VII - La tregua
La enfermedad de Dolores provocó la tregua al odio, la reacción en favor suyo. Una enferma grave era una diversión para todas aquellas señoras que no sabían hablar más que de sus partos, de sus hijos y de sus enfermedades, en las conversaciones, llenas de revelaciones matrimoniales, que a Dolores le daba vergüenza seguir, y en las que se complacían las virtuosas casadas, que no tenían más que pensar en cumplir los deberes que el Sacramento del matrimonio les había impuesto, y encontraban el hablar de las intimidades con los esposos la cosa más sencilla y natural.
La casa en donde había alguna dolencia era un punto de reunión para encontrarse todas las vecinas, que no dejaban escapar la buena ocasión de penetrar en las intimidades ajenas, criticar todo lo que veían: la buena disposición de la dueña de la casa, la limpieza, el orden o la abundancia.
Algunas, como Juanita, tenían todo su placer en visitar enfermas y parturientas. Un parto difícil, una enfermedad grave, eran, para ellas, una felicidad.
Cuanto más trágica y melodramática era la situación, cuanto más ocasión de compadecer y de conmoverse ofrecía, cuanto más pudiese despertar la lástima su relato patético, más dichosas se sentían.
Su felicidad llegaba a su colmo cuando, merced a la tribulación de una familia, podían sorprender un secreto, que dejaba de serlo para toda la dudad.
Casi siempre, abusando del estado de cansancio y de debilidad de las familias, se erigía Juanita en directora de todo. Desde el primer momento se instaló en casa de Dolores y empezó a dar órdenes, y a mandar, como si en la suya propia se encontrase.




