Tampoco la teoría de que los materiales se valoran debido a su belleza resiste la crítica. Hay una gran cantidad de objetos que son mucho más hermosos que los objetos preciosos. Lo son las plumas del pavo real, y las hojas caídas, y la leña recién cortada y el cobre recién bruñido. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido darse aires de opulencia por la leña que posee, ni abrazarse a las ventajas que podría obtener con el cobre. Que yo sepa, no ha nacido todavía el avaro dispuesto a pasar una vida laboriosa acumulando y contando hojas caídas.
Las sustancias tienen, no obstante, una espiritualidad intrínseca real. No es probable que nadie, salvo los materialistas, desprecien los materiales. Los niños, por ejemplo, son plenamente conscientes de cierta mística, y sin embargo práctica cualidad de las cosas que manejan: aman la cualidad esencial de un objeto caballerosamente y por el objeto en sí mismo. Los niños tienen una arraigada atracción por el carbón, no por la obvia razón materialista de que sirve para encender el fuego con el que cocinamos y nos calentamos, sino por la infinitamente más noble y abstracta razón de que tizna los dedos. En casi todas las viejas literaturas primitivas encontramos la presencia de este espléndido amor hacia los materiales en sí mismos. No encontramos delicadas y astutas combinaciones de color, como las que conforman la esencia del arte de nuestros días, sino que encontramos un gigantesco apetito por los materiales, ligado a sus características naturales: por el oro rojo y la hierba verde; no por el oro verde y la hierba roja, como ocurre en gran parte de la literatura contemporánea. No requieren ni contraste ni armonía para azuzar su hambre estética. Amaban el color rojo del vino o el blanco esplendor de la espada con toda su virginidad y encanto, como simples pinceladas de carmesí o plata en el negro telón de fondo de la noche arcaica.
Hay una poesía de las sustancias y no tiene en cuenta los códigos ordinarios de valor. El oro es ciertamente una sustancia menos fascinante que la plata. Y, para un espíritu que conserve su inocencia, incluso la plata es menos fascinante que el plomo. El plomo es una sustancia verdaderamente épica y posee todas las cualidades necesarias para ello. Su color tiene el más delicado matiz de la plata oscurecida, una especie de esplendor metálico bajo una nube perpetua; su consistencia, además, reúne dos elementos antagónicos e indispensables en una sustancia fascinante: es al mismo tiempo robusto y maleable, se dobla y resiste; ante una gruesa capa de plomo tenemos la misma sensación que ante el destino. Es rígido, pero cede lo suficiente para hacernos creer que acabará por ceder del todo. Otra sustancia que presenta, aunque de un modo diferente, la misma contradicción es la madera corriente. Se trata de la sustancia más fascinante y simbólica, puesto que tiene justo la resistencia esencial para resistir al aficionado y la suficiente maleabilidad para convertirse en un instrumento musical en manos de un experto. Trabajar la madera es el ejemplo supremo de creación; la creación en un material que resiste lo bastante y ni una pizca más de lo necesario. No es raro que el más grande que adoptó jamás la forma humana fuera carpintero.
Queda un orden concreto de materiales que tiene para el hombre imaginativo un valor mucho más esencial que cualquier joya. Todos los pigmentos y materiales de colores tienen una ventaja suprema sobre los simples diamantes y amatistas: son, por así decirlo, antepasados a la vez que descendientes; propagan una infinita progenie de imágenes e ideas. Si miramos una barra sólida de tiza azul no vemos algo meramente mecánico y final. Vemos, resumido en esa columna azul, todo un país de las maravillas, de dibujos y cuentos en potencia. Ningún otro objeto material nos da esa sensación de multiplicarse a sí mismo. Si dejamos un cigarro puro en un rincón no esperamos encontrarlo al día siguiente rodeado de una familia de cigarrillos. Un anillo de diamantes no contribuye de ningún modo a la producción de innumerables collares y brazaletes. Pero las tizas de una caja de tizas, o las pinturas de una caja de pinturas, abarcan verdaderamente un sinfín de nuevas posibilidades. Una pastilla de azul de Prusia contiene todas las historias marinas del mundo, una pastilla de verde esmeralda engloba cientos de prados, una pastilla de carmesí se compone de atardeceres olvidados. Algún día, quién sabe, este eterno valor metafísico de las tizas y las pinturas puede que se reconozca como valor monetario; la gente exhibirá orgullosa una pastilla de amarillo cromo en sus anillos y una pastilla de azul ultramar en sus alfileres de corbata. Nadie puede decir qué sorprendentes modas nos traerá el paso del tiempo; un siglo podría sorprendernos ahorrando guijarros y coleccionando briznas de paja. Pero sea como fuere, el fundamento esencial de este hábito, como el fundamento esencial de todas las religiones, permanecerá idéntico: que solo podemos tomar una muestra del universo, y esa muestra, aun cuando sea un puñado de polvo (que también es una sustancia preciosa), siempre expresará su propia magia, y una insinuación de la magia de todas las cosas.
G. K. Chesterton
No hay comentarios:
Publicar un comentario