04 febrero 2021

4 de febrero

La iglesia se reduce á una nave gótica, larga y altísima, digna de una catedral de primer orden. Esta nave se conserva íntegra: según una tradición, porque los incendiarios franceses de 1809 procuraron que el fuego no llegase á ella; según otra tradición, porque no había en todo aquel edificio madera alguna en que pudiesen prender las llamas.

Sin embargo, sus bóvedas ojivales amenazaban desplomarse cuando compró el Monasterio el Sr. Marqués de Miravel, quien procedió inmediatamente á repararlas.—Así lo indica la siguiente modestísima inscripción, que se lee en el testero posterior del coro:

Estando estas bóvedas en ruinas, se construyeron por José Campal, año de 1860.

Pero dirá el lector: ¿Quién es José Campal? ¿Son éstos el nombre y el apellido del espléndido Marqués que costeó la obra, ó los de algún insigne arquitecto, émulo de la gloria de los Brunelleschi y Miguel Ángel?

Ni lo uno ni lo otro.

José Campal es un humilde albañil de Jarandilla, que se atrevió á acometer tan ardua empresa, y la llevó á feliz término, cuando maestros llevados de Madrid con tal propósito la habían considerado irrealizable.—Admirado entonces el Marqués del arrojo y la inteligencia de Campal, mandó poner dicha inscripción en el coro.

La nave de la iglesia y sus altares están hoy completamente desnudos de todo cuadro, de toda imagen, de toda señal de culto. Los únicos accidentes que interrumpen la escueta monotonía de aquellos blanqueados muros, son las Armas Imperiales que campean allá arriba, en el centro del embovedado, y un negro ataúd depositado á gran altura, en un nicho ú hornacina de la pared de la derecha.

Este ataúd es de madera de castaño, y estuvo forrado de terciopelo negro. Hoy no contiene nada; pero en un tiempo contuvo otra caja de plomo, dentro de la cual fué depositado el cadáver del Emperador.....

«Púsose el cuerpo del Emperador (dice la historia) en una caja de plomo, la cual se encerró en otra de madera de castaño, forrada de terciopelo negro. Hiciéronsele solemnes exequias por tres días, celebrando el Arzobispo de Toledo, Fr. Bartolomé de Carranza, á quien sirvieron de ministros el confesor del Emperador, Fr. Juan Regla, y el prior Fr. Martín de Angulo, y predicando sucesivamente el P. Villalva y los priores de Granada y Santa Engracia de Zaragoza.

»Una de las cláusulas del codicilo de Carlos V era que se le enterrara debajo del altar mayor del Monasterio, quedando fuera del ara la mitad del cuerpo, del pecho á la cabeza, en el sitio que pisaba el Sacerdote al decir la misa, de manera que pusiese los pies sobre él. Para cumplir del modo posible este mandato, se derribó el altar mayor y se sacó hacia fuera, con objeto de depositar detrás de él el cadáver, pues debajo no podía estar, por ser lugar exclusivo de los Santos que la Iglesia tiene canonizados[9].»

A consecuencia de esta reforma, el altar Mayor quedó en la extraña disposición que hoy se advierte; esto es, sumamente estrecho de presbiterio, y muy alto en proporción del escaso desarrollo de su escalinata, cuyos peldaños son tan pinos, que cuesta fatiga y peligro subirlos ó bajarlos.

Fué, pues, depositado el cadáver del César dentro de las dos cajas mencionadas, detrás del retablo de Yuste, hasta que, quince años y medio después, el 4 de Febrero de 1574, verificóse su traslación al Escorial, en la caja de plomo, revestida de otra nueva que se construyó al intento, quedando en la bóveda de Yuste, como recuerdo, la caja de castaño. Pero como todos los viajeros que visitaban la tal bóveda hubiesen dado en la flor de cortar pedazos del viejísimo ataúd, á fin de guardarlos como reliquias históricas, el Marqués de Miravel dispuso colocarlo en el inaccesible nicho que hoy ocupa, y desde donde produce terrible y fantástica impresión.

