El profundo silencio que reinaba en aquel lugar consagrado a Dios, convidaba al recogimiento. Conrado se arrodilló junto a la puerta, y dirigió a Dios una oración fervorosa. Antes de cargar otra vez con su maleta, se acercó al altar a fin de contemplar cómodamente un retablo que le había llamado la atención y al levantarse, observó en un banco un libro pequeñito de oración, muy bello, encuadernado en chagrín encarnado y broches dorados. Lo cogió, lo abrió, y, cual fue su admiración al encontrar en la primera página su nombre ¡escrito de su propio puño! Le parecía soñar, y no podía dar crédito a sus ojos.
Recorrió el libro. La primera lámina representaba el Salvador, bendiciendo a los niños; algunas oraciones y sentencias que leyó rápidamente, le parecieron cosas conocidas; y vinieron juntas a renovar sus memorias. «Ya lo veo —exclamó profundamente conmovido—; este libro en otro tiempo me perteneció; yo mismo escribí este nombre: es el mismo carácter de letra que tuve yo en mi infancia. Pero ¿cómo ha venido a parar a esta capilla aislada, y en medio de este espeso bosque? Esto es lo que no concibo».
Mil recuerdos de su infancia se despertaron en su alma; un ardiente deseo de ver a su familia, o a lo menos saber noticias de aquellos que le son queridos, se apoderó de su corazón y rodaron por sus mejillas una abundancia de abrasadoras lágrimas.
«Dios mío —dijo finalmente—, ¡y qué buenos padres me habéis dado!, ¡qué hermosos días habíamos antes pasado, mi hermana y yo, en la casa paterna! ¡Cuán dichoso era yo junto a mi buena y tierna madre cuando sentada junto a su velador nos llamaba a su lado y nos hablaba de vos y de vuestro amado Hijo; cuando nuestro excelente padre, después de haber consagrado el día a sus deberes, descansaba por la noche refiriéndonos historias agradables e instructivas; cuando mi hermanita y yo nos reuníamos en el precioso jardín de nuestra casa, o nos divertíamos en cultivarlo en presencia de nuestros padres, que se creían dichosos con nuestra alegría infantil! Pero ¡ay!, hace mucho tiempo, que una malhadada guerra nos ha arrancado de nuestra querida patria, y nos ha puesto a larga distancia los unos de los otros. Tiempo hace ya que nuestra buena madre murió sumergida en la miseria, y sus benditas manos que me entregaron un día este librito, están secas ahora en el sepulcro. Una porción de años ha que no tengo noticias de mi padre; y quizás el dolor le ha conducido a una muerte prematura.
»Y mi pobre hermanita, ¿dónde estará vagando en este instante? ¿Es o no es feliz? ¿Vive todavía? Todo absolutamente lo ignoro. Apartado de aquellos que están en mi corazón, ando aislado y errante por el mundo. Sólo vos, ¡oh Dios omnipotente!, conocéis la suerte de aquellos que aún viven. ¡Ay de mí!, si a lo menos uno de ellos existe todavía, conducidlo a mis brazos. Tened piedad de mí, oh Dios de misericordia; atended a los ruegos que os dirigió mi padre el día que le vi por la postrera vez, y realizad la bendición que, lleno de confianza en vos, invocó sobre mi cabeza en el momento en que me dejó».
De esta suerte continuó Conrado rogando largo tiempo. Por último, levantándose añadió: «No me atrevo a marchar con este libro; no sé si puedo considerarlo ahora como mío. Probablemente se lo habrá olvidado alguien en este sitio, y de seguro vendrá a buscarlo antes que llegue la noche. Mejor será que aguarde aquí; por este medio, podré tal vez adquirir conocimientos que me serán de provecho».
Ocupado en estos pensamientos, sentóse en un extremo de la capilla, y se entretuvo en hojear el libro. Pocos instantes se habrían pasado cuando entró una joven como de unos diez y seis años de edad, de aspecto fino, y porte decente y modesto. Acercándose al altar se inclinó respetuosamente, y exhalando un profundo suspiro dijo en alta voz: «¡Cuánta pena me causa, Dios mío, el haberlo perdido! Era lo que yo más amaba, y nada más me queda para consolarme».
