16 enero 2026

LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS

 LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS 
menudo se me ha pasado por la cabeza la imagen de un individuo que se dedicara a coleccionar con laborioso cuidado artículos que nadie más valorase, y a hacer una clasificación exhaustiva de todas aquellas cosas que los demás consideran insignificantes e inanes. Dicho individuo tendría una preeminencia magnífica y fútil en muchos asuntos. Podría tener la mejor colección de colillas del mundo. Podría acumular ceniza de pipa y cabos de lápiz con un entusiasmo y una poesía dignos de mejor causa. Podría, si fuese millonario, llevar aún más lejos su inmensa cruzada. Podría construir grandes museos donde no se exhibiera otra cosa que paraguas extraviados y peniques falsos. Podría encontrar importantes periódicos y revistas en los que no se dijera nada más que cosas sin importancia; en los que se anunciara con deslumbrantes titulares la pérdida de tres cerillas quemadas en un cenicero y se dedicaran largos y filosóficos editoriales a cuestiones tales como los nombres de pila de los conductores de autobús de Fulham, o el número de persianas verdes que hay en Harrow Road. Si el hombre se entregase seriamente a estas inanidades no hay duda de que sería objeto de grandes burlas. Sin embargo, si decidiera hacernos frente y defender su posición, pronto nos daríamos cuenta de que toda nuestra civilización es tan absurda como su pasatiempo. Objetaría con razón que, filosóficamente hablando, se puede decir tanto a favor de coleccionar conteras de paraguas de caballero como a favor de coleccionar libros o billetes de banco. Desde un punto de vista práctico, no puede alegarse razón alguna que justifique la preferencia que muestra la humanidad por un material antes que por el otro. Es imposible sugerir una sola razón valida para explicar por qué el oro debería ser más caro que un poco de genuina y untuosa arcilla roja. Es imposible decir por qué una piedra preciosa debería ser más valiosa que un portaplumas o una vieja botella verde, cuando ambas cosas son más útiles y más pintorescas. Casi todas las teorías que dicen explicar esta paradoja desde el punto de vista metafísico han fracasado por completo. Se suele decir, por ejemplo, que el valor de los materiales viene dado por su rareza. Sin embargo, es evidente que esto no se sostiene. Hay muchas cosas más raras que el oro y la plata; por pequeñas que sean las probabilidades de que uno de nosotros encuentre media libra de oro en el arroyo, las probabilidades de que encontremos una llave de cerrojo con una cinta encarnada, o un ejemplar de The Times que describa la introducción de la primera Ley de Gobierno Local son todavía menores. Y, sin embargo, la gente no tiene museos privados de llaves de cerrojo con cintas encarnadas, ni alardea de tener una colección única de ejemplares de The Times de esa fecha concreta de 1885. Quienes hablan de la rareza como la esencia del valor parecen no darse apenas cuenta de las prodigiosas consecuencias que eso tendría. En este mundo las cosas más insignificantes son precisamente las que son especialmente raras. Es muy raro que un abogado de mostacho pelirrojo nacido en Devonshire le preste un chelín y seis peniques al sobrino de un comerciante en telas radicado en Clement’s Inn; es probable que tal cosa haya ocurrido solo en una ocasión; y, sin embargo, no se registra el incidente con letras doradas, ni se le atribuye ninguna particular importancia a ninguna circunstancia, jirón o reliquia que pudieran servir como conmemoración del momento en que ocurrió. No cabe duda de que la mera rareza no sirve como prueba del valor. Si fuese así, el oro sería mucho menos valioso que muchas variedades del barro que encontramos por la calle, y las cosas hermosas, en general, valdrían mucho menos que las feas. La clave de la cuestión es que la humanidad ha elegido atribuirle valor a ciertos objetos insignificantes sin hacer ninguna clase de ejercicio crítico intrínseco o comparativo. Ha hecho infinitamente más valioso un material que otro mediante el sencillo proceso de elegir un tipo de barro y no otro. En muchos aspectos el criterio actual para determinar qué sustancia es valiosa es, decididamente, de segundo orden. El valor, por ejemplo, se centra casi por entero en los metales, que son el material más gris y menos comunicativo de todas las cosas terrenales. Pertenecen a la creación material, que es la escoria del orden cósmico. Resulta extraordinario, cuando uno se pone a pensarlo, que una cosa tan absolutamente vulgar como el oro sea la forma en que se ligan nuestras tendencias más humanas y humanizadoras. Cada vez que pedimos que nos paguen en metálico, cumplimos casi hasta el último detalle con las palabras de la parábola: pedimos pan y recibimos una piedra.

Tampoco la teoría de que los materiales se valoran debido a su belleza resiste la crítica. Hay una gran cantidad de objetos que son mucho más hermosos que los objetos preciosos. Lo son las plumas del pavo real, y las hojas caídas, y la leña recién cortada y el cobre recién bruñido. Sin embargo, a nadie se le ha ocurrido darse aires de opulencia por la leña que posee, ni abrazarse a las ventajas que podría obtener con el cobre. Que yo sepa, no ha nacido todavía el avaro dispuesto a pasar una vida laboriosa acumulando y contando hojas caídas.

Las sustancias tienen, no obstante, una espiritualidad intrínseca real. No es probable que nadie, salvo los materialistas, desprecien los materiales. Los niños, por ejemplo, son plenamente conscientes de cierta mística, y sin embargo práctica cualidad de las cosas que manejan: aman la cualidad esencial de un objeto caballerosamente y por el objeto en sí mismo. Los niños tienen una arraigada atracción por el carbón, no por la obvia razón materialista de que sirve para encender el fuego con el que cocinamos y nos calentamos, sino por la infinitamente más noble y abstracta razón de que tizna los dedos. En casi todas las viejas literaturas primitivas encontramos la presencia de este espléndido amor hacia los materiales en sí mismos. No encontramos delicadas y astutas combinaciones de color, como las que conforman la esencia del arte de nuestros días, sino que encontramos un gigantesco apetito por los materiales, ligado a sus características naturales: por el oro rojo y la hierba verde; no por el oro verde y la hierba roja, como ocurre en gran parte de la literatura contemporánea. No requieren ni contraste ni armonía para azuzar su hambre estética. Amaban el color rojo del vino o el blanco esplendor de la espada con toda su virginidad y encanto, como simples pinceladas de carmesí o plata en el negro telón de fondo de la noche arcaica.

Hay una poesía de las sustancias y no tiene en cuenta los códigos ordinarios de valor. El oro es ciertamente una sustancia menos fascinante que la plata. Y, para un espíritu que conserve su inocencia, incluso la plata es menos fascinante que el plomo. El plomo es una sustancia verdaderamente épica y posee todas las cualidades necesarias para ello. Su color tiene el más delicado matiz de la plata oscurecida, una especie de esplendor metálico bajo una nube perpetua; su consistencia, además, reúne dos elementos antagónicos e indispensables en una sustancia fascinante: es al mismo tiempo robusto y maleable, se dobla y resiste; ante una gruesa capa de plomo tenemos la misma sensación que ante el destino. Es rígido, pero cede lo suficiente para hacernos creer que acabará por ceder del todo. Otra sustancia que presenta, aunque de un modo diferente, la misma contradicción es la madera corriente. Se trata de la sustancia más fascinante y simbólica, puesto que tiene justo la resistencia esencial para resistir al aficionado y la suficiente maleabilidad para convertirse en un instrumento musical en manos de un experto. Trabajar la madera es el ejemplo supremo de creación; la creación en un material que resiste lo bastante y ni una pizca más de lo necesario. No es raro que el más grande que adoptó jamás la forma humana fuera carpintero.

Queda un orden concreto de materiales que tiene para el hombre imaginativo un valor mucho más esencial que cualquier joya. Todos los pigmentos y materiales de colores tienen una ventaja suprema sobre los simples diamantes y amatistas: son, por así decirlo, antepasados a la vez que descendientes; propagan una infinita progenie de imágenes e ideas. Si miramos una barra sólida de tiza azul no vemos algo meramente mecánico y final. Vemos, resumido en esa columna azul, todo un país de las maravillas, de dibujos y cuentos en potencia. Ningún otro objeto material nos da esa sensación de multiplicarse a sí mismo. Si dejamos un cigarro puro en un rincón no esperamos encontrarlo al día siguiente rodeado de una familia de cigarrillos. Un anillo de diamantes no contribuye de ningún modo a la producción de innumerables collares y brazaletes. Pero las tizas de una caja de tizas, o las pinturas de una caja de pinturas, abarcan verdaderamente un sinfín de nuevas posibilidades. Una pastilla de azul de Prusia contiene todas las historias marinas del mundo, una pastilla de verde esmeralda engloba cientos de prados, una pastilla de carmesí se compone de atardeceres olvidados. Algún día, quién sabe, este eterno valor metafísico de las tizas y las pinturas puede que se reconozca como valor monetario; la gente exhibirá orgullosa una pastilla de amarillo cromo en sus anillos y una pastilla de azul ultramar en sus alfileres de corbata. Nadie puede decir qué sorprendentes modas nos traerá el paso del tiempo; un siglo podría sorprendernos ahorrando guijarros y coleccionando briznas de paja. Pero sea como fuere, el fundamento esencial de este hábito, como el fundamento esencial de todas las religiones, permanecerá idéntico: que solo podemos tomar una muestra del universo, y esa muestra, aun cuando sea un puñado de polvo (que también es una sustancia preciosa), siempre expresará su propia magia, y una insinuación de la magia de todas las cosas.


G. K. Chesterton

Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos)

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