09 junio 2022

De Walter Scott: El anticuario

Llame a un coche y permita que al coche lo llamen,
y que el hombre que lo llamó sea quien lo llame;
y que cuando lo llame, no llame sino
a un coche. ¡Coche! ¡Coche! ¡Oh, Dios, un coche!
Chrononhotonthologos

Aquella espléndida mañana de verano, a finales del siglo XVIII, un joven de aspecto gentil viajaba rumbo a Escocia nororiental; había adquirido un billete para uno de esos carruajes públicos que recorren la ruta entre Edimburgo y Queensferry, desde donde, como su propio nombre indica, y como bien saben todos mis lectores del norte, parte un ferry que cruza el estuario de Forth. Era un carruaje con cabida para seis pasajeros de corpulencia media, además de los polizones que el conductor podía recoger por el camino y que importunaban a aquellos que tenían plaza legalmente. Una anciana señora de rasgos angulosos expedía los billetes que daban derecho a un asiento en este incómodo vehículo. Llevaba los anteojos apoyados en una finísima nariz y vivía en una laigh shop, es decir, una especie de covachuela que comunicaba directamente con High Street a través de una estrecha y empinada escalera; allí vendía cinta, hilo, agujas, madejas de estambre, tejido de lino grueso y todo tipo de mercancías femeninas a quien mostrase valor y habilidad para descender a las profundidades de su morada sin darse de bruces o tropezar con alguno de los innumerables productos apilados a ambos lados de la bajada que indicaban la profesión de comerciante.

El programa manuscrito, colgado del tablón, anunciaba que la diligencia de Queensferry, o Hawes Fly, partiría a las doce en punto del martes, 15 de julio de 17…, garantizando así que los viajeros cruzarían el estuario de Forth durante la pleamar. Letra muerta, pues aunque sonaron las campanas de Saint Giles y repicaron las de Tron, ningún coche se presentó en el lugar acordado. Era cierto que solo se habían vendido dos billetes, y probablemente la señora de la mansión subterránea tuviera cierto acuerdo con su automedonte, que podría, en estos casos, contar con cierto margen para llenar los asientos vacantes; o el citado automedonte podría haber tenido que asistir a un funeral y haberse retrasado al tener que quitar los adornos fúnebres del vehículo; quizá se estuviera tomando un traguito de más con su amigo el mozo de cuadras; el caso es que no aparecía por ninguna parte.

Al joven caballero, que empezaba a sentir cierta impaciencia, se le unió un compañero en aquella insignificante miseria de la vida humana: la persona que había adquirido la otra plaza. Es fácil distinguir a un viajero de los demás ciudadanos. Las botas, el abrigo grande, el paraguas, el fardo en las manos, el sombrero que le cubre la frente resuelta, el paso firme y decidido, las respuestas parcas a los tranquilos saludos de sus conocidos son las señas que permiten al avezado viajero en correo o diligencia distinguir, de lejos, al compañero de un futuro viaje según se acerca al lugar del encuentro. Es entonces cuando, con sabiduría mundana, el primero en llegar se apresura a asegurarse el mejor asiento del coche y a hacer los arreglos más convenientes para su equipaje antes de que le alcance su competidor. Nuestro joven, dotado de poca prudencia, por no decir ninguna, y habiendo perdido además la prioridad de elección por culpa de la ausencia del carruaje, se entretuvo especulando sobre la ocupación y personalidad del individuo que acababa de llegar a la cochera.

Era un hombre de buen aspecto, de unos sesenta años, quizá mayor, pero su complexión fuerte y su paso firme indicaban que la edad no había minado su fuerza ni su salud. Tenía un semblante de auténtica casta escocesa, muy marcado, con rasgos algo duros y mirada astuta y penetrante y una expresión habituada a la gravedad, curtida, no obstante, por cierto humor irónico. Llevaba una peluca bien colocada y empolvada, coronada por un sombrero de ala ancha que le daba un aire profesional. Podría tratarse de un pastor, pero su aspecto era más el de un hombre de mundo que el de quien suele formar parte de la Iglesia de Escocia, y su primer exabrupto despejó cualquier duda.

Llegó a paso apresurado, lanzó una mirada alarmada al reloj de la iglesia, después al lugar donde debía estar el coche y exclamó:

—¡Por todos los diablos! ¡Al final llego tarde!

La Esfera, 1914, BNE

La Esfera, 1914, BNE

08 junio 2022

De François-René de Chateaubriand. Memorias

Hace cuatro años que, a mi regreso de Tierra Santa, compré cerca de la aldea de Aulnay, en las inmediaciones de Sceaux y de Châtenay, una casa de campo, oculta entre colinas cubiertas de bosques. El terreno desigual y arenoso perteneciente a esta casa no era sino un vergel salvaje en cuyo extremo había un barranco y una arboleda de castaños. Este reducido espacio me pareció adecuado para encerrar mis largas esperanzas; spatio brevi spem longam reseces. Los árboles que he plantado prosperan, son tan pequeños aún que les doy sombra cuando me interpongo entre ellos y el sol. Un día me devolverán esta sombra y protegerán los años de mi vejez como yo he protegido su juventud. Los he elegido, en lo posible, de cuantos climas he recorrido; me recuerdan mis viajes y alimentan en el fondo de mi corazón otras ilusiones.
Si alguna vez son repuestos en el trono los Borbones, lo único que les pediría, en recompensa por mi fidelidad, es que me hicieran lo bastante rico como para añadir a mi heredad la zona colindante de bosque que la rodea: ésta es mi ambición; quisiera aumentar en algunas fanegas mi paseo: aunque soy un caballero andante, tengo los gustos sedentarios de un monje: desde que vivo en este lugar de retiro, no creo haber puesto los pies más de tres veces fuera de mi recinto. Si mis pinos, mis abetos, mis alerces y mis cedros llegan alguna vez a ser lo que prometen, la Vallée-aux-Loups se convertirá en una verdadera cartuja. Cuando Voltaire nació en Châtenay, el 20 de febrero de 1694, ¿cuál era el aspecto del collado adonde había de retirarse, en 1807, el autor de El genio del Cristianismo?
Me gusta este lugar; ha reemplazado para mí los campos paternos; lo he pagado con el producto de mis sueños y desvelos; es al gran desierto de Atala al que debo el pequeño desierto de Aulnay; y para crearme este refugio, no he expoliado, como el colono americano, al indio de las Floridas. Tengo apego a mis árboles; les he dedicado elegías, sonetos, odas. No hay uno solo de ellos que yo no haya cuidado con mis propias manos, que no lo haya librado del gusano que ataca sus raíces, de la oruga adherida a su hoja; los conozco a todos por sus nombres como si fueran hijos míos: es mi familia, no tengo otra, espero morir en medio de ella.

François-René de Chateaubriand
Memorias de ultratumba

La Esfera, 1914, BNE, La sombra de Verlaine, Yzquierdo Durán

La Esfera, 1914, BNE, La sombra de Verlaine, Yzquierdo Durán,

06 junio 2022

Nevermore de Paul Verlaine

 NEVERMORE
Oh recuerdo, recuerdo ¿Qué me quieres? Volaba
en el otoño el tordo por el átono aire,
y disparaba el sol un monótono rayo
sobre el bosque amarillo donde el cierzo resuena.
Ella y yo caminábamos a solas, entre sueños,
al viento el pensamiento y el cabello, y de pronto,
mirándome con ojos conmovidos, «¿Cuál fue
tu día más hermoso?», dijo su voz de oro,
su voz sonora y dulce, con fresco timbre angélico.
Mi discreta sonrisa respondió a su pregunta,
y le besé la blanca mano devotamente.
—¡Ah! Las flores primeras, ¡qué perfumes exhalan!
¡y con qué sortilegio resuena entre murmullos
el primer que sale de los labios queridos!
 
