26 diciembre 2025

De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón

Zumo de manzana

No he leído la novela de Dan MacCall, publicada recientemente en Grasset, en París, traducida del inglés al francés, pero la he visto anunciada en varios periódicos y revistas. Parece ser que se trata de la primera novela de un norteamericano de treinta y cuatro años, y que en ella cuenta una infancia vivida en California. La novela será buena, regular o mala, pero el título nos sorprende y atrae, con su anuncio de una terapéutica sentimental. Todos sabemos la importancia de la manzana en la historia de la humanidad, y hemos visto en la pintura y en la escultura el momento en que Eva le ofrece un bocado de manzana a Adán en el Paraíso. Los especialistas en la materia sostienen, ahora, que no podía ser manzana, que seguramente fue fruta de hueso, un pejigo o una ciruela, pero solamente ellos tienen la preocupación de destruir la leyenda de la manzana. Un poeta de Francia —creo que recordando su Normandía natal; no estoy seguro— dijo una vez que todo el aroma de su país cabía en una manzana. Lo que es indiscutible. Yo me curo más de una vez la inquietud con manzanas, no comiéndolas sino oliéndolas. Me levanto de la cama en la que no logro prender el sueño —bella frase esta de «prender el sueño»— y me siento en un sillón, en el cuarto de estar, donde tengo una docena de manzanas en el suelo, tabardillas, reinetas, romanas, camoesas, y a los pocos minutos de estar allí me llega lento y suave aroma, que es el mismo de la casa natal en mis días de infancia, y me va sosegando, y me vienen a la memoria días pasados que fueron alegres, y con la evocación de ellos un tranquilo sueño. Memorias tengo que solamente me las aviva el aroma de las manzanas. Pero todavía no les he dicho el título de la novela de Dan MacGall. La novela se titula De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón. Sin haber leído la novela, ya acepto la tesis, ya reconozco la importancia del zumo de manzana en la curación de un corazón herido y dolorido, ya me dispongo a recomendarlo a aquéllos a quienes suponga amores tempestuosos, o tan amantes, que amor propiamente los hiere. Recuerdo una cantiga medieval gallega que dice que «allá va mi amigo / con el amor que le tengo / como ciervo herido / por montero del rey».

Alá vai o meu amigo

co amor que lle eu hei,

como cervo ferido

por monteiro del Rei!

El único problema que me plantea la novela del norteamericano, y el tratamiento con zumo de manzana en las heridas del corazón, es si el tal zumo es zumo envasado en lata, pasteurizado, higienizado o lo que sea, e inodoro, y no zumo obtenido en casa, fresco y aromático, tras haber elegido las manzanas, las coloreadas manzanas, con las manos mismas de las caricias. Quede dicho para siempre que el corazón no admite ersatzs.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

Paisaje con helechos

Paisaje con helechos

24 diciembre 2025

Los magos de Oriente

Los magos de Oriente

Una querida amiga mía, excelente escritora, consultándome un artículo sobre los Magos de Oriente que, según Lucas, acudieron a Belén de Judá a adorar al Niño, quedó ligeramente contrariada porque le negué que el negro fuese una invención española, y por ende una prueba de nuestro antirracismo. Lo del mago o rey negro, y que los magos o reyes sean solamente tres, son cosa del pseudo-Beda, que nos dice que, de los orientales, uno era fuscus, hosco, negro. Lo de ser tres los magos o reyes, vendrá de los tres dones, oro, incienso y mirra. Algunas tradiciones coptas hablan de doce magos, y parece que un texto de San Juan Damasceno haya de interpretarse como que eran sesenta.

Cuando en estos días navideños paso por Compostela, voy siempre a San Fiz Solovio, una de las más antiguas iglesias de la ciudad, a ver la adoración de su pórtico románico. Yo la creo quizá la más antigua de Galicia, y me digo que la primera vez que los gallegos vimos a los magos de Oriente fue en este bello arco románico. Son tres, uno fuscus como quería el pseudo-Beda. Yo me detengo ante San Fiz con un gran pan de centeno bajo el brazo —el mercado compostelano linda con la iglesia—, y me gustaría ofrecer un codo a aquella misteriosa compañía, todavía vestida de los azules y rojos de la coloración medieval. Pero están a lo suyo y no me atienden.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

Camino hacia Belén

Camino hacia Belén

23 diciembre 2025

Melchor

Melchor

Se nos ha enseñado que los magos de Oriente —hechos reyes muy tarde, tarde fijado su número de tres, tarde recibiendo nombre y decidiéndose que uno fuscus, hosco, negro, en el pseudo-Beda—, tras la Epifanía se fueron a sus países. Pero la cosa no está tan clara, o se complica, cuando las Cruzadas. Porque ustedes saben que entre los caballeros, los barones amigos del Señor, que fueron a Ultramar al rescate del Santo Sepulcro, iba uno de los Baux de Provenza, el cual, cabalgando por las fronteras de Siria, hacia las fuentes del Jordán o por los altos de Golán, conoció nada menos que a una sobrina tataranieta de Melchor —al que ya habían hecho rey—, y que sería una morenita menudita y graciosa, con la cual se casó. Y la trajo a Provenza, «mi naranjal cercado» que dijo Mistral. Y en sus armas de poner, pintar y llevar, borraron y pusieron, en azul, de oro la estrella que guió los magos a Belén. Que allí sigue. Por eso en Les Baux hacen tan gran fiesta de la Epifanía. Y de dos cosas una: o Melchor se quedó por allí, por el Jordán, y fundó casa, o la niña venía del reino secreto a Jerusalén, guiada por una historia que se contaba en su torre. Yo me atengo a lo primero, porque, como es sabido también, por ese tiempo fueron hallados los huesos de los tres magos, y tras varias peripecias, llevados a la catedral germana de Colonia, donde aún están. Yo conocí en Vigo a un antiguo empleado de la Hamburguesa, que siempre me hablaba de los grandes banquetes del transatlántico Cap Polonio, y de su abuelo, a quien su madre había llevado, niño, a la catedral de Colonia una víspera de Reyes, y lo había acercado al sepulcro de los magos —otras madres hacían lo mismo con sus hijitos—, para que escuchase campanillas, voces orientales, y el trotar por una costanilla empedrada, la que se adentraba por muros de Belén hasta el mercado, los caballos de Melchor, Gaspar y Baltasar.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado