09 septiembre 2008

"Una cena" por Baltasar del Alcázar

En Jaén, donde resido,
vive don Lope de Sosa
y diréte, Inés, la cosa
más brava de él que has oído.

Tenía este caballero
un criado portugués...
Pero cenemos, Inés
si te parece primero.

La mesa tenemos puesta,
lo que se ha de cenar junto,
las tazas del vino a punto:
falta comenzar la fiesta.

Comience el vinillo nuevo
y échole la bendición;
yo tengo por devoción
de santiguar lo que bebo.

Franco, fue, Inés, este toque,
pero arrójame la bota;
vale un florín cada gota
de aqueste vinillo aloque.

¿De qué taberna se traxo?
Mas ya..., de la del Castillo
diez y seis vale el cuartillo,
no tiene vino más baxo.

Por nuestro Señor, que es mina
la taberna de Alcocer;
grande consuelo es tener
la taberna por vecina.

Si es o no invención moderna,
vive Dios que no lo sé,
pero delicada fue
la invención de la taberna.

Porque allí llego sediento,
pido vino de lo nuevo,
mídenlo, dánmelo, bebo,
págolo y voyme contento.

Esto, Inés, ello se alaba,
no es menester alaballo;
sólo una falta le hallo
que con la priesa se acaba.

La ensalada y salpicón
hizo fin: ¿qué viene ahora?
La morcilla, ¡oh gran señora,
digna de veneración!

¡Qué oronda viene y qué bella!
¡Qué través y enjundia tiene!
Paréceme, Inés, que viene
para que demos en ella.

Pues, sus, encójase y entre
que es algo estrecho el camino.
No eches agua, Inés, al vino,
no se escandalice el vientre.

Echa de lo tras añejo,
porque con más gusto comas,
Dios te guarde, que así tomas,
como sabia mi consejo.

Mas di, ¿no adoras y aprecias
la morcilla ilustre y rica?
¡Cómo la traidora pica;
tal debe tener de especias!

¡Qué llena está de piñones!
Morcilla de cortesanos,
y asada por esas manos
hechas a cebar lechones.

El corazón me revienta
de placer; no sé de ti.
¿Cómo te va? Yo, por mí,
sospecho que estás contenta.

Alegre estoy, vive Dios:
mas oye un punto sutil:
¿no pusiste allí un candil?
¿Cómo me parecen dos?

Pero son preguntas viles;
ya sé lo que puede ser:
con este negro beber
se acrecientan los candiles.

Probemos lo del pichel,
alto licor celestial;
no es el aloquillo tal,
no tiene que ver con el.

¡Qué suavidad! ¡Qué clareza!
¡Qué rancio gusto y olor!
¡Qué paladar! ¡Qué color!
¡Todo con tanta fineza!

Mas el queso sale a plaza
la moradilla va entrando,
y ambos vienen preguntando
por el pichel y la taza.

Prueba el queso, que es extremo,
el de Pinto no le iguala;
pues la aceituna no es mala
bien puedes bogar su remo.

Haz, pues, Inés, lo que sueles,
daca de la bota llena
seis tragos; hecha es la cena,
levántese los manteles.

Ya que, Inés, hemos cenado
tan bien y con tanto gusto,
parece que será justo
volver al cuento pasado.

Pues sabrás, Inés hermana,
que el portugués cayó enfermo...
Las once dan, yo me duermo;
quédese para mañana.

Baltasar del Alcázar (- 1530 - 16 de febrero de 1606)

08 septiembre 2008

Las fiestas de septiembre

fiestas
fiestas
Fiestas: moteros
Fiestas: fuegos
Fiestas: fuegos

Donald MacLeish

A ello debe añadirse que Donald conocía bien sus deberes concretos en el país que con tanta frecuencia atravesaba. Podía prever el día en que «se mataría» el cordero en Tyndrum o Glenuilt, de manera que el extranjero tuviera oportunidad de alimentarse como un cristiano, y sabía en qué kilómetro se encontraba el último pueblo donde se podía obtener pan de trigo, lo cual era un consuelo para quienes estaban poco acostumbrados a la Tierra de las Tortas.

Conocía los caminos como la palma de su mano y podía informar con precisión de centímetros sobre qué lado de cualquier puente de las Tierras Altas era transitable y qué lado era peligroso. En resumen, Donald MacLeish no era solamente nuestro guía fiel y nuestro dispuesto sirviente, sino también un amigo humilde y atento. Y aunque he conocido al casi clásico cicerone italiano, al hablador valet de place francés e, incluso, al arriero español, que se envanece de comer maíz y cuyo honor no puede ponerse en duda sin peligro, no creo haber tenido nunca un guía tan sensato e inteligente.

"La viuda de las montañas" Walter Scott

06 septiembre 2008

Juguetes

Juguetes de niños
juguetes

¡Usa tus remos!

