26 octubre 2026

26 de octubre

26 de octubre

Hoy otro día movido. J. R. lo pasó muy bien con sus visitantes de hoy, sobre todo con la familia Homar. Almorcé en el Caribe [Hilton] porque quería que asistiera Lulú [Benítez], y vino también a conocer a Mrs. de Beers, Margarita Ashford de Lee. Lo pasamos muy bien, aunque eché de menos la economía del Centro [Club] de la Facultad, pero allí no cuento con Lulú por los chismes y cuentos y celos. Lulú me dio una carta de presentación para su cuñado y mañana iré a verlo con Cecilia para interesarlo en el caso de la pobre Sra. de Peñagarícano, que encima de quedarse viuda se ha quedado sin pensión por haber la hija idiota llegado a los 18 años. El almuerzo junto al mar, un verdadero sueño. Allí estaba Marion Wolf jugando a cartas con 3 otras cotorronas «continentales [de los EE.UU.]» ¡Qué vidas tan vacías!

Zenobia Camprubí Aymar
Diario 3. Puerto Rico (1951-1956)

Zenobia Camprubí llevó a cabo un Diario a lo largo de los casi veinte años que duró su vida en el exilio. Redactado parte en inglés y parte en español, lenguas que por sus antecedentes familiares y trayectoria personal dominó con idéntica facilidad, el Diario nos revela el carácter extraordinario de quien fuera la esposa del poeta Juan Ramón Jiménez. Entrelazados con la vida activa de su autora, se recogen en este monólogo sus estados de ánimo, los de su marido, sus frustraciones y ambiciones, sus reflexiones respecto al poeta y a su entorno. El Diario destaca por su valor como obra intimista, lo que pone de manifiesto la competencia literaria de la autora, y su importancia como testimonio histórico y documental. Si un diario conecta las dos partes del ser, la que escribe y la que lee, y ese vínculo se convierte en un modo de observar la propia supervivencia, el Diario de Zenobia Camprubí sería, como se observa en el prólogo del primer volumen, «un instrumento de supervivencia por el que Zenobia trató de reencontrar el perdido sentido de la vida a raíz del trauma de la Guerra Civil española».
El primer volumen abarca el periodo comprendido entre 1937 y 1939, correspondiente a la estancia del matrimonio en Cuba; el segundo cubre los años que van de 1939 a 1950, los vividos en Estados Unidos; el último, hasta ahora inédito, se centra en los años finales de su vida, transcurridos en Puerto Rico.
La edición y preparación de este diario completo ha estado a cargo de Graciela Palau de Nemes.

Colmenar de Oreja. 2016

Colmenar de Oreja. 2016

25 octubre 2026

25 de octubre

 Las cuatro estaciones

Faro de Vigo, 25 de octubre de 1953.

Siempre he hablado de con cuánto atento amor sigo la rueda de las cuatro estaciones, cómo atiendo a su nacimiento, signo, fábula y huida: tal se va, fugaz, la primavera, como «cervo ferido por monteiro maior», tal se va el otoño, como una copa de oro que ruede de las cumbres al valle. Ese polvo insistente de oro, esa cortina dorada que ahora lentamente cierra sobre el rostro del mundo, anida en las copas umbrías de los árboles y se tiende a dormir, como un gran rey derribado, en el flanco poderoso de la montaña. El río, el Avia, maduro como un maduro fruto antiguo, se ha bebido el Viñao y el Arenteiro en esa dorada copa del otoño. Ambos son ríos molineros, de molinos de pan, y sus aguas participan, pues, en la especie sacramental, en la blanquísima harina, como el Avia participa en el vino. Leiro, Beade, Regadas, Abeleda…, toda la mañana está aquí en una redoma de cristal, palpable y audible: vibra, sonora como si el dedo índice de Dios, disparado por la ballesta del pulgar, la golpease.
Al pasar por Regadas, toda la mañana debía ser un ancho prado, como un pañuelo verde puesto a secar al sol, y debían verse y oírse los hilos de agua de los regatos y alcazuelas, y desde el camino, con la mano, poder herborizar nombres latinos: la festuca pratensis de fino talle y la gracia de sus racimillos, o la arrhenatherum elatius, una explosión de hilos y estrellas verdes, dulce el talle cuando se lo masca en el verano, en los henares: treboiña le llaman a la hierba en mi mindoniense país, y me parece que lleva con más gracia el romance que la pulcritud latina de su denominación linneana, tan aparatosa. Abeleda debía estar, como un trobo de viejo castaño, rodeado de la tribu fungadora de las abejas, o como un panal de dorada miel, en el corazón de la mañana, y que pudiese reconocer el pasajero, con el labio en el panal, toda la flora de la montaña, todo lo que tiene color y aroma en el Faro de Avión. Todo lo que tiene nombre debía vivir su nombre. Un amigo me cuenta que en lengua quechua el nombre de una persona o cosa se designa como «aquello que gotea de su alma». Abeleda debía gotear miel en los labios de quien dijese su nombre; unas casas blancas, maíz puesto a secar en una solana, una niña de rubias trenzas en bicicleta. Quedarse a vivir en una de esas casas blancas, tomar el sol con el maíz en la solana, hacerle versos y verla sonreír a la niña de las trenzas y la bicicleta: pero quizás todo esto fuese presurosa y gentil ocupación de primavera que no melancolía del otoño. Aquel príncipe japonés de las historias de Lafcadio Heamrn que estaba encargado, en una montaña sagrada que tenía cerezos y mariposas en la falda, de avisar de la llegada de las aves emigrantes, y entre ellas de los grandes pájaros de las estaciones, avisaba a toda la cortesía nipona, advirtiendo: «Moveos más lentamente que ha llegado el pájaro de las alas secas», y colgaba los grandes tapices que representaban a un samurai en la madura edad, probando su casco de escamas de coral a un niño: es decir, viéndose a sí mismo, tierno paje, y en el casco, con el coral, bordada la melancolía: ¡Dios me libre de tener que probar, a una infantil cabeza, mis melancolías! Que sean otras mis ocupaciones otoñales. Cuáles pueden ser, las pienso en este camino de Leiro a Carballino. Quizá sentarme a oír latir el corazón del vino nuevo en las bodegas —los divinos fermentos creadores, «el semen bullicioso de la naturaleza», grato a Paracelso—, o con el tacón del zapato esbilar un erizo que ha caído del castaño, y recoger las castañas, y comerlas, yendo de vagar por la mañana, que del podre de las hojas secas exhala, aquí en el bosque, tan intenso perfume. Vuela una paloma torcaz. ¿Ha llegado, Señor, la hora del soneto de Ulises?
«Si ángel fueras, necesaria altura
de aire el sueño y de cristal, yo digo
si pudiera volar, volar contigo,
el ala al hombro, mecedora pura».
Demasiado á la page me está saliendo el soneto, y gongorino. Lo de gongorino es necesario, que la mañana es un cristal, y lo propio de la poesía de Góngora es estar construida con tantas palabras como cristales. La mañana está empedrada de cristales verdes, ocres, violetas, dorados. Y el chófer, que va diciendo la toponimia, tan clara y a la vez tan misteriosa, parece que va poniendo las consonantes a un enorme soneto de largos y estremecedores catorce versos que dice, a la luz del día, la voz de Dios. Cuando entramos de regreso en Carballino, ya cumplida la tarde y aposentado el silencio en el crepúsculo, y Venus surgiendo hacia donde me imagino, por los vientos, que está Orense, el primer verso del segundo cuarteto lo digo como quien reza, oliendo una rosa de otoño, de finísima piel levemente perfumada y tibia, cogida en Leiro, y recordando el vuelo tan seguro de la paloma.
«¿Más que el ala, Señor, la rosa dura?»
Se oye un piano en la noche de Carballino. He viajado a través del otoño, del más dorado y nostálgico, perfecto otoño todo el día, para venir a oír ahora, en la callada noche, un vals en un piano que en vez de cuerdas tiene hilos de agua y de cristal.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Colmenar de Oreja. 2016

