08 marzo 2021

8 de marzo

8 de marzo de 1938. Por la noche, en el refectorio, podíamos hablar libremente. A pesar de que sólo éramos ciento cincuenta, el ruido crecía progresivamente y proprio motu según una ley constante, puesto que cada cual se veía obligado a alzar cada vez más la voz para hacerse oír. Cuando el estruendo había alcanzado su cenit, formaba una especie de edificio sonoro, que llenaba con toda exactitud la gran habitación y que un vigilante destruía con un único toque de silbato. El silencio que seguía tenía algo de vertiginoso. Luego, un murmullo corría de mesa en mesa, un tenedor chocaba contra un plato, estallaba la risa, la red de ruidos y sonidos tejía otra vez su tela, y el ciclo volvía a empezar.

A mediodía, los mediopensionistas se unían a los internos: éramos cerca de doscientos cincuenta, y el silencio era obligatorio. Las horas de pelotón llovían sobre los charlatanes, reforzadas, en caso de reincidencia, por el erectum. De pie ante un pupitre colocado en una tarima, un alumno leía en voz alta páginas edificantes, generalmente sacadas de una vida de santo. Para hacerse oír en aquella enorme sala, en medio de los ruidos de vajilla y de las conversaciones ahogadas, había que gritar el texto recto tono, es decir, con una sola nota, sin ninguna entonación; extraña salmodia, que suprimía implacablemente cualquier matiz —interrogativo, irónico, conminatorio o divertido— y confería a cada frase un tono uniformemente patético, quejumbroso, de una agresiva vehemencia.

La función de recitator era altamente apreciada entre los alumnos, y recompensaba a los más sobresalientes en la medida en que eran capaces de cumplirla. Pues, para un niño no era sencillo declamar durante cuarenta y cinco minutos, sin pausas ni desmayos, un texto que no se había escrito para un trato tan poco civilizado. Así pues, el recitator del momento se veía rodeado de un cierto prestigio, al que se sumaban las ventajas de la comida, que tomaba solo y antes que los demás, y que tradicionalmente era más delicada y copiosa que de costumbre.

Desde luego, yo no había hecho nada para ser recitator, y una mañana, con gran estupor e incluso con temblores, me enteré de que desde ese mismo mediodía iba a sustituir al titular del momento, indigno de semejante honor después de un colaphus que, para sorpresa general, acababa de serle infligido. Al mismo tiempo, me dieron el texto que tenía que leer: era la vida de San Cristóbal, sacada de la Leyenda dorada, de Jacques de Vorágine.

No me cabía duda de que Néstor era la causa de aquel honor excesivo. Ahora, sabiendo lo que sé y después de releer las páginas que entonces tuve que declamar frente a todo el colegio reunido, reconozco su firma en la filigrana del asombroso texto. Pero ¿me bastará toda la vida para dilucidar la relación profunda que une la leyenda de San Cristóbal y el destino de Néstor, ese destino del que soy depositario y ejecutor?

Cristóbal, cuenta Jacques de Vorágine, era cananeo. Tenía un aspecto terrible y una estatura gigantesca. Quería ser útil, pero sólo al servicio del príncipe más grande del mundo. Así pues, se presentó ante un rey muy poderoso, del que se decía que en grandeza no tenía igual. Este rey, al verlo, le acogió con bondad e hizo que se quedara en su corte. Sin embargo, Cristóbal le sorprendió un día haciendo el signo de la cruz, después de que alguien invocase al diablo en su presencia. Cuando Cristóbal le preguntó la razón de su gesto, le contestó: «Este signo es el arma que empuño cuando oigo nombrar al diablo, por temor a que adquiera poder sobre mí y me haga daño». Cristóbal comprendió entonces que el príncipe a quien servía no era ni el más grande ni el más poderoso, puesto que temía al diablo. Por lo tanto, se despidió del primero y fue en busca del segundo. Ahora bien, mientras caminaba por un desierto, vio una gran multitud de soldados. Uno de ellos, de aspecto feroz y terrible, se acercó a él y le preguntó a dónde iba. Cristóbal le contestó: «Busco al señor diablo para que sea mi amo». El soldado le dijo: «Soy el que estás buscando». Cristóbal se alegró mucho, se comprometió a servirle para siempre y le reconoció como señor. Caminaban juntos, y encontraron una cruz, que se alzaba al borde del camino. El diablo se espantó de inmediato, se dio a la fuga y, abandonando el camino, condujo a Cristóbal a través de un terreno escabroso. Luego le llevó de nuevo al camino. Cristóbal, maravillado al ver lo sucedido, le preguntó por qué se había asustado tanto. «Un hombre llamado Cristo —le contestó el diablo— fue clavado en una cruz; en cuanto veo la imagen de la cruz, un gran temor me invade y huyo espantado». Cristóbal le dijo: «Entonces he trabajado en vano y todavía no he encontrado al príncipe más grande del mundo. Adiós, te dejo para buscar a ese Cristo que es más grande y poderoso que tú».

Durante mucho tiempo buscó a alguien que le diera noticias de Cristo. Al fin encontró a un ermitaño, que le predicó a Jesucristo y le instruyó en la fe. El ermitaño le dijo a Cristóbal: «El rey a quien deseas servir reclama esta sumisión: tendrás que ayunar a menudo». Cristóbal le contestó: «Soy un gigante y tengo un hambre imperiosa. Que me pida otra cosa porque ayunar me resulta absolutamente imposible». El ermitaño le dijo: «¿Conoces un río donde muchos caminantes corren peligro de perder la vida?». «Sí», dijo Cristóbal. Y continuó el ermitaño: «Como eres tan alto y robusto, podrías quedarte junto a ese río y pasar de un lado a otro a cuantos lleguen allí, y así harías algo que agradaría al rey Jesucristo a quien deseas servir». Cristóbal dijo: «Sí, puedo desempeñar ese oficio, y prometo que lo haré muy bien».

Así pues, se dirigió al río en cuestión y construyó una pequeña cabaña en la ribera. En lugar de cayado, llevaba en la mano una pértiga, con la que se mantenía de pie entre las aguas, y transportaba sin descanso a todos los viajeros. Habían pasado muchos días cuando, una vez que descansaba en su casita, oyó la voz de un niño que le llamaba diciendo: «Cristóbal, ven y llévame a la otra orilla». Cristóbal se levantó en seguida y no encontró a nadie. Al volver a su casa oyó la misma voz que le llamaba. Otra vez corrió afuera, mas no encontró a nadie. La voz le llamó por tercera vez; salió y encontró a la orilla del río a un niño, que le rogó que le llevara. Cristóbal sentó al niño en sus hombros, cogió la pértiga y entró en el río para atravesarlo. Y el agua del río empezó a crecer poco a poco, y el niño pesaba como una masa de plomo; él avanzaba y el agua seguía subiendo, y el niño le aplastaba con un peso cada vez más intolerable, de forma que Cristóbal se hallaba en grandes apuros y temía perecer…

Se salvó con un terrible esfuerzo. Cuando llegó a la otra orilla, depositó al niño en la ribera y le dijo: «Me has expuesto a un gran peligro. Pesabas tanto que, de haber tenido que sostener el mundo sobre mis hombros, no sé si el peso habría sido mayor». El niño le contestó: «No te sorprendas, Cristóbal, no solamente has sostenido el mundo entero sino que has llevado a hombros a quien creó ese mundo; pues yo soy Cristo, tu rey, al que acabas de prestar servicio; y para probarte que digo la verdad, cuando vuelvas a cruzar el río, hunde tu pértiga en la tierra, delante de tu casa, y por la mañana habrá florecido y dado fruto». E, inmediatamente, desapareció. Al llegar, Cristóbal plantó su pértiga en la tierra y cuando se levantó por la mañana vio que de ella habían brotado hojas y dátiles, como de una palmera…

No poco orgulloso estaba yo de haber salmodiado toda esta historia sin vacilar ni una sola vez, y cuando me senté junto a Néstor en el estudio de las dos de la tarde, esperaba sus felicitaciones. Él estaba absorto en uno de esos dibujos recargados de colores y florituras que a veces le tenían horas y horas con la cara casi pegada a la hoja de papel. Cuando se enderezó, vi que había dibujado un San Cristóbal. Pero, sobre sus hombros, el gigante llevaba todos los edificios del colegio, a cuyas ventanas se asomaba una multitud de alumnos. Néstor se pasó el pañuelo por la frente con un gesto familiar y murmuró: «Cristóbal, que iba en busca del señor absoluto, lo encontró en la persona de un niño. Pero lo que habría que saber es la relación exacta que existe entre el peso del niño sobre sus hombros y la floración de la pértiga».

Entonces, inclinándome, vi que había prestado sus rasgos al rostro del gigante portador de Cristo.

Michel Tournier
El rey de los alisos

El rey de los alisos, la novela con la que Michel Tournier obtuvo el Premio Goncourt, narra la historia de Abel Tiffauges, un extraño prisionero francés en la Alemania del III Reich, mezcla de ogro depredador y adolescente perverso, que se siente predestinado para llevar a cabo una misión en Prusia, cuna legendaria de la nación alemana.

El celebrado autor de Medianoche de amor nos muestra aquí lo más oculto, tierno y enfermizo del ser humano, siempre en busca de significados, ritos y señales que le guíen y rediman de su condición de ser para la muerte.

Fantasía insólita sobre los tiempos tenebrosos de la última guerra mundial, este libro constituye un extraordinario viaje hacia la infancia y un inquietante ensayo sobre el amor.

Calles de Gijón

calles de Gijón

07 marzo 2021

7 de marzo

«De perfecto acuerdo con las instrucciones de Mola en los primeros meses del Alzamiento no se ocultan los crímenes en la zona nacional; se dejan los cadáveres abandonados en lugares más o menos frecuentados y en algunos sitios —Valladolid, por ejemplo— las ejecuciones se convertían en espectáculo público al que concurren centenares de curiosos. Se persigue con ello un efecto intimidatorio que se consigue en muchos de los casos.

El mismo objetivo tienen las charlas radiadas desde Sevilla, cada día, a las diez de la noche, del general Queipo de Llano, dando cuenta de las barbaridades perpetradas en la jornada y ya el 23 de julio de 1936 afirma amenazador e insultante: “Las mujeres de los rojos han aprendido que nuestros soldados son hombres de verdad y no milicianos capones”. Veinticinco días más tarde afirma por la radio: “El ochenta por ciento de las familias andaluzas están de luto y no vacilaremos en recurrir a medidas más extremas”. “Buscaré a nuestros enemigos estén donde estén, incluso bajo tierra, y les fusilaré otra vez donde estén. Si están muertos, les fusilaré otra vez”. Queipo de Llano, a las diez de la noche.

En 1937 se cree obligado en cierta forma a justificar las numerosas ejecuciones y lo hace en la forma siguiente en su alocución radiada del 7 de marzo: “Nos vemos obligados a fusilar a mucha gente en Málaga, pero siempre tras ser juzgada en Consejo de Guerra. Hay que tener en cuenta que los que son condenados a muerte son ejecutados inexorablemente, ¡porque no tenemos la intención de imitar a los débiles gobiernos de 1934!” […]

Conocemos por el católico francés Bernanos lo que en Mallorca se hace y en Canarias hemos sabido algo de los presos arrojados a las simas volcánicas. Un testimonio fehaciente nos lo ofrece persona tan poco sospechosa de simpatías marxistas como el primer ministro de Instrucción Pública de Franco, don Pedro Sáinz Rodríguez, que en la página 326 de su libro de reciente publicación Testimonio y recuerdos dice hablando del mes de septiembre de 1936: “Yo sabía que Franco estaba en Cáceres y las dificultades que había habido en Extremadura. Cuando atravesé el puente sobre el Guadiana, todavía me acuerdo como si lo estuviera viendo: en ambos pretiles había cadáveres asomados sobre el río”. Robert Brasillach, nazi francés fusilado como colaboracionista con los alemanes en 1945 y corresponsal de prensa en España en 1936, escribe que por parte de las tropas moras “la violación de mujeres y la castración de hombres al ocupar las localidades de Andalucía y Extremadura, son operaciones de género casi ritual”. Marc Junod, presidente suizo de la Cruz Roja Internacional, escribe que en agosto de 1936, encontrándose en Aranda de Duero, su acompañante el conde de Vallellano le dice: “Ésta es Aranda la roja; lamento decirle que hemos tenido que encarcelar a todos sus habitantes y ejecutar a muchos”. El mismo Junod cuenta que tras llegar a un acuerdo con el Gobierno Giral para un amplio intercambio de presos y prisioneros políticos, el general Mola rechaza indignado la sugerencia exclamando colérico: “¿Cómo puede usted esperar que vayamos a cambiar un caballero por un perro rojo? Si libertase a mis prisioneros mi propio pueblo me consideraría un traidor. Ha llegado usted demasiado tarde, señor. Esos perros han destruido los valores espirituales más gloriosos de nuestra patria”.»

