19 mayo 2026
Había llegado la hora de variar su rumbo al poniente.
08 febrero 2026
¡Marrañau!
A Mr. Leopold Bloom le gustaba saborear los órganos internos de reses y aves. Le gustaba la sopa de menudillos espesa, las mollejas que saben a nuez, el corazón asado relleno, los filetes de hígado empanados, las huevas de bacalao fritas. Lo que más le gustaba eran los riñones de cordero a la plancha que le proporcionaban al paladar un delicado gustillo a orina tenuemente aromatizada.
Tenía los riñones en mente mientras se movía por la cocina con suavidad, ajustando las cosas del desayuno para ella en la bandeja gibosa. Luz y aire helados había en la cocina pero fuera una mañana agradable de verano por todas partes. Le abrieron un poco la gazuza.
El carbón se enrojecía.
Otra rebanada de pan con mantequilla: tres, cuatro: bien.
A ella no le gustaba el plato lleno. Bien. Apartándose de la bandeja, levantó el hervidor de la hornilla y lo colocó de lado sobre el fuego. Allí quedó posado, deslucido y achaparrado, con el pitorro levantado. Un té pronto. Bueno. Boca seca.
La gata caminó estiradamente alrededor de una pata de la mesa el rabo espigado.
—¡Marrañau!
—Ah, con que estás ahí, dijo Mr. Bloom, apartándose del fuego.
James Joyce
Ulises
Título original: Ulysses
James Joyce, 1922
Traducción: María Luisa Venegas Lagüéns & Francisco García Tortosa
19 noviembre 2024
19 de noviembre
19 de noviembre de 1909
18 octubre 2022
El aire de la habitación le heló los hombros. Se estiró cuidadosamente bajo las sábanas y descansó junto a su mujer. Uno por uno convertidos en sombras. Mejor pasar temerariamente a ese otro mundo, en plena gloria de alguna pasión, que decaer y ajarse funestamente con la edad. Pensó en cómo la que yacía junto a él había guardado en el corazón aquella imagen de los ojos de su amante al decirle que no deseaba vivir.
Lágrimas generosas colmaron los ojos de Gabriel. Jamás había sentido algo parecido hacia mujer alguna, pero sabía que tal sentimiento había de ser amor. Las lágrimas se hicieron más espesas en sus ojos, y en la penumbra imaginó que veía la imagen de un joven bajo un árbol goteante. Había otras formas cercanas. Su alma había alcanzado esa región en la que moran las vastas huestes de los muertos. Era consciente de ello pero incapaz de aprehender sus aviesas y vacilantes existencias. Su propia identidad se disolvía en un mundo gris intangible: el mismísimo sólido mundo en el que esos muertos se habían erguido y donde habían vivido, se borraba y consumía.
James Joyce
Dublineses
Título original: Dubliners
James Joyce, 1914
Traducción: Eduardo Chamorro, 1993
19 noviembre 2021
19 de noviembre
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Tañe el abad a maitines, mucha prisa que se dan. Mío Cid y su mujer para la iglesia se van. Echóse doña Jimena en las gradas del altar y a ...