Colmenar de Oreja. 2016

24 octubre 2026

24 de octubre

El 29 de mayo de 1580, fray Juan Gil llega en efecto a Argel en compañía de fray Antón de la Bella, uno de sus correligionarios. Descubre una ciudad que se repone a duras penas de un invierno terrible, diezmada por una hambruna que ha matado a más de cinco mil personas; cansada de un bajá que multiplica los actos arbitrarios; inquieta por las concentraciones de tropas españolas señaladas en Badajoz y en Cádiz y que hacen temer —erróneamente— el envío de una armada contra la ciudad. Sin más tardar, los dos religiosos inician las primeras conversaciones con Hasán. Pero las discusiones se estancan porque los principales corsarios se hallan en el mar. En agosto, los dos redentores consiguen rescatar un centenar de cautivos; pero entre ellos no figura Cervantes. Hasán, cuyo mandato toca a su fin, ofrece entonces a fray Juan Gil sus mejores esclavos; fija el rescate en quinientos ducados por cabeza, a excepción de un tal Jerónimo de Palafox, estimado por él en mil ducados. En la incapacidad de pagar semejante suma, el trinitario decide rescatar a Miguel por el precio indicado: los doscientos ochenta escudos de que todavía dispone se completan con doscientos veinte escudos tomados del fondo general. El 19 de septiembre de 1580, mientras el bajá se prepara para hacerse a la vela, con sus esclavos ya encadenados a los bancos de su galera, fray Juan Gil entrega, en escudos de oro español, el monto del rescate. Cervantes es libre al fin. A punto estuvo de partir con su amo para Constantinopla: tal vez no hubiera vuelto jamás.Se imagina cuál fue su júbilo. «Tanto es el gusto de alcanzar la libertad perdida», dirá Ruy Pérez de Viedma. No obstante, antes de dejar Argel, quiere saldar sus cuentas. Debe, en efecto, hacer frente a una campaña de difamación dirigida contra él por Blanco de Paz. No conocemos el contenido de las palabras difundidas sobre él por este «hombre murmurador, maldiziente, soberbio y de malas ynclinaciones». ¿De qué se le acusó?¿De amistades con Maltrapillo, de complacencias con Hasán o de compromisos con Agi Morato? Los testimonios de que disponemos sólo hablan de «cosas viciosas y feas». La amenaza era grave, porque Blanco de Paz se decía nada menos que comisario de la Inquisición. Así se explica por qué, siendo ya huésped de otro redimido, su amigo Diego de Benavides, Miguel quiso cortar en seco los rumores malévolos; a partir del 10 de octubre, hace que se proceda a la investigación a la que debemos las informaciones más claras relativas a su cautiverio. En presencia de fray Juan Gil y de Pedro de Rivera, notario apostólico en Argel, doce testigos, entre los que figuran Benavides y el doctor Sosa, confirman las afirmaciones emitidas en el interrogatorio sobre el «cautiverio, vida y costumbres» del requirente, demostrando, en esta ocasión, la inanidad de las palabras del aquel sacerdote indigno que era, en realidad, el sedicente comisario. Catorce días más tarde, el 24 de octubre, nuestro cautivo embarca con otros cinco redimidos en un navío que pertenece a maese Antón Francés. El 27 está a la vista de las costas españolas; su cautiverio ha durado cinco años y un mes.
El desenlace que tuvo ese cautiverio se parece al que nos ofrece El trato de Argel. El coro de cautivos que concluye esta comedia nos informa de la llegada inminente de fray Juan Gil, dirigiendo a la Virgen una ferviente acción de gracias. En cambio, la aventura del cautivo, igual que la de Don Lope, su homólogo de Los baños de Argel, ilustra una distancia mayor con respecto a las tribulaciones que padeció el manco de Lepanto: en efecto, los dos se evaden por mar, gracias a un renegado más leal que el Dorador o Caybán. Pero la última palabra será la que oigan los estudiantes vagabundos del Persiles: dos falsos cautivos que engañan a los campesinos de un pueblo castellano con el pretendido relato de sus desgracias en las galeras turcas. Desenmascarados por el alcalde, en otros tiempos esclavo en Argel, reciben de él los detalles que les permitirán engañar en el futuro. Esta ironía final nos muestra hasta qué punto Cervantes, en el crepúsculo de su vida, ha despertado de sus sueños de antaño. Pero no renegará nunca de la lección que sacó de su experiencia argelina. No sólo le abrió horizontes nuevos; a prueba de la adversidad, le ayudó a revelarse a los demás tanto como a sí mismo. Por ese motivo fue el crisol en que siguió forjando su propio destino.

Jean Canavaggio
Cervantes

Hablar del príncipe de los ingenios significa no sólo enfrentarse con el misterio de su vida, sino acercarse a un mito, donde lo fabuloso, lo seguro y lo verosímil están inextricablemente mezclados. El propio autor nos advierte que «explicar a Cervantes es aventura arriesgada». En efecto, no basta con recopilar rigurosamente lo que de él y de su contexto se sabe, sino que la tarea apasionante radica en ir al encuentro de este personaje enigmático. Así, en busca de una verdad que no cesa de ocultarse, se ve surgir en este libro el perfil de un hombre de una modernidad sorprendente.

Valdemoro. La Fuente de la Villa

Fuente de la Villa

23 octubre 2026

23 de octubre

Se fueron, pues. Los acompañaron a la estación, y el 23 de octubre por la mañana, con cuatro baúles de libros y una cama de campaña, se embarcaron en Marsella a bordo del Commandant-Crubellier, con destino a Túnez. El mar estaba revuelto y la comida fue mala. Se marearon, tomaron unas pastillas y durmieron profundamente. Al día siguiente se veía Tunicia. Hacía buen tiempo. Se sonrieron. Vieron una isla que les dijeron se llamaba isla Plane, luego grandes playas largas y estrechas, y, después de La Goleta, en el lago, bandadas de aves de paso.

Se sentían dichosos de haberse ido. Les parecía que salían de un infierno de metros atestados, de noches demasiado cortas, de dolores de muelas, de incertidumbres. No veían nada claro. Su vida no había sido más que una especie de danza incesante sobre una cuerda tensa, que no llevaba a nada: un apetito vacío, un deseo desnudo, sin límites y sin apoyos. Estaban agotados. Se iban para enterrarse, para olvidar, para calmarse.

Lucía el sol. El barco avanzaba lenta, silenciosamente, por el estrecho canal. En la carretera muy cercana, algunas personas de pie en coches descubiertos les hacían grandes saludos. Había en el cielo unas nubecitas blancas inmóviles. Ya hacía calor. Las placas de la borda estaban tibias. En la cubierta, debajo de ellos, unos marineros apilaban las tumbonas, enrollaban las largas lonas alquitranadas que protegían las bodegas. Se formaban colas en las pasarelas de desembarco.

Llegaron a Sfax dos días después sobre las dos de la tarde, tras un viaje de siete horas en ferrocarril. El calor era agobiante. Frente a la estación, minúsculo edificio blanco y rosa, se abría una avenida interminable, gris de polvo, plantada de palmeras feas, bordeada de casas nuevas. Pocos minutos después de llegar el tren, una vez se fueron los escasos coches y bicicletas, la ciudad volvió a caer en un silencio total.

Dejaron las maletas en la consigna. Tiraron por la avenida, que se llamaba avenida Burguiba; llegaron, al cabo de unos trescientos metros más o menos, ante un restaurante. Un gran ventilador de pared, orientable, zumbaba de modo irregular. En las mesas pringosas, cubiertas con hule, se aglutinaban unas cuantas docenas de moscas que un mozo mal afeitado espantó agitando una servilleta con indolencia. Comieron, por doscientos francos, una ensalada con atún y una escalopa a la milanesa.

Luego buscaron un hotel, tomaron una habitación, mandaron traer las maletas. Se lavaron las manos y la cara, se echaron un rato, se cambiaron, salieron. Sylvie fue al instituto técnico, Jérôme la esperó fuera, en un banco. Hacia las cuatro, Sfax empezó lentamente a despertarse. Aparecieron centenares de niños, luego mujeres con la cara tapada, guardias vestidos de popelín gris, mendigos, carretas, asnos, burgueses inmaculados.

Sylvie salió, con el horario en la mano. Pasearon un rato más; bebieron cerveza y comieron aceitunas y almendras saladas. Vendedores callejeros de periódicos pregonaban Le Figaro de hacía dos días. Habían llegado.

Georges Perec
Las cosas

Publicada originalmente en 1965, Las cosas obtuvo el Premio Renaudot y consagró a Georges Perec como escritor de primera fila y lúcido testigo de, en palabras de Jean Duvignaud, «la incoercible dificultad de existir en los años sesenta».

Jérôme y Sylvie, una pareja de jóvenes pequeñoburgueses que se ganan la vida realizando encuestas para empresas de publicidad, sueñan con una existencia arropada de objetos exquisitos y elegantes. De hecho viven en un apartamento diminuto e incómodo y apenas si ganan dinero para cubrir sus necesidades básicas. Naturalmente, les gustaría ser ricos: sabrían vestir, mirar y sonreír como la gente rica, tendrían su tacto y discreción, su clase… El fulgurante y despreocupado París de la época constituye una tentación irresistible: escaparates de anticuarios, tiendas de libros raros, mercados y tenderetes repletos de agradables sorpresas. La sociedad de la opulencia les seduce con los signos de una vida refinada y garante de una tradición de buen gusto: divanes Chesterfield, camisas Arrow, corbatas de Old England. Sueños de una existencia dichosa y prometedora, creados por una sociedad tentacular que fomenta expectativas artificiales en quienes no pueden satisfacerlas, que a la postre les precipitan en una encrucijada en que el tener promete el ser, en que la necesidad de belleza y perfección les lleva a alienarse de sí mismos…

Las cosas es una aguda e irónica radiografía de la sociedad de consumo y, en particular, de la mistificación del confort y de los goces ofrecidos por un mundo cuya reconfortante banalidad propone múltiples espejismos de quimeras inasequibles. Narrada con magistral sencillez y distanciamiento, Las cosas desmenuza los perversos mecanismos con que las cosas subyugan a los hombres y es, sin duda, una novela anticipatoria cuya riqueza de significados se ha acrecentado con el paso de los años, al tiempo que Georges Perec se ha ido consolidando indiscutiblemente como uno de los grandes novelistas franceses del siglo XX

Madrid. La rosaleda

Desde el teleférico de Madrid. 2016

22 octubre 2026

22 de octubre

 Los doctores papistas se habían empeñado en demostrar à priori que, a causa de la decisiva influencia de los planetas el día veintidós de octubre de 1483— (en que la luna se encontraba en la duodécima casa celeste,——Júpiter, Marte y Venus en la tercera, el Sol, Saturno y Mercurio, todos juntos, en la cuarta),—Lutero era un hombre destinado a condenarse inevitablemente,—y que sus doctrinas, por corolario directo, estaban igualmente condenadas de antemano.

El examen de su horóscopo, en el que cinco planetas copulaban todos al mismo tiempo con Escorpión (al leer esto mi padre siempre negaba con la cabeza en señal de desaprobación) en la novena casa celeste, que los árabes asignaban a la religión,—demostraba que a Martín Lutero le importaba un ochavo esta cuestión;——y si se orientaba el horóscopo hacia la conjunción de Marte,—se podía deducir también, clarísimamente, que estaba destinado a morir maldiciendo y blasfemando;—este influjo maligno era la constatación de que su alma (empapada de culpa) había navegado a dos puños hasta el lago de fuego del infierno.
El insignificante reparo que los doctores luteranos le ponían a esta teoría era que, sin duda alguna, tenía que haber sido el alma de algún otro hombre, nacido el 22 de octubre del 83, la que se había visto obligada a navegar a dos puños de aquella manera,—ya que, como constaba en el registro de Islaben, en el condado de Mansfelt, Lutero no había nacido el año 1483, sino el 84; y tampoco el 22 de octubre, sino el 10 de noviembre, la noche del día de San Martín, razón por la que, precisamente, él se llamaba Martín.
[—Tengo que interrumpir por unos momentos mi traducción; pues estoy seguro de que, si no lo hiciera, no pegaría más ojo en toda la noche de lo que lo hizo la abadesa de Quedlinburg en aquella ocasión.—Es para decirle al lector que siempre que mi padre le leía este pasaje del Slawkenbergius a mi tío Toby, lo hada con aire triunfal——(no dedicado a mi tío Toby, pues él jamás le contradijo en cuestiones religiosas,—sino al mundo entero en general).
—Ya ves, hermano Toby, solía decirle elevando los ojos al cielo, ‘que los nombres de pila no carecen de importancia’;——aquí nos encontramos con que si Lutero se hubiera llamado cualquier otra cosa que no fuera Martín, se habría condenado para toda la eternidad.——No es que yo considere, añadía, que Martín es un buen nombre,—nada más lejos:—es un poco mejor que un nombre neutro, pero sólo un poco;—y sin embargo, siendo tan poca cosa como es, ya ves que a él le fue de bastante utilidad.
Mi padre sabía, con tanta certeza como si el mejor lógico del mundo se hubiera encargado de demostrárselo, que este sostén para su teoría era sumamente endeble;—y sin embargo, al mismo tiempo, es la debilidad del hombre tan extraña que, puesto que se lo había topado en su camino, no podía evitar hacer uso de él; y ésta era seguramente la razón por la que, aun cuando en las Décadas de Hafen Slawkenbergius hay otras muchas historias tan divertidas como la que estoy traduciendo, no había ninguna que mi padre leyera ni con la mitad de placer que ésta,—que a un mismo tiempo halagaba a dos de sus más extrañas teorías:—la de los NOMBRES y la de las NARICES.—Y me atrevería a decir que ya podría mi padre haberse leído todos los libros de la biblioteca de Alejandría (si el destino no se hubiera ocupado de ellos), que no habría encontrado uno solo, ni un pasaje tampoco, que, como éste, diera de un mismo martillazo dos veces en el clavo.]
Las dos universidades de Estrasburgo estaban haciendo indecibles esfuerzos para aclarar el asunto de la navegación de Lutero. Los doctores protestantes habían demostrado que aquél no había navegado a dos puños, como pretendían los doctores papistas; y como todo el mundo sabía que no se podía navegar en dirección contraria a la del viento,—se aprestaron a determinar (suponiendo que realmente hubiera navegado) a cuántos rumbos de distancia lo había hecho; y, asimismo, si Martín había doblado el cabo o si había ido a parar a una costa de sotavento; y como la investigación era muy edificante, al menos para los que entendían de esta clase de NAVEGACIÓN, sin duda habrían seguido con ella a pesar del tamaño de la nariz del extranjero si no hubiera sucedido que el tamaño de la nariz del extranjero desvió la atención de todo el mundo del asunto que ellos se traían entre manos:—las universidades tienen la obligación de seguir las sendas impuestas por los acontecimientos.——
La abadesa de Quedlinburg y sus cuatro dignatarias no representaron obstáculo, porque la enormidad de la nariz del extranjero les llenaba la imaginación tanto como su caso de conciencia:—la cuestión de las aberturas de las sayas se enfrió.—En una palabra, los impresores recibieron orden de distribuir los moldes—y todas las demás controversias cesaron.
Se cruzaban apuestas: un gorrito cuadrado con una borla plateada encima —contra una cascara de nuez—para el que adivinara hacia qué lado de la nariz se inclinarla cada universidad.
—Está por encima de la razón, exclamaron los doctores de un bando.
—Está por debajo de ella, exclamaron los del otro.
—¡Es cuestión de fe!, exclamó uno.
—¡Y un rábano!, dijo otro.
—¡Es posible!, exclamó el primero.
—¡Es imposible!, dijo el segundo.
—¡El poder de Dios es infinito!, exclamaron los Naricistas, puede hacer cualquier cosa.
—¡No puede hacer nada, contestaron los Antinaricistas, que implique contradicción!
—¡Puede hacer pensar a la material!, dijeron los Naricistas.
—Tan cierto como que vosotros, con la oreja de una marrana, podéis hacer una gorra de terciopelo, respondieron los Antinaricistas.
—¡Puede hacer que dos y dos sean cinco!, replicaron los doctores papistas.——¡Eso es falso!, dijeron sus adversarios.—
—El poder infinito es el poder infinito, dijeron los doctores que sostenían que la nariz era de verdad.——Pero solamente afecta a lo posible, replicaron los luteranos.
—¡Por el Dios del cielo!, exclamaron los doctores papistas: si lo juzga oportuno, puede hacer una nariz tan grande como el campanario de Estrasburgo.
El campanario de la iglesia de Estrasburgo era el campanario más grande y más alto que podía encontrarse en el mundo por aquel entonces, y los Antinaricistas dijeron que nadie (o cuando menos no un hombre de mediana edad) podía llevar una nariz de 575 pies geométricos de longitud.—Los doctores papistas juraron que sí se podía.—Los doctores luteranos dijeron que No;—que no se podía.
Al instante esto trajo consigo una nueva discusión (que duró bastante tiempo) acerca de la magnitud y limitaciones de los atributos morales y naturales de Dios.—Esta controversia los llevó naturalmente a Tomás de Aquino, y Tomás de Aquino los llevó al diablo a su vez.
No se volvió a oír hablar de la nariz del extranjero en toda la disputa;—solamente les había servido de fragata que los condujera al golfo de la teología escolástica,—y ahora todos navegaban a dos puños.
El ardor se halla en proporción con la falta de verdadero saber.
La controversia acerca de los atributos y demás, lejos de enfriárselas, había, por el contrario, inflamado las imaginaciones de los estrasburgueses hasta un grado insospechado. —Cuanto menos entendían del asunto, mayor era su asombro y más se preguntaban por él;—abandonados a las miserias del deseo insatisfecho,—vieron cómo sus doctores (los Pergaministas, los Broncistas y los Trementinistas por un lado,—los doctores papistas por otro) se embarcaban y perdían de vista como Pantagruel y sus compañeros cuando partieron en busca del oráculo de la botella.
—¡Los pobres estrasburgueses se quedaron en tierra!
—¿Qué hacer?—Había que actuar rápidamente, sin demora;—la conmoción iba en aumento,—todo el mundo estaba fuera de sí,—las puertas de la ciudad abiertas de par en par.—
¡Desventurados estrasburgueses! ¿Quedó en el almacén de la naturaleza,——o en el desván del saber,——o en el gran arsenal del azar, quedó una sola máquina sin poner en marcha para tormento de vuestra curiosidad y tensión de vuestros deseos, una sola que la mano del destino no dispusiera y preparara para burla de vuestros corazones?—No humedezco mi pluma en la tinta para disculpar vuestra rendición,—sino para escribir vuestro panegírico. Mostradme una ciudad tan macerada por la expectación,—una ciudad que no hubiera comido, ni bebido, ni dormido, ni rezado, ni atendido a las llamadas de la religión ni de la naturaleza durante veintisiete días consecutivos——y que hubiera podido resistir un día más.
El vigésimo octavo día era el día en que el amable extranjero había prometido estar de vuelta en Estrasburgo.

Laurence Sterne
Tristram Shandy
La vida y las opiniones del caballero Tristram Shandy

«Una obra rica, ambiciosa, compleja, burlona y poco definible, que valió a su autor en su época tanto fama como denuestos, y en todas las demás épocas hasta hoy conocidas una ardiente admiración: el incomparable ritmo de su prosa, su ingenio inagotable, los inverosímiles juegos de palabras, la complicada estructura narrativa, la negación absoluta de una concepción lineal del tiempo, su vibrante y aguda escritura y su originalisima puntuación, su irónica aplicación a la novela de teorías filosóficas y científicas, su perfecto manejo de la parodia y sus numerosas extravagancias y osadías sintácticas y tipográficas, hablan por sí solos de su modernidad y nos hacen ver como simples imitaciones, ya anticuadas, a demasiadas “originalidades” contemporáneas.
Tristram Shandy es mi libro favorito: es, a un mismo tiempo, la novela clásica más cercana al Quijote y a la del siglo en que escribo; tanto su recuerdo como su frecuentación esporádica me producen un indefectible placer; puede abrirse por cualquier página, con asombro y sonrisa siempre. No creo haber aprendido más sobre el arte de la novela que durante su traducción. Sin duda, mi mejor obra.»
Javier Marías

Madrid

Madrid. una cierta mirada desde el teleférico

21 octubre 2026

21 de octubre

 Martes, 21 de octubre de 1976

Michel Sommo
Tarnaz, 7
Jerusalén
Mi querido Michel:
Ha estado lloviendo desde anoche. Esta mañana había una luz gris en las ventanas. Y en el horizonte, repentinos rayos se dirigían hacia el mar en silencio, sin ningún trueno. Las palomas que arrullaban hasta ayer están hoy silenciosas, como aturdidas. El único sonido que atraviesa la lluvia es el ocasional ladrido de los perros. La gran casa permanece una vez más desierta y extinguida, con los vestíbulos, dormitorios, bodegas y desvanes entregados de nuevo a los viejos fantasmas. La vida se ha replegado a la cocina: Boaz encendió un agradable buen fuego allí esta mañana. Se sientan alrededor de este fuego, o se echan en los colchones, inactivos, adormilados: durante interminables horas han estado entristeciendo la desierta casa con la guitarra y sus apagadas canciones inacabables.
Boaz les domina casi sin palabras. Está sentado en un rincón de la cocina, con las piernas cruzadas, cosiendo sacos en silencio, envuelto en una capa de piel de cordero que se ha hecho él mismo. Ninguna tarea está por debajo de su dignidad. La semana pasada, como si sintiera la temprana aparición de la lluvia, deshollinó la chimenea y rellenó las grietas con cemento. Y hoy también yo he estado con ellos toda la mañana. Mientras tocaban la guitarra pelé patatas, batí la mantequilla, escabeché en vinagre, ajo y perejil unos gherkins[52]. Ataviada con un amplio traje negro bordado de beduina que me ha prestado una chica llamada Amy, con la cabeza enfundada en una pañoleta a cuadros, como una campesina polaca de mi infancia. Y los pies descalzos, como ellos.
Ahora son las dos de la tarde. He terminado mi trabajo en la cocina y he ido a la habitación abandonada donde Yifat y yo estuvimos al principio, antes de que enviaras por ella y la alejaras de mi lado. He encendido la estufa de queroseno y me he sentado a escribirte estas páginas. Espero que con toda esta lluvia Yifat y tú hayáis puesto una estera de paja en el suelo. Que te hayas acordado de ponerle braguitas de plástico debajo de los pantalones de franela. Que hayas preparado huevos fritos para los dos y quitado la nata de la leche. Y que tú y ella estéis construyendo un avión para la muñeca que llora de verdad o atacando la otomana donde guardamos la ropa de cama en busca del dragón alado. Luego le prepararás el baño, harás pompas de jabón con ella, os peinaréis mutuamente el cabello, le pondrás un pijama de abrigo y cantarás para ella La novia del Sabbath. Refunfuñará por entre los dedos de la mano y tú la besarás y dirás: «Pequeña Señorita Vaciavasos-Meterruido, ahora prohibido levantarse de la cama». Y encenderás la televisión, y con el periódico de la tarde en el regazo verás las noticias en árabe y luego una comedia y las noticias en hebreo y un reportaje sobre la naturaleza y una obra de teatro y «Lectura de hoy de las Escrituras» y tal vez te duermas con los calcetines puestos delante del televisor. Sin mí. Yo soy la pecadora y tú tienes que pronunciar la sentencia. ¿No se la has confiado a tu cuñada? ¿A tu prima y su esposo? ¿No has trazado una línea debajo de ella y comenzado una nueva vida? ¿O tal vez tu sorprendente familia te ha encontrado ya pareja, una criatura piadosa, dócil, regordeta, con la cabeza cubierta y gruesas medias de lana? ¿Una viuda? ¿O divorciada? ¿Has vendido nuestro apartamento y te has ido a vivir a tu querida Kiryat Arba? Silencio. Yo no debo saberlo. Cruel Michel. Pobre Michel. Tus peludas manos oscuras tantean por la noche por entre los pliegues de las sábanas en busca de mi cuerpo que no está allí. Tus labios buscan mi pecho en un sueño. No me olvidarás.
Un olor indefinido, sensual, penetra del exterior. Es el olor de las gotas de lluvia al tocar la pesada tierra abrasada por el sol a lo largo de todo el verano. Un rumor atraviesa las hojas de los árboles del jardín. Hay nubes en las arboladas colinas del lado este. Esta carta no tiene sentido: no la leerás. Y si lo haces, no me contestarás. O contestarás por mediación de tu hermano, quien me exigirá de nuevo, insistentemente, que deje de atormentarte y me aparte de una vez por todas de tu vida, que he convertido en un infierno. Y escribirá que por mis malas acciones he perdido todo derecho sobre la niña, y que hay justicia divina y un Juez y el mundo no es un desierto moral.
Pronto pasará ante mi ventana una chica agachándose bajo la lluvia, con un trozo de lona cubriéndole la cabeza y los hombros. Sandra o Amy o Cindy, estarán dando de comer a los animales. Los perros la seguirán. Mientras, nada, aparte de cortinas de lluvia en la ventana. No se filtra del exterior más sonido que los susurros conspiradores de los pinos y las palmeras y el roce del empapado viento. Tampoco viene sonido alguno del interior, ya que la música y las canciones han cesado en la cocina. Un reguero de agua baja por el tobogán que Boaz le construyó a Yifat. Y desde arriba llega hasta mí el eco de sus rítmicas pisadas. El golpeteo del bastón que su hijo le hizo. Con extrañas zancadas mide una y otra vez los tres metros vacíos que median entre la pared y la puerta de su nuevo rincón en el ático. Hace tres semanas dijo a Boaz de repente que sacara el carillón de botellas y trasladara todas sus cosas al antiguo dormitorio de su madre. En la desnuda pared, llena de desconchados, encontró un clavo oxidado en el que colgó los restos de las sandalias de ella, que había excavado de debajo de un tablón suelto en el ala. En un baúl del sótano descubrió su fotografía color sepia, descolorida por manchas de humedad. Y se la colocó en su mesa, aunque sin los candelabros y las flores artificiales con que su padre solía rodear esa misma fotografía en la antigua biblioteca.
Y ahora nos mira con su soñadora mirada rusa, las trenzas ciñéndole el apenado semblante como una guirnalda, y la sombra de una desmayada sonrisa planeando tal vez por sus labios. Alec le habla con hosca voz infantil, como un niño malcriado que no goza de un momento de contento. Y no está en mi mano el calmarle. Lo que intento decir es que yo también me he trasladado aquí. Sólo para cuidar de él por la noche: a veces se despierta lleno de pánico. Se sienta en la cama y empieza a mascullar órdenes vagas, como si continuara su pesadilla. Y yo me apresuro a levantarme del colchón que he colocado a los pies de su cama, darle a beber una infusión de hierbas del termo, meterle un par de píldoras entre los labios y cogerle las manos hasta que se queda de nuevo dormido y empieza un ronquido entrecortado y doloroso.
¿Resplandece de celos tu rostro? ¿Se te oscurece la mirada por el odio? No me arrojes una piedra. En algún lugar de uno de tus libros sagrados debe estar escrito que estoy cumpliendo un mandamiento. O quizá llevando a cabo un acto de piedad. ¿No abrirás para mí aquellas puertas del arrepentimiento? Cada mañana le afeito con su maquinilla eléctrica de pilas. Peino los cabellos que le restan. Lo visto, le pongo los zapatos y ato los cordones, y luego le ayudo con cuidado a sentarse a su mesa. Le pongo un babero y le doy un huevo pasado por agua y un yogur con una cuchara. O una papilla de copos de maíz. Le limpio la barbilla y la boca. A la hora del día en que te acabas el café, doblas el periódico de la mañana, y desde los pies de la cuna haces una imitación perfecta del cacareo del gallo y dices: «Bonjour, señorita Sommo, levántese, renueve su juventud como un león al servicio del Creador». ¿Y si pregunta por mí? ¿Me he ido muy lejos? ¿Y si quiere saber cuándo volveré? ¿Cuándo volveré, Michel?
Los días en que no hace demasiado frío suelo sentarlo durante media hora en la butaca que Boaz ha colocado para él en el porche, le pongo las gafas de sol y vigilo mientras dormita al sol. A veces pide que le explique historias. Recito de memoria capítulos de las novelas que me traías de la biblioteca pública. Posee ahora una leve y distraída curiosidad por saber de la vida de los demás. Historias que solía contemplar, como tú, con absoluto desprecio: Le Père Goriot, Dickens, Galsworthy, Somerset Maugham. Puede que le pida a Boaz que compre una televisión. Estamos conectados ya a la red eléctrica.
Boaz le cuida con una especie de cortesía sumisa: ha colocado postigos en las ventanas, repuesto uno de los cristales, le ha instalado una alfombrilla de piel de cordero en el baño; se cuida de comprarle las medicinas en la farmacia de Zikhron, cada día le va a buscar un manojo de menta fresca para eliminar el olor a enfermo, todo en tenso silencio. Evita obstinadamente toda conversación, aparte de «Buenos días», «Buenas noches». Como Viernes con Robinson Crusoe.
A veces él y yo pasamos la mayor parte de la mañana jugando interminables partidas de ajedrez. O de cartas: bridge, rummy o canasta. Cuando gana sonríe con júbilo infantil, como un niño consentido. Y si gano yo comienza a dar patadas en el suelo y se queja a su madre de que le han engañado. Manipulo los juegos para que gane la mayoría de las veces. Si intenta engañarme, volver a poner en el tablero una pieza que ya me he comido, o servirse una carta de más, le doy un cachete en la mano y me levanto como para irme de la habitación. Le dejo que suplique y prometa que en adelante se portará bien. En dos ocasiones fijó en mí una extraña mirada, sonrió con silente locura y me pidió que me desnudara. Una vez me pidió que enviara a Boaz al teléfono público a llamar al ministro de Defensa y al jefe del Gabinete, ambos viejos amigos suyos, y les pidiera que vinieran urgentemente por un asunto del que yo no debía saber nada pero que no admitía espera. Y en otra oportunidad me sorprendió de forma diferente: lanzó un discurso muy coherente, aterrador, brillante y totalmente lúcido sobre la forma en que los ejércitos árabes derrotarían a Israel en los años noventa.
Pero la mayor parte del tiempo no dice nada. Sólo rompe su silencio para pedirme que le acompañe al baño. Éste es un asunto complicado y doloroso, y tengo que ayudarle en todo; es como cambiar a un bebé.
Hacia el mediodía generalmente se siente un poco mejor. Se levanta y da vueltas obsesivamente por la habitación poniendo cada cosa en su sitio. Dobla mi ropa, colgada en el respaldo de una silla. Guarda las cartas en su caja. Se lanza sobre un pedazo de papel. Saca los vasos vacíos de la habitación y los deja en el banco del pasillo. Hace grandes esfuerzos para conseguir que la manta esté perfectamente lisa, como si esto fuera una base para nuevos reclutas. Me regaña por dejar el peine encima de la mesa.
Al mediodía le doy puré de patatas o budín de arroz. Le hago beber un vaso de zumo de zanahoria. Luego bajo, llevándome conmigo los platos sucios del banco del pasillo y la ropa para lavar que se ha ido acumulando, y trabajo durante una o dos horas en la cocina o en una de las despensas. Y él da comienzo a su paseo diario entre la pared y la puerta, golpeando con el bastón, siguiendo siempre el mismo recorrido, como una fiera enjaulada. Hasta las cuatro o las cinco, cuando empieza a oscurecer, y avanza a tientas con el bastón escaleras abajo hasta la cocina. Boaz le ha preparado una especie de cama diurna, una suerte de cuna de cuerdas enmarcada en ramas de eucalipto. Se acurruca en ella, cerca del fuego, envuelto en tres mantas, mirando en silencio cómo las chicas preparan la cena. O a Boaz mientras estudia gramática. A veces se adormila en su cuna y se duerme en paz boca arriba con el pulgar en la boca, el rostro sereno y la respiración lenta y acompasada. Es el mejor momento del día para él. Cuando se despierta, afuera ya ha oscurecido totalmente y la cocina está iluminada con la amarilla luz eléctrica y los leños de la chimenea. Le doy de comer. Las píldoras con un vaso de agua. Luego se sienta en su cuna, apoyado en un montón de cojines confeccionados por Boaz con sacos rellenos de algas, escuchando la guitarra hasta cerca de medianoche. Uno a uno, o por parejas, se levantan, le dan educadamente las buenas noches desde lejos y abandonan la habitación. Boaz se inclina sobre él, lo levanta con cuidado en los brazos y lo acarrea en silencio escaleras arriba hasta nuestra habitación del ático. Lo deposita suavemente en la cama y sale de la habitación y cierra la puerta.
Cuando él sale, llego yo. Con un termo para la noche y una bandeja de medicinas. Giro hacia aquí y hacia allá la estufa de queroseno. Cierro los postigos que ha colocado Boaz. Lo envuelvo en mantas y le canto unas nanas. Si considera que he cantado sin prestar atención, que me he repetido o que he terminado demasiado pronto, se vuelve hacia su madre y se queja. Pero a veces, por un instante, se le enciende en los ojos una llama repentina, un rápido y taimado aleteo, y una sonrisa de lobo le atraviesa y muere en sus labios. Como para darme a entender que a pesar de todo aún lleva las riendas, y que es su propia voluntad la que ha escogido hacerse un poco el loco para que yo pueda jugar a ser enfermera. Si el dolor le perla alguna vez de sudor la pálida frente, se lo seco con la mano. Paso los dedos por su rostro y por los pocos cabellos que le restan. Luego, su mano entre las mías, y silencio y adormilamiento y el burbujeo del queroseno cada pocos instantes al pasar del tanque al calentador y a la mecha que quema con llama azulada. Mientras dormita, a veces suspira desconsolado: «Ilana. Mojado».
Y le cambio el pantalón del pijama y la sábana de abajo sin levantarlo. Lo hago ya como una experta. He puesto un hule sobre el colchón. Y a la una de la madrugada se agita, se sienta en la cama y pide dictarme algo. Me siento a la mesa, enciendo la luz y le quito la tapa al Hermes portátil. Aguardo. Duda, tose, y finalmente musita: «No es importante. Duérmete, madre. Tú también estás cansada».
Y se arropa él mismo con la manta.