(Pedro Sáinz Rodríguez, 1898-1986. Bibliógrafo, académico, autor de varios libros sobre misticismo y espiritualidad en la literatura española, fue activo conspirador monárquico durante la República. Franco le nombró ministro de Instrucción Pública en su primer Gobierno, y dirigió la depuración de maestros, profesores y catedráticos. Ya al final de su vida le pregunté cómo había podido hacerse aquella purga tan extensa: «Es que había gente muy mala, hijo, gente muy mala». Se enfrentó con Franco por la cuestión de la monarquía y fue destituido y exiliado a Portugal, donde estaba el pretendiente a la Corona, de cuyo Consejo Privado fue miembro).

Eduardo Haro Tecglen
Arde Madrid

“Ya están aquí”, le dijo su madre al joven Eduardo Haro Tecglen el 28 de marzo de 1939. Entraban en Madrid los que poco después condenarían a muerte a su padre, Eduardo Haro Delage, subdirector del diario La Libertad, acusado del delito más grave que los partidarios del “¡Viva la muerte!” podían concebir: la responsabilidad intelectual en la lucha política.

De aquellos días, meses, años de asedio, toda la guerra civil, Haro Tecglen conserva una nítida memoria. Pero no son sólo sus recuerdos los que nutren estas páginas: también encontramos en ellas documentos históricos, relatos de testigos, a veces contradictorios entre sí, testimonios opuestos al del autor. Del conjunto surge una visión enriquecedora y palpitante, todo lo cercana a la verdad que la historia puede ser, del conflicto que provocó el enfrentamiento entre españoles e hizo de Madrid el símbolo mundial de la lucha contra el fascismo.

Las imágenes de aquella República que alentó tantas esperanzas, las de aquellos hombres que lucharon por ideales de solidaridad, igualdad y convivencia, y las de la ciudad en armas que resistía a la barbarie van empalideciendo, diluyéndose. De ahí la necesidad de obras como ésta, porque la historia que se olvida puede repetirse.

Calles de Gijón

calles de Gijón

06 marzo 2021

6 de marzo

6 de marzo

Hace una quincena o un mes que mi mujer de ahora eligió vivir en otro país. No hubo reproches ni quejas. Ella es dueña de su estómago y de su vagina. Cómo no comprenderla si ambos compartimos, casi exclusivamente, el hambre.

Nos consolábamos a veces con comidas a las que buenos amigos nos invitaban, chismes, discusiones sobre Sartre, el estructuralismo y esa broma que las derechas quieren universal, saben pagar bien a sus creyentes y la bautizan postmodernismo. Participábamos, reíamos y adornábamos con nuestras risas las frases ingeniosas. Aquellas cenas a las que no podíamos aportar ni un sólo peso ofrecían a un posible observador, tal vez a uno de los comensales que pagaban su parte de la cuenta, un aspecto admirable. Porque merecía admiración la astucia con que ella y yo, sin dejar de reír despreocupados, robábamos pancitos que cabían en la cartera de ella o en alguno de mis bolsillos. Así nos asegurábamos un desayuno seco para cuando despertáramos mañana en la cama de la pensión.

Se fueron acumulando los días casi miserables para triunfar convenciéndola de que yo había nacido para fracasado irremisible.

La muchacha pasaba todo su tiempo en la cama para ahorrar fuerzas, retener calorías. Tal vez estuviéramos en invierno. Creo, no lo aseguro. Y así: ella acostada y yo caminando, ida y vuelta, por la avenida buscando tropezar con algún ser muy amigo al que no me humillara pedirle dinero. Y recuerdo que ya no se trataba de conseguir un peso para que comiéramos. Nunca consulte en los periódicos a cuánto estaba la canasta familiar. Pero en aquellos días el mínimo indispensable había trepado a cinco pesos.

Pocas veces lo conseguía, no por negativas sino por desencuentros. Mis incursiones en la ciudad sólo excluían a los niños. Nunca hice distinciones por sexo. Pocas mujeres encontré.

Juan Carlos Onetti
Cuando ya no importe

Éste es el diario de Carr, un intelectual al que su mujer decide abandonar para irse a vivir a otro país. La miseria espiritual y material es lo único que ha compartido con ella, por eso la ruptura no será un hecho dramático, sino al contrario: se trata de una oportunidad para rehacer su vida. En la ciudad de Santa María comienza a trabajar en una presa. Pronto descubre que su trabajo es en verdad una tapadera para facilitar las correrías de unos contrabandistas.

Cuando ya no importe constituye una afirmación de esa portentosa capacidad de Onetti para poner en pie los mundos más sugestivos con el trazo contundente y firme de una literatura que se ha convertido en leyenda.

Prácticas sobre una tabla en el mar

 prácticas sobre una tabla de surf

05 marzo 2021

5 de marzo

Eigendorf tenía 26 años en el momento de su muerte. Pasadas las once de la noche del sábado 5 de marzo de 1983, su automóvil Alfa Romeo fue a estrellarse contra un árbol en las cercanías de la ciudad de Braunschweig, donde jugaba con el equipo local, después que otro vehículo situado en un talud al borde de la carretera encendió de repente sus faros, puestos en alto, y lo deslumbró, según el testimonio del mecánico de un taller vecino, que trabajaba a deshoras en la reparación de un tractor. El conductor del otro automóvil nunca apareció. Ahora se sabe que aquel automóvil era un Mercedes comprado de segunda mano en Hannover y conducido por un hombre que ingresó desde Dinamarca, con un pasaporte alemán occidental expedido a nombre de Peter Lindemann. Otro agente, al volante de un Ford Taunus de alquiler, que seguía a Eigendorf, utilizó un walkie-talkie para dar el aviso de que el futbolista se aproximaba al punto cero.

Esa tarde Eigendorf había asistido al partido que su equipo jugaba contra el Bochum, pero se quedó en la banca por disposición del entrenador, que no lo veía en forma. Tras el encuentro, se juntó con algunos seguidores y bebió unas cuantas cervezas. A las nueve de la noche pasó por la casa de su profesor de vuelo, Helmut Vogel, con quien al día siguiente tenía previsto volar hasta la isla de Helgoland en el mar del Norte, según la ruta de ida y regreso que marcaron en el mapa. Eigendorf tomaría el mando de la avioneta Cessna monomotor, pintada de blanco y azul, que recientemente había comprado. Le faltaban cien horas de vuelo para obtener su licencia. Bebieron algunas cervezas —hay que decir que Eigendorf estaba tomando demasiadas cervezas, más de las que debería un centro delantero o un piloto en busca de su licencia— y no tardaron en despedirse porque debían estar en la pista a las siete de la mañana, la hora a partir de la cual el reporte meteorológico anunciaba cielos despejados. Entonces, Eigendorf subió a su Alfa Romeo, y a los pocos minutos ya se había estrellado.

Sergio Ramírez Mercado
Catalina y Catalina

Once cuentos escritos con un lenguaje descarnado y directo, propio de la crónica periodística, que tienen la virtud de conmocionar, sorprender y emocionar al lector, que halla enormemente cercanas estas historias que transcurren entre Nicaragua y Alemania, entre los años de la revolución sandinista y la época actual.

Es ésta colección de cuentos hay apariciones beisboleras, una cacería humana, hombres y mujeres infieles, un enigma urinario, una visita operística a los mitos mayas…; hay personajes cuyos sentimientos oscilan entre la resignación y la lucha, el amor y la ira; y hay, sobre todo, búsqueda: de afecto, de identidad, de un destino.

Catalina y Catalina ofrece una mirada amorosa a la compleja variedad de la existencia y sitúa al lector en pequeños mundos personales, algunos amables y otros sumamente crueles. Sergio Ramírez narra con la maestría que ha hecho de él uno de los mejores cuentistas centroamericanos.

Gaviotas

gaviotas

04 marzo 2021

4 de marzo

Articulismo

HOY, domingo 4 de marzo, 2001, artículo de Cela en el hueco de ABC, mal ilustrado como de costumbre. ¿De qué habla? Ni se sabe. De todo y de nada. Un muerto, una viuda, unos personajes que nos suenan a sabidos, un tren, una mujer que conserva sus pechos en sal, unos cuantos nombres complicados, supuestamente graciosos, también consabidos. Cela me ha dicho más de una vez que él no hace artículos, que hace otra cosa que no se sabe lo que es.

¿Lo sabe él? Ya he contado cómo intentó el artículo a lo Ruano, a la vista de lo bien que le rendía a su amigo y vecino. Pero no le salía. Entonces, pasó por todos los intentos: ¿tremendismo, apuntes carpetovetónicos, iberismos? Denominaciones no habían de faltarle a CJC. Pero el producto seguía sin cuajar. Aún no ha cuajado, y esto le hace mucho daño al escritor, a efectos populares, pues el español lee periódicos, a falta de otra cosa, y no acaba de encontrarle la gracia a ese señor Nobel tan gracioso.

Tampoco cabe atribuir estos desmanes a la edad, ya que sus artículos de juventud son igualmente fallidos y desorientados. Un poco por salvarse de la frustración del artículo clásico y otro poco por seguir experimentando siempre, como en los libros, Cela intenta variantes de esa cosa tan sencilla que parece el artículo, la crónica, la columna, pero sólo acierta cuando renuncia a los experimentos y cuenta una historia sencilla y pastoril o esboza una lámina rural, un episodio doméstico o una intimidad.

A Cela le sale muy bien hablar de sí mismo, pues tiene la clave de ese distanciamento/intimismo que requiere el género, y el lector nunca sabe si le está conmoviendo con una mentira o le está mintiendo con una verdad. Pero, claro, eso no puede hacerse todos los días, salvo en un diario íntimo, y con riesgo de cansar y repetirse.

Cela puede hacer literatura de cualquier cosa, salvo cuando se propone hacer contraliteratura, que no le sale. Él es un escritor más clásico de lo que quisiera y le sigue saliendo mejor la estampa virgiliana que la vanguardia. En libros y artículos acierta cuando vuelve al sentido común, que será una vulgaridad, pero hay vulgaridades geniales, en él y en otros.

Nunca he llegado a la intimidad o indiscreción de preguntarle a Camilo qué piensa él en realidad de estos artículos, si se divierte haciéndolos o trata de divertir. A uno lo que le dan es sensación de fatiga, cansancio, repetición y explotación de una fórmula que nunca estuvo entre las mejores de las suyas. Como estas cosas nadie se las dice al interesado, o se las dice con ira —lo que es peor—, quizá CJC piensa que sus «caprichos» dominicales son muy leídos y comentados. A mí me parece que, si nuestro querido amigo fuese más partidario de escuchar, habría que devolverle razonablemente a una literatura más suya, más conocida, más realista, anecdótica, amena o emocionante; puesto que la cabeza no le falla nunca en la conversación, tampoco debiera fallarle en el oficio.

Aunque puede que lo que más tema sea el convencionalismo de repetirse, lo acomodaticio de un estilo fijo y mansueto, el manierismo. Pero es que está cayendo en otro manierismo menos tolerable. ¿Senilidad? Camilo José, personalmente, no comunica senilidad, a sus ochenta y cinco años, que cumple el 11 de mayo. La senilidad le sale cuando se pone juvenil, retozón y sorpresivo.

Francisco Umbral (1932-2007)
Cela: un cadáver exquisito
Vida y obra

«Para escribir este libro he ido recogiendo notas como un trapero de mí mismo». Paco Umbral, amigo íntimo de Cela, se sobrepuso a la noticia de su fallecimiento y, de inmediato, comenzó a hacer lo que mejor sabe: escribir hilvanando estas notas, redactadas casi todas ellas en vida del finado premio Nobel.

Cela: un cadáver exquisito tiene ese valor añadido, cuando se pone la profesión de escritor por encima de la amistad; la necesidad de contar para recordar. No es una biografía de Cela; por lo menos, no una biografía al uso. Esta es una obra grande, inmensa: el premio Cervantes nos habla del Premio Nobel. Hay mucha literatura en ella. Pero hay también dos hombres. Dos hombres y mujeres. Incluso hay exmujeres y plagios y cenas y amigos y enemigos. Umbral habla de Cela, y Cela lo hace de sí mismo, y de Baroja, Ruano o Azorín. Es literatura y vida y obra; todo ello rezuma la magnífica ironía umbraliana.

Gaviotas

 Gaviotas

03 marzo 2021

3 de marzo

A primeros de febrero entra en Cataluña el ejército del general Duhesme y, en el mismo mes, se produce la toma de fortalezas, por estratagemas que los generales franceses relatan con satisfacción por su astucia, que, si bien no produjeron derramamiento de sangre, han encendido la ira y el resentimiento de los españoles.

Es memorable la treta empleada para tomar la fortaleza de Pamplona, el 16 de febrero. Llegó a la ciudad el general D’Armagnac con tres batallones sin previo aviso. Pidió permiso al virrey de Navarra, marqués de Vallesantoro, para alojar sus tropas dentro de las murallas de Pamplona. Se le concedió como aliado. Aparecía difícilmente expugnable la ciudadela, con sus puentes levadizos e imponentes defensas. D’Armagnac quiso meter dentro soldados suyos para facilitar el asalto. Empleó la argucia de solicitar permiso para mantener dentro de la ciudadela a dos batallones de suizos, «de cuya fidelidad dijo no fiarse», pero el virrey manifestó que no podía consentir sin permiso de Madrid. D’Armagnac, hombre lleno de recursos, logró que los franceses fuesen a buscar sus raciones dentro de la ciudadela, en la que con trato tan amistoso se descuidó cada vez más la vigilancia. Logró D’Armagnac que le cediesen para su alojamiento un palacio contiguo a la entrada principal del fuerte. Escondió, poco a poco en su casa, durante la noche del 15, buen número de granaderos especializados en acciones de asalto, que entraban con disfraz de paisanos y allí quedaron esperando. Al día siguiente, a la hora de ir a recoger los víveres al interior de la ciudadela, junto a los soldados que llevaban las cestas, acudió otro grupo más numeroso, fingiendo bromear con ellos y lanzándoles bolas de nieve. Simularon los primeros huir por el puente levadizo. Entre risas y bolazos de nieve entraron los demás aparentando acosarlos, mientras los españoles de guardia contemplaban divertidos aquel simpático jugueteo. A una señal convenida se lanzaron, todos a la vez, sobre los desprevenidos centinelas españoles, impidiéndoles subir el puente levadizo. Entraron como un relámpago los granaderos que aguardaban escondidos en la casa del general D’Armagnac, que así, en un instante, como de broma, sin un herido, se apoderó de la importante fortaleza de Pamplona.

A los pocos minutos se enteró el virrey. Con la noticia le llegó una carta del general D’Armagnac, en la que también en tono festivo le pedía disculpas por lo que había hecho «impulsado por la necesidad», y esperaba que el incidente «no alteraría la buena armonía propia de dos fieles aliados». La carta fue juzgada por el destinatario como «género de mofa que hacía resaltar su fementida conducta». El virrey recibió orden desde Madrid de no provocar el menor incidente con las tropas francesas.

Por la similitud de los sucesos debían de tener los mariscales franceses instrucciones de proceder así, dejando a la improvisación de cada cual y a su ingenio la argucia empleada. Doce días más tarde el general Duhesme empleó un ardid parecido para tomar la ciudadela de Barcelona. Anunció que sus tropas saldrían hacia Cádiz, con gran alivio de los preocupados barceloneses y, cortésmente, ofreció una revista de despedida de sus tropas delante de la ciudadela. La sagacidad francesa parecía ir emparejada en todos esos sucesos con la indisciplina hispana y con su irreflexión. Parece increíble: la guarnición española había marchado a la ciudad, cada cual a su albedrío, tanto oficiales como soldados, dando el peligro por terminado y con una cierta descortesía hacia el desfile de despedida con que los obsequiaban los franceses. Quedaron sólo veinte soldados de guarnición. Se acercó un oficial francés con su destacamento, de gala y batiendo tambores a saludar al oficial de guardia español. Con el ruido de los tambores ahogaron las voces de los sucesivos centinelas españoles sorprendidos y, en lucido desfile entraron, sujetaron el puente para permitir el paso de los demás y… quedó en sus manos la fortaleza.

El capitán general de Cataluña rindió el mismo día la de Montjuic, sin defenderla. Como todos, tenía severas órdenes de Madrid de no «provocar» a los franceses, y Duhesme, ya sin disimulo, dijo que sólo obedecía órdenes del emperador y que si no rendían la fortaleza la tomaría por fuerza.

Lo mismo ocurrió días más tarde en San Sebastián, donde el comandante general de Guipúzcoa, duque de Mahón, quiso defender la plaza. Recibió orden de Godoy, el día 3 de marzo, escrita y firmada por el príncipe de la Paz:

… que ceda el gobernador la plaza, pues no tiene medio de defenderla; pero que lo haga de un modo amistoso, según lo han practicado los de las otras plazas, sin que para ello hubiese tantas razones ni motivos de excusa como en San Sebastián.

Las «razones y motivos de excusa» eran de fuerza mayor: la llegada a la frontera de un nuevo ejército, bajo el mando de mi no menos impresionante cuñado Joaquín Murat. Murat, gran duque de Berg, con tratamiento de alteza imperial, condición de esposo de una hermana del emperador, de modales despóticos y amedrentadores. Se le entregó la plaza de San Sebastián el 5 de marzo. El día 13 ya estaba en Burgos. Como general en jefe de los cien mil hombres que por entonces tenía el emperador en España, dio una proclama a sus soldados «para que tratasen a los españoles, nación por tantos títulos estimable, como tratarían a los franceses mismos; queriendo el emperador el bien y la felicidad de España».

Importa mucho sopesar el proceder de Murat, que es opuesto a la política que yo preconizo, y ha pesado muy negativamente en la evolución de los asuntos de España.

Al avanzar Murat con su ejército por Aranda y Somosierra hacia un Madrid desguarnecido, cundió el pánico en la corte, que marchó a Aranjuez, con la mayoría de las escasas tropas acantonadas en la capital. Corrió entre el pueblo el rumor de que la familia real, a imitación de la portuguesa, se dirigía hacia el sur para embarcar con rumbo a América.

El furor popular por lo que consideraban una huida que los dejaba desamparados, combinado con las intrigas e incitaciones de partidarios del príncipe de Asturias; hicieron estallar el motín de Aranjuez, con la consiguiente abdicación de Carlos IV en su hijo.

Juan Antonio Vallejo-Nágera
Yo, el rey

En el año 1808 José Bonaparte está en Bayona, llamado por su hermano Napoleón, quien le ha hecho renunciar al reino de Nápoles para ocupar el trono de España. En Bayona conversa con el emperador, se entera de las intrigas de la familia real española y se dispone a ser buen rey para aquel país desconocido para él. Mientras, van llegando noticias alarmantes, las atrocidades que ha cometido Murat en Madrid, las partidas de guerrilleros en toda la península, y cuando el nuevo monarca entre en Madrid, comprenderá que a pesar de sus buenas intenciones todo lo que haga va a ser inútil.
Con un material histórico interesantísimo, Vallejo-Nágera, después de documentarse de un modo muy completo, ha escrito una novela llena de verdad humana en la que los personajes de la historia, empezando por el propio José I, tan calumniado y tan mal conocido entre nosotros, adquieren una nueva vida gracias al arte de un extraordinario escritor.

Yo, el rey es la novela ganadora del Premio Planeta 1985.