11 octubre 2022

El Solitario de Beak Street (2)

Antes de entrar en materia voy a permitirme advertir a los lectores que, aunque todo lo que he de decir es verdad, no habrá en todo el cuento una sola palabra de verdad; que, aunque Lovel es un hombre de carne y hueso que nada en la abundancia, y aunque no es difícil que le topéis en vuestro camino, os desafío a que me le señaléis con el dedo; que su esposa —porque ahora no vamos a ocuparnos de Lovel viudo— no es, ni mucho menos, la señora con quien os empeñaréis en identificarla, al decir —como diréis con vano afán—: «¡Oh! Ese personaje está inspirado en Fulana o está copiado de la señora Tal». No. Os equivocáis de medio a medio. ¡Cómo! Si hasta los prospectos editoriales casi estoy por decir que han de apelar a la pícara estratagema de anunciar: «Revelaciones acerca de la alta sociedad: El beau monde se encontrará grandemente impresionado al reconocer los retratos de sus ilustres próceres en la novela de costumbres de miss Wiggin, que va a ponerse a la venta». O Sospechamos que en cierto palacio ducal ha de producir estupefacción el notar cómo el despiadado autor de Sugestivos misterios de May Fair ha sabido sorprender —y exponer con mano firme y decidida— ciertos secretos de familia, al tanto de los cuales sólo se suponía a unos pocos personajes de la más elevada aristocracia. Pero no; lejos de mi ánimo el tratar de atraer a un público inocente por medio de semejantes añagazas. Si os imponéis la prolija tarea de averiguar entre tantos miles de cabezas cuál es la que corresponde a cierto sombrero, en lo posible está que acertéis con ella; pero antes moriría el sombrerero que ayudaros a satisfacer vuestra curiosidad, a menos de que tenga alguna molestia que vengar, o tal cual bellaquería que castigar de cualquier individuo que no le sea fácil hallar a tiro en otra ocasión… entonces, sí; avanzará resueltamente y caerá sobre su víctima… —Un obispo, una mujer relamida, o, mejor aún, cualquier pariente atravesado—, y le calará el sombrero hasta las orejas, de tal manera que todo el mundo ría a carcajadas al contemplar el tembloroso rostro del miserable, rojo como una remolacha, y llorando de rabia y humillación, sufriendo la befa y el escarnio de la sociedad. Además, no puedo olvidar que soy a la sazón comensal de Lovel, cuya amistad y cocina son reputadas como las mejores de Londres. Si ellos se percataran de que yo los sacaba a relucir, tanto él como su esposa dejarían de convidarme. ¿Y qué hombre noble y generoso cambiaría por un chiste de poco más o menos a un amigo tan estimable, o cometería la estupidez de ponerle en evidencia en una novela? La persona menos conocedora del mundo rechazaría un pensamiento de tal naturaleza, tanto por bajo y canallesco como por absurdo. Precisamente estoy invitado a su casa para un día de la próxima semana: Vous concevez?, me es imposible decir el día con precisión, porque entonces me descubrirían, y se acabarían las invitaciones para el antiguo amigo. No habría de gustarle aparecer en la historia, como tendría que figurar, representando a un hombre de escasa mentalidad. Él se considera a sí mismo persona de resolución y de firmes actitudes. Habla con rapidez, usa una ostentosa barba; se dirige con aspereza a sus criados —los cuales le prefieren… a esa prenda de marta o armiño en la que se guarecen en invierno las manos de las señoras—, y se conduce con su mujer de tal manera, que yo creo que ella cree que él cree que es el amo de la casa. «Isabel, hija mía, me parece que se refiere a A., o a B., o a D.» —creo oír decir a Lovel—; y que contesta ella: «¡Oh!, sí, no hay duda de que es D…, es su retrato». «Es D. clavado» —añade Lovel.
Ella por fuerza adivina que yo me propongo dibujar a su marido en las precedentes líneas; pero no me da testimonio de haberlo advertido sino por una intencionada cortesía: por —me será lícito decirlo— unas cuantas invitaciones más; por una mirada de aquellos ojos insondables —¡Dios bendito!, pensar que usó gafas tanto tiempo y que aún los defendía a veces con una visera—, en los cuales, cuando se les mira en ciertas ocasiones, se puede bucear tan hondo, tan hondo, tan hondo, que desafío a cualquiera a penetrar hasta la mitad del misterio que encierran.
Cuando yo era muchacho tuve habitaciones en Beak Street y en Regent Street —claro que no he vivido en Beak Street, como no he vivido en Be1grave Square; pero estimo conveniente decirlo, y confío en que no habrá ningún caballero tan mal criado que se atreva a contradecirme…— viví, repito, en tiempo en Beak Street. Prior era el nombre de mi patrona. Esta señora había atravesado mejores épocas…; a muchas patronas les ha pasado lo mismo. Su marido…, no diremos el patrón, porque la señora Prior era la que gobernaba…, había sido en mejores tiempos capitán o teniente de la milicia; residió luego en Diss-Norfolk, sin oficio ni beneficio; estuvo después en Norwich Castle preso por deudas; más tarde fue escribano en Southampton Buildings —Londres—; luego teniente y pagador en los Cazadores del Bom Retiro, al servicio de su majestad la reina de Portugal; por fin, estuvo en Melina Place, St. Georg’s Field’s, etcétera. Omito la reseña circunstanciada de una existencia que ya ha trazado paso a paso un biógrafo legal y que más de una vez ha sido objeto de investigaciones judiciales, llevadas a efecto por ciertos comisarios de Lincoln’s Inn Field’s. Prior, por este tiempo, después de haber salido a flote de cien naufragios logrando encaramarse en una barquichuela salvadora, actuaba de escribiente en la casa de un comerciante de carbón de la ribera. «Ya comprenderá usted, señor —decía él—, que mi colocación es transitoria… La fortuna de la guerra, la fortuna de la guerra». Chapurraba no pocas lenguas extranjeras. Su persona exhalaba un fuerte olor a tabaco. Ciertos hombres barbudos de los que se dedican a hollar con sus cascos los alrededores de Regent Street solían llegar por la tarde a preguntar por «el capitán». Era conocido en todos los billares de las cercanías, donde, según mis noticias, se le respetaba muy poco. No podréis haceros cargo, por lo que aquí ha de hablarse del capitán Prior, de lo inaguantable que resultaban el tal sujeto y sus groseras baladronadas, ni será fácil que os representéis la molestia que ocasionaban las repetidísimas demandas de pequeños préstamos, cuya pérdida era cosa descontada, todo lo cual habéis de suponer que ha ocurrido antes de levantarse el telón para el presente drama. Sólo dos personas en el mundo creo yo que se sentían movidas por la compasión hacia él: su mujer, que aún conservaba el dulce recuerdo del guapo mozo que le ofreciera su amor y supiera conquistarla, y su hija Isabel, a la cual Prior, durante los dos últimos meses de su vida y hasta que le atacara la enfermedad que le llevó al sepulcro, había acompañado todas las tardes a lo que él llamaba «la academia». Estáis en lo cierto. Isabel es el personaje central de la historia. Cuando la conocí era una delicada y esbelta muchacha de quince años. Tenía el rostro sembrado de pecas, y era un tanto rojizo su cabello. Su vestido era bastante corto. Solía pedirme prestados algunos libros y tocar el piano del vecino del piso primero, cuyo nombre era Slumley, siempre que éste se hallaba fuera de casa. Slumley era director de La Moda, periódico que se publicaba por entonces; era además autor de muchos cantos populares y amigo de varios almacenistas de música. Y, gracias a la influencia de mister Slumley, fue Isabel admitida como discípula en lo que la familia daba en llamar «la academia».

William M. Thackeray

El viudo Lovel


Título original: Lovel The Widower

William M. Thackeray, 1860

Traducción: Manuel Ortega y Gasset

Ermita, Cenero

Cenero, mundo rural asturiano

10 octubre 2022

El Solitario de Beak Street

 El Solitario de Beak Street

¿Quién va a ser el protagonista de este cuento? Yo, que lo escribo, no, pues no paso de ser el coro de la obra. Me limito a observar la conducta de los personajes y a narrar su sencilla historia. Hay en ella amor y matrimonio, amargura y desconsuelo; la acción se desarrolla en la sala de confianza y debajo de ella; aunque, en el presente caso, la sala y la cocina tal vez se hallen al mismo nivel. No figuran personajes pertenecientes a la vida aristocrática, a menos que se considere aristócrata a la viuda de un baronet; lo cual no procede en términos generales, pues, si bien es verdad que algunas señoras de tal calidad ostentan justamente aquella condición, no es menos cierto que otras distan mucho de merecer semejante preeminencia. Puede decirse que en todo el curso del relato no aparece un solo traidor. Veréis, sí, una odiosa y egoísta vieja: ladrona audaz, beneficiaria abusiva de la complacencia de los demás, antigua moradora de las casas de huéspedes de Bath y Cheltenham —acerca de las cuales, ¿qué podré saber yo, que jamás he frecuentado las casas de huéspedes de Bath ni de Cheltenham?— vieja tramposa y sablista, tirana de la servidumbre y altiva con los desgraciados, a quien pudiera cuadrar el papel de traidor, no obstante considerarse a sí misma como la mujer más virtuosa nacida de madre. La protagonista no se halla exenta de faltas y máculas —grata noticia para algunas gentes, porque habéis de saber que las mujeres impecables de ciertos autores son bastante insípidas. Probablemente juzgaréis al personaje central algo pícaro. Pero ¿os merecen más elevado concepto muchos de vuestros respetables amigos?; y además, ¿saben los pícaros que son pícaros, o son más infelices por darse cuenta de ello? ¿Renuncian las muchachas a casarse con uno de estos hombres porque sea rico? ¿Rehusamos la invitación que alguno de ellos nos hace para comer en su casa? El último domingo oí en la iglesia a uno de estos señores; hizo gemir y llorar a lágrima viva a las mujeres; ¡oh, qué admirablemente predicaba! ¿No nos prosternamos ante su elocuencia y sabiduría en la Cámara de los Comunes? ¿No les encomendamos en la Armada misiones y cargos de la mayor importancia? Dígame si puede o no señalarme algún caballero de esta ralea que haya obtenido la dignidad de par. ¿Es que por su mujer de usted no llama por ventura a uno de estos señores cuando cae enfermo uno de los niños? ¿No nos deleitamos acaso con sus bellos poemas y con sus novelas? Desde luego; tal vez esta misma es leída y ha sido escrita por… Bueno. Quid rides? ¿Es que ya os dais a suponer que estoy reproduciendo el cuadro que contemplo en el espejo al afeitarme por las mañanas? Après. ¿Os figuráis que yo me figuro que no tengo defectos como cualquiera de mis vecinos? ¿Puede señalárseme alguna debilidad? Todos mis amigos saben perfectamente que existe un plato al cual no puedo resistir; no, imposible, a menos de que haya comido y repetido de él. De modo, querido señor o señora, que también ustedes tienen su debilidad, su manjar tentador —indudablemente, pues si ustedes no lo saben, sus amigos lo saben de sobra—. No, querido amigo; la suerte ha querido que ni usted ni yo seamos personas del más refinado intelecto, de gran fortuna, de rancio linaje, de virtud acrisolada ni de apostura y fisonomía intachables. Nosotros no somos héroes o ángeles ni moradores de antros vergonzosos ni alevosos criminales, ni traidores yagos, familiarizados con el puñal y el veneno… No nos empleamos en acibarar nuestras distracciones ni en destrozar nuestros juguetes, mezclar con arsénico nuestro pan cotidiano, entreverar mentiras en la conversación ni a desfigurar nuestra letra. No; nosotros no somos asesinos monstruosos, ni ángeles que se pasean por la tierra… Al menos, yo sé de uno que no lo es, como puede comprobarse cualquier día en casa, cuando el cuchillo corta mal o el cordero viene a la mesa crudo. Pero, en fin de cuentas, no somos brutales ni groseros, y no faltan gentes a quienes parecemos bien. Cierto que nuestra poesía no es tan hermosa como la de Alfredo Tennyson; pero aun acertamos a cincelar un dístico para el álbum de Fanny; nuestros chistes no serán de primera calidad, pero María y su madre ríen de buena gana cuando papá cuenta su historieta o suelta un chascarrillo. Todos tenemos nuestras flaquezas, mas no somos profesionales del crimen. Pues ni más ni menos que esto era mi amigo Lovel. Muy al contrario, cuando yo le conocí era el muchacho más inofensivo y amable que ha existido. Al presente, dada su nueva posición, tal vez se ha hecho distinguido —por cierto que ya no se me invita como antes a las más solemnes comidas, en las que apenas si se ve un diputado…; pero ¡alto!, no adelantemos los acontecimientos—. Por la época en que se inicia esta historia, Lovel tenía sus defectos…; pero ¿quién de nosotros se halla libre de ellos? Acababa de enterrar a su esposa, la cual siempre le había tenido en un puño, según era público y notorio. ¡Cuántos son los amigos y cofrades que sufrieron análoga suerte! Poseía una bonita fortuna, que yo para mí quisiera, au que no puede negarse que hay hombres diez veces más ricos. Era un muchacho bastante guapo; si bien esto, señoras mías, es muy opinable, pues depende de que os agraden los rubios o los morenos. Tenía una casa de campo en Putney. Por último, tenía sus negocios en la City, y siendo de condición afable y hospitalaria, y disponiendo de unas cuantas habitaciones de sobra, sus amigos eran cariñosamente recibidos en Shrublands, especialmente después de la muerte de la señora de Lovel, la que, si en los primeros tiempos de matrimonio se mostraba conmigo bastante complaciente, cambió de táctica y terminó por significarme su antipatía de un modo ostensible, mirándome por encima del hombro. Pero se trata de una articulación a la que nunca he sido aficionado, aunque bien sé que hay gentes que no se cansan de comer de ella una vez y otra, que se cuelgan de ella y que no consienten separarse de ella. Con esto quiero decir que en cuanto observé que la señora de Lovel empezaba a manifestarse aburrida de mi compañía, empecé yo a venderme caro, y fingía hallarme comprometido siempre que Federico me invitaba a Shrublands; aceptaba sus débiles explicaciones, sus comidas en garçon, en Greenwich, en el club y en otros lugares análogos, sin descubrirle el enojo que la indiferencia de su esposa me producía…; porque, después de todo, él me había demostrado su amistad en más de una ocasión crítica, nunca le abandonó su innata liberalidad en Hart o en Lovegrove, y siempre pedía el vino que a mí más me gustaba, sin retroceder ante su precio. Por lo que hacía a la señora de Lovel, puede asegurarse que jamás existió en ella y yo verdadero afecto; en ningún momento dejó de parecerme una gordinflona, linfática, y…, egoísta, presumida, insubstancial; y en cuanto a la suegra, que acostumbraba a permanecer en casa de Lovel todo el tiempo que su hija podía soportarla, ¿quién de los que conocieran a la anciana señora de Baker en Bath, en Cheltenham, en Brighton…, allí donde se reunieran viejas y chismosas cotorras, allí donde soplara el escándalo, allí donde se congregaran reputaciones averiadas, allí donde las viudas de sospechosa prosapia se atropellaban y peleaban mutuamente…; quién digo, de los que tal ambiente compartieran tenía un comentario piadoso para la desvergonzada estantigua? ¿Qué reunión no se disolvía a su llegada? ¿Cuál era el comerciante que no tuviera que arrepentirse de haber tratado con ella? Bien sabe Dios cuánto deseara yo hilvanar un cuento en el que apareciera una suegra buena. Pero ¡ah!, señora mía, en las novelas son aburridísimas las mujeres buenas. No era tal, ciertamente, la mujer de que hablamos. Y no sólo distaba de ser aburrida e insípida, sino que era lo más desabrida que podéis imaginar. Tenía una lengua soez y escandalosa, un cerebro desquiciado, orgullo y arrogancia desmedidos, un hijo extravagante y muy poco dinero. ¿Qué más puede decirse de una mujer? ¡Ah mi buena señora Baker! Yo era un mauvais sujet, ¿no es así? Yo pervertía a Federico, induciéndole a fumar, a beber y a otra porción de bajos hábitos de célibe, ¿verdad? Yo, su antiguo camarada, que algunas veces le había pedido dinero durante los veinte años anteriores, no resultaba un amigo conveniente para usted y su linda hija. ¡Claro! Yo devolví el dinero que se me prestara como un caballero; pero, y usted, ¿lo pagó alguna vez? Me gustaría saberlo. Cuando, al fin, la señora de Lovel tuvo el honor de figurar en la primera plana de The Times, Federico y yo solíamos frecuentar, como he dicho, Greenwich y Blackwall; entonces su bondadoso corazón tornaba ya libre a las dulces sensaciones de la amistad, entonces ya podíamos regalarnos con la otra botella de tinto, sin que al punto sobreviniera Bedford con el café, que, en vida de la señora Lovel, se nos enviaba indefectiblemente, antes de que llamásemos para que se nos trajese la segunda botella, aun cuando ella y la señora de Baker hubiesen bebido tres copas de la primera. Tres copas hasta el borde cada una, mi palabra de honor. Nada, señora, que en cierta ocasión se permitió usted insolentarse conmigo y ahora me tomo el desquite. Aunque usted, vieja cacatúa, se jacta de no leer novelas, no faltará algún buen amigo que le haga fijarse en ésta. Aquí me complazco en retratarla, ¿sabe usted? Aquí será usted expuesta a la consideración del público, lo cual me propongo hacer con otra señora y con otro caballero que me han ofendido. ¿Es que va uno a someterse al desprecio y a los vejámenes de los demás, sin usar del derecho a la revancha? Las amabilidades y atenciones se olvidan fácilmente; pero las injurias…, ¿quién que tenga concepto de su propia dignidad deja de conservarlas en su memoria?


William M. Thackeray

El viudo Lovel


Título original: Lovel The Widower

William M. Thackeray, 1860

Traducción: Manuel Ortega y Gasset

Capilla en Cenero

Cenero, mundo rural asturiano

09 octubre 2022

El sastre Sisí y el zapatero Nonó

 El sastre Sisí y el zapatero Nonó

En un pueblecito vivían una vez un sastre y un zapatero. Sus casas estaban una frente a la otra, en la mismo calle. El sastre era un hombre muy simpático, con un gran bigote negro. La gente le llamaba Sisí, porque siempre decía: «Sí, sí, ya lo creo».
En cambio, al zapatero le llamaban Nonó, porque cuando alguien iba a pedirle un favor replicaba siempre: «No, no, de ninguna manera». Era bajo y feo, y tenía la cara rodeada de una larga barba que se acariciaba muy satisfecho.
Los dos eran buenos amigos, a pesar de que el sastre siempre estaba contento y alegre y el zapatero no dejaba ni un momento de refunfuñar. Se pasaban el día entero trabajando a la puerta de sus casas. El sastre con su aguja y sus tijeras, silbando una alegre canción. El zapatero martillando las suelas de los zapatos. Cada martillazo era subrayado con una palabra fea. A cada clavo que clavaba en el cuero soltaba un juramento.
Un día estalló un gran incendio en el pueblo y fueron destruidas muchos casas, entre ellas la del sastre y la del zapatero. Por ello los dos decidieron partir de viaje e ir a ganar la vida a otro lugar. Hicieron un paquete con lo que les quedaba y las herramientas de su oficio y emprendieron la marcha. Atravesaron muchas ciudades y pueblos, repasando la ropa de la gente y remendando sus zapatos.
Una tarde, cansados y hambrientos, llegaron a una solitaria posada que se levantaba al borde de la carretera. Preguntaron al posadero si tenían algún trabajo para ellos. A cambio de hacerlo pedían sólo algo que comer y beber y un cuartito para dormir. El posadero aceptó el convenio y los dos amigos trabajaron sin parar durante todo el día. Cuando hubieron terminado, cada uno se retiró a su habitación y se dejó caer, exhausto, en la cama. Antes de dormirse el zapatero refunfuñó algo contra la miseria del mundo, donde tanto costaba ganarse la vida. Luego cerró los ojos y se quedó profundamente dormido. De pronto oyó un ruido y le pareció que alguien llamaba a la ventana. Se levantó enseguida para ver quién turbaba su reposo. En el alféizar vio a una gallina que, con el pico, daba unos golpecitos en los cristales.
—¿Qué diablos quieres, impertinente animal? —preguntó el zapatero tirándose de la barba—. ¿No puedes dejar descansar a la gente?
—Usted perdone, señor Zapatero —se excusó la gallina—. Tengo un huevo que está un poquito roto y no puedo empollarlo. Le suplico que le ponga un parche y le pagaré su trabajo.
—¡No, no, de ninguna manera! —replicó el zapatero, cerrando furioso la ventana.
El sastre también se había acostado, y antes de meterse en la cama tarareó una alegre canción. Igual que su compañero oyó él los golpecitos en el cristal. Corrió a la ventana y, al abrirlo, vio a la gallina.
—Por favor, señor Sastre —cacareó el ave. ¿Querría zurcirme un huevo para que pueda empollarlo?
—Sí, sí, desde luego —replicó Sisí, acariciándose el bigote.
Se vistió en un salto y sin perder momento enhebró la aguja.
—¿Dónde está el huevo? —preguntó.
La gallina buscó debajo de una de sus alas y sacó un huevo dorado que tenía una pequeña grieta.
—¡Qué hermoso! —exclamó el asombrado sastre—. ¡Qué lástima que esté roto! Enseguida lo arreglaremos.
Como era un sastre muy mañoso arregló en un momento la rotura, y lo hizo tan bien que apenas podía verse el zurcido.
La gallina batió alegremente las alas y dijo:
—Maestro, con todo mi corazón le doy las gracias. ¿Cuánto le debo?

Cenero, mundo rural asturiano

Cenero, mundo rural asturiano

08 octubre 2022

A Francisco de Salinas

A Francisco de Salinas

El aire se serena
y viste de hermosura y luz no usada,
Salinas, cuando suena
la música extremada,
por vuestra sabia mano gobernada.
A cuyo son divino,
el alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida,
de su origen primera esclarecida.
Y como se conoce,
en suerte y pensamiento se mejora;
el oro desconoce
que el vulgo vil adora,
la belleza caduca engañadora.
Traspasa el aire todo
hasta llegar a la más alta esfera,
y oye allí otro modo
de no perecedera
música, que es la fuente y la primera.
Ve cómo el gran Maestro,
a aquesta inmensa cítara aplicado,
con movimiento diestro
produce el son sagrado
con que este eterno templo es sustentado.
Y como está compuesta
de números concordes, luego envía
consonante respuesta,
y entre ambos a porfía
se mezcla una dulcísima harmonía.
Aquí la alma navega
por un mar de dulzura y, finalmente,
en él ansí se anega,
que ningún accidente
extraño y peregrino oye y siente.
¡Oh desmayo dichoso!,
¡oh muerte que das vida!, ¡oh dulce olvido!
¡Durase en tu reposo
sin ser restituido
jamás a aqueste bajo y vil sentido!
A este bien os llamo,
gloria del apolíneo sacro coro,
amigos a quien amo
sobre todo tesoro,
que todo lo visible es triste lloro.
¡Oh, suene de contino,
Salinas, vuestro son en mis oídos,
por quien al bien divino
despiertan los sentidos,
quedando a lo demás adormecidos!

Fray Luis de León
A Francisco de Salinas

 

 

Cenero, calabazas

Cenero, mundo rural asturiano

07 octubre 2022

El gallo de Portugal

 EL GALLO DE PORTUGAL

SIEMPRE le oí hablar a mi señor amo Merlín con mucho respeto de la antigua ciudad de Braga, de donde era nativo y en ella tenía rico aposento en un palacio de la rúa que llaman dos Confidentes, un gentil caballero portugués, de fina nobleza y muchos posibles, don Esmeraldino da Cámara Mello de Limia, vizconde de Ribeirinha. Fue este don Esmeraldino vizconde, por lo que de él oí contar a un su criado de librea y escopetero, el hombre más hermoso de Portugal en su tiempo, muy lucido de lunares y con una mirada tan triste en los grandes y negros ojos, que parecía, dicen, que cuando demoradamente os miraba era como si una niebla de oscuras caricias saliese, para envolveros, por entre la aleteante seda de las largas pestañas. Con sólo esta mirada despertaba grandes amores, pero todavía le ayudaba el que era pequeño y muy gracioso de maneras, convidador y en regalos de mérito la voluntad muy fácil; traía a Braga las modas de París, tanto de vestir y chalecos como de baile, tanto de peinar como de juegos, y aun ponía palabras de moda cuando de Francia venía, como sentimental, bombón, nenúfar, y la merde latiney le doré aux cochons, frases estas últimas para aludir a los clérigos y al arzobispo, respectivamente, y que muy vivas se me quedaron, quizá porque me animaban a ello los revuelos liberales de aquellos días insurrectos… Pero todas las delicadezas y atractivos que envasaba aquel cuerpo fidalgo sólo le servían a don Esmeraldino para contrarrestar el sexto mandamiento, en lo que estaba siempre activo y puntual, y para no perder la cuenta de las hazañas mandó clavar en la puerta de su palacio un hierro rizado, y colgó en él una tablilla de caoba en la que iba marcando los triunfos de Venus, haciendo él mismo con una navajita la señal de un aspa. Esto gustaba a los bracarenses, que en seguida se ponían a seguirle los pasos al vizconde, a discutir acerca de quién sería la dama caída, qué regalo le puso la zancadilla o si fue amor, y todos aseguraban oír serenatas secretas, y todo Braga se llenó de falsos testimonios fácilmente levantados, de doncellas deshonradas y de maridos cornudos cabalmente asentados en ellos, tal que mejor no lo hiciera escribano de número en papel sellado.

Estaba el vizconde de Ribeirinha muy feliz en su trato y boato, encumbrado por amoroso en todo Portugal, cuando vino a Braga una compañía italiana de ópera, y el mayor adorno que traía era una tal primadonna signorina Carla, rubia, desvestida y trinadora. Ya en la primera función se hizo presentar don Esmeraldino, quien tenía platea con repostero en el teatro, y aconteció que la cantante Carla era muy aficionada a las joyas. Don Esmeraldino puso a trabajar para él a todos los joyeros de Portugal, tal que signorina Carla pudo estrenar cada día un escaparate. La llevaba y traía el vizconde en su carroza, de la Fonda Suiza al teatro y del teatro a la fonda, y aun mandó forrar de verde el coche, que verdes eran los ojos de la Carla y verde su color favorito; hubo guitarradas bajo los balcones de la tiple, meriendas en los jardines del vizconde y otras muchas finezas y obsequios. Y Braga entera no dormía, yendo y viniendo a consultar la tabla de caoba, por si estaba en ella el aspa venérea ya labrada, y aún hoy se asegura, cuando este paso se cuenta, que iba a excuso el pincerna de la catedral a averiguar si tuviera buen fin la amorosa batalla, por pasarle aviso al canónigo penitenciario, quien estaba preparando un sermón de tabla contra el nuevo Tenorio. Y cantó por última vez la compañía italiana en el teatro de Braga la función que llaman El solicitante de amor y se facturó para Oporto, y acudió don Esmeraldino a despedir a la signorina Carla con besamanos y el regalo de un abanico envarillado de oro con amorcillos labrados, y estuvo el caballero en medio de la rúa diciéndole adiós con un pañuelo hasta que la diligencia dobló por el Atrio de la Canela. Seguido de sus amigos regresó lentamente y con alegre conversa don Esmeraldino a su palacio, se despidió de su séquito en la acera, y estaba media ciudad de Braga curiosa en la rúa dos Confidentes, y antes de subir a sus cámaras, el señor vizconde de Ribeirinha dándole el bastón a un criado, del bolsillo del chaleco verde, verde como los ojos de Carla cantora, sacó la navajita y grabó en la tabla de caoba un aspa más retorneada y grande que de costumbre. Y la concurrencia aplaudió como en el teatro.

