31 marzo 2021

31 de Marzo

EN QUE SE DA NOTICIA DE LA MUERTE DEL REY

Agora sí que veo tan perdida mi causa como lo fue aquella armada invencible que mandaba el segundo Filipo a pelear contra Inglaterra.

En la madrugada de hoy, 31 de Marzo de 1621, ha tenido el triste fin que se esperaba la vida de S. M.

Con esto cambiaron próceres y magnates sus ascendencias y destinos, y mi pretensión quedará sin efecto, aunque bien pudiera el Señor disponer un milagro haciendo que en este revuelo viniera algún alma justiciera que no me dejara de la mano.

De poco han servido procesiones y rogativas por la salud del monarca, ni traer y llevar hasta Casarrubios el preciado cuerpo del glorioso San Isidro, que bien se ve que a Dios no convenía que se obrara prodigio alguno, que viendo en qué descuidadas manos estaba España, sin duda que pensó: «Mejor se está sin Rey.»

Y qué bien recelaba su augusto padre cuando, ya al borde del sepulcro y hecho una inmunda pestilencia, dijo viéndole tan mozo y tan débil:

—«Y como temo que me le han de gobernar…» que así ha sido.

Todo el tiempo que asentó en el trono no fué más que escarnio, juego y mofa de sus favoritos los duques de Lerma y de Uceda, y del ambicioso e intrigante P. Aliaga.

Por cierto que ahora cuéntanse cosas infamemente peregrinas del penúltimo, a quien pienso que Dios ha de acabar de mala muerte, por hijo desnaturalizado.

Su padre el Cardenal parece que había pensado en él para descansar de las trapacerías de su ministerio, y llevóle a palacio; pero el aprovechado vástago entróse de tal manera y tan presto en el ánima del monarca, que no tardó en desbancar al padre y hacelle la contra, y se dice que más de dos veces y en la misma regia cámara hubieron de sostener violentísimas escenas el padre y el hijo, en las que faltó poco para que dieran el monstruoso espectáculo de venir a las manos.

Al fin venció el de Uceda por entero en la voluntad del Rey, y salió desterrado para sus posesiones de Lerma el favorito en desgracia.

Diz que ayer noche, en un momento de lucidez, quiso el moribundo soberano reconciliarse con sus enemigos, para tener en ellos un montón más de rogativas por la bienaventuranza de su alma luego de que dejase este mundo pecador, y mandó que le llevasen una lista de todos cuantos padecían pena de destierro.

Hízose como mandaba, y el mismo Uceda escribió los nombres de todos, entre los que, por indicación del P. Aliaga, puso el de su progenitor.

Presentóles al Rey.

Este pidió una pluma, y conforme iba pasando los ojos por ellos, tachaba el renglón, dando así a entender que perdonaba al que fuese.

Pero he aquí que no había llegado a la mitad, cuando acometióle un desmayo y cayó de sus manos pluma y papel sin haber dado por finalizada la piadosa obra. Así es que los que estaban sin tachadura interpretóse falsamente que no habían merecido la gracia del monarca; el último nombre de todos era el del duque de Lerma.

Nunca creyera que pudiese haber en el mundo tan monstruosa enemiga con un padre, que aunque éste hiciere todo género de bellaquerías contra un hijo (caso que en esta ocasión dábase muy al contrario) jamás había de germinar la semilla del rencor en el pecho del ofendido, porque fuera (y así es en esta ocasión), como maldecir de su sangre y por ende no tenerse como bien nacido.

Diz que mañana trasladarán el cuerpo del Rey al panteón de El Escorial, y ya hoy han comenzado los preparativos, que no hay pie ni mano que sosiegue dentro del Alcázar.

Valiéndome de la amistad que hice con un secretario de sala, subí este mediodía a ver el cadáver y rogar a Dios porque le dé eterno descanso, aunque si tanto da en descansar allá en el cielo como acá en la tierra, no pienso que haya justo más reposado en toda la corte celestial.

Tiénenle puesto en la capilla, sobre un rico túmulo, al que bien pudiera aplicarse el magnífico soneto de Miguel de Cervantes.

Por la altura en que está no alcanza a verse el cuerpo; únicamente asoma un poco el perfil y las manos cruzadas sobre el pecho, en las que sustenta un primoroso crucifijo de antiguo marfil.

Todo el templo está cuajado de paños negros, y solamente alumbrado por los blandones que rodean el túmulo, los cuales están embutidos en maravillosos candelabros de plata labrada, de doce brazos cada uno.

Velan continuamente los monteros de Espinosa.

AA. VV.
La Voz de la Conseja Tomo II
Selección de las mejores novelas breves y cuentos de los más esclarecidos literatos
La Voz de la Conseja - 2

Emilio Carrere recibió el encargo de La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja de preparar una antología de cuentistas modernos de habla castellana.

Quiso dar acogida «no sólo a los cuentistas españoles, sino también a los hermanos en lengua cervantina de las Repúblicas latinas de América. Tan españoles son como nosotros por la lengua, que es el espíritu, razón más fuerte esta del idioma que la geográfica», presentando todas las orientaciones y todos los estilos, con la intención de hacer lectores y libreros amantes del libro.

La obra fue editada en tres tomos, el segundo de los cuales incluye las siguientes obras:
Olor de santidad (Cuento premiado por el Circulo de Bellas Artes), de Bernardo Morales San Martín.
Así murió el conde, de Diego San José. (El texto extraído de esta novelita)
El rabión, de Concha Espina.
La fría mano del misterio, de Wenceslao Fernández-Flórez.
Tremielga, de José Ortega Munilla.
Noche servia, de Vicente Blasco Ibáñez.
Pruebas de amor, de Felipe Trigo.
Los anteojos de color, de José Echegaray.
Vida nueva, de Serafín y Joaquín Álvarez Quintero.
El disfraz, de Álvaro Retana.
El rasgo de Pañizosa, de Gutiérrez Gamero.
Eucaristía, de Antonio de Hoyos y Vinent.
En la presente edición se han mantenido las normas ortográficas, gramaticales y tipográficas de la edición de 1918, a partir de la cual se ha realizado esta.


Calles de Gijón

Calles de Gijón

30 marzo 2021

30 de marzo

Poco a poco, fue saliendo a la luz la historia de Owsley. Aunque aparentaba menos, tenía treinta años, y un nombre en verdad sonoro: Augustus Owsley Stanley III. Su abuelo era senador de los Estados Unidos por Kentucky. Owsley, al parecer, había tenido problemas en su adolescencia; había ido de colegio en colegio hasta cursar secundaria en un instituto público, que abandonó después; consiguió, sin embargo, gracias a su talento para las ciencias, entrar en la Escuela de Ingenieros de la Universidad de Virginia, pero lo dejó también, y acabó ingresando en la Universidad de California, en Berkeley, donde conoció a una guapa y hip estudiante de últimos años de Químicas llamada Melissa. Y abandonaron juntos la universidad y Owsley instaló su primer laboratorio de ácido en el número 1647 de Virginia Street, en Berkeley. El negocio fue viento en popa hasta la redada policial del 21 de febrero de 1965. Se libró de la cárcel, sin embargo, porque en California no existió ninguna ley que prohibiera la elaboración, ingestión o tenencia de LSD hasta octubre de 1966. Trasladó el negocio a Los Ángeles, al 2205 de Lafler Road, bautizó su empresa con el nombre de Baer Research Group y pagó 20.000 dólares en billetes de 100 a la Cycle Chemical Corporation por 500 gramos de ácido lisérgico monohidrato —elemento base del LSD—, que convertiría en un millón y medio de dosis de LSD a un precio al por mayor de entre uno y dos dólares la dosis. Y compró otros 300 gramos a la International Chemical and Nuclear Corporation. Su primer gran pedido llegó el 30 de marzo de 1965.

