Hoy aprueban los exámenes
letrados analfabetos
se escoge a virtuosos mandarines
que han abandonado a sus padres
las familias de limpia estirpe
están más sucias que el lodo
los altos personajes y excelentes generales
AA. VV.
Antología de poesía china
AA. VV.
Antología de poesía china
Blaise Pascal
Los Pensamientos de Blaise Pascal (1623-1662) no es un libro póstumo sino, en feliz expresión del mejor y más reciente analista de la obra pascaliana, Michel Le Guern, «los papeles de un muerto», la reunión de las notas y observaciones recogidas por Pascal para escribir un libro que, desde la heterodoxia de la escuela jansenista de Port-Royal, pretendía hacer la apología de la religión cristiana. Lo que se encontró a su muerte apenas consistía en «un montón de pensamientos apartados para una gran obra», según su sobrino, que redactó el prefacio a la primera edición de los Pensamientos, aparecida en 1670. El estado de inacabamiento de la obra y el correr de los siglos parecen haber negado al libro lo que quería ser, una apología religiosa. Bajo ella subyace lo que hoy resulta más actual en Pascal: una visión totalmente nueva del hombre, considerado desde el ascetismo jansenista, que ya habían practicado antes Séneca y sus seguidores, de quienes Pascal recoge, por ejemplo, la idea nuclear de su comprensión de la condición humana: la agitación, la inquietud, que motiva la constante huida del hombre fuera de sí para evitar verse, mirarse en el espejo propio, recapitularse entre los dos cabos y fines de su existencia: «El hombre no es más que una caña, el más débil de los seres creados, pero una caña pensante»… Y eso son los Pensamientos, la apasionada lamentación lírica de una condición humana que sufre.
Mario Benedetti
Antología Poética
Autor de novelas, cuentos y piezas teatrales, Mario Benedetti ocupa
también un lugar relevante en el ámbito de la poesía, en el que parte de sus
creaciones se han convertido en canción popular. La voluntaria aproximación a
la prosa, la construcción de una épica de lo cotidiano propiciada por la
incorporación de lo social y lo político, el amor y el humor son algunos de los
ejes en torno a los cuales giran los versos del gran escritor uruguayo. La
presente "Antología Poética", seleccionada por él
mismo y presentada por Pedro de Orgambide, constituye una muestra panorámica y
difícilmente mejorable de lo más sustancial y conocido de sus versos.
III. De la República lupina
Oh
Gorriones de París, Pájaros del mundo, Animales del globo y vosotros, sublimes
esqueletos antediluvianos; todos quedaríais asombrados, si, como yo, hubierais
ido a visitar la noble República lupina, la única donde se doma al Hambre. Eso
es lo que eleva el alma de un Animal. Cuando llegué a las magníficas estepas
que se extienden desde Ucrania a Tartaria, hacía ya frío, y comprendí que la
felicidad que da la libertad sólo podía habitar en un país como aquél. Descubrí
un Lobo de centinela.
—Lobo
—le dije—, tengo frío y me voy a morir: esto sería una pérdida para vuestra
gloria, pues me ha traído acá mi admiración por vuestro gobierno, que vengo a
estudiar para propagar sus principios en los Animales.
—Ponte
encima de mí —me dijo el Lobo.
—Pero,
¿me comerás, ciudadano?
—¿Qué
adelantaría yo con eso? —respondió el Lobo—. Comiéndote o sin comerte, no
tendré menos hambre. Un Gorrión para un Lobo no es ni lo que un grano de lino
para ti.
Tuve
miedo, pero me arriesgué, como auténtico filósofo que soy. Aquel buen lobo me
dejó tomar posición en su cola, y me miró con un ojo hambriento sin tocarme.
—¿Qué
hacéis aquí? —le dije para reanudar la conversación.
—¡Bah!
—me dijo—. Esperamos a unos propietarios que están de visita en un castillo
vecino, y cuando salgan probablemente vamos a comernos Caballos esclavos,
ruines cocheros, algunos criados y dos propietarios rusos.
—Será
divertido —le dije.
No
creáis, Animales, que quise adular bajamente a aquel salvaje republicano a
quien podía o no gustarle que le contradijeran: dije lo que pensaba. Había oído
en París maldecir tanto, en los graneros y en todas partes, a la abominable
variedad de Hombres llamados los propietarios, que, sin conocerlos en
absoluto, los odiaba de verdad.
—No
os comeréis sus corazones —dije bromeando.
—¿Por
qué? —me dijo el ciudadano Lobo.
—He
oído decir que no tienen.
—¡Qué
desgracia! —exclamó el Lobo—. Es una pérdida para nosotros, pero no será la
única.
—¡Cómo!
—repliqué.
—¡Ay! —me dijo el ciudadano Lobo—. Muchos de nosotros perecerán en el ataque; pero ¡la patria está antes que nada! No hay más que seis Hombres, cuatro Caballos y alguna otra cosa servible; esto no bastará para nuestra sección de los Derechos del Lobo, que se compone de un millar de Lobos. Piensa, Gorrión, que no hemos tomado nada desde hace dos meses.
II. De la Monarquía de las Abejas
Instruido
ya por lo que había visto en el Imperio Fórmico, decidí examinar las costumbres
del pueblo antes de escuchar a los grandes y a los príncipes. Al llegar,
tropecé con una Abeja que llevaba una sopa.
—¡Ah!
¡Estoy perdida! —dijo—. Me matarán, o al menos me meterán en la cárcel.
—¿Y
por qué? —le dije yo.
—¿No
ve usted que me ha hecho derramar el caldo de la reina? ¡Pobre reina!
Afortunadamente la Copera Mayor, la duquesa de las Rosas, habrá enviado a
buscar en varias direcciones; mi falta quedará reparada, pues yo moriría de
pesar por haber hecho aguardar a la reina.
—¿Oyes,
príncipe Abejorro? —le dije al joven viajero.
La
Abeja seguía lamentándose de haber perdido la ocasión de ver a la reina.
—Pero,
¡por Dios!, ¿qué es vuestra reina para que estéis siempre en tal estado de
adoración? —exclamé—. Yo, amiga mía, soy de un país, donde nos preocupamos poco
de los reyes, de las reinas y otros inventos humanos.
—¡Humanos! —exclamó la Abeja—. No hay nada entre nosotros, descarado Gorrión, que no sea de institución divina. Nuestra reina ha recibido de Dios su poder. Sin ella no podríamos existir como cuerpo social, lo mismo que tú no podrías volar sin plumas. Ella es nuestra alegría y nuestra luz, la causa y el fin de todos nuestros esfuerzos. Ella nombra una directora de puentes y calzadas, que nos da planos y alineamientos para nuestros suntuosos edificios. Ella distribuye a cada uno su tarea según sus capacidades, ella es la encarnación de la justicia y se ocupa sin cesar de su pueblo; ella lo engendra y nosotras nos apresuramos a alimentarlo, pues nosotras hemos sido creadas y puestas en el mundo para adorarla, servirla y defenderla. Lo mismo hacemos con las pequeñas reinas de los palacios particulares y las dotamos de una papilla particular para su alimento. Unicamente a nuestra reina corresponde el honor de cantar y de hablar; sólo ella deja oír su hermosa voz.