El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead (9)

Se empieza a observar una tensión cada vez más dura en el carácter de FitzRoy a partir de este punto. Cuanto más se frustran sus planes y mayores son las dificultades, se hace más resuelto. No pierde el contacto con los sentimientos de su gente —FitzRoy no podría ser nunca un capitán Bligh—; pero el aspecto generoso y amable de su naturaleza tiende a ensombrecerse en su persistente afán de perfeccionamiento. El capitán era un cartógrafo soberbio, pero era en verdad dificultoso y peligroso el intento de cartografiar la costa de la América del Sur, envuelta en tormentas que apenas si habían cesado cuando volvían a empezar. Era demasiado para que un solo barco llevase a cabo esta tarea. FitzRoy decidió entonces adquirir un barco adicional para que le ayudara.
No había tiempo para consultar al Almirantazgo sobre este paso tan importante; sacaría el dinero de su propio bolsillo y ya lo recuperaría más tarde. Y así empieza por alquilar y manejar dos pequeños barcos y acaba comprando por las buenas, por mil trescientas libras, un navío norteamericano de ciento setenta toneladas, casi tan grande como el propio Beagle, al cual bautiza con el nombre de Adventure. FitzRoy tiene que acondicionar este barco e ir y venir con el Beagle entre la costa de Patagonia y Montevideo, para aprovisionar a su pequeña flota; pero nada importa si su trabajo progresa. Así, en los próximos dieciocho meses hizo FitzRoy un gran esfuerzo, y el esfuerzo le hizo adelgazar, le puso nervioso y le encerró dentro de sí mismo.
Con Darwin las cosas son distintas. Por entonces, en la primavera de 1833, tiene ya las pistas importantes de su tra­bajo, y los últimos residuos de vacilación e inexperiencia han sido barridos. Se ha hecho un miembro muy útil de la expedición. La idea de entrar en la iglesia se hace cada día más inconsistente; la historia natural le posee por completo. «No hay nada como la geología —escribe a Catherine—■. El placer del primer día de la caza de la perdiz o de la montería no es nada comparado con un buen montón de huesos fósiles que pueden contarnos la historia de los tiempos pasados como si fuese un len­guaje vivo...» «Recojo todas las criaturas que tengo tiempo de atrapar y preservar.» En su diario, que sostuvo pulcra­mente día tras día, puede verse cómo crece esta confianza; sus ideas se conforman y la especulación comienza a conver­tirse en teoría.
En mayo, cuando el Beagle tenía que salir para su explora­ción, Darwin bajó a tierra en Maldonado, una ciudad tranquila, olvidada, a unas sesenta millas al este de Montevideo; y allí estuvo diez semanas ordenando su colección de animales pájaros y reptiles, y haciendo paquetes con los huesos, rocas, plantas y pieles de pájaros y animales para enviarlas a su casa. En uno de sus cuadernos de notas hay catalogados mil quinientos veintinueve ejemplares, desde los peces hasta los hongos, que tenían que ser enviados a su casa en alcohol. «Mi colección de pájaros y cuadrúpedos está haciéndose perfecta» —escribe—. «Con unos pocos reales bastan para enrolar a todos los chicos de la ciudad a mi servicio y raro es el día que no me traen alguna curiosa criatura.» No era tan fácil para Henslow, que en el otro extremo del mundo no sabía lo que recibía. «Por amor de Dios, escribe en una ocasión, ¿qué es el número 233? Parece como los residuos de una explosión eléctrica, una masa de tizne. Algo verdaderamente curioso, me atrevería a decir.»
A fines de julio el Beagle recogió a Darwin y salió rumbo a El Carmen, Patagonia. Darwin estaba dispuesto para empezar una de sus grandes travesías por el interior. El Carmen, a dieciocho millas río arriba del Río Negro, era el punto más al Sur en el continente americano habitado por gente civilizada. Buenos Aires quedaba a unas seiscientas millas al Norte, y toda la extensión intermedia, las pampas, era terreno inexplo­rado, en donde las tribus de los indios vagaban y cazaban. Eran gentes fieras y agresivas cuando se les irritaba y grandes jinetes. En aquellos momentos estaban librando una lucha a muerte por sobrevivir contra los argentinos, que querían sus tie­rras para que pastasen sus ganados; en realidad era la historia del Medio Oeste norteamericano otra vez, salvo que aquí la lucha era más primitiva y dura. Los indios estaban luchando contra su exterminio; donde había habido aldeas de dos o tres mil habitantes en otro tiempo, en la época de la visita de Darwin la mayor parte de las tribus vagaban sin hogar por las pampas.