Tenía talento, el tal Owsley. Andando el tiempo produciría varios millones de dosis de LSD, en cápsulas y comprimidos. Grababa en ellos caprichosos distintivos que daban cuenta de su «fuerza». El más famoso entre los adictos era el Owsley blues, con la figura de Batman como emblema, que te «metía» 500 microgramos de superhéroe en el cerebro. Los adictos al ácido hablaban de los Owsley blues como viejos borrachos que hablaran de aquel célebre whisky —cuyo envejecimiento garantizaba el gobierno— producido antaño en la tierra natal de Owsley: el bourbon de Fairfax County, Virginia. Owsley fabricaba un ácido magnífico, decían los adictos. En el plano personal, no era un tipo que cayera precisamente simpático a los clientes o a los polis. Era… arrogante; era un sabihondo. Pero aquel pequeño y arrogante sabihondo hacía el ácido como es debido. De hecho el ácido de Owsley se hizo internacionalmente famoso. Cuando la ola del ácido llegó al Reino Unido, a finales de 1966 y principios de 1967, el guiño más hip que uno podía emplear en los medios «entendidos» era decir que tenía «ácido de Owsley». En el mundo del ácido, era el certificado de la bondad del producto, la garantía. Y confería un toque de distinción. Fue en estos medios adictos donde los… Beatles tomaron LSD por vez primera. Pero adelantémonos un poco en la historia: tiempo después de enrolarse con Kesey y los Bromistas, Owsley fundó un grupo musical llamado Grateful Dead. De la experiencia de los Grateful Dead con los Bromistas nacería el sonido conocido como acid-rock. Y sería éste el sonido elegido por los Beatles, tras su iniciación al ácido, para una famosa serie de álbumes que incluiría Revolver, Rubber soul y Sergeant Pepper’s Lonely Heart’s Club Band. A principios de 1967 los Beatles tuvieron una idea fabulosa. Se hicieron con un enorme autobús escolar y lo llenaron con treinta y nueve amigos y se lanzaron a recorrer la campiña inglesa, colgados hasta las cachas… Iban a… hacer una película. No una película cualquiera sino una película totalmente espontánea, con cámaras de mano, filmando las cosas como y cuando acontecían, ¡de forma absolutamente improvisada! Divirtiéndose, desvariando, volando en el instante, en un caos visionario… ¡Un verdadero ensueño! ¡Arte negro! ¡El caos! Acabaron con kilómetros y kilómetros de película, una monstruosidad, un embrollo del demonio, todo «movido» y desenfocado… ¡Feliz cuelgue! Película que ellos consideraron una total ruptura en el ámbito expresivo, al tiempo que un alarde comercial —emitido incluso por la televisión británica— que podría apreciarse también fuera del mundo esotérico de los adictos al ácido…

Tom Wolfe
Ponche de ácido lisérgico

Este es el mito fundacional de los hippies, la historia de Ken Kesey y los Alegres Bromistas.

Estamos en los años sesenta y Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, ha reunido a su alrededor a los «bromistas», una desmadrada corte de jóvenes radicales embarcados en novísimos proyectos de vida. Recorren los Estados Unidos de costa a costa en un autobús que conduce Neal Cassady (el mítico Moriarty de En el camino, de Kerouac, amado por Allen Ginsberg y por algunos de los mejores espíritus de su generación), y celebran la vida, el éxtasis orgiástico, las drogas que abren las puertas de la percepción. Y tienen a las fuerzas del orden y al F.B.I. en los talones… La utilización de monólogos interiores, diálogos y múltiples puntos de vista, recursos todos ellos provenientes de la literatura de ficción, combinados con técnicas propias del periodismo, como la investigación exhaustiva, las entrevistas minuciosas, el gusto por «la exclusiva» y un ojo agudísimo para el detalle revelador, dan como resultado este espléndido Ponche de ácido lisérgico. Calificada por los críticos de obra maestra de la «novela de no ficción», es la mejor crónica que se ha escrito jamás sobre el épico viaje de Ken Kesey y sus compañeros, verdadero «núcleo duro» del movimiento hippie, y une al interés de una historia fascinante, contada con escrupulosa fidelidad, la seducción de una atmósfera y unos personajes reales dignos de las mejores ficciones de Updike o de Bellow.

Calles de Gijón

Calles de Gijón

29 marzo 2021

29 de marzo de 1815

Existe una escuela liberal, muy respetable, que no odia Waterloo. Nosotros no pertenecemos a ella. Para nosotros, Waterloo no es más que la fecha estupefacta de la libertad. Que tal águila haya salido de tal huevo, esto es ciertamente lo inesperado.

Waterloo, si se lo considera desde el punto de vista culminante de la cuestión, es intencionalmente una victoria contrarrevolucionaria. Es Europa contra Francia, es Petersburgo, Berlín y Viena contra París, es el statu quo contra la iniciativa, es el 14 de julio de 1789 atacado a través del 29 de marzo de 1815, es el zafarrancho de las monarquías contra el indomable motín francés. Apagar de una vez el volcán de este vasto pueblo, en erupción desde hace veintisiete años, tal era el sueño. Solidaridad de los Brunswick, de los Nassau, de los Romanoff, de los Hohenzollern, de los Habsburgo, con los Borbones. Waterloo lleva a la grupa el derecho divino. Es cierto que, habiendo sido despótico el Imperio, la realeza, por la reacción natural de las cosas, había de ser forzosamente liberal y que un orden constitucional, aunque forzoso, ha surgido de Waterloo, con gran pesar de los vencedores. Es que la revolución no puede ser verdaderamente vencida, y por ser providencial y absolutamente fatal, vuelve a aparecer siempre, antes de Waterloo, con Bonaparte, que derriba los tronos decrépitos, después de Waterloo, con Luis XVIII, que otorga y sufre a un mismo tiempo la Carta constitucional. Bonaparte pone un postillón en el trono de Nápoles, y un sargento en el trono de Suecia, empleando la desigualdad para mostrar la igualdad; Luis XVIII, en Saint-Ouen, rubrica la declaración de los derechos del hombre. ¿Queremos explicarnos lo que es la revolución? Llamémosla Progreso; y ¿queremos explicarnos lo que es el progreso? Llamémoslo Mañana. Mañana ejecuta su tarea irresistiblemente, y la ejecuta desde hoy. Llega siempre a su fin, de un modo extraordinario. Se vale de Wellington para hacer de Foy un orador, él que no era más que un soldado. Foy cae en Hougomont y se levanta en la tribuna. Así procede el progreso. No hay herramienta mala para este obrero. Ajusta a su trabajo divino, sin desconcertarse, al hombre que ha atravesado los Alpes, y al enfermo y vacilante anciano del tío Elisée. Se sirve del gotoso lo mismo que del conquistador; del conquistador exteriormente, del gotoso interiormente. Waterloo, al cortar radicalmente la demolición de los tronos europeos con la espada, no tiene otro efecto sino continuar por otro lado la obra revolucionaria. Concluyeron los militaristas y les llegó el turno a los pensadores. El siglo que Waterloo quería detener marchó por encima y prosiguió su camino. Esta victoria siniestra ha sido vencida por la libertad.

Victor Hugo
Los miserables
Tomo II - Cosette

Los miserables, una de las obras más célebres del siglo XIX, narra las vidas y las relaciones de una multitud de personajes durante un periodo de veinte años, mientras reflexiona sobre la naturaleza del bien y el mal, la historia de Francia, la arquitectura de París, la política, la ley, la ética, la justicia, la religión, las clases sociales y la naturaleza del amor romántico y familiar. Novela de luces y tinieblas, de caídas y revueltas, Los miserables posee la modernidad de las grandes obras de la literatura universal y es considerada como una defensa de los oprimidos en cualquier tiempo y lugar.

Esta segunda parte, aparecida por primera vez el 15 de mayo de 1862, se abre con la épica recreación de la batalla de Waterloo. Posteriormente, veremos a Cosette rescatada de las garras de la pareja Thénardier, así como los esfuerzos de Jean Valjean por eludir el acoso del policía Javert, que los llevarán a refugiarse donde menos se espera…

Asociación de dueños de vespas, vespinos y similares

Asociación de dueños de vespas, vespinos y similares

28 marzo 2021

28 de marzo

Madrid, 28 de marzo de 1939

Con la alegría de la luz del día, muchos de los que se habían refugiado durante años en la embajada salían, por fin, libres. Las tropas de Franco estaban tomando la ciudad. Allí se habían escondido Rafael Sánchez Mazas, Víctor de la Serna, Jose María Alfaro o hasta José Calvo Sotelo.

