19 abril 2022

Sobre el cuco - o un huevo de cuco en un nido de mirlos,

ÉPOCAS DE JURAMENTOS
Encontrar un tulipán
en medio de primaveras silvestres de túmulos silvestres,
o un huevo de cuco en un nido de mirlos,
o un hongo gigante, una cesta entera—
¡Las memorables proezas de la niñez!
Hace tiempo, junto a los terraplenes, excavando en la tierra,
mi vara sacó a luz una cuenta de ámbar romano…
Lo extraviado, lo extravagante, lo indescifrado
me atraía: para cuadros simples no tenía el ojo.
¿Juré obediencia entonces
a lo inusitado y no (como pensaba) a la verdad?—
¿Me convertí en virtuoso, y esto también,
más tarde, de cuadros simples, al cansarme
de unicornios y ponzoñas?
¿Olvidé cómo saludar con sencillez
ese cuadro especial, cómo conocer profundamente
el placer compartido por corazones rectos?
¿Y tiene esto que empezar de nuevo, con juramentos
sobre el libro verdadero, en el nombre verdadero,
tartamudeando ahora mi alabanza de ti,
como un muchacho que confiesa su primer amor?

Robert Graves
Cien poemas

Los poemas recopilados aquí constituyen una pequeña pero representativa selección de la obra de Robert Graves, extraída de su último volumen Collected Poems, publicado en Inglaterra en 1975. Graves ocupa una posición solitaria y única entre los poetas ingleses del siglo XX; durante más de sesenta años, como poeta practicante y dedicado a su labor, ha evitado todas las modas y movimientos poéticos y ha caminado siempre su propio camino, siguiendo la tradición inglesa del poema lírico clásico. Él es el individuo, el forastero casi, de la literatura inglesa contemporánea.
Sus libros de poemas, mucho más complejos que su obra narrativa, hacen de él uno de los grandes poetas en lengua inglesa de nuestro siglo. La selección de cien poemas que hoy ofrecemos ha sido realizada y traducida magistralmente por la también escritora Claribel Alegría (en colaboración con Darwin J. Flakoll), que tuvo la ventaja de ser vecina de Graves en el pueblecito de Deyá y de poder consultar con él y recabar su ayuda para mejor llevar a término su trabajo.

Bupleurum fruticosum, Adelfilla de las apiáceas

 Bupleurum fruticosum, Adelfilla de las apiáceas,

18 abril 2022

Sobre el cuco - A Atenea le fueron concedidas las de cuervo, garza y búho, y más tarde le quitó el cuco a Hera.

La mayoría de los jonios, cuando por primera vez reconocieron la autoridad de la Triple Diosa, habían permitido a sus hijos varones iniciarse en las hermandades secretas pelasgas que la asistían en su culto.
Los eolios habían hecho lo mismo. Cada hermandad tenía un demonio, encarnado en alguna bestia o pájaro cuya carne causaba la muerte al ingerirse, excepto en algunas ocasiones solemnes, y sus miembros se reunían regularmente para realizar danzas dedicadas al demonio, en las cuales imitaban el andar y las costumbres de la bestia o del pájaro sagrado y se disfrazaban con su cuero, o su pelo, o su plumaje. Su jefe representaba al demonio y recibía de él su inspiración. Algunas veces la elección de la hermandad la hacia la propia madre para su hijo antes de su nacimiento si algún animal le había llamado la atención, en sueños o despierta. Pero, por regla general, la hermandad comprendía a todos los miembros varones de media tribu. Así pues, los sátiros de Tesalia y los silenos de Fócide pertenecían a la hermandad de la Cabra; los centauros del Pelión a la del Caballo, algunos de los magnesios a la hermandad del Leopardo, los crisios de Fócide a la de la Foca y en Atenas había hombres-búho. Las mujeres tenían sociedades similares y la diosa no permitía a ninguna mujer que tomara un amante de su misma hermandad —de este modo un hombre-león podía tener relaciones con una mujer de la hermandad del Leopardo y una mujer-león con un hombre-leopardo, pero jamás un hombre-león con una mujer-león ni un hombre-leopardo con una mujer-leopardo—, una regla que sin duda tenía como finalidad unir las desparramadas tribus en una armonía de afectos, con el agradable ir y venir que esta costumbre imponía. Pero en prueba de que todos los demonios de las diferentes hermandades estaban sometidos a la Triple Diosa, todos los años se celebraba un holocausto en honor suyo: cada hermandad enviaba su animal macho sagrado, bien atado, al santuario más próximo para quemarlos allí todos juntos en una crepitante hoguera.
Los aqueos miraban con natural recelo a estos demonios por su lealtad a la Triple Diosa y por el promiscuo amor que infundían en sus adoradores. El rey Esténelo adoptó la política de suprimir cuantas sociedades pudiera y de someter el demonio de todas las que quedaban a algún miembro de la familia olímpica. Así pues, alegó que Zeus no sólo poseía su carácter de carnero por el hecho de haber sido adorado por pastores, sino que además podía perfectamente ser venerado como toro, águila, cisne, palomo y gran serpiente. A Hera se le permitió retener su poder sobre el león, el cuco, y el torcecuellos. A Apolo, que anteriormente había sido un demonio ratón, le concedieron las identidades de lobo, abeja, delfín y halcón. A Atenea le fueron concedidas las de cuervo, garza y búho, y más tarde le quitó el cuco a Hera. A Artemisa le dieron el pez, el ciervo, el perro y el oso. A Poseidón el caballo y el delfín.
A Hermes el lagarto y la serpiente pequeña. A Ares el jabalí, y así sucesivamente. Los pelasgos se encolerizaron cuando Poseidón se adjudicó el título de dios Caballo y, como protesta por este hecho, colocaron una efigie de la madre de Cabeza de Yegua llamada Yegua Furiosa en una de sus ciudades, pues el caballo proclama sin lugar a dudas la soberanía de la Triple Diosa por la luna que imprimen sus cascos. Estos y otros cambios desconcertantes en la religión griega, que incluían la inauguración de un nuevo calendario, fueron explicados a los visitantes congregados en Olimpia en un espectáculo solemne, organizado por los heraldos del dios Hermes, con el cual pusieron fin a la conferencia. Hubo una representación pantomímica de la castración, por mano de Zeus, de su supuesto padre Crono —después de lo cual felicitaron a Zeus coronándolo con ramas de olivo silvestre y tirándole hojas de manzanos—, de los matrimonios de Hera y Zeus, de Poseidón y Anfitrite y de Hefesto y Afrodita; de los renacimientos de Ares, Hefesto y Atenea; de la sumisión de las bestias y de los pájaros, nada uno ante su nuevo amo o señora —en resumen, de todas las novedades mitológicas que se habían acordado. Estas representaciones terminaron con una animada exhibición de los doce olímpicos sentados juntos a la mesa, llevando las vestiduras apropiadas a sus nuevas caracterizaciones y atributos. Cada deidad estaba representada por algún rey, sacerdote o sacerdotisa, y el papel de Zeus lo desempeñaba Esténelo de Micenas, que en una mano llevaba el áureo cetro de Perseo con cabeza de perro y en la otra el escudo de la aversión con una cara gorgónea.

Robert Graves
El vellocino de oro


Gloriosa Superba

Gloriosa Superba

17 abril 2022

Sobre el cuco - dejando los pastos alpinos hasta que vuelva a cantar el cuco de la primavera

Un valiente cazador fue el libertador de Suiza hace seiscientos años. Nació en el cantón de Uri. Se llamaba Guillermo Tell.
En medio de las altas montañas está el lago verde de los Cuatro Cantones; en sus aguas se reflejan las cumbres heladas y las vacas que pacen la yerba de sus orillas. Comienza el otoño.
Un pescador canta en su barca; los cazadores trepan por las escarpaduras veladas de nubes, y los pastores se alejan con sus ganados, dejando los pastos alpinos hasta que vuelva a cantar el cuco de la primavera.
Cuando pastores, cazadores y pescadores se encuentran junto al lago se estrechan las manos como hermanos en el trabajo y juntos lamentan el triste destino de su patria, sometida a la más vergonzosa esclavitud. El gobernador Gessler, que ejerce la tiranía en nombre del Emperador de Alemania, insulta a los pobres; pisotea a los humildes, atropella sus derechos, su hacienda y su honra. Y se ríe de los antiguos fueros del pueblo libre. ¡Ay del que se atreva a levantar los ojos delante de él! ¡Ay del que no se arrodille ante sus caprichos y ante la insolencia de sus servidores y amigos!
Pastores, cazadores y pescadores, hombres esforzados y humildes de las altas montañas nevadas, ven con desaliento cómo día tras día el yugo del tirano aprieta cada vez más el cuello de su patria. Y se estrechan tristemente las manos en esta oscura tarde de octubre a orillas del lago de los Cuatro Cantones.

Alejandro Casona
Flor de leyendas


Buddleja davidii y mariposa

Buddleja davidii y mariposa

16 abril 2022

Sobre el cuco - El cuco como el ruiseñor quieren atar la primavera,

EL CUCO COMO EL RUISEÑOR
quieren atar la primavera,
pero el verano portador
de ortiga y cardos no espera;
para mí al follaje ligero
de aquel árbol dio espesor,
por el que para el rapto más bello
dirigí el mirar de amor.
Tapó el tejado de color,
las rejas, los pilares salientes,
adonde mi ojo espía partió,
allí está mi eterno oriente.

