31 octubre 2026

31 de octubre

 ESCENA TERCERA

Tres días después (31 de octubre de 1910). La sala de espera del edificio de la estación de Astápovo. A la derecha, una gran puerta acristalada lleva al andén. A la izquierda, una más pequeña da al cuarto del jefe de la estación, Iván Ivanovich Osoling. En los bancos de madera de la sala, y en torno a una mesa, están sentados unos cuantos pasajeros que esperan el expreso de Danlov. Campesinas que duermen, envueltas en sus pañuelos. Pequeños comerciantes, con abrigos de piel de oveja. Además de algunos empleados de la gran ciudad. Al parecer, funcionarios o comerciantes.
VIAJERO 1° (leyendo el periódico, dice de pronto en voz alta): ¡Lo ha hecho admirablemente! ¡Una excelente obra del viejo! Nadie lo habría esperado.
VIAJERO 2°: ¿Qué es lo que pasa?
VIAJERO 1°: Que se ha fugado Lev Tolstói. De su casa. Nadie sabe adónde. Se escapó por la noche. Se puso las botas y el abrigo de piel y así, sin equipaje y sin despedirse, se marchó de allí, acompañado únicamente por su médico, Duschan Petrovich.
VIAJERO 2°: Y a la vieja la ha dejado en casa. No resultará divertido para Sofia Andréievna. Él debe de tener ochenta y tres años. ¿Quién lo habría esperado de él? ¿Y dónde dices que se ha marchado?
VIAJERO 1°: Eso quisieran saber en su casa. Y los de los periódicos. Están enviando telegramas al mundo entero. Uno dice haberle visto en la frontera búlgara. Y otros hablan de Siberia. Pero nadie sabe nada a ciencia cierta. ¡Lo ha hecho bien, el viejo!
VIAJERO 3° (un joven estudiante): ¿Qué decís? ¿Que Lev Tolstói se ha marchado de su casa? Por favor, dame el periódico. Déjame que lo lea yo mismo. (Echa un vistazo.) Ah, qué bien. ¡Qué bien que por fin haya sacado fuerzas de flaqueza!
VIAJERO 1°: ¿Por qué está bien?
VIAJERO 3°: Porque su modo de vida era una afrenta contra su palabra. Ya le han obligado durante bastante tiempo a hacer de conde, ahogando su voz con lisonjas. Ahora por fin Lev Tolstói puede hablar libremente a los hombres desde su alma. Quiera Dios que por él el mundo se entere de lo que está pasando con el pueblo aquí en Rusia. Sí, es bueno. Que ese hombre santo se haya salvado al fin supone una bendición y la regeneración para Rusia.
VIAJERO 2°: Tal vez no sea todo cierto, lo que dicen aquí. Tal vez… (Se vuelve, para comprobar si alguien le escucha. Y susurra:) Tal vez lo hayan puesto en los periódicos para confundir y en realidad le han hecho desaparecer…
VIAJERO 1°: ¿Quién podría estar interesado en quitar de en medio a Lev Tolstói…?
VIAJERO 2°: Ellos… Todos aquellos a los que él obstaculiza el camino… Todos ellos. El sínodo. Y la policía. Y el ejército. Todos los que le tienen miedo. Así han desaparecido ya algunos… En el extranjero, según se ha dicho. Pero nosotros sabemos lo que quieren decir con el extranjero…
VIAJERO 1° (también en voz baja): Podría ser…
VIAJERO 3°: No, a eso no se atreven. Ese hombre solo, simplemente con su palabra, es más fuerte que todos ellos. No, a eso no se atreven, porque saben que le sacaríamos con nuestros puños.
VIAJERO 1° (bruscamente): Cuidado… Atención… Viene Cyrill Gregorovich… Rápido, esconde el periódico…
El jefe de policía, Cyrill Gregorovich, ha aparecido con su uniforme tras la puerta de cristal del andén. En seguida se dirige al cuarto del jefe de estación y llama a la puerta.
IVÁN IVANOVICH OSOLING (el jefe de estación, que sale de su cuarto, con la gorra de servicio puesta): Ah, es usted, Cyrill Gregorovich…
EL JEFE DE POLICÍA: Tengo que hablar ahora mismo con usted. ¿Está su esposa ahí dentro?
EL JEFE DE ESTACIÓN: Sí.
EL JEFE DE POLICÍA: Entonces mejor aquí. (Dirigiéndose a los viajeros, en tono rudo e imperioso.) El expreso de Danlov llegará enseguida. Por favor, despejen de inmediato la sala de espera y diríjanse al andén. (Todos se ponen en pie y empujándose se precipitan hacia la salida. El jefe de policía al jefe de estación:) Acaban de llegar unos importantes telegramas cifrados. Aseguran que en su huida Lev Tolstói se presentó antes de ayer en el monasterio de Schamardino para ver a su hermana. Ciertos indicios llevan a sospechar que tiene intención de continuar viaje desde allí. Desde entonces todos los trenes de Schamardino, sea cual sea su dirección, son escoltados por agentes de la policía.
EL JEFE DE ESTACIÓN: Pero aclárame una cosa, padrecito Cyrill Gregorovich. En realidad, ¿por qué? Si no es ningún agitador. Lev Tolstói es nuestra gloria. Ese gran hombre es un verdadero tesoro para nuestro país.
EL JEFE DE POLICÍA: Pero alborota más y supone un peligro mayor que todos los revolucionarios juntos. Además, a mí qué me importa. Yo sólo he recibido la orden de vigilar cada tren. Aunque en Moscú quieren que nuestra vigilancia sea por completo imperceptible. Por eso le ruego, Iván Ivanovich, que se dirija usted al andén en mi lugar, pues con el uniforme cualquiera podría reconocerme. En cuanto llegue el tren, se bajará un miembro de la policía secreta que le informará de lo que haya observado durante el trayecto. Yo a mi vez transmitiré el comunicado de inmediato.
Suena la campana que anuncia la llegada de un tren.
EL JEFE DE POLICÍA: Salude usted al agente sin llamar la atención, como si fuera un conocido, ¿de acuerdo? Los pasajeros no deben darse cuenta del control. Para nosotros, si lo ejecutamos todo hábilmente, puede ser de utilidad, pues cada informe va a parar a San Petersburgo, a las más altas instancias. Tal vez alguno de nosotros pesque alguna vez la Cruz de San Jorge.
El tren avanza con gran estruendo. El jefe de estación sale enseguida por la puerta de cristal. Tras unos minutos, los primeros pasajeros, campesinos y campesinas, con pesados cestos, cruzan la puerta de cristal. Algunos se sientan en la sala de espera, para descansar o preparar un té.
EL JEFE DE ESTACIÓN (de pronto, a través de la puerta, grita excitado a los que se han sentado allí): ¡Abandonen la sala de inmediato! ¡Todos! Enseguida…
LA GENTE (asombrada y refunfuñando): Pero, ¿por qué…? Si hemos pagado… ¿Por qué no podemos sentarnos aquí, en la sala de espera? Si sólo estamos esperando el tren de pasajeros.
EL JEFE DE ESTACIÓN (chillando): Enseguida. ¡He dicho que todos fuera de inmediato! (Con precipitación, los empuja hacia fuera. Vuelve corriendo a la puerta, que abre del todo.) Aquí, por favor. Lleven al señor conde ahí dentro.
Tolstói, al que Duschan sujeta por la derecha y Sascha por la izquierda, entra con esfuerzo. Se ha levantado el cuello del abrigo de piel y lleva un chal en torno. Pero se nota que su cuerpo, aun estando totalmente cubierto, tiembla y tirita de frío. Tras él entran cinco o seis personas.
EL JEFE DE ESTACIÓN (a los que entran): ¡Quédense fuera!
VOCES: Pero déjenos pasar… Sólo queremos ayudar a Lev Nikoláievich… Tal vez un poco de coñac o de té…
EL JEFE DE ESTACIÓN (muy excitado): ¡Nadie puede entrar aquí! (Con violencia los empuja hacia afuera y con pestillo cierra la puerta de cristal que da al andén. Pero en todo momento siguen viéndose rostros curiosos que pasan por detrás de la puerta y que espían el interior. El jefe de estación rápidamente ha agarrado un sillón y lo ha acercado a la mesa.) ¿No quiere Su Excelencia descansar un poco y sentarse?
TOLSTÓI: No, Excelencia no… Por Dios, ya no más. Es el final. (Agitado, mira a su alrededor y percibe a la gente que se encuentra tras la puerta de cristal.) Fuera… Que se vaya esa gente. Quiero estar solo… Siempre hay gente… Por una vez quiero estar solo.
Sascha corre hacia la puerta de cristal y a toda prisa la cubre con su abrigo.
DUSCHAN (hablando entre tanto en voz baja con el jefe de estación): Tenemos que acostarle de inmediato. En el tren le dio de repente un ataque de fiebre, más de cuarenta grados. Creo que no está bien. ¿Hay alguna casa de huéspedes por aquí cerca que tenga un par de habitaciones decentes?
EL JEFE DE ESTACIÓN: ¡No, ninguna! En todo Astápovo no hay una sola casa de huéspedes.
DUSCHAN: Pero debe acostarse enseguida. Ya ve usted la fiebre que tiene. Puede ser peligroso.
EL JEFE DE ESTACIÓN: Por supuesto que para mí sería un verdadero honor ofrecer a Lev Tolstói la habitación que tengo aquí al lado… Pero, discúlpeme… Es tan pobre… Tan sencilla. Un cuarto de servicio, en la planta baja, estrecho… ¿Cómo podría yo atreverme a dar cobijo en él a Lev Tolstói?
DUSCHAN: Eso no importa. Ahora tenemos que acostarle, como sea. (A Tolstói, que temblando de frío está sentado junto a la mesa, le sacuden repentinos escalofríos:) El señor jefe de estación es tan amable que nos ofrece una habitación. Tiene usted que descansar ahora mismo. Mañana estará otra vez como nuevo y podremos continuar viaje.
TOLSTÓI: ¿Continuar viaje? No, no. Creo que no seguiré. Éste ha sido mi último viaje. He llegado a la meta.
DUSCHAN (dándole ánimos): No se preocupe por ese poco de fiebre. No significa nada. Se ha enfriado usted un poco. Mañana se sentirá del todo bien.
TOLSTÓI: Ahora me siento muy bien… Muy, muy bien. Sólo que esta noche, fue horrible. Se me ocurrió que alguien de casa podría perseguirme, que me cogerían y que me llevarían de vuelta a aquel infierno… En ese momento me levanté y os desperté. Tan fuerte era el desgarro. Durante todo el camino ese miedo no me abandonó, ni la fiebre, que hizo que los dientes me castañetearan… Pero, ahora, desde que estoy aquí… Aunque, en realidad, ¿dónde estoy? Jamás he visto este lugar. Ahora todo es diferente… Ahora ya no tengo ningún miedo. Ya no vendrán a buscarme.
DUSCHAN: Seguro que no. Seguro. Puede usted acostarse tranquilo. Aquí no le encontrará nadie.
Entre los dos ayudan a Tolstói a levantarse.
EL JEFE DE ESTACIÓN (saliéndoles al paso): Les ruego que me disculpen… Sólo puedo ofrecerle una habitación muy sencilla… Mi propio cuarto. Y la cama tal vez tampoco sea buena… Sólo es una cama de hierro. Pero lo dispondré todo para que, enseguida con un telegrama, envíen otra con el próximo tren…
TOLSTÓI: No, no. No quiero otra… Durante demasiado tiempo las he tenido mejores que las de los demás. Cuanto peor sea ahora, tanto mejor para mí. ¿Cómo mueren los campesinos? Y, sin embargo, también tienen una buena muerte…
SASCHA (ayudándole): Ven, padre. Ven. Estarás cansado.
TOLSTÓI (deteniéndose de nuevo): No sé… Estoy cansado, tienes razón. Todos mis miembros tiran de mí hacia abajo. Estoy muy cansado, pero aún espero algo más… Es como cuando uno está cansado y sin embargo no puede dormirse, porque piensa en algo bueno que le espera y no quiere perder esa idea al dormirse… Es extraño, nunca hasta ahora me había sentido así… Tal vez sea algo propio de la muerte… Durante años y años, lo sabéis, siempre tuve miedo a morir. Un miedo tal que no podía acostarme en mi cama, y me habría puesto a chillar como un animal y me habría escondido. Y ahora, tal vez esté allí dentro, en el cuarto. La muerte. Esperándome. Y, sin embargo, voy a su encuentro sin ningún miedo.
Sascha y Duschan le han llevado hasta la puerta.
TOLSTÓI (parándose junto a la puerta y mirando hacia adentro): Se está bien aquí, muy bien. Es pequeño, estrecho, de techo bajo, pobre… Me parece como si ya alguna vez hubiera soñado con esto, con una cama como ésa, ajena. En alguna parte, en una casa ajena, en una cama yace un… Un hombre viejo, cansado… Espera, ¿cómo se llama? Lo escribí hace un par de años… ¿Cómo se llama el viejo? El que, habiendo sido rico, vuelve muy pobre, sin que nadie le reconozca, y se arrastra hasta la cama, junto a la estufa… ¡Ah, mi cabeza! ¡Mi estúpida cabeza! ¿Cómo se llamaba el viejo? Él, que había sido rico y que ahora no tiene más que la camisa que lleva… Y la mujer, que le pone enfermo, no está con él cuando muere… Sí, sí, ya lo sé, lo sé. En mi relato al viejo le puse el nombre de Kornei Vasiliev. Y la noche en la que muere, Dios despierta el corazón de su mujer. Y ella viene, Marfa, para verle una vez más… Pero llega demasiado tarde. Él yace completamente rígido y con los ojos cerrados sobre una cama ajena. Y ella no sabe si aún le guardaba rencor o si ya la había perdonado. Aún no lo sabe, Sofia Andréievna… (Como despertando:) No, se llama Marfa… Ya me estoy confundiendo… Sí, quiero acostarme. (Sascha y el jefe de estación le han seguido guiando. Tolstói al jefe de estación:) Te agradezco que, aunque no me conoces, me des cobijo en tu casa, que me des lo que el animal tiene en el bosque… Y para lo que Dios me ha enviado a mí, Kornei Vasiliev… (De pronto, muy asustado.) Pero, cerrad las puertas, no dejéis que entre nadie, no quiero ver a nadie más… Quiero estar solo con Él, más intensamente, mejor que nunca en la vida… (Sascha y Duschan le conducen hasta el dormitorio. El jefe de estación cierra cuidadosamente la puerta tras de sí y se queda de pie, embargado por la emoción.)
Afuera se oye que alguien llama dando fuertes golpes en la puerta de cristal. El jefe de estación abre la puerta. Y el jefe de policía entra precipitadamente.
EL JEFE DE POLICÍA: ¿Qué le ha dicho? ¡Tengo que comunicarlo todo, de inmediato! Al final, ¿quiere quedarse aquí? ¿Cuánto tiempo?
EL JEFE DE ESTACIÓN: Eso no lo sabe ni él, ni nadie. Eso sólo Dios lo sabe.
EL JEFE DE POLICÍA: Pero, ¿cómo puede usted prestarle alojamiento en un edificio público? Si es su vivienda oficial. ¡No puede usted cedérsela a un extraño!
EL JEFE DE ESTACIÓN: Lev Tolstói no es ningún extraño a mi corazón. Ninguno de mis hermanos me es más próximo.
EL JEFE DE POLICÍA: Pero su deber era informarse antes.
EL JEFE DE ESTACIÓN: He consultado con mi conciencia.
EL JEFE DE POLICÍA: Bueno, esto corre de su cuenta. Tengo que enviar de inmediato un comunicado… ¡Es terrible, la responsabilidad que de pronto recae sobre uno! Si al menos supiera cómo se considera a Lev Tolstói en las altas instancias…
EL JEFE DE ESTACIÓN: Yo creo que en las altas instancias siempre han tenido buena opinión de Lev Tolstói… (El jefe de policía le mira perplejo.)
Duschan y Sascha salen del cuarto, cerrando la puerta con cuidado.
El jefe de policía se aleja a toda prisa.
EL JEFE DE ESTACIÓN: ¿Cómo dejan solo al señor conde?
DUSCHAN: Está muy tranquilo… Jamás había visto su rostro tan sereno. Aquí al fin puede encontrar lo que los hombres no le han concedido. Paz. Por primera vez está a solas con su Dios.
EL JEFE DE ESTACIÓN: Discúlpeme, soy un hombre simple, pero me tiembla el corazón. No puedo entenderlo. ¿Cómo pudo Dios depararle tanto sufrimiento, hasta el punto de que Lev Tolstói tuviera que huir de su casa y que ahora tenga que morir en mi pobre e indigno lecho? ¿Cómo pueden los seres humanos, cómo pueden los rusos molestar a un alma tan santa? ¿Cómo, en lugar de amarle con respeto, son capaces de…?
DUSCHAN: Precisamente aquellos que aman a un gran hombre, suelen interponerse entre ese hombre y su misión. Y de aquellos que están más próximos a él, es de quienes más lejos tiene que huir. Está bien que haya sucedido tal y como ha ocurrido. Sólo esta muerte consuma y justifica su vida.
EL JEFE DE ESTACIÓN: De todos modos… Mi corazón no puede y no quiere entender que ese hombre, ese tesoro de nuestro suelo ruso, haya tenido que sufrir por nosotros, los hombres, y que uno mismo haya vivido entre tanto despreocupado… Debería uno avergonzarse hasta de respirar…
DUSCHAN: No se lamente usted por él, querido buen hombre. Un destino deslustrado y vulgar no habría estado a la altura de su grandeza. Si no hubiera sufrido por nosotros, Lev Tolstói nunca habría llegado a ser lo que hoy representa para la humanidad.

Stefan Zweig
Momentos estelares de la humanidad
Catorce miniaturas históricas


Éste es probablemente el libro más famoso de Stefan Zweig. En él lleva a su cima el arte de la miniatura histórica y literaria. Muy variados son los acontecimientos que reúne bajo el título de Momentos estelares: el ocaso del imperio de Oriente, en el que la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453 adquiere su signo más visible; el nacimiento de El Mesías de Händel en 1741; la derrota de Napoleón en 1815; el indulto de Dostoievski momentos antes de su ejecución en 1849; el viaje de Lenin hacia Rusia en 1917… «Cada uno de estos momentos estelares —escribe Stefan Zweig con acierto— marca un rumbo durante décadas y siglos», de manera que podemos ver en ellos unos puntos clave de inflexión de la historia, que leemos en estas catorce miniaturas históricas con la fascinación que siempre nos produce Zweig.

Colmenar de Oreja. 2016

Colmenar de Oreja. 2016

30 octubre 2026

30 de octubre

 EN EL PUENTE DE CARLOS

Praga - Por el Puente de Carlos, delante de la estatua de San Juan Nepomuceno —arrojado por el rey Venceslao IV al Moldava porque su lengua, que se ha mantenido milagrosamente fresca y roja durante siglos, se negaba a revelarle los pecados murmurados por la reina en el confesonario— avanzan dos carros de madera de los que tiran robustos caballos dejando expansivas huellas a su paso. Ya no se ven carros así desde hace tiempo y los carreteros van vestidos de manera algo inusual, pero en este puente esas chaquetas harapientas y esos sombreruchos no parecen lo raros que serían en otro lugar, y si no fuera por los gestos de uno que, a poca distancia —algo ridículo, como quienquiera que pretenda poner en orden algo—, manda parar, volver a empezar y repetir intimando a otro que vaya un metro adelante o atrás, no nos daríamos cuenta de que están rodando una escena de la película Kafka, de Steven Soderbergh. Esa escena, por lo demás, es marginal, no atañe a los protagonistas ni a los momentos centrales de la trama.
La escena se repite, como es habitual, más de una vez; tan solo el caballo se niega a prodigar más boñigas. Sobre el Moldava que discurre lentamente, la cámara, que narrará una historia donde se recreará la ilusión del fluir de la vida indivisa como el discurrir de un río, aísla los fragmentos y detalles de la vida misma, los toma saqueando la realidad para recomponerlos después como en un mecano. El arte del cine, que desmonta y recompone las piezas de lo real, armoniza con Praga, ciudad que Ripellino comparaba con una tienda lunática en la que el tiempo, formidable chamarilero, ha hacinado los retazos y derrelictos de la historia. En Praga, a pesar del encantador paisaje total que lo envuelve todo, la mirada es capturada continuamente por los detalles con una seducción imperiosa, sobre todo por los tejados y las buhardillas, por las tejas que se transforman en ornamentos fantásticos; se podría vagabundear durante horas por la ciudad mirando solo hacia lo alto, hechizados por un sinfín de cosas inolvidables.
Errando por calles y plazas, mirando cerca y lejos, uno cree parecerse a ese personaje de un escritor alemán-praguense, Meyrink, el autor de El Golem, que apuntaba con el catalejo a la ciudad y aislaba imágenes individuales, caras en la multitud o frisos de un portal, el ala de una estatua, una aguja, un pilar del puente que se sumerge en el agua. También la literatura checa está caracterizada a menudo por la irrupción y la revuelta de las cosas aisladas, de los objetos que se emancipan de cualquier totalidad y cualquier orden conjunto y se presentan en primer término con su vida disgregada y secreta. Desde los decimonónicos Cuentos de Malá Strana de Jan Neruda a los Cuentos de un bolsillo y Cuentos de otro bolsillo de Čapek y a diferentes relatos y novelas de Hrabal, la narrativa checa es con frecuencia una épica de las cosas pequeñas o aparentemente mínimas, palique de taberna y paseos de extrarradio donde relampaguea el senado más auténtico de la vida, experiencias amenazadas por la violencia de la historia y la abstracción de los mecanismos sociales.
Sobre todo, pero no solo, durante los regímenes estalinista y brezneviano, la literatura checa ha sido una irónica, grotesca y acrobática resistencia contra la alienación que vuelve irreales las cosas. El propio Havel, en sus ensayos escritos cuando era perseguido, defendía la tangible y concreta autenticidad de la existencia contra la falsificación genérica de la ideología totalizadora. Y también el soldado Švejk de Hašek defiende la vida desde abajo; defiende su elemental, escueta corporeidad frente a la abstracción. En la más intensa de sus novelas, La vida está en otra parte, Kundera toma partido por la cálida y familiar existencia cotidiana contra el totalitarismo ideológico disfrazado de sagrado e inspirado furor poético, que quiere someter la humilde multiplicidad de las cosas a sus delirios narcisistas: también quien predica en pos de «la imaginación en el poder» es a menudo un tirano.
En este momento de euforia y tristeza, euforia por la libertad reconquistada y tristeza por el aciago futuro a punto de llegar, los checos pueden confiar especialmente, o acaso tan solo, en esta tenaz y anárquica fantasía. Las tomas cinematográficas de gentes con anticuada indumentaria en el Puente de Carlos son poco llamativas por otro motivo particular. Es difícil que algo parezca anacrónico en esta Praga, toda ella un paisaje de tiempos múltiples y estratificados que se superponen y se enmarañan. Un viaje por Checoslovaquia, como por otros países de Europa central, es también un viaje en el tiempo, que en ocasiones hace dar un vuelco al corazón. No se trata solo de la presencia viva y urgente de memorias seculares, típica de Mitteleuropa, sino que es como volver a encontrarse de improviso en nuestros años cincuenta, en su atmósfera férvida y pobre, acuciada por las estrecheces cotidianas.
Sobre todo son los olores, fundamentales indicadores de la realidad, los que nos llevan de golpe hasta aquellos días: los olores de portales y edificios, de escaleras y pasillos, un olor indefinible que sabe a viejo, a pobreza, a agua de Seltz y a carbón; un olor que pertenece a nuestro pasado, a un período que hemos dejado atrás, a una especie de adolescencia de nuestra sociedad presente, desgarradora y amarga como toda adolescencia. El deshollinador real que veo pasar tiznado de pies a cabeza mientras va a trabajar, con sus escobas y alambres al hombro, es una imagen casi tan lejana en el tiempo como las comparsas en esos carros. Cuarenta años de comunismo conducen de nuevo al país —al menos a esos países que ya entonces se hallaban en una fase social evolucionada, no los más retrasados que el comunismo ha modernizado de todos modos— a la desolación y la esperanza de la inmediata posguerra.
También la trepidación, el fervor y la espera que se sienten en el aire recuerdan aquellos años en que nuestra vida era mísera y difícil. En Checoslovaquia, el año pasado, hubo una renovación radical y maravillosa, pero otros cambios, que podrían ser más prosaicos y negativos, están al acecho. La catastrófica herencia del comunismo es mitigada todavía por una precaria protección económico-social, que hasta ahora ha ido aplazando el electrochoque del vuelco global; el año que viene, cuando se dé la salida a una economía libre, tal vez haya tragedias de individuos y de categorías que verán pulverizarse el poder de adquisición del dinero, hoy suficiente para permitirles vivir, y subvertirse las bases de su existencia. En el país se advierte la presencia de un fuerte impulso, de iniciativas y esperanzas densas de futuro, a la vez que hay atisbos de una especie de expropiación que podría mellar su identidad.
En el Puente de Carlos, teatrillos ambulantes, músicos y pintores son aún los de la Praga mágica, pero las caras de los tiburones que se ven por ahí —exfuncionarios de partido enriquecidos ilegal mente gracias a la nomenklatura, encaminados a convertirse en nuevos capitalistas, y extranjeros, especialmente alemanes e italianos— son caras de personajes de Dickens o de Grosz, listos para explotar esos teatrillos o ponerles las manos encima. Tres compatriotas míos, en la mesa de al lado, están haciendo acuerdos arteros con el maître para localizar edificios y hacerse con ellos, sorteando los impedimentos legales, a precio de ganga. Uno de los tres —bajo, con el vientre abultado y la nuca grasienta y sudada— lamenta que la noche antes quería tirarse a la chica que estaba con él, pero bebió demasiado y no llegó al tercio de varas. La chica puede dar las gracias a alguna de las santas que adornan el Puente —no sé si la cosa es de competencia de Santa Ludmila o de Santa Luitgarda— porque ahorrarse, aunque solo sea una vez, semejante experiencia, no deja de ser una suerte.
Los checoslovacos, que han de volver a empezar poco más que desde cero, tienen su cultura y su fantasía, la inteligencia de una sociedad plurisecular acostumbrada a luchar para sobrevivir. Pero, frente a las dificultades y a los poderosos vecinos, no cuentan en lo económico con los nutridos batallones de los que por suerte no tienen necesidad en lo militar. Muchos soldados Švejk, ha sido dicho, no forman un ejército pese a su exorbitante genialidad. No obstante, creo que, a despecho de las dificultades sin duda ásperas del futuro próximo, Checoslovaquia sabrá conservar su propia identidad, esencial para la civilización europea. Mitteleuropa es esencialmente el resultado del encuentro entre la civilización alemana, que le ha dado cierta unidad de base a su heterogéneo mosaico, y la eslava, que ha enriquecido a la alemana con esa gentileza fabulosa y quimérica que Praga muestra en sus torres y sus puentes. Lo que sucederá en Praga le incumbe al mundo entero.
2. A propósito de pentagonales. Se dice Praga, pero es una concentración restrictiva de la que los otros, moravos y especialmente eslovacos, se lamentan. En Bratislava y Brno, aparte de las livianas y en ocasiones recalcadas diversidades, se dan una extraordinaria vitalidad cultural, un intenso fervor intelectual y, en particular, un marcado interés por Italia y por la lengua italiana. La colaboración pentagonal, propuesta por nuestro Ministerio de Asuntos Exteriores, va cobrando favor porque es sentida cual protectora solidaridad respecto a colosos vecinos como el alemán. Las iniciativas puestas en marcha son muchas y vivaces, pero Italia podría hacer todavía más —como hacen alemanes, austríacos y franceses— en el pequeño gran terreno de las necesidades cotidianas, que es el verdadero terreno de la cultura: nada de congresos, exposiciones u otros acontecimientos imponentes, que al igual que todo lo imponente dejan las cosas como estaban, sino ayudas más sencillas como el envío de libros, cantidad de libros, que tanta falta hacen y que a nosotros nos costarían relativamente poco, sumas irrisorias respecto a las que se gastan para empresas epatantes. Hacer que sean accesibles clásicos de ayer y de hoy o textos de historia del arte con buenas reproducciones vale más que organizar muestras por espléndidas que sean. Resultaría fácil, en un momento en que estos países miran hacia nosotros con mucha atención, darles una pequeña gran ayuda real.
3. En una entrevista de Giovanni Firmian en L’Europeo, el príncipe Karl Schwarzenberg se ha definido como ciudadano Karel Schwarzenberg. El príncipe, perteneciente a una de las familias más grandes de la aristocracia habsbúrgica, ha dejado Viena y regresado a su Praga natal, que había abandonado a los diez años, para convertirse en canciller, o sea, primer consejero de Havel. En este gesto hay tantas cosas: una conmovedora fidelidad, la asunción de una responsabilidad en un país incierto aún y menos fácil y cómodo que Viena, y el sentimiento de pertenencia a un pueblo unido al de pertenecer a una supranacional civilización centroeuropea. En un momento en que las discrepancias nacionales se hacen amenazadoras por doquier, también en Checoslovaquia, esta actitud asume un valor particular. Por lo demás, cuando Hitler invadió Checoslovaquia, muchas de las familias de la aristocracia habsbúrgica que residían en Praga y se habían considerado desde siempre supranacionales aunque de cultura fundamentalmente alemana, declararon que en aquel momento se reconocían en el pueblo checo.
En la citada entrevista, Schwarzenberg rechaza cualquier nostalgia habsbúrgica, aun la indirecta, que a menudo es una pacotilla kitsch. Pero la catástrofe del comunismo, con sus aspectos trágicos, no es solo una victoria de la democracia liberal, sino que bien pudiera implicar, más allá del propio comunismo, al pensamiento democrático y liberal haciendo que vuelvan a aflorar en los más diferentes países fuerzas adormecidas y formas tradicionales de agregación social; que se vuelva, según modos técnicamente actualizados, a cierto tipo de ancien régime. En Italia, las críticas al Risorgimento, a menudo burdas, son uno de los muchos indicadores de este proceso que tiene bastantes aspectos regresivos y arremete con el arte y la literatura, como si, después de dos siglos, la poesía moderna de la ausencia y la escisión, habiendo encontrado su propia verdad en la dolorosa renuncia a toda pacífica armonía, tuviese que ceder el paso a una literatura nueva y beatamente ajena a la laceración y el exilio; como si las novelillas bien confeccionadas se tomaran el desquite respecto a Musil o Beckett. De estas tendencias restaurativas es preciso ser conscientes, sobre todo si se quiere, como es justo, combatir contra ellas. Se es fiel a la verdad y la felicidad si se sabe, como Kafka, que no se poseen, que se está fuera del Paraíso terrenal; si se responde, como hace ese personaje de Borges a quien le pregunta si es de Praga, «Yo era de Praga».