El general Rosas, comandante de las fuerzas argentinas, se había establecido a unas ochenta millas al norte de El Carmen en el Río Colorado, donde estaba más cerca de Bahía Blanca que era el otro campamento civilizado del territorio. Desde el Río Colorado, Rosas había establecido una leve línea de aprovisionamiento, una cuerda tendida de un puesto a otro, que llevaba hasta Buenos Aires. Aparte estos campa­mentos o «postas», pequeñas dotaciones en medio de la vasta llanura, toda la región era tierra de nadie, donde los indios atacaban a los viajeros como y cuando podían.
El plan de Darwin era el de cabalgar desde El Carmen hasta Río Colorado, ponerse en contacto con Rosas y, de posta en posta, llegar hasta Buenos Aires. Quería hacerlo, en parte, sospechamos, porque era una aventura que le fasci­naba por sí misma; pero, sobre todo, porque era la única forma de investigar de veras la geología, la flora y la fauna de las pampas. FitzRoy, que tenía madera de aventurero y de explorador, aprobó en seguida el plan; debió de producirle satisfacción el ver cómo el joven, inexperto y flojo que había reclutado en Londres, dos años atrás se había convertido en aquel compañero confiado en sí mismo, que se mostraba deseoso de ir a cualquier parte y de hacer cualquier cosa en interés de la ciencia y de la religión. Sí, ciertamente, de la religión, porque ¿quién sabía qué revelaciones de bíblica verdad no podían ser descubiertas en aquella tierra vasta y desconocida? Así es que se convino en que el Beagle volvería a recoger a Darwin en Bahía Blanca, a sesenta millas al norte de Río Colorado. Luego, si todo iba bien, podría este ir a caballo hasta Buenos Aires, cuatrocientas millas más arriba.
Un inglés llamado Harris vivía en El Carmen y se ofreció para hacer de guía hasta el Colorado. Darwin alquiló una es­colta de seis gauchos y el 11 de agosto dijo adiós a sus compa­ñeros del Beagle y se lanzó a la aventura. Su camino, al prin­cipio, se abría a través en un desierto y era asombroso cómo la llanura sin agua podía mantener tantas clases distintas de pájaros y animales. Tomó notas detalladas de las costumbres, vuelo, huevos y cantos de los pájaros. «Infinitamente dulce... Un pájaro que corre como un animal por el borde del seto, que vuela con dificultad y no muy alto... Una especie de chorlito de largas patas que grita como un perrito de caza... No hay nada tan aburrido como la ociosidad.» Una apuntación en su cuaderno de notas el 17 de agosto de 1833, en un momento en que el grupo fue detenido por la lluvia dice así: «Un día perdido dejando pasar el tiempo... No tengo libros... Envidio hasta a los gatitos que juegan en el suelo fangoso». No podía soportar la inacción de ninguna clase. El 4 de septiembre dice: «Cruel ennui... Encontré en los libros un placer exquisito.» Y en octubre: «Ennui... Un pájaro de pecho amarillo; canta bien.»
Generalmente los hombres acampaban por la noche alre­dedor del fuego en la llanura, con las sillas de montar como almohadones y las mantas de la montura como cobertores, y aquella escena tenía para Darwin una especie de magia: los caballos, amarrados al borde en torno de la hoguera, los restos de la cena de un avestruz o un ciervo esparcidos por el suelo, el golpear del tuco-tuco en su morada subterránea, los hombres fumando cigarros y jugando a las cartas, los perros vigilantes y todos haciendo una pausa si un ruido no familiar venía de la oscuridad... Pegaban las orejas al suelo y escu­chaban con atención; no podía saberse cómo ni cuándo iban a atacar los indios. Darwin quería a los gauchos. Eran duros y estaban tan curtidos como botas viejas; aun en aquel tiempo sin trabas, resultaban gentes libres y pintorescas, gentes de grandes mostachos y pelo negro, largo, cayéndoles por los hom­bros. Llevaban ponchos rojos y anchos calzones, botas blancas con grandes espolones y en los cinturones, cuchillos. Eran extremadamente corteses y miraban «como si fueran a cortarle a uno el cuello y a hacerle al mismo tiempo una reverencia.»
Por la tarde, el tercer día, el grupo llegó al campamento del general Rosas. Aquel lugar parecía más una guarida de bandidos que el cuartel de un ejército. Cañones, fusiles, carretas y sombreros de paja habían sido amontonados en una especie de cuadrilátero de cuatrocientas yardas de longitud, dentro del cual estaba el campamento de los rudos y ágiles jinetes del general. Muchos de ellos eran de sangre india, negra y española mezclada; otros eran auténticos indios de tribus que se habían pasado al bando argentino. Para acrecentar el esplendor, el campamento contaba también con una cohorte de espléndidas indias en trajes multicolores con largas trenzas negras colgán­doles por la espalda, que cabalgaban sujetando el caballo con las rodillas. Su cometido consistía en acomodar el bagaje de los soldados sobre los animales de carga, montar los campa­mentos y guisar la comida. Perros y otros animales iban y venían entre el polvo.
El general era tan flamante y gran jinete como sus hombres y tenía reputación de ser muy peligroso cuando se reía. En­tonces era fácil que ordenase que fuera fusilado un hombre o acaso que fuera torturado, suspendiéndole de brazos y piernas de cuatro postes clavados en el suelo. El general Rosas era también hombre autoritario; más tarde fue durante muchos años dictador de la Argentina. Recibió a Darwin de manera cortés y solemne en su campamento y Darwin, evidentemente, se sintió encantado. Escribió que el general emplearía su influen­cia en la prosperidad del país; profecía que, como él mismo tuvo que reconocer diez años después, resultó «enteramente equivocada, por desgracia». Rosas llegó a ser un gran tirano.
El Beagle volvió a Bahía Blanca el 24 de agosto y Darwin subió a bordo y se pasó un día entero contando sus aventuras al capitán. FitzRoy parece que era buen oyente y Darwin gozaba hablando; no tuvo dificultad para persuadir a FitzRoy de que le permitiese continuar la segunda y más extensa porción de su viaje, cuatrocientas millas a través de territorio deshabita­do, aunque ahora estaría sin Harris y solo con los gauchos.
Aquel viaje le proporcionaba una sensación de libertad aumentada por el riesgo. «Hay —escribió Darwin— un pro­fundo deleite en la vida independiente del gaucho. Es el goce de poder en cualquier momento montar a caballo y decir aquí voy a pasar la noche.» Cuando cabalgaban hacia Buenos Aires, incluso los gauchos se sorprendieron de sus energías. Si se encontraban con una montaña Darwin tenía que trepar por ella, y fue probablemente el primer europeo que subió los cuatro mil doscientos pies de la Sierra de la Ventana. Cuando uno de los caballos de los gauchos se quedó cojo, Darwin prestó su caballo al gaucho y siguió a pie; porque los gauchos, como él mismo se encargaría de explicar más tarde, «no sabían andar». El naturalista fumaba su habano, bebía su mate y se las componía para pasar comiendo casi exclu­sivamente con carne, dieta que se rompió solo una vez al tener la suerte de encontrar un nido de avestruz con veintisiete huevos dentro. Una vez se pasó veinte horas sin agua. Pero, por la noche, a la luz de la hoguera, leía El paraíso perdido, de Milton, que llevaba siempre consigo y escribía sus notas con las aventuras del día. Realmente, no se aburría: «Hemos pasado la noche en la Sierra, con mucho frío; primero con humedad y escarcha y luego, con hielo... He visto una oro­péndola maravillosa... Zorros en gran número... Encontré un pequeño sapo muy curioso por su color, negro y bermellón. Pensé en hacerle un favor llevándole a una charca de agua, pero no solo el animalito no sabía nadar, sino que creo que si no le ayudo se hubiera ahogado... Muchas serpientes con manchas negras, en pantanos hondos, de rayas amarillas y cola roja. En el lago, cisnes de cuello negro y hermosos patos y gru­llas... La noche pasada, una tormenta sorprendente de granizo... Granizos tan grandes como puños... Dormí en la casa de un hombre medio loco... Los indios van a las salinas por sal y se comen la sal como si fuera azúcar... Las mujeres que han sido hechas prisioneras a los veinte años no están nunca contentas... La mujer del viejo cacique no tiene más de once años... Los avestruces ponen huevos en pleno día... Las grullas arrastran manojos de juncos...»
Y así, día tras día, sin que parezca fatigarse nunca, sin perder nunca la curiosidad ni la capacidad de asombrarse. Finalmente, al cabo de cuarenta días en las tierras vírgenes, le encontramos cabalgando hacia Buenos Aires entre huertos de membrillos y melocotones y con su barba, su sombrero ancho, su ropa ajada y su cara atezada, debía de asemejarse más a un cowboy o quizá a un prospector de oro de vuelta a la ciudad después de una difícil búsqueda. Estaba tan curtido como los propios gauchos.

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