01 febrero 2021

1 de febrero

Mi madre, mi padre y yo dormíamos durante los meses del asedio en un colchón al final del pasillo, y sin cesar saltaban por encima de nosotros largas caravanas de gente que necesitaba ir al baño. El servicio apestaba hasta la desesperación porque no había agua para echar en el retrete y porque el ventanuco estaba tapado con sacos de arena. A cada rato, con la caída de las bombas, temblaba toda la montaña y con ella se estremecían los edificios de piedra. A veces me despertaba con gritos que helaban la sangre cada vez que uno de los que estaban durmiendo en algún colchón de la casa tenía una pesadilla.

El 1 de febrero explotó un coche bomba junto a la redacción del periódico judío en lengua inglesa Palestine Post. El edificio fue completamente destruido y las sospechas recayeron sobre los policías británicos que colaboraban en la ofensiva árabe. El 10 de febrero, las milicias defensivas de Yemín Moshé consiguieron rechazar un fuerte ataque de las tropas árabes semirregulares. El domingo 22 de febrero, diez minutos después de las seis de la mañana, una organización que se autodenominaba Fuerzas Fascistas Británicas hizo que explotaran tres camiones llenos de dinamita en la calle Ben Yehuda, en el corazón de la Jerusalén judía. Edificios de seis plantas fueron reducidos a polvo y una parte importante de la calle se convirtió en escombros. Cincuenta y dos inquilinos judíos murieron dentro de sus casas y unos ciento cincuenta resultaron heridos.

Ese mismo día mi miope padre fue a la jefatura de la guardia nacional, que estaba en una callejuela junto a la calle Sofonías: quería alistarse. Tuvo que reconocer que su experiencia militar no era otra que la redacción de algunos panfletos ilegales en lengua inglesa para el Etzel («¡Abajo la pérfida Albión! ¡Fuera la opresión nazi británica!», y cosas por el estilo).

El 11 de marzo, el ya familiar coche del cónsul americano en Jerusalén, conducido por un chófer árabe del consulado, entró en el patio de la sede de la Agencia Judía, el corazón de las instituciones judías en Jerusalén y en todo el país. Una parte del edificio saltó por los aires y hubo decenas de muertos y heridos. La tercera semana del mes de marzo fracasaron todos los intentos de hacer llegar a Jerusalén convoyes de víveres y provisiones desde la llanura costera: el asedio se estrechaba y la ciudad estaba al borde de la hambruna y del peligro de epidemias.

Amos Oz
Una historia de amor y oscuridad 

Amor y oscuridad son dos de las fuerzas que interaccionan en este libro, una autobiografía en forma de novela, una obra literaria compleja que comprende los orígenes de la familia de Amos Oz, la historia de su infancia y juventud, primero en Jerusalén y después en el kibbutz de Hulda, la trágica existencia de sus padres, una descripción épica del Jerusalén de aquellos años, de Tel Aviv, que es su reverso, entre los años treinta y cincuenta. La narración oscila hacia delante y hacia atrás en el tiempo y refleja más de cien años de historia familiar, una saga de relaciones de amor y odio hacia Europa, que tiene como protagonistas a cuatro generaciones de soñadores, estudiosos, poetas egocéntricos, reformadores del mundo y ovejas negras. Esta amplia galería de personajes prepara un «cocktail genético» del que nacerá un hijo único que descubrirá ser escritor. Amos Oz nos entrega la historia de su infancia y adolescencia, una historia llena de aspiraciones poéticas y afán político: una novela que consigue llegar al corazón del lector.

Teucrium hyrcanicum o cedro del Cáucaso

 Teucrium hyrcanicum o cedro del Cáucaso

31 enero 2021

31 de enero

LA NIÑA Y EL ÁRBOL

El 31 de enero de 2007 me encontraba en la sala de espera del aeropuerto de Oaxaca, a punto de tomar el vuelo 216 de Mexicana de Aviación rumbo a la ciudad de México, cuando un llanto se apoderó del lugar. La mayoría de los pasajeros hicieron el gesto de desaprobación que suelen suscitar los niños en los viajes.

El turismo en masa ha promovido la absurda idea de que las excursiones deben ser cómodas. Ya no se trata de tener aventuras sino de tener rutinas. La paradoja es que nada resulta tan incómodo como un sitio congestionado por turistas. Sin embargo, aunque sean ellos quienes empeoran el entorno, observan a los demás con misantropía.

En la sala de espera un grupo de viajeros de mejillas encarnadas (no parecían haber recibido el sol sino una radiación nuclear) miró con reprobación al sitio de donde salía el llanto. Una vez más su agencia de viajes no había podido impedir el contacto con los sonoros sinsabores de la infancia.

No reparé mayor cosa en el asunto hasta que el llanto cobró dimensiones de alarido. No se trataba de un bebé, sino de alguien un poco mayor. Una angustia inaudita se expresaba en los gritos interrumpidos por espasmódicos sollozos.

Me volví hacia la izquierda y vi a una niña de unos cuatro años. Tenía los puños cerrados y nos miraba como si supiera algo que los demás ignorábamos. Estaba acompañada por otras dos niñas y un hombre con cinturón ranchero, barriga feliz y rostro bondadoso. Era fácil imaginarlo como un diligente pastor de cabras. Me acerqué a preguntar qué sucedía.

—Extraña a su mamá —el hombre señaló a la niña.

Me contó que viajaban a Nueva York. La madre los alcanzaría en quince días.

El quejido de la niña adquirió entonces un inquietante ritmo de fuelle, como si tragara su propio aire.

Durante mi estancia en Oaxaca había oído historias de la gente que tiene que irse al otro lado. Casi la mitad de los oaxaqueños están en el extranjero: a California ya le dicen Oaxacalifornia. La ciudad había vuelto a una aparente normalidad después de las barricadas y los incendios, los cuatro meses de conflictos que en 2006 causaron veinte muertes, la ineptitud del gobernador y la ocupación armada, pero nada de fondo había cambiado. Los rezagos de siempre seguían ahí. Ahora, en la sala de espera, una niña nos miraba con el pasmo de quien deja de entender la realidad.

Recurrí a la superstición con que los adultos creemos compensar los sufrimientos infantiles. Le compré un chocolate y le dije algo que no me constaba en lo más mínimo: se encontraría pronto con su madre. El hombre comentó que había nevado en Nueva York el día anterior. No se me ocurrió otra cosa que hablar con la niña de muñecos de nieve. Los mejores tenían nariz de zanahoria.

¿Podía haber algo más inútil que contar historias? Lo que dije hizo poco por la niña; en cambio, el hombre se sintió más relajado. Me explicó que eran parientes lejanos. No había podido librarse de llevar a las tres niñas. Le pregunté cómo se llamaba la que estaba llorando. Su respuesta llegó con un escalofrío:

—No sé. —Volvió a sonreír, esta vez con nerviosismo, y agregó—: Somos familia, pero lejanos. No vaya a creer que me la robé.

—Tiene los permisos de los padres, ¿no? —dije, en el tono iluso de quien se tranquiliza a sí mismo diciendo: «El gobierno se ocupará del asunto, ¿no?»

Me mostró unos documentos mientras cargaba a otra de las niñas.

—Ésta es más tranquila —comentó.

En efecto, no lloraba a gritos pero las lágrimas bajaron de sus ojos cuando su «pariente» dijo que era tranquila.

Los papeles del hombre estaban en regla y habían sido revisados por la aerolínea. El asunto era grave por normal. La separación forzada de una niña sin nombre era algo común, una cifra más en la estadística.

Una señora se acercó, quitándole el celofán a una paleta, y una muchacha cargó a la niña. También ellos eran migrantes.

Recordé lo que Italo Calvino escribió sobre el Árbol del Tule después de su visita a Oaxaca. El viajero italiano había tratado de descifrar dos mil años de vida en esa intrincada corteza. No parecía describir una planta sino un país: «Es un monstruo que crece —se diría— sin plan alguno […] El tronco parece unificar en su perímetro una larga historia de incertidumbres, acoplamientos, desviaciones […] De los codos y rodillas de ramas que sobrevivieron al derrumbe de épocas remotas, continúan separándose ramas secundarias anquilosadas en una incómoda gesticulación. Nudos y heridas han seguido dilatándose, proliferando unos en excrecencias y concreciones, protuberando los otros con sus bordes desgarrados, imponiendo su singularidad como el sol en torno al cual irradian las generaciones de células. Y sobre todo esto, espesada, encallecida, creciendo sobre sí misma, la continuidad de la corteza que revela toda su fatiga de piel decrépita y al mismo tiempo la eternidad de aquello que ha alcanzado una condición tan poco viviente que ya no puede morir.»

El Árbol del Tule tiene la edad de Cristo. Comenzaba a crecer cuando el hijo del carpintero pidió en el camino a Judea: «Dejad a los niños y no les impidáis acercarse a mí» (Mateo 19:14). En este pasaje de la escritura, «niños» puede ser entendido como «discriminados». Testigo vegetal, el Árbol del Tule resume en su tronco lo que ha visto.

Nos avisaron que el avión podía ser abordado. El momento de seguir nuestros destinos desiguales. Sólo entonces advertí que el papel del chocolate seguía en mi mano, como un talismán inútil.

Caminamos rumbo a la pista, bajo un cielo de un azul purísimo. La niña iba delante de mí. ¿Es posible contar lo que no tiene nombre?

Pensé de nuevo en la visita de Calvino a Oaxaca: lo que no podemos decir nosotros, lo dice un árbol.

¿Hay vida en la Tierra? 
Juan Villoro 

¿Hay vida en la Tierra? cuenta cien historias tan diversas como contundentes, cien relatos apoyados en una prosa adictiva. Juan Villoro analiza el extraño misterio de ser mexicano, se ocupa de la forma en que la tecnología modifica nuestras relaciones, desarrolla una teoría del mariachi, presencia una confesión del escritor japonés Kenzaburo Oé, conoce a dos tortugas en el campo de concentración de Dachau, abre una maleta que encierra el dolor del exilio republicano, enfrenta el desafío mayúsculo de pedir un capuchino y diseña un episodio de Los Simpson en el Distrito Federal. Hilarante catálogo de las paranoias, malentendidos, molestias e ilusiones que conforman la vida cotidiana, ¿Hay vida en la Tierra? traza un singular retrato de nuestra época. El registro de los sucesos transita con fluidez de lo culto a lo popular. Los afilados aforismos de este libro pueden venir de Nietzsche, una galleta china de la suerte, un gurú del kung-fu, un taxista extraviado, una niña de siete años o un peluquero deprimido. Imprescindible manual de primeros auxilios para entender la forma en que el presente se convierte en tradición, ¿Hay vida en la Tierra? revela secretos para cuidar amistades como peces dorados, llegar al destino con oportuno atraso y entender la despedida como un poema épico. Villoro, en una exhibición literaria de primer orden, logra que la indómita vida diaria adquiera sentido al ordenarse en una historia.

Plantas de verano y otoño de SAKAI HOITSU

Plantas de verano y otoño de SAKAI HOITSU

30 enero 2021

30 de enero

Freud, desde luego, era doctor en medicina y tenía probada experiencia clínica y era un pensador más acreditadamente científico que McLuhan. Pero Freud, como McLuhan, se sintió arrastrado por el atisbo cósmico. Los psicólogos actuales más rigurosos, así como la mayoría de los médicos investigadores, consideran a Freud un romántico, casi un metafísico. Consideran al buen Freud una especie de obispo Berkeley vienés. Se tiene la sospecha de que Freud se dedicaba a recorrer unos cuantos hogares vieneses de la alta burguesía llenos de terciopelos y jarrones —¡Ajá! ¡Muy significativo!—, entre los que se incluía el suyo propio —Papá, ese maricón, sedujo a mi hermanita—, y aplicó luego sus deducciones a su experiencia clínica intentando explicar así la conducta de todo el género humano. Es inevitable preguntarse lo mismo sobre McLuhan. Vemos al maestro sentado en el patio trasero, ante la mesa de ping-pong. Y allí, dentro de casa, se sientan los niños, haciendo los deberes (en medio de un absorbente y desatado tifón sensorial de aparatos de televisión, transistores, fonógrafos y teléfonos), y sin embargo consiguen salir adelante en el colegio… ¡Muy significativo! Sorprendente, incluso, una unidad neotribal de los sentidos. «El círculo familiar se ha ensanchado. El cúmulo de información mundial favorecido por los medios de comunicación eléctricos, películas, Telstar, vuelos…, sobrepasa con mucho cualquier posible influencia que papá y mamá puedan ejercer». 

PING-PONG 

Entré en el salón. 

Me dispararon con un bum estereofónico. 

No hay cielo posible aquí abajo. 

Saltan ninfillas en mi moqueta. 

Y mocosos en mi rincón privado. 

Y no dejan entrar al pobre papaíto trabajador. 


¡Magnífico! 

Übermenschen! ¡Gaviotas doradas! 

Con radiotransistores pegados a sus cráneos. 

¡Todo radiante! con el dulce tinte 

Del azul tuberculoso de la televisión. 

¡Una especie de pura euforia zulú 

inunda sus sentidos alta fidelidad! 


¡Magnífico! 

Lo soportaré mientras pueda, 

Este festival neotribal. 

Este ensamblaje multimedia, 

la audioseducción de sus voces, 

sólo me deja dos elecciones: 

Puedo simplemente hacerles callar… 

O… ¿extrapolar partiendo de ello 

el destino del hombre occidental? 

Freud y McLuhan se convirtieron en celebridades en el mismo período de su vida, a poco de cumplir los cincuenta, y en circunstancias similares. Freud tenía un pequeño grupo de partidarios que celebraban debates todos los miércoles por la noche en su gabinete y a los que se conocía como la «sociedad psicológica de los miércoles». McLuhan tuvo seguidores en varias universidades canadienses, y ellos, más los norteamericanos interesados en su obra, se reunían a menudo en su casa. Si hemos de elegir un dato preciso para señalar la transformación de Freud en una figura pública, probablemente tendríamos que acudir al 26 de abril de 1908, cuando se celebró una Zusammenkunft für Freud’ sche Psychologie (convención de psicología freudiana) en el Hotel Bristol de Salzburgo, a la que asistieron entre otros Jung, Adler y Stekel. En el caso de McLuhan, la fecha sería el 30 de enero de 1964, cuando los miembros de la facultad de la Universidad de la Columbia británica montaron lo que sus partidarios llamaron un «festival McLuhan» en el aula magna de la universidad. Colgaron del techo sábanas de plástico, formando un laberinto. Unos operadores lanzaban proyecciones de luz contra las sábanas de plástico, y la gente andaba entre ellas. Un proyector de cine pasaba una larga película sin sentido del interior del aula magna vacía. De los altavoces brotaban sonidos extraños, un timbre, alguien que hacía chocar dos fragmentos de madera sobre un podium. Otros esparcían perfume por el local. Entre la multitud corrían bailarinas, y había una pared formada por una tela tensada sujeta en un marco de madera y una chica se apretaba contra ella, como si se tratase de toda una pared hecha de pantalones ceñidos, y ondulaba y saltaba. Todo el mundo tenía que ir allí y sentirlo (la chica contra la tela tensa) para comprender la «comunicación táctil» de que hablaba McLuhan. 

Ninguno de los dos acontecimientos, ni la convención de psicología freudiana ni el festival de McLuhan recibieron gran publicidad, pero ambos fueron importantes en cuanto constituyeron anuncios esotéricos: aquél era el nuevo hombre con el que había que identificarse. Como dice Freud…, como dice McLuhan… Carpenter, el amigo de McLuhan, lo había expresado ya: «McLuhan es uno de los innovadores épicos de la era electrónica. Su Galaxia Gutenberg es el libro más importante en el campo de las ciencias sociales de esta generación, y eclipsa, por su alcance y profundidad, a cualquier otra contribución».

Tom Wolfe
La banda de la casa de la bomba y otras crónicas de la era pop 

En este libro, Tom Wolfe examinó provocativamente, sobre el terreno, los recientes monstruos sagrados, las instituciones de la era pop, los representantes de la nueva cultura: los surfistas, los locos de la moto, los Muchachos de la Melena y la estética de lo rancio, Hefner (Playboy), el rey de los reclusos voluntarios, la topless trucada con silicona, el revoltijo mcluhaniano, los «Swinging London», las heathfields y las dollies, los hoteles climatizados, la decadencia del cocktail-party y la aparición de la cena con mono, la nueva etiqueta de la nueva café-society neoyorquina. Entre los sorprendentes fenómenos sociales que estimulan a Tom Wolfe aparece un tema recurrente: la búsqueda de estatus por parte de las nuevas generaciones o (lo que es el reverso de la medalla) el ocaso de las jerarquías sociales tradicionales. En conexión con este fenómeno se testimonia la aparición de fórmulas artísticas y códigos de conducta absolutamente ajenos al viejo establishment.


Vegetación de prados

flores de la pradera

29 enero 2021

29 de enero

Aquella vez Mauricio comprendió que todo había acabado. Durante cuatro horas, en medio del fuego terrible de las trincheras prusianas había permanecido en el parque de Buzenval, entre las filas de la guardia nacional; y cuando volvió a París, ponderó el valor de aquella fuerza. Efectivamente, la guardia nacional se había portado con bizarría. Y siendo así, ¿de qué procedía la derrota, sino de la estupidez y de la traición de los jefes? En la calle de Rívoli encontró Mauricio grandes grupos que gritaban: ¡Abajo Trochu! ¡Viva la Commune! Era el despertar de la pasión revolucionaría, una nueva manifestación de la opinión, tan alarmante, que el Gobierno de la Defensa Nacional, para no caer, tuvo que obligar al general Trochu a presentar su dimisión, y nombró en su lugar al general Vinoy. Aquel mismo día, en una reunión pública de Belleville, en la que había entrado Mauricio, oyó reclamar de nuevo el ataque en masa. Demasiado sabía él que aquello era una locura, y sin embargo, le impresionó aquella obstinación. Pasó la noche soñando con prodigios.

Transcurrieron ocho días más. París agonizaba sin exhalar ni una quejo. Las tiendas no se abrían ya; los pocos transeúntes no encontraban coches en las calles desiertas. Habían sido comidos cuarenta mil caballos; los perros, los gatos y las ratas se pagaban muy caros. Desde que se había acabado el trigo, el pan, hecho con arroz y avena, era un pan negro, viscoso, de difícil di gestión; y para conseguir la ración, reducida a 300 gramos, las colas interminables delante de las panaderías se hacían mortales. ¡Cuánta lástima inspiraban aquellas pobres mujeres, esperando horas y horas a la intemperie! La mortalidad había triplicado; los teatros estaban convertidos en hospitales. Desde el anochecer los antiguos barrios aristocráticos quedaban silenciosos y a obscuras, como si fueran arrabales de una dudad maldita, asolada por la peste. Y en aquel silencio, en aquella obscuridad, solo se oía el continuado fragor del bombardeo, solo se veían los fogonazos de los cañones.

De repente el 29 de enero, París supo que, desde la antevíspera, estaba Julio Favre en tratos con Bismarck para conseguir un armisticio; y, al mismo tiempo, se enteró de que no quedaba pan sino para diez días. La capitulación brutal se imponía. París, estupefacto al saber la verdad, dejó obrar. Aquel mismo día, a la noche, se disparó el último cañonazo. Cuando los alemanes ocuparon los fuertes, el regimiento de Mauricio volvió a acampar, cerca de Montrouge, dentro del recinto fortificado. Y entonces empezó para Mauricio una existencia vaga, llena de holganza y de fiebre. La disciplina se había relajado mucho; los soldados se desbandaban, vagaban sin objeto fijo, esperando el momento de recibir su licencia. Pero Mauricio seguía inquieto, nervioso e irritable. Leía con avidez los periódicos revolucionarios, y aquel armisticio de tres semanas, pactado con el único objeto de que Francia pudiera nombrar una Asamblea para acordar la paz, le parecía una asechanza, un a traición final. Aunque París se viese obligado a capitular, él estaba, con Gambetta, por la continuación de la guerra en el centro y en el Norte. El desastre del ejército del Este lo puso furioso. Las elecciones acabaron de desesperarle. Era lo que él había previsto, las provincias cobardes, irritadas con la resistencia de París, ansiando la paz, restableciendo la monarquía, bajo los cañones de los prusianos. Después de las primeras sesiones de Burdeos, Thiers, elegido en veintiséis departamentos, aclamado jefe del poder ejecutivo, fue a los ojos de Mauricio el monstruo, el hombre de todas las mentiras y de todos los crímenes. Y ya no se inquietó; aquella paz, hecha por una Asamblea monárquica, le parecía el colmo de la vergüenza; deliraba con solo la idea de las durísimas condiciones, la indemnización de los cinco mil millones. Metz entregado, la Alsacia cedida, el oro y la sangre de Francia corriendo por aquella herida incurable.

Entonces, en los últimos días de febrero, Mauricio se decidió a desertar. Un artículo del tratado decía que los soldados acampados en París serían desarmados y mandados a sus casas. Él no esperó; le parecía que le arrancarían el corazón si salía de aquel París glorioso, que solo había cedido al hambre; y desapareció, tomó, en la calle des Orties, en lo alto de la Butte des Moulins, en una casa de seis pisos, un cuartito amueblado, una especie de torrecilla, desde donde se veía el mar sin limites de los tejados, desde las Tullerías hasta la Bastilla. Un antiguo compañero de la Facultad de Derecho le había prestado cien trancos. Se alistó en un batallón de la guardia nacional, y con el franco y medio de la paga tendría bastante. Le horrorizaba el pensamiento de una existencia tranquila y egoísta en provincias. Hasta las cartas que recibía de su hermana Enriqueta, a quien había escrito inmediatamente después del armisticio, le incomodaban, con sus súplicas, con el deseo ardiente de volver a Remilly. Él se negaba, iría más tarde, cuando ya no estuvieran allí los prusianos.

Émile Zola
La Débâcle (El desastre)
Los Rougon-Macquart - 19

La Débâcle es la penúltima novela de la colección Los Rougon-Macquart. Narra algunos aspectos políticos y militares que llevaron a la caída del régimen del Segundo Imperio encabezado de Napoleón III en 1870, en particular la guerra franco-prusiana, la batalla de Sedan y la Comuna de París.

Trébol, mielga

flores de la pradera

28 enero 2021

28 de enero

El señor Crease, por lo que parece, era un escribano aficionado que también hacía ilustraciones en blanco y negro, ninguna de las cuales preparaba para su reproducción. Era medio inválido; vivía en una granja cercana, por el lado más alejado de Steepdown. Mi tutor interno vino a proponer que tal vez estuviera dispuesto a darme ánimo y consejo en mi afición.

La entrada en mi diario dice así: «Después de cambiarme de atuendo tuve que ir a presentarme ante una visita, un ilustrador amigo de __. Se mostró completamente desdeñoso con mi caligrafía, pero elogió las ilustraciones. Por lo visto, si uno va a conseguir hacer algo realmente bueno, ha de entregarse en cuerpo y alma a ello».

Yo estaba seguro de que no deseaba dedicar toda mi vida a la caligrafía y a las ilustraciones miniadas, pero también me había fascinado el hombre y la oportunidad que me suponía para huir al menos en parte del régimen del colegio.

Sin que yo se lo solicitara, mi tutor interno —el hombre al que con notable ingratitud habíamos apodado el Superespía y el Indeciso— zanjó la cuestión. Fue el suyo un acto no solo de amabilidad sino que hizo falta cierto valor, ya que la singular presencia física de Crease ya había llamado la atención de otros directores de residencia y recelaban de su posible influencia. Cuando empezó el trimestre siguiente, me dieron permiso para ir a visitarlo medio día festivo por semana, y esas horas para mí pronto fueron de oro.

Tenía unas habitaciones alquiladas que había amueblado él mismo y donde la mujer de la casa le preparaba las comidas, en la vecina granja de Lychpole, en la finca de un hacendado que se llamaba Tristram, con el cual mantenía una relación indefinida, no estaba claro si de amistad o de parentesco. La distancia que era preciso salvar atravesando los cerros era de casi seis kilómetros. Unas veces iba a pie, otras mi tutor me llevaba en su motocicleta. Mi primera visita fue el 28 de enero de 1920. Me había extraviado a causa de la niebla y, al cabo de un buen rato, lo encontré sentado ante la chimenea encendida, trabajando en una pieza de bordado. Esa misma noche anoté en mi diario que era «muy afeminado y decadente y culto y afectado y amable». Me enseñó algunos de sus trabajos, de los cuales registré esto: «No es que su caligrafía me cause una enorme admiración, pero es indudable que sabrá enseñarme mucho de la técnica».

Al día siguiente acudí a recibir mi primera lección. Tenía una mesa de trabajo en la que había colocado con esmero todas las herramientas del oficio. Me indicó que me sentara y que escribiera unas cuantas palabras para que las viese. Alzó los ojos al techo, alzó las manos de pronto y dijo: «Vienes a verme con los calcetines de colores más vulgares que he visto nunca y acabas de escribir la “E” más bella que se ha escrito desde el Book of Kells».

De nuestro encuentro puse esto por escrito: «No es tan afectado como me había parecido al principio. Muy bien educado, muy individualista. Se acerca muchísimo a mi ideal de verdadero diletante, el mayor que he conocido nunca. Es un gran estudioso del carácter. Afirma ser capaz de calar a cualquiera por pura intuición, a primera vista. Creo que le caigo bien. No he sacado nada en claro acerca de su vida; es de los que absorben cuanto pueden sin soltar prenda. Por lo que atino a ver de momento, su secretismo es su única cualidad negativa. Todo lo que he sacado en claro es que su carrera profesional se echó a perder por su mala salud, y que ocupó en su día un puesto distinguido en Oxford».

Crease conservó su aura de misterio hasta el final. Es cierto que nunca ocupó ningún puesto académico y que tenía una muy escasa educación formal. Creo que había sido una especie de acompañante, secretario y limosnero de un norteamericano rico que tuvo un puesto de profesor honorario en el colegio universitario de Corpus Christi, en compañía del cual conoció a la práctica totalidad del claustro universitario y se dedicó a coleccionar espléndidas piezas de porcelana y de plata. A veces daba a entender que en su día se unió a alguna fraternidad anglicana (tal vez los Padres de Cowley). Tenía unos ingresos adecuados a sus muy sencillas necesidades; recibía tal vez una asignación de los Tristram, tal vez del sabio estadounidense. Cuando su «claustro en los cerros», como llamaba él a sus habitaciones de Lychpole, le resultaba demasiado austero, se refugiaba en la nada romántica y bien pertrechada casa de los Tristram, Sompting Abbots, aprovechando sus ausencias.

Evelyn Waugh
Una educación incompleta

«Solo cuando se ha perdido toda curiosidad hacia el futuro se ha alcanzado la edad de escribir una autobiografía», nos dice su autor al comienzo de este libro.

Una educación incompleta es el primer y único volumen de la autobiografía de Evelyn Waugh, quien moriría dos años después de publicarlo sin haber podido escribir su proyectada continuación.

Waugh comienza su relato por la historia de sus antepasados, hombres y mujeres de carácter, que contribuyeron sin saberlo a su genio. Tuvo una infancia familiar convencional, «cálida, brillante y serena», aunque los años escolares que le sucedieron y que pasaría en Hampstead y Lancing, los recuerda con cierto dolor. Su vida como estudiante en Oxford, que tan bien recrearía en Retorno a Brideshead, «fue en esencia un catálogo de amistades». La evocación de aquella placentera y animada época es un sofisticado retrato de la generación de Harold Acton, Cyril Connolly y Anthony Powell; un mundo exclusivo que rememora con elegante ingenio y precisión.

Una educación incompleta termina con sus experiencias como maestro en una escuela preparatoria en el Norte de Gales que le inspiraron su primera novela, Decadencia y caída




Vegetación de prados

flores de la pradera

27 enero 2021

27 de enero

Sobre el césped, mientras dormía, las ovejas le rodearon y, mientras pastaban, el sonido se convirtió en una especie de fondo continuo de sus sueños. Abrió los ojos para ver un conjunto de dientes de oveja despuntados y amarillos que cortaban la hierba, a unas pocas pulgadas de su cara. Esos dientes, y la masa de lana de invierno que había convertido al animal en un fardo grasiento que andaba como un pato, le resultaron de lo más asombroso. ¡Que, simplemente mordisqueando hierba y bebiendo agua, un animal pudiese generar materia como dientes y lana! 

¿Cuántas ovejas en Inglaterra? Y no sólo en enero de 1714, sino también en todos los milenios anteriores. ¿Por qué la isla no se hundía en el mar bajo el peso de los huesos de oveja y los dientes de oveja? Posiblemente porque exportaban la lana —en su mayoría a Holanda— ¡que efectivamente iba hundiéndose en el mar! Q.E.D. 

El 27 de enero entraron en un bosque. Daniel quedó asombrado por su extensión. Le parecía que se encontraban en las cercanías de Oxford; no hace falta decir que evitaban la ciudad en sí. Vio un fragmento de heráldica real, pero envejecido y cubierto de hiedra. Debían encontrarse en la hacienda conocida, en su época, como la hacienda real y parque de Woodstock. Pero la reina Ana se la había entregado al duque de Marlborough en gratitud por ganar la batalla de Blenheim, y salvar al mundo, diez años antes. La intención de la reina era que allí se construyese un magnífico palacio en el que Marlborough y sus descendientes pudiesen vivir. De haber estado en Francia, y la reina haber sido Luis XIV, ya estaría acabado, pero estaban en Inglaterra, el parlamento cubría con sus dedos retorcidos el cuello de la monarca, y los whigs y tories se enfrentaban en su eterna batalla de patadas en las canillas para decidir quién tendría el honor de ahogar a su majestad y con qué fuerza. Durante esa batalla, Marlborough, un tory hasta la médula, e hijo de un caballero monárquico, había quedado de alguna forma clasificado como whig. La reina Ana, que había decidido, ya de mayor, que prefería a los tories, le había retirado el mando militar y, en general, había hecho su vida en Inglaterra tan poco gratificante que él y Sarah se habían marchado al norte de Europa (donde a él se le consideraba lo mejor después de la cerveza) para deleitarse bajo la gratitud de los protestantes hasta el momento en que la reina dejase de empañar los espejos del palacio de Kensington. 

Sabiendo todo eso, y sabiendo lo que sabía sobre los lugares en construcción y el clima inglés, Daniel esperaba ver un cenagal sin vida rodeado por un barrio de trabajadores sin empleo acurrucados bajo la lona bebiendo ginebra. En general no quedó descontento. Pero el señor Threader, con su genio para esquivar y su horror del centro, incordió a Daniel siguiendo caminos sin marcar que atravesaban bosques y prados, abriendo puertas e incluso retirando vallas como si él fuese el propietario, y comprobando las casitas y refugios donde los caballeros domados del duque mantenían los registros y contaban monedas. Entrevisto entre los troncos de los árboles (donde todavía quedaban árboles) o montones de madera (donde no los había) Daniel obtuvo una impresión vaga de los cimientos del palacio y algunos muros a medio completar. 

Esa divagación en Woodstock finalmente rompió el hielo —que había sido bastante grueso— entre el doctor Waterhouse y el señor Threader. Estaba claro que Daniel le resultaba tan misterioso al señor Threader como al revés. Como Threader no había estado presente en Crockern Tor —había esperado a la corte de la estañería en la Cabeza del Sarraceno—, no poseía el beneficio de haber escuchado el relato que Will Comstock había hecho del año de la plaga. Todo lo que el señor Threader sabía era que Daniel formaba parte de la Royal Society. Podía inferir que Daniel había entrado exclusivamente por los méritos de su cerebro, porque claramente carecía de otros: riqueza y clase. 

Al principio, allí en Devon donde las distancias entre las buenas casas eran mayores, el señor Threader no había podido controlar el impulso de rodear a Daniel y atacar sus defensas externas. Por alguna razón se le había metido en la cabeza que Daniel estaba relacionado con la familia de la mujer de Will Comstock. Y para él tenía sentido. Will se había casado con la hija de un comerciante de Plymouth enriquecido importando vino desde Portugal. Pero su bisabuelo había sido tonelero. Will, sin embargo, poseía sangre noble, pero no tenía dinero. Esos matrimonios complementarios estaban de moda. Daniel no era un caballero, ergo, debía ser amigo de la familia del tonelero. Y por tanto el señor Threader había emitido ciertas afirmaciones mordaces y socarronas sobre Will Comstock con la esperanza de que Daniel dejase su libro y se descargase de algunos comentarios lacerantes sobre la estupidez de emplear vapor para realizar trabajo. Durante los primeros días de viaje había agitado cebos similares frente a la cara de Daniel, pero la pesca había sido en vano. Desde entonces, Daniel se había concentrado en leer sus libros y el señor Threader en escribir en el suyo. Los dos hombres tenían ya una edad que no les hacía desear hacer amigos y compartir confidencias. Iniciar una amistad, como abrir una nueva ruta comercial, era una empresa disparatada más adecuada para los jóvenes. 

Aun así, de vez en cuando, el señor Threader lanzaba motivos de conversación hacia Daniel. Por deportividad, Daniel hacía lo mismo. Pero ninguno de los dos podía admitir la vergüenza que acompaña a la curiosidad. Daniel no podía obligarse a preguntarle al señor Threader qué hacía para ganarse la vida, porque le quedaba claro que entre la gente que poseía grandes mansiones en el campo era totalmente evidente, y que sólo un idiota, o un whig mugriento, no sabría qué era. El señor Threader, por su parte, deseaba saber qué relación unía a Daniel con el conde de Lostwithiel. Para él, era monstruosamente extraño que un filósofo natural de edad avanzada se materializase de improviso en medio de Dartmoor, con su capa de mapache, y graznase algunas palabras que hiciesen que todos los caballeros a veinte millas a la redonda liquidasen otros efectivos para comprar participaciones en ese Asilo para Locos, Propietarios del Dispositivo para Elevar Agua por medio del Fuego. 

Daniel había desarrollado dos hipótesis alternativas: el señor Threader era un agente de apuestas que vagaba por ahí aceptándolas y pagándolas. O, el señor Threader era un jesuita disfrazado, visitando los hogares de tories jacobitas criptocatólicos para escuchar en confesión y recaudar diezmos. Según esa hipótesis, los arcones de madera contenían hostias de comunión, cálices y otros artefactos papales.

Neal Stephenson
El Sistema del Mundo 
Ciclo Barroco - 3

En 1714, tras la derrota inglesa ante los borbones, Sir Isaac Newton usa su poder como director de la Casa de la Moneda de Inglaterra para buscar el mítico «Oro de Salomón» del que se supone que contiene el Mercurio Filosófico que ha de ser imprescindible en sus estudios alquímicos. Eso le enfrenta irremediablemente a Jack Shaftoe, el llamado Rey de los Vagabundos, conocido ahora como «Jack el Acuñador» y, con él, a los falsificadores de moneda y al resto de ladrones y pilluelos de Londres. 

Mientras, Daniel Waterhouse, puritano y filósofo natural, fundador del Instituto de las Artes Tecnológicas de la Bahía de Massachussets (el precedente del actual M.I.T.), es llamado de nuevo a Europa para mediar en la disputa intelectual que enfrenta a Newton y a Leibniz para dilucidar cuál de los dos ha inventado primero el cálculo infinitesimal. En Massachussets, Waterhouse había empezado a construir el Molino Lógico de Leibniz, el precursor de los modernos ordenadores y, llegado ahora a Inglaterra, recibe de Leibniz un encargo del zar Pedro I el Grande: intervenir en el desarrollo de la ciencia con un envío de material científico para Rusia. 

La ciudad de Londres es el nuevo e imponente protagonista de este incomparable fresco sobre el origen histórico de nuestros tiempos, con el enfrentamiento entre la nueva ciencia moderna de la Royal Society y la vieja alquimia, no siempre tan alejadas como parecería. La confusión inevitablemente asociada al nacimiento del mundo y la mentalidad modernos es en realidad el eje central de una vasta peripecia humana, social e intelectual que configura el tercer y último volumen de una magna obra como es el Ciclo Barroco. Un libro de inmensa ambición, erudición y alcance.