1827

Johann Wolfgang von Goethe
La vida es buena
(Cien poemas)

Jara blanca

Jara blanca o cistus álbidus

15 abril 2022

Sobre el cuco - Tan sólo se oía, de vez en cuando, la voz de un cuco en los castaños.

 —¡Usted debe de saber de eso, señor Maia, que tiene experiencia con españolas!…

Alencar, que se había quedado atrás encendiendo un cigarro, curioso, quiso saber qué era aquello de las españolas. El maestro le puso al tanto del encuentro en el Nunes y de los furores de la Concha.

Ambos caminaban por una de las alamedas laterales, verde y fresca, sumida en una paz religiosa, como un claustro hecho de follaje. La explanada estaba desierta, la hierba que la cubría crecía libremente, punteada de margaritas blancas y de botones de oro que brillaban al sol. Las hojas no se movían. Por entre las ramas ligeras caían los haces dorados del sol. El azul del cielo parecía haber reculado a una distancia infinita, impregnado de aquel silencio luminoso. Tan sólo se oía, de vez en cuando, la voz de un cuco en los castaños.

Aquel edificio, con su gran verja que lindaba con la carretera, sus florones de piedra roídos por la lluvia, el pesado blasón rococó, las ventanas con telas de araña, las tejas rotas, semejaba estar dejándose morir voluntariamente en aquella verde soledad, a disgusto con el mundo tras la desaparición de los tricornios y los espadines, desde que los últimos miriñaques rozaran aquellas hierbas… Cruges le describía a Alencar la escena de Eusèbiozinho yendo a pedirle perdón a la Concha con una taza de café en la mano. Y a cada instante el poeta, con su gran sombrero panamá, se agachaba a coger florecillas silvestres.

Cuando pasaron bajo el arco triunfal, hallaron a Carlos sentado en uno de los bancos de piedra, fumándose un cigarrillo pensativamente. El palacete arrojaba allí la sombra de sus muros tristes. Del valle ascendía frescor, aire puro. Y abajo, en algún lugar, se oía el lloro de un salto de agua. Entonces el poeta, sentándose junto a su amigo, habló con desagrado de Eusèbiozinho. Si había una torpeza que él, Alencar, nunca había cometido, era la de hacer una escapadita a Sintra con meretrices… ¡Ni a Sintra ni a ninguna parte! ¡Pero mucho menos a Sintra! Siempre había profesado, y todo el mundo debería profesarla, la religión de aquellos árboles, el amor a aquellas sombras…

José María Eça de Queirós
Los Maia
Episodios de la vida romántica

Los Maia es una de las obras más conocidas del escritor portugués Eça de Queirós. Su primera edición se realizó en Oporto en 1888. La obra cuenta la historia de la familia Maia a lo largo de tres generaciones. Los Maia relata la historia del deterioro de una gran familia portuguesa a través de dos de sus miembros: el viejo Afonso de Maia, el patriarca y un hombre admirado y su nieto, el joven Carlos de Maia, idealista, diletante y romántico, representante de la elegancia finisecular y auténtico protagonista del relato. Al hilo del desprendimiento, de la conclusión del tiempo y de un modo de vida, los personajes viven su tiempo y su vida y la novela escenifica los ritos del amor (y del escondido sexo burgués del siglo XIX, de adúltero o de pago).

Claustros de la catedral de Tarragona, 1857 (grabados y una historieta)

Claustros de la catedral de Tarragona, 1857
Érase una vez que se era y estaba quien estuviera con ganas de contar una conseja: Hombre ilustre de la ilustre ciudad de Tarragona cuando agasajaba a un señor más importante que él y con libertad para arrugar su ceño fue en pleno convite atacado por mil ratas que parece ser que sí las hubo o había por aquél entonces en aquel lugar. De la actitud de las dueñas y damas no quisieron hablar pajes, ¡cómo sería el griterío y alboroto! El personaje principesco del arrugado ceño conminolo a librar batalla contra las ratas y hasta su total exterminio él no volvería a traspasar el umbral de su morada. Empleó a todos los sus criados, lacayos, pobres de pedir y chicos del hospicio en el empeño y extermino de los voraces roedores. Sin resultado. ¡Un gran fracaso! El cuñado de un primo del canónigo racionero le habló del mayor experto en el exterminio masivo de ratas. Era un gatazo enorme huido de la tierra de los francos porque estaba cansado de comer todos los días corteza de queso y que se hallaba en poder de su primo en el campo, por allá. Hízolo venir al gato y este siendo sólo no daba abasto con tanta rata, porque como ratas corrían. El gato pensó y pensó y decidió morirse y se murió. Muerto su enemigo mortal los ratones y ratas decidieron enterrarlo en solemne funeral y duelo y todas juntitas acudieron a comprobar el hecho y cuando todas reunidas llevaban al buen gatazo a enterrar, pidió el gato por una de sus restantes vidas y húbose de despertar y no me digáis amigos la gran matanza, la colosal matanza, la matanza ratil total. Mas o menos el rico agradecido pidió al primo del canónigo racionero que le enviase al canónigo fabriquero para que a su cuenta ordenara la perpetuación de la memoria de los hechos del gato emigrado al que no le gustaban nada nada las cortezas del queso francés. Parece ser que se encuentra en el cimacio. (MMV)

