03 noviembre 2026

3 de noviembre

El 3 de noviembre de 1918, la jornada histórica de Trieste, realmente había de resultar bien poco idónea para burlas.
A las ocho de la tarde Mario, a instancias del hermano que tras haber oído contar del desembarco de los italianos quedaba en cama ansioso de saber más noticias, se acercó hasta el café a tomar aquel mejunje endulzado con sacarina que los triestinos se habían habituado a considerar café.
De entre sus conocidos solo encontró allí a Gaia que, sentado en un diván, descansaba del par de horas que había pasado de pie. Sintiéndolo mucho por él, hay que decir que Gaia era la viva imagen del espíritu del mal. No que por ello fuera feo. A los cincuenta y cinco años su cabellera era de un blanco reluciente que reflejaba la luz con destellos como de metal, mientras el mostacho que le tapaba los labios finos seguía siendo oscuro.
Enjuto y nada corpulento, habría dado la impresión de ser ágil si no fuera porque iba algo encorvado y porque su cuerpo menudo soportaba el peso de una barriguita que destacaba prominente y fuera de proporción, más baja que la que típicamente provoca en los hombres la falta de actividad, o simplemente el buen apetito: una barriga de esas que los alemanes —que de esto entienden— achacan a la acción de la cerveza. Sus ojillos negros ardían de alegre malicia y presunción. Tenía la voz ronca propia del bebedor y a veces la forzaba para gritar, pues se regía por la regla de que es preciso hablar algo más alto que el interlocutor. Cojeaba, como Mefistófeles, aunque a diferencia de aquel no siempre de la misma pierna, porque el reúma lo atacaba unas veces por la derecha y otras veces por la izquierda.
Mario, a pesar de ser mayor que él y de tener todo el pelo blanco —como es de rigor en las personas serias a su edad— en su rostro lozano, tranquilo y sereno, se percibía que era claramente rubio.
Gaia hablaba, excitándose, de los diversos episodios que había presenciado desde el mediodía. Hacía retórica, pues era llegado el momento de inflar su patriotismo, que hasta que no llegaron los italianos no había sido grande. Él sabía inflarlo todo, dispuesto siempre a exaltarse por cualquier cosa que fuese, con tal que fuese del agrado de quienes eran clientes suyos o podían pasar a serlo.
Oídas desde lejos, hoy las palabras que dijo Mario podrían tacharse de retóricas. Pero es preciso recordar que en aquella jornada hasta las palabras —particularmente en boca de a quienes no había tocado en suerte actuar— tenían obligación de ser altas y heroicas. Mario trató de afinar su ingenio para estar a la altura de la situación y, como es natural, se acordó de que él era un literato. Se despertó lo más refinado de su naturaleza, deseosa de proyectarse hacia la historia. Dijo, literalmente: «Quisiera ser capaz de describir lo que hoy siento». Y tras una ligera vacilación: «Haría falta una pluma de oro para inscribir las palabras sobre un pergamino miniado».

Italo Svevo
Vino generoso y otros relatos

En los relatos de Italo Svevo están condensados los temas y obsesiones de toda su obra. Los problemas eternos como la soledad, la culpa, lo que se espera de la vida y el fracaso al que se llega están tratados con un sentido del humor agridulce y una distancia irónica que hace de sus personajes los antihéroes más próximos de la literatura. Hoy, Svevo es considerado el padre de la novela moderna italiana y, junto con Kafka, Proust, Joyce o Roth, uno de los grandes escritores del siglo XX. 

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