18 enero 2026

Camariñas

 Camariñas

Faro de Vigo, 18 de enero de 1953.
«A arcosa Laxe», «Xallas, de uces nutriz»: toda la mañana estaba llena del verso pondaliano, si no era ese mismo verso tendido sobre la tierra, de tan reposada y madura belleza. El verso de Pondal pasa el río Xallas por la puente Arantón:
Uces da ponte Arantón,
non toqués os seus vestidos,
qu’eles para vos non son.
La musa pondaliana —«ela é filla de Santiago»—, pasa, en la dulce brisa, a nuestro lado. La mañana, que es algo como una grande, luminosa y tibia mano, recoge mar y tierra bajo su palma. Todo el valle de Vimianzo se recogía bajo la luz de su caricia, envuelto en el dulce algodón de la neblina. Había qué ir al castillo, más fino y más nervioso que un palacio a ver si todavía en la niebla matinal cabalgaba Pedro Madruga. Lo llamaban así, dice Vasco da Ponte, porque gustaba «de madrugar para las cabalgadas», a la del alba sería, como don Quijote, cabalgando en las mañanas frías y cantando octavas del Ariosto, o como el Jan Timur, que nada amaba más que galopar por el desierto las mañanas de abril. (Señor de estas torres fue el poeta Martelo y Paumán del Nero: ¡Paumán del Nero!, un apellido eufónico y mágico, de tan patente y misteriosa medievalidad, que nos sorprende no haberlo leído en un catálogo de cruzados o entre las flores del «gay saber»: nombre para uno de los Doce Pares o para un compañero moribundo de Diterico de Berna, o quizás, para uno de esos oscuros caballeros de Escocia, hijos de la insegura melancolía, que una mañana salen a pasear a un arenal y se enamoran del licor rojo de los labios sonoros de las sirenas, y mueren bajo el mar, en aquellos palacios en los que las algas florecen en rosas azules y jacintos verdes…) Pero nadie —sólo la alegre fantasía— galopa en la mañana hacia Vimianzo y su castillo.
Ponte do Porto: el sol rompe a tientas la niebla, y al deshilarla y aventarla, la mañana se hace más alta y más ancha, llena el mundo todo, en el que ya no queda ni un solo lugar que no sea matutino y claro, volado de palomas «amazonas del aire y de su aroma». El breve río se ahoga en el mar, silenciosamente. Camariñas; venían, más los ojos que los labios, diciendo su nombre, tan blanco, tan liviano, que ver la villa de cal y canto y no de encaje fue buena sorpresa. Alençon de Francia no es de encaje, de point d’Alençon, pero hay allí torres y en los palacios pasamanos y balaustres que sí lo son, de encaje que han ido coloreando los siglos, y ahora goza de un fino color rosa; esos grandes ojos que abre el point d’Alençon, allí donde el hilo, de tan sutil, semeja aire —aire celestial, de los atardeceres de verano del Paraíso—, siempre acaban de ser abandonados por una coloreada mariposa, que tras de ella deja el pálido reflejo de la viva pintura de sus alas. Vas a ver qué color es, y sólo encuentras aire, aire tejido y transparente…
La madre de Teresa del Niño Jesús, haciendo point d’Alençon en Lisieux, donde tan alegre es, cabe el puente, la sombra de los manzanos, vio cómo un ángel reparaba los desgarros de sus alas con el encaje que ella hacía. Pocos días después, nacía Teresa. ¿Hay algún ángel que lleve, en esta dorada mañana, encaje de Camariñas en sus alas? El mar de Camariñas lo lleva, en verdad, espuma fugitiva.
El arte del encaje, al igual que la música, es irrefutable: cada hilo, en el entramo de la encajería, es como una frase, y la total tela de araña, Valenciennes o Camariñas, un concierto. La escritura de Bach sobre el pentagrama a lo que se asemeja es a un encaje, más que a un retablo barroco, porque Bach lo que pretende es aprisionar el aire que pasa —sobre todo, esas claras flautas o el aliento casi humano del oboe, y al fondo el orden profundo del órgano—, más bien que representar la Naturaleza. Números y pausas, estrofas —estrofa es lo que retorna—, sensitivas cárceles del tiempo: ponerle puertas al tiempo fugitivo, eso es música. Ponerle puertas al aire, eso es el arte del encaje.
Camariñas, Xornes, son tierras —y mar y ballenas— de la mitra mindoniense. El báculo montañés de San Rosendo —oro de los tojales de Noriega Varela, alba del abedul— pone en Cabo Vilaño el regatón al golpe de la eterna y enorme ola atlántica. Pero en la ría, más suave y breve la ola, alguien, las femeninas manos, la hilan en la orilla… Unas blancas y ligeras nubes que el sudoeste empuja, se acercan a verle a la Señora de la Barca el tejado de piedra. Son las doce. Cantan «Ave María» las campanas de la iglesia, tiembla el aire pleno de luz, tendido sobre hilos de oro que van y vienen, tejiendo el mundo y la mañana, tejiendo el mantel de Camariñas —blanco, liviano, como este nombre—, sobre la roca antigua de la tierra, a la orilla del mar.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Nenúfares rosas en el pantano, juncos verdes y reflejos en el estanque

nenúfares rosas en el pantano, juncos verdes y reflejos en el estanque.

16 enero 2026

LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS

 LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS 
menudo se me ha pasado por la cabeza la imagen de un individuo que se dedicara a coleccionar con laborioso cuidado artículos que nadie más valorase, y a hacer una clasificación exhaustiva de todas aquellas cosas que los demás consideran insignificantes e inanes. Dicho individuo tendría una preeminencia magnífica y fútil en muchos asuntos. Podría tener la mejor colección de colillas del mundo. Podría acumular ceniza de pipa y cabos de lápiz con un entusiasmo y una poesía dignos de mejor causa. Podría, si fuese millonario, llevar aún más lejos su inmensa cruzada. Podría construir grandes museos donde no se exhibiera otra cosa que paraguas extraviados y peniques falsos. Podría encontrar importantes periódicos y revistas en los que no se dijera nada más que cosas sin importancia; en los que se anunciara con deslumbrantes titulares la pérdida de tres cerillas quemadas en un cenicero y se dedicaran largos y filosóficos editoriales a cuestiones tales como los nombres de pila de los conductores de autobús de Fulham, o el número de persianas verdes que hay en Harrow Road. Si el hombre se entregase seriamente a estas inanidades no hay duda de que sería objeto de grandes burlas. Sin embargo, si decidiera hacernos frente y defender su posición, pronto nos daríamos cuenta de que toda nuestra civilización es tan absurda como su pasatiempo. Objetaría con razón que, filosóficamente hablando, se puede decir tanto a favor de coleccionar conteras de paraguas de caballero como a favor de coleccionar libros o billetes de banco. Desde un punto de vista práctico, no puede alegarse razón alguna que justifique la preferencia que muestra la humanidad por un material antes que por el otro. Es imposible sugerir una sola razón valida para explicar por qué el oro debería ser más caro que un poco de genuina y untuosa arcilla roja. Es imposible decir por qué una piedra preciosa debería ser más valiosa que un portaplumas o una vieja botella verde, cuando ambas cosas son más útiles y más pintorescas. Casi todas las teorías que dicen explicar esta paradoja desde el punto de vista metafísico han fracasado por completo. Se suele decir, por ejemplo, que el valor de los materiales viene dado por su rareza. Sin embargo, es evidente que esto no se sostiene. Hay muchas cosas más raras que el oro y la plata; por pequeñas que sean las probabilidades de que uno de nosotros encuentre media libra de oro en el arroyo, las probabilidades de que encontremos una llave de cerrojo con una cinta encarnada, o un ejemplar de The Times que describa la introducción de la primera Ley de Gobierno Local son todavía menores. Y, sin embargo, la gente no tiene museos privados de llaves de cerrojo con cintas encarnadas, ni alardea de tener una colección única de ejemplares de The Times de esa fecha concreta de 1885. Quienes hablan de la rareza como la esencia del valor parecen no darse apenas cuenta de las prodigiosas consecuencias que eso tendría. En este mundo las cosas más insignificantes son precisamente las que son especialmente raras. Es muy raro que un abogado de mostacho pelirrojo nacido en Devonshire le preste un chelín y seis peniques al sobrino de un comerciante en telas radicado en Clement’s Inn; es probable que tal cosa haya ocurrido solo en una ocasión; y, sin embargo, no se registra el incidente con letras doradas, ni se le atribuye ninguna particular importancia a ninguna circunstancia, jirón o reliquia que pudieran servir como conmemoración del momento en que ocurrió. No cabe duda de que la mera rareza no sirve como prueba del valor. Si fuese así, el oro sería mucho menos valioso que muchas variedades del barro que encontramos por la calle, y las cosas hermosas, en general, valdrían mucho menos que las feas. La clave de la cuestión es que la humanidad ha elegido atribuirle valor a ciertos objetos insignificantes sin hacer ninguna clase de ejercicio crítico intrínseco o comparativo. Ha hecho infinitamente más valioso un material que otro mediante el sencillo proceso de elegir un tipo de barro y no otro. En muchos aspectos el criterio actual para determinar qué sustancia es valiosa es, decididamente, de segundo orden. El valor, por ejemplo, se centra casi por entero en los metales, que son el material más gris y menos comunicativo de todas las cosas terrenales. Pertenecen a la creación material, que es la escoria del orden cósmico. Resulta extraordinario, cuando uno se pone a pensarlo, que una cosa tan absolutamente vulgar como el oro sea la forma en que se ligan nuestras tendencias más humanas y humanizadoras. Cada vez que pedimos que nos paguen en metálico, cumplimos casi hasta el último detalle con las palabras de la parábola: pedimos pan y recibimos una piedra.

Paisaje castellano

 paisaje

14 enero 2026

Un genio solitario proclama la verdad sobre el tiempo

 Un genio solitario proclama la verdad sobre el tiempo

El calendario es intolerable para la sabiduría, el horror de toda la astronomía y un motivo de risa para el punto de vista de un matemático.
ROGER BACON, 1267
Hace siete siglos, un enfermizo fraile inglés envió una estridente misiva a Roma. Era una llamada apremiante, dirigida al papa Clemente IV, para que, de una vez por todas, el tiempo se definiera con exactitud. Calculando que el año del calendario era unos 11 minutos más largo que el año solar real, Roger Bacon informaba al sumo pontífice de que esto sumaba un error de un día entero cada 125 años, un excedente de tiempo que a lo largo de los siglos había acumulado, en la época de Bacon, nueve días. Si no se corregía, esta tendencia trasladaría marzo a lo más crudo del invierno y agosto a la primavera. Más horrible en esta época piadosa era la insistencia de Bacon en que los cristianos estaban celebrando la Pascua de Resurrección y demás festividades en fechas erróneas, una acusación tan ultrajante en 1267 que Bacon se arriesgó a que lo calificaran de hereje por poner en duda la veracidad de la Iglesia católica.
A Roger Bacon no le importaba. Era uno de los más originales e irascibles pensadores de la Europa medieval y parecía disfrutar de su papel de rebelde, primero como profesor de la Universidad de París desde 1240 y después como sacerdote tras ingresar en la orden franciscana después de 1250, a los cuarenta años. Insaciable curioso y siempre empeñado en poner en duda la ortodoxia, Bacon dedicó su vida a reflexionar qué causa un arco iris, a dibujar la anatomía del ojo humano y a desarrollar una fórmula secreta de la pólvora. Dos siglos antes de Leonardo da Vinci, predijo la invención del telescopio, las gafas, los aviones, los motores de alta velocidad, barcos autopropulsados y motores de gran capacidad. Llegó a estas conclusiones basándose en la idea, radical por aquel entonces, de que la ciencia ofrecía verdades objetivas, al margen del dogma o de lo que constara en los libros.
Los contemporáneos de Bacon estaban sorprendidos por su intelecto, pero asustados por sus ideas. Parece que sus propios hermanos de orden en Oxford y París le impidieron salir del convento. Aún peor, le prohibieron durante largos periodos escribir y enseñar, manteniéndolo ocupado con las tareas cotidianas del monasterio: atender el jardín, recitar oraciones, barrer el suelo. De vez en cuando lo castigaban retirándole la comida.
Este habría sido el final de la historia de Roger Bacon si no hubiera sido por el súbito interés que Guy Foulques, apodado «el Gordo», sintió por sus ideas. En 1265, este abogado y consejero del rey Luis IX de Francia descubrió a Bacon y contactó con él, pidiéndole que le enviara un resumen de sus ideas. Como Bacon, Foulques se había ordenado sacerdote ya mayor, en 1256, el año que murió su mujer. Después había ascendido a velocidad meteórica a obispo, arzobispo y cardenal, cargo que ejercía cuando se acercó a Bacon. No se sabe cómo se enteró Foulques de la existencia de aquel fraile tanto tiempo enclaustrado; tampoco está claro por qué aquel importante cardenal estaba interesado en las ideas de Bacon, ni por qué estaba de acuerdo con él.
Fueran cuales fuesen sus razones, el interés de Foulques supuso un giro fundamental para Roger Bacon. El fraile, tras tantos sufrimientos, debió de sentirse como si finalmente le fuera permitido volver al mundo normal. Y por si esto no bastara, meses más tarde Guy Foulques, el Gordo, fue elegido pontífice de la Iglesia católica, adoptando el nombre de Clemente IV. Dé aquí surgió un segundo contacto con Bacon: un breve papal fechado en junio de 1266 ordenando que se enviara cuanto antes a San Pedro de Roma la obra del fraile.
Bacon estaba jubiloso pero avergonzado, ya que, después de años de hostigamiento en el seno de su propia orden religiosa, incluyendo a veces la prohibición de escribir, no tenía nada completo que enviar a Roma.
«Mis superiores y mis hermanos —escribió al Papa el contrariado Bacon— me castigan con el hambre, me tienen bajo estrecha vigilancia y no permitirían a nadie acercarse a mí, dado que temen que mis escritos los conozcan otros, además de ellos».
Libre al fin para proseguir con sus ideas, Roger Bacon prometió preparar un manuscrito y enviarlo lo antes posible. Durante casi dos años trabajó incansablemente y al final, en 1267, envió a Roma un tratado colosal titulado Opus maius. En este y otros dos libros, llevados personalmente por un fiel sirviente llamado Juan a través de los caminos a menudo traicioneros de la Europa de la Edad Media, Bacon comenta desde el estudio de las lenguas y la geometría de los prismas hasta la geografía de tierra Santa.
La parte que describe los fallos del calendario está en un largo y oscilante capítulo sobre matemáticas, en una sección en la que el autor aboga por utilizar la objetividad de los números y de la ciencia para denunciar los errores. Empieza al afirmar que está tratando una materia «sin la cual habría gran peligro y confusión», un error causado por la «ignorancia y la negligencia […] [que son] despreciables a los ojos de Dios y de los santos […]». «El tema en que pienso —dice— es la corrección del calendario».
Bacon remite los defectos del calendario a su inventor, Julio César, que puso en vigor el modelo utilizado por Bacon (y también por nosotros en la actualidad, con alguna modificación) el 1 de enero del 45 a. C. «Julio César, versado en astronomía, completó el orden del calendario hasta donde pudo en su época», escribe Bacon:
Pero Julio no llegó a la verdadera longitud del año, que en nuestro calendario supuso que era de 365 días y un cuarto […]. Pero está claramente probado que la longitud del año solar no es tan grande, antes bien es menor. Este defecto calculan los científicos que es la centésima trigésima parte de un día. Por lo tanto, al cabo de 130 años hay un día de más. Si dichos días se quitaran, el calendario se perfeccionaría al menos en lo que se refiere a este error. En consecuencia, puesto que todas las longitudes del calendario se basan en la duración del día solar, es necesario desconfiar de ellas, ya que tienen una base falsa.
Bacon también señala otro error del calendario que proviene del primero. «Hay otro gran error —escribe Bacon— relacionado con la determinación de los equinoccios y los solsticios. Pues […] los equinoccios y solsticios están situados en días fijos […]. Pero los astrónomos saben que no son fijos, que suben en el calendario, como está probado por tablas e instrumentos».