Se corrió por todo Portugal la novedad, y era en toda parte alabada la cortesía lusitana de don Esmeraldino, quien esperó a que la Carla se fuese para propalar que había habido lo que el señor juez de Abadín llamaba retracto de colindantes.

Y reunido en sesión el Estamento Noble se acordó hacer homenaje a tanta cortés caballería, digna de tiempo más antiguo, y fue una diputación de Lisboa a Braga, presidida por un marqués que en Evora, entre andaluzas y portuguesas, tallaba casi lo que don Esmeraldino en Braga, y aunque la vieja señoría de Braga no quiso, por no alarmar, asistir al homenaje, estaban los populares de fiesta por rúas y plazas.

Y aconteció que don Esmeraldino obsequió a los pares con un refresco, y aplaudía el pueblo en la calle, y acordaron los titulados salir al balcón a agradecer los vivas, y don Esmeraldino estaba pálido con la emoción, y el marqués de Evora, pareciéndole que era justo ceder el paso ante el vizconde, quitándose la chistera de tres hebillas gritó:

—¡Por Braga dos veces primada! ¡Aquí está el gallo de Portugal!

Y en aquel mismo instante don Esmeraldino se puso rojo, azul, amarillo, rompió como cohete, y se convirtió en gallo: en un gallo muy hermoso y logrado de cresta y rabilargo, que voló de un balcón a otro y terminó posándose en el hierro donde, como anuncio de mesón inglés, colgaba la tabla en que estaban las aspas mil, de las amorosas lides índice completo. Pasmó el Estamento Noble, gritaron y corrieron los populares, se desmayaron las mujeres, un franciscano clamó que era justo castigo a tanta fantasía y tanto pecado, y un sobrino de don Esmeraldino tuvo arte para sujetar el gallo y enjaularlo. El penitenciario adelantó un mes el sermón para poner muy aparente el pago que aguarda a los fanáticos del libre fornicio, y puede decirse, me aseguraba el criado de librea y escopetero de don Esmeraldino, que Portugal quedó triste, escasearon las serenatas, y amustiáronse las mujeres. Baste decir que sólo en Braga tuvieron que cerrar dos perfumerías.

Puesto don Esmeraldino en una jaula muy pintada, vinieron médicos a verlo, el exorcista de Viseu también vino, y no hubo consulta que no se hiciese, y el único que pareció acertar en algo fue el sastre de Quintadinha, que es gran componedor de huesos, y que dispuso que para mantener al gallo vivo y alegre mientras se celebraban las opiniones, se pusiese a don Esmeraldino en una jaula más grande y se colgase en ella, como balancín, la tabla de caoba con las aspas. Tenía don Esmeraldino un primo jerónimo, en el severo convento que estos penitentes disfrutan en Lisboa, y era hombre de muchas lecturas, y foliando un tomo antiguo leyó en él que dos casos se tenían ya dados de verse ave quien fuera hombre, y que quedaba el remedio de la peregrinación a Santiago, donde era notorio que aquellos emplumados de antaño volvieron a la natural forma. Acordó la familia ofrecer don Esmeraldino al Apóstol, y así fue cómo un día aparecieron en Termar el señor jerónimo en su mula, el criado de librea y escopetero en un alazán muy nervioso, y en una litera la jaula, y aún venían, amén de los pajes de litera, dos criados de repuesto, y para dar testimonio de lo acontecido en la peregrinación, venía el don Fiscal Eclesiástico de Braga por escribano puesto: nunca vi hombre tan alto en mula tan pequeña, tal que mientras la cabalgaba podía jugar a la pelota con las piedras del camino.