Cae el sol en el horizonte.

Al abrigo de la noche son otros los que entran ahora en la embajada del número 26 del paseo del Prado arropados por las sombras de la clandestinidad recién renacida. Antonio y Santiago estaban en el grupo de diecisiete republicanos perseguidos por el nuevo régimen. Escritores, artistas, abogados, médicos.

Pasan los meses.

Marzo, abril, mayo, junio, julio, agosto, septiembre…

Un cometa resplandeciente cruzó el cielo madrileño. Lo vieron desde las ventanas de la embajada.

Octubre.

—¿Recuerdas el aerolito que vimos? —pregunta Santiago.

—Sí —responde Antonio.

Hablan con frases cortas, con monosílabos. Viven en silencios largos, polisílabos. La derrota los engulle por dentro. La angustia los hunde desde fuera.

—Estas paredes nos asfixian —continuó Santiago—. Aquel aerolito que vimos hace unas noches era libre. Nosotros no.

—No —certificó Antonio.

—Tenemos que hacer algo para no embrutecernos —insistió Santiago. Él era artista y su interlocutor, escritor, pero Antonio ya no hablaba sino en versos que escribía recordando la eterna derrota, la sangre vertida, el sufrimiento de todos.

—¿Y si hiciéramos un periódico? —preguntó Santiago y, ante la mirada confusa de su amigo, añadió una explicación—: Para no embrutecernos, como te decía, para no volvernos locos.

Antonio asintió.

Lo llamaron El cometa en recuerdo a aquel aerolito libre que vieron surcando el cielo del Madrid de 1939.

Pero aquello no fue bastante.

Santiago Posteguillo
El séptimo círculo del infierno
Escritores malditos, escritoras olvidadas

El KGB, el régimen nazi, la Inquisición, las guerras, el FBI, el gobierno chino, el hambre, la pérdida de un ser querido, la enfermedad, el exilio, la censura… Muchos son, en efecto, los infiernos de la literatura a los que se han tenido que enfrentar escritores y escritoras de todos los tiempos.

¿Cuál es el séptimo círculo de este universo infernal? Para Kipling su infierno fue la muerte de su hija Josephine, y de ese infierno surgió una obra tan vital y esperanzadora como El libro de la selva. Para Imre Kertész su infierno fue ser víctima del holocausto, pero también del desprecio por parte de los suyos. Y de ahí salió Sin destino. Carson McCullers, la gran olvidada, la mejor autora estadounidense del siglo XX, menospreciada por ser mujer.

Con la elegancia y el tino literario de las obras que homenajea, de los autores y autoras que reivindica, navegando entre viajes, anécdotas, episodios y experiencias propias, Santiago Posteguillo consigue contagiarnos su amor por los libros y en especial por los autores cuyo genio y talento hizo que del infierno salieran con obras que aún hoy nos elevan a los altares.

Bajo la lluvia

bajo la lluvia

27 marzo 2021

27 de marzo

A principios de 1378 dio comienzo una conferencia de paz en Sarzana. El Papa se hizo representar por tres cardenales franceses; Florencia había mandado cinco embajadores. Venecia, Francia y Nápoles también habían mandado delegados; pero Bernabo Visconti acudió personalmente. Y antes que la conferencia pudiese arreglar nada llegó la noticia de que el Papa Gregorio había fallecido repentinamente el 27 de marzo. La conferencia se interrumpió sin que, al parecer, se hubiera avanzado nada en el camino de la paz.

