30 septiembre 2026

30 de septiembre

 Este hombre la miraba con extraña fijeza.

¡Era el mismo personaje del castillo de Taverney, el que vio en el jardín de las Tullerías, el hombre de palabras amenazadoras y de actos misteriosos y terribles!
Una vez fija la mirada de la reina en aquel hombre, ya no pudo separarla de él; porque ejercía en ella la fascinación de la serpiente sobre el pájaro.
El espectáculo comenzó; la reina hizo un esfuerzo, rompió el encanto y pudo volver la cabeza para mirar la escena.
Se representaban los Acontecimientos imprevistos.
Mas por mucho que se esforzase María Antonieta para distraer su pensamiento del hombre misterioso, a pesar suyo, y como por efecto de una fuerza magnética más poderosa que su voluntad, volvíase y dirigía una mirada de espanto hacia el temible personaje.
Y el hombre continuaba en el mismo sitio inmóvil, sardónico, burlón. Aquello era una obsesión dolorosa, íntima y fatal, una cosa semejante a la pesadilla durante la noche.
Por lo demás, en el teatro flotaba una especie de electricidad. Aquellas dos cóleras suspendidas no podían menos de chocar, como sucede en los días tempestuosos de agosto, cuando dos nubes, llegando de dos extremidades del horizonte, se encuentran y producen el relámpago, si no el rayo.
No tardó en presentarse una oportunidad.
Madame Dugazon, mujer encantadora, debía cantar un dúo con el tenor, y decir estos versos:
¡Oh!, ¡cómo amo a mi ama!
La valerosa mujer se adelantó hasta el borde del escenario, y levantando los ojos y los brazos hacia la reina, hizo la fatal provocación.
María Antonieta comprendió que allí estaba la tempestad.
Volvióse espantada y fijó involuntariamente los ojos en el hombre de la columna.
Entonces creyó verle hacer una señal de mando, a la que toda la platea obedeció.
En efecto, con una sola voz, voz terrible, todos los espectadores que la ocupaban gritaron a la vez.
—¡Ya no hay amo ni ama! ¡Libertad!…
Pero a este grito, palcos y galerías contestaron:
—¡Viva el rey! ¡Viva la reina! ¡Vivan para siempre nuestro amo y nuestra ama!
—¡Ni uno ni otra! ¡Libertad, libertad, libertad! —vociferó por segunda vez la platea.
Después de esta doble declaración de guerra, así lanzada y aceptada, la lucha comenzó.
La reina profirió un grito de terror y cerró los ojos, sin fuerza ya para mirar a aquel demonio que parecía el rey del desorden y el espíritu de la destrucción.
En el mismo instante los oficiales de la guardia nacional la rodearon, formando una barrera con sus cuerpos, y la condujeron hasta fuera del teatro.
Pero en los corredores siguió persiguiéndola este grito:
—¡Nada de amo ni ama! ¡Nada de rey ni de reina!
Se llevó a la reina desmayada a su coche.
Y aquella fue la última vez que asistió al teatro.
El 30 de septiembre, la Asamblea, por boca de su presidente Thouret, declaraba que había cumplido su misión y terminado sus sesiones.
He aquí, en pocas líneas, el resultado de sus trabajos que habían durado dos años y cuatro meses.
La desorganización completa de la monarquía.
La organización del poder popular.
La anulación de todos los privilegios nobiliarios y eclesiásticos.
Mil doscientos millones de asignados decretados.
La hipoteca sobre los bienes nacionales.
La libertad de cultos reconocida.
Abolición de los votos monásticos.
Supresión de las órdenes de prisión.
Legalidad de los cargos públicos.
Supresión de las aduanas interiores.
Institución de la guardia nacional.
Y, en fin, la constitución votada y sometida a la aceptación del rey.
Hubiera sido necesario tener muy tristes presentimientos para creer —rey o reina de Francia— que debía temerse más de la Asamblea que iba a reunirse que de aquella que acababa de disolverse.

Alexandre Dumas
La Condesa de Charny
Revolución francesa - 4

Los sangrientos sucesos posteriores a la toma de la Bastilla continúan. La familia real es trasladada de Versalles a París, a las Tullerías más exactamente, escoltada por el pueblo, que ha asaltado el palacio para hacer justicia por su propia mano. Un miembro de la Asamblea General, el doctor Guillotín, empieza a dar forma al invento que lo hará famoso.
La familia real es apresada en Varennes y conducida a París. Luis XVI, secretamente y con ayuda de Charny y Bouillé, empieza a planear la huida. Mientras tanto, se proclaman los derechos del hombre y del ciudadano, y al grito de: Libertad, igualdad y fraternidad se inicia la revolución.
El ciudadano Juan Bautista Drouet, es el primero en reconocer al rey en su fuga por el camino de Varennes, y da la voz de alarma. La familia real es apresada y conducida por la fuerza a París. Charny, al conocer el secreto de su esposa Andrea, empieza a amarla, sobre todo por el motivo del ocultamiento. Lamenta haberse dado cuenta tarde del tesoro que tiene a su lado. Andrea conoce la felicidad y, aunque durará poco, para ella será suficiente. (…el amor ha sido dado al hombre para que tenga la medida de lo que puede sufrir…).
Reaparece Angel Pitou, que se ha convertido en capitán y héroe de la revolución, pero sigue siendo el noble e inocente enamorado de Catalina a pesar de todo. Esto terminará por revertir su mala suerte en el amor, al convertirse tempranamente en un buen padre de un niño de quien tal vez él no hubiera esperado.

Puentes sobre el ríoTajo en Toledo

Toledo

29 septiembre 2026

29 de septiembre

 La noche era oscura y no se veía ni una estrella, el cielo cubierto por cargados nubarrones. El camino estaba bastante impracticable, con afiladas rocas que sobresalían y baches que parecían fosas. El viejo y maltrecho coche avanzaba dando brincos y sacudidas. Por si fuera poco, el hombre que iba al volante sólo encendía los faros de vez en cuando, apenas unos segundos, y después los apagaba. A aquella hora de la noche no era fácil que pasara un automóvil por aquel sendero, y por eso lo mejor era no despertar curiosidad. A ojo de buen cubero debía de faltarle muy poco para llegar. Encendió las luces largas y a unos veinte metros de distancia, a mano derecha, vio un rótulo escrito a mano y clavado en una estaca. Detuvo el coche, apagó el motor y bajó. El aire fresco y húmedo intensificaba la fragancia de la campiña. El hombre respiró hondo y echó a andar, con las manos en los bolsillos. A medio camino lo asaltó un pensamiento. Se paró. ¿Cuánto tiempo había tardado en llegar? ¿Y si fuera demasiado temprano? Había salido del pueblo pasadas las once y media, pero no había tráfico. Como no conseguía calcular cuánto rato había conducido, sacó la linterna del bolsillo y la encendió lo que dura un relámpago, suficiente para consultar su reloj de pulsera: las doce y diez. El nuevo día había empezado hacía diez minutos. Perfecto. Reanudó la marcha.

Esta vez no necesitó un silenciador para disparar. La detonación sólo la oyó algún perro lejano que se puso a ladrar sin mucha convicción, únicamente para demostrar que se ganaba el pan.
El lunes 29 de septiembre, Fazio se presentó en la comisaría hacia el mediodía con una bolsa de supermercado.
—¿Has ido a hacer la compra?
—No, señor dottore. Traigo un pollo. Cómaselo usted, que yo ya me zampé el muletto la otra semana.
—A ver si te explicas mejor.
—Dottore, al pollo que llevo aquí dentro le han pegado un tiro. En la cabeza, como al pez del lunes pasado.
—¿Dónde ha ocurrido?
—En la granja de Masino Contrera, en el campo, hacia Montereale, a una media hora por carretera desde aquí. Pero es un lugar solitario. Aquí tiene la bala. —Montalbano abrió el cajón, buscó la otra y las comparó. Idénticas—. Y también ha dejado una nota —añadió Fazio, sacándosela del bolsillo y entregándosela al comisario.
Estaba escrita en bolígrafo en un trozo de papel cuadriculado con letras mayúsculas: «Me sigo contrayendo».
—¿Y esto qué quiere decir? —preguntó Montalbano.
—¿Me permite?
—Pues claro.
—Yo he pensado que, a lo mejor, este señor se ha equivocado al escribir.
—Ah, ¿sí?
—Pues sí, dottore. Quizá quería poner: «Me sigo contrariando». A lo mejor está contrariado por algún motivo, qué sé yo, los impuestos, la mujer que le pone los cuernos, un hijo drogata, cosas por el estilo. Y entonces va y se desahoga.
—¿Disparando contra peces y pollos? No, Fazio; aquí dice exactamente «contrayendo». Pero a partir de esta nota podemos intuir el contenido de la primera, la que no pudiste leer porque se había mojado. Aquí pone «sigo».
—¿Y entonces?
—Significa que en la primera usaba un verbo del tipo «empezar» o «comenzar». «Empiezo a contraerme» o algo así.
—¿Y eso qué significa?
—Vete tú a saber.
—¿Qué hacemos, dottore? —preguntó Fazio, inquieto.
—¿Esta historia te pone nervioso?
—Sí, señor.
—¿Por qué?
—Porque es un asunto sin pies ni cabeza. Y a mí las cosas que no tienen explicación lógica me impresionan.
—No podemos hacer nada, Fazio. Esperaremos a que este señor termine de contraerse y entonces ya veremos. Pero ¿seguro seguro que el pollo no te apetece?

Andrea Camilleri
El primer caso de Montalbano
Relatos
Comisario Montalbano 

Reflejo de tres épocas muy diferentes en la vida del comisario Salvo Montalbano, los relatos que componen esta nueva entrega del famoso personaje creado por Andrea Camilleri —uno de los autores más leídos de Italia en los últimos años— ofrecen una cara desconocida de Montalbano que deleitará a los iniciados y sorprenderá a aquellos lectores que se acerquen por primera vez al irresistible universo del seductor sabueso siciliano. Si el primer relato nos presenta un caso insólito en el que la interpretación de la Cábala resulta decisiva para esclarecer la muerte violenta de una serie de animales de todo tipo y tamaño, el tercero, un extraño secuestro exprés que no termina de convencer a Montalbano, nos plantea la nueva realidad de la mafia, moderna y actualizada, que se enfrenta a unos policías obligados a salir a fumar a la calle para cumplir con la ley antitabaco. Y entre ambos, el relato que da título al libro, un viaje al pasado para conocer al joven subcomisario Montalbano mientras espera con ansiedad un próximo ascenso. Harto de un paisaje de montaña acartonado, Salvo sueña con una casita a la orilla del mar, con el olor del salitre al amanecer y el rumor de las olas que rompen… Cuando su sueño se hace realidad, el flamante comisario se lanza a la carretera, loco de alegría, deseoso de llegar a Vigàta y conocer a sus nuevos compañeros. Y como presagio de lo que será su dilatada carrera, ya desde el primer caso se le plantea el dilema entre seguir sus corazonadas o atenerse estrictamente a las normas que marca la ley.

Toledo

Toledo

28 septiembre 2026

28 de septiembre

 Sábado, 28 de septiembre

Hemos estado en el Círculo de Bellas Artes haciendo la foto multitudinaria para el libro Cuentos de cine, organizado todo por Juan Cruz. Se han hecho unas cuantas fotos distintas, todas multitudinarias, porque los cuentos que se publicarán en el libro son casi cuarenta. Emma está un poco decepcionada, porque pensaba verse incluida en una selección de quince o veinte. Confieso que yo también.
Después de las fotos y una copita servida en la sala de juntas —que habría valido muy bien para la de la película Pesadilla— Juan Cruz nos ha llevado a unos cuantos a comer a La Estrecha. Lo he pasado bastante bien oyendo las invenciones que ha contado Manuel Vicent.
Al volver a casa, trozos de películas y fútbol en la tele.
Lectura de El jinete polaco.
Veo dos trozos de películas, una española y otra alemana, a cuál más rara. ¿O será que estamos ya, como me dijo hace tiempo Gutiérrez Aragón, fuera de órbita?

Fernando Fernán Gómez
El tiempo amarillo
Memorias ampliadas (1921-1997)

El tiempo amarillo brinda al lector una nueva y personalísima mirada sobre varias décadas de nuestro país, y también, y sobre todo, una profunda mirada de Fernando Fernán-Gómez sobre sí mismo; una mirada distanciada y cercana a la vez, y que cristaliza en un lenguaje preciso que transmite y contagia sinceridad y emoción.

Toledo

Toledo

27 septiembre 2026

27 de septiembre

 Borrallo de Lagóa

Creo que solamente he visto a Borrallo de Lagóa sin zamarra, una vez, en el San Bartolomé de Espasande, que es en Miranda el día más caluroso del año, que siempre andaba abrigándose con ella, con un par de chalecos y una bufanda colorada. Era albino. Por el país se cree que los albinos ven mejor que nadie, en la noche, el oro perdido en los caminos. Los albinos no pueden echar el mal de ojo, y no hay noticia de que hubiese caído el rayo en casa en la que viva mujer albina. Borrallo era pequeño y delgado, y andaba siempre como escurriéndose o agazapándose. Citaba a los enfermos en los sitios más imprevisibles, en una fuente que hay a una legua de Pacios, o al pie de un tejo que hay en Vilarin, o en el atrio de Reigosa, a la anochecida. Curaba locos, morriñosos inapetentes, y tipos con los huesos cansados, enojados de la vida, o con la paletilla caída. Lo dejaban solo en el campo o en la era, con locos iracundos, y no le hacían nada, que le obedecían y se quedaban quietos y pacíficos. Lo primero que hacía con un loco era cambiarle de nombre. Le decía al loco, que por casualidad se llamaba Secundino:
—Tú eres Pepito. ¡No contestes a nadie más que por Pepito!
Después, arrancando del Pepito, le inventaba a Secundino una vida nueva. A uno que nunca saliera de Bretoña le hacía creer que estuviera en La Habana, y que allí tomara café con sus vecinos Fulano y Mengano, y que pusiera una carbonería o una bodega, y que se retratara en Santa Clara 31, donde había un fotógrafo que era de Ribadeo, junto a un tren de lavado… Y Borrallo le enseñaba al nuevo Pepito una fotografía, y el loco se reconocía en ella. El loco dejaba de pensar en sus temas, de rascar en ellos, y se ponía en los asuntos del ficticio Pepito, que le caían algo más lejos. Todos atestiguan que Borrallo hacía calmos a los locos más furiosos, y que poco a poco a muchos los volvía a la vida cotidiana, y al oficio. Aunque a muchos, al cambiarles el nombre, también les cambiaba el trabajo.
A los que en otras partes de Galicia llaman alganados o ensumidos, por Miranda y Pastoriza les dicen afrixoados. Es gente que entristece, enflaquece, se cansa, desgana la comida, y muere aburrida y callada en un rincón, la piel color de cera, y a veces quejándose de puntos fríos que andan vagabundos por su cuerpo, cuando en el pecho, cuando en la espina. Borrallo estaba especializado, porque él mismo fuera un afrixoado, y se autocuró. Vendió una tierra y fue a pasar un mes a Orense, donde aprendió a leer. Volvió como nuevo. Contaba y no paraba de los cafés cantantes y de las Burgas, las famosas fuentes de aguas cálidas. A los afrixoados hay que convencerlos de que no lo son, de que tienen algo de estómago, o puesta la molleja, —la gente gallega cree que el hombre tiene molleja, como gallo, aunque los médicos titulados, ni aun los de Santiago, sepan de qué lado cae—, o una piedra de ijada, o un catarro de dentro, con flema. Si se logra convencerlos de que no están afrixoados, entonces se inquietan, se animan, se ponen en cura, comen algo, compran las medicinas.
A uno que le llamaban Listeiro, de los Parciales de Úbeda, que se dejaba morir, y se hiciera blasfemo, le dijo Borrallo:
—¡Aún me has de llevar en brazos al San Cosme de Galgao!
Listeiro, haciendo un esfuerzo para levantarse del escaño de la cocina, juró que no llegaba a tal fiesta, que la vida era una mierda, dispensando, y que si no se colgaba era por no darle por el gusto a una nuera que tenía, que estaba esperando a que muriese para comprar mobiliario nuevo. Borralo lograba llevar todas las tardes a Listeiro a dar paseos, que llegaron a ser de una legua, y si se les hacía noche durante el regreso, en los meses veraniegos se quedaban a dormir en una posada o en un pajar. Listeiro se fue aficionando a aquella vagancia. A la hora de la merienda bebían algo. Listeiro se animaba. Borrallo, mientras paseaban, le enseñaba a leer en Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de Blasco Ibáñez, que comprara en Orense. Listeiro curó. El 27 de septiembre de 1934, Listeiro entró en el campo de la Xesta, donde se celebra la romería de San Cosme de Galgao, llevando en brazos a Borrallo, como este había profetizado. A un Borrallo con tres chalecos y dos bufandas, que en aquel alto siempre soplan fríos nordestes. La nuera se fue a servir a Barcelona y se arrimó a un dependiente que echaba discursos. Borrallo, en el verano del 36, apareció muerto en una cuneta, de un tiro en la cabeza. A Borrallo se le recuerda mucho.
—¡Valía más que Conxo[3]!, me dice un amigo de él.
De niño enseñó a comer del mismo zatico de pan a un ratón y a un mirlo. Me parece estar viéndolo en la farmacia de mi padre, encogido, sentado en un rincón, escuchando cantar un canario, y esperando a que le despachasen pastillas de clorato de potasa, y cinco pesetas de aguardiente alemán.

Álvaro Cunqueiro
Tertulia de boticas y escuela de curanderos

Álvaro Cunqueiro, que ha estado poniendo en zapatillas de andar por casa a buena parte de la mitología clásica, empieza con este libro a mitificar personajes cotidianos.
En la primera parte, «Tertulia de boticas prodigiosas» dice aprovechar los saberes adquiridos en la rebotica de la farmacia paterna para hacer un repaso irónico y socarrón a la farmacopea tradicional, a la legendaria y a la literaria, sazonándolas —con Cunqueiro nunca se sabe hasta qué punto— con remedios salidos de su prodigiosa imaginación.
En la segunda parte, «Escuela de curanderos», hace desfilar a una serie de curanderos, cada uno con su especialidad, sus técnicas y sobre todo su humanidad y sentido común. Estos curanderos pueden parecer inventados, y puede que lo sean, pero los gallegos sabemos que existen, aunque los conozcamos con otros nombres y en otras épocas.
Un libro que se lee con una media sonrisa constante y algunas buenas carcajadas y una nueva oportunidad para disfrutar de la ironía y el delicioso castellano galleguizante de Álvaro Cunqueiro.

Toledo

Toledo

24 septiembre 2026

2. Paloma blanca

2. Paloma blanca

Una vez era un matrimonio que tenía tres hijos; el primero se llamaba Serafín; el segundo Germán, y el tercero, Ricardo.

Un día se acercó Serafín a su padre y le dijo:

—Padre: écheme la bendición, que me voy por el mundo en busca de fortuna.

Serafín recibió la bendición de su padre, y este consejo:

—No sirvas nunca a hombre de barba roja; sirve a hombre de barba negra.

El joven cogió un palo y un zurrón y se marchó de su casa. Y allá, muy lejos, halló un señor de barba roja que le preguntó:

—¿Dónde vas?

—A buscar amo a quien servir.

—¿Quieres servirme a mí?

—De buena gana, si tuviera usted la barba negra; pero me ha dicho mi padre que no sirva a hombre de barba roja.

El señor se marchó y se tiñó la barba. Y por un atajo fue al encuentro del joven y le preguntó si quería irse de criado con él.

Serafín no lo reconoció y aceptó el empleo. Entonces el señor le llevó para su casa, y pasó un día, pasó otro, y no le mandaba hacer nada. A los siete días le dijo Serafín:

—Mi amo: ¿no me manda usted trabajar? Si no me necesita, me marcho.

Y le contestó el amo:

—Sí, vas a trabajar; prepara los bueyes, el carro, un cesto, tres o cuatro sacos, una cuerda y dos hachas, que vamos a ir al monte a por un carro de leña.

Fueron para el monte y allí hicieron una gran pila de leña y le pegaron fuego. Mientras ardía la leña, el señor leía un libro de magia, y cuando el fuego se consumió, en el sitio que había ocupado se abrió un pozo muy profundo, y dijo el amo:

—Serafín, ven acá. En el fondo de este pozo hay un tesoro; con la cuerda voy a bajarte allá para que cojas unos cuantos cestos de oro para nosotros dos; yo tiraré de ellos con la cuerda, y con el último cesto de oro te saco a ti.

Serafín bajó donde estaban las riquezas, y cuando concluyó de cargar el oro, se sentó en el cesto para salir. El señor tiró de la cuerda, y cuando Serafín iba llegando arriba, lo dejó caer al pozo. El señor se puso a leer en el libro mágico y el pozo se cerró.

Después metió el oro en los sacos, los puso en el carro y lo llevó para su casa.

Pasó algún tiempo, y los padres de Serafín comenzaron a ponerse tristes porque no recibían noticias de su hijo.

—No se aflija usted, padre —dijo Germán—; écheme la bendición, que ahora mismo voy en busca de mi hermano.

El padre le echó la bendición y le dio el mismo consejo que a Serafín.

Germán se fue por el mundo, provisto de un zurrón y un palo, y después de andar muchas leguas, halló al señor de la barba roja, el cual hizo con él lo mismo que había hecho con su hermano.

—Padre mío —dijo un día Ricardo—: en vista de que no tenemos noticias de Serafín ni de Germán, voy a ver si los encuentro; écheme la bendición, que quiero emprender el camino inmediatamente.

Ricardo recibió la bendición de su padre y el mismo consejo que sus hermanos. Marchó con el zurrón a cuestas y un palo en la mano. Un día halló al señor de la barba roja, con el cual se fue a servir en iguales condiciones que Serafín y Germán.

Pero cuando bajó al fondo del pozo a cargar los cestos de oro, al sentarse en el último cesto para salir, dijo:

—Con el peso del oro y el mío es fácil que se rompa la cuerda; lo mejor es que mi amo saque el cesto y después que me saque a mí.

El señor tiró del cesto y, creyendo que subía a Ricardo en él, soltó la cuerda. Y leyó el libro de magia y se cerró el pozo.

Ricardo, al verse allí encerrado, echó a andar por un pasillo, y se encontró los esqueletos de sus hermanos. Con los huesos de éstos franqueó la entrada de un agujero, se metió por él, y fue a dar a un jardín donde había una higuera cargada de higos maduros.

—¡Oh, qué higos tan hermosos para quitar el hambre! —dijo Ricardo—. Voy a comer unos cuantos.

Se subió a la higuera, y en cuanto alargó la mano para coger un higo, apareció un gigante y le dijo:

—¿Por dónde has entrado aquí? Baja, que te voy a comer esta noche.

—Por Dios, no me coma; si me perdona la vida, le digo dónde hay un tesoro muy grande.

—¡Ah, pícaro! ¿También tú sabes dónde guardo mis riquezas?

—Fue un señor que me bajó al pozo y me dejó allá encerrado. No me coma usted que puedo prestarle buenos servicios.

El gigante era viejo y aceptó el ofrecimiento de Ricardo, con el cual se encariñó en seguida, y le entregó las llaves del palacio, con la condición de que no entrara nunca en el cuarto del gigante.

Un día dijo Ricardo:

—¿Por qué no querrá mi amo que entre en su cuarto? Voy a entrar a ver qué tiene allí guardado.

Entonces abrió la puerta y vio entrar por la ventana una paloma blanca, otra dorada y otra amarilla. Las palomas se bañaron en una fuente de oro y se convirtieron en tres jóvenes.

Después de un rato de conversación entre sí, tomaron la forma de palomas y salieron volando por donde habían entrado.

Por la noche le preguntó el gigante a Ricardo:

—¿Qué has visto hoy en mi cuarto?

—No he visto nada, porque no entré en él.

—Yo sé que has entrado. Y no te castigo si me contestas a la pregunta que acabo de hacerte.

Ricardo le contó la verdad, y el gigante le dijo:

—Mañana vuelve a mi cuarto. Y cuando entren las palomas coge la pluma de la que más te guste.

A Ricardo le gustó la paloma blanca. Y cuando ésta dejó la pluma en la fuente de oro, para transformarse en mujer, Ricardo se la cogió, por lo cual la joven no pudo marcharse con sus compañeras.

Aquel mismo día el gigante llamó a Ricardo y le dijo:

—Cásate con la joven que has retenido en mi cuarto; se llama Paloma Blanca. Y la pluma que le has cogido guárdala en esta caja y no se la enseñes nunca; si se la enseñas te ocurrirán muchas desgracias.

Ricardo se casó con la joven, y después de algún tiempo le dijo al gigante:

—Mis padres no tienen noticias mías desde que salí de mi casa; si usted me da permiso, voy a verlos y llevo conmigo a mi mujer.

El gigante le dijo:

—Primero son tus padres que yo; ve a verlos cuando quieras y llévales un saco de oro de lo que tengo guardado en el pozo.

Ricardo llegó a casa de sus padres, acompañado de su mujer. Y le entregó el oro de parte del gigante. Y a su madre le dio a guardar la caja que contenía la pluma de Paloma Blanca, y le dijo:

—Que no vea mi mujer lo que hay dentro de esta caja.

Un día, mientras Ricardo estaba cazando, Paloma Blanca entró con su suegra en la habitación donde estaba la caja y dijo:

—¡Qué caja tan bonita! ¿De quién es?

—De tu marido.

—Quiero ver lo que hay dentro. Mi marido, sin duda, guarda en ella cartas de otra mujer.

Y se echó a llorar.

Entonces, su suegra abrió la caja, y Paloma Blanca metió las manos, sacó la pluma y dijo:

—¡Mi pluma! ¡Aquí está mi pluma!

Y se transformó en paloma y se marchó volando.

Cuando Ricardo volvió de cazar y se enteró de lo que había ocurrido, dijo a sus padres:

—No quitaré barba de mi cara, ni camisa de mi cuerpo, mientras no encuentre a Paloma Blanca; voy a preguntar por ella al gigante.

Fue a preguntar y el gigante le dijo:

—Paloma no volvió por aquí, ni volverá. Ve a preguntar por ella al gigante que vive al otro lado de la montaña; aquél sabe más que yo. Toma esta avellana y guárdala, que para algo te servirá.

Ricardo atravesó la montaña, fue a casa del gigante y éste le dijo en cuanto lo vio:

—¡Hola, Ricardo!

—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Ha visto usted a Paloma Blanca?

—No, no la vi. Ve a preguntar por ella al maestro de los gigantes; si éste no te dice dónde está, no te lo dice nadie. Pero ten cuidado que no te coma; a siete leguas de distancia huele la carne humana. Toma esta nuez y guárdala, que para algo te servirá.

Ricardo llegó a casa del maestro de los gigantes un día por la tarde y en ocasión en que estaba sola su mujer, la cual le dijo en cuanto llegó:

—¡Hola, Ricardo!

—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Ha visto usted a Paloma Blanca?

—¡No! La habrá visto el gigante; pero tú no puedes preguntarle por ella. Yo te ayudaré en este negocio, para lo cual tengo que esconderte en la casa.

Entonces la giganta leyó por el libro del gigante y transformó a Ricardo en una hormiga y la puso encima de una mesa, tapada con una taza.

Por la noche llegó el gigante y le preguntó a su mujer:

—¿A quién tienes en casa? Me huele a carne humana.

Será el olor que dejaron unos cazadores que pasaron por aquí esta mañana.

Cenaron y se acostaron, y cuando el gigante se durmió, la giganta le dio un puñetazo en la cara y despertó gritando:

—¡Qué haces, mujer!

—Soñaba que se había desencantado Paloma Blanca, y de alegría alargué los brazos para abrazarla, y lo que hice fue darte con la mano en la cara. Y a propósito de Paloma Blanca: ¿sabes dónde está?

—Sí; está a tres leguas de Peñanegra; pero es difícil ir allá, porque una legua es de agua, otra de fuego y otra de clavos colocados con la punta hacia arriba.

Cuando amaneció, la giganta leyó por el libro del gigante y sacó a Ricardo del estado de hormiga. Después le dijo lo que debía acerca de Paloma Blanca y lo despidió, diciéndole:

—Toma esta bellota y guárdala, que de algo bueno te servirá.

Llegó Ricardo a Peñanegra y encontró la legua de agua; como sabía nadar pasó fácilmente al otro lado. Pero allí estaba la legua de fuego, que le impedía continuar su camino.

Y para poder pasar quitó la corteza a un árbol, y después de empaparla en agua cubrió con ella su cuerpo y así logró llegar a la legua de clavos. Y la pasó valiéndose de la misma corteza envuelta en los pies.

Por fin, llegó al palacio donde estaba encantada Paloma Blanca y fue recibido por una procesión de brujas, con estas palabras:

—¡Hola, Ricardo!

—Me alegro de que me conozcan aquí, viviendo yo tan lejos. ¿Han visto ustedes a Paloma Blanca?

—No; no la hemos visto.

Ricardo cenó con las brujas, y al final de la cena cascó la avellana y salió de ella un palacio precioso.

—Si nos regalas ese palacio —le dijeron las brujas—, te traemos a Paloma Blanca y duermes esta noche con ella.

Ricardo aceptó la proposición muy contento. Después le dieron a tomar cierta bebida que le transformó. En esto acudió Paloma Blanca, se lo llevó a la cama y durmió con él hasta la hora del alba, en que abandonó el lecho.

Cuando Ricardo volvió en sí, tenía una idea de que no había dormido solo.

Llegó la noche, y después de cenar, Ricardo cascó la nuez y salió de ella un palacio más hermoso que el que había salido de la avellana. Las brujas se lo pidieron a cambio de que le entregaran a Paloma Blanca.

Él aceptó, y le ocurrió un caso igual al de la noche anterior. Y por la mañana le dijeron las brujas:

—Vamos a salir de paseo y mientras tanto te quedas aquí solo; puedes recorrer todo el palacio, pero líbrate de entrar en el cuarto del corredor.

En cuanto se marcharon las brujas, Ricardo entró en aquel cuarto, y allí encontró a Paloma Blanca. Se abrazaron llenos de alegría y ella le dijo:

—Esta noche, después de cenar, rompe la cáscara de la bellota; de ella saldrá un palacio maravilloso, regálaselo a las brujas como les regalaste los otros, pero guárdate de beber ninguna clase de bebidas para no perder el sentido, como lo perdiste las dos noches pasadas.

Ricardo les regaló el palacio a las brujas; después hizo como que bebía la bebida que le ofrecieron y que había perdido el sentido. Entonces Paloma Blanca se lo llevó a la cama, y al amanecer le dijo muy bajo para que no le oyeran las brujas:

—Levántate y coge una piedra negra que hay debajo de la cama, y con ella rompe la lámpara de la escalera en siete pedazos.

La rompió, y Paloma Blanca salió de su encantamiento, y fue muy feliz con Ricardo en aquel palacio, donde vivieron toda la vida.

Y cuento contao, por la chimenea se va al tejao.


Antonio Rodríguez Almodóvar

Cuentos al amor de la lumbre

Ilustración con rana

Reinterpretación de mis fotos en el Botánico de Madrid

18 septiembre 2026

Blancaflor, la hija del diablo

 1. Blancaflor, la hija del diablo

Había una vez un rey y una reina que, después de casados, estuvieron mucho tiempo sin tener descendencia. La reina iba todos los días a pedirle a Dios que les mandara un hijo, aunque a los veinte años se lo llevara el diablo. El rey iba a cazar fieras todos los días, pero había tantas fieras para él solo, que un día vino del bosque y le dijo a su mujer:

—El primer hijo que tengamos se lo prometo al diablo.

Por fin Dios les mandó un hijo tan hermoso, que no había otro como él. Era además tan fuerte, que a los tres años ya iba a matar fieras y mataba más que su padre.

Pero de mayor se hizo también muy jugador y a todo el mundo le ganaba. Un día se encontró con un caballero que resultó ser el diablo. Se puso a jugar con él, y el diablo dejó que le ganara todo el dinero. Quedaron citados para jugar otro día, pero ese día el diablo le ganó al hijo del rey todo el dinero que llevaba. Entonces le preguntó que si quería jugarse el alma, y el hijo del rey contestó que sí. Se pusieron a jugar y le ganó el alma. El diablo le dijo entonces que si quería recuperarla tenía que ir a su castillo a realizar tres trabajos que le mandaría.

A esto ya tenía el hijo del rey veinte años, cuando le dijo a su padre:

—Padre, prepáreme usted un caballo y unas alforjas, que me voy camino adelante.

El padre le dio el mejor caballo que tenía. La madre le preparó la comida, pero no dejaba de llorar. El hijo le preguntó que por qué lloraba tanto y ella entonces le contó cómo le había pedido a Dios un hijo, aunque se lo llevara el diablo. El muchacho le dijo que no se preocupara y se marchó.

Por el camino se encontró con una pobre anciana, que le pidió un trocito de pan, y el muchacho le dio todo el que llevaba. Entonces ella le preguntó:

—¿Adónde vas?

—Voy al castillo del diablo.

—Pues por tu buena acción —dijo la anciana— te diré que tienes que llegar a un río que está cerca del Castillo de Irás y no Volverás, y adónde todos los días van a bañarse tres palomas, que son las hijas del diablo. Cuando llegues allí se estarán bañando. Tú le esconderás la ropa a la más pequeña, que se llama Blancaflor, y no se la des hasta que te pregunte tres veces por ella y te prometa su ayuda en todo lo que necesites.

—¿Y cómo llegaré a ese río? —preguntó el príncipe.

—En el pueblo más próximo vive la dueña de las aves, que es hermana del sol y de la luna. Pregúntale a ella.

El príncipe siguió andando y llegó por fin a la casa de las aves. Llamó a la puerta y salió a recibirle una bruja, que le dijo:

—¿Quién te manda por aquí, que tan mal te quiere?

—Voy buscando el Castillo de Irás y no Volverás y vengo a que usted me diga dónde se encuentra —contestó el príncipe.

—¡Huy, yo no sé dónde está eso! Pero alguna de mis aves, que van por todas partes, lo sabrá. Esta noche, cuando vengan después de que se recoja el sol, se lo preguntaremos. Pero escóndete en ese rincón, si no mi hermano el sol te abrasará con sus rayos o mi hermana la luna te descubrirá.

Llegó el sol y se puso a gritar:

—¡A carne humana me huele! ¡Si no me la das, te mato!

Y contestó la bruja:

—Anda, déjalo, que es un pobre muchacho que anda buscando el Castillo de Irás y no Volverás, y está esperando que lleguen las aves para preguntárselo.

Después llegó la luna y pasó lo mismo:

—¡A carne humana me huele! ¡Si no me la das, te mato!

—Anda, déjalo, que es un pobre muchacho que anda buscando el Castillo de Irás y no Volverás, y está esperando que lleguen las aves para preguntárselo.

Bueno, pues fueron llegando las aves de todas partes del mundo, y a todas les iban preguntando si sabían dónde estaba el Castillo de Irás y no Volverás, y todas decían que nunca habían oído hablar de él. Entonces dijo la bruja:

—Pues ya sólo queda el águila coja, que llega siempre la última.

Por fin llegó el águila coja y se lo preguntaron, y contestó:

—Ya lo creo que lo sé. Eso está al otro lado del mar.

—¿Y tú podrías llevar a este muchacho? —le preguntó la bruja.

—Eso está muy lejos —contestó el águila— y necesitaría mucha comida para la travesía del mar. Por lo menos una caballería muerta y que me metieran un cacho en la boca cada vez que lo pidiera.

El príncipe dijo entonces que estaba dispuesto a matar su caballo y dárselo de comer cuando se lo pidiera. El águila dijo que bueno. Y así fue: el príncipe mató a su caballo y lo montó atravesado encima del águila; luego se montó él y el águila emprendió el vuelo. Cada cierto tiempo ésta decía:

—¡Príncipe, carne!

Y el príncipe le metía en el pico un trozo de carne del caballo. Así durante mucho tiempo, hasta que se acabó toda la carne y todavía no habían atravesado el mar. El águila dijo:

—Pues lo siento, pero si no me das más comida, no podré seguir adelante y tendré que tirarte al mar.

—¡No, espera! —dijo el príncipe—. Me cortaré un trozo de mi propia carne y te lo daré.

El águila se compadeció entonces de él y le dijo:

—No es preciso. Haré un último esfuerzo y te soltaré cerca de un río que hay antes de llegar al Castillo de Irás y no Volverás.

Y así fue. Cuando llegó el príncipe a la orilla del río, ya se estaban bañando las tres hijas del diablo.

Las dos mayores salieron, se vistieron y se volvieron palomas. La menor, que era la más hermosa, se acercó al muchacho y le pidió sus ropas, a lo que él le dijo:

—Te tienes que casar conmigo.

—Está bien —contestó Blancaflor—. Ya sabía yo que vendrías. Toma este anillo y póntelo.

El príncipe le dio sus vestidos. Ella se los puso y al instante se volvió paloma.

—Móntate sobre mí y vámonos al castillo —dijo Blancaflor.

Cuando llegaron al castillo, salió el demonio a recibirlos y en seguida le mandó que hiciera el primer trabajo.

—Para mañana —le dijo— tienes que allanar aquella ladera, ararla, sembrar el trigo, segarlo, molerlo y traerme el pan.

El muchacho cogió un azadón y se fue para la montaña. Pero cuando vio que era toda de piedras, se echó a llorar. Llorando como estaba se restregó los ojos con el anillo y al momento se le apareció Blancaflor.

—¿Qué te pasa? —le preguntó ella.

—Pues nada —contestó él y le contó lo que su padre le había mandado.

—No te apures —dijo ella—, échate en mi falda y duérmete.

Cuando el muchacho se despertó, ya estaba el pan hecho. Se lo presentó al demonio y éste le dijo:

—Muy bien. Pero… o tú andas con Blancaflor, o eres más demonio que yo. Ahora tienes que plantar este campo de vid y traerme por la tarde un buen canasto de uvas.

Otra vez el príncipe se echó a llorar, y, al restregarse los ojos con el anillo, se le apareció Blancaflor. Cuando se enteró ella de lo que pasaba, le dijo que se echara a dormir. Cuando el príncipe se despertó, no tuvo más que coger el canasto lleno de uvas y llevárselo al demonio, que le dijo:

—Muy bien. Pero… o tú andas con Blancaflor, o eres más demonio que yo. Todavía me falta lo principal. Una vez una tatarabuela mía pasó por el estrecho de Gibraltar y se le cayó al mar una sortija. Quiero que vayas y me la traigas.

Cuando Blancaflor se enteró de lo que su padre había pedido, le dijo al príncipe.

—Pues ahora tienes que matarme con este cuchillo y recoger toda mi sangre en esta botella, sin que se pierda una sola gota. Luego me echas al mar y te pones a tocar la guitarra sin parar.

—¡Ay, que yo no puedo matarte! —exclamó el muchacho.

Pero ella le dijo que tenía que ser así. Entonces el príncipe hizo todo tal como se lo había dicho Blancaflor, aunque se le cayó una gota de sangre al suelo. Se puso a tocar la guitarra, y al poco rato salió del agua la muchacha con la sortija en la boca y más hermosa que había entrado. Tan sólo le faltaba un trocito de un dedo por la gota de sangre que se perdió. El príncipe le llevó la sortija al demonio, que otra vez le dijo:

—O tú andas con Blancaflor o eres más demonio que yo —y añadió—: Está bien. Podéis casaros, pero no se celebrará la boda ni dormiréis juntos. Y antes tienes que averiguar cuál de mis tres hijas es Blancaflor. Si no, te mataré.

El demonio mandó a sus tres hijas que asomaran un dedo por debajo de la puerta, para que el muchacho tuviera que adivinar cuál de ellos pertenecía a Blancaflor. La muchacha metió el dedo que se le había quedado más corto, y así él la conoció.

Fueron a acostarse y Blancaflor le dijo al príncipe:

—Mi padre querrá matarnos ahora. De manera que nos tenemos que escapar. Ve a la cuadra. Allí verás dos caballos.

Uno gordo y bonito, que se llama Viento, y otro flaco y feo, que se llama Pensamiento. Tienes que coger el segundo y también la espada mohosa que hay en el armario, junto a otra nueva y reluciente.

Pero el príncipe, cuando llegó a la cuadra, pensó que mejor le servirían el caballo gordo y la espada nueva, y los cogió.

Blancaflor había puesto en la cama unos pellejos de vino y había echado tres salivas en un vaso para que respondieran por ellos cada vez que el demonio les preguntara algo desde el otro lado de la puerta. El demonio preguntaba y las salivas respondían, pero se fueron secando y su voz se hizo cada vez más débil, hasta que el demonio se creyó que estaban dormidos. Entonces entró y se puso a darles cuchilladas a los bultos, que empezaron a soltar chorros de vino.

—Estamos perdidos —dijo Blancaflor cuando llegó a la cuadra—. Este caballo es el del Viento. Vámonos corriendo.

El demonio, cuando se dio cuenta de que se habían escapado, cogió el caballo del Pensamiento y salió tras ellos.

Cuando ya los iba alcanzando, se convirtió en una fiera para matarlos. El muchacho se volvió y, al verla, le dijo a Blancaflor:

—Ahí viene una fiera que nos quiere agarrar.

Entonces ella tiró un peine por la cola del caballo. El peine se volvió un matorral de peines tan espeso, que el demonio tardó mucho tiempo en poder pasar. Cuando ya otra vez los alcanzaba, dijo ella:

—Toma esta navaja y tírala por la cola del caballo.

Al momento la navaja se volvió un matorral de navajas y el pobre demonio salió hecho pedazos. Pero otra vez los iba alcanzando y ella le dio al muchacho un puñado de sal para que lo tirara por la cola del caballo. La sal se convirtió en un monte de sal, y, al atravesarlo, se le metió al demonio en las heridas y daba éste unos gritos que temblaba la tierra.

Luego el caballo se volvió una ermita, ella una imagen y el príncipe el ermitaño. Cuando llegó el diablo, le preguntó si había visto pasar a una pareja montada en un caballo. Y el ermitaño le decía:

—Dinguilindán, dinguilindán. A misa tocan. ¡Si quiere usted entrar! —y lo repetía.

Hasta que el diablo se cansó de él y se dio la vuelta. Cuando llegó al castillo, la diabla le dijo:

—Tonto, si ésos eran ellos mismos.

Y el demonio dijo:

—Permita Dios que él se olvide de ella.

El príncipe y la hija del diablo continuaron su viaje al palacio del rey. Cuando llegaron al pueblo, él la dejó en una fuente y le dijo que esperara.

—Que no te abrace nadie. Porque, si alguien te abraza, me olvidarás —le dijo ella.

Llegó el príncipe al castillo. Salieron sus padres y él les dijo:

—Que nadie me abrace. Preparad las carrozas, que voy por mi mujer.

Entonces llegó la abuela por detrás, se le acercó y lo abrazó. Al momento el príncipe se olvidó de ella.

Blancaflor, cansada de esperar, se imaginó lo que pasaba. Se convirtió otra vez en paloma y empezó a volar alrededor del castillo, diciendo:

—¡Pobre de mí, paloma, en el campo y sola!

Y la reina le decía a su hijo:

—¿No habías dicho que preparáramos las carrozas para ir a por tu mujer?

—¡Qué mujer, si yo no estoy casado! —respondía el príncipe.

Con el tiempo el príncipe se echó otra novia y hubo torneos para preparar la boda. Blancaflor se dio cuenta de lo que pasaba y se metió de criada en el palacio. Era costumbre en esos tiempos que el que se casaba les regalase alguna cosa a los criados. Y ya le preguntó el príncipe a Blancaflor:

—Y tú ¿qué quieres que te regale?

—Una piedra de dolor y un cuchillo de amor —contestó ella.

El príncipe emprendió un viaje para comprar todos los regalos, pero la piedra de dolor y el cuchillo de amor no los encontraba por ninguna parte. Por fin dio con un viejecillo, que era el diablo, y que le dijo:

—Me quedan los últimos.

El príncipe se los compró y volvió al palacio. Les dio a todos sus regalos, pero, como no comprendía para qué querría aquella criada lo que le había traído, pensó esconderse para ver qué hacía.

Blancaflor cogió los dos regalos y los puso en la mesa. Le dijo a la piedra:

—Piedra de dolor, ¿no fui yo quien allanó la ladera, sembró el trigo, lo segó, lo molió y amasó el pan que el príncipe le llevó a mi padre?

Y la piedra contestó:

—Sí, tú fuiste.

Ya el príncipe empezaba a recordar algo. Y siguió diciendo la hija del diablo:

—Piedra de dolor, ¿no fui yo quien plantó un campo de vides y recogió la uva en un solo día para que el príncipe se la llevara a mi padre?

Y la piedra contestó:

—Sí, tú fuiste.

El príncipe ya iba recordándolo todo. Entonces dijo ella:

—Cuchillo de amor, ¿qué me merezco yo?

Y el cuchillo dijo:

—Que te des muerte, Blancaflor.

Y cuando ya se iba a dar muerte con el cuchillo, salió el príncipe de donde estaba escondido, la sujetó y le dijo:

—Perdóname, Blancaflor. Perdóname, que soy tu marido y te había olvidado.

Salieron y él les dijo a todos que aquélla era su mujer.


Antonio Rodríguez Almodóvar

Cuentos al amor de la lumbre