* * *

Dijimos más atrás que el sueño eterno de Carlos V ha sido turbado también en el Monasterio del Escorial, y que nosotros mismos no hemos sabido librarnos de la tentación de asistir á una de las sacrílegas exhibiciones que se han hecho de su momia en estos últimos años.....

Cometimos esta impiedad, ó cuando menos esta irreverencia, en Septiembre de 1872, pocos meses antes de ir á Yuste.—Nos hallábamos en el fúnebre Real Sitio, descansando del calor y las fatigas de Madrid, cuando una mañana supimos que había pública exposición del cadáver del César, á petición de las bellas damas madrileñas que estaban allí de veraneo.—Era ya la vigésima de estas exposiciones, desde que las inauguró cierto temerario y famoso prohombre de la situación política creada en 1868.—Nosotros (lo repetimos) no tuvimos al cabo suficiente valor para rehusarnos la feroz complacencia de aquella profanación, que de todas maneras había de verificarse.....

Acudimos, pues, al panteón de los Reyes de España, á la hora de la cita.—¿Y qué vimos allí? ¿Qué vieron las tímidas jóvenes y los atolondrados niños y los zafios mozuelos que nos precedieron ó siguieron en tan espantoso atentado?—Vieron, y vimos nosotros, la tumba de Carlos V abierta, y delante de ella, sobre un andamio construído ad hoc, un ataúd, cuya tapa había sido sustituída por un cristal de todo el tamaño de la caja.

En las primeras exposiciones no había tal cristal, ó si lo había, se levantaba, de cuyas resultas no faltó quien pasase su mano por la renegrida faz del cadáver..... ¡La pasó el mencionado prohombre revolucionario, en muestra de familiaridad y compañerismo!.....

A través del cristal vimos la corpulenta y recia momia del nieto de los Reyes Católicos, de la cabeza á los pies, completamente desnuda, perfectamente conservada, un poco enjuta, es cierto, pero acusando todas las formas, de tal manera que, aun sin saber que eran los despojos mortales de Carlos V, hubiéralos reconocido cualquiera que hubiese visto los retratos que de él hicieron Ticiano y Pantoja.

La especial contextura de aquel infatigable guerrero, su alta y amplísima cavidad torácica; sus anchos y elevados hombros; sus cargadas espaldas; su cráneo característico; su ángulo facial, típico en la casa de Austria; la depresión de la boca; la prominencia de la barba por el descompasado avance de las mandíbulas: todo se apreciaba exactamente, y no en esqueleto, sino vestido de carne y cubierto de una piel cenicienta, ó más bien parda, en que aun se mantenían algunos raros pelos de pestañas, barbas y cejas y del siempre atusado cabello.....

¡Era, sí, el Emperador mismo! ¡Parecía su estatua vaciada en bronce y roída por los siglos, como las que aparecen entre las cenizas de Pompeya!

No infundía asco ni fúnebre pavor, sino veneración y respeto.

Lo que infundía pavor y asco era nuestra impía ferocidad, era nuestra desventurada época, era aquella escena repugnante, era aquel sacrílego recreo, era la risa imbécil ó el estúpido comentario de tal ó cual señorita ó mancebo, que escogía semejante ocasión para aventurar un conato de chiste.....

¡Siquiera nosotros (dicho sea en nuestro descargo) callábamos y padecíamos, sintiendo al par, y en igual medida, reverencia hacia lo que veíamos y remordimientos por verlo! ¡Siquiera nosotros teníamos conciencia de nuestro pecado!

Pedro Antonio de Alarcón
Viajes por España


De sus múltiples «peregrinaciones» dejó Alarcón detallada cuenta en el Índice Cronológico sus viajes por España, incluido en este libro como epílogo a la recopilación de escritos reunidos en el tomo Viajes de España (1883), que comprende las narraciones Una visita al Monasterio de Yuste, Dos días en Salamanca, La granadina, De Madrid a Santander, Mi primer viaje a Toledo, y El eclipse de sol de 1860. Iban a venir después Más viajes por España, como segunda parte de este tomo, pero sólo llegaría a escribir cuatro capítulos.