14 abril 2022

Sobre el cuco - no sólo cantasen las alondras, sino también los mirlos, los tordos, los pardillos y los cucos

»Zillah me trajo vino caliente y pan de especias y se mostró encantadora. Linton se sentó en la butaca y yo en una pequeña mecedora junto a la chimenea. Hablamos muy animadamente, nos reímos mucho y nos contamos muchas cosas. Estuvimos planeando los sitios adonde iríamos y las cosas que haríamos cuando llegara el verano. No te voy a repetir todo, porque te parecerían tonterías.

»Hubo un momento, con todo, en que estuvimos a punto de enfadarnos. Se puso a decir que la manera más grata de pasar un día caluroso de julio era tumbarse de la mañana a la noche en un ribazo lleno de brezos en medio del páramo, con las abejas zumbando como en sueños en torno a las flores, con las alondras cantando allá arriba sobre nuestras cabezas y el cielo resplandeciendo brillante y azul, imperturbable y sin nubes. Esa era su noción de la más perfecta y celestial felicidad. La mía, en cambio, era columpiarme en un árbol verde y susurrante bajo el soplo del viento del oeste y con las nubes brillantes y blancas agrupándose vertiginosamente allá en lo alto; y que no sólo cantasen las alondras, sino también los mirlos, los tordos, los pardillos y los cucos, exhalando música en derredor. Y el páramo viéndose a lo lejos recortado en frescos valles de sombra, cuando visto de cerca, en cambio, los cerros cubiertos de alta yerba parecen un oleaje movido por la brisa. Y bosques y aguas turbulentas, y el mundo entero despierto y estallando de salvaje alegría. Él quería verlo todo yaciendo en un éxtasis de paz. Yo lo quería todo centelleando, agitándose en una danza magnífica y jubilosa.

»Le dije que a su paraíso le faltaba media vida, y él me dijo que el mío sería un paraíso ebrio. Yo le contesté que en el suyo me moriría de sueño, y él que en el mío no podría respirar, y se fue poniendo cada vez más arisco. Al final acordamos que en cuanto llegara el buen tiempo probaríamos ambos paraísos. Luego nos dimos un beso e hicimos las paces.

»Al cabo de una hora de estar allí sentados sin hacer nada, me quedé mirando la espaciosa habitación con su suelo embaldosado sin alfombra, y pensé lo bien que se podría jugar allí si se apartara la mesa.

»Le dije a Linton que llamara a Zillah para que nos ayudase. Podíamos jugar a la gallina ciega y que ella tratara de pillarnos, como hacías tú, Ellen, ¿te acuerdas? Pero no quiso. Dijo que no le divertía.

Emily Brontë
Cumbres borrascosas

Como dijo Virginia Woolf, Emily Brontë era capaz de liberar la vida de su dependencia de los hechos; con un par de pinceladas podía retratar el espíritu de una cara de modo que no precisara cuerpo; al hablar del páramo, conseguía hacer que el viento soplara y el trueno rugiera. La magnífica traducción de Carmen Martín Gaite vierte al castellano toda la pasión y verdad poética contenidas en esta gran obra.

Cumbres borrascosas, que se convertiría en una de las novelas más indiscutibles del siglo XIX, tuvo una acogida decepcionante cuando se publicó en 1847, pues los lectores victorianos se sintieron incomodados por lo que consideraron una descripción demasiado cruda de pasiones sin control. Al igual que Jane Eyre, de la hermana de Emily, Charlotte Brontë, Cumbres borrascosas se basa en la tradición de novela gótica de finales del XVIII, con apariciones sobrenaturales, noches sin luna y efectos de misterio y terror. Pero la novela trasciende ampliamente el género gracias a sus penetrantes observaciones y a su complejidad, así como, por encima de todo, a sus inolvidables caracterizaciones. La trágica historia de amor entre la apasionada Catherine y el atormentado Heathcliff es sin duda uno de los romances más inolvidables de la literatura de todos los tiempos.