Se reunió en Termar media compañía de bernardos de Meira y toda la de los caseros y criados por ver el gallo don Esmeraldino, que era una hermosura de cantaclaro, brillante y variopinto de pluma, las más de ellas de un dorado viejo soleado, rico en espolones, la cresta sanguínea de las cinco puntas levantadas, y el canto lo tenía fácil y continuo. Y del techo de la jaula colgaba, como columpio, la tabla de caoba con las aspas, y los más jóvenes de los monjes se pusieron a contarlas y el gallo las numeraba con ellos a quiquiriquí lanzado. Uno de los pajes se puso a mudarle el agua y a servirle un huevo rallado, y levantó la trampilla más de la cuenta, lo que el gallo aprovechó, y no se vieron flechas más súbitas ni en la batalla de Solferino, para salirse de los mimbres pintados, volar a la viga del comedor, saltar de ella al lomo de la mula de don Fiscal, y de la mula a buscar campo. Todos los presentes corríamos a la caza del gallo, levantando los monjes las sayas, un lego haciendo los cacareos de la gallina, el jerónimo rezando, don Fiscal dándose aire con el sombrero hongo, y los caseros, criados y yo, riendo la aventura y sorpresos de tanta novedad. El gallo tomó la vía de la abadía de Meira, voló las bardas del corral viejo, y cuando se dio con él, estaba entre las gallinas por galán, más soldanero que el turco de Constantinopla en su harem, y si fuera posible que un gallo tuviese navajilla en chaleco y supiese hacer aspas de Borgoña en tabla de caoba, estaría don Esmeraldino al trabajo, no se le escurriese de la memoria el número… Cazado el gallo, volvió a su jaula, y siguió la procesión del encanto a Compostela, y las noticias que se tuvieron en Meira y en Termar, fue que en Mellid le entró un catarro a don Esmeraldino y le salieron dos lobanillos como cebollas de Verín en el papo, dispensando, y se le puso fiebre sabatina, que lo consumió en una fonda en Santiago, donde dio el alma. Dicen los más que lo enterraron allí mismo, con la tabla de caoba por asiento. Y hay ahora en Meira y en la Azúmara una casta de gallinas doradas, muy ponedoras y también buenas para pepitoria, que dieron en llamar portuguesas, y son, a lo que parece, el fruto de la breve hora de don Esmeraldino en el corral viejo de la Siempre Ilustre Abadía de Santa María la Real de Meira. ¡Mucho le hubiese gustado a mi don Merlín encontrarse por maestro en este caso!


MERLÍN Y FAMILIA
Álvaro Cunqueiro

Cenero, camino rural

Cenero, mundo rural asturiano

06 octubre 2022

Al chico le resultó chocante unir los conceptos «muerte» y «placidez» en una misma frase, y quizá eso fue lo único que lo turbó en ese momento.

 Rintaro Natsuki era un estudiante de secundaria como cualquier otro.
Era más bien bajito, llevaba unas gafas bastante gruesas, tenía la tez clara y no hablaba demasiado. No era un muchacho atlético, no sobresalía en ninguna asignatura en particular y no le gustaba ningún deporte. En resumen, era un adolescente de lo más normal.
Sus padres se habían divorciado cuando era muy pequeño; después, su madre pasó a mejor vida aún joven, y cuando Rintaro comenzó la primaria su abuelo se hizo cargo de él. Desde entonces, siempre habían vivido juntos, los dos solos. Y si bien esa circunstancia peculiar debería haber hecho que se sintiera diferente, Rintaro la consideraba tan solo un aspecto más de su anodina existencia.
Pero la repentina muerte del abuelo, tan inesperada, complicaba un poco las cosas.
Una mañana de invierno especialmente fría, a Rintaro le extrañó no ver en la cocina a su abuelo, que solía levantarse temprano. Así que asomó la cabeza a la habitación de estilo tradicional, en penumbra, y lo encontró en el futón, ya sin respirar. Parecía una estatua durmiente, sin rastro alguno de sufrimiento, y el médico del barrio que acudió a la casa informó a Rintaro de que lo más probable era que el anciano hubiera fallecido a causa de un paro cardíaco súbito que no le había provocado sufrimiento alguno.
—Ha tenido una muerte plácida —dijo.
Al chico le resultó chocante unir los conceptos «muerte» y «placidez» en una misma frase, y quizá eso fue lo único que lo turbó en ese momento.
En realidad, el médico se hizo cargo de la difícil situación, tanto psicológica como práctica, en la que Rintaro se encontraba, y poco después apareció, como surgida de la nada, una parienta del chico, llegada de un lugar lejano, que dijo ser su tía. Resultó ser una mujer de buen carácter, y fue ella quien, con eficacia y diligencia, se ocupó de realizar todos los trámites, desde la obtención del certificado de defunción hasta la organización del funeral y el resto de las ceremonias.
Rintaro, que se mantenía al margen como si no acabara de asimilar la muerte de su abuelo, pensó que al menos debía mostrar un semblante triste. No obstante, la imagen de él angustiado derramando lágrimas delante de la fotografía del difunto le parecía artificial. Ridícula y falsa. Más aún, tenía claro que si el abuelo pudiera verlo esbozaría una sonrisa irónica desde el ataúd y le pediría que lo dejara estar.
Por eso Rintaro lo acompañó en silencio hasta el final.
Y, acabado el funeral, lo único que tenía delante, aparte de esa tía que lo miraba con cara de preocupación, era una tienda.
No era que el negocio acarreara deudas, pero tampoco podía decirse que fuera una herencia de valor.
Se trataba de una pequeña librería de viejo, llamada Natsuki, que estaba en un rincón apartado de la ciudad.

Sosuke Natsukawa
El gato que amaba los libros
2017
Traducción: Marta Morros Serret