su valor se podía calcular en unas cinco mil libras.
Era (lo recuerdo claramente) la tarde del 18 de octubre cuando hice este descubrimiento. Mientras estaba de cuclillas en el escondite contemplando la caja abierta que contenía estas piedras, y cubriendo la luz para que no la vieran desde el exterior, me pareció que había oído un ruido afuera, en el pozo. Tuve apenas tiempo de ver la cuerda que se balanceaba y una delgada pierna que desaparecía de la boca de la abertura, y oí la risa inconfundible de Timoteo Starberth. Seguramente había notado algo extraño en el pozo. Había descendido y me había visto, y ahora subía a reírse. Puedo agregar aquí que él había alimentado siempre la más incomprensible antipatía, o más bien odio, contra la iglesia y todas las cosas santas, y a veces lindaba su actitud con la blasfemia. De todas las personas era él quien más podía dañarme. Aunque no hubiera descubierto mi hallazgo (y ciertamente lo había hecho) su regocijo al encontrarme ocupado en esto arruinaba todas mis esperanzas.
Aquí debo señalar un rasgo curioso de mi propio carácter. Hay ocasiones en que parecería que pierdo totalmente el control sobre mis actos reflejos y en las cuales se diría que siento placer causándome sufrimientos físicos. Ya de pequeño había enterrado conejos vivos y arrancado las alas a las moscas. En mi edad madura esto sucedió en ciertos actos extraordinarios, que me cuesta recordar y trato de ocultar, y que a menudo me han espantado… Pero, continuemos. Lo encontré parado al borde del pozo, esperando que yo saliera. Sus ropas de equitación chorreaban agua. Se doblaba de risa y su barba le tocaba la rodilla. La preciosa caja la llevaba yo oculta en la chaqueta; en la mano tenía la pequeña barra.
Mientras continuaba riéndose casi me había vuelto la espalda. Asesté el golpe. Y luego del primero continué golpeándolo después que estaba en el suelo. No puedo jactarme de que en aquel momento mi plan estuviera muy madurado, pero entonces había tomado forma y resolví sacar provecho de la leyenda de que los Starberth morían con el cuello fracturado. Le rompí el cuello con la barra de hierro y cuando había oscurecido lo arrojé en un matorral, haciendo que su caballo quedara cerca.
Se comprende fácilmente mi terror cuando más tarde y ya calmado, supe que no sólo no estaba muerto sino que deseaba verme. El doctor Fell me ha dicho hace unos momentos que este hecho fué el que primero le inspiró sospechas contra mí: a saber, que Timoteo Starberth me hiciera acudir hasta su lecho, y que habláramos solos. La natural agitación después de esta conferencia (agitación que apenas podía ocultar) no escapó a los ojos del doctor Fell. En una palabra, el señor Starberth me dijo lo que el doctor Fell nos explicó el otro día, es decir su plan de depositar una exposición de mi crimen en la bóveda de la Pieza del Gobernador, de modo que una prueba del crimen pendiera sobre mi cabeza durante tres años. Cuando le oí decir esto no supe qué hacer. Se me ocurrió estrangularlo pero hubiera gritado y yo habría sido apresado al instante. Y pensé que en tres años yo encontraría algún medio para frustrar su propósito. Cuando volví adonde estaban los otros cuidé de sugerirles que el anciano estaba loco, a fin de evitar qué en un momento de descuido me descubriera antes de morir.
No es preciso que explique aquí los muchos planes que elaboré para apoderarme del papel. Quedaron en nada. En vez de poder renunciar y abandonar Chatterham, ahora me encontraba atado de pies y manos. Cierto que en tres años podía poner mucha tierra entre Lincolnshire y yo, pero una razón abrumadora me hacía desistir.