30 de octubre de 1990

Claudio Magris
El infinito viajar


El infinito viajar reúne cerca de cuarenta crónicas de viaje publicadas en el Corriere della Sera, e incluye un prefacio donde Magris contrapone dos formas de entender el viaje en nuestra cultura: la concepción clásica del viaje circular, que implica el retorno final, y la moderna, en la que el desplazamiento es rectilíneo y cuya meta no es otra que la muerte. Muerte que se intenta diferir mediante «vivir, viajar y escribir», tres facetas de una experiencia que está en el origen de una nueva forma de la literatura donde se diluyen las fronteras entre relato, ensayo y libro de viajes. Los textos abarcan un amplio espectro geográfico, empezando en España hasta China, Irán o Vietnam, y en ellos se conjura la indiferencia con una curiosidad que es afán de conocimiento.

Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

29 octubre 2026

29 de octubre

 CAPÍTULO XIV

Durante la noche del 29 de octubre.

AUNQUE nos encontramos en una situación sumamente desesperada, todos han experimentado el horror de la tragedia que acaba de desarrollarse.

Ruby no existe ya; pero sus últimas palabras van a tener consecuencias muy funestas. Los marineros, que le han oído gritar, «¡El picrato, el picrato!», han comprendido que el buque puede saltar hecho pedazos de un momento a otro, y que no es sólo un incendio, sino una explosión lo que les amenaza.
Algunos, no pudiendo ya contenerse, quieren huir a todo trance y en seguida, y gritan:
—¡La canoa, la canoa!
Sin duda no ven o no quieren ver los insensatos que el mar está alborotado y que no hay lancha que pueda arrostrar el empuje de las olas embravecidas que se elevan a una altura prodigiosa. Nada puede contenerlos y ya no oyen la voz del capitán, quien se arroja en medio de ellos inútilmente. El marinero Owen excita a sus compañeros; se largan las trapas de la lancha y la embarcación es empujada al exterior.
Balancéase un instante en el espacio y, obedeciendo al movimiento del buque, va a chocar contra la vagara. Los marineros hacen otro esfuerzo y consiguen desprenderla, y, cuando ya está a punto de llegar al mar, una ola monstruosa la toma por debajo, la aparta momentáneamente y con fuerza irresistible la estrella contra el costado del buque.
Habiendo sido destruidas la chalupa y la canoa, sólo nos quedó ya una frágil y estrecha ballenera.
Los marineros, presa de estupor, permanecen inmóviles. No se oye más que los silbidos del viento entre las cuerdas y los ronquidos del incendio. El horno se abre profundamente en el centro del buque y por las escotillas brotan torrentes de vapor fuliginoso que ascienden al cielo. Desde el castillo de proa a la toldilla ya no se ve, y el Chancellor queda dividido en dos partes por una barrera de llamas.
Los pasajeros y dos o tres hombres de la tripulación van a refugiarse detrás de la toldilla. La señora Kear permanece tendida sin conocimiento sobre una de las jaulas de las gallinas, y la señorita Herbey se encuentra a su lado auxiliándola. El señor Letourneur se ha apoderado de su hijo y lo estrecha sobre su corazón; y yo soy víctima de una agitación nerviosa que me es imposible dominar.
Mientras tanto, el ingeniero Falsten consulta con tranquilidad su reloj y anota la hora en su libro de memorias.
¿Qué sucede a proa, donde se han quedado el teniente, el contramaestre y el resto de la tripulación a quienes no podemos ver?
Se ha interrumpido la comunicación entre las dos mitades del buque y nadie podría atravesar la cortina de fuego que sale por la escotilla mayor.
—¿Está todo perdido? —pregunto a Roberto Kurtis, acercándome.
—Todavía no —me responde—. Puesto que está abierta la escotilla, vamos a arrojar por ella un torrente de agua a este horno y quizá consigamos apagarlo.
—Pero ¿cómo es posible manejar las bombas en ese puente que abrasa los pies, señor Kurtis? ¿Cómo va usted a dar órdenes a los marineros a través de las llamas?
Como Roberto Kurtis no me respondiese inmediatamente, insistí:
—¿Está todo perdido?
—No, señor, no —me dice Roberto Kurtis—; y mientras haya una sola tabla bajo mis pies no perderé la esperanza.
Mientras tanto, redobla la violencia del incendio, que esparce sobre las aguas del mar una claridad rojiza; por encima de nuestras cabezas, las nubes, bastante bajas, se cubren de reflejos leonados; de las escotillas salen continuamente grandes chorros de llamas y nosotros nos refugiamos sobre el coronamiento de popa, detrás de la toldilla. La señora Kear ha sido depositada en la ballenera, que permanece suspendida de sus pescantes de popa, y la señorita Herbey se encuentra a su lado.
¡Qué noche tan trágica! ¡Qué pluma podría describir sus horrores!
El huracán, en toda su violencia a la sazón, sopla sobre aquel brasero como un inmenso ventilador, y el Chancellor corre en las tinieblas como un brulote gigantesco. No hay más alternativa que la de arrojarse al mar o perecer abrasado entre las llamas.
Pero ¿cómo es que no se inflama, el picrato? ¿No se abrirá el volcán bajo nuestros pies? ¿Habrá mentido Ruby? ¿No habrá semejante sustancia explosiva encerrada en la bodega?
A las once y media, en el momento en que el mar está más imponente que nunca, óyese un estrépito particular, el más temido por los marineros, que viene a aumentar el de los elementos desencadenados.
—¡Rompientes, rompientes a estribor! —Grita una voz a proa.
Roberto Kurtis salta sobre el parapeto, dirige una rápida mirada a las blancas olas, y, volviéndose hacia el timonel, grita imperativamente:
—¡La barra a estribor, toda!
Pero ya es tarde. En aquel momento, una ola monstruosa nos levanta sobre sus espaldas y de repente se produce el choque. El buque toca en un obstáculo por la proa, talonea, y el mástil de mesana, roto a raíz del puente, cae al mar.

CAPÍTULO XV
Continuación de la noche del 29 de octubre.
NO son todavía las doce, y como la luna no brilla en el espacio, la oscuridad es profunda. ¿En qué sitio acaba el buque de encallar? Nos es imposible saberlo. Violentamente rechazado por la tormenta, ¿habrá llegado el buque a la costa americana y estaremos a la vista de tierra?
El Chancellor, después de haber taloneado varias veces, había quedado absolutamente inmóvil. Pocos instantes después, se oyó hacia proa un ruido de cadenas, lo que revela a Roberto Kurtis que se han echado las anclas.
—Bien, bien —dice—; el teniente y el contramaestre han echado las dos anclas, y es de esperar que resistirán.
Entonces veo a Roberto Kurtis avanzar por los parapetos hasta el límite adonde permiten llegar las llamas; se desliza por la mesa de guarnición de estribor, por el lado donde el buque da la banda, y permanece allí durante algunos minutos, a pesar de las grandes oleadas que amenazan arrebatarlo. Presta oído como si percibiera un ruido particular en medio del rumor de la tormenta.
Al fin vuelve a la toldilla, diciendo:
—El agua entra en el buque, y esa agua, si el Cielo nos ayuda, puede apagar el incendio.
—Pero ¿y después? —le pregunto.
—Señor Kazallon —responde Roberto Kurtis—, después nuestro porvenir está en las manos de Dios. Ahora sólo debemos pensar en lo presente. Lo primero que debería hacerse es acudir a las bombas, pero en este momento es imposible llegar a ellas entre las llamas. Probablemente, por alguna abertura de la tablazón, hundida en el fondo del buque, entra gran cantidad de agua, porque creo que ya disminuye la violencia del fuego y se oyen silbidos atronadores, que revelan que los dos elementos luchan entre sí. La base del foco del incendio ha sido seguramente atacada por el agua, y la primera fila de las balas de algodón se encuentra ya anegada. Pues bien, cuando el agua haya extinguido el fuego, nosotros la combatiremos a su vez. Quizá sea menos temible que el fuego, porque es el elemento del marino, y éste está ya acostumbrado a vencerla.
Con ansiedad indescriptible esperamos que transcurran las tres horas que faltan aún para que concluya esta trágica noche. ¿En dónde estamos? Las olas se retiran poco a poco, y su furor se apacigua. El Chancellor debe de haber encallado una hora después de la pleamar, pero es difícil saberlo con exactitud, sin hacer cálculos ni observaciones. Si es así, podemos tener alguna esperanza, si, por fin, se apaga el fuego, de ponernos a flote muy en breve, cuando vuelva la próxima marea.
Conseguimos distinguir más allá un grupo negro.
Hacia las cuatro y media de la madrugada, empieza a disiparse poco a poco la cortina de llamas tendida entre la proa y la popa del buque, y conseguimos distinguir más allá un grupo negro. Es la tripulación refugiada en el estrecho castillo de proa. Al poco rato se restablece la comunicación entre los extremos del Chancellor, y el teniente y el contramaestre vienen a la toldilla, marchando por las vagaras, porque no es posible poner el pie en el puente.
El capitán Kurtis, el teniente y el contramaestre conferencian en mi presencia, conviniendo en que no puede hacerse nada hasta que amanezca. Si la tierra está cerca y el mar practicable, nos dirigiremos a la costa, con la ballenera o con una balsa que se construya. Si no hay tierra a la vista, y el Chancellor ha encallado en un arrecife aislado, se tratará de ponerlo nuevamente a flote, y repararlo en lo posible, con objeto de que pueda llegar al puerto más próximo.
—Pero —dice Roberto Kurtis, y así opinan también el teniente y el contramaestre— es difícil adivinar dónde nos encontramos, porque con estos vientos del Noroeste, el Chancellor ha debido ser arrojado muy lejos, hacia el Sur. Ya hace mucho tiempo que no he podido tomar la altura; pero como no sé que exista ningún escollo en esta parte del Atlántico, creo que habremos encallado en tierras de la América del Sur. —Pero —pregunto yo— continuamos bajo la amenaza de una explosión. ¿No podremos abandonar el Chancellor y refugiarnos en alguna parte?
—¿En este arrecife? —Replica Roberto Kurtis—. Pero ¿qué forma tiene y de qué se compone? ¿No lo cubre totalmente el agua durante la pleamar? ¿Podemos reconocerlo en medio de esta oscuridad? Dejemos que amanezca y veremos lo que se puede hacer.
Me apresuro a comunicar estas palabras de Roberto Kurtis a los demás pasajeros, y, aunque no son muy tranquilizadoras, nadie se detiene a pensar en el nuevo peligro que entraña la situación del buque, si desgraciadamente hubiera sido arrojado sobre algún arrecife desconocido a muchos centenares de millas de tierra. Una sola consideración domina a las demás, y es la de que en estos momentos el agua combate por nosotros y lucha ventajosamente contra el incendio y, por consiguiente, contra las probabilidades de explosión.
Efectivamente, a las rojas llamas ha sucedido poco a poco una humareda densa y negra que se escapa por la escotilla en húmedos torbellinos. Todavía se proyectan algunas lenguas ardientes entre las sombrías volutas, pero se extinguen casi inmediatamente. A los ronquidos del fuego suceden los silbidos del agua que se evapora en el foco interior, a causa, sin duda, de que el mar hace allí lo que no habrían podido hacer nuestros cubos ni nuestras bombas, porque era necesario toda una inundación para extinguir aquel incendio propagado en medio de mil setecientas balas de algodón.

Jules Verne
El Chancellor
Viajes extraordinarios - 13


Cuando los pasajeros del Chancellor descubren que su barco está ardiendo, aún no son capaces de imaginar los horrores que les aguardan. Verne, gran admirador de Poe, pretendió escribir un relato de tal crueldad, que recordara La narración de Arthur Gordon Pym. «Le llevaré un volumen de un realismo espantoso —escribió a su editor—. Creo que la balsa de La Medusa no ha producido nada tan terrible».
Con el estilo cortado propio de un diario, uno de los náufragos va contando las torturas que padecen en una balsa perdida en el océano. Pero, como es habitual en Verne, siempre hay personajes cuya abnegación, inocencia y heroísmo alcanzan límites insospechados.



Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

28 octubre 2026

28 de octubre

La prensa anunciaba la desarticulación de un golpe de Estado preparado para la víspera de las elecciones del 28 de octubre. De momento se había detenido a tres jefes militares, dos coroneles y un teniente coronel, y se conocía el plan general del golpe. A juzgar por el plan, los dos coroneles y el teniente coronel debían ser los encargados de llevar los bocadillos a los golpistas, pero el gobierno se mantenía en la prudente reserva que le había caracterizado desde el día en que nació y que, sin duda, podía acompañarle hasta el día en que muriera víctima de un golpe de Estado. El milagro de haber sobrevivido a la explosión de la primera materia existente en el universo se relativizaba en el Chad por la carencia de agua y en España por la generación espontánea de salvadores de la patria. En caso de golpe de Estado, Carvalho consideraba que su negocio iría mejor. La democracia liberaliza a las gentes y cada vez eran menos los maridos que buscaban o seguían a sus mujeres y los padres que le ponían tras la pista de adolescentes fugitivos de las oligarquías familiares. Sin duda las dictaduras dan una mayor clientela a los confesionarios, a los detectives privados y a los abogados laboralistas. Las contraindicaciones estéticas y éticas no iban con él. Ni siquiera le alcanzarían las salpicaduras de sangre ni los gemidos provocados por la represión. Estaba al margen del juego, como un tendero, exactamente igual que un tendero. Anduvo hasta el portal de la casa donde tenía el despacho, levantó la cabeza para ver a través de las ventanas la luz encendida por Biscuter y dio media vuelta. Mañana sería otro día. Pero fue media vuelta tardía o insuficiente porque allí, cortándole el paso, estaba Marta Miguel, con una expresión de sorpresa desigualmente repartida por el rostro. La boca decía oh, pero los ojos estudiaban a Carvalho como si hiciera ya tiempo que le estuvieran observando.
—¡Caramba! ¡Ya es casualidad!
Carvalho asintió y quedó a la expectativa de lo que decidiera la mujer. Ni se justificó ni se despidió.
—¿Sigue husmeando lo de Celia?
—No.
—Bien. Así me gusta, hombre. Parece que ha entrado en razón. ¿Sabe que la policía ha vuelto a llamarme? Claro, no puede saberlo. Era para preguntarme sobre posibles amistades de Celia. Parece que sospechan de un medio ligue que tuvo hace unos meses. ¿Qué iba a decirles yo? Yo apenas la conocía.
Carvalho asumió con un gesto lo poco que conocía Marta a Celia.
—Pero ya se sabe cómo es esa gente. Tienen ideas fijas.
—Si tuvieran ideas sueltas se dedicarían a otra cosa.
—¿Ya se le ha quitado la perra?
—Soy un profesional. Y sólo acepto casos por encargo.
—Le invito a un café.
Era una propuesta pistoletazo para la que la mujer había reunido oscuras fuerzas internas.
—¿Un café a estas horas? Podemos tomar un gimlet o un mojito en el Boadas. Basta subir Rambla arriba. Como es un capricho mío, invito yo. —Ni hablar. Yo invito a lo que sea.

Manuel Vázquez Montalbán
Los pájaros de Bangkok
Saga Pepe Carvalho, 6

Tres historias, dos de ellas situadas en Barcelona y la tercera en Tailandia, llenan las páginas de la novela y las horas de un Carvalho que según palabras del autor «emprende un exótico viaje en un tiempo en que la aventura es casi imposible».
Tras resolver un desfalco en una pequeña empresa textil, Carvalho, sin ningún asunto a la vista, decide investigar por su cuenta la muerte de una bella mujer. El «asesinato de la botella de champán», como titulan los medios este misterio, le lleva a interrogar a los conocidos de la víctima, cuya imagen le obsesiona distrayéndole de una realidad que considera insuficiente y tediosa.
Intuyendo quién es el asesino pero sin conseguir que le contrate nadie del entorno de la víctima, decide dejar de lado este asunto cuando el hijo de una vieja amiga, Teresa Marsé, le comunica que ésta ha desaparecido durante un viaje a Tailandia.
Reacio a las peticiones de la familia finalmente decide aceptar su encargo y viaja a Tailandia. El detective desciende hasta los escenarios más sórdidos de Bangkok tras los pasos de Teresa y su amante Archit, perseguido como sospechoso del asesinato de un importante líder mafioso.
Sin embargo la resolución del caso llegará con su retorno a Barcelona.

Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

27 octubre 2026

27 de octubre

El retorno a la tierra natal

El Capitán Agustín Prío terminaba de ajustarse la corbata de mariposa de los días festivos, que le daba un aire de referee de boxeo, cuando el treno de las sirenas que crecía hasta llenar el aposento puso una llamarada turbia en el espejo. Se asomó al balcón y un repentino soplo de aire tibio pareció empujarlo de nuevo hacia dentro. Al otro lado de la plaza, parvadas de campesinos desprevenidos huían de la embestida de las motocicletas Harley-Davidson que atronaban bajo el fuego del sol abriendo paso a la caravana que ya se detenía frente a la catedral, mientras los manifestantes seguían bajando de las jaulas de transportar algodón y de los volquetes anaranjados del Ministerio de Fomento y Obras Públicas, recibían de manos de los caporales los cartelones que chorreaban anilina, los enarbolaban o se cubrían con ellos la cabeza, detrás de sus pasos las mujeres, los críos prendidos de sus pechos magros y de la mano los grandecitos, e iban a perderse entre los demás comarcanos igualmente desorientados y la gente llegada a pie de los barrios con sus gorras rojas, y marchantas nalgonas, fresqueras ensombreradas, barrenderos municipales de zapatones, maestras de escuela bajo sus sombrillas, reclutas rapados, empleados públicos de corbatas lánguidas.
Y ahora, portazos en sucesión, carreras de los guardaespaldas vestidos de casimir negro cocinándose en la resolana, la corona de subametralladoras Thompson ya en torno a la limosina blindada, también de color negro funeral, y bajaba Somoza, traje de palm-beach blanco, el pitillo de plata prendido entre sus dientes, alzaba el sombrero panamá para saludar a los manifestantes que desperdigaban de lejos sus aplausos, un primer chillido alcanzaba su oído, ¡que viva el perromacho, jodido!, y se elevaba la respuesta en una ola cavernosa que el Capitán Prío oía estallar desde el balcón, tras Somoza la Primera Dama, vestido de seda verde botella bordado en verde más profundo, casquete verde tierno sobre su peinado de bucles, el velillo pendiente del casquete sobre el rostro maquillado, subían a prisa las gradas del atrio entre la valla de soldados y guardaespaldas, el obispo de León esperándolos en la puerta mayor de la catedral. Y lo último que el Capitán Prío vio desde su atalaya fue el relumbrar de los flashes porque ahora la comitiva avanzaba por el pasillo central de la nave desierta vigilada en cada palmo por los soldados.
La corona de lirios de papel crepé y rosas de trapo aguardaba asentada en su trípode al pie de la estatua de San Pablo, frente a la tumba custodiada por un león de cemento que lloraba, la melena abatida sobre el escudo también de cemento. La Primera Dama, atormentada por el corsé que reprimía sus carnes, se acercó al oído de su consorte que por respeto al lugar había entregado el pitillo de plata a su edecán, el coronel (GN) Abelardo Lira, el Lucky Strike aún a medio consumir. A Somoza, ralo de cabello, doble la papada, numerosas las pecas color de tabaco en la nariz y las mejillas, también lo atormentaba un corsé que reprimía sus carnes, el corsé de peso liviano tejido en hilo de acero que le había enviado Edgar J. Hoover, con su tarjeta personal, por mano de Sartorius Van Wynckle.
No se alcanzaba a oírla. Pero presumo, Capitán, que no estaría recordándole al marido que quien reposa bajo el peso del león doliente fue despojado de su cerebro la misma noche de su muerte, un enojoso asunto de familia. Por el contrario, es mucho más probable que su pensamiento volara hacia los versos que le escribiera un día en su abanico de niña:
La perla nueva, la frase escrita,
Por la celeste luz infinita,
Darán un día su resplandor;
¡ay, Salvadora, Salvadorita,
no mates nunca tu ruiseñor!
El ruiseñor, bien cebado, asintió y sonrió. El orfebre Segismundo, uno de los contertulios de la mesa maldita, que se reúnen por vieja tradición al otro lado, en la Casa Prío —desde uno de cuyos balcones el Capitán Prío se asomaba a la plaza— aunque ya lo supiera preguntaría, confianzudo, si le estuviera permitido: ¿cuándo fue eso, Salvadorita?
Ese entremetimiento es imposible. Por tanto, dejo que el rostro de la Primera Dama, maquillado sin piedad y avejentado con menos piedad, se mire por su cuenta en el veloz espejo de las aguas del tiempo; que el caer invisible de una piedra agite en ondas la transparente superficie para que ella recobre en el fondo la imagen en temblor de la niña de diez años, vestida de organdí igual que su hermana Margarita, sus sombreros de paja italiana con dos cintas bajando a sus espaldas; que se vea sentada en la barca mecida por el oleaje, donde una parte de ustedes debe apresurarse en buscar lugar.
Es la mañana del 27 de octubre de 1907 y de lejos se avizora ya el Pacific Mail, a cuya cubierta otros de ustedes harían bien en subir, pues allí llega aquel que yace bajo el león de cemento, en su retorno a la tierra natal:
El steamer pone proa hacia la bahía de Corinto cuando el cielo del amanecer finge ante los ojos del pasajero una floresta incendiada. Asido al raíl de la cubierta, se había apostado desde antes del alba en el costado de estribor, ansioso por descubrir los relieves de la costa que empezaron a iluminarse con tonalidades grises; y al palidecer las constelaciones, descubrió en la lontananza los volcanes de la cordillera de los Maribios que divisara por vez primera desde el mar al alejarse rumbo a Chile en otro amanecer ya lejano.

Sergio Ramírez
Margarita, está linda la mar

1907. León, Nicaragua. Durante un homenaje que le rinde su ciudad natal, Rubén Darío escribe en el abanico de una niña uno de sus más hermosos poemas: «Margarita, está linda la mar…».
1956. En un café de León una tertulia se reúne desde hace años, dedicada, entre otras cosas, a la rigurosa reconstrucción de la leyenda del poeta. Pero también a conspirar. Anastasio Somoza visita la ciudad en compañía de su esposa, doña Salvadorita. Está previsto un banquete de pompa y boato. Habrá un atentado contra la vida del tirano, y aquella niña del abanico, medio siglo más tarde, no será ajena a los hechos.
Sergio Ramírez logra, en Margarita, está linda la mar, que toda la historia de su país quepa en una cumplida metáfora de realidad y leyenda. En un lenguaje cuya brillantez subyuga al lector, con ráfagas de humor e ironía que asombran por su precisión poética, la acción va tramando caminos de medio siglo entre los dos niveles del relato, creando un continuo temporal entre el pasado y el presente que parece pertenecer a los mejores territorios del mito. Y dentro de este ámbito literario, con mucha más realidad que los hechos concretos, el autor nos hace conocer personajes de impecable identidad, originales, tiernos, necesarios, inscritos en la mejor tradición de las grandes personalidades de la literatura latinoamericana.
Una novela perfecta, rebosante de nobleza. Una obra excepcional.

Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

 Ruta hacia Colmenar de Oreja. 2016

26 octubre 2026

26 de octubre

26 de octubre

Hoy otro día movido. J. R. lo pasó muy bien con sus visitantes de hoy, sobre todo con la familia Homar. Almorcé en el Caribe [Hilton] porque quería que asistiera Lulú [Benítez], y vino también a conocer a Mrs. de Beers, Margarita Ashford de Lee. Lo pasamos muy bien, aunque eché de menos la economía del Centro [Club] de la Facultad, pero allí no cuento con Lulú por los chismes y cuentos y celos. Lulú me dio una carta de presentación para su cuñado y mañana iré a verlo con Cecilia para interesarlo en el caso de la pobre Sra. de Peñagarícano, que encima de quedarse viuda se ha quedado sin pensión por haber la hija idiota llegado a los 18 años. El almuerzo junto al mar, un verdadero sueño. Allí estaba Marion Wolf jugando a cartas con 3 otras cotorronas «continentales [de los EE.UU.]» ¡Qué vidas tan vacías!

Zenobia Camprubí Aymar
Diario 3. Puerto Rico (1951-1956)

Zenobia Camprubí llevó a cabo un Diario a lo largo de los casi veinte años que duró su vida en el exilio. Redactado parte en inglés y parte en español, lenguas que por sus antecedentes familiares y trayectoria personal dominó con idéntica facilidad, el Diario nos revela el carácter extraordinario de quien fuera la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. Entrelazados con la vida activa de su autora, se recogen en este monólogo sus estados de ánimo, los de su marido, sus frustraciones y ambiciones, sus reflexiones respecto al poeta y a su entorno. El Diario destaca por su valor como obra intimista, lo que pone de manifiesto la competencia literaria de la autora, y su importancia como testimonio histórico y documental. Si un diario conecta las dos partes del ser, la que escribe y la que lee, y ese vínculo se convierte en un modo de observar la propia supervivencia, el Diario de Zenobia Camprubí sería, como se observa en el prólogo del primer volumen, «un instrumento de supervivencia por el que Zenobia trató de reencontrar el perdido sentido de la vida a raíz del trauma de la Guerra Civil española».
El primer volumen abarca el periodo comprendido entre 1937 y 1939, correspondiente a la estancia del matrimonio en Cuba; el segundo cubre los años que van de 1939 a 1950, los vividos en Estados Unidos; el último, hasta ahora inédito, se centra en los años finales de su vida, transcurridos en Puerto Rico.
La edición y preparación de este diario completo ha estado a cargo de Graciela Palau de Nemes.