28 noviembre 2022

VIAJE DE UN GORRIÓN DE PARÍS (3)

 II. De la Monarquía de las Abejas

Instruido ya por lo que había visto en el Imperio Fórmico, decidí examinar las costumbres del pueblo antes de escuchar a los grandes y a los príncipes. Al llegar, tropecé con una Abeja que llevaba una sopa.

—¡Ah! ¡Estoy perdida! —dijo—. Me matarán, o al menos me meterán en la cárcel.

—¿Y por qué? —le dije yo.

—¿No ve usted que me ha hecho derramar el caldo de la reina? ¡Pobre reina! Afortunadamente la Copera Mayor, la duquesa de las Rosas, habrá enviado a buscar en varias direcciones; mi falta quedará reparada, pues yo moriría de pesar por haber hecho aguardar a la reina.

—¿Oyes, príncipe Abejorro? —le dije al joven viajero.

La Abeja seguía lamentándose de haber perdido la ocasión de ver a la reina.

—Pero, ¡por Dios!, ¿qué es vuestra reina para que estéis siempre en tal estado de adoración? —exclamé—. Yo, amiga mía, soy de un país, donde nos preocupamos poco de los reyes, de las reinas y otros inventos humanos.

—¡Humanos! —exclamó la Abeja—. No hay nada entre nosotros, descarado Gorrión, que no sea de institución divina. Nuestra reina ha recibido de Dios su poder. Sin ella no podríamos existir como cuerpo social, lo mismo que tú no podrías volar sin plumas. Ella es nuestra alegría y nuestra luz, la causa y el fin de todos nuestros esfuerzos. Ella nombra una directora de puentes y calzadas, que nos da planos y alineamientos para nuestros suntuosos edificios. Ella distribuye a cada uno su tarea según sus capacidades, ella es la encarnación de la justicia y se ocupa sin cesar de su pueblo; ella lo engendra y nosotras nos apresuramos a alimentarlo, pues nosotras hemos sido creadas y puestas en el mundo para adorarla, servirla y defenderla. Lo mismo hacemos con las pequeñas reinas de los palacios particulares y las dotamos de una papilla particular para su alimento. Unicamente a nuestra reina corresponde el honor de cantar y de hablar; sólo ella deja oír su hermosa voz.

Retamas en flor

Valdemoro, en los baldíos despues de una noche de tormenta

27 noviembre 2022

VIAJE DE UN GORRIÓN DE PARÍS (2)

 I. Del gobierno fórmico

Llegué, no sin dificultades, después de haber atravesado el mar, a una isla llamada orgullosamente por sus habitantes la Vieja Formicalión, como si hubiera porciones del globo más jóvenes unas que otras. Un viejo Cuervo instruido que me encontré me había indicado el régimen de las Hormigas como el gobierno modelo; comprenderéis la curiosidad que sentía por estudiar ese sistema y descubrir sus resortes.

Mientras iba de camino, vi muchas Hormigas que viajaban a su antojo: todas eran negras, muy limpias y como barnizadas, pero sin ninguna individualidad. Todas se parecían. Con ver a una ya se han visto todas. Viajaban en una especie de fluido fórmico que las preserva del fango y del polvo, de tal manera que, en las montañas, en las aguas, en las ciudades, os encontráis con una Hormiga y parece salida de un envase, con su vestido negro bien cepillado, muy limpio, las patas barnizadas y las mandíbulas limpias. Esta afectación de limpieza no es una prueba en su favor. ¿Pues qué les pasaría sin ese cuidado constante? Así que a la primera Hormiga que vi le hice unas preguntas: ella me miró sin contestarme; creí que estaba sorda; pero un Loro me dijo que ella no hablaba más que a los Animales que le habían sido presentados.

En cuanto puse pie en la isla, me asaltaron Animales extraños, al servicio del Estado y encargados de iniciarlo a uno en las dulzuras de la libertad, impidiéndole llevar ciertos objetos, por mucho afecto que les tenga. Me rodearon y me hicieron abrir el pico para ver si había dentro peces, cuya importación está al parecer prohibida. Levanté las alas una por una para demostrar que no tenía nada debajo. Después de esta ceremonia, quedé libre para ir y venir por la sede del Imperio Fórmico cuyas libertades tanto me había elogiado el Cuervo.

El primer espectáculo que me impresionó profundamente fue el de la actividad maravillosa de este pueblo. Por doquier iban y venían las Hormigas, cargando y descargando provisiones. Construían almacenes, despachaban la madera, trabajaban todas las materias vegetales. Unos obreros excavaban subterráneos, traían azúcar, construían galerías, y la actividad absorbe tanto a aquel pueblo, que nadie notaba mi presencia. Desde diferentes puntos de la costa partían embarcaciones cargadas de Hormigas que se iban a nuevos continentes. Llegaban correos que decían que en tal punto abundaba un determinado género, e inmediatamente se enviaban destacamentos de Hormigas para apoderarse de él, y lo hacían con tanta habilidad y prontitud, que hasta los Hombres se veían desvalijados sin saber cómo ni cuándo. Confieso que quedé deslumbrado. En medio de la actividad general, descubrí Hormigas aladas entre el pueblo negro sin alas.