La nave estaba tan cerca de Itaca que se podía ver el humo que salía de los fuegos del palacio real, cuando Ulises se durmió, absolutamente exhausto.
Sus hombres, que pensaban que la bolsa de cuero contenía vino, desataron el hilo de plata y la abrieron del todo. Los vientos salieron de golpe bramando, conduciendo la nave ante ellos. Había transcurrido menos de una hora cuando Ulises se encontró de nuevo en la isla del rey Eolo, disculpándose y suplicando más ayuda. Eolo se la denegó.
-¡Usa tus remos! -gritó secamente.
Los hombres de Ulises remaron y al día siguiente llegaron a Formia, un puerto italiano cerrado y habitado por los caníbales lestrígonos. Atracó su flota en la playa y mandó a algunos marineros a buscar agua. Pero, reunidos sobre los acantilados, los lestrígonos lanzaron piedras que hicieron pedazos sus naves. Después asesinaron y se comieron a la tripulación. Ulises escapó en una nave.
De ROBERT GRAVES - LA GUERRA DE TROYA

05 septiembre 2008

Lirios de lluvia o cefirantes

cefirantes
Cefirantes
cefirantes

“La Cartuja de Parma” por Stendhal

Capítulo 1 ~ Milán en 1796
El 15 de mayo de 1796 entró en Milán el general Bonaparte al frente de aquel ejército joven que acababa de pasar el puente de Lodi y de enterar al mundo de que, al cabo de tantos siglos, César y Alejandro tenían un sucesor.
Los milagros de intrepidez y genio de que fue testigo Italia en unos meses despertaron a un pueblo dormido: todavía ocho días antes de la llegada de los franceses, los milaneses sólo veían en ellos una turba de bandoleros, acostumbrados a huir siempre ante las tropas de Su Majestad Imperial y Real: esto era al menos lo que les repetía tres veces por semana un periodiquillo del tamaño de la mano, impreso en un papel muy malo.
En la Edad Media, los lombardos republicanos dieron pruebas de ser tan valientes como los franceses y merecieron ver su ciudad enteramente arrasada por los emperadores de Alemania. Desde que se convirtieron en súbditos fieles, su gran ocupación consistía en imprimir sonetos en unos pañuelitos de tafetán rosa cada vez que se celebraba la boda de alguna joven perteneciente a una familia noble o rica. A los dos o tres años de este gran momento de su vida, esta joven tomaba un «caballero sirviente»: a veces, el nombre del acompañante elegido por la familia del marido ocupaba un lugar honorable en el contrato matrimonial. Entre estas costumbres afeminadas y las emociones profundas que produjo la imprevista llegada del ejército francés había mucha diferencia. No tardaron en surgir costumbres nuevas y apasionadas. El 15 de mayo de 1796, todo un pueblo se dio cuenta de que lo que había respetado hasta entonces era soberanamente ridículo y, a veces, odioso. La partida del último regimiento de Austria marcó la caída de las ideas antiguas: llegó a estar de moda exponer la vida. Se vio que para ser feliz después de siglos de sensaciones insípidas, era preciso amar a la patria con verdadero amor y buscar las acciones heroicas. Con la prolongación del celoso despotismo de Carlos V y de Felipe II, los lombardos, sometidos, se hundieron en una noche tenebrosa; derribaron sus estatuas y, de pronto, se encontraron inundados de luz. Desde hacía cincuenta años, y a medida que la Enciclopedia y Voltaire fueron iluminando a Francia, los trenos de los frailes predicaban al buen pueblo de Milán que aprender a leer u otra cosa cualquiera era un Librodot La Cartuja de Parma Stendhal trabajo inútil y que pagando con puntualidad el diezmo al párroco y contándole fielmente todos los pecados, se estaba casi seguro de obtener sitio en el paraíso. Para acabar de debilitar a este pueblo, antaño tan terrible y tan razonador, Austria le había vendido barato el privilegio de no suministrar soldados a su ejército.
En 1796, el ejército milanés se componía de veinticuatro bellacos vestidos de rojo, que guardaban la ciudad en connivencia con cuatro magníficos regimientos de granaderos húngaros. Las costumbres eran extraordinariamente licenciosas, pero muy raras las pasiones. Por otra parte, además del fastidio de contárselo todo a los curas, so pena de perdición, incluso en este mundo, el buen pueblo milanés estaba todavía sometido a ciertas pequeñas trabas monárquicas que no dejaban de ser vejatorias. Por ejemplo, el archiduque, que residía en Milán y gobernaba en nombre del Emperador, su primo, había tenido la lucrativa idea de comerciar en trigo. En consecuencia, prohibición absoluta a los labradores de vender sus cereales hasta que Su Alteza hubiera colmado sus almacenes.
De la “La Cartuja de Parma” por Stendhal

04 septiembre 2008

Asuntos de Castilla

campo castellano
lugar de castilla

El chuflete (la flauta, el pito, el chiflo)

Salir quere mes de marso, entrar quere mes de april,
cuando el trigo está en grano y las flores por abrir.
Estonces el rey d'Allemaña a Francia se quijo yir.
Con sí trujo gente mucha caballeros más de mil.
Con sí trujo un chuflete delas ferias de Paris.
Lo dio el rey de boca en boca, ninguno lo supo sonorgir.
--¡Un mal ay a tal chuflete, los doblones que por él di!--
Lo tomó el rey en boca y lo supo sonorgir.
Todas las naves del mundo, a seco las hico venir.
La parida que está pariendo, sin dolores la hico parir.
La creatura que está llorando, sin teta la hico dormir.
La novia que a su novio ama, a su lado la hico venir.
--¡Un bien ay a tal chuflete, que tantos doblones di por él!
del Romancero sefaradí de Laura Papo