LA CAPILLA DEL BOSQUE
Habiendo terminado su aprendizaje de calderero un joven sano y vigoroso, llamado Conrado Erliebe, tomó el partido de viajar por espacio de tres años, a fin de perfeccionarse en su profesión.
Vestía sencillo, pero decentemente; y echada a las espaldas su maleta, y apoyándose en su palo a modo de peregrino, emprendió alegremente su viaje. Hacía ya algunas horas qué estaba caminando, a pesar de ser un día caluroso de verano, cuando se encontró de repente en el corazón de un espeso bosque.
En vano procuró dejarlo; bien pronto quedó perdido enteramente; vagó por largo tiempo a la ventura, sin que pudiese encontrar el menor rastro de camino. El sol iba a ocultarse en las próximas montañas, e iba ya Conrado a entregarse a la inquietud y la tristeza, cuando advirtió a lo lejos el campanario de una capillita que se levantaba por sobre de unos melancólicos abetos, y al cual tocaban todavía los últimos rayos del sol. Tomó aquella dirección y en breve dio con un camino que le condujo al pie de la capilla, situada sobre una eminencia coronada de fresco verdor.
A su vista, recordó Conrado los consejos de su padre, que acostumbraba decirle: «Hijo mío; si está en tu mano, jamás pases por una capilla abierta, sin entrar y orar en ella. Piensa que ha sido construida para servir la adoración de Dios; y que su elevado campanario es para nosotros a la manera de un dedo que nos muestra el cielo. ¿Cómo podrías, pues, pasar por alto ninguna ocasión de levantar tu alma a Dios y arrodillarte en la presencia de nuestro bienhechor supremo? Un cuadro que llame tu atención; una sentencia que leas por curiosidad, pueden inspirarte, sin que tú lo adviertas, valor y una santa confianza, y hacer que nazcan en ti las más santas resoluciones».
Recorriendo en su memoria estas palabras de un padre respetado y tiernamente amado, entró Conrado en la capilla cuya puerta encontró abierta. Al aspecto de aquella bóveda sombría, de aquellas paredes ennegrecidas por el tiempo, de aquellas ventanas estrechas y adornadas de cristales redondeados, y de aquel antiquísimo altar, el joven se creyó por un instante transportado a una multitud de siglos de distancia.
CRISTÓBAL SCHMID
Cuentos Nuevos