29 diciembre 2025

¿Han oído quejarse alguna vez a un niño de tener que esperar el tren en una estación?

 Por ejemplo, a menudo oímos a los adultos quejarse por tener que esperar el tren en una estación. ¿Han oído quejarse alguna vez a un niño de tener que esperar el tren en una estación? No, porque para él estar en una estación de ferrocarril es como estar en una caverna maravillosa o en un palacio de poéticos placeres. Porque para él las luces rojas y verdes de las señales son como un nuevo sol y una nueva luna. Porque para él, cuando el brazo de madera de la señal cae de repente, es como si un gran rey hubiera arrojado su cetro al suelo como señal y hubiera dado comienzo a un ensordecedor torneo entre trenes. Yo mismo tengo hábitos infantiles al respecto.


G. K. Chesterton

Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos)

La nueva heráldica

La nueva heráldica

28 diciembre 2025

¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?

 Sócrates es culpable, porque corrompe a los jóvenes, porque no cree en los dioses del Estado, y porque en lugar de estos pone divinidades nuevas bajo el nombre de demonios.

He aquí la acusación. La examinaremos punto por punto. Dice que soy culpable porque corrompo a la juventud; y yo, atenienses, digo que el culpable es Méleto, en cuanto, burlándose de las cosas serias, tiene la particular complacencia de arrastrar a otros ante el tribunal, queriendo figurar que se desvela mucho por cosas por las que jamás ha hecho ni el más pequeño sacrificio, y voy a probároslo.

Ven acá, Méleto, dime: ¿ha habido nada que te haya preocupado más que el hacer los jóvenes lo más virtuosos posible?

MÉLETO. —Nada, indudablemente.

SÓCRATES. —Pues bien; di a los jueces cuál será el hombre que mejorará la condición de los jóvenes. Porque no puede dudarse que tú lo sabes, puesto que tanto te preocupa esta idea. En efecto, puesto que has encontrado al que los corrompe, y hasta le has denunciado ante los jueces, es preciso que digas quién los hará mejores. Habla; veamos quién es.

¿Lo ves ahora, Méleto?; tú callas; estás perplejo, y no sabes qué responder. ¿Y no te parece esto vergonzoso? ¿No es una prueba cierta de que jamás ha sido objeto de tu cuidado la educación de la juventud? Pero, repito, excelente Méleto, ¿quién es el que puede hacer mejores a los jóvenes?

MÉLETO. —Las leyes.

SÓCRATES. —Méleto, no es eso lo que pregunto. Yo te pregunto quién es el hombre; porque es claro que la primera cosa que este hombre debe saber son las leyes.

MÉLETO. —Son, Sócrates, los jueces aquí reunidos.

SÓCRATES. —¡Cómo, Méleto! ¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?

MÉLETO. —Sí, ciertamente.

SÓCRATES. —¿Pero son todos estos jueces, o hay entre ellos unos que pueden y otros que no pueden?

MÉLETO. —Todos pueden.

SÓCRATES. —Perfectamente, ¡por Hera!, nos has dado un buen número de buenos preceptores. Pero pasemos adelante. Estos oyentes que nos escuchan, ¿pueden también hacer los jóvenes mejores, o no pueden?

MÉLETO. —Pueden.

SÓCRATES. —¿Y los senadores?

MÉLETO. —Los senadores lo mismo.

SÓCRATES. —Pero, mi querido Méleto, todos los que vienen a las asambleas del pueblo ¿corrompen igualmente a los jóvenes o son capaces de hacerlos mejores?

MÉLETO. —Todos son capaces.

SÓCRATES. —Se sigue de aquí que todos los atenienses pueden hacer los jóvenes mejores, menos yo; solo yo los corrompo; ¿no es esto lo que dices?

MÉLETO. —Lo mismo.


Platón

Apología de Sócrates


Traducción: Patricio de Azcárate

¡No hay gatos en la costa!

¡Qué bonito es el otoño!

27 diciembre 2025

El criado de Herodes

El criado de Herodes

Ustedes saben que Galicia ha sido, durante siglos y siglos, el punto extremo de la Ecumene. Aquí, en el Finisterre, que por algo se llamaba así, se acababa el mundo conocido y más allá solamente existía el vacío inmenso del océano tenebroso, con sus abismos, al borde de los cuales se exhibían enormes bestias, Leviatán, por ejemplo, o Jasconius, cuyo lomo oscuro fue tenido, por San Brendán y sus monjes, por una isla. No se es impunemente durante años y años el punto final de la tierra en la que habita el hombre. Probablemente esto tiene sus desventajas —¿hay en el alma gallega algo que provenga de esta inmensa soledad del terminus?—, y el asunto no ha sido muy estudiado. Pero, por otra parte, sucede que este extremo del mundo, este umbral del espacio humano, por ser el más lejano lugar al que podía llegar el europeo, el cristiano, hasta que se supo que había más tierra a Poniente, ha conocido las que llamaremos situaciones que les son profundamente propias. Por ejemplo, aquel momento en que Oberón, acompañado de su fiel Puck, unas veces un trasno revoltoso y otras el más gentil de los espíritus, en las rocas finales, escucha cómo canta la sirena recostada en el lomo de un delfín que sestea en las aguas verdes: Puck volará a aquella punta del mundo a recoger la flor occidental, el zumo de cuyo talle concede tan apasionados e irrebatibles amores. Y si no viviéramos los gallegos en el extremo mundi, no veríamos en la última quincena de diciembre, por los mismos días del nacimiento del Señor, pasar por los caminos aldeanos, dejando a la izquierda Compostela con sus altas torres y sus campanas, un extranjero vestido de raras ropas, excusándose en las robledas del Tambre, buscando el último lugar poblado de Occidente, a veces tocando campanilla como gafo que asusta a transeúntes vespertinos; hasta los lobos se apartan cuando se acerca. Es un criado de Herodes, un mensajero que lleva el parte inmisericorde de su señor, un decreto supremo que ordena que los Inocentes sean degollados.

Lo peor del asunto no es solamente que haya tal mensajero y corra caminos, sino que ha de haber quien la escuche, la lectura del decreto herodíaco, y tome sobre sí la tarea de la degollina. Lo cual quiere decir que mientras el mundo sea mundo habrá inocentes que serán degollados. Quizás este hecho haya de ser tenido en cuenta por aquellos que se preocupan de estudiar la condición humana y aun la filosofía de la historia universal. Al «siempre habrá pobres entre vosotros» tendremos que añadir «siempre, entre vosotros, habrá inocentes que serán degollados». A lo de los pobres se podría añadir lo que dijo alguien de que si siempre habrá pobres entre nosotros no conviene que sean siempre los mismos. Pero a lo segundo no se me ocurre excepción.

Bajo la lluvia, en el atardecer ventoso, pasa el criado de Herodes por los mismos caminos que recorrió, ofreciendo sus biblias, don Jorgito el Inglés. A quien acaso el alcalde de Negreira que, cerca del Finisterre, leía las obras completas de Jeremías Bentham, no le habrá hablado de nuestro extraño visitante. Por no ser tomado por gallego supersticioso.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado