En lo fundamental, un virus no es más que un programa, escrito en el lenguaje del DNA, que es muy parecido a un lenguaje de ordenador, hasta el punto de estar escrito en un código digital. Como un virus informático, el virus biológico simplemente dice: «Cópiame y disemíname por doquier». Como en el caso de los ordenadores, no estamos sugiriendo que el DNA de un virus desee ser copiado. Lo que ocurre es que, de todas las maneras en las que el DNA podría disponerse, sólo las ordenaciones que emiten las instrucciones «Disemíname» son diseminadas. Sin quererlo, el mundo se llena de tales programas. De nuevo, como los virus informáticos, están aquí porque están aquí porque están aquí. Si no incorporaran instrucciones que aseguraran su existencia, no existirían. La única diferencia importante entre ambos tipos de virus es que los virus informáticos son producto de los esfuerzos creativos de seres humanos traviesos o malévolos, mientras que los virus biológicos evolucionan por mutación y selección natural. Si un virus biológico tiene efectos perniciosos tales como provocar estornudos o la muerte, se trata de efectos secundarios o síntomas de sus métodos de propagación. A veces los efectos negativos de los virus informáticos son de este tipo. El famoso Internet Worm [Gusano de Internet], que se extendió por las redes estadounidenses el 2 de noviembre de 1988, tuvo efectos negativos no deliberados que fueron todos efectos secundarios (un gusano informático es técnicamente distinto de un virus informático, pero eso no tiene por qué preocuparnos aquí). Las copias del programa enajenaron capacidad de memoria y tiempo de proceso, e hicieron que alrededor de 6000 ordenadores se bloquearan. Los virus informáticos, como hemos visto, tienen a veces efectos negativos que no son subproductos o síntomas necesarios, sino manifestaciones gratuitas de pura malicia. Lejos de ayudar a la difusión del parásito, lo único que hacen estos efectos maliciosos es retardarla. Los virus reales no harían nada tan antropocéntrico a menos que fuesen diseñados en un laboratorio de guerra biológica. Los virus que han evolucionado de forma natural no se apartan de su camino para matarnos o hacernos sufrir. El que suframos o no les trae sin cuidado. Nuestro sufrimiento, cuando existe, es un subproducto de sus actividades de autodiseminación.
Richard Dawkins
Escalando el monte improbable
Metatemas
Nos encontramos aquí en los altos y al parecer inabordables riscos de un supuesto monte, el Monte Improbable. Sus cimas representan, para Richard Dawkins, la combinación de perfección e improbabilidad que cualquiera puede encontrar en los seres vivos. Desde la conjunción de fuerza y sensibilidad de la trompa de un elefante hasta el camuflaje vital de una hormiga escarabajo, el mundo viviente está poblado de criaturas que parecen milagrosamente «diseñadas» para la vida que llevan, criaturas todas ellas que parecen haber alcanzado su punto óptimo, la cúspide imposible.
Gracias a Dawkins comprobamos que estos complejos y brillantes rasgos no se han conseguido por casualidad —lo que equivaldría a escalar con un simple salto la cara escarpada, cortada a pico, de la montaña—, sino por una evolución acumulativa y gradual —que representa la pausada y larga senda que asciende a la cumbre—, infinitamente lenta para los parámetros de la historia humana. Para ello, Dawkins conduce al lector a través de los espectaculares paisajes montañosos del mundo natural y nos invita a visitar, por ejemplo, el fascinante mundo de las telas de araña o a contemplar los higos como si fueran un jardín para una concurridísima colonia de insectos.
Ya en sus libros anteriores, Richard Dawkins ha revelado la gloriosa variedad y la unidad que subyace en la vida sobre la Tierra. En Escalando el Monte Improbable contagia al lector su pasión por la interminable variedad y adaptabilidad de los genes y sus asombrosas consecuencias, ofreciéndonos una atractiva y erudita descripción de muy variados fenómenos biológicos para los que propone explicaciones sencillas.