08 septiembre 2022
07 septiembre 2022
A Trajano afeábasele su pasión al vino y a las mujeres
Modesto Lafuente
Historia General de España
06 septiembre 2022
El poder resucitar muertos
Porque, he aquí otro aspecto fundamental del libro: su inmortalidad. Seres difuntos, si se quiere, colocados en nichos y a quienes uno tiene la posibilidad de resucitar a su antojo. El escritor, en este caso, establece con sus libros una relación de cualidades necrófagas y divinas. Es como si mediante el ejercicio de la lectura se alimentara de cadáveres para, acto seguido o después, durante la escritura, engendrar o procrear personajes vivos prestos a perecer a su vez y así sucesivamente en un ciclo irreversible y probablemente necesario para este tipo de labor creadora. Ya el mero atrevimiento de, como lector, ceñirse a la palabra impresa es una forma de morir o cuando menos de recordar y acompañar a los muertos preferidos. Rito doblemente aceptado cuando el escritor construye un santuario (la biblioteca) donde venerar día y noche a sus difuntos más queridos o bien, tratándose de escritores menos piadosos, el inevitable cementerio en el que aquellos reposen su merecida paz. La disposición de este santuario dependerá como es lógico de la religión y práctica de la misma que cada autor profese y también, como es propio de religiones, del legado que haya recibido de sus antecesores, practicantes o no del rito, padeciendo el heredero una variedad de matices que van desde el rechazo más definitivo a tener libros y menos, biblioteca alguna, a la devoción más ferviente y obsesiva hacia ellos. Aquellos escritores, que los hay, con aversión a poseer material impreso, por pequeño que este sea, pertenecerían entonces a la categoría de los rebeldes, como, y de seguir con este juego comparativo, existen también los tibios, los beatos, los practicantes, los hipócritas y los santos. Los agnósticos, por su parte, prefieren obviar el cariz sagrado en su biblioteca y le otorgan la apariencia y color de cementerios rupestres o encalados.
Si en algo manifiestan su total acuerdo los escritores que
reconocen la fascinación del libro es en la vía que este proporciona hacia la
felicidad. El culto del autor por su biblioteca no tiene ni tendría que ver con
una devoción supersticiosa y fetichista. Allí aguarda en permanente vigilia la
compañía sabia, íntima y por tanto placentera. O insistiendo, como también lo
hace Sartre: «Yo había encontrado mi religión: nada me parecía más importante que
un libro. En la biblioteca veía un templo».
Nuria Amat
El ladrón de
libros
y otras bibliomanías
05 septiembre 2022
Un chiste de largo recorrido
LA RISA EN LA ANTIGUA ROMA
SOBRE CONTAR CHISTES, HACER COSQUILLAS Y REÍRSE A CARCAJADAS
Traducido del inglés por
Miguel Ángel Pérez Pérez
04 septiembre 2022
03 septiembre 2022
Al partir de Paumanok
Después de andar por muchas tierras, amante de populosas aceras,
O soldado en el campamento, llevando la mochila y el fusil, o minero en California,
O agreste en mi casa de los bosques de Dakota, mi comida la carne, mi bebida el agua del manantial,
O apartado para reflexionar y meditar en algún profundo retiro,
Consciente del Missouri que fluye, de su fresca y generosa corriente, consciente del poderoso Niágara,
Consciente de las manadas de búfalos que pacen en la llanura, del hirsuto toro de fuerte pecho,
De la tierra, rocas, flores de mayo conocidas, estrellas, lluvias, nieve, mi asombro,
Habiendo estudiado las notas del sinsonte y el vuelo del halcón de la montaña,
Y escuchado en el alba al incomparable, al tordo, entre los cedros de la ciénaga,
Solitario, cantando en el Oeste, anuncio un Mundo Nuevo.
Walt Whitman
Hojas de hierba
02 septiembre 2022
...la sombra de algunos pequeños misterios...
En el curso de este capítulo se habrá advertido la sombra de algunos pequeños misterios, a cuenta de los cuales, de ser yo aficionado a esta clase de artificios, podía fácilmente haber mantenido al lector intrigado por espacio de un mes:
1.
¿Por qué insiste la señora Prior en llamar
academia al teatro en que baila su hija?
2.
¿Cuáles eran las razones especiales que
movieron a la señora Lovel a mostrarse tan complaciente con su hijo y
entregarle ciento cincuenta libras no bien se las pidiera?
3.
¿Por qué estuvo a punto de destrozarse el
corazón de Federico Lovel?
Y
4.
¿Quién era el lenitivo de sus dolores?
Voy a contestar inmediatamente, sin el más
leve intento de dilación o circunloquio:
1.
La señora Prior, que había recibido dinero
en muchas ocasiones de su hermano, Juan Erasmo Sargent, rector de
Saint-Boniface, sabía perfectamente que si el rector, a quien había ella estado
atosigando toda la vida, se enteraba de que a su sobrina se la había mandado a
la escena, no habría de darles un chelín más.
2.
La razón de que Emma, la viuda de Adolfo
Loeffer, confitero de Whitechapel Road, hubiese acogido con tanta amabilidad a
su hijo Adolfo Federico Lovel, Esq. del colegio de Saint-Boniface de Oxbridge y
socio principal de la mencionada casa de Loeffel, casi un niño aún, consistía en
que ella, Emma, se hallaba a punto de contraer segundas nupcias con el
reverendo Samuel Bonnington.
3.
El corazón de Federico Lovel se conmovió
tan profundamente al enterarse de ello, que adoptó gestos y ademanes de Hamlet;
se vistió de negro; empezó a gastar melenas que llegaban hasta los ojos, y
presentó mil señales exteriores de pena y desesperación, hasta que…
Y
4.
Luisa —viuda de sir Popham
Baker, de Bakerstown Cº Kilkenny —baronet— indujo a mister Lovel
a emprender un viaje al Rin con ella y Cecilia, cuarta y única hija soltera del
difundo sir Popham Baker.
El concepto que yo formé de Cecilia ya lo
he consignado con toda candidez en una de las páginas anteriores. Ahora, me
ratifico en aquella opinión. No he de repetirla. Me desagrada el tema, como me
desagradaba en vida aquella mujer. No sabré decir lo que Federico encontrase en
ella digno de admirarse. No es poca suerte para todos nosotros la variedad de
gustos que reina en hombres y mujeres. A esta mujer no la veréis viva en esta
historia. Veréis, sí, su retrato pintado por el difunto mister Gandish.
Aparece en la pintura pulsando un arpa, con la cual acostumbraba a volverme
loco en fuerza de hacerme oír su Tara Halls y su Pobre
Mariana. Solía ella zaherir a Federico y manifestarse tan impolítica con
sus invitados, que, con objeto de apaciguarla, decíale a su marido. «Vamos,
querida mía, haznos un poco de música»; y en seguida quitábase los guantes y
empezaba con su Tara Halls, en el arpa, cuyas malditas cuerdas no
sabían ninguna otra música que martirizara cien veces mis oídos con el mismo
sonsonete. A poco sobrevino el período en el que, como he dicho, empezó a
mirárseme por encima del hombro; y como no me gustase aquel trato, dejé de ir a
Shrublands.
William M. Thackeray
El viudo Lovel