Ya estaba disponiéndose a salir de la capilla, cuando Conrado, en quien no había advertido, se le acercó impetuosamente con el devocionario entre sus manos, y le dijo:
—¿Ha perdido usted este libro, señorita?
—Sí —le contestó con alegría—, en la primera, hoja están escritas estas dos palabras: Conrado Erliebe.
—Parece que tiene para V. mucho valor —dijo Conrado—. ¿Tendría V. inconveniente en decirme el por qué? Conozco el nombre de Conrado Erliebe, y podré darle a V. noticias suyas.
—¡Oh! Si pudiera V. hacerlo —contestó la joven—, me haría un grande beneficio. Me intereso en extremo por Conrado Erliebe: muchos pasajeros me han asegurado haberle visto en tal o cual parte; pero por desgracia nunca he podido ver confirmadas sus noticias. No obstante, bueno será que le refiera a V. una parte de mi historia; tal vez por este medio comprenderá V. si es el mismo Erliebe de que hablamos.
»Mi padre estaba empleado en el otro lado del Rhin. Vino la guerra; el país quedó al dominio de los enemigos, y tuvimos que abandonar nuestra patria. Su principal, que había perdido también todo cuanto poseía, estaba muy distante de poder hacer cosa alguna en su favor. Nuestra posición se fue haciendo cada día más penosa. Figúrese V. ¡cuánto afligió esta pérdida a mi padre! Solo con dos niños, mi hermano y yo, le había de ser muy difícil continuar su viaje en busca de un nuevo empleo. Un vecino del pueblo en que murió mi madre, de oficio calderero y que no tenía hijos, le ofreció encargarse de mi hermano hasta que fuera de edad correspondiente para que pudiese buscarse lo necesario para la vida. Mi padre y yo continuamos nuestro camino. Fuimos lejos, muy lejos; mas de repente cae mi padre enfermo, y muere a los pocos días. Tenía yo entonces únicamente seis años, y no podía conocer toda la gravedad de esta pérdida. Una buena y caritativa mujer, viuda de un honrado menestral, se compadeció de mí y quiso admitirme en su casa. Diez años hace ya que murió mi padre, y todavía nada he podido saber de mi hermano. La misma noche que murió mi padre, suplicó al mesonero que nos tenía alojados, que diese a conocer su muerte a su hijo; que le enviara su bendición, y suplicase al bondadoso calderero que se dignara ser el apoyo del pobre huérfano. A pesar de su extremada flaqueza, este buen padre quiso escribir por sí mismo el nombre de la población y el del calderero que se había encargado de su hijo. Pero por desgracia ese papel se perdió, por culpa de una imprudente criada, que no sabiendo la importancia que tenía, lo tiró al fuego como una cosa inútil. ¡Dios mío! ¡Cuántas veces he soñado yo con mi hermano! Nos informamos inútilmente por todas partes, y nunca produjeron fruto alguno las investigaciones que practicamos. Todo lo que tengo de él, consiste en este libro que V. ve; que aunque no lo he recibido de su mano, lo conservo no obstante como un recuerdo precioso y estimable».
Conrado, arrasados en lágrimas sus ojos y manifiestamente conmovido, exclamó:
—¡Dios mío!, ¡y cuán admirables son vuestros caminos! Amable joven, ¿no te llamas Luisa?
—Sí —contestó la joven admirada—: me llamo Luisa Erliebe.
—Pues bien —dijo Conrado—: mírame y déjame estrechar tu mano. Estas dos palabras fueron escritas por mí: éste es mi nombre: yo soy Conrado, tu hermano.
Luisa escuchaba fuera de sí misma. Este encuentro inesperado la conmovió fuertemente, y Conrado experimentó una sensación igual a la de su hermana. Finalmente, derramando los dos una abundancia de lágrimas de gozo, y penetrados de un sentimiento religioso, bendijeron a la Providencia que les había reunido cuando menos lo esperaban.
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