Si yo desaparecía se realizaría una investigación sobre Tomás Saunders, de la que resultaría inevitablemente que el verdadero Tomás Saunders había muerto, a menos, claro está, que cada vez que investigaran yo me presentase y detuviese la acción. Si yo hubiese estado libre de esta acusación por asesinato que me amenazaba desde la bóveda de la Pieza del Gobernador, me podía presentar; podia pasar sencillamente por Tomás Saunders que había renunciado a su parroquia. Pero si era Tomás Saunders el fugitivo —como lo seré siempre— entonces se sabría lo que había ocurrido al verdadero Tomás Saunders de Auckland y se me creería culpable de crimen contra él. En cualquiera de los dos casos, si yo desapareciera entonces, tendría que hacer frente a una acusación por asesinato. La única solución era robar de algún modo de la bóveda, el documento fatal.
Por lo tanto me dediqué a lograr la confianza del joven Martín antes de que partiese para América. Creo que puedo decir, sin que merezca el cargo de jactancioso, que mi poder de atracción es suficiente para hacer un fiel amigo de cualquiera que yo me proponga. Lo hice con Martín que aparte de ser algo engreído y caprichoso, era un joven de lo más simpático. Me habló de las llaves para llegar a la bóveda, de las condiciones y de todo lo referente a sus obligaciones en la víspera de cumplir sus veinticinco años. Yo en aquel tiempo, hará unos dos años, estaba nervioso. A medida que transcurría el tiempo, notaba por las cartas que me escribía desde América que su temor había llegado a ser patológico (si puedo decirlo así), y vi que podía aprovechar este temor y la conocida admiración de Herbert por Martín, su brillante primo. Naturalmente que mi propósito era apoderarme del papel; era desgracia que tuviera que matar a Martín para hacerlo —la verdad es que me gustaba mucho Martín—, y como corolario, incluir la muerte de su primo Herbert, pero como se verá, mi posición era muy precaria.
He indicado ya que mi plan se basaba en el temor de Martín y en la devoción de Herbert, pero había un tercer factor. Ambos jóvenes eran sorprendentemente parecidos en complexión y apariencia general. A cierta distancia se podía confundir fácilmente el uno con el otro.
Entrando en su confianza yo expuse mi combinación. No sería necesario que Martín se sometiera a los terrores de esa guardia. La noche de ella, inmediatamente después de la cena, irían a sus respectivos cuartos; y para evitar el peligro de que alguna persona fuera a ver a alguno de ellos y se descubriera el cambio, Martín debía ordenar que nadie fuera a verlo. Herbert debía vestirse con la ropa de Martín y éste con las de su primo. Para no perder tiempo cuando estuviera terminada la guardia (sugerí), Herbert debía poner en una valija ropa suya y de Martín y dársela a éste, que la pondría detrás del asiento de la motocicleta de Herbert. Inmediatamente después partiría en la moto, por un camino por detrás de la casa para la parroquia. A la hora debida Herbert partiría para la Pieza del Gobernador, llevando las llaves y cumpliendo las instrucciones tradicionales de los Starberth.
Como se comprende, esto es lo que yo les dije a ellos. Mis propios planes eran diferentes, pero ya los veremos. A las doce en punto Herbert debía salir de la Pieza del Gobernador y Martín, habiendo ya cambiado su ropa en la parroquia y regresado, debía estar ya esperándolo con la motocicleta, en el camino, delante de la prisión. Entonces Herbert entregaría a su primo las llaves, la lámpara y la prueba escrita de que había cumplido su guardia y Martín volvería a pie a la Residencia. Herbert tomaría la motocicleta, fría a la parroquia, cambiaría de ropa y también regresaría, aparentemente luego de una excursión por la campaña, a fin de calmar sus nervios, durante la prueba de su primo.