En el silencio de la noche dice tras un par de horas, con su voz de bajo, más profunda: «Estás muy guapa con ese traje de beduina». O: «Fue una matanza, no una batalla». O: «Aníbal debió asegurarse primero la supremacía naval». Cuando por fin se duerme tengo que dejar encendida la luz de la pared. Me siento y hago punto acompañada por el ladrido de los perros y el viento que barre el jardín en sombras, hasta que se me cierran los ojos. Durante las últimas cuatro semanas le he tricotado un suéter, un gorro y una bufanda. Le he hecho a Yifat unos guantes y una chaqueta con botones. Te haré algo también a ti, Michel: un suéter. Blanco. Con rayas. ¿Quién te plancha las camisas? ¿Tu cuñada? ¿La prima? ¿La pareja regordeta que te han buscado? ¿O has aprendido a lavar y planchar la ropa de Yifat y la tuya? Silencio. No hay respuesta. Exilio. Como si no existiera. No me merezco todos los castigos bíblicos a los que me habéis condenado entre todos. ¿Qué harás si me presento mañana por la tarde a la puerta de tu casa? Con una maleta en la mano derecha, una bolsa de plástico colgada al hombro, un osito de lana para Yifat, y una corbata y una loción para después del afeitado para ti, llamaré al timbre y tú abrirás la puerta y diré: «Aquí estoy, he vuelto». ¿Qué harás, Michel? ¿Dónde esconderás tu vergüenza? Me cerrarás la puerta en las narices. Ya no volverán nunca nuestras mañanas de domingo en el sencillo piso, el último sueño invadido por el piar de los gorriones desde las ramas del olivo a través de la ventana abierta. Yifat, con el pijama estampado de flores de ciclamen y la muñeca, trepando entre los dos bajo la manta para hacer una cueva con almohadas. Tu mano cálida, medio dormida antes de que se te abrieran los ojos, tanteando a ciegas por entre mis largos cabellos y sus desordenados rizos. El ceremonioso beso matutino que los tres depositábamos sobre la calva de la muñeca de plástico. El vaso de naranjada y la taza de chocolate que acostumbrabas traernos a la cama los sábados por la mañana. El hábito de sentar a Yifat en el estante de mármol cercano al lavabo, de enjabonar sus mejillas y las tuyas con espuma de afeitar y hacer carreras de cepillos de dientes mientras yo preparaba el desayuno y los gorriones chirriaban en el exterior como si no pudieran soportar tanta felicidad. Nuestros paseos al uadi durante el Sabbath, hasta los pies del monasterio. Plegaria de gracias después de las comidas en la terraza ejecutada por el Trío Sommo. La gran batalla de almohadas y las fábulas de pájaros y animales y la reconstrucción del Templo con ladrillos de juguete sobre la alfombra con la Cámara de Piedra Labrada hecha con fichas de dominó y botones de colores de mi canasto de costura representando sacerdotes y levitas. El descanso del Sabbath por la tarde entre diarios vespertinos esparcidos por la cama, el sillón y la alfombra. Tu repertorio de anécdotas parisinas y la imitación de clochards cantantes, que nos hacía llorar de risa. Y hasta me llena los ojos de lágrimas ahora, mientras recuerdo y escribo. Una vez Yifat cogió mi barra de labios y coloreó un mapa con las diez tribus de Israel que colgaba sobre tu escritorio, regalo de un periódico de la tarde a sus lectores, y tú, furioso, la encerraste fuera en la terraza «para que rumiara sobre sus acciones y enmendara sus maldades», y te taponaste los oídos con algodón para que no se te ablandara el corazón con sus débiles sollozos y me prohibiste que me apiadara de ella a causa de las palabras del texto: «El que ahorra el castigo, odia a su hijo». Pero cuando dejó de sollozar de repente y sobrevino un extraño silencio, te lanzaste al exterior y la abrazaste y envolviste su diminuto cuerpo muy dentro de tu suéter. Como si hubieras estado embarazado de ella. ¿No te apiadarás también de mí, Michel? ¿No me envolverás en el calor de tu velludo vientre, debajo de la camisa, cuando haya terminado mi castigo?
La víspera del Año Nuevo[53], hace un mes, enviaste a tu cuñado Armand con su camión Peugeot para que te llevara a Yifat. Por mediación del rabino Bouskila me comunicaste por escrito que habías iniciado el proceso de divorcio, que mi estatus actual era el de «esposa rebelde», y que habías empezado a pedir préstamos para devolverme «ese dinero tuyo manchado». A principios de semana vinieron Rahel y Yoash: vinieron a hablarme de contratar a un abogado (no a Zakheim) e insistir en mi derecho a saber lo que habías hecho con mi hija, exigir verla, y no renunciar a ella por las buenas. Yoash bajó con Boaz a examinar la bomba de agua, y Rahel me pasó los brazos alrededor de los hombros y dijo: «Con o sin abogado, Ilana, no tienes derecho a arruinar tu vida y abandonar a Yifat». Se ofreció voluntariamente a ir a Jerusalén y convencerte para que accedieras a una reconciliación. Pidió hablar con Alex cara a cara. Sugirió alistar a Boaz en la ronda de diplomacia cruzada que parecía estar organizando. Y yo estaba sentada frente a ella como una muñeca que se ha quedado sin pilas y no decía nada, salvo: «Déjame en paz». Cuando se hubieron marchado subí a la habitación de Alec para asegurarme de que se había tomado las pastillas. Le pregunté si accedería a que tú y Yifat vinierais invitados por Boaz. Alec torció el gesto sonriendo y me preguntó si es que pensaba organizar aquí una pequeña orgía. Y añadió: «Claro que sí, encanto; por el contrario, aquí no faltan habitaciones y le pagaré cien dólares por cada día que acceda a quedarse». Al día siguiente nos pidió que fuéramos urgentemente a buscar a Zakheim, que llegó dos horas más tarde, congestionado y sin aliento, con su Citroen desde Jerusalén, y recibió una fría reprimenda e instrucciones de transferirte de inmediato otros veinte mil dólares, que tú decidiste aceptar, parece ser, a pesar de todo, manchado o no manchado: porque el cheque no ha sido devuelto. Alec le dijo también a Zakheim que pusiera la casa y la tierra que la rodea a nombre de Boaz. Dorit Zakheim recibió de regalo un pequeño terreno cerca de Nes Ziyyona, y el propio Zakheim, al día siguiente, dos cajas de champán.
«¿Eres o no su esposa?».
«Sí, y la tuya también».
«¿Y la niña?».
«Con él».
«Ve a su lado. Vístete y vete. Es una orden». Luego, desconsoladamente, con un susurro: «Ilana. Mojado».
Pobre Michel: hasta el final te lleva ventaja. Estoy en sus manos, tiene tu honor en la suela de sus zapatos, y hasta te ha escamoteado el halo de víctima merecedora de compasión, porque se está muriendo, y lo lleva sobre su propia cabeza encalvecida. Vi la noble nota que le escribiste invitándonos magnánimamente a todos a vivir contigo, y en vez de llorar me puse a reír de repente y no podía parar: «Es una rastrera anexión, Alex. Le ha dado la impresión de que te habías debilitado, y de que ha llegado la hora de anexionarnos a todos bajo las alas de su presencia». Y Alex torció los labios en la mueca que le sirve de sonrisa.
Cada sábado voy con él en taxi hasta Haifa, al hospital, donde le dan quimioterapia. Ya no le dan radioterapia. Y sorprendentemente ha mejorado un poco: todavía está débil y cansado, todavía dormita la mayor parte del día y yace medio dormido por la noche, tiene la mente enturbiada por los medicamentos, pero sufre menos. Consigue invertir dos o tres horas paseando entre la puerta y la pared. Abrirse camino con la ayuda del bastón hasta la cocina por la noche. Le permito quedarse allí hasta que cada uno se va a su habitación, cerca de medianoche. Hasta le animo a conversar con ellos para distraerse. Pero una vez, la semana pasada, sucedió que no pudo controlarse y se mojó estando en compañía de ellos. No se molestó en hacerlo, u olvidó pedirme que le llevara al baño. Le dije a Boaz que lo llevara inmediatamente a nuestra habitación, lo limpié, le cambié la ropa y al día siguiente, como castigo, le prohibí que bajara. Desde entonces se esfuerza más. Antes de la lluvia, que empezó a caer ayer, incluso paseaba solo por el jardín un rato. Alto y depauperado, con sus vaqueros llenos de parches y una camiseta ridícula. Cuando se porta mal no dudo un instante en pegarle. Por ejemplo, cuando una noche se escapó de mi lado y trepó hasta el observatorio del tejado y al bajar resbaló y se cayó de la escalera de cuerda y se quedó tirado sin sentido en el pasillo hasta que lo encontré. Le pegué como a un cachorro, y ahora ha quedado muy claro que carece de la fuerza necesaria para subir escaleras y deja que Boaz le suba cada noche en brazos hasta nuestra habitación. Nos has enseñado a todos a tener compasión.