Paul Verlaine
Treinta y seis sonetos

 

La Esfera, 1914, BNE, La sombra de Verlaine, Yzquierdo Durán

La Esfera, 1914, BNE, La sombra de Verlaine, Yzquierdo Durán,

05 junio 2022

LA HUELGA DE LAS MUJERES de Aristófanes. (El mundo antiguo II. Selección de José Luis Martínez)

 ARISTÓFANES
(c. 450-c. 385 a. C.)
Lisístrata
(Lisístrata, representada en 411: cansadas de las calamidades de la guerra, las mujeres griegas hacen una huelga sexual para forzar a sus hombres a hacer la paz)
LA HUELGA DE LAS MUJERES
LAMPITO.— ¿Pero quién ha convocado esta asamblea de mujeres?
LISÍSTRATA.— Yo misma.
LAMPITO.— Pues ve diciendo qué quieres de nosotras.
CLEÓNICE.— Sí, por Zeus, amiguita: dinos qué afán te intriga.
LISÍSTRATA.— Ya lo diré, pero antes díganme a mí: una preguntita no más.
CLEÓNICE.— La que tú quieras.
LISÍSTRATA.— ¿No tienen deseos de los padres de sus hijos? ¡Lejos en el ejército! Bien lo sé yo: todas tienen un marido lejos.
CLEÓNICE.— ¡Ay, infeliz: el mío cinco meses hace… por allá por Tracia, guardándole la espalda a Eucrates!
MIRRINA.— ¡Y el mío siete meses en Pilos!
LAMPITO.— Y qué me dicen del mío: viene de cuando en cuando de su regimiento y más tarda en llegar que en volver a coger el escudo y largarse.
LISÍSTRATA.— ¡Pero tampoco queda chispa de amantes ocasionales! ¡Y con la traición de los de Milesia, ya ni el recurso queda de un consoladorcito de cuero, aunque sea de ocho dedos! Bueno, si hallo modo de poner fin a la guerra, ¿me ayudan o no?
MIRRINA.— Por las diosas dobles que sí. Yo aunque empeñe mi bata larga y me beba el mismo día el dinero.
CLEÓNICE.— Yo lo mismo, aunque me convierta en carpa y tenga que dar la mitad de mí misma.
LAMPITO.— A la cumbre misma del Taigeto me treparía con tal de ver la paz.
LISÍSTRATA.— Conste: lo digo. Ya no hay que andar con secretos. Las mujeres, si queremos que los varones hagan la paz tenemos que hacer una huelga…
CLEÓNICE.— ¿De qué, de qué…?
LISÍSTRATA.— Pero ¿la harán?
CLEÓNICE.— Cueste lo que cueste, hasta la vida.

La Esfera, 1914, BNE, Égloga, Yzquierdo Durán

La Esfera, 1914, BNE, Égloga, Yzquierdo Durán

04 junio 2022

Himno a la Tierra, madre de todos (Himno homérico XXX). (El mundo antiguo II. Selección de José Luis Martínez)

Himno a la Tierra, madre de todos

Cantaré a la Tierra, madre de todas las cosas, bien cimentada, antiquísima, que nutre sobre la tierra todos los seres que existen: cuantos seres se mueven en la tierra divina o en el mar y cuantos vuelan, todos se nutren de tus riquezas. De ti proceden los hombres que tienen muchos hijos y abundantes frutos, oh venerable; a ti te corresponde dar y quitar la vida a los mortales hombres. Feliz aquel a quien tú honras, benévola, en tu corazón, pues todo lo tiene en gran abundancia. Para los hombres tales la fértil tierra se carga de frutos, en el campo abunda el ganado, y la casa se les llena de bienes; ellos reinan, con leyes justas, en ciudades de hermosas mujeres, y una gran felicidad y riqueza los acompaña; sus hijos se vanaglorian con pueril alegría; las doncellas juegan y saltan, con ánimo alegre y en coros florecientes, sobre las blandas flores de la hierba. Tales son los que tú honras, venerada, pródiga diosa.

Salve, madre de los dioses, esposa del estrellado Cielo. Dame, benévola, por este canto una vida que sea grata a mi ánimo; mas yo me acordaré de ti y de otro canto.

Himno homérico,  XXX. Traducción: Luis Segalá Estalella.

La Esfera, 1914, BNE, Enrique Granados, Néstor

La Esfera, 1914, BNE, Enrique Granados, Néstor