Innecesario es decir que mi propio plan era: Primero, proporcionarme una coartada absolutamente invulnerable; y, segundo, arreglar las cosas de modo que el asesinato de Martín pareciese obra de Herbert. Con este fin toqué fuertemente los resortes del orgullo familiar, que en sí es un sentimiento admirable. Sugerí que aunque se violase la letra estricta de la tradición, se preservase su espíritu. Herbert abriría la caja que estaba en la bóveda, pero no examinaría su contenido. Debía, en cambio, poner todo en su bolsillo y entregarlos a Martín cuando se encontraran a medianoche delante de la prisión. Volví. De regreso en la Residencia, Martín lo examinaría sin prisa. Si, a la mañana siguiente, el señor Payne protestaba de que se hubiese sacado de la caja de hierro algo que no se debía, Martín podía disculparse verosímilmente achacándolo a confusión. Confusión que de cualquier modo era inofensiva ya que confirmaba que se había cumplido el propósito de la prueba, es decir, que había pasado su hora prescripta en la Pieza del Gobernador.
Lo que tenía que hacer yo, estaba claro. Cuando Martín llegara a la parroquia, no más tarde de las 9 y 30, sería eliminado allí. Lamentaba no poder hacer indolora su muerte; pero con un golpe con una barra de hierro quedaría inconsciente, y entonces su cuello sería fracturado y le ocasionaría otras heridas. Entonces lo llevaría, sin provocar ninguna sospecha, hasta el “Nido de Brujas” y lo pondría al pie de la muralla. El almanaque pronosticaba tiempo oscuro y lluvioso, lo que resultó una profecía exacta. Luego de esto iría a lo del doctor Fell. Como yo había sugerido previamente que nos reuniéramos para vigilar la ventana de la Pieza del Gobernador, me pareció que era imposible asegurarse una coartada más segura.
Cuando —a media noche— se extinguiera la luz en la Pieza del Gobernador, a la hora exacta, la inquietud de los observadores se calmaría sin dificultad. Llegarían a la conclusión de que Martín había salido sano y salvo de la prueba. Un momento después me iría. Yo sabía que Herbert esperaría pacientemente delante de la prisión todo el tiempo que yo quisiese, ya que aguardaba a su primo; y no quería ser visto. Cuanto más demorase yo tanto mejor sería. Cuando saliese de lo de Fell dejaría mi auto y me reuniría con Herbert. Le diría que durante mi ausencia su primo se había emborrachado (cosa que se podía creer con toda facilidad por la conducta anterior de Martín) y que era necesario que me acompañase allá a fin de hacer que Martín pudiese andar antes que su hermana se alarmase.
Con las llaves, la lámpara y el contenido de la caja de acero, volvería conmigo a la parroquia. No había necesidad de subterfugios en este caso; una bala bastaría. Más tarde, durante la noche, yo volvería sin peligro a la prisión y me aseguraría de que Herbert no hubiera pasado por alto alguna cosa. Yo había tratado de hallar un motivo para hacerle abrir la puerta del balcón, pero temí despertarle algún recelo y determiné hacerlo yo mismo.
En cuanto a los sucesos materiales apenas es necesario relatarlos. Sin embargo, en un detalle (que indicaré) mis cálculos fallaron. Creo que puedo decir que mi serenidad me salvó de una situación de peligro. El azar solamente me derrotó. Herbert fué visto por el mayordomo cuando ponía las ropas en la valija: era señal de fuga. Martín —a quien ellos confundían con Herbert— fué visto cuando iba en la motocicleta por una callejuela trasera: otro signo de fuga. Ocurrió también que la señorita Starberth fué al vestíbulo (caso imprevisto) cuando Herbert, personificando a Martín, salía de la casa. Pero lo vió sólo dé espaldas a distancia y con una luz dudosa; cuando fué interpelado murmuró simplemente algo entre dientes simulando ebriedad, y así evitó que lo reconociera. Ninguno de los dos fué, en ningún momento, interpelado o visto cuando tomaba la representación del otro. Cuando Budge llevó la linterna al cuarto de Martín, donde esperaba Herbert, no la dió a nadie, como él observó; simplemente la dejó fuera de la puerta. Cuando Budge iba a buscar la linterna de la bicicleta, vió a Martín (era en plena noche) que se alejaba.
Apliqué procedimientos letales contra Martín. Confieso que tuve vacilaciones al hacerlo, pues él me estrechaba las manos casi llorando y dándome las gracias por haberlo liberado de los terrores que más temía. Pero le asesté repentinamente un golpe cuando se inclinaba sobre la botella, y me sentí animado y dispuesto. Pesaba muy poco. Se me considera hombre muy fuerte y no tuve la menor dificultad. Una callejuela que pasa por detrás de Yew Cottage, me llevó a las cercanías de la prisión; acomodé el cuerpo bajo el balcón y al lado del pozo, y volví a lo del doctor Fell. Aunque había coqueteado con la idea de hacer que los hierros del pozo lo atravesaran, para producir un detalle más realista y dar fuerza mayor a la vieja historia de la muerte de Antonio, desistí de ella por parecerme un retoque demasiado perfecto, una confirmación demasiado estudiada de la maldición de los Starberth.
Ahora mi único temor era que Herbert saliese de la casa sano y salvo. Sin querer hablar mal del muerto, creo que puedo decir que era hombre lerdo, tosco, nada rápido para pensar en momentos de emergencia. Hasta le había costado trabajo comprender mi plan y tuvo con Martín varias discusiones acaloradas y casi desagradables… Sea como sea, el doctor Fell me dice que mientras estaba esperando en el jardín el toque de las once, me excedí. Mi nerviosidad y mi pregunta un tanto extemporánea “¿Dónde está Herbert?” en el instante crítico de la esperable hicieron cavilar un poco, pero me atrevo a recordar que había atravesado un período, de tensión emotiva y no se podían esperar sino manifestaciones de esa clase.
Y ahora hablemos de otro esfuerzo de la casualidad, baja y diabólica, para causar mi perdición. Me refiero, por supuesto, los diez minutos de diferencia en los relojes. Por un tiempo me preocupó el misterio: si Herbert había llegado a la Pieza del Gobernador casi al toque de las once de la hora verdadera, cómo luego había apagado su luz diez minutos antes de lo debido, y así precipitado casi la catástrofe. Pero, lamento decir que vi anticipada la respuesta a mis preguntas, cuando el doctor Fell interrogó a los sirvientes en la casa de Starberth. Herbert tenía su reloj adelantado. Pero mientras aguardaba en el cuarto de Martín fue natural que mirara el reloj que estaba allí. Ordenó a la sirvienta que arreglara todos los relojes y dió por cierto que ella lo había hecho. En el cuarto de Martín había un gran reloj con la hora exacta, cosa que observó el doctor Fell. Por eso Herbert salió de la Residencia a la hora exacta. Pero en la Pieza del Gobernador no tenía sino su reloj, por lo cual salió antes de tiempo.
En este punto, no por falla de mi previsión sino debido puramente a la casualidad, el joven americano (por el que siento alto respeto) había llegado a un estado crítico de tensión nerviosa. Decidió lanzarse a través del prado. Traté de disuadirlo; hubiese sido fatal que se encontrase con Herbert que salía de la prisión, y hubiera resultado mi desastre. Por lo que viendo que era imposible detenerlo, lo seguí. La vista de un eclesiástico corriendo bajo la lluvia, sin sombrero, como un muchacho que retoza en el campo, no dejó de llamar la atención del doctor Fell, pero otras cosas me urgían en esos momentos. Y vi lo que yo había esperado y que no era sino natural… Él corría hacia el “Nido de Brujas” y no hacia la puerta de la prisión.
Y luego tuve un rasgo de inspiración del cual no puedo jactarme porque es una parte de mi carácter y no desarrollo consciente. Vi cómo este peligro podía ser convertido en ventaja. Corrí —como era natural en un hombre que estuviese desprevenido de todo— hacia la puerta de la prisión. Había prevenido mucho a Herbert de que, aunque debía mostrar su luz a la ida, debía absolutamente ocultarla cuando, saliera; alguien podía ver su encuentro con Martín y hacerse preguntas.
Todo sucedió con una sincronización que no puedo considerar sino como debida a mi previsión. Un poco por la lluvia y otro poco por la oscuridad, el americano se extravió, y tuve amplio tiempo para encontrarme con Herbert. Me aseguré de que llevaba el documento. Le dije brevemente, en medio de la tormenta y la oscuridad, que había calculado mal (¡invención profética!) que estaba diez minutos adelantado y que Martín estaba todavía en la parroquia. Agregué que los observadores parecían desconfiar y que andaban en derredor nuestro. Debía regresar a prisa a la parroquia, a pie y haciendo un rodeo. Yo temía de veras que dejase ver su luz, y se la quité de la mano, pensando librarme de ella arrojándola en el bosque. Pero otra chispa de inspiración me sugirió un plan mejor. Salvo en los momentos en que brillaba un relámpago, el americano no podía ver nada. En consecuencia aplasté la linterna con el pie y cuando corría a reunirme con él la dejé caer, sencillamente, cerca del muro. En tales momentos críticos es cuando el cerebro nos sorprende con la rapidez y delicada complejidad de sus concepciones.
No tenía ahora nada que temer. Herbert iría a pie. Era imposible que el americano no hallase el cuerpo de Martín, pero si no lo hallaba, yo lo haría. Y como además yo tenía el único coche a mano en esos instantes, sería enviado a Chatterham a buscar el doctor o la policía. Tendría tiempo de anticiparme a Herbert en la parroquia.
No necesito decir que las cosas resultaron así. Tuve una tarea sobrehumana esa noche, pero me había dispuesto fríamente; y ahora que había matado a Martín, este hecho, por un estímulo inexplicable, me hubiese impulsado a hacerlo con otra docena. Antes de llegar a la casa del doctor Markley (tal como lo dije al jefe de policía) hice un alto en la parroquia, con toda naturalidad, para tomar mi impermeable.
Me había demorado unos momentos y apenas si me anticipé por un instante a Herbert. Habría sido más prudente acercarme y disparar sobre él a quemarropa para producir menos ruido; pero la parroquia está aislada y no hay peligro de que se oiga un disparo de revólver; hasta me pareció más elegante mantenerme lejos y herirle en medio de los ojos.
Me puse entonces mi impermeable y volví a la prisión llevando al doctor Markley.
Para la una habíamos terminado todo. Tenía pues varias horas antes de que aclarase, para completar mis cosas. Nunca me he sentido tan impulsado a ordenar y asear todo, como uno se complace en limpiar y arreglar un cuarto. Podía haber ocultado el cuerpo de Herbert —al menos momentáneamente— en el sótano donde había ya puesto la bicicleta, la valija y ciertos implementos que había usado con Martín. Pero debía ir a acostarme con la casa, por así decirlo, barrida y adornada. Por otra parte quería que la muerte de Martín señalara a su primo y no debía descuidar ningún azar.
Todo lo que hice, lo hice esa noche. No fué cosa fatigosa ya que el cuerpo era muy liviano. Conociendo tan bien el camino ni siquiera me hizo falta luz. Tantas veces había hecho caminatas solitarias por la prisión, de pie sobre sus muros (y me temo, visto con frecuencia), de pie, digo, sobre sus muros —recorriendo sus históricas galerías con una cita apropiada en los labios— que podía andar con los ojos vendados. Con las llaves de los Starberth en mi poder tenía acceso ahora a la Pieza del Gobernador. Largo tiempo estuve dudando si la puerta al balcón había estado alguna vez con llave o no. En todo caso (como he indicado) podía estar sin ella. Puse la llave y la hice girar. Mi plan fué completado. Otra cosa. A la caja de acero que contenía los documentos la arrojé posteriormente al pozo. Lo hice porque todavía recelaba (más aún, temía) la diabólica astucia de Timoteo, a quien yo matara. Temía otro documento, acaso algún compartimiento secreto; y quería estar seguro.
Me causa gracia recordar que anoche casi me atrapan. Comencé a sospechar de tantas conferencias en casa de Fell, y debidamente armado, me puse a vigilar. Alguien trató de interceptarme el paso y disparé; me tranquilicé al saber hoy que era Budge, el mayordomo. Anteriormente en esta narración dije que sería franco: retiro ahora esa promesa. Hay algo que no diré, aunque sé que dentro de unos momentos debo aplicar un arma a mis sienes y apretar el gatillo. A veces, en la noche, he visto rostros. Anoche me pareció que veía uno también y por un instante, quedé aterrado. No hablaré de ello. Cosas así confunden la lógica sutil de mis planes. Esto es lo que puedo decir.
Y ahora, señores que leerán esto, casi he terminado. Mis transacciones con mi amigo el vendedor de diamantes han sido realizadas —no demasiado a menudo para no despertar sospechas— durante años. Yo estaba preparado. Cuando a modo de remate de las agresiones de la mala suerte, recibí una carta en que tío me avisaba que venía a visitar Inglaterra luego de diez años, lo tomé con tranquila resignación. En una palabra: estaba cansado, había luchado durante demasiado tiempo. De modo que difundí por todo el condado las nuevas de que venía mi tío; como subterfugio rogué a Sir Benjamín que fuera a recibirlo, sabiendo que rehusaría y que insistiría en que fuese yo en su lugar. Yo habría desaparecido. Durante tres años he meditado tanto sobre el azar y las malas pasadas que juega a los hombres, que ya no me parecía esencial una vida llena de seguridad.
El doctor Fell ha tenido a bien dejarme su pistola. No quiero usarla todavía. El hombre tiene mucha influencia en Scotland Yard…
Se me ocurre ahora que debí haber hecho fuego sobre él. Con la muerte tan próxima, creo que soportaría la idea de ser ahorcado con tal de que faltasen algunas semanas. La lámpara no tiene luz para mucho y me hubiese gustado matarme de un modo más distinguido, con un ademán adecuado y ropas más convenientes.
La facilidad que he tenido en mis sermones escritos parece abandonarme. ¿He blasfemado? Un hombre de mis dotes, me digo a mí mismo, no podría razonablemente hacerlo, desde que mis principios —aunque yo no esté ordenado ni ello sea posible— eran de lo más ortodoxos. ¿En qué consistía la falla de mis planes?, pregunté al doctor Fell. Por ese motivo quería verlo. Sus sospechas contra mí se convirtieron en certidumbre cuando yo, en un momento de excesiva audacia, dije, para desviar cualquier duda que tuvieran, que en su lecho de muerte Timoteo Starberth había acusado a uno de su propia familia de ser su asesino. Fui audaz, pero lógico. Si hubiese tenido una oportunidad en esta vida, una oportunidad para mis brillantes —brillantes— dotes, yo sería un gran hombre. Me cuesta dejar la pluma porque después debo tomar la otra cosa.
Odio a todos. Aniquilaría al mundo si pudiera. Ahora debo dispararme un tiro. He blasfemado. Yo, que secretamente no he creído en Dios, ruego, ruego… Dios, ayúdame. No puedo escribir más; me siento mal.
TOMÁS SAUNDERS
No se disparó el tiro. Cuando abrieron la puerta del estudio, lo vieron temblando, con la pistola cerca de su sien, pero sin ánimo para apretar el gatillo.

John Dickson Carr
Nido de brujas
Gideon Fell 

“Los Starberth mueren con el cuello quebrado”, era la curiosa leyenda que circulaba en Lincolnshire, donde la prisión de Chatterham, abandonada durante cien años, guardó sus secretos de muerte y terror desde los días en que las hechiceras eran colgadas en el “Nido de Brujas”. Scotland Yard interviene cuando Martín Starberth es asesinado. Alrededor de su muerte se tejen mil enigmas. ¿Cuál era el secreto de la caja de hierro? ¿Por qué adelantaban diez minutos los relojes de la residencia de los Starberth? ¿Dónde estaba la bicicleta verde y su guía espectral? Estos y muchos otros problemas son resueltos, no por Scotland Yard, sino por el genial profesor, el viejo doctor Fell.