¿Y qué me dices de ti? ¿Le quitas tiempo a tu trabajo de recuperación y vas a buscar a Yifat a la guardería a la una y media? ¿Le cantas con tu voz cascada «Por los alimentos que Tú nos has concedido», «Contempla, tú eres justo», «Todopoderoso en el trono»? ¿O tal vez la has colocado con la familia de tu hermano, empaquetado todos sus vestidos y muñecos y partido hacia las rocosas colinas de Hebrón? Si vienes y la traes te perdonaré, Michel. Hasta dormiré contigo. Haré lo que me pidas. Y hasta eso que la timidez te impide pedir. El tiempo pasa, y cada día que se nos va y cada noche es otra colina y otro valle que hemos perdido. No volverán. No dices nada. Sientes lástima por Israel, por viejas ruinas, por Boaz, por Alec, pero no por tu mujer y tu hija. Hasta te pareció bien comunicarle lo del proceso de divorcio por medio del rabino, que me informó en tu nombre que soy una esposa rebelde y por lo tanto se me prohíbe ver a Yifat. ¿Soy demasiado indigna para que tú me exijas una explicación? ¿Para que me impongas una pena y me indiques el camino del arrepentimiento, o me escribas una maldición bíblica?
Boaz dice: «Lo mejor que puedes hacer, Ilana, es dejar que se le pase el enfado. Deja que lo descargue todo con sus amigotes de religión. Luego tiene que calmarse por fuerza y darte lo que le pidas».
«¿Crees que le he ofendido?».
«Nadie es mejor que otro».
«Boaz, con franqueza. ¿Crees que estoy loca?».
«Nadie está más cuerdo que otro. ¿Te apetece clasificar unas cuantas semillas?».
«Dime: ¿para quién estás haciendo ese tiovivo?».
«Para la niña. Es decir, para cuando vuelva».
«¿Lo crees?».
«No lo sé. Tal vez. ¿Por qué no?».
Esta mañana le pegué otra vez. Porque salió a la terraza sin mi permiso y se quedó bajo la lluvia y se mojó. Su torturado rostro tenía una expresión de idiotez total. ¿Es que quería matarse? Sonrió. Contestó que la lluvia era muy buena para el campo. Le agarré por la camisa y le empujé hacia dentro y le propiné una bofetada. Y ya no pude contenerme. Le pegué en el pecho con los puños y lo dejé tumbado en la cama y seguí pegándole hasta que me dolió la mano, y él no dejaba de sonreír, como si disfrutara por hacerme feliz. Me eché a su lado y le besé en los ojos, en el hundido pecho, en la frente que avanza hacia arriba gracias al cabello que se le cae. Le acaricié hasta que se durmió. Y yo me levanté y fui hasta la terraza para ver lo buena que era la lluvia para el campo y lavarme la pena de mi vehemente deseo de ti, del olor de tu cuerpo velludo, el olor a pan y halva[54] y ajo. De tu voz cascada por el tabaco y tu arrojada moderación. ¿Vendrás? ¿Traerás a Yifat? Estaremos todos aquí. Esto es muy agradable. Maravillosamente tranquilo.
Mira el ruinoso estanque de peces, por ejemplo: lo han arreglado con cemento y ahora tiene peces de nuevo. Carpas en vez de peces de colores. La renovada fuente replica a la lluvia en su propia lengua: no surte a chorros, gotea. Y alrededor, los árboles frutales y los ornamentales se levantan en el gris silencioso bajo la apacible lluvia que cae sobre ellos todo el día. No tengo esperanzas, Michel. Esta carta es inútil. En el momento en que identifiques la letra del sobre harás pedazos el papel, lo arrojarás al retrete y tirarás de la cadena. Ya me has llorado. Todo está perdido. ¿Qué me queda salvo acompañar a mi obsesión hasta su tumba?
Y luego desaparecer. No existir. Si Alec me deja algún dinero me iré al extranjero. Alquilaré una pequeña habitación en una gran ciudad lejana. Si la soledad me vence me entregaré a extraños. Cerraré con fuerza los ojos y os saborearé a ti y a él en ellos. Todavía consigo despertar vergonzosas miradas de deseo en los tres curiosos jóvenes que deambulan por aquí entre chicas que tienen veinte años menos que yo. Porque la comuna de Boaz se amplía poco a poco: de vez en cuando se presenta otra alma perdida. Y ahora el jardín está cultivado, los frutales del huerto han sido podados, se han plantado nuevos arbolillos en la ladera de la montaña. Los palomos han sido desahuciados de la casa e instalados en amplios palomares. Sólo al pavo real se le permite vagar a su capricho por los dormitorios, pasillos y escaleras. La mayoría de las habitaciones han sido limpiadas. La instalación eléctrica se ha renovado.
Tenemos unas veinte estufas de queroseno. ¿Compradas o robadas? Imposible decirlo. En vez de las baldosas hundidas se ha puesto suelo de cemento. En el hogar de la cocina arde un aromático fuego de leños. El pequeño tractor se guarda en un depósito de planchas de metal ondulado y alrededor están los complementos: fumigadora, segadora, cultivadora espigadora. Compra todo esto con el dinero que le da su padre. Y hay panales de abejas y corrales de cabras y un pequeño establo para el burro y gallineros para las ocas, que he aprendido a cuidar. Aunque las gallinas todavía vagabundean por el patio, picoteando entre las plantas como en un villorrio árabe, y los perros las persiguen. Frente a mi ventana el viento agita los andrajos de los espantapájaros que Yifat y yo clavamos en el huerto antes de que enviaras a quitármela. ¿Pregunta si puede volver? ¿Pregunta por Boaz? ¿O el pavo real? Si se queja del oído otra vez, no te precipites a darle antibióticos. Espera un día o dos, Michel.
La buganvilla y la adelfa silvestre han sido arrancadas de la casa. Se han rellenado las grietas de las paredes. De noche ya no hay más correrías de ratones por el suelo. Los amigos de Boaz se hacen su propio pan; su olor cálido, gutural, me llena de deseo de ti. Hacemos también yogur, e incluso queso de leche de cabra. Boaz ha hecho dos barriles de madera, y el próximo año tendremos nuestro propio vino. En el tejado hay un telescopio, y la noche del Día de la Expiación se me invitó a subir allá arriba y mirar por él, y vi los mares muertos que se extienden por la superficie de la luna.
Lenta, casi obstinada, sigue cayendo la lluvia. Para llenar el aljibe de piedra del patio, el hoyo que cavó Volodia Gudonski y su nieto limpió y restauró y que erróneamente llaman pozo. Los almacenes, cobertizos y depósitos están llenos de sacos de semillas, sacos de fertilizantes químicos y orgánicos, bidones de queroseno y petróleo, pesticidas, latas de lubricante, mangueras, aspersores y otros equipos de irrigación. Yoash envía la revista El Campo cada mes. Han recogido aquí y allá muebles viejos, camas de campaña, colchones, estanterías, armarios, una mezcolanza de utensilios para la casa y la cocina. En el taller del sótano, equipado de nuevo, hace mesas, bancos, sillones para su padre. ¿Está intentando decirle algo a Alec con sus manazas? ¿O está también embrujado a su manera? En un nicho excavado debajo de la oxidada caldera han descubierto el cofre del tesoro que el padre de Alec escondió allí. Todo lo que quedaba eran cinco monedas de oro turcas, que Boaz ha guardado para Yifat. A ti te reserva el trabajo de constructor, porque le dije que el primer año de tu llegada al país trabajaste de albañil.
El carillón de botellas tintinea en la planta baja, porque la cama de tablones de Alec, su mesa, silla y máquina de escribir se han subido a la antigua habitación de su madre, que tiene una ventana y una terracita de cara a la franja costera y el mar. No escribe una coma, ni tampoco me dicta. El polvo se acumula en la máquina de escribir. Los libros que pidió a Boaz que le comprara en la tienda de Zikhron están alineados por orden de altura, como soldados, en la estantería, pero Alec no los toca. Se contenta con las historias que le explico. Sólo están abiertos en la mesa el diccionario y la gramática hebreos. Porque en las horas lúcidas, por la tarde, Boaz sube a veces: Alec le enseña ortografía y sintaxis elemental. Como Robinson Crusoe con Viernes.
Al marcharse, Boaz se inclina un poco en el umbral de la puerta, como haciéndonos una reverencia. Alec coge su bastón y comienza a medir la habitación con pasos rítmicos. Las sandalias de goma y cuerda que Boaz le hizo producen un sonido almohadillado. A veces se para, sorprendido, muerde la pipa apagada y se inclina para ajustar el ángulo de la silla a la mesa. Estira con severidad su manta. O la mía. Retira mi vestido del gancho de la puerta y lo cuelga en la caja de embalaje que nos hace las veces de armario. Un hombre ligeramente encorvado, calvo, de piel delicada; su aspecto me recuerda al de un pastor protestante de un pueblo de Escandinavia, el rostro cruzado por una extraña mezcla de mortificación, meditación e ironía, con los hombros inclinados hacia abajo, la espalda huesuda y rígida. Sólo los ojos grises parecen nublados y húmedos, como los de un alcohólico declarado. A las cuatro le subo una infusión de hierbas, pita recién salida del horno y un poco de queso de cabra que le he hecho yo misma. Y en la misma bandeja una taza de café para mí. La mayoría de las veces nos sentamos y bebemos en silencio. Una vez se decidió a hablar y dijo, sin interrogantes: «Ilana. Qué estás haciendo aquí».
Y contestó por mí: «Brasas. Pero no hay brasas».
Y luego: «Cartago está destruida. Y qué. Y si no lo hubiera estado, qué entonces. El problema es bastante distinto. El problema es que aquí no hay luz. Vayas por donde vayas, tropiezas».
Encontré la pistola en el fondo de su maleta. Se la di a Boaz y le dije que la escondiera.
No queda mucho tiempo. Ya es invierno. Cuando lleguen las lluvias de verdad habrá que desmantelar el telescopio y bajarlo del tejado. Boaz tendrá que renunciar a sus vagabundeos solitarios por el Monte Carmelo. Ya no desaparecerá durante tres o cuatro días para medir los boscosos valles, explorar cuevas abandonadas, asustar a los pájaros nocturnos en sus agujeros, perderse en la espesa maraña de vegetación. Ya no bajará al mar a flotar solo en una balsa hecha sin un clavo. ¿Huyendo? ¿Persiguiendo? ¿Buscando la inspiración astral? ¿Avanzando a tientas por extensiones vacías, un gigante huérfano inarticulado, tras algún vientre materno perdido que lo atrae hacia sí como por encanto?
Un día se irá a una de sus caminatas y no volverá. Sus amigos le esperarán unas semanas, luego se encogerán de hombros y desaparecerán uno a uno. La comuna se dispersará. No quedará ni un alma viviente. El lagarto, el zorro y la víbora volverán a heredar la casa y retornarán las malas hierbas. Me dejarán sola para velar los espasmos de la muerte.
¿Y luego? ¿Dónde iré?
Cuando era una niña, la hija de inmigrantes debatiéndose con los restos de su cómico acento y sus modales extranjeros, me sentí fascinada por las viejas canciones de los pioneros, que tú no conoces porque viniste más tarde. Melodías que me traían confusos anhelos, un secreto deseo de hembra incluso antes de que fuera mujer. Todavía hoy tiemblo cuando ponen en la radio En la tierra que amaron nuestros padres. O Yo tenía un amor en Kinneret. O Sobre una colina. Como si me estuvieran recordando desde lejos votos de lealtad. Como si estuvieran diciendo que hay una tierra pero no la hemos encontrado. Algún bufón disfrazado se ha introducido subrepticiamente y nos ha inducido a odiar lo que hemos encontrado. A destruir lo que era preciado, y no volverá. Nos ha guiado con luz espectral hasta extraviarnos en lo más profundo del pantano, y las tinieblas se han cernido sobre nosotros. ¿Me recordarás en tus plegarias? Por favor, di por mí que espero clemencia. Para mí y para él y para ti. Para su hijo. Su padre. Para Yifat y mi hermana. Di en tus plegarias, Michel, que la soledad, el deseo y la añoranza son más de lo que podemos soportar. Y sin ellos nos extinguimos. Di que intentamos recibir y retornar amor pero erramos el camino. Di que no deberían olvidarnos y que aún brillamos trémulamente en las tinieblas. Intenta que te expliquen cómo salir. Dónde está la tierra prometida.
O no. No reces.
En vez de rezar construye la Torre de David con los ladrillos de juguete de Yifat. Llévala al zoo. Al cine. Prepárale sus huevos fritos, quítale la nata a la leche, dile: «Beba, Señorita Vaciavasos». No olvides comprarle algunos pijamas de franela para el invierno. Y zapatos nuevos. No se la dejes a tu cuñada. Piensa a veces en cómo lleva Boaz a su padre en brazos. ¿Y qué me dices de la noche, cuando vuelves de tus viajes? ¿Te sientas con los calcetines puestos ante el televisor hasta que te vence el cansancio? ¿Te duermes completamente vestido en el sillón? ¿Empalmando un cigarrillo tras otro? ¿O en vez de eso te sientas a los pies de tu rabino estudiando la Torá con una lágrima? Cómprate una buena bufanda. De mi parte. No cojas un resfriado. No te pongas enfermo.
Te esperaré. Le diré a Boaz que haga una gran cama de tablones y rellene un colchón con algas. Yaceremos bien despiertos y atentos con los ojos abiertos en la oscuridad. La lluvia golpeará en la ventana. La brisa pasará por entre las copas de los árboles. Truenos lejanos avanzarán en dirección a las colinas del este y los perros ladrarán. Si el moribundo gime, y se cuela una racha de viento helado, podremos abrazarle, tú y yo, uno a cada lado hasta que le hagamos entrar en calor. Cuando me desees me pegaré a ti y sus dedos se deslizarán por nuestras espaldas. O puedes pegarte tú a él y yo os acariciaré a los dos. Lo que siempre has anhelado: unirte a él y a mí. Unirte en él a mí, en mí a él. Para que los tres seamos uno. Porque entonces, de la nada, de la oscuridad, por las grietas de los postigos vendrán viento y lluvia, mar, nubes, estrellas para envolvernos silenciosamente a los tres. Y por la mañana mi hijo y mi hija saldrán con un cesto de mimbre a arrancar rábanos en el jardín. No estés triste.
Vuestra madre
Por la Gracia de Dios

Amos Oz
La caja negra

«Querido Alec: Que no hayas destruido esta carta al reconocer mi letra en el sobre prueba que la curiosidad es más poderosa que el odio. O que tu odio necesita carne fresca». Es éste el deslumbrante comienzo de La caja negra, considerada por la crítica internacional como una de las mejores novelas de Amos Oz.
Alec e Ilana no se hablan desde hace siete años. El divorcio ha sido muy duro, las emociones, crueles. Él se ha mudado a Estados Unidos y se ha hecho famoso por sus estudios sobre el fanatismo; ella se ha quedado en Israel y se ha vuelto a casar con un ortodoxo. Tienen, sin embargo, un hijo en común, Boaz, que el padre ignora como ofensa a la madre. El joven es un adolescente inquieto, que ha sido expulsado del colegio por su actitud violenta. Ilana, después de largos años de silencio, escribe a Alec para pedirle ayuda…
Igual que la caja negra de los aviones contiene el registro de los accidentes aéreos, las cartas que se intercambian los personajes desvelan las razones de sus fracasos… La mujer infiel, el marido arrogante, el hijo rebelde: todos se hieren a sí mismos y a los demás en su lucha por la existencia en un país sin compasión.

Casa de Campo. Madrid.

Desