01 septiembre 2022

Hopper, Vermeer y los enigmas de la luz

 


Johannes Vermeer (1632-1675)
La lección de música interrumpida, 1660-1661

Hopper, Vermeer y los enigmas de la luz

Hay cosas que no pueden decirse sin más. Doble prohibición: la del pudor y la del tabú. Me encuentro en el Frick Museum de Nueva York frente a La lección de música interrumpida de Vermeer. Dos pensamientos cruzan por mi cabeza. El primero: el cuadro me obliga a adoptar el papel de voyeur, como sucede con las obras de Hopper. El segundo: debido al carácter intensamente holandés del cuadro (tan holandés como americano es Hopper), me embarga algo parecido a un sentimiento «nacional». En realidad eso sólo quiere decir que tengo más que ver con esta obra que con los gainsboroughs y los veroneses también expuestos en este museo. Además de todo aquello que desata en mí este cuadro de Vermeer —emoción, nostalgia, admiración, placer—, siento un cierto pudor al sorprender a dos personas (pintadas) en un instante de intimidad. No importa que no sean individuos reales ni que, de haberlo sido, ya estén muertos. En este cuadro el ahora se ha tornado eterno, y en este ahora sorprendo a la muchacha con su amigo, amante, admirador. Con todo, el cuadro no deja de recordarme mi condición de holandés. Pero ¿qué hacer con eso del sentimiento nacionalista? Como unidad menor, está bien considerado —el pueblo es lindo, las cosas antiguas y los dialectos deben conservarse—. Pero, como unidad mayor —referido a un país con su lengua y características nacionales procedentes de una historia común no poco movida— el sentimiento nacionalista ha quedado desacreditado. Si uno conoce a los pintores amsterdameses, verá que el autorretrato de Rembrandt, también expuesto en este museo, muestra a un pintor típicamente amsterdamés. Pero eso no importa, pues la ciudad de Ámsterdam sí está bien considerada. De cualquier manera, sería un sinsentido hacer prevalecer en este cuadro lo nacional sobre lo puramente estético o sostener la pintoresca idea de Rembrandt como pintor amsterdamés. El sentimiento nacionalista se ha tornado ridículo. Conviene reprimirlo, o, si eso no se consigue, al menos no mencionarlo. Yo no lo consigo, es obvio. Hasta aquí lo referido al tabú. Ahora, el pudor.

Mientras me hallo (todavía) frente a la muchacha cuya lección de música ha sido interrumpida, una voz de muchacha holandesa perturba mi contemplación del cuadro. Yo vuelvo la cabeza, claro está. La muchacha, una belleza, está hablando con alguien que al parecer es su madre. En realidad, la joven guarda un cierto parecido con la muchacha de Vermeer, lo cual complica todavía más las cosas. Entonces sucede algo curioso. Las voces neerlandesas que rodean el cuadro hacen que éste se sienta un poco más en casa. ¿Es posible que un cuadro alimente sentimientos de nostalgia? La muchacha y el hombre del cuadro hablaban en su día —si es que hablaron alguna vez— en neerlandés. Ese neerlandés no se escribía como ahora, pero sí se hablaba más o menos igual.

La muchacha que está frente al cuadro le dice algo a su madre acerca de la muchacha del cuadro. Si Vermeer no la hubiera pintado tan bien, jamás se me habría ocurrido esa idea tan absurda que me ha asaltado ahora: que la muchacha del cuadro es al fin capaz de entender lo que se dice en la sala. Lo que no sabe la muchacha de enfrente del cuadro es que yo también lo entiendo. Tiene una voz bella y oscura y habla sobre Vermeer con bastante conocimiento de causa. Y además mantiene una buena postura erguida, algo bastante inusual en las mujeres nórdicas. Será que ha practicado ballet o hípica, quién sabe. Quisiera decir algo pero me vence la timidez. Las dos mujeres se alejan, la joven precediendo a la madre. Lleva la joven una blusa azul celeste y un pantalón beige, unas prendas que a la muchacha del cuadro deben de resultarle bastante incomprensibles. Ésta lleva una casaquilla de color rojo encendido sobre una amplia falda en la que domina el azul grisáceo, y en la cabeza, un ancho pañuelo o capucha de color más claro que le oculta el cabello dejando su hermoso rostro ovalado de mujer joven expuesto a la luz. Pero ¿qué luz? El resto de la luz que ilumina este cuarto interior holandés tiene una fuente visible: una vidriera situada en el ángulo superior izquierdo del cuadro. El rostro de la joven, vuelto hacia el pintor, queda por esta razón apartado de la fuente de luz. La capucha, que claramente le sobresale a ambos lados de la cara, le haría sombra en el rostro si esa ventana fuese la fuente de luz. Pero no hay ninguna sombra. La luz que le ilumina el rostro procede del lugar donde está el pintor (y el espectador). Ahora sí que se complican las cosas, lo mismo que sucede con Hopper. También el pintor americano pinta desde una óptica en la que de hecho no puede situarse. En el cuadro Morning Sun se ve muy bien por qué: en el sitio que ocupa el pintor estaría una de las paredes de la habitación. Es pues físicamente imposible que el artista esté pintando en ese lugar, y eso es lo que confiere al cuadro ese toque de misterio. Hopper ha sorprendido (y por consiguiente nosotros también) a una persona con su sola presencia en una habitación de hotel; el pintor es un voyeur (y me convierte a mí en lo mismo), y en este aspecto sigue el gran ejemplo de Vermeer. Esa intimidad tan especial que emana de los interiores de Vermeer queda reforzada por el hecho de que vemos a las personas representadas cuando en realidad eso es imposible, salvo que hubiera una cámara oculta en esos interiores, una cámara dentro de una cámara. Pero no hay ninguna cámara y un pintor es una figura demasiado grande para poder esconderlo. El cuadro frente al que me encuentro ahora mismo es más misterioso aún si cabe, puesto que la muchacha está mirando al pintor (a mí), mientras que el resto de lo que acontece en el cuadro indica que eso es imposible. La intimidad, o lo que sea que ésta signifique, no ha sido capaz de soportar de ninguna manera a una tercera persona. Pero ¿adónde dirige su mirada la muchacha? ¿Acaso fija sus ojos en el espacio, en el vacío? ¿Una mirada «casualmente» atrapada por nosotros? ¿Se ha «inventado» el pintor un transeúnte anónimo que, de nuevo por casualidad, habría pasado por delante de una ventana abierta detrás de la cual estaba esa muchacha con su amante, profesor de música o esposo? El amor está sugerido en el cuadro por un Cupido apenas visible, colgado en la pared del fondo. De ser así, la escena se convierte en un asunto de ficción; lo que aún sería comprensible. La posibilidad de que la muchacha hubiera posado está descartada: lo que el espectador ve es, literalmente, un abrir y cerrar de ojos, un instante, la mirada de la muchacha, el breve momento en que ésta interrumpe la intimidad del acontecimiento alzando la vista. En cierto modo, esa mirada la libera de la presencia masculina que tiene a sus espaldas. No está del todo claro por qué el Frick Museum ha titulado este cuadro Girl interrupted at her music. Encima de la mesa hay un instrumento de cuerda y sobre éste, medio colgando, una partitura, pero no es seguro que ella estuviera tocando su instrumento cuando el hombre irrumpió en el cuadro. El profesor de música no mira hacia el pintor. El hombre constituye un cuerpo protector que envuelve a la delicada criatura. Ella, aunque permanece «libre», está como encapsulada en la presencia del hombre, quien por cierto ha entrado más tarde en escena. El brazo derecho de él roza las manos de ella. Juntos sostienen con tres manos una carta o una partitura. A su vez, el brazo izquierdo de él pasa por detrás de ella y se apoya en el respaldo de su silla. Todo ello queda delicadamente acentuado por la facilidad con que se confunden los colores de la capa de él y de la falda de ella. En realidad son los mismos colores, convertidos en algo así como una gran superficie de hojas sobre la que el rojo de la casaquilla de la muchacha destaca como una flor.

Y ahora vuelvo sobre el asunto de lo nacional. Lo que ha convertido este sentimiento en sospechoso es el nacionalismo de carácter externo, el de las proezas, las medallas de oro y las cifras de exportación. No estoy hablando de ese sentimiento que me invade cuando en Tokio oigo los aplausos dedicados a la orquesta del Concertgebouw interpretando a Mahler, sino de ese sentimiento, como el de ahora, de estar delante de algo que —por muy universal que sea— tiene más que ver conmigo que con el americano que tengo al lado. No hay que tener miedo al ridículo, de modo que vuelvo sobre lo mismo: esas dos personas del cuadro son compatriotas, una palabra que también contiene una gran carga emocional, sobre todo para gente que no viaja mucho. Para mí los compatriotas son poco frecuentes, personas aisladas con las que me cruzo de vez en cuando. Yo sería capaz de hablar con esas figuras del cuadro, aunque ya sé que ésta es una observación absurda. Pero no es tan absurda la idea de que yo sé más de esas figuras del cuadro que mi vecino americano, quien por cierto se ha marchado enseguida; yo comparto un pasado con esas figuras, y aunque el mío sea más largo, yo conozco su historia, aun siendo esa historia para ellos en parte nueva y para mí vieja, y, lo que es más, conozco su ciudad y conozco su interior: yo mismo vivo en una casa similar.

Al alzar la vista veo a mi compatriota viva, la muchacha de la blusa azul, recorriendo con su madre la gran sala que hay un poco más allá. Como forastero que viaja solo, me gustaría hablarle a la chica de Vermeer, porque sé que compartimos algo al respecto, y si ella no lo sabe, podría explicárselo. Pero jamás haría semejante cosa. No soy capaz de abordar a extraños. ¿No soy capaz? Vamos a verlo. El Frick Museum, establecido en una mansión como un fuerte en Central Park, fue en otros tiempos residencia del magnate del acero y del carbón Frick. El carbón que él extraía —no personalmente— de la tierra, lo usó para adquirir arte y bellos objetos. Éstos están depositados en el museo y llevan casi todos su nombre, no el de los excavadores individuales. Debió de ser una casa rica, bastante ostentosa. Como museo tiene cierta gracia. Las cosas están dispuestas en un orden un poco extraño. El mobiliario en que, a principios de siglo, los Fricks recibían a otros barones del carbón y a las gentes que rodeaban a éstos se expone detrás de unas cuerdas de bombasí como un monumento a un tiempo pasado que continúa su proceso de descomposición invisible y silencioso.

Me topo con algunos viejos conocidos. Mrs. Elliot, retratada por Gainsborough, con su rostro ya para siempre alargado, con sus carrillos sonrojados de finas venas y las cejas espesas casi varoniles que conservan un tono oscuro mientras su cabello ha adquirido un color impreciso. Sir Thomas More y Cromwell retratados por Holbein, todos ellos parientes; el conde de Montesquiou, que Proust refundiría en otros caballeros, aquí retratado por Whistler, todavía como él mismo, vanidoso. La idea de que todos forman una familia no es en realidad muy descabellada, pues al fin y al cabo lleva uno toda la vida viendo esas mismas imágenes, inalterables, en la realidad o como reproducción, en libros o en tarjetas postales. De algún modo pertenecen a mi galería cultural de antepasados, tal vez con más intensidad aún por el hecho de ser inalterables. Es como si hubieran existido desde siempre.

 

Cees Nooteboom

El enigma de la luz

Un viaje en el arte

Título original: Gesprach in irgendeiner zukunft, Grand Central Station, Giovanni Battista Tiepolo, Bespiegelingen van lucht, De schim van Leonardo, De filosoof zonder ogen, De dame met de eenhoorn, De blinde mannen van Bruegel, De schaduwzijde van de schilderkunst, Rembrandt in Leiden, De laatste leerling van Rembrandt, Het wonder van Piero della Francesca, Hopper

Cees Nooteboom, 2007

 

 

Libélula

Libélula

31 agosto 2022

Noticias de Navidad con el mar de fondo

 Noticias de Navidad con el mar de fondo
Cuentan que en las semanas anteriores a la Navidad se ve por los caminos que llevan a Finisterre —al cabo final de la tierra desconocida— un extraño personaje al que ladran los perros horas antes de que aparezca y al que siguen ladrando cuando ya camina a varias leguas de distancia. Aún no es Navidad, aún no ha nacido el Niño de Belén de Judá, y ya ese personaje va con una terrible noticia hasta o cabo do mundo. Se trata de un criado del rey Herodes, que va hasta el Finisterre a dar la orden de que hay que degollar a los inocentes. El tal criado es un tipo moreno, vestido a la morisca, gran corredor; de vez en cuando se detiene para beber en una fuente, que deben secarle la boca las palabras de la terrible orden herodiana. Dos cosas me preocupan de este oficial de órdenes de Herodes: su presencia en Galicia y en Finisterre transforma la degollación de los inocentes en un acontecimiento universal, como si todos los niños del mundo fueran degollados el día 28, y qué hace o dice cuando llega a Finisterre y tiene ante sus ojos y su voz la inmensa soledad del océano. ¿Atraviesa el mar, tiene tan poderosa voz que llega a la ribera de las Indias Occidentales, a América, su grito arameo? Porque parece que la degollación haya de hacerse en todo lugar de cristianos y, al mismo tiempo, lo que se prueba, entre otras cosas, por la aparición de inocentes degollados en los más diversos lugares de Europa, tanto en la cristiana romana como en la ortodoxa griega. Muchos de los que me lean saben que, pasados varios siglos del nacimiento de Jesús, aparecían en Palermo o en Aquisgrán niños degollados todavía con un soplo de vida, y que eran escapados de la matanza ordenada por Herodes. En Palermo, en el siglo XIII, en un convento de franciscanos. En un río cercano a Aquisgrán, en el siglo IX. En Palermo, la sangre que derramaba el inocente por la gran herida de su garganta, manchó el suelo y aún hoy no se ha borrado la mancha. En el río de Aquisgrán, el niño pudo decir quién era y lo llevaron ante Carlomagno, quien dijo que en mayo saldría a hacerle guerra a aquel Heredes tan asesino… Entre nosotros, los gallegos, no se sabe que haya aparecido ningún degollado, ni en Santiago de Compostela ni en alguna posada del «camino francés», del camino de las grandes peregrinaciones, que sería lugar adecuado. Por ello me pregunto: ¿qué hará el criado de Herodes ante el océano? ¿Quién lo escucha en las rocas extremas? El océano es asesino también, pero a su manera. Lo ha dicho Yeats en un verso memorable:
 
La asesina inocencia del mar
 
El océano, con su enorme violencia, con sus grandes olas y sus fuertes vientos, destruye las naves que lo surcan, pero no tiene la voluntad de Dedanar. Enorme bestia que respira dos veces al día, ignora los límites de su fuerza, desconoce el poder de sus tempestades, ahoga humanos creyendo acariciarlos y, con los mayores temporales, cree que está jugando. Me inclino a juzgar que el criado de Herodes a quien le grita es a Leviatán, la enorme ballena, la gran bestia del mar, para de alguna manera hacerla participar en el crimen.
 
Hace algunos años me habían pedido un villancico, para que lo cantase un coro de niños en una iglesia de La Marina, de Lugo. La iglesia está en la vecindad misma del mar, y de su ábside a las aguas hay un pequeño campo y unas grandes rocas oscuras, que sirven de rompeolas. Y se me ocurrió que algo del mar había de entrar en mis versos. Los niños cantores eran casi todos hijos de marineros, de pescadores —como varios de los compañeros del Señor, con barcas en un lago, que no en el mar—. Y se me ocurrió comenzar mi villancico —traduzco de mi lengua gallega— así:
 
San José tenía miedo
de que el Niño le saliese marinero,
y se le fuese un día por el mar
en un velero…
 
Yo me imaginaba a San José preocupado, contemplando el mar de Foz o de San Ciprián, el Cantábrico verde y torvo, y el Niño jugando en la playa a navíos, con dos trozos de madera, donde la ola comienza a ser espuma que lame la arena. Sí, San José tenía miedo.
 
De que o neno lle saíse
mireñeiro
e se lle fose un día pelo mare
num veleiro…
 
Y por mis propios simples versos me emocionaba la aventura del niño saliendo al mar mayor en una dorna, diciéndole adiós a la ribera oscura, a las luces de los grandes faros nuestros, Vilan, Finisterre, Corrubedo, Silleiro.
 
Como saben, hubo discusiones entre los pesebristas italianos —después de que San Francisco hiciese el primer pesebre o Nacimiento— de si había de ponerse el mar en el pesebre. Y como uno de aquellos primeros franciscanos dijese que en el Nacimiento debía aparecer il mondo nel suo ordine intero, fue decidido que siempre, bordeando el país de colinas, bosques y ríos, debía aparecer el mar con sus barcas. Un trocito de mar, que se fingía con cristal o con tela pintada de azul. Y, de aparecer el mar en el pesebre, se llegó a poner en la fingida playa a gente de remo, que ella también subía a Belén de Judá a adorar al Niño, juntamente con los ángeles y los pastores. Belén está tierra adentro, pero a los marineros que en la playa se apoyan en sus largos remos ha debido llegarles la extraña gran noticia: han visto estrellas, no usadas, escuchado músicas que viajan con el viento terral… Cuando en un pesebre no veo el mar, me parece, desde que supe de aquellas discusiones franciscanas, que le falta algo y en el pequeño que me hago para mí mismo, pongo un poco de arena, y en ella una pequeña barca, varada. Y así soy dueño de la ilusión de que acude a Belén la gente toda de la costa gallega, y de las islas, de Sálvora, Ons, las Cíes, que se entera de que le ha nacido un Salvador al mundo. Y de paso le doy a la gente del mar el puesto que merece en el ordine intero universale, en los trabajos y los días. Con el acento claro y cantarín de las gentes gallegas ribereñas suenan cantos, en mi imaginación, en el Belén de Judá tan lejano. Y acaso uno de los marineros lleve en la mano diestra una caracola, para que, puesta en el oído del Niño, éste escuche cómo ronca el mar.

Álvaro Cunqueiro

Fábulas y leyendas de la mar

Por Cantabria

Por Cantabria

30 agosto 2022

Prólogo de un libro de cuentos y leyendas populares (nórdicos)

Hace frío en el exterior. La nieve cubre los campos, un viento gélido sopla con furia, agita las ramas de los árboles y trata de introducirse en la casa de madera por las rendijas de las ventanas. Dentro está el calor. El fuego de la chimenea ilumina los rostros y crepita alegremente, irradiando luz y bienestar.

Son largas las veladas. Largas y apacibles las horas.

 Hay un niño rubio de grandes ojos claros que espera pacientemente a que se abra el telón. Dentro de unos instantes la magia hará su aparición en forma de relato, la imaginación emprenderá su delicado vuelo y se producirá el encantamiento cuando uno de los mayores empiece a mover los hilos que pondrán en marcha la narración.

 El niño está sentado, casi acurrucado, en una silla baja muy cerca de la chimenea. Ha dejado de asustarle el ulular del viento o la nieve que no deja de caer en enormes y suavísimos copos. Fija su mirada en el invisible mundo que empieza a abrirse lentamente y presta toda su atención a las palabras, como sólo saben hacerlo los niños, con los ojos muy abiertos. Es como un dulce murmullo que penetra en sus oídos con toda claridad. Es una invitación para que él también participe, se convierta en un personaje más.

 Una vez las palabras mágicas empiezan a ser pronunciadas, el niño se encuentra dentro del encantamiento.

 Los protagonistas hacen su aparición ante la mirada asombrada del niño.

 De repente, una madrastra perversa conduce a un joven y apuesto príncipe a un lugar que se encuentra al este del sol y al oeste de la luna, un lugar que nadie sabe dónde está. La bella y valerosa muchacha, enamorada de él, decide buscarle y recorre montañas y valles, bosques y llanuras, hasta que llega a una casa habitada por una bondadosa anciana, que resulta ser la madre de los cuatro vientos. Será su hijo mayor, el viento del norte, quien ayudará a la joven llevándola a ese lugar que sólo él conoce y que se halla al este del sol y al oeste de la luna. Allí el valor y la constancia de la muchacha lograrán salvar al príncipe.

 Pero no todas las madrastras son pérfidas. Hay excepciones. Una, por lo menos. En la isla de Hielo existe una que ayudará a la princesa a romper la maldición formulada por su propia madre antes de morir.

 En el mundo de la imaginación todo es posible. Nada tiene que ver con la realidad. Allí ocurren los hechos más insólitos con la naturalidad de la fantasía. Sucede lo que el niño quiere que suceda, aunque no siempre esté de acuerdo con el desarrollo del relato, aunque a veces le gustaría cambiar el curso de los acontecimientos. Él no es un príncipe y su vida transcurre en la monotonía de los días iguales. A él nadie se le aparece ni a nadie tiene que salvar. Las estaciones se suceden en calma y sólo episodios sin importancia alteran un ritmo que no es sino una línea continua.

 Pero en los cuentos es diferente y cuando un lobo va a confesar sus pecados porque le remuerde la conciencia, el niño piensa que si él fuera lobo haría lo mismo, porque no se puede ir por ahí matando ovejas y gallinas impunemente.

 Tampoco importa demasiado no haber nacido príncipe. En el mundo de la ensoñación hay muchos, miles de reinos habitados por bellas princesas cuyos padres conceden sus blancas y delicadas manos a los que demuestran ser merecedores de ellas. Bastará con ser bueno y valiente para contraer matrimonio con la hija del rey, de cualquier rey.

 Es muy importante tener esto presente: cuando el joven pobre encuentra a una ancianita en el bosque, debe tratarla con consideración y afecto, pues muy bien puede ser un hada disfrazada, que luego, con su influencia benéfica, hará posible el acceso del muchacho al trono real. Aunque lo que le pida la anciana sea su último trozo de pan.

 También los animales se convierten en elementos esenciales del relato cuando cobran el uso de la palabra. Si un pez pide ser devuelto al agua o un ave está en apuros, el joven, sólo porque tiene buen corazón, les ayudará y algún día, a cambio, ¿quién sabe cómo será recompensado?

 Pero no sólo la bondad y el valor son necesarios para llevar a cabo cualquier empresa, por difícil que sea. También la astucia es una condición obligatoria. Para engañar, por ejemplo, a un gigante sin corazón, no se podrá hacer uso de la fuerza, pues nunca será suficiente. El gigante, con una sola mano, aplastaría a cien hombres fuertes.

 Entonces, ¿cómo vencer a un monstruo abominable sino por medio de artimañas? El niño lo sabe y escucha, atónito, los métodos que emplea el más joven de los príncipes para destruir al gigante y convertirlo en polvo.

 Los seres fabulosos no habitan el ámbito cotidiano. No se sientan junto al juego ni son amigos de los niños. Pero existen. En el pensamiento de pequeños y mayores, merodean en la oscuridad de las alcobas, siempre dispuestos a convertirse en esas pesadillas de las noches invernales, cuando el viento golpea con fuerza contra los cristales y la nieve forma blancos remolinos. Pesadillas que algunas veces se convierten en apacibles sueños cuando son los gnomos y las hadas quienes los guían.

 Entre los seres fabulosos, el que más temor infunde es siempre el troll.

 Los trolls son monstruosos y perversos, salvo en casos excepcionales. Agazapados, ocultos, habitantes de tenebrosos castillos, dedican su existencia a atemorizar a las buenas personas y a los apacibles animales.

 El niño tiene mucho miedo a los trolls. Nunca ha visto ninguno, pero se los ha imaginado tantas veces… No se le ocurrirá salir solo por la noche, ni siquiera a buscar un poco de leña para la chimenea, ni introducirse en cualquiera de las habitaciones de la casa, desiertas durante las veladas junto al fuego.

 El troll es el enemigo máximo y aunque se lo han descrito mil veces y de mil formas (enorme cabeza, pelos de cuerda y dientes como colmillos de morsa) sabe que también puede tener hasta doce cabezas y ser tan alto y monstruoso como sólo su imaginación lo puede representar.

 El diablo, en cambio, está más definido. Se parece a los hombres y toma el aspecto de un ser humano, quizá un poco más huraño y oscuro de piel, pero nada más. Incluso puede no tener cuernos ni rabo.

 Representa la maldad, aunque en los retablos, a lo que se dedica no es a inducir al mal a las buenas gentes como estamos acostumbrados, sino a apoderarse de ellas para llevarlas al infierno. De un troll se puede escapar, incluso vencerle, pero del infierno es completamente imposible. El diablo sólo es uno, poderoso, indestructible, astuto. Sus secuaces suelen ser, en general, bastante bobalicones y se les engaña con facilidad. Son diablos menores, sin la inteligencia del amo de las tinieblas.

 Al niño le gustaría ser un poco como cada uno de los personajes que aparecen en los cuentos. Valiente como los príncipes, bondadoso como los campesinos, fuerte como los que vencen a los trolls, pero también astuto como el zorro. Cualidades que se presentan en estado puro, sin los matices y contradicciones que caracterizan a los seres humanos.

 Si un hombre es bueno, lo es hasta en la adversidad. Si es valiente, ni los mayores obstáculos le detendrán. Si es astuto, sabrá en cada momento cómo emplear su astucia. Pero también si es avaro o perverso, lo será hasta el fin.

 Por eso el niño se queda boquiabierto y deja que la fantasía llene su imaginación. Porque cree que todo lo que escucha en los cuentos puede ocurrirle en cualquier momento, aunque las ancianitas que conoce no sean amables, respetuosas y escondan su condición de hadas buenas, sino en general bastante gruñonas; aunque sabe perfectamente que jamás encontrará un troll en el bosque; aunque supone que los espíritus del bien deben vivir muy lejos pues jamás acuden a su llamada.

 Pero también en los relatos aparecen jóvenes que sin hacer nada, sin enfrentarse a grandes peligros, sólo por suerte o por indolencia, consiguen un puesto destacado o incluso casarse con la hija del rey. Para éstos es demasiado sencillo y lo que provocan es una sonrisa y una especie de esperanza. Sin la magia, pues, es igualmente posible acceder a la mas completa felicidad.

 El niño se echa a reír. Ha desaparecido el temor.

 Esta vez el relato habla de cómo una sólida amistad es capaz de romper todas las barreras y todos los hechizos. Basta con querer sinceramente, con darlo todo sin esperar nada a cambio. Aquí interviene el valor más difícil, que es el de la propia renuncia.

 Los elementos de la naturaleza están siempre presentes. El mar, sus tempestades y su calma. La tierra, su fertilidad y su aspereza. El niño sabe, lo ha oído muchas veces, que existen lugares encantados, como la isla Udröst «que emerge del mar, durante las tempestades más violentas, para dar refugio a los náufragos». ¿Quién no desea acceder a la isla mágica cuando el barco está a punto de zozobrar? Allí encontrará a un venerable anciano de larga barba blanca que le introducirá en una bella mansión, resplandeciente y repleta de los más exquisitos manjares y, si no es codicioso, podrá volver a su humilde casa con las manos llenas y el porvenir asegurado para él y su familia.

 Una vez más la bondad y la generosidad serán factores imprescindibles para conseguir vencer a la miseria.

 Si no ha habido mezquindad y avaricia cuando se pudo poseer todo, ya no será posible retroceder ante la desdicha ajena.

 La isla Udröst es una isla encantada, pero hay otros encantamientos.

 Pueden aparecer y desaparecer palacios maravillosos con tejados de oro, que no forman parte de leyenda alguna. Basta con levantarse una mañana, asomarse a la ventana y descubrir, con asombro, que allí donde había una colina, ahora se alza un magnífico palacio más resplandeciente que el del rey, el de cualquier rey, por poderoso que sea.

 El niño lo ha hecho muchas veces.

 Al levantarse, ha mirado a través de los cristales de su habitación y a pesar de que sólo ha visto una colina cubierta de nieve, ha podido contemplar el maravilloso palacio del cuento que escuchó la noche anterior. Con los ojos de la imaginación, que son también los del alma.

 No importa que al volver a asomarse, unas horas después, no vea sino la nieve y el mismo paisaje de siempre.

 La magia, afortunadamente, no se produce sino en los instantes mágicos, cuando la ensoñación se apodera de nosotros y nos envuelve con su encantamiento.

 Otra vez llegará la noche, el fuego de la chimenea extenderá su calor por la estancia y las palabras volverán a pronunciarse, dulces, serenas, misteriosas, abriendo de par en par unas ventanas a través de las cuales el niño podrá admirar un mundo fabuloso que seguirá siendo real para él mientras no pierda esa capacidad que ahora posee de asombro y entrega, sobre todo de entrega.

 El relato explicará durante la fría velada, aunque fuera haya dejado de nevar, cómo se castiga la avaricia y como la generosidad es recompensada.

 Aunque lo más importante no es eso: la moraleja. El cuento mantiene en vilo al joven oyente. Hay una intriga, una especie de suspense.

 ¿Qué pasará?

 ¿De qué modo este pobre pescador, leñador o granjero, de bondadosa alma, conseguirá salir de su miseria, a pesar de las circunstancias, siempre adversas, que le rodean?

 Es la gran incógnita, porque el personaje sabe perfectamente que el trabajo y la constancia no son suficientes.

 Los cuentos embellecen la realidad, aunque el niño no sepa exactamente dónde empieza la fantasía y dónde acaba, pues cree firmemente que todo puede transformarse.

 Como en los juegos.

 En sus juegos.

 Si imagina ser un valeroso príncipe que debe enfrentarse a un malvado troll de tres cabezas para obtener la mano de la bella princesa, hija del rey, será el valeroso príncipe mientras una voz, la de su madre por ejemplo llamándole a cenar, no rompa el hechizo.

 Es como una necesidad de trascendencia, de bella invención, compartida por niños y adultos. Los pequeños la viven, la incorporan al ámbito de sus sueños, que es el de su vida, la representan.

 A los adultos, en cambio, les traslada a un lugar lejano de su historia reciente y les envuelve con su manto dorado.

 Seguramente por eso las narraciones fantásticas no tienen edad, ni tiempo, sino que pertenecen a lodos los lugares y a todos los instantes de la compleja existencia humana.

 Los relatos son de las personas y para las personas. No es preciso tener pocos años no sólo para escucharlos, sino de algún modo, para volver a inventarlos y vivirlos.

 Vivirlos sobre todo.

 Durante muchos, muchísimos años, siglos incluso, los cuentos jamás se escribieron. Fueron pasando de padres a hijos, de abuelos a nietos, de parientes a amigos, y de este modo los relatos no sólo se conservaron sino también se enriquecieron. Los personajes fantásticos como las hadas buenas, los perversos trolls, los valientes príncipes y las bellas princesas, los parlanchines animales, las bondadosas ancianas fueron cobrando vida hasta convertirse en auténticos compañeros, no sólo de nuestro niño escandinavo de grandes ojos claros, sino de todos los niños del mundo.

 Y es que todos los cuentos populares tienen elementos en común. Cambiarán los paisajes, los nombres de los personajes fantásticos, las situaciones, pero existirá siempre ese deseo humano, irresistible, de no permitir que la vida se limite exclusivamente a lo que podemos ver con nuestros ojos y tocar con nuestras manos.

 No importa que el relato haya sido contado junto al fuego, como en Escandinavia, o bajo el sol tórrido de cualquier punto del planeta. El elemento esencial es la magia, el encantamiento y la fantasía, y eso está en todos los rincones de la tierra.

 En la chimenea no queda sino un rescoldo. Las brasas se han ido apagando poco a poco hasta casi convertirse en cenizas y empieza a ser hora de acostarse.

 El niño coge el libro que ha quedado sobre la mesa y lo lleva a su habitación. Esta noche lo leerá de nuevo con avidez y todas las noches, hasta que se aprenda de memoria los cuentos que algún día contará a otros niños de mirada asombrada, como él.

 Aunque tiene sueño, el fuego y los relatos le han producido una agradable sensación de bienestar, y probablemente tardará un rato en dormirse. Pero después su sueño será tranquilo.

 Un día, que aún es un poco lejano, llegará la primavera y la nieve se derretirá. Pero no los sueños, nunca los sueños.

 

El viento del norte

Cuentos y leyendas populares

 

Anónimo, 2005

Traducción: Elena del Amo


por las marismas de Santoña y Laredo

por las marismas de Santoña y Laredo

29 agosto 2022

Primavera

 LAS HOJAS DEL EVÓNIMO
PRIMAVERA
 
Antiguamente, cuando
la luna nueva alzaba su memoria de nuevos pastos en lejanos valles, ellos sacrificaban un cordero y ponían en marcha a sus rebaños.
Pero la sangre es roja
y, al alzarse la luna nuevamente, crucificaron luego a un hombre: abril, el viento largo, la tardía helada, y desolación nos punzan.
Mas se lavan las manchas,
y la luna ilumina los amores lascivos, y los otros, sonoras primaveras, dulces de narrar como se narra el árbol o las lilas difunden su violeta hermosura.
No recordamos nada, o sólo esos enlaces del cuerpo, y humedad de hierba, ardiente el sol, los senos, y los ojos.
José Jiménez Lozano (1930-2020)
El tiempo de Eurídice (1996)