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27 diciembre 2025

El criado de Herodes

El criado de Herodes

Ustedes saben que Galicia ha sido, durante siglos y siglos, el punto extremo de la Ecumene. Aquí, en el Finisterre, que por algo se llamaba así, se acababa el mundo conocido y más allá solamente existía el vacío inmenso del océano tenebroso, con sus abismos, al borde de los cuales se exhibían enormes bestias, Leviatán, por ejemplo, o Jasconius, cuyo lomo oscuro fue tenido, por San Brendán y sus monjes, por una isla. No se es impunemente durante años y años el punto final de la tierra en la que habita el hombre. Probablemente esto tiene sus desventajas —¿hay en el alma gallega algo que provenga de esta inmensa soledad del terminus?—, y el asunto no ha sido muy estudiado. Pero, por otra parte, sucede que este extremo del mundo, este umbral del espacio humano, por ser el más lejano lugar al que podía llegar el europeo, el cristiano, hasta que se supo que había más tierra a Poniente, ha conocido las que llamaremos situaciones que les son profundamente propias. Por ejemplo, aquel momento en que Oberón, acompañado de su fiel Puck, unas veces un trasno revoltoso y otras el más gentil de los espíritus, en las rocas finales, escucha cómo canta la sirena recostada en el lomo de un delfín que sestea en las aguas verdes: Puck volará a aquella punta del mundo a recoger la flor occidental, el zumo de cuyo talle concede tan apasionados e irrebatibles amores. Y si no viviéramos los gallegos en el extremo mundi, no veríamos en la última quincena de diciembre, por los mismos días del nacimiento del Señor, pasar por los caminos aldeanos, dejando a la izquierda Compostela con sus altas torres y sus campanas, un extranjero vestido de raras ropas, excusándose en las robledas del Tambre, buscando el último lugar poblado de Occidente, a veces tocando campanilla como gafo que asusta a transeúntes vespertinos; hasta los lobos se apartan cuando se acerca. Es un criado de Herodes, un mensajero que lleva el parte inmisericorde de su señor, un decreto supremo que ordena que los Inocentes sean degollados.

Lo peor del asunto no es solamente que haya tal mensajero y corra caminos, sino que ha de haber quien la escuche, la lectura del decreto herodíaco, y tome sobre sí la tarea de la degollina. Lo cual quiere decir que mientras el mundo sea mundo habrá inocentes que serán degollados. Quizás este hecho haya de ser tenido en cuenta por aquellos que se preocupan de estudiar la condición humana y aun la filosofía de la historia universal. Al «siempre habrá pobres entre vosotros» tendremos que añadir «siempre, entre vosotros, habrá inocentes que serán degollados». A lo de los pobres se podría añadir lo que dijo alguien de que si siempre habrá pobres entre nosotros no conviene que sean siempre los mismos. Pero a lo segundo no se me ocurre excepción.

Bajo la lluvia, en el atardecer ventoso, pasa el criado de Herodes por los mismos caminos que recorrió, ofreciendo sus biblias, don Jorgito el Inglés. A quien acaso el alcalde de Negreira que, cerca del Finisterre, leía las obras completas de Jeremías Bentham, no le habrá hablado de nuestro extraño visitante. Por no ser tomado por gallego supersticioso.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

24 diciembre 2025

Los magos de Oriente

Los magos de Oriente

Una querida amiga mía, excelente escritora, consultándome un artículo sobre los Magos de Oriente que, según Lucas, acudieron a Belén de Judá a adorar al Niño, quedó ligeramente contrariada porque le negué que el negro fuese una invención española, y por ende una prueba de nuestro antirracismo. Lo del mago o rey negro, y que los magos o reyes sean solamente tres, son cosa del pseudo-Beda, que nos dice que, de los orientales, uno era fuscus, hosco, negro. Lo de ser tres los magos o reyes, vendrá de los tres dones, oro, incienso y mirra. Algunas tradiciones coptas hablan de doce magos, y parece que un texto de San Juan Damasceno haya de interpretarse como que eran sesenta.

Cuando en estos días navideños paso por Compostela, voy siempre a San Fiz Solovio, una de las más antiguas iglesias de la ciudad, a ver la adoración de su pórtico románico. Yo la creo quizá la más antigua de Galicia, y me digo que la primera vez que los gallegos vimos a los magos de Oriente fue en este bello arco románico. Son tres, uno fuscus como quería el pseudo-Beda. Yo me detengo ante San Fiz con un gran pan de centeno bajo el brazo —el mercado compostelano linda con la iglesia—, y me gustaría ofrecer un codo a aquella misteriosa compañía, todavía vestida de los azules y rojos de la coloración medieval. Pero están a lo suyo y no me atienden.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

20 diciembre 2025

Nació para nosotros

Nació para nosotros


En la leyenda de San Francisco, de San Buenaventura, se lee que «il poverello», para despertar la piedad pública, quiso celebrar la Natividad del Señor Jesús con la mayor solemnidad, en un barrio que llamaban «de Grecia». Y teniendo permiso del Papa, preparó una cuna, y llevó paja, y un buey, y un asno, y avisó a los frailes y al pueblo: «en el bosque resonaban los cantos, y aquella noche memorable vino a ser la más memorable que hubo nunca, y todo resplandeciente de luces». Francisco estaba cerca de la cuna, el rostro bañado por las lágrimas y el corazón lleno de alegría. Después de la santa misa, Francisco predicó a las gentes, anunciándoles el nacimiento del Rey Pobre. En la ternura de su corazón le llama «il piccolino de Belem». Y aconteció que estaba presente un caballero llamado Juan de Grecia, quien más tarde abandonó las armas del siglo, y el tal Juan aseguró haber visto en la cuna a un niño hermosísimo, dormido, y cómo Francisco lo tomaba en brazos, y lo despertaba… ¡El Rey Pobre! Y por él, pocos años después vendrá Dama Pobreza a los cantos de los poetas, de Jacopone da Todi en aquel verso hermosísimo: «¡povertade, poverella!» (pobreza, pobrecita!)… No sé por qué, leyendo en Paul Eluard aquello de «Bonjour, tristesse!… Tu n’est pas tout à fait la misère / Car les lèvres les plus pauvres te dènoncent / Par un sourire / Bonjour tristesse…», yo recordaba a los franciscanos de Dama Povertade, y hallaba que el de Jacopone y el de Eluard eran muy semejantes y dos de los versos más hermosos de todos los siglos. (Y me dolió siempre que el de Eluard haya sido usado por la Sagan como título de su primera novelucha). En fin, un Rey Pobre, y ha hecho temblar a los poderes en la noche, y con razón. Fatigados los hombres ya antes de nacer, pasamos de tiniebla a tiniebla con los ojos cerrados, pero los abrimos para ver cómo nace el Rey Pobre, y con los corazones nuestros arrodillados, retenemos la esperanza hasta el Último Día.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

19 diciembre 2025

Treinta y tres días

Treinta y tres días

En las leyendas damascenas referentes a los Magos de Oriente —en algunas, no son reyes, sino simplemente magos, y en algunas son siete, en otras, doce, en otras, sesenta; tres lo son por una interpretación de un apócrifo recogido en el pseudo-Beda, donde se dan los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar, y se dice de uno que era fuscus, negro, por primera vez— se habla de que el viaje de éstos a Belén, a adorar al Niño, duró treinta y tres días, y todas contestes en que el viaje fue iniciado antes del Nacimiento de Jesús, sobresaltados los magos, cuya calidad de astrónomos y aun de astrólogos no puede ser puesta en duda, por la estrella que apareció a diestra mano. Que esto también está probado, que la estrella de guía la llevaron los señores de Oriente a mano derecha durante todo el viaje, y la estrella trabajaba muy baja en su oficio, poco más alta que las copas de las altas palmeras. Así, pues, ya están en viaje los sabios, ricos, magos, reales señores de Oriente, cuando todavía José y la dulce María, no han llegado, para el censo del señor latino de la ciudad y el mundo, a Belén de Judá, donde se apuntaban los del ramo de David. El color de la estrella ha sido estudiado por el lapidario bizantino Teodoro Angelis, de ilustre familia imperial. Teodoro, según el P. Maerckel, recogía una tradición de origen persa, zoroástrico, sobre la procedencia solar y estelar de las piedras preciosas que se encuentran en la Tierra. No se sabe bien cómo fue la cosa: si llovió del sol algo que, al aterrizar, se convirtió en diamantes, o si estallaron estrellas, rojas, azules, verdes, doradas, de donde la varia y colorada pedrería. Teodoro Angelis —por otra parte antepasado del cómico italiano Totó, como se sabe, de verdadero nombre S. A. I. príncipe Antonio Curtis Angelis Commeno— dice que la estrella era roja, y que, al terminar el divinal servicio en el que fue comprometida, se rompió en espléndida lucería, y los trozos se esparcieron por la Tierra, y son los rubíes. Todo esto Teodoro lo adoba con consejos sobre la recolección de rubíes en cuarto creciente y otras operaciones mágicas.

Louis Marin es quien ha estudiado las familias de la nobleza europea que se dicen descender de los señores orientales, ya aceptados como Reyes. Yo no he logrado leer el libro de Marin, que fue utilizado por Ernesto Hello, de quien era amigo. Marin tuvo su papel en la polémica «modernista», y era muy amigo también del abate Loisy, al que facilitaba lo que él creía errores en las Escrituras. Pero cuando saltó la Pascendi de Pío X, Marin se sometió y, en penitencia, peregrinó al Puy. Marin cuenta la historia de los Baux, de Provenza, que descienden de una sobrina de Melchor, y cita varias casa borgoñonas, flamencas y provenzales, de las cuales nobles primogénitos en los días de las Cruzadas, casaron en Antioquía, en Jerusalén, en Aleppo y en Damasco con hermosas princesas de la casa de Melchor. Los Baux cambiaron de armas y, en vez del león rampante, las lises pusieron en campo de azul una estrella de oro, «que éstas eran las armas del tres noble monsieur Melchor de Ultramar»… Los Montmorency, que llevan por lema «Dieu aide le premier chrétien», también descienden de otra sobrina de Melchor, y sostenían que fue un antepasado suyo, un tal Auren, el primer cristiano que hubo entre francos…

¡Grandes y bellas historias! Pero lo hermoso es saber que ya van los Reyes por los caminos, la estrella ante sus ojos, roja como quiere el bizantino Teodoro. ¿Tres, siete, doce, sesenta como todavía se cree entre coptos? Aceptemos que tres, y que están los tres enterrados en la Santa catedral de Colonia, donde estos días, si se acerca el oído a su sepultura, alguien inocente oirá relinchar de caballos, sonar de trompetas y parlar en lenguas extrañas. Son los señores de Oriente, poniéndose en viaje.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

18 diciembre 2025

Una nochebuena en Miranda

Una nochebuena en Miranda

Miranda es una tierra montañosa, que nace donde terminan los llanos pastizales de la antigua Bretoña, y va a morir en estrechas vallinas en el río Eo, que es la frontera entre galaicos y astures. Me gustaría ponerme ahora mismo a contarles a ustedes de esa remota provincia del Reino de Galicia, que es el país de mi infancia, tan añorado. Comenzando por los potros bravos que nacen en gran amistad con el viento en las camposas y en las brañas, en las veranías de dulces pastos, donde el milano y el lobo se saludan; y diciendo de los grandes castañares que cubren las laderas de las rotundas colinas, de las fraguas de los herreros en Ferreira Vella, con su gran mazo junto al puente, y los fuelles cabe los hornillos, en los que tanto me gustaba tirar; y de los grandes prados en los altos, de los que se regresaba en julio en los carros colmados de oloroso heno, y de los molinos de calendas perdidos en los recodos de los claros ríos, en los que los míos tenían derecho a moler el menudo trigo montañés una vez a la semana, y de la fraga de Rioseco, una espesura habitada por el jabalí, selva virgen en mi imaginación, a cuyo pie, por angosto barranco pasaba yo a caballo, tropezando con las ramas del roble silvestre mi cabeza de pequeño jinete. Cuando, por ejemplo, en el Libro de las genealogías de Vasco de Ponte —que es el libro en que se cuenta de los gallegos condes locos medievales—, me encontraba con el caballero Pedro de Miranda y leía que llevaba con él treinta, dos de a caballo, «porque eran de tierra brava», yo me enorgullecía, poniéndome en aquel bando, porque yo también era de allí, aquel país de ásperos montes y frondosos valles amados por la niebla matinal, de aquellas ribeiras surcadas por espumeantes aguas cantoras que bajan violentas desde las cumbres para remansar en tranquilos y oscuros salones a la sombra de la tribu fluvial de los árboles: chopos, sauces, álamos, abedules. No había carreteras. Desde el paso más alto del camino de herradura se veía, lejano y verde, el Cantábrico. Un monte desnudo y roquedal, el Carracedo, decía el refrán de allí «que a todos os montes pon medo». Y como si no tuviéramos los mirandeses bastantes montes, aun inventábamos uno, el Montiral, para decir, refraneros, que del Carracedo era el igual. ¡Montiral! ¡Cuántas veces no he preguntado por él! Nadie sabe de qué banda cae, dónde levanta su cima hasta las oscuras y lentas nubes que empujan hacia tierra los vientos nacidos en el océano. Un monte de la imaginación en un país en el que la gente es gozosamente fabulante, supersticiosa, espiritual y sensual a la vez. Yo soy de aquéllos más naturales de allá.

Tendría yo nueve o diez años cuando fui a pasar la Nochebuena al pazo de Cachán, de mis abuelos maternos. Eran unos días soleados y tibios, esos días que el cristalino sur suele traer a Miranda en vísperas del solsticio invernal. Habíamos estado en la iglesia oyendo a los niños ensayar villancicos y versos, y de regreso a casa, anocheciendo, nos habíamos detenido donde dicen Moucín, porque a un primo mío, que tenía una caja de cerillas, se le había antojado un magosto de castañas con unas que nos habían dado en una casa vecina. Hicimos la pequeña hoguera, pellizcamos las castañas, y esperamos a que se asasen en el brasero. Alguna sin pellizcar —los gallegos, en el romance nuestro, decimos anozcar o penicar—, estallaba, y aventaba brasas, encendiendo el aire con oro vivo. Ninguno de los que estábamos atentos al magosto vimos acercarse al mendigo. Yo le llamo «el mendigo» por decirlo de alguna manera. Era un tipo alto, delgado, los ojos negros muy hundidos, la barba entrecana de dos semanas por lo menos, abrigado con un largo gabán verde y calzado con zuecos de media caña. Sin decir palabra se metió entre nosotros y tendió las manos al calor del magosto. Llevaba en bandolera una gran cartera roja, y el sombrero con que se cubría levantaba la ancha ala sobre la frente. Le dimos las buenas tardes y no contestó. Sacamos las primeras castañas y le ofrecimos. Tomó una, quitó la cáscara quemada, y la masticó despacio, paseándola por la boca, que debía quemarle. Bailó un poco sobre los pies, que los traería fríos, y nos miró con gran atención, uno a uno. Se pasó el dorso de la mano por la boca.

—¿Sois cristianos? —preguntó.

La voz la tenía ronca y el acento no era del país, ni tampoco de las Castillas. Le respondimos que sí, y Pedro de Noceda, que era seminarista en Mondoñedo, de los de ropón corto y beca colorada, y estaba de vacaciones, se santiguó, y lo imitamos.

—Esta noche nace en Belén —dijo el desconocido, más para sí que para nosotros.

Y levantando el cuello del raído gabán verde, echó a andar por el sendero que lleva al empalme del Marco del Álvarez, que es un descampado frío, en el que, desde octubre a junio, hay grandes charcos en los que se espeja el abedul y bebe la becada.

Yo le conté aquel encuentro, horas después, a un viejo criado de casa, Benito Anido, que fue, sin duda, el maestro que primero acarició mi imaginación, y era una feliz antología de romances, que decía muy bien, de Carlomagno y de Delgadiña, de don Tristán… Benito se me quedó mirando y me preguntó si no caía en quién era aquel vagabundo taciturno de la cartera roja. Tuve que responder que no. Benito cogió la humeante taza de la ritual compota de pera y tinto y se acercó a la ventana.

—¿No caes?

—No.

Limpió el empañado cristal y echó una mirada a la noche.

—Pues es bien conocido, y todos los años pasa. Es un criado del rey Herodes, que va hacia Fisterra, y en la cartera roja lleva en papel sellado la orden de que hay que degollar los Inocentes el día veintiocho, al alba.

Benito bebió la compota, posó la taza y pasándome un brazo por los hombros me dijo confidente:

—¡Viste lo que les es dado ver a pocos!

Siempre que voy a Riotorto y me acerco a Moucín, me acuerdo del correo del rey Herodes, que verdaderamente lo he visto al pie de nuestro magosto infantil y marchar por el atajo del Marco camino de Fisterra, portador de la terrible orden. Creo verdaderamente que lo era, y todo este siglo nuestro, tan rico y grande por una parte, y tan desesperadamente loco y sangriento por otra, me confirma con sus días oscuros que el correo de Herodes pasó y pasa, verdaderamente, por los caminos de mi país, camino del cabo final, con el decreto infanticida en la cartera.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado