La esencia del país de las hadas es ésta: se trata de un país cuyas leyes nos son desconocidas. Peculiaridad que comparte con el universo en que vivimos. No sabemos nada de las leyes de la naturaleza; ni siquiera sabemos si son leyes. Todo lo que podemos hacer es aceptar, primero por medio de la fe (en nuestros padres, tías y nodrizas), y luego mediante exiguos experimentos (durante el miserablemente insuficiente período de tres veintenas y una decena de años), la proposición general de que hay alguna clase de extraña conexión, a menudo repetida pero aun así inexplicada, entre la pólvora encendida y una ruidosa explosión. Y es ahí donde radica la profunda y sensata filosofía del cuento de hadas. El químico dice: «Mezcla estas tres sustancias y se producirá una explosión». El mago bueno del cuento de hadas dice: «Cómete estas tres manzanas y se le caerá la cabeza al gigante». Pero el químico habla con un tono y un estilo particulares que sugieren que hay una filosofía abstracta, alguna especie de conexión inevitable entre las tres sustancias y la explosión. A veces lo llama necesidad, es decir, algo que no puede quebrantarse. Otras lo llama ley, es decir, algo que puede quebrantarse. Pero siempre se refiere a que la imaginación ve una conexión entre las dos cosas —igual que ve una conexión entre el cuatro y el ocho—, cuando en realidad la imaginación no ve nada semejante. El método del cuento de hadas es mucho más filosófico. El mago dice: «Haz esta cosa extraordinaria y a continuación se producirá otra cosa extraordinaria totalmente diferente. No sé por qué ocurre; ni siquiera sé si ocurrirá siempre. Pero es un consejo que vale la pena tener en cuenta si se quiere matar a un gigante». Ignoramos si esas repeticiones naturales que ocurren por doquier a nuestro alrededor son leyes; ignoramos si son necesidades. Lo que sí sabemos es que son encantamientos, es decir, condiciones que se cumplen, pero cuya naturaleza es enteramente mística. El agua está embrujada, así que corre siempre cuesta abajo. Los pájaros están embrujados, de modo que vuelan. El sol está embrujado, y por eso brilla.
G. K. Chesterton
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