04 noviembre 2022
03 noviembre 2022
CAPÍTULO I — La Orilla del Río
El topo se pasó la mañana trabajando a fondo, haciendo limpieza general de primavera en su casita. Primero con escobas y luego con plumeros; después, subido en escaleras, taburetes, peldaños y sillas, con una brocha y un cubo de agua de cal; y así hasta que acabó con polvo en la garganta y en los ojos, salpicaduras de cal en su negro pelaje, la espalda dolorida y los brazos molidos. La primavera bullía por encima de él, en el aire, y por debajo de él, en la tierra, y todo a su alrededor, impregnando su casita humilde y oscura, con su espíritu de sagrado descontento y anhelo. No es de extrañar, pues, que de repente tirase al suelo la brocha, y dijera: «¡Qué latazo!», y «¡A la porra!», y además: «¡Se acabó la limpieza general!», y saliese disparado de casa sin acordarse siquiera de ponerse la chaqueta. De allá arriba algo le llamaba imperiosamente y se dirigió hacia el túnel empinado y pequeño que hacía las veces del camino empedrado que hay en las viviendas de otros animales que están más cerca del sol y del aire. Así que rascó, arañó, escarbó y arrebañó y luego volvió a arrebañar, escarbar, arañar y rascar, sin dejar de mover las patitas al tiempo que se decía: «Vamos, ¡arriba, arriba!», hasta que al fin, ¡pop!, sacó el hocico a la luz del sol y se encontró revolcándose por la hierba tibia de una gran pradera.
«¡Qué gusto!», se dijo. «¡Esto es mejor que enjalbegar!». Le picaba el sol en la piel, brisas suaves le acariciaban la ardiente frente y, tras el encierro subterráneo en el que había vivido tanto tiempo, los cantos de los pájaros felices resonaban en su oído embotado casi como un grito. Haciendo cabriolas, sintiendo la alegría de vivir, gozando de la primavera, olvidándose de la limpieza general, siguió avanzando por la pradera hasta que llegó al seto que había en el extremo opuesto.
—¡Alto ahí! —dijo un conejo viejo, que guardaba la entrada—. ¡Seis peniques por el privilegio de pasar por un camino particular!
En un periquete el impaciente y desdeñoso Topo lo derribó y siguió trotando a lo largo del seto, chinchando a los demás conejos que salieron a toda prisa de las madrigueras para enterarse del motivo del alboroto.
—¡Salsa de cebolla! ¡Salsa de cebolla! —les gritó burlonamente, largándose antes de que se les pudiera ocurrir una respuesta totalmente satisfactoria.
Entonces todos se pusieron a refunfuñar:
—¡Qué tonto eres! ¿Por qué no le dijiste que…?
—¡Vaya! ¿Y por qué no le dijiste tú que…?
—¡Podrías haberle recordado que…!
Y así sucesivamente, como suele acontecer. Pero, por supuesto y como siempre, ya era demasiado tarde.
Todo parecía demasiado bueno para ser cierto. El Topo caminaba sin cesar, de acá para allá, por los prados, recorriendo setos y cruzando matorrales para encontrarse por doquier que los pájaros hacían sus nidos, las flores estaban en capullo y las hojas despuntaban: todo el mundo era feliz y se desarrollaba, cada uno en su quehacer. Y sin que la incómoda conciencia le remordiera y le susurrase: «¡A enjalbegar!», sólo se daba cuenta de lo divertido que resultaba sentirse el único bicho ocioso en medio de tanta gente ocupada. Después de todo, lo mejor de las vacaciones no es tanto el descanso propio como el ver a los demás atareados.
Le parecía que su felicidad era completa cuando, a fuerza de vagar a la ventura, de repente llegó al borde de un río caudaloso. Nunca en su vida había visto un río, ese animal de cuerpo entero, reluciente y sinuoso que, en alegre persecución, atrapaba las cosas con un gorjeo y las volvía a soltar entre risas, para lanzarse de nuevo sobre otros compañeros de juego, que se liberaban de él y acababan otra vez prisioneros en sus manos. Todo temblaba y se estremecía: centelleos y destellos y chisporroteos, susurros y remolinos, chácharas y borboteos. El Topo estaba embrujado, hechizado, fascinado. Iba trotando por la orilla del río como lo hace uno cuando es muy pequeño y camina al lado de un hombre que lo tiene embelesado con relatos apasionantes; y al fin, agotado, se sentó a su orilla mientras el río seguía hablándole, en un parlanchín rosario de los mejores cuentos del mundo, enviados desde el corazón de la tierra para que se los repitan al fin al insaciable mar.
02 noviembre 2022
01 noviembre 2022
BRAULIO COSTAS
ERA conocido por O Cazoleiro, porque era alfarero. Mejor dicho, lo fuera, que ahora, reumático, había dejado la rueda. Cuando le enfermó un nieto, hizo en barro una figura de niño, y fue a llevarla a los Milagros de Amil. El nieto curó. Con alguna frecuencia iban a pedirle que hiciese el favor de hacer una cabeza o una pierna para llevarle a un santo al que habían ofrecido un enfermo. El señor Braulio meneaba la cabeza negativamente y decía:
—¡Ese no es un caso desesperado!
Y no hacía el exvoto que le pedían. Otras veces se negaba por diferentes razones. Por ejemplo:
—¡Aun hice un brazo para llevar a San Cosme hace dos semanas, y no vaya estar cada día molestándolo con recomendaciones!
Porque el santo sabía que el exvoto era obra del antiguo cazoleiro, porque no hacía pieza que no firmase. Por ejemplo: «A San Roque. De parte de Braulio, seguro servidor que estrecha su mano». Ni más ni menos, con una letra redonda que hacía con un punzón antes de cocer la pieza. A veces la vidriaba con barniz de Linares.
Cuando le murió su mujer, la señora Casilda, hizo una figura de unas dos cuartas de alto, que todos decían que mismo era la señora Casilda con su pierna coja, adelantándola apoyándose en el bastón. Llevó la figura al camposanto, y la sujetó con unos alambres en la lápida del nicho. Cuando moría alguien en la aldea, le pedían una figura, pero él se negaba, diciendo que ciertas cosas solamente se hacen una vez en la vida. Y se echaba a llorar, recordando a su Casilda. Pero, un día, espontáneamente, hizo una figura, la figura de un niño, un ángel con abiertas alas en la espalda. Había muerto el hijo de unos vecinos, un niño de unos siete años, morenito, muy despierto. Braulio fue personalmente a llevar la figura al camposanto, y la colocó con tanto cuidado como había hecho con la de su finada Casilda. Los padres del niño Manoliño le dieron las gracias, y el señor Braulio explicó que saliendo de la iglesia el día del patrón, que era San Martín, Manoliño estaba comiendo una rosca, y su tía Fermina le decía que le diese un bocado, a lo cual el niño se negaba. Manoliño viendo al señor Braulio a la puerta de la iglesia, corrió hacia él, y dándole media rosca, le dijo:
—¡A ti te doy!
Y en recuerdo de aquel regalo, el señor Braulio hizo la figura de Manoliño. Fue la última que hizo. En los últimos días de su vida, encarnado, con grandes dolores del reúma que le retorcía los huesos, le confesó a su sobrino y heredero Marcelino:
—Cuando jugaba a las cartas, si me venía el caballo de copas, era seguro que ganaba aquel juego. Varias veces estuve tentado de hacerle una figura, pero como no es de la familia, ni nadie me lo pidió, no la hice. Y además, que llegaba a ser dueño de mi caballo de copas un jugador y se la llevaba a San Cosme, por ejemplo, y este al ver mi firma iba a decir: «¡Mira en que cousas se pon a pensar o señor Braulio cando vai a morrer!».
Mandaba que le secasen las lágrimas y lo sonasen, y comentaba que había que saber morir con señorío.
31 octubre 2022
CAP. V. FLOR DE SANTIDAD
|
CAP. V. FLOR DE SANTIDAD |
ADEGA cuando iba al monte con las ovejas tendíase a la sombra de grandes
peñascales, y pasaba así horas enteras, la mirada sumida en las nubes y en
infantiles éxtasis el ánima. Esperaba llena de fe ingenua que la azul
inmensidad se rasgase dejándole entrever la Gloria. Sin conciencia del tiempo,
perdida en la niebla de este ensueño, sentía pasar sobre su rostro el aliento
encendido del milagro. ¡Y el milagro acaeció!… Un anochecer de verano Adega
llegó á la venta jadeante, transfigurada la faz. Misteriosa llama temblaba en
la azulada flor de sus pupilas, su boca de niña melancólica se entreabría
sonriente, y sobre su rostro derramábase, como óleo santo, mística alegría. No
acertaba con las palabras, el corazón batía en el pecho cual azorada paloma.
¡Las nubes habíanse desgarrado, y el Cielo apareciera ante sus ojos, sus
indignos ojos que la tierra había de comer! Hablaba postrada en tierra, con
trémulo labio y frases ardientes. Por sus mejillas corría el llanto. ¡Ella, tan
humilde, había gozado favor tan extremado! Abrasada por la ola de la gracia,
besaba el polvo con besos apasionados y crepitantes, como esposa enamorada que
besa al esposo.
La visión de la pastora puso pasmo en todos los corazones, y fué caso de
edificación en el lugar. Solamente el hijo de la ventera, que había andado por
luengas tierras, osó negar el milagro. Las mujerucas de la aldea augurábanle un
castigo ejemplar. Adega, cada vez más silenciosa, parecía vivir en perpetuo
ensueño. Eran muchos los que la tenían en olor de saludadora. Al verla desde
lejos, cuando iba por yerba al prado o con grano al molino, las gentes que
trabajaban los campos dejaban la labor y pausadamente venían á esperarla en el lindar
de la vereda. Las preguntas que le dirigían eran de un candor milenario. Con
los rostros resplandecientes de fe, en medio de murmullos piadosos, los
aldeanos pedían nuevas de sus difuntos: Parecíales que si gozaban de la
bienaventuranza, se habrían mostrado a la pastora, que al cabo era de la misma
feligresía. Adega bajaba los ojos vergonzosa. Ella tan sólo había visto a Dios
Nuestro Señor, con aquella su barba nevada y solemne, los ojos de dulcísimo
mirar y la frente circundada de luz. Oyendo a la pastora las mujeres se hacían
cruces y los abuelos de blancas guedejas la bendecían con amor.
Andando el tiempo la niña volvió a tener nuevas visiones. Tras aquellas
nubes de fuego que las primeras veces deslumbraron sus ojos, acabó por
distinguir tan claramente la Gloria que hasta el rostro de los santos
reconocía. Eran innumerables: Patriarcas de luenga barba, vírgenes de estática
sonrisa, doctores de calva sien, mártires de resplandeciente faz, monjes,
prelados y confesores. Vivían en capillas de plata cincelada, bordadas de
pedrería como la corona de un rey. Las procesiones se sucedían unas a otras,
envueltas en la bruma luminosa de la otra vida. Precedidas del tamboril y de la
gaita, entre pendones carmesí y cruces resplandecientes, desfilaban por fragantes
senderos alfombrados con los pétalos de las rosas litúrgicas que ante el trono
del Altísimo deshojan día y noche los serafines. Mil y mil campanas prorrumpían
en repique alegre, bautismal, campesino. Un repique de amanecer, cuando el
gallo canta y balan en el establo las ovejas. Y desde lo alto de sus andas de
marfil, Santa Baya de Cristamilde, San Berísimo de Céltigos, San Cidrán, Santa
Minia, San Clodio, San Electus, tornaban hacia la pastora el rostro pulido,
sonrosado, riente. ¡También ellos, los viejos tutelares de las iglesias y
santuarios de la montaña, reconocían a su sierva! Oíase el murmullo solemne,
misterioso y grave de las letanías, de los salmos, de las jaculatorias. Era una
agonía de rezos ardientes, y sobre ella revoloteaba el áureo campaneo de las
llaves de San Pedro. Zagales que tenían por bordones floridas varas, guardaban
en campos de lirios ovejas de nevado, virginal vellón, que acudían á beber el
agua de fuentes milagrosas cuyo murmullo semeja rezos informes. Los zagales
tocaban dulcísimamente pífanos y flautas de plata, las zagalas bailaban al son,
agitando los panderos de sonajas de oro. ¡En aquellas regiones azules no había
lobos, los que allí pacían eran los rebaños del Niño Dios!… Y tras montañas de
fantástica cumbre, que marcan el límite de la otra vida, el sol, la luna y las
estrellas se ponen en un ocaso que dura eternidades. Blancos y luengos rosarios
de ánimas en pena giran en torno, por los siglos de los siglos. Cuando el Señor
se digna mirarlas, purificadas, felices, triunfantes, ascienden a la gloria por
misteriosos rayos de luminoso, viviente polvo.
Después de estás muestras que Dios Nuestro Señor le daba de su gracia, la
pastora sentía el alma fortalecida y resignada. Se aplicaba al trabajo con
ahínco, abrazábase enternecida al cuello de las vacas, y hacía cuanto los amos
la ordenaban, sin levantar los ojos, temblando de miedo bajo sus harapos.
Título original: Flor
de santidad
Ramón
María del Valle-Inclán, 1904
30 octubre 2022
CAP. IV. FLOR DE SANTIDAD
CAP. IV. FLOR DE SANTIDAD
—¡Buenas almas del Señor, haced al pobre peregrino un bien de caridad!
Era su voz austera y plañida. Apoyó la frente contra el bordón, y la guedeja negra, polvorienta y sombría, cayó sobre su faz. Una mujeruca asomó en la puerta:
—¡Vaya con Dios, hermano!
Traía la rueca en la cintura, y sus dedos de momia daban vueltas al huso. El peregrino levantó la frente voluntariosa y ceñuda como la de un profeta:
—¿Y adónde quiere que vaya, perdido en el monte?
—Adonde le guíe Dios, hermano.
—A que me coman los lobos.
—¡Asús!… No hay lobos.
Y la mujeruca, hilando su copo, entróse nuevamente en la casa. Una ráfaga de viento cerró la puerta, y el peregrino alejóse musitando. Golpeaba las piedras con el cuento de su bordón. De pronto volvióse, y rastreando un puñado de tierra lo arrojó á la venta. Erguido en medio del sendero, con la voz apasionada y sorda de los anatemas, clamó:
—¡Permita Dios que una peste cierre para siempre esa casa sin caridad! ¡Que los brazados de ortigas crezcan en la puerta! ¡Que los lagartos anden por las ventanas a tomar el sol!…
Sobre la esclavina del peregrino temblaban las cruces, las medallas, los rosarios de Jerusalén. Sus palabras ululaban en el viento, y las greñas lacias y tristes le azotaban las mejillas. Adega le llamó en voz baja desde la cancela del aprisco:
—¡Oiga, hermano!… ¡Oiga!…
Como el peregrino no la atendía, se acercó tímidamente…
—¿Quiere dormir en el establo, señor?
El peregrino la miró con dureza. Adega, cada vez más temerosa y humilde, ensortijaba a sus dedos bermejos una hoja de juncia olorosa:
—No vaya de noche por el monte, señor. Mire, el establo de las vacas lo tenemos lleno de heno y podría descansar a gusto.
Sus ojos de violeta alzábanse en amoroso ruego, y sus labios trémulos permanecían entreabiertos con anhelo infinito. El mendicante, sin responder una sola palabra, sonrió. Después volvióse avizorando hacia la venta, que permanecía cerrada, y fué á guarecerse en el establo, andando con paso de lobo. Adega le siguió. El mastín, como en una historia de santos, vino silencioso á lamer las manos del peregrino y la pastora. Apenas se veía dentro del establo. El aire era tibio y aldeano, sentíase el aliento de las vacas. El recental, que andaba suelto, se revolvía juguetón entre las patas de la yunta, hocicaba en las ubres y erguía el picaresco testuz dando balidos. La Marela y la Bermella, graves como dos viejas abadesas, rumiaban el trébol fresco y oloroso, cabeceando sobre los pesebres. En el fondo del establo había una montaña de heno, y Adega condujo al mendicante de la mano. Los dos caminaban a tientas. El peregrino dejóse caer sobre la yerba, y sin soltar la mano de Adega pronunció a media voz:
—¡Ahora solamente falta que vengan los amos!…
—Nunca vienen.
—¿Eres tú quien acomoda el ganado?
—Sí, señor.
¿Duermes en el establo?
—Sí, señor.
El mendicante rodeóle los brazos a la cintura y Adega cayó sobre el heno. No hizo el más leve intento por huir. Temblaba agradecida al verse cerca de aquel santo que la estrechaba con amor. Suspirando cruzó las manos sobre el cándido seno como para cobijarlo y rezar. El mastín vino a posar la cabeza en su regazo. Adega, con apagada y religiosa voz preguntó al peregrino:
—¿Ya traerá mucho andado por el mundo?
—Desde la misma Jerusalén.
—¿Eso deberá ser muy desviado, muy desviado de aquí?…
—¡Más de cien leguas!
—¡Glorioso San Berísimo!… ¿Y todo por monte?
—Todo por monte y malos caminos.
—¡Ay santo!… Bien ganado tiene el Cielo.
Los rosarios del peregrino habíanse enredado en el cabello de la zagala, que para mejor desprenderlos se puso de rodillas. Las manos le temblaban, y toda confusa hubo de arrancárselos. Llena de santo respeto besó las cruces y las medallas que desbordaban entre sus dedos.
—Diga, ¿están tocados estos rosarios en el sepulcro de Nuestro Señor?
—En el sepulcro de Nuestro Señor… ¡Y además en el sepulcro de los Doce Apóstoles!
Adega volvió a besarlos. Entonces el peregrino, con ademán pontifical, le colgó un rosario al cuello:
—Guárdalo aquí, rapaza.
Y apartábala suavemente los brazos que la pastora tenía aferrados en cruz sobre el pecho. La niña murmuraba con anhelo:
—¡Déjeme, señor!… ¡Déjeme!
El mendicante sonreía y procuraba desabrocharla el justillo. Sobre sus manos velludas revoloteaban las manos de la pastora como dos palomas asustadas:
—Déjeme, señor, yo lo guardaré.
El peregrino la amenazó:
—Voy a quitártelo.
—¡Ah, señor, no haga eso!… Guárdemele aquí, donde quiera…
Y se desabrochaba el corpiño, y descubría la cándida garganta, como una virgen mártir que se dispusiese a morir decapitada.
Título original: Flor
de santidad
Ramón
María del Valle-Inclán, 1904
-
Tañe el abad a maitines, mucha prisa que se dan. Mío Cid y su mujer para la iglesia se van. Echóse doña Jimena en las gradas del altar y a ...