Cuenta una crónica florentina que la noche del 27 de marzo los centinelas de la Porta San Frediano oyeron llamar a la puerta al tiempo que una voz gritaba: «¡Abrid inmediatamente al que trae paz!». Pero cuando abrieron las puertas y miraron no vieron a nadie. Sin embargo, la noticia se extendió por la ciudad: «Ha venido el ramo de olivo; se ha hecho la paz». Algunos creyeron que el invisible mensajero era un ángel de Dios; otros, que era el alma del Papa fallecido, arrepentida de su dureza contra los florentinos. No tardaría mucho en saber toda la Cristiandad que la muerte del Papa no había traído la paz al mundo cansado de guerra. Todo lo contrario…

El 8 de abril los cardenales eligieron Papa al arzobispo de Bari, Bartolommeo Prignani. El nuevo Pontífice tomó el nombre de Urbano, sexto de este nombre. Catalina lo había conocido en Aviñón siendo todavía arzobispo de Acerenza. En la corte de Aviñón, donde florecían libremente los vicios mundanos, la codicia, la soberbia, los placeres y la mentira, el viejo napolitano se había mostrado como una columna de piedad sólida. Ya era viejo; había nacido en 1318. Como vicecanciller papal había demostrado también que era un trabajador incansable y un magnífico administrador. De él podía esperar Catalina que intentara extirpar con mano férrea todas las malas hierbas que ahogaban a la Iglesia de Cristo en la tierra y llevar a cabo las reformas que tanto urgían. Pero quizá ahora tuviese ella sus dudas acerca de si él también sabría mostrarse conciliador allí donde fuese necesario. El prior de la cartuja de Gargona le escribió a Catalina: «Se dice que el nuevo Santo Padre es un hombre terrible, que asusta a la gente con sus palabras y sus obras. Parece tener confianza absoluta en Dios, y por eso no teme a ningún hombre, y cosa de todos es sabida que lucha por extirpar la simonía y el amor a la buena vida que ha regido en la Iglesia de Dios». Respecto a las perspectivas de paz, escribe el prior que el Santo Padre dice a todo el mundo que él desea la paz, pero tiene que ser una paz honrosa para la Iglesia. Él no pide dinero; pero si los florentinos quieren tener paz, tienen que ser absolutamente sinceros, sin mentiras. Es decir, para el nuevo Papa se trataba de valores espirituales, no temporales: lo que Catalina había pedido a su antecesor que tuviese presente. Urbano VI jamás se mostró codicioso de ganancias temporales. Pero respecto a los valores espirituales no opinaba exactamente igual que Catalina. Él exigió a los florentinos que se declarasen culpables y se humillasen hasta donde él quería.

Catalina seguía en Florencia. Había decidido no abandonar la ciudad hasta que se firmase la paz. Pero el partido güelfo, que estaba en el poder, seguía persiguiendo a sus enemigos públicos y privados. En vano Salvestro de Medici, que era uno de los jefes de los güelfos y gonfaloniere della Giustizia —abanderado de la justicia—, suplicó a sus compañeros de Gobierno que empleasen el poder con moderación y que se abstuviesen de arbitrariedades e injusticias. Todas las ilegalidades de que se hicieron reos todos los demás miembros del consejo llegaron a hacerse intolerables, y el 22 de julio se citó a la rebelión a sus paisanos. Los gremios empuñaron sus armas y tremolaron sus banderas, recibiendo la adhesión de la plebe enfurecida. Era la guerra civil.

Sigrid Undset
Santa Catalina de Siena

Biografía de Catalina de Siena, una de las tres doctoras que tiene la iglesia católica romana y personaje especialmente controvertido. A partir de datos aportados por otros biógrafos de Catalina, incluido los del algún coetáneo de ella, la premio Nobel de 1928 narra la vida de esta santa, desde su más tierna infancia hasta el momento de su muerte, con poco más de 30 años. Además introduce una serie de comentarios, no sólo sobre el personaje, sino sobre la época de la autora, que dan más interés a la obra pues nos permiten conocer el pensamiento de Sigrid Undset.

Undset escribe, más que una biografía, un panegírico de Catalina de Siena. La toma como ejemplo de actitud ante la vida y, a través de ella, nos va dando a conocer, de manera más o menos indirecta, su propia posición y las respuestas a ciertos problemas sociales. Hay que recordar que eran momentos en los que el socialismo y el liberalismo estaban disputándose la supremacía política.



