Mi pereza y yo escribíamos hace algún tiempo la introducción a un mundo feliz en una isla: es decir, imaginaba una utopía a lo antiguo, limitando a una breve tierra la experiencia. Lo típico de las utopías contemporáneas es su carácter de universalidad. El orden de mi isla, como la república romana según Cicerón, descansaba en los augurios y el Senado: una pequeña ermita de Nuestra Señora en un alto cabe la mar, milagrosa la imagen que vino por las ondas al arenal con un cortejo de delfines, y el consejo de los ancianos, que solamente podían hablar por parábolas y ejemplos; patricia luna llamaba yo al Senado como los romanos al suyo, por la C de cien, siendo cien los senadores. Todo el gobierno de mi isla Sevaramba pendía del milagro que obrase la Virgen y de la fábula en los labios de los ancianos; era, pues, un gobierno a la vez imprevisible y previsor, y la coacción, moral: una sociedad cristiana, en el sentido de que la bastaba el tribunal de la penitencia. En mi ingenua utopía, un mundo, franciscano modo, vivía. La prohibición del milagro parece ser otro de los tópicos de las modernas utopías y los felices mundos futuros, y sólo en las reservas de los salvajes o cuando el «robot» quiebra con la ira de su carne y el apetito de su alma el cálculo cibernético, el nombre de Dios es pronunciado, y si de este nombre se ha perdido la memoria, el hombre lo halla de nuevo en la boca suya como agua fresca o como fuego.
Finalmente, en todos los mundos felices del futuro, padece la cocina. La tableta vitamínica se opone a aquella invención del espíritu humano, quizás la más rica en fantasía y en sutileza que yo acostumbro a llamar la cocina critiana occidental: utopía he leído en la que el «robot» se embriaga -¿Y para qué, si nada recuerda, si nada olvida?-, con píldoras. Y su embriaguez consiste en una especie de retroceso, en la vuelta, durante el período de borrachera, a movimientos simples, al balbuceo automático... En «La estrella de los nonnatos» de Werfel, el único vino y el único pan están en la mesa del Gran Arzobispo, y en la mesa del Gran Rabino hay leche, miel y dátiles. El Gran Arzobispo ha cogido el pan de la mesa, una hogaza de dorada corteza, y con el cuchillo ha cortado una rebanada, que ofrece al visitante. El Gran Rabino le acerca al viajero un plato de dátiles: con los largos dedos de sus pálidas manos ha tomado uno y lo lleva a la boca, como un patriarca antiguo del desierto acerca un oasis a su corazón. Alguien ha sido salvado. Forzando el argumento, recuerdo aquello que me decía don Pedro Mourlane Michelena: «Sin vino no hay cocina, y sin cocina no hay salvación, ni en este mundo ni en el otro».
Un artículo de Álvaro Cunqueiro