24 septiembre 2026

2. Paloma blanca

2. Paloma blanca

Una vez era un matrimonio que tenía tres hijos; el primero se llamaba Serafín; el segundo Germán, y el tercero, Ricardo.

Un día se acercó Serafín a su padre y le dijo:

—Padre: écheme la bendición, que me voy por el mundo en busca de fortuna.

Serafín recibió la bendición de su padre, y este consejo:

—No sirvas nunca a hombre de barba roja; sirve a hombre de barba negra.

El joven cogió un palo y un zurrón y se marchó de su casa. Y allá, muy lejos, halló un señor de barba roja que le preguntó:

—¿Dónde vas?

—A buscar amo a quien servir.

—¿Quieres servirme a mí?

—De buena gana, si tuviera usted la barba negra; pero me ha dicho mi padre que no sirva a hombre de barba roja.

El señor se marchó y se tiñó la barba. Y por un atajo fue al encuentro del joven y le preguntó si quería irse de criado con él.

Serafín no lo reconoció y aceptó el empleo. Entonces el señor le llevó para su casa, y pasó un día, pasó otro, y no le mandaba hacer nada. A los siete días le dijo Serafín:

—Mi amo: ¿no me manda usted trabajar? Si no me necesita, me marcho.

Y le contestó el amo:

—Sí, vas a trabajar; prepara los bueyes, el carro, un cesto, tres o cuatro sacos, una cuerda y dos hachas, que vamos a ir al monte a por un carro de leña.

Fueron para el monte y allí hicieron una gran pila de leña y le pegaron fuego. Mientras ardía la leña, el señor leía un libro de magia, y cuando el fuego se consumió, en el sitio que había ocupado se abrió un pozo muy profundo, y dijo el amo:

—Serafín, ven acá. En el fondo de este pozo hay un tesoro; con la cuerda voy a bajarte allá para que cojas unos cuantos cestos de oro para nosotros dos; yo tiraré de ellos con la cuerda, y con el último cesto de oro te saco a ti.

Serafín bajó donde estaban las riquezas, y cuando concluyó de cargar el oro, se sentó en el cesto para salir. El señor tiró de la cuerda, y cuando Serafín iba llegando arriba, lo dejó caer al pozo. El señor se puso a leer en el libro mágico y el pozo se cerró.

Después metió el oro en los sacos, los puso en el carro y lo llevó para su casa.

Pasó algún tiempo, y los padres de Serafín comenzaron a ponerse tristes porque no recibían noticias de su hijo.

—No se aflija usted, padre —dijo Germán—; écheme la bendición, que ahora mismo voy en busca de mi hermano.

El padre le echó la bendición y le dio el mismo consejo que a Serafín.

Germán se fue por el mundo, provisto de un zurrón y un palo, y después de andar muchas leguas, halló al señor de la barba roja, el cual hizo con él lo mismo que había hecho con su hermano.

—Padre mío —dijo un día Ricardo—: en vista de que no tenemos noticias de Serafín ni de Germán, voy a ver si los encuentro; écheme la bendición, que quiero emprender el camino inmediatamente.

Ricardo recibió la bendición de su padre y el mismo consejo que sus hermanos. Marchó con el zurrón a cuestas y un palo en la mano. Un día halló al señor de la barba roja, con el cual se fue a servir en iguales condiciones que Serafín y Germán.

Pero cuando bajó al fondo del pozo a cargar los cestos de oro, al sentarse en el último cesto para salir, dijo:

—Con el peso del oro y el mío es fácil que se rompa la cuerda; lo mejor es que mi amo saque el cesto y después que me saque a mí.

El señor tiró del cesto y, creyendo que subía a Ricardo en él, soltó la cuerda. Y leyó el libro de magia y se cerró el pozo.

Ricardo, al verse allí encerrado, echó a andar por un pasillo, y se encontró los esqueletos de sus hermanos. Con los huesos de éstos franqueó la entrada de un agujero, se metió por él, y fue a dar a un jardín donde había una higuera cargada de higos maduros.

—¡Oh, qué higos tan hermosos para quitar el hambre! —dijo Ricardo—. Voy a comer unos cuantos.

Se subió a la higuera, y en cuanto alargó la mano para coger un higo, apareció un gigante y le dijo:

—¿Por dónde has entrado aquí? Baja, que te voy a comer esta noche.

—Por Dios, no me coma; si me perdona la vida, le digo dónde hay un tesoro muy grande.

—¡Ah, pícaro! ¿También tú sabes dónde guardo mis riquezas?

—Fue un señor que me bajó al pozo y me dejó allá encerrado. No me coma usted que puedo prestarle buenos servicios.

El gigante era viejo y aceptó el ofrecimiento de Ricardo, con el cual se encariñó en seguida, y le entregó las llaves del palacio, con la condición de que no entrara nunca en el cuarto del gigante.

Un día dijo Ricardo:

—¿Por qué no querrá mi amo que entre en su cuarto? Voy a entrar a ver qué tiene allí guardado.

Entonces abrió la puerta y vio entrar por la ventana una paloma blanca, otra dorada y otra amarilla. Las palomas se bañaron en una fuente de oro y se convirtieron en tres jóvenes.

Después de un rato de conversación entre sí, tomaron la forma de palomas y salieron volando por donde habían entrado.

Por la noche le preguntó el gigante a Ricardo:

—¿Qué has visto hoy en mi cuarto?

—No he visto nada, porque no entré en él.

—Yo sé que has entrado. Y no te castigo si me contestas a la pregunta que acabo de hacerte.

Ricardo le contó la verdad, y el gigante le dijo:

—Mañana vuelve a mi cuarto. Y cuando entren las palomas coge la pluma de la que más te guste.

A Ricardo le gustó la paloma blanca. Y cuando ésta dejó la pluma en la fuente de oro, para transformarse en mujer, Ricardo se la cogió, por lo cual la joven no pudo marcharse con sus compañeras.

Aquel mismo día el gigante llamó a Ricardo y le dijo:

—Cásate con la joven que has retenido en mi cuarto; se llama Paloma Blanca. Y la pluma que le has cogido guárdala en esta caja y no se la enseñes nunca; si se la enseñas te ocurrirán muchas desgracias.

Ricardo se casó con la joven, y después de algún tiempo le dijo al gigante:

—Mis padres no tienen noticias mías desde que salí de mi casa; si usted me da permiso, voy a verlos y llevo conmigo a mi mujer.

El gigante le dijo:

—Primero son tus padres que yo; ve a verlos cuando quieras y llévales un saco de oro de lo que tengo guardado en el pozo.

Ricardo llegó a casa de sus padres, acompañado de su mujer. Y le entregó el oro de parte del gigante. Y a su madre le dio a guardar la caja que contenía la pluma de Paloma Blanca, y le dijo:

—Que no vea mi mujer lo que hay dentro de esta caja.

Un día, mientras Ricardo estaba cazando, Paloma Blanca entró con su suegra en la habitación donde estaba la caja y dijo:

—¡Qué caja tan bonita! ¿De quién es?

—De tu marido.

—Quiero ver lo que hay dentro. Mi marido, sin duda, guarda en ella cartas de otra mujer.

Y se echó a llorar.

Entonces, su suegra abrió la caja, y Paloma Blanca metió las manos, sacó la pluma y dijo:

—¡Mi pluma! ¡Aquí está mi pluma!

Y se transformó en paloma y se marchó volando.

Cuando Ricardo volvió de cazar y se enteró de lo que había ocurrido, dijo a sus padres:

—No quitaré barba de mi cara, ni camisa de mi cuerpo, mientras no encuentre a Paloma Blanca; voy a preguntar por ella al gigante.

Fue a preguntar y el gigante le dijo:

—Paloma no volvió por aquí, ni volverá. Ve a preguntar por ella al gigante que vive al otro lado de la montaña; aquél sabe más que yo. Toma esta avellana y guárdala, que para algo te servirá.

Ricardo atravesó la montaña, fue a casa del gigante y éste le dijo en cuanto lo vio:

—¡Hola, Ricardo!

—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Ha visto usted a Paloma Blanca?

—No, no la vi. Ve a preguntar por ella al maestro de los gigantes; si éste no te dice dónde está, no te lo dice nadie. Pero ten cuidado que no te coma; a siete leguas de distancia huele la carne humana. Toma esta nuez y guárdala, que para algo te servirá.

Ricardo llegó a casa del maestro de los gigantes un día por la tarde y en ocasión en que estaba sola su mujer, la cual le dijo en cuanto llegó:

—¡Hola, Ricardo!

—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Ha visto usted a Paloma Blanca?

—¡No! La habrá visto el gigante; pero tú no puedes preguntarle por ella. Yo te ayudaré en este negocio, para lo cual tengo que esconderte en la casa.

Entonces la giganta leyó por el libro del gigante y transformó a Ricardo en una hormiga y la puso encima de una mesa, tapada con una taza.

Por la noche llegó el gigante y le preguntó a su mujer:

—¿A quién tienes en casa? Me huele a carne humana.

Será el olor que dejaron unos cazadores que pasaron por aquí esta mañana.

Cenaron y se acostaron, y cuando el gigante se durmió, la giganta le dio un puñetazo en la cara y despertó gritando:

—¡Qué haces, mujer!

—Soñaba que se había desencantado Paloma Blanca, y de alegría alargué los brazos para abrazarla, y lo que hice fue darte con la mano en la cara. Y a propósito de Paloma Blanca: ¿sabes dónde está?

—Sí; está a tres leguas de Peñanegra; pero es difícil ir allá, porque una legua es de agua, otra de fuego y otra de clavos colocados con la punta hacia arriba.

Cuando amaneció, la giganta leyó por el libro del gigante y sacó a Ricardo del estado de hormiga. Después le dijo lo que debía acerca de Paloma Blanca y lo despidió, diciéndole:

—Toma esta bellota y guárdala, que de algo bueno te servirá.

Llegó Ricardo a Peñanegra y encontró la legua de agua; como sabía nadar pasó fácilmente al otro lado. Pero allí estaba la legua de fuego, que le impedía continuar su camino.

Y para poder pasar quitó la corteza a un árbol, y después de empaparla en agua cubrió con ella su cuerpo y así logró llegar a la legua de clavos. Y la pasó valiéndose de la misma corteza envuelta en los pies.

Por fin, llegó al palacio donde estaba encantada Paloma Blanca y fue recibido por una procesión de brujas, con estas palabras:

—¡Hola, Ricardo!

—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Han visto ustedes a Paloma Blanca?

—No; no la hemos visto.

Ricardo cenó con las brujas, y al final de la cena cascó la avellana y salió de ella un palacio precioso.

—Si nos regalas ese palacio —le dijeron las brujas—, te traemos a Paloma Blanca y duermes esta noche con ella.

Ricardo aceptó la proposición muy contento. Después le dieron a tomar cierta bebida que le transformó. En esto acudió Paloma Blanca, se lo llevó a la cama y durmió con él hasta la hora del alba, en que abandonó el lecho.

Cuando Ricardo volvió en sí, tenía una idea de que no había dormido solo.

Llegó la noche, y después de cenar, Ricardo cascó la nuez y salió de ella un palacio más hermoso que el que había salido de la avellana. Las brujas se lo pidieron a cambio de que le entregaran a Paloma Blanca.

Él aceptó, y le ocurrió un caso igual al de la noche anterior. Y por la mañana le dijeron las brujas:

—Vamos a salir de paseo y mientras tanto te quedas aquí solo; puedes recorrer todo el palacio, pero líbrate de entrar en el cuarto del corredor.

En cuanto se marcharon las brujas, Ricardo entró en aquel cuarto, y allí encontró a Paloma Blanca. Se abrazaron llenos de alegría y ella le dijo:

—Esta noche, después de cenar, rompe la cáscara de la bellota; de ella saldrá un palacio maravilloso, regálaselo a las brujas como les regalaste los otros, pero guárdate de beber ninguna clase de bebidas para no perder el sentido, como lo perdiste las dos noches pasadas.

Ricardo les regaló el palacio a las brujas; después hizo como que bebía la bebida que le ofrecieron y que había perdido el sentido. Entonces Paloma Blanca se lo llevó a la cama, y al amanecer le dijo muy bajo para que no le oyeran las brujas:

—Levántate y coge una piedra negra que hay debajo de la cama, y con ella rompe la lámpara de la escalera en siete pedazos.

La rompió, y Paloma Blanca salió de su encantamiento, y fue muy feliz con Ricardo en aquel palacio, donde vivieron toda la vida.

Y cuento contao, por la chimenea se va al tejao.


Antonio Rodríguez Almodóvar

Cuentos al amor de la lumbre

Ilustración con rana

Reinterpretación de mis fotos en el Botánico de Madrid

18 septiembre 2026

Blancaflor, la hija del diablo

 1. Blancaflor, la hija del diablo

Había una vez un rey y una reina que, después de casados, estuvieron mucho tiempo sin tener descendencia. La reina iba todos los días a pedirle a Dios que les mandara un hijo, aunque a los veinte años se lo llevara el diablo. El rey iba a cazar fieras todos los días, pero había tantas fieras para él solo, que un día vino del bosque y le dijo a su mujer:

—El primer hijo que tengamos se lo prometo al diablo.

Por fin Dios les mandó un hijo tan hermoso, que no había otro como él. Era además tan fuerte, que a los tres años ya iba a matar fieras y mataba más que su padre.

Pero de mayor se hizo también muy jugador y a todo el mundo le ganaba. Un día se encontró con un caballero que resultó ser el diablo. Se puso a jugar con él, y el diablo dejó que le ganara todo el dinero. Quedaron citados para jugar otro día, pero ese día el diablo le ganó al hijo del rey todo el dinero que llevaba. Entonces le preguntó que si quería jugarse el alma, y el hijo del rey contestó que sí. Se pusieron a jugar y le ganó el alma. El diablo le dijo entonces que si quería recuperarla tenía que ir a su castillo a realizar tres trabajos que le mandaría.

A esto ya tenía el hijo del rey veinte años, cuando le dijo a su padre:

—Padre, prepáreme usted un caballo y unas alforjas, que me voy camino adelante.

El padre le dio el mejor caballo que tenía. La madre le preparó la comida, pero no dejaba de llorar. El hijo le preguntó que por qué lloraba tanto y ella entonces le contó cómo le había pedido a Dios un hijo, aunque se lo llevara el diablo. El muchacho le dijo que no se preocupara y se marchó.

Por el camino se encontró con una pobre anciana, que le pidió un trocito de pan, y el muchacho le dio todo el que llevaba. Entonces ella le preguntó:

—¿Adónde vas?

—Voy al castillo del diablo.

—Pues por tu buena acción —dijo la anciana— te diré que tienes que llegar a un río que está cerca del Castillo de Irás y no Volverás, y adónde todos los días van a bañarse tres palomas, que son las hijas del diablo. Cuando llegues allí se estarán bañando. Tú le esconderás la ropa a la más pequeña, que se llama Blancaflor, y no se la des hasta que te pregunte tres veces por ella y te prometa su ayuda en todo lo que necesites.

—¿Y cómo llegaré a ese río? —preguntó el príncipe.

—En el pueblo más próximo vive la dueña de las aves, que es hermana del sol y de la luna. Pregúntale a ella.

El príncipe siguió andando y llegó por fin a la casa de las aves. Llamó a la puerta y salió a recibirle una bruja, que le dijo:

—¿Quién te manda por aquí, que tan mal te quiere?

—Voy buscando el Castillo de Irás y no Volverás y vengo a que usted me diga dónde se encuentra —contestó el príncipe.

—¡Huy, yo no sé dónde está eso! Pero alguna de mis aves, que van por todas partes, lo sabrá. Esta noche, cuando vengan después de que se recoja el sol, se lo preguntaremos. Pero escóndete en ese rincón, si no mi hermano el sol te abrasará con sus rayos o mi hermana la luna te descubrirá.

Llegó el sol y se puso a gritar:

—¡A carne humana me huele! ¡Si no me la das, te mato!

Y contestó la bruja:

—Anda, déjalo, que es un pobre muchacho que anda buscando el Castillo de Irás y no Volverás, y está esperando que lleguen las aves para preguntárselo.

Después llegó la luna y pasó lo mismo:

—¡A carne humana me huele! ¡Si no me la das, te mato!

—Anda, déjalo, que es un pobre muchacho que anda buscando el Castillo de Irás y no Volverás, y está esperando que lleguen las aves para preguntárselo.

Bueno, pues fueron llegando las aves de todas partes del mundo, y a todas les iban preguntando si sabían dónde estaba el Castillo de Irás y no Volverás, y todas decían que nunca habían oído hablar de él. Entonces dijo la bruja:

—Pues ya sólo queda el águila coja, que llega siempre la última.

Por fin llegó el águila coja y se lo preguntaron, y contestó:

—Ya lo creo que lo sé. Eso está al otro lado del mar.

—¿Y tú podrías llevar a este muchacho? —le preguntó la bruja.

—Eso está muy lejos —contestó el águila— y necesitaría mucha comida para la travesía del mar. Por lo menos una caballería muerta y que me metieran un cacho en la boca cada vez que lo pidiera.

El príncipe dijo entonces que estaba dispuesto a matar su caballo y dárselo de comer cuando se lo pidiera. El águila dijo que bueno. Y así fue: el príncipe mató a su caballo y lo montó atravesado encima del águila; luego se montó él y el águila emprendió el vuelo. Cada cierto tiempo ésta decía:

—¡Príncipe, carne!

Y el príncipe le metía en el pico un trozo de carne del caballo. Así durante mucho tiempo, hasta que se acabó toda la carne y todavía no habían atravesado el mar. El águila dijo:

—Pues lo siento, pero si no me das más comida, no podré seguir adelante y tendré que tirarte al mar.

—¡No, espera! —dijo el príncipe—. Me cortaré un trozo de mi propia carne y te lo daré.

El águila se compadeció entonces de él y le dijo:

—No es preciso. Haré un último esfuerzo y te soltaré cerca de un río que hay antes de llegar al Castillo de Irás y no Volverás.

Y así fue. Cuando llegó el príncipe a la orilla del río, ya se estaban bañando las tres hijas del diablo.

Las dos mayores salieron, se vistieron y se volvieron palomas. La menor, que era la más hermosa, se acercó al muchacho y le pidió sus ropas, a lo que él le dijo:

—Te tienes que casar conmigo.

—Está bien —contestó Blancaflor—. Ya sabía yo que vendrías. Toma este anillo y póntelo.

El príncipe le dio sus vestidos. Ella se los puso y al instante se volvió paloma.

—Móntate sobre mí y vámonos al castillo —dijo Blancaflor.

Cuando llegaron al castillo, salió el demonio a recibirlos y en seguida le mandó que hiciera el primer trabajo.

—Para mañana —le dijo— tienes que allanar aquella ladera, ararla, sembrar el trigo, segarlo, molerlo y traerme el pan.

El muchacho cogió un azadón y se fue para la montaña. Pero cuando vio que era toda de piedras, se echó a llorar. Llorando como estaba se restregó los ojos con el anillo y al momento se le apareció Blancaflor.

—¿Qué te pasa? —le preguntó ella.

—Pues nada —contestó él y le contó lo que su padre le había mandado.

—No te apures —dijo ella—, échate en mi falda y duérmete.

Cuando el muchacho se despertó, ya estaba el pan hecho. Se lo presentó al demonio y éste le dijo:

—Muy bien. Pero… o tú andas con Blancaflor, o eres más demonio que yo. Ahora tienes que plantar este campo de vid y traerme por la tarde un buen canasto de uvas.

Otra vez el príncipe se echó a llorar, y, al restregarse los ojos con el anillo, se le apareció Blancaflor. Cuando se enteró ella de lo que pasaba, le dijo que se echara a dormir. Cuando el príncipe se despertó, no tuvo más que coger el canasto lleno de uvas y llevárselo al demonio, que le dijo:

—Muy bien. Pero… o tú andas con Blancaflor, o eres más demonio que yo. Todavía me falta lo principal. Una vez una tatarabuela mía pasó por el estrecho de Gibraltar y se le cayó al mar una sortija. Quiero que vayas y me la traigas.

Cuando Blancaflor se enteró de lo que su padre había pedido, le dijo al príncipe.

—Pues ahora tienes que matarme con este cuchillo y recoger toda mi sangre en esta botella, sin que se pierda una sola gota. Luego me echas al mar y te pones a tocar la guitarra sin parar.

—¡Ay, que yo no puedo matarte! —exclamó el muchacho.

Pero ella le dijo que tenía que ser así. Entonces el príncipe hizo todo tal como se lo había dicho Blancaflor, aunque se le cayó una gota de sangre al suelo. Se puso a tocar la guitarra, y al poco rato salió del agua la muchacha con la sortija en la boca y más hermosa que había entrado. Tan sólo le faltaba un trocito de un dedo por la gota de sangre que se perdió. El príncipe le llevó la sortija al demonio, que otra vez le dijo:

—O tú andas con Blancaflor o eres más demonio que yo —y añadió—: Está bien. Podéis casaros, pero no se celebrará la boda ni dormiréis juntos. Y antes tienes que averiguar cuál de mis tres hijas es Blancaflor. Si no, te mataré.

El demonio mandó a sus tres hijas que asomaran un dedo por debajo de la puerta, para que el muchacho tuviera que adivinar cuál de ellos pertenecía a Blancaflor. La muchacha metió el dedo que se le había quedado más corto, y así él la conoció.

Fueron a acostarse y Blancaflor le dijo al príncipe:

—Mi padre querrá matarnos ahora. De manera que nos tenemos que escapar. Ve a la cuadra. Allí verás dos caballos.

Uno gordo y bonito, que se llama Viento, y otro flaco y feo, que se llama Pensamiento. Tienes que coger el segundo y también la espada mohosa que hay en el armario, junto a otra nueva y reluciente.

Pero el príncipe, cuando llegó a la cuadra, pensó que mejor le servirían el caballo gordo y la espada nueva, y los cogió.

Blancaflor había puesto en la cama unos pellejos de vino y había echado tres salivas en un vaso para que respondieran por ellos cada vez que el demonio les preguntara algo desde el otro lado de la puerta. El demonio preguntaba y las salivas respondían, pero se fueron secando y su voz se hizo cada vez más débil, hasta que el demonio se creyó que estaban dormidos. Entonces entró y se puso a darles cuchilladas a los bultos, que empezaron a soltar chorros de vino.

—Estamos perdidos —dijo Blancaflor cuando llegó a la cuadra—. Este caballo es el del Viento. Vámonos corriendo.

El demonio, cuando se dio cuenta de que se habían escapado, cogió el caballo del Pensamiento y salió tras ellos.

Cuando ya los iba alcanzando, se convirtió en una fiera para matarlos. El muchacho se volvió y, al verla, le dijo a Blancaflor:

—Ahí viene una fiera que nos quiere agarrar.

Entonces ella tiró un peine por la cola del caballo. El peine se volvió un matorral de peines tan espeso, que el demonio tardó mucho tiempo en poder pasar. Cuando ya otra vez los alcanzaba, dijo ella:

—Toma esta navaja y tírala por la cola del caballo.

Al momento la navaja se volvió un matorral de navajas y el pobre demonio salió hecho pedazos. Pero otra vez los iba alcanzando y ella le dio al muchacho un puñado de sal para que lo tirara por la cola del caballo. La sal se convirtió en un monte de sal, y, al atravesarlo, se le metió al demonio en las heridas y daba éste unos gritos que temblaba la tierra.

Luego el caballo se volvió una ermita, ella una imagen y el príncipe el ermitaño. Cuando llegó el diablo, le preguntó si había visto pasar a una pareja montada en un caballo. Y el ermitaño le decía:

—Dinguilindán, dinguilindán. A misa tocan. ¡Si quiere usted entrar! —y lo repetía.

Hasta que el diablo se cansó de él y se dio la vuelta. Cuando llegó al castillo, la diabla le dijo:

—Tonto, si ésos eran ellos mismos.

Y el demonio dijo:

—Permita Dios que él se olvide de ella.

El príncipe y la hija del diablo continuaron su viaje al palacio del rey. Cuando llegaron al pueblo, él la dejó en una fuente y le dijo que esperara.

—Que no te abrace nadie. Porque, si alguien te abraza, me olvidarás —le dijo ella.

Llegó el príncipe al castillo. Salieron sus padres y él les dijo:

—Que nadie me abrace. Preparad las carrozas, que voy por mi mujer.

Entonces llegó la abuela por detrás, se le acercó y lo abrazó. Al momento el príncipe se olvidó de ella.

Blancaflor, cansada de esperar, se imaginó lo que pasaba. Se convirtió otra vez en paloma y empezó a volar alrededor del castillo, diciendo:

—¡Pobre de mí, paloma, en el campo y sola!

Y la reina le decía a su hijo:

—¿No habías dicho que preparáramos las carrozas para ir a por tu mujer?

—¡Qué mujer, si yo no estoy casado! —respondía el príncipe.

Con el tiempo el príncipe se echó otra novia y hubo torneos para preparar la boda. Blancaflor se dio cuenta de lo que pasaba y se metió de criada en el palacio. Era costumbre en esos tiempos que el que se casaba les regalase alguna cosa a los criados. Y ya le preguntó el príncipe a Blancaflor:

—Y tú ¿qué quieres que te regale?

—Una piedra de dolor y un cuchillo de amor —contestó ella.

El príncipe emprendió un viaje para comprar todos los regalos, pero la piedra de dolor y el cuchillo de amor no los encontraba por ninguna parte. Por fin dio con un viejecillo, que era el diablo, y que le dijo:

—Me quedan los últimos.

El príncipe se los compró y volvió al palacio. Les dio a todos sus regalos, pero, como no comprendía para qué querría aquella criada lo que le había traído, pensó esconderse para ver qué hacía.

Blancaflor cogió los dos regalos y los puso en la mesa. Le dijo a la piedra:

—Piedra de dolor, ¿no fui yo quien allanó la ladera, sembró el trigo, lo segó, lo molió y amasó el pan que el príncipe le llevó a mi padre?

Y la piedra contestó:

—Sí, tú fuiste.

Ya el príncipe empezaba a recordar algo. Y siguió diciendo la hija del diablo:

—Piedra de dolor, ¿no fui yo quien plantó un campo de vides y recogió la uva en un solo día para que el príncipe se la llevara a mi padre?

Y la piedra contestó:

—Sí, tú fuiste.

El príncipe ya iba recordándolo todo. Entonces dijo ella:

—Cuchillo de amor, ¿qué me merezco yo?

Y el cuchillo dijo:

—Que te des muerte, Blancaflor.

Y cuando ya se iba a dar muerte con el cuchillo, salió el príncipe de donde estaba escondido, la sujetó y le dijo:

—Perdóname, Blancaflor. Perdóname, que soy tu marido y te había olvidado.

Salieron y él les dijo a todos que aquélla era su mujer.


Antonio Rodríguez Almodóvar

Cuentos al amor de la lumbre

Parador de Cangas de Onís con san Pedro de Villanueva

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