09 febrero 2022
08 febrero 2022
Sobre el cuco (29) - y de los pájaros del país, a los que imitaba muy bien, comenzando por el cuco y terminando por el mirlo y el ferreiriño
SEBASTIÁN DE CORNIDE
TRABAJABA en Barcelona en un taller de carrocerías y habiéndose comprado una chaqueta azul y pantalón gris, amén de media docena de corbatas se echó una novia murciana que se llamaba Fuensanta. Sebastián era alto y más bien flaco, y la novia era pequeña y regordeta. Era muy cariñosa y calladita, y siempre le estaba pidiendo a Sebastián que le contase algo. Sebastián era también más bien callado, y pocas cosas tenía que contar como no fuese de su aldea de Cornide, de su hermano cazador, de ir a bañarse en verano al río, de las vacas, de la feria de Monterroso, del pulpo, de un loco que había en Beade y que escupía lagartijas, y de las siembras y las cosechas, y de los pájaros del país, a los que imitaba muy bien, comenzando por el cuco y terminando por el mirlo y el ferreiriño. La murciana, por esto de la imitación de los pájaros por parte de Sebastián, andaba diciendo que tenía un novio músico. Lo que más sorprendía a Fuensanta de la aldea de Cornide, es que no hubiese sandías y no se fabricase allí el pimentón. Fuensanta, escuchándole a Sebastián como se preparaba el pulpo, sugirió que si ellos, ya casados, montaban un negocio de pimentón en Cornide, que surtían a Galicia toda y se harían ricos. Tanto pensaron en el pimentón y en lo solazadamente que vivirían, y lo que viajarían en vacaciones, y tanto se abrazaban y besaban cuando descubrían una nueva ventaja del asunto pimentonero, que tuvieron un niño. El niño nació cuando le habían mandado a Fuensanta desde su Murcia natal un catálogo de pimientos con las instrucciones para su cultivo. El niño nació con una mancha en la mejilla derecha. Una mancha rojiza, del tamaño de un duro, y en forma de pimiento morrón.
Sebastián dudó entre casarse o no con Fuensanta, porque él quería regresar a su aldea, que estaba cansado de Barcelona y unos tíos suyos lo llamaban ofreciéndole la herencia, y ella no estaba dispuesta a venir a Galicia si no se montaba la fábrica de pimentón. Una manía como otra cualquiera. Sebastián considerando lo de la mancha de la mejilla derecha del niño, dijo que no era bueno que el crío creciese sin padre. Hubo boda, con mucha asistencia de murcianos, y mucha guitarra y canciones. Sebastián pasaba la mayor parte de su tiempo libre intentando convencer a Fuensanta de que lo mejor era que se fuesen a vivir a Cornide, y que ya allí verían si se daban los pimientos, y si era rentable el fabricar pimentón. Y al fin decidió la Fuensanta. A la murciana le gustó Cornide, que está en un alto, y por eso allí no podía haber inundaciones del Segura, que tanto le asustaron de niña en su pueblo de Murcia. Plantó pimientos, que no se dieron muy bien, y con lo que sabía del arte de hacer pimentón, logró así como media libra para el consumo doméstico. La murciana tenía una cierta disposición para el dibujo, y con lápices de colores dibujó y coloreó una especie de etiquetas, con las que envolvió el bote en el que guardó el pimentón casero. La etiqueta decía: «Pimentón dulce de Cornide. Marca El Niño del Pimiento». Y rodeado por el letrero, apareció el hijo, con su carita redonda, y en la mejilla derecha un pimentón rojo que llegaba desde la oreja hasta el mentón. En la fiesta del patrón, sacaba el bote a la mesa, y la murciana era muy felicitada.
LAS HISTORIAS GALLEGAS
Álvaro Cunqueiro
07 febrero 2022
Sobre el cuco (28) - De noche oigo el canto tranquilo, filosófico de un cuco
Suelo comer y cenar en el zaguán, en una mesa pequeña, cerca de los hombres que vuelven del trabajo del campo. Estos lo hacen por orden: los mayorales de mula y muleros, sentados; los chicos que llaman burreros, de pie. Rezamos todos al empezar y al concluir de comer.
No pinto, no escribo, no hago nada, afortunadamente. De noche oigo el canto tranquilo, filosófico de un cuco y el grito burlón y extraño de un pavo real que siempre está en el tejado.
¡Cuánta vida y cuánta vida en germen se ocultará en estas noches! —se me ocurre pensar. Los pájaros reposarán en las ramas, las abejas en sus colmenas; las hormigas, las arañas, los insectos todos, en sus agujeros. Y mientras estos reposan, el sapo, despierto, lanzará su nota aflautada y dulce en el espacio; el cuco, su voz apacible y tranquila; el ruiseñor, su canto regio; y en tanto la tierra, para los ojos de los hombres, oscura y sin vida, se agitará, estremeciéndose en continua germinación, y en las aguas pantanosas de las balsas y en las aguas veloces de las acequias brotarán y se multiplicarán miríadas de seres.
Y, al mismo tiempo de esta germinación eterna, ¡qué terrible mortandad! ¡Qué bárbara lucha por la vida! ¿Pero para qué pensar en ella? Si la muerte es depósito, fuente, manantial de vida, ¿a qué lamentar la existencia de la muerte? No, no hay que lamentar nada. Vivir y vivir…, esa es la cuestión.
Pío Baroja.
Camino de perfección.
Pasión mística.
La Vida Fantástica - 2.
06 febrero 2022
Sobre el cuco (27) - el cuco cantaba en un castañar, y el criado interrogábale burlonamente:—Buen cuco-rey, dime los años que viviré.
05 febrero 2022
Sobre el cuco (26) - Era como el cuco que «cuando junio llega, ronco se queda»
04 febrero 2022
Sobre el cuco (25) - El señor Maquiavelo, además de encontrar el cuco cantando en el camino de Blois
Papel de Armenia
Haciendo juego con no se sabe qué engaños, en qué estancias de la imaginación, se encuentra uno un día aficionado a un lugar que no conoce, a una nación lejana, a un país que no visitó, y se hace su amigo, y pone pasión en seguirles su peripecia, y se banderiza con ellos, poniéndose en partidario, en «hincha», o, como dicen en Italia, en tifoso. Yo soy parcialísimo de mil lejanas cosas, y a mí mismo me sorprendo viéndome metido en políticas ajenas, incluso con violencia y levantando ánimo. El señor Maquiavelo, además de encontrar el cuco cantando en el camino de Blois, en sus embajadas francesas topaba con aquellos fuorusciti, exiliados de las señorías, ciudades y estados de Italia, y se sorprendía él, que llevaba la política calentándole la sangre, del fuego de las opiniones y de la invención incansable y exasperada de arbitrios sobre noticias inventadas, rumores que van y vienen, nacidos del mismo inquieto y desasosegado ser del desterrado. Pues con decir que tengo, para algunas políticas lejanas y foráneas peripecias, el espíritu extremoso, incansable discurseador y hasta vindicativo de los fuorusciti —literalmente, «los salidos de fuera»—, está dicho todo. Y a lo mejor no más que porque me gusta un nombre de rey, de reino, de partido, de ciudad, o me sorprendió una historia que pasó allí, o porque tal rey o Roque vienen en una canción. Desde niño amo a Armenia. Y cuando supe que había perfumado papel de Armenia, lo compré para quemarlo, y todo era preguntarme a mí mismo si Mousch, si Erivan olían a papel de Armenia; en alguna novela de Tolstoi, queman papel de Armenia en una casa, deshabitada durante mucho tiempo: novela o cuento, no recuerdo ahora. Amé a Armenia, y desde los Césares de Roma poniendo y quitando rey, hasta el general Antranik de la guerra del 14, el matador de turcos, y los tashnaks, yo me sabía la aventura armenia mejor que la lista de los reyes godos. Incluso soy erudito, aunque me está mal el decirlo, en algunas cuestiones armenias, sobre si los armenios son frigios o no, como los antiguos troyanos, o sobre San Gregorio el iluminador, que en una fotografía de un icono de Erzorum que tengo ahora ante mí, tanto se parece a Saijo Rubio. Pero, naturalmente, siempre tras la figuración histórica, tras el cúmulo de imaginaciones poéticas y sentimentales, está una Armenia real, están unos armenios de carne y hueso, y no iba a dejar de preguntarme cómo serán. Los he encontrado como los amaba en los libros de William Saroyan, ese armenio nacido en América del Norte y que escribe en inglés. Y he visto que todo aquel largo y paciente amor que les tenía a Armenia y a los armenios, no había sido perdido. He sido recompensado, ahora, por los armenios de Saroyan.
Quizás los armenios de las historias de Saroyan, si hemos de creer las últimas noticias, sean los únicos armenios que a estas alturas estén vivos. El tío de Saroyan, plantador de granados, y aquel otro, Sarkis de nombre, que dejó la aldea de Guikis, en Armenia, el año 1908, y se fue para Nueva York, y el barbero Aram, que tiene su peluquería en calle Mariposa de no sé que ciudad de California, y cuyo tío, aquel pobre Misak, que amaba a todo el género humano, que amaba los pájaros y los peces y hasta las fieras de la selva, murió porque un tigre cerró su boca cuando el pobre Misak tenía la cabeza dentro; en un circo, en Teherán, sucedió esto. Y el camarero de la cervecería de Rostof. Cuando leía cómo Saroyan entró en la cervecería de Rostof y reconoció en el camarero a un armenio, un paisano, yo hubiera querido ser armenio y entrar con Saroyan, y reconocer al paisano emigrado y resucitar en él la tierra, la raza, la lengua, el pasado y el destino. «¡Aquel oscuro armenio de Moush! Me hacía bien el verlo. Dijo el armenio de Moush: ¡Vaya, vaya, vaya! Lentamente lo decía, con alegría, con deliberada lentitud. Sus gestos armenios, ¡significaban tanto! El golpear con sus manos en las rodillas, el reír a gritos. Y el blasfemar. Burlarse del mundo y de sus grandes ideas. Las palabras armenias, la mirada, el gesto, la sonrisa, y a través de esto, fulminantemente, la resurrección de la raza, fuera del tiempo y de nuevo fuerte, pese a los años pasados, y a las ciudades que habían sido destruidas, padres, hermanos, hijos muertos, lugares olvidados, sueños violados, corazones vivientes entenebrecidos por el odio… Que las grandes potencias intenten destruir a los armenios. A ver si lo consiguen. Echadlos de su casa al desierto, sin pan, sin agua. Quemad las casas, las iglesias. A ver si no vuelven a vivir, a reír, si toda la entera raza no vuelve a vivir cuando dos de ellos se encuentren en una cervecería, y rían, y hablen en su lengua y beban…» Nosotros los gallegos, tenemos nuestras gentes dispersas por el mundo. Entrar en Rostof en una cervecería y encontrar un gallego, o irse a cortar el pelo en una ciudad de California a una peluquería de la calle Mariposa, y que el barbero fuere gallego. Digo eso para que se pueda ver mejor cuan entrañablemente amigos se me han hecho ahora, con Saroyan, los armenios. Ya no he de contentarme con el obispo don Mártir que vino a Compostela, ni con el rey Aartos, que tenía un caballo volador, ni como Garam, el que casó con doncella tártara, y ésta era muda, y el príncipe le enseñó a hablar por hilos de colores… Ya Armenia me es más que una provincia de humo azulado, más que el humo perfumado del papel de Armenia en una habitación, en una casa de aldea, una tarde de otoño. El humo del papel de Armenia lo es de las lejanas cabañas de Armenia, de Guiki, de Moush de Merián.
NOTICIA VARIA DE LUGARES Y CIUDADES
Álvaro Cunqueiro
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Tañe el abad a maitines, mucha prisa que se dan. Mío Cid y su mujer para la iglesia se van. Echóse doña Jimena en las gradas del altar y a ...