Bajo la lluvia

 bajo la lluvia

26 marzo 2021

26 de marzo

«La señora de Henry Burrage lo espera en su casa el miércoles por la noche, 26 de marzo, a las nueve y media.» Gracias al hecho de tener una tarjeta con estas palabras escritas, Basil Ransom pudo presentarse la noche indicada en casa de una señora de la que nunca antes había oído hablar. La relación entre efecto y causa no será completa, sin embargo, mientras se omita que la tarjeta tenía escritas en la esquina inferior izquierda las palabras «Hablará Verena Tarrant». Ransom tenía la impresión (debido al aspecto y aun a la fragancia de la tarjeta impresa) de que la señora Burrage era un miembro de la alta sociedad y fue muy grande su sorpresa al verse introducido en aquel ambiente. Se preguntó qué era lo que podía haber inducido a una señora de tal categoría a enviarle aquella invitación; luego se dijo que indudablemente había sido la misma Verena quien se lo había sugerido. Fuera quien fuese la señora Burrage, seguramente le habría preguntado si deseaba que algunos de sus amigos estuvieran presentes y ella habría asentido y lo habría incluido en el grupo selecto. Ella habría podido darle a la señora Burrage su dirección pues él había escrito una breve carta a Monadnoc Place tan pronto como regresó de Boston, en la que nuevamente le agradecía a la señorita Tarrant las horas encantadoras que había pasado en Cambridge. Ella no había respondido a su carta, pero la tarjeta de la señora Burrage era una respuesta excelente. Semejante misiva exigía una respuesta, y como respuesta subió al tranvía que en la noche del 26 de marzo lo depositaría en la esquina siguiente a la residencia de la señora Burrage. Casi nunca asistía a reuniones nocturnas (se podía decir que no conocía a nadie que las organizara, aunque la señora Luna había tratado de introducirlo en sociedad), y tenía la seguridad de que en esta ocasión se trataba de una reunión que no tenía nada en común con los «ejercicios» nocturnos celebrados en casa de la señorita Birdseye; pero él hubiera tolerado de buena gana cualquier inconveniencia social con tal de poder ver a Verena Tarrant en una tribuna. Se trataba de una tribuna evidentemente privada y no pública, ya que la admisión se obtenía por invitación y no por la compra de un billete. Él llevaba en el bolsillo la suya, dispuesto a presentarla en la puerta. Me llevaría algún tiempo explicarle al lector la contradicción; pero el deseo de Basil Ransom de estar presente en una de las actuaciones regulares de Verena no disminuía por el hecho de detestar sus puntos de vista y considerar todo el asunto como una indudable perversión. Ahora la comprendía muy bien (desde el día de su visita a Cambridge); había visto que era una muchacha honesta y sencilla. Corría por sus venas una sangre extraña, mala, de conferenciante, y tenía una idea falsamente cómica sobre la capacidad de las jóvenes para dirigir movimientos; pero su entusiasmo era de la más pura especie, sus ilusiones tenían una fragancia, y en cuanto a la manía de exhibirse a sí misma, le había sido inoculada por personas que se aprovechaban de ella para alcanzar fines que a Basil Ransom solo le parecían demenciales. Era una víctima ingenua y conmovedora, ignorante de las fuerzas perniciosas que la arrastraban a la ruina. Y con esta idea de ruina se asociaba en la mente del joven, aunque de una manera bastante oscura e incompleta, la de rescate. Estaba convencido de que el encanto de la muchacha era un don natural, y sus falacias, sus cosas absurdas, un mero reflejo de circunstancias infortunadas, que lo llevaba a tener que dominarse para poder observarla en aquella situación en la que menos le gustaba imaginarla. Tal contemplación le bastaba para saber que Verena era una persona a quien podía concederle un crédito en blanco de tierna compasión. Él esperaba sufrir… sufrir deliciosamente.

Henry James
Las Bostonianas,

Aparecida en 1886, Las bostonianas es uno de los títulos capitales de la obra de Henry James, que, con extraordinaria precisión y sutileza de matices, dibuja el juego de relaciones entre dos singulares psicologías femeninas en el marco de los movimientos sufragistas del Boston del último cuarto del siglo XIX.