Amaranthus caudatus, cola de zorro,

Amaranthus caudatus, cola de zorro,

03 febrero 2021

Día de san Blas (3 de febrero)

Una de las cosas que se lo estorbaban á Trapaza era haberse puesto en astillero de tan gran caballero en Madrid, huyendo no poco de verse donde estuvieren portugueses; porque como la Corte es grande, érale fácil excusar las ocasiones de encontrarlos, por obviar el que se quisiesen informar de su persona, de quien había de dar mala relación si le preguntaban cosas de África.

En este tiempo que Trapaza era absoluto dueño de su Estefanía, y ella estaba muy contenta con su empleo, sucedió que aquella dama que hallaron en el coche, cuando las encontraron el día de San Blas, y se apasionó por Trapaza, habiendo estado ausente, volvió á la Corte. Pues como comunicase á sus amigas, en dos ocasiones de fiesta que tuvieron en sus casas, sucedió hallarse en ellas Trapaza y D. Alvaro, no porque presumiesen de su estada allí alguna cosa de sus amistades, sino dando á entender que aquel era sólo conocimiento. Estuvo, pues, en las dos ocasiones nuestro Trapaza tan razonado y donairoso, que la recién venida dama (cuyo nombre era doña María) volvió á aficionarse de él, dándoselo á entender con los ojos, á hurto de las amigas. Tenía linda cara, haciendo grande ventaja á todas en hermosura.

Dióse por entendido Trapaza, y, también huyendo de los ojos de su Estefanía, le mostró con los suyos que deseara verse favorecido.

Salió de allí, informóse con fundamento de quién era la dama; supo lo que está dicho de ella, y que tenía dote para apetecerle un título, con lo cual quiso comenzar esta empresa con todo secreto. Antes de dar el primer paso en ella, un día que estaba á solas en su posada, y era día que llovía mucho, paróse un coche á la puerta de ella; y habiendo un hombre anciano, que en él venía, preguntado por él, y díchole que estaba en su cuarto, subió allá, halló á nuestro fingido caballero entreteniéndose con un laúd, instrumento que tocaba diestramente, á quien arrimaba su poco de bajete con buena gracia.

Estúvole el anciano escuchando un poco, muy pagado de su voz, y habiendo acabado de cantar una letra, avisó al paje le dijese como estaba allí. Hízolo, y mandóle Trapaza entrar. Luego que se vio en su presencia, le puso un papel en las manos, el cual abierto decía así:

«Para cierta cosa que tengo que comunicar con vos, señor D. Vasco, me importa que os vengáis en ese coche donde el portador de ésta os guiare, asegurándoos que quien esto hace no os desea sino todo bien, porque de que le tengáis pende su gusto. El cielo os guarde.— Una servidora vuestra.»

Alonso de Castillo Solórzano
Aventuras del bachiller Trapaza
Quinta esencia de embusteros y maestro de embelecadores

Novela barroca del Siglo de Oro del español Alonso de Castillo Solórzano (1584-1648?) uno de los prosistas más ingeniosos del Siglo XVII. Cultiva el retrato breve con maestría insuperable y es además autor de cuatro interesantes obras picarescas en las que se insertan muchos elementos que proceden de la novela italiana cortesana. Estamos asistiendo a la desintegración del género, a la lenta difuminación de los límites que lo separan de otras obras literarias. Aún así, todavía conservan sus novelas el tono picaresco, aunque la finalidad moralizante ha quedado atrás. No podemos decir que prescinda de la moraleja, pero sí salta a la vista que no es el aspecto didáctico lo que más le interesa. Vierte todas sus dotes de narrador en la descripción de tipos y ambientes. La amenidad y gracia de estas cuatro obras, no demasiado largas, está por encima de toda discusión (…).
Aventuras del bachiller Trapaza, quinta esencia de embusteros y maestro de embelecadores está fechada en 1637 y se cuenta entre las novelas picarescas reseñables en este siglo XVII. Narra las andanzas de Hernando o Fernando, estudiante en Alcalá, pícaro en Andalucía, estafador itinerante y galeote al final, traicionado por su amada Estefanía. Pícaro simpático que domina a las mil maravillas el arte de urdir embustes. Sigue el esquema típico de la picaresca con el relato de su ascendencia familiar y de las aventuras que corre mientras es estudiante en Salamanca y, más tarde, en Andalucía y Madrid… Dentro de la trama principal se insertan dos novelas breves de tono boccacciesco e incluso un entremés: La Castañera. En contra de lo que pudiera parecer, no interrumpen el ritmo de la acción, gracias a la habilidad con que Solórzano sabe trabarlos. Aunque esta obra puede recordarnos a veces a otros pícaros —incluso al Buscón—, está muy distante de la crudeza y el desgarramiento de algunas novelas picarescas.

Echinacea con abejorro

echinacea con abejorro

02 febrero 2021

2 de febrero

No comprendo cómo pudo Elstead al fin quedar libre; pero, a juzgar por el estado en que se hallaba el extremo de la cuerda que colgaba de la esfera, se podría creer que el cable se cortó a causa de su roce continuo contra el borde del altar. El hecho es que la esfera se balanceó de pronto bruscamente, y que Elstead se elevó sobre el mundo de sus adoradores, tal como un ser etéreo, envuelto en el vacío, se elevaría otra vez, cruzando nuestra atmósfera, hacia su éter nativo. Debe haberse substraído a vista de ellos tal como una burbuja de hidrógeno que se precipita hacia arriba en el aire. Y ésta ha de haber sido para ellos una ascensión bien extraña, por cierto.

La esfera se precipitó, pues, hacia arriba con velocidad más grande aún que cuando, arrastrada por los pesos de plomo, se había hundido. Y se calentó excesivamente. Subía con las ventanillas hacia arriba, y Elstead recuerda que un torrente de burbujas hacía espuma sobre los vidrios. A cada momento esperaba verlos saltar. Después, le pareció que se soltaba una enorme rueda en su cabeza, que el compartimento acolchado empezaba a girar, y perdió el sentido. Sus primeros recuerdos, después de esto, se refieren a su camarote y a la voz del médico que lo atendía.

Sólo queda por decir que el 2 de febrero de 1896 Elstead hizo, cerca de Río de Janeiro, su segundo descenso al abismo del Océano, en condiciones mucho más ventajosas esta vez, porque habla aprovechado bien su primera experiencia, introduciendo en su aparato todas las mejoras que aquélla le había sugerido. Lo que fue de él, jamás lo sabremos.

No volvió nunca. El Ptarmigan estuvo navegando alrededor del sitio de su inmersión, esperándolo en vano durante trece días, y regresó después a Río de Janeiro, desde donde se telegrafió la triste noticia a sus amigos. En esto ha quedado hasta hoy el asunto. Pero no es muy difícil que se haga alguna vez una tentativa seria para verificar el extraño relato de Elstead sobre esas maravillosas ciudades del mar profundo.

H. G. Wells
Una historia de los tiempos venideros

En esta obra Wells plantea una historia de amor en el marco de Londres dentro de mil años. El género humano, como lo plantea el escritor, está dividido, o más bien ubicado, verticalmente de acuerdo a su situación económica. Una sociedad totalmente civilizada y automatizada es la que logra unir a Elizabeth y a Denton como la pareja central de esta historia. Ellos se aman, pero no tienen dinero para casarse. Es por eso que deciden iniciar una aventura fuera del marco de la ciudad y se lanzan a lo desconocido. Todo lo que no está comprendido en Londres se considera salvaje y es ahí cuando tienen que enfrentar situaciones que ellos consideran violentísimas, al punto de ver sangre y tener que pelear con unos perros salvajes por su vida. Esto no sería tan grave sino fuera que estos personajes están acostumbrados a que el desayuno se les sirva en una cinta transportadora y que en vez de leer las noticias opriman un botón y el fonógrafo se las lea, es decir, seres humanos habituados al mínimo esfuerzo y total tecnificación para sus movimientos. Wells toma como punto de partida la sociedad inglesa de su época y la parodia en esta obra tanto en la primera historia que se cuenta, como a lo largo de los cuentos que se encuentran al final de esta obra. Busca el shock en el lector y lo logra.

Strelitzia reginae

Strelitzia reginae

01 febrero 2021

1 de febrero

Mi madre, mi padre y yo dormíamos durante los meses del asedio en un colchón al final del pasillo, y sin cesar saltaban por encima de nosotros largas caravanas de gente que necesitaba ir al baño. El servicio apestaba hasta la desesperación porque no había agua para echar en el retrete y porque el ventanuco estaba tapado con sacos de arena. A cada rato, con la caída de las bombas, temblaba toda la montaña y con ella se estremecían los edificios de piedra. A veces me despertaba con gritos que helaban la sangre cada vez que uno de los que estaban durmiendo en algún colchón de la casa tenía una pesadilla.

El 1 de febrero explotó un coche bomba junto a la redacción del periódico judío en lengua inglesa Palestine Post. El edificio fue completamente destruido y las sospechas recayeron sobre los policías británicos que colaboraban en la ofensiva árabe. El 10 de febrero, las milicias defensivas de Yemín Moshé consiguieron rechazar un fuerte ataque de las tropas árabes semirregulares. El domingo 22 de febrero, diez minutos después de las seis de la mañana, una organización que se autodenominaba Fuerzas Fascistas Británicas hizo que explotaran tres camiones llenos de dinamita en la calle Ben Yehuda, en el corazón de la Jerusalén judía. Edificios de seis plantas fueron reducidos a polvo y una parte importante de la calle se convirtió en escombros. Cincuenta y dos inquilinos judíos murieron dentro de sus casas y unos ciento cincuenta resultaron heridos.

Ese mismo día mi miope padre fue a la jefatura de la guardia nacional, que estaba en una callejuela junto a la calle Sofonías: quería alistarse. Tuvo que reconocer que su experiencia militar no era otra que la redacción de algunos panfletos ilegales en lengua inglesa para el Etzel («¡Abajo la pérfida Albión! ¡Fuera la opresión nazi británica!», y cosas por el estilo).

El 11 de marzo, el ya familiar coche del cónsul americano en Jerusalén, conducido por un chófer árabe del consulado, entró en el patio de la sede de la Agencia Judía, el corazón de las instituciones judías en Jerusalén y en todo el país. Una parte del edificio saltó por los aires y hubo decenas de muertos y heridos. La tercera semana del mes de marzo fracasaron todos los intentos de hacer llegar a Jerusalén convoyes de víveres y provisiones desde la llanura costera: el asedio se estrechaba y la ciudad estaba al borde de la hambruna y del peligro de epidemias.

Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad 

Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén de aquellos años, de Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta. La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras. Esta amplia galería de personajes prepara un «cocktail genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

Teucrium hyrcanicum o cedro del Cáucaso

 Teucrium hyrcanicum o cedro del Cáucaso

31 enero 2021

31 de enero

LA NIÑA Y EL ÁRBOL

El 31 de enero de 2007 me encontraba en la sala de espera del aeropuerto de Oaxaca, a punto de tomar el vuelo 216 de Mexicana de Aviación rumbo a la ciudad de México, cuando un llanto se apoderó del lugar. La mayoría de los pasajeros hicieron el gesto de desaprobación que suelen suscitar los niños en los viajes.

El turismo en masa ha promovido la absurda idea de que las excursiones deben ser cómodas. Ya no se trata de tener aventuras sino de tener rutinas. La paradoja es que nada resulta tan incómodo como un sitio congestionado por turistas. Sin embargo, aunque sean ellos quienes empeoran el entorno, observan a los demás con misantropía.

En la sala de espera un grupo de viajeros de mejillas encarnadas (no parecían haber recibido el sol sino una radiación nuclear) miró con reprobación al sitio de donde salía el llanto. Una vez más su agencia de viajes no había podido impedir el contacto con los sonoros sinsabores de la infancia.

No reparé mayor cosa en el asunto hasta que el llanto cobró dimensiones de alarido. No se trataba de un bebé, sino de alguien un poco mayor. Una angustia inaudita se expresaba en los gritos interrumpidos por espasmódicos sollozos.

Me volví hacia la izquierda y vi a una niña de unos cuatro años. Tenía los puños cerrados y nos miraba como si supiera algo que los demás ignorábamos. Estaba acompañada por otras dos niñas y un hombre con cinturón ranchero, barriga feliz y rostro bondadoso. Era fácil imaginarlo como un diligente pastor de cabras. Me acerqué a preguntar qué sucedía.

—Extraña a su mamá —el hombre señaló a la niña.

Me contó que viajaban a Nueva York. La madre los alcanzaría en quince días.

El quejido de la niña adquirió entonces un inquietante ritmo de fuelle, como si tragara su propio aire.

Durante mi estancia en Oaxaca había oído historias de la gente que tiene que irse al otro lado. Casi la mitad de los oaxaqueños están en el extranjero: a California ya le dicen Oaxacalifornia. La ciudad había vuelto a una aparente normalidad después de las barricadas y los incendios, los cuatro meses de conflictos que en 2006 causaron veinte muertes, la ineptitud del gobernador y la ocupación armada, pero nada de fondo había cambiado. Los rezagos de siempre seguían ahí. Ahora, en la sala de espera, una niña nos miraba con el pasmo de quien deja de entender la realidad.

Recurrí a la superstición con que los adultos creemos compensar los sufrimientos infantiles. Le compré un chocolate y le dije algo que no me constaba en lo más mínimo: se encontraría pronto con su madre. El hombre comentó que había nevado en Nueva York el día anterior. No se me ocurrió otra cosa que hablar con la niña de muñecos de nieve. Los mejores tenían nariz de zanahoria.

¿Podía haber algo más inútil que contar historias? Lo que dije hizo poco por la niña; en cambio, el hombre se sintió más relajado. Me explicó que eran parientes lejanos. No había podido librarse de llevar a las tres niñas. Le pregunté cómo se llamaba la que estaba llorando. Su respuesta llegó con un escalofrío:

—No sé. —Volvió a sonreír, esta vez con nerviosismo, y agregó—: Somos familia, pero lejanos. No vaya a creer que me la robé.

—Tiene los permisos de los padres, ¿no? —dije, en el tono iluso de quien se tranquiliza a sí mismo diciendo: «El gobierno se ocupará del asunto, ¿no?»

Me mostró unos documentos mientras cargaba a otra de las niñas.

—Ésta es más tranquila —comentó.

En efecto, no lloraba a gritos pero las lágrimas bajaron de sus ojos cuando su «pariente» dijo que era tranquila.

Los papeles del hombre estaban en regla y habían sido revisados por la aerolínea. El asunto era grave por normal. La separación forzada de una niña sin nombre era algo común, una cifra más en la estadística.

Una señora se acercó, quitándole el celofán a una paleta, y una muchacha cargó a la niña. También ellos eran migrantes.

Recordé lo que Italo Calvino escribió sobre el Árbol del Tule después de su visita a Oaxaca. El viajero italiano había tratado de descifrar dos mil años de vida en esa intrincada corteza. No parecía describir una planta sino un país: «Es un monstruo que crece —se diría— sin plan alguno […] El tronco parece unificar en su perímetro una larga historia de incertidumbres, acoplamientos, desviaciones […] De los codos y rodillas de ramas que sobrevivieron al derrumbe de épocas remotas, continúan separándose ramas secundarias anquilosadas en una incómoda gesticulación. Nudos y heridas han seguido dilatándose, proliferando unos en excrecencias y concreciones, protuberando los otros con sus bordes desgarrados, imponiendo su singularidad como el sol en torno al cual irradian las generaciones de células. Y sobre todo esto, espesada, encallecida, creciendo sobre sí misma, la continuidad de la corteza que revela toda su fatiga de piel decrépita y al mismo tiempo la eternidad de aquello que ha alcanzado una condición tan poco viviente que ya no puede morir.»

El Árbol del Tule tiene la edad de Cristo. Comenzaba a crecer cuando el hijo del carpintero pidió en el camino a Judea: «Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí» (Mateo 19:14). En este pasaje de la escritura, «niños» puede ser entendido como «discriminados». Testigo vegetal, el Árbol del Tule resume en su tronco lo que ha visto.

Nos avisaron que el avión podía ser abordado. El momento de seguir nuestros destinos desiguales. Sólo entonces advertí que el papel del chocolate seguía en mi mano, como un talismán inútil.

Caminamos rumbo a la pista, bajo un cielo de un azul purísimo. La niña iba delante de mí. ¿Es posible contar lo que no tiene nombre?

Pensé de nuevo en la visita de Calvino a Oaxaca: lo que no podemos decir nosotros, lo dice un árbol.

¿Hay vida en la Tierra? 
Juan Villoro 

¿Hay vida en la Tierra? cuenta cien historias tan diversas como contundentes, cien relatos apoyados en una prosa adictiva. Juan Villoro analiza el extraño misterio de ser mexicano, se ocupa de la forma en que la tecnología modifica nuestras relaciones, desarrolla una teoría del mariachi, presencia una confesión del escritor japonés Kenzaburo Oé, conoce a dos tortugas en el campo de concentración de Dachau, abre una maleta que encierra el dolor del exilio republicano, enfrenta el desafío mayúsculo de pedir un capuchino y diseña un episodio de Los Simpson en el Distrito Federal. Hilarante catálogo de las paranoias, malentendidos, molestias e ilusiones que conforman la vida cotidiana, ¿Hay vida en la Tierra? traza un singular retrato de nuestra época. El registro de los sucesos transita con fluidez de lo culto a lo popular. Los afilados aforismos de este libro pueden venir de Nietzsche, una galleta china de la suerte, un gurú del kung-fu, un taxista extraviado, una niña de siete años o un peluquero deprimido. Imprescindible manual de primeros auxilios para entender la forma en que el presente se convierte en tradición, ¿Hay vida en la Tierra? revela secretos para cuidar amistades como peces dorados, llegar al destino con oportuno atraso y entender la despedida como un poema épico. Villoro, en una exhibición literaria de primer orden, logra que la indómita vida diaria adquiera sentido al ordenarse en una historia.

Plantas de verano y otoño de SAKAI HOITSU

Plantas de verano y otoño de SAKAI HOITSU

30 enero 2021

30 de enero

Freud, desde luego, era doctor en medicina y tenía probada experiencia clínica y era un pensador más acreditadamente científico que McLuhan. Pero Freud, como McLuhan, se sintió arrastrado por el atisbo cósmico. Los psicólogos actuales más rigurosos, así como la mayoría de los médicos investigadores, consideran a Freud un romántico, casi un metafísico. Consideran al buen Freud una especie de obispo Berkeley vienés. Se tiene la sospecha de que Freud se dedicaba a recorrer unos cuantos hogares vieneses de la alta burguesía llenos de terciopelos y jarrones —¡Ajá! ¡Muy significativo!—, entre los que se incluía el suyo propio —Papá, ese maricón, sedujo a mi hermanita—, y aplicó luego sus deducciones a su experiencia clínica intentando explicar así la conducta de todo el género humano. Es inevitable preguntarse lo mismo sobre McLuhan. Vemos al maestro sentado en el patio trasero, ante la mesa de ping-pong. Y allí, dentro de casa, se sientan los niños, haciendo los deberes (en medio de un absorbente y desatado tifón sensorial de aparatos de televisión, transistores, fonógrafos y teléfonos), y sin embargo consiguen salir adelante en el colegio… ¡Muy significativo! Sorprendente, incluso, una unidad neotribal de los sentidos. «El círculo familiar se ha ensanchado. El cúmulo de información mundial favorecido por los medios de comunicación eléctricos, películas, Telstar, vuelos…, sobrepasa con mucho cualquier posible influencia que papá y mamá puedan ejercer». 

PING-PONG 

Entré en el salón. 

Me dispararon con un bum estereofónico. 

No hay cielo posible aquí abajo. 

Saltan ninfillas en mi moqueta. 

Y mocosos en mi rincón privado. 

Y no dejan entrar al pobre papaíto trabajador. 


¡Magnífico! 

Übermenschen! ¡Gaviotas doradas! 

Con radiotransistores pegados a sus cráneos. 

¡Todo radiante! con el dulce tinte 

Del azul tuberculoso de la televisión. 

¡Una especie de pura euforia zulú 

inunda sus sentidos alta fidelidad! 


¡Magnífico! 

Lo soportaré mientras pueda, 

Este festival neotribal. 

Este ensamblaje multimedia, 

la audioseducción de sus voces, 

sólo me deja dos elecciones: 

Puedo simplemente hacerles callar… 

O… ¿extrapolar partiendo de ello 

el destino del hombre occidental? 

Freud y McLuhan se convirtieron en celebridades en el mismo período de su vida, a poco de cumplir los cincuenta, y en circunstancias similares. Freud tenía un pequeño grupo de partidarios que celebraban debates todos los miércoles por la noche en su gabinete y a los que se conocía como la «sociedad psicológica de los miércoles». McLuhan tuvo seguidores en varias universidades canadienses, y ellos, más los norteamericanos interesados en su obra, se reunían a menudo en su casa. Si hemos de elegir un dato preciso para señalar la transformación de Freud en una figura pública, probablemente tendríamos que acudir al 26 de abril de 1908, cuando se celebró una Zusammenkunft für Freud’ sche Psychologie (convención de psicología freudiana) en el Hotel Bristol de Salzburgo, a la que asistieron entre otros Jung, Adler y Stekel. En el caso de McLuhan, la fecha sería el 30 de enero de 1964, cuando los miembros de la facultad de la Universidad de la Columbia británica montaron lo que sus partidarios llamaron un «festival McLuhan» en el aula magna de la universidad. Colgaron del techo sábanas de plástico, formando un laberinto. Unos operadores lanzaban proyecciones de luz contra las sábanas de plástico, y la gente andaba entre ellas. Un proyector de cine pasaba una larga película sin sentido del interior del aula magna vacía. De los altavoces brotaban sonidos extraños, un timbre, alguien que hacía chocar dos fragmentos de madera sobre un podium. Otros esparcían perfume por el local. Entre la multitud corrían bailarinas, y había una pared formada por una tela tensada sujeta en un marco de madera y una chica se apretaba contra ella, como si se tratase de toda una pared hecha de pantalones ceñidos, y ondulaba y saltaba. Todo el mundo tenía que ir allí y sentirlo (la chica contra la tela tensa) para comprender la «comunicación táctil» de que hablaba McLuhan. 

Ninguno de los dos acontecimientos, ni la convención de psicología freudiana ni el festival de McLuhan recibieron gran publicidad, pero ambos fueron importantes en cuanto constituyeron anuncios esotéricos: aquél era el nuevo hombre con el que había que identificarse. Como dice Freud…, como dice McLuhan… Carpenter, el amigo de McLuhan, lo había expresado ya: «McLuhan es uno de los innovadores épicos de la era electrónica. Su Galaxia Gutenberg es el libro más importante en el campo de las ciencias sociales de esta generación, y eclipsa, por su alcance y profundidad, a cualquier otra contribución».

Tom Wolfe
La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop 

En este libro, Tom Wolfe examinó provocativamente, sobre el terreno, los recientes monstruos sagrados, las instituciones de la era pop, los representantes de la nueva cultura: los surfistas, los locos de la moto, los Muchachos de la Melena y la estética de lo rancio, Hefner (Playboy), el rey de los reclusos voluntarios, la topless trucada con silicona, el revoltijo mcluhaniano, los «Swinging London», las heathfields y las dollies, los hoteles climatizados, la decadencia del cocktail-party y la aparición de la cena con mono, la nueva etiqueta de la nueva café-society neoyorquina. Entre los sorprendentes fenómenos sociales que estimulan a Tom Wolfe aparece un tema recurrente: la búsqueda de estatus por parte de las nuevas generaciones o (lo que es el reverso de la medalla) el ocaso de las jerarquías sociales tradicionales. En conexión con este fenómeno se testimonia la aparición de fórmulas artísticas y códigos de conducta absolutamente ajenos al viejo establishment.