Retamas en flor

Valdemoro, en los baldíos despues de una noche de tormenta

26 noviembre 2022

VIAJE DE UN GORRIÓN DE PARÍS

 
VIAJE DE UN GORRIÓN DE PARÍS
En busca del mejor gobierno
Introducción

Los Gorriones de París, desde hace mucho tiempo, pasan por ser los más atrevidos y descarados Pájaros que existen: son franceses y con esa sola palabra quedan dichos sus cualidades y sus defectos; son envidiados y eso explica muchas calumnias. Viven, en efecto, sin miedo a los tiros, son independientes, no les falta nada, y son, sin duda, los más felices entre todos los volátiles. Quizá, a un Pájaro no le conviene demasiada felicidad. Esta reflexión, que sorprendería en cualquier otro, es natural en un Gurriato nutrido de alta filosofía y de pequeños granos; pues yo soy un habitante de la calle Rívoli, revoloteo en el tejado de un ilustre escritor, voy de su tejado a las ventanas de las Tullerías, y comparo las zozobras que abruman al palacio con las rosas inmortales que florecen en la sencilla morada del defensor de los proletarios, esos Gorriones humanos, esos Pájaros que crean generaciones y de los cuales no queda nada.

Engullendo migajas de pan y escuchando las palabras de un gran Hombre, he llegado a ser muy ilustre entre los míos, quienes me eligieron en circunstancias graves, y me confiaron la misión de observar la mejor forma de gobierno que se podría ofrecer a los Pájaros de París. Los Gorriones de París fueron naturalmente ahuyentados por la revolución de 1830; pero los Hombres estaban tan ocupados en aquella gran mixtificación, que no nos dedicaron ninguna atención. Por otra parte, los motines que agitaron al pueblo alado de París tuvieron lugar cuando el cólera. Veamos cómo y por qué.

Los Gorriones de París, plenamente satisfechos de esta vasta capital, se han convertido en pensadores y se han hecho muy exigentes, desde el punto de vista moral, espiritual y filosófico. Antes de venirme a vivir al tejado de la calle Rívoli, yo me había escapado de una jaula, donde me habían encadenado y donde sacaba un cubo de agua para beber cuando tenía sed. Jamás ni Silvio Pellico ni Maroncelli han padecido tantos dolores en el Spielberg como yo padecí durante dos años de cautividad en casa de ese gran Animal que pretende ser el rey de la tierra. Les había contado mis sufrimientos a los del barrio de San Antonio, a donde logré escaparme, y que se portaron maravillosamente conmigo. Fue entonces cuando observé las costumbres del pueblo de los pájaros. Me di cuenta de que la vida no consistía sólo en comer y beber. Fui sacando conclusiones que aumentaron la celebridad que ya debía a mis sufrimientos. A menudo, se me podía ver posado sobre la cabeza de una estatua en el Palacio Real, con las plumas despeluzadas y la cabeza escondida entre los hombros, no dejando ver más que el pico, redondo como una bola, con el ojo a medio cerrar, reflexionando sobre nuestros derechos, nuestros deberes y nuestro futuro. ¿De dónde vienen los Gorriones? ¿A dónde van? ¿Por qué no pueden llorar? ¿Por qué no se organizan en sociedad como los Patos salvajes, como los Cuervos, y por qué no se comunican como ellos, que poseen una lengua sublime? Éstas eran las cuestiones que yo meditaba.

Cuando los Gorriones se peleaban, acababan sus disputas ante mí, al saber que yo me ocupaba de ellos, que pensaba en sus asuntos y se decían: «¡Mirad el Gran-Gurriato!» El ruido de los tambores y los desfiles de la realeza me hicieron abandonar el Palacio Real: me vine a vivir dentro del área inteligente de un gran escritor.

Entre tanto, pasaban cosas que se me escapaban, aunque yo las hubiera previsto; pero después de haber observado la caída inminente de un alud, un Pájaro filósofo sabe situarse muy bien al borde de la nieve que va a rodar. La desaparición progresiva de los jardines convertidos en casas hacía muy infelices a los Gorriones del centro de París y los ponía en una situación penosa, evidentemente inferior a la de los Gorriones del barrio de Saint-Germain, de la calle Rívoli, del Palacio Real y de los Campos Elíseos.

Los Gorriones de los barrios sin jardines no tenían granos ni insectos ni gusanillos: total que no comían carne; se veían obligados a buscarse la vida en las basuras, donde, a veces, encontraban sustancias dañinas. Había dos clases de Gorriones: los Gorriones que tenían todas las dulzuras de la vida y los Gorriones que carecían de todo; en una palabra: Gorriones privilegiados y Gorriones desgraciados.

Esta constitución viciosa de la ciudad de los Gorriones no podía durar mucho tiempo en una nación de doscientos mil Gorriones descarados, ingeniosos, camorristas, la mitad de los cuales pululaban felices con soberbias hembras, mientras la otra mitad adelgazaba por las calles, con las plumas deshechas, los pies en el fango y siempre en situación de alerta. Los Gurriatos doloridos, nerviosos, pertrechados de grandes picos endurecidos, con las alas ásperas como sus voces masculinas, formaban una población generosa y llena de valor. Fueron a buscar como líder a un Gurriato que vivía en el barrio de San Antonio en casa de un cervecero: era un Gurriato que había asistido a la toma de la Bastilla. Empezaron a organizarse. Cada uno sintió la necesidad de obedecer al momento, y muchos parisienses quedaron sorprendidos al ver volar a miles de Gorriones en fila sobre los tejados de la calle Rívoli, con el ala derecha apoyada en el Ayuntamiento, la izquierda en la Magdalena y el centro en las Tullerías.

Los Gorriones privilegiados, asustados por esta demostración, se vieron perdidos: serían expulsados de todas sus posiciones y empujados hacia los campos, donde la vida es muy penosa. En estas circunstancias, enviaron a un elegante Gorriona para llevar a los insurrectos palabras de conciliación: «¿No sería mejor entenderse que pelearse?» Los insurrectos me descubrieron. ¡Ah! Fue uno de los momentos más bellos de mi vida aquél en que fui elegido por todos mis conciudadanos para redactar una Constitución que conciliase los intereses de los Gorriones más inteligentes del mundo, divididos momentáneamente por una cuestión de víveres, eterno meollo de toda discusión política.

Los Gorriones que estaban en posesión de los lugares encantados de esta capital ¿tenían derechos absolutos de propiedad? ¿Por qué y cómo se había establecido esta desigualdad? ¿Podía durar? En caso de que la igualdad más perfecta reinara entre los Gorriones de París, ¿qué formas tomaría el nuevo gobierno? Éstas fueron las cuestiones planteadas por los delegados de ambas partes.

—Pero el caso es —me dijeron los Gurriatos— que el aire, la tierra y sus productos son de todos los Gorriones.

—¡Falso! —dijeron los privilegiados—. Nosotros habitamos en una ciudad, estamos en sociedad, y participamos de lo bueno y de lo malo que hay en ella. Vosotros vivís infinitamente mejor todavía que si estuvierais en estado salvaje, en los campos.

Hubo entonces un gorjeo general que amenazaba con aturdir a los legisladores de la Cámara, los cuales, desde este punto de vista, temen la rivalidad y procuran aturdirse a sí mismos. Algo salió de aquel tumulto: todo tumulto, tanto entre los Pájaros como entre los Hombres, anuncia un hecho. Un tumulto es un parto político. Se propuso, con la aprobación unánime, enviar un gorrión franco, imparcial, observador e instruido, en busca del Derecho Animal, y encargado de comparar los diversos gobiernos. Me nombraron a mí. A pesar de nuestras costumbres sedentarias, salí corriendo en calidad de procurador general de los Gorriones de París: ¡qué no haría uno por su patria!

De vuelta poco después, me entero de la sorprendente Revolución de los Animales, su sublime decisión tomada en su célebre noche del Jardín Botánico y coloco el relato de mi viaje sobre el altar de la patria, como una información diplomática debida a la buena fe de un modesto filósofo alado.


GEORGE SAND


AA. VV.

Vida privada y pública de los animales

Retamas en flor

Valdemoro, en los baldíos despues de una noche de tormenta

25 noviembre 2022

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (continuación)

 Ver aquel día al mozo de cuerda con carga tan extraña y quedar excitada al momento la curiosidad del señor Ramón todo fue uno.
—A ver —le dijo al mozo—, ¿qué es lo que llevas ahí?
—¿Sé yo acaso lo que puede haber dentro? —repuso el otro—. Esto —y señaló el bulto de forma estrambótica envuelto en periódicos— creo que es un bicho disecado, y lo otro debe de ser una jaula, porque se notan los alambres; pero léveme o demo si sé lo que tiene dentro.
El señor Ramón desenfundó el bulto envuelto en periódicos y apareció ante su vista una gruesa avutarda disecada, de color pardusco, sostenida por sus patas en una sólida tabla de caoba.
El portero quedó estático y sonriente en presencia del ave, que le miraba con sus cándidos ojos de cristal; pero cuando vio en la garra del pajarraco un letrero colgado en donde se leía con letras rojas: Avis tarda, volvieron otra vez las oleadas de pensamientos a sumergir su porteril cerebro en el caos.
Ya vista y bien observada la obesa y simpática avutarda, el señor Ramón pasó a examinar el otro bulto cubierto con una arpillera. Se notaban a través del burdo lienzo los alambres de una jaula; mas ¿por qué estaba tapada de aquel modo?
Seguramente en su interior había alguna cosa de gran interés.
El señor Ramón examinó el envoltorio por todas partes. Estaba tan bien cosida la tela, que no se observaba en ella el menor resquicio por donde pudiera averiguarse lo que había dentro.
El portero, después de vacilar un rato, entró en su garita, desapareció en ella y volvió al poco rato con un cortaplumas.
—No vendrá el amo, ¿eh? —preguntó al mozo.
Este, por toda contestación, elevó sus hombros con ademán de indiferencia.
—Vamos a ver lo que hay dentro —murmuró el señor Ramón; y para tranquilizar la conciencia del mozo añadió—: Luego lo volvemos a coser. No tengas cuidado.
El portero cortó unas puntadas, descosió otras, practicó una abertura en el lienzo; pero al dilatarla se encontró con que el agujero hecho caía sobre él suelo de la jaula, que era de madera. Incomodado con esto, no se anduvo en chiquitas; rasgó la tela de un lado y de otro, hasta dejar al descubierto un lado de la jaula, precisamente aquel en el cual estaba la puerta.
—¿Qué demonio hay aquí? —se dijo el señor Ramón.
No se veía dentro más que un ovillo negruzco como un puño de grande nada más.
La curiosidad del portero, como podrá suponerse, no estaba satisfecha. El hombre abrió la puertecilla de la jaula y metió la mano por el agujero. Notó al principio una cosa que se deslizaba entre sus dedos; luego sintió que le mordían. Dio un grito y retiró el brazo velozmente, y al sacarlo vio con espanto arrollada en la mano una culebra que le pareció monstruosa.
De miedo ni aun pudo gritar siquiera; lívido, con la energía del terror, desenroscó el animalucho de su brazo, y poseído del mayor pánico, con los pocos pelos de su cabeza de punta, huyó escaleras arriba sin atreverse a mirar hacia atrás.
Mientras tanto, la culebra, una culebrilla de esas pequeñas llamadas de Esculapio, incomodada con los malos tratos recibidos tan inmerecidamente, había pedido protección a la avutarda y junto a ella se enroscaba en el suelo y levantaba la cabeza bufando, con su lenguecilla bífida fuera de la boca.
Al mozo de cuerda le hizo tanta gracia la fuga del señor Ramón, que se deshizo en carcajadas estrepitosas, torciéndose y agarrándose a la boca del estómago con las dos manos; ya moderada su risa, salió del portal, cogió un pedazo de ladrillo de en medio de la calle y entró con intención de matar a la culebra; pero al ver al portero en lo alto de la escalera agarrado a la barandilla, temblando y lleno de terror, volvióle a acometer la risa; y en el primer intento, al dejar caer el ladrillo sobre el suelo, no acertó a aplastar la cabeza del animalucho, como quería.
El señor Ramón, ante aquella hilaridad mortificante, se estremeció.
¡Su dignidad estaba por los suelos! ¿Qué hubieran dicho los porteros del barrio, el prendero de la esquina, el memorialista de enfrente, las criadas de la vecindad, para las cuales era casi un oráculo, al verle expuesto a aquellas risas indecorosas? ¡Él, antiguo vicepresidente de la Sociedad de porteros de Madrid!
¡Sí, su dignidad estaba por los suelos!
Mientras el señor Ramón hacía estas reflexiones, el mozo de cuerda, ya sosegado y corrigiendo la puntería, iba a machacar la cabeza del ofidio cuando apareció de pronto en el portal un nuevo personaje. Venía envuelto en un abrigo de color de aceituna, con vetas mugrientas, adornado con dos filas de botones grandes y amarillos.
El recién venido era de baja estatura, algo rechoncho, de nariz dificultosa y barba rojiza en punta; llevaba en la cabeza un sombrero hongo color café, con gasa de luto y alas planas; pantalones a cuadros amarillentos, pellica raída en el cuello, un paraguas grueso en la mano derecha, y en la izquierda un paquete de libros.
Tras él marchaba un perrillo de largas y ensortijadas lanas, blanco y negro, a quien no se le veían los ojos; un pequeño monstruo informe, sin apariencia de animal, que daba la sensación, como diría un modernista, de una toquilla arrollada que tuviera la ocurrencia de ser automóvil.
El señor de la pellica raída entró en el portal, vio lo que pasaba y, como quien ejecuta un acto por acción refleja, levantó el paraguas en el aire inmediatamente.
—Pedazo de imbécil —le dijo al mozo—, ¿quién te manda a ti abrir esa jaula?
—Si no he sido yo. Ha sido el portero —replicó el mozo.
—¿Dónde está ese portero?
—Mírele usted… Allá.
—¿Y por qué le has dejado hacer su capricho a esa vieja momia? —gritó el señor, irritado y señalando con la punta del paraguas al aludido.
—¡Oh! ¡Vieja momia! ¡Qué de dicterios! ¡Qué de vituperios! —murmuró el señor Ramón en voz baja, y pasó por su mente el martirologio de todos los santos.
—Mire usted —repuso el mozo de cuerda rascándose la cabeza—, yo, la verdad, creí que sería alguna culobra que se había metido en la jaula a comerse el pájaro. ¡Cómo las culobras suelen comerse a los pájaros!

Scolyminae

Valdemoro, en los baldíos despues de una noche de tormenta

24 noviembre 2022

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox

 ENTRÓ el mozo de cuerda por la calle de Hita, se detuvo en la de Tudescos, frente a un estrecho portal contiguo a una prendería, y dejó en la acera su carga para descansar un momento. Traía en la mano izquierda un bulto extraño, de forma estrambótica, envuelto en papel de periódicos, y en la derecha una caja cuadrada no muy grande, recubierta con tela de sacos. Limpióse después el mozo el sudor de su frente con la blusa, metió los dos bultos en el portal, encendió un fósforo, que aplicó a la colilla que se deshacía entre sus labios, y quedó sumido en hondas meditaciones.
En el fondo del portal había un camaranchón de madera pintado de azul, con un ventanillo, por cuyos cristales verdosos se veían cortinas blancas, en sus tiempos adornadas con leones lampantes bordados en rojo. A un lado de la ventana se leía en un cartel este letrero: Verdaderos palillos de enebro, y colgando del mismo clavo que el cartel un paquetito amarillo.
Pocos momentos después de presentarse el mozo de cuerda en el portal se abrió la ventana del camaranchón y apareció en ella una cabeza de viejo cubierta con un gorrito negro, torcido graciosamente hacia un lado; después de la cabeza se presentó en la ventana una bufanda, luego un chaleco de Bayona, y el señor Ramón el portero —nuestros lectores quizá hayan comprendido que aquella cabeza, aquella bufanda y aquel chaleco de Bayona eran nada menos que del portero—, después de apartar de su lado una bandeja llena de palillos, preguntó al mozo de cuerda:
—Eh… Tú… ¿Cuándo viene el amo?
—No lo sé… Diome estas cosas…
—Pero ¿no tiene muebles ese tío? Porque hasta ahora no ha traído más que cajas y frascos y cacharros de cristal; pero de muebles, cero.
—No sé —repuso el mozo—. Díjome el amo que ya quedaban pocas cosas por trasladar.
—¡Pocas cosas! ¡Pero si no ha traído ni un trasto todavía! ¡Pues tiene sombra! —el señor Ramón se levantó de su asiento, abrió la puerta de su covacha y salió al portal.
Era un hombrecillo rechoncho, afeitado cuidadosamente, con un aspecto de cura, profesor de baile o cómico bien alimentado.
Andaba a pasitos cortos, taconeando fuerte; se levantaba sobre la punta de los pies cuando decía algo importante, y para rematar sus frases se dejaba caer sobre los talones, como indicando así que este movimiento dependía más que del peso de su cuerpo del peso de su argumentación.
El nuevo inquilino empezaba a preocupar al portero; no se había presentado a él, no tenía muebles.
—¿Quién es este hombre? —se dijo el señor Ramón a sí mismo con diversas entonaciones, y añadió—: Habrá que vigilarle. ¡No vaya a resultar uno de esos personajes misteriosos como los de las historias de los folletines!
Para darse cuenta o tomar al menos algún indicio de quién podía ser el nuevo y extraño inquilino, días antes el portero había abierto cautelosamente, sin que nadie lo viera, la buhardilla número 3 con la llave que el mozo de cuerda encargado de la mudanza le entregaba al marcharse, y había hecho largas y severas investigaciones oculares. Vio primeramente en el interior de unas cajas carretes de alambre recubiertos de seda verde, aquí frascos, allá pedazos de carbón y de cinc, en un rincón un pajarraco disecado, en otro, varias ruedas; un maremágnum…
—Esto es el caos —se dijo el señor Ramón—, esto es el caos.
Y pasaron por su portentoso cerebro historias de anarquistas, de fabricantes de explosivos, de dinamiteros, de siniestros bandidos, de monederos falsos. Toda una procesión de seres terribles y majestuosos desfiló por su mente.
En un álbum el portero encontró un retrato que le llamó la atención. Era de un hombre de edad indefinible, calvo, aunque no del todo, porque tenía un tupé como una llama que le saliera de la parte alta de la frente. La cara de este hombre mal barbado, de nariz torcida y de ojos profundos y pequeños, era extraña de veras: tan pronto parecía sonreír como estar mirando con tristeza.
En el margen del retrato se leían estas líneas escritas con tinta roja:
SYLVESTRIS PARADOXUS
del
Orden de los Primates
—Primates; ¿qué orden será esta? —se preguntó el portero—. ¿Qué clase de frailes serían los primates? El señor Ramón siguió leyendo:
CARACTERES ANTROPOLÓGICOS
Pelo, rojizo.
Barba, ídem.
Ojos, castaños.
Pulsaciones, 82.
Respiraciones, 18 por minuto.
Talla, 1,51.
Braquicefalia manifiesta.
Ángulo facial, goniómetro de Broca, 80,02.
Individuo esencialmente paradoxal.
—¡Braquicefalia manifiesta! ¡Goniómetro de Broca! Un misterioso y tremendo sentido debían de tener estas palabras. ¿Quién sería el hombre calvo y extraño del retrato? ¿El nuevo inquilino quizá?
El señor Ramón quedó, según su decir, completamente sumergido en el caos. Bajó las escaleras absorto, preocupado, en actitud pensativa. De vez en cuando, como las encrespadas y furibundas olas que baten con empuje vigoroso las peñas de la bravía costa, chocaban en su cerebro estas preguntas turbadoras de tan noble espíritu: ¿Dé quién era aquella cabeza? ¿De quién era aquella inscripción?…
¡Oh terribles misterios de la vida!

Pío Baroja

Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox

La vida fantastica - 1

Cardos y cápsulas de amapolas

Valdemoro, en los baldíos despues de una noche de tormenta

23 noviembre 2022

El narrador de cuentos

 El narrador de cuentos

Era una tarde calurosa, y por tanto hacía bochorno en el vagón de tren, y la siguiente parada sería en Templecombe, a casi una hora de distancia. Los ocupantes del vagón eran una niña pequeña, y otra niña más pequeña aún, y un niño pequeño. Una tía que pertenecía a los niños estaba sentada en un rincón, y en el rincón más alejado de enfrente tenía su sitio un soltero ajeno al grupo, pero las niñas y el niño acaparaban con energía todo el compartimento. Tanto la tía como los niños eran proclives a una charla de carácter limitado y persistente, que hacía recordar las atenciones de una mosca inasequible al desánimo. La mayor parte de las observaciones de la tía parecían empezar con «No», y casi todas las observaciones de los niños con «¿Por qué?». El soltero callaba.
—No, Cyril, no —exclamó la tía cuando el niño comenzó a aporrear los cojines del asiento formando una nube de polvo a cada golpe—. Ven a mirar por la ventanilla —añadió.
El niño se acercó a la ventanilla a regañadientes.
—¿Por qué se llevan a esas ovejas de ese prado? —preguntó.
—Supongo que las conducen a otro prado en el que habrá más hierba —dijo la tía de modo poco firme.
—Pero si hay muchísima hierba en ese prado —protestó el chico—; ahí no hay más que hierba. Tía, hay muchísima hierba en ese prado.
—Quizá la hierba del otro prado es mejor —sugirió neciamente la tía.
—¿Por qué es mejor? —fue la rápida, inevitable pregunta.
—¡Oh, mira las vacas! —exclamó la tía. Casi todos los prados por los que atravesaban las vías tenían vacas o bueyes, pero lo dijo como si reclamara el interés del niño por una rareza.
—¿Por qué la hierba del otro prado es mejor? —insistió Cyril.
En el semblante del soltero, el ceño fruncido se iba profundizando. Era un hombre rígido y nada comprensivo, resolvió en su fuero interno la tía. Se veía totalmente incapacitada para llegar a una conclusión satisfactoria sobre la hierba del otro prado.
La niña más pequeña ideó una distracción y empezó a recitar «En el camino a Mandalay». Sólo se sabía el primer verso, pero utilizaba sus limitados conocimientos al máximo. Repetía el verso una y otra vez, con voz soñadora, pero decidida y muy audible; el soltero pensó que era como si alguien se hubiera apostado con la niña que no lograría repetir ese verso en voz alta dos mil veces sin parar. Quienquiera que la desafió, iba a perder la apuesta seguramente.
—Venid aquí, os voy a contar un cuento —dijo la tía cuando el soltero la hubo mirado dos veces a ella y una a la cuerda de alarma.
Los niños acudieron apáticamente al rincón del compartimento donde se sentaba la tía. Estaba claro que su reputación como narradora de cuentos no tenía un lugar alto en su estimación.
En voz baja y confidencial, interrumpida a cada instante por las preguntas ruidosas y malhumoradas de sus oyentes, la tía empezó un cuento pacato y lamentablemente desprovisto de interés acerca de una niña pequeña que era buena y se hacía amiga de todo el mundo debido a su bondad, y al final era salvada frente a un toro furioso por varios defensores que admiraban su integridad moral.
—¿No la habrían salvado si no hubiera sido buena? —inquirió la mayor de las niñas.
Era justo la misma pregunta que el soltero hubiese querido hacer.
—Bueno, sí —admitió la tía dubitativamente—, pero creo que, si no la hubieran apreciado tanto, no habrían corrido tan aprisa a salvarla.
—Es el cuento más estúpido que he oído jamás —dijo la mayor de las niñas con absoluta convicción.
—Yo dejé de escucharlo al principio, de lo estúpido que era —dijo Cyril.
La niña más pequeña no hizo ningún comentario específico sobre el cuento, aunque desde hacía ya un buen rato había reanudado en forma de susurro la repetición de su verso favorito.
—Según parece, no le acompaña el éxito como narradora de cuentos —dijo repentinamente el soltero desde su rincón.
La tía, en instantánea defensa, se encrespó ante el inesperado ataque.
—Es muy difícil contar cuentos que los niños puedan entender y valorar a la vez —dijo, muy tiesa.
—No estoy de acuerdo con usted —dijo el soltero.
—Entonces, tal vez a usted no le importaría contarles un cuento —fue la réplica de la tía.
—Cuéntenos un cuento —pidió la mayor de las niñas.
—Érase una vez —empezó el soltero— una niña pequeña que se llamaba Bertha y era extraordinariamente buena.
El interés de los niños, que había subido por instantes, empezó enseguida a vacilar; todos los cuentos parecían ser espantosamente iguales, sin importar quién los contase.
—Hacía lo que le mandaban, decía siempre la verdad, no se ensuciaba los vestidos, tomaba arroz con leche como si fuera tarta de mermelada, se aprendía las lecciones a la perfección y tenía buenos modales.
—¿Era guapa? —preguntó la mayor de las niñas.
—No tanto como cualquiera de vosotros —dijo el soltero—, pero era horriblemente buena.
Hubo una ola de reacción a favor del cuento; la palabra horrible enlazada con buena era una primicia que se recomendaba por sí sola. Parecía introducir un eco de verdad que se hallaba ausente en las narraciones de la tía sobre la vida infantil.
—Era tan buena —prosiguió el soltero— que ganó varias medallas por su bondad, y las lucía siempre prendidas del vestido. Había una medalla a la obediencia, otra medalla a la puntualidad y una tercera al buen comportamiento. Eran grandes medallas de metal, y tintineaban unas contra otras cuando paseaba. Ningún niño más de su ciudad había conseguido tantas medallas, por lo que todos sabían que debía ser una niña superbuena.
—Horriblemente buena —recordó Cyril.
—Todo el mundo hablaba de su bondad, y el príncipe del país acabó enterándose, y dijo que como ella era tan buena, le permitiría una vez a la semana pasearse por su jardín, que estaba justo en las cercanías de la ciudad. Era un hermoso parque, y los niños no podían entrar nunca a él, así que fue un gran honor para Bertha que le permitieran ir allí.
—¿Había ovejas en el parque? —preguntó Cyril.
—No —dijo el soltero—, no había ovejas.
—¿Por qué no había ovejas? —fue la inevitable pregunta, surgida de aquella respuesta.
La tía se permitió una sonrisa que casi podría describirse como una mueca burlona.
—No había ovejas en el parque —dijo el soltero— porque la madre del príncipe había visto una vez en un sueño que a su hijo lo mataría una de estas dos cosas: una oveja o un reloj que le cayera encima. Por esa razón, el príncipe jamás tenía ovejas en su parque ni relojes en su palacio.
La tía contuvo una boqueada de admiración.
—Y al príncipe ¿qué lo mató, una oveja o un reloj?
—Sigue vivo, así que no podemos saber si el sueño se hará realidad —dijo el soltero, sin inmutarse—; de todas formas, aunque en el parque no hubiera ovejas, sí que había muchos cerditos correteando por todo el lugar.
—¿De qué color eran?
—Negros con la cabeza blanca, blancos con motas negras, negros del todo, grises con manchas blancas y algunos eran blancos completamente.
El narrador de cuentos hizo una pausa para dejar que se hundiera en la imaginación de los niños una idea conjunta de los tesoros del parque; luego prosiguió:
—Bertha sintió bastante tristeza al descubrir que no había flores en el parque. Había prometido a sus tías, con lágrimas en los ojos, que no arrancaría ninguna de las flores del amable príncipe, y estaba decidida a cumplir su promesa, y desde luego se sintió como una tonta al descubrir que no había flores que arrancar.
—¿Por qué no había flores?
—Porque los cerdos se las habían comido todas —dijo el soltero de inmediato—. Los jardineros le advirtieron al príncipe que no se pueden tener cerdos y además flores, así que decidió tener cerdos en vez de flores.
Hubo un murmullo de aprobación por la excelsa decisión del príncipe; la mayoría de la gente hubiera elegido la otra opción.
—El parque tenía muchas más cosas encantadoras. Había estanques con peces dorados y azules y verdes, y árboles con hermosos papagayos que decían cosas inteligentes de improviso, y colibríes que canturreaban las melodías populares de moda. Bertha se paseó por todos lados y disfrutó mucho, y se dijo: «Si no hubiera sido tan extraordinariamente buena, no me habrían permitido entrar en este bello parque y disfrutar de todo lo que contiene y se puede ver», y sus tres medallas tintinearon unas contra otras mientras paseaba, y la ayudaron a recordarle lo buena que era de verdad. Justo entonces, un enorme lobo entró a rondar por el parque, a ver si capturaba para la cena un gordo cerdito.
—¿De qué color era el lobo? —preguntaron los niños en un instantáneo arranque de interés.
—Todo color de barro, con una lengua negra y ojos pálidos y grises que brillaban con indecible ferocidad. Lo primero que vio en el parque fue a Bertha; su delantal estaba tan inmaculadamente blanco y limpio que se distinguía a gran distancia. Bertha también vio al lobo, y observó que se movía sigilosamente en su dirección, y empezó a desear que jamás le hubieran permitido a ella entrar en aquel parque. Echó a correr con todas sus fuerzas, y el lobo la persiguió a grandes saltos y brincos. Ella consiguió alcanzar una maleza de arbustos de mirto y se ocultó en uno de los arbustos más espesos. El lobo llegó olfateando entre las ramas, con su lengua negra colgándole de la boca y los ojos pálidos y grises resplandeciendo de rabia. Bertha estaba terriblemente asustada, y se dijo: «De no haber sido tan extraordinariamente buena, ahora estaría a salvo en la ciudad». Sin embargo, el aroma del mirto era tan fuerte que el lobo no lograba averiguar mediante el olfato dónde se escondía Bertha, y los arbustos eran tan espesos que igual podía estarse merodeando alrededor mucho tiempo sin encontrarla, así que pensó que lo mejor sería marcharse y cazar un cerdito en su lugar. Bertha temblaba muchísimo por tener al lobo rondando y husmeando tan cerca, y, mientras temblaba, la medalla a la obediencia tintineó contra las medallas a la buena conducta y a la puntualidad. El lobo se marchaba ya cuando oyó el tintineo de las medallas, y se detuvo a escuchar; tintinearon de nuevo en un arbusto muy próximo a él. Se lanzó al arbusto, con los ojos pálidos y grises brillando de ferocidad y triunfo, sacó a Bertha a rastras y la devoró hasta el último bocado. Sólo quedaron de ella sus zapatos, algunos trozos del vestido y las tres medallas por ser buena.
—¿Y murió algún cerdito?
—No, todos se libraron.
—El cuento empezó mal —dijo la niña más pequeña—, pero ha tenido un final precioso.
—Es el cuento más bonito que he escuchado jamás —dijo la mayor de las niñas con enorme decisión.
—Es el único cuento bonito que he escuchado jamás —dijo Cyril.
Una opinión disidente vino de la tía.
—¡Qué cuento tan inapropiado para contárselo a unos niños pequeños! Ha socavado usted el efecto de años de cuidadosa enseñanza.
—Por lo menos —dijo el soltero recogiendo sus pertenencias para salir del vagón— los mantuve tranquilos durante diez minutos, que es más de lo que usted fue capaz de conseguir.
«¡Infeliz mujer!», observó para sí mientras caminaba por el andén de la estación de Templecombe; «¡durante los próximos seis meses, más o menos, esos niños la acometerán en público reclamando un cuento inapropiado!».
Saki
Alpiste para codornices

Nacido en la Birmania colonial e hijo de un alto funcionario del Imperio Británico, Saki —pseudónimo que escogió Héctor Hugh Munro (1870-1916)— fue un personaje singular, demasiado inteligente y desplazado para los círculos de la alta sociedad inglesa en que se movió a lo largo de su vida.
Sus cuentos, considerados a menudo piezas maestras, están teñidos por una mirada inteligente, mordaz y a veces incluso macabra que se posa sobre las situaciones y los personajes convencionales, surtiendo como efecto un humor absurdo, ácido y, muy a menudo, negro. Los relatos reunidos en esta selección, sin duda entre los mejores salidos de su pluma, esconden bajo su apariencia liviana cargas de profundidad que retratan de forma corrosiva la hipocresía y las gruesas contradicciones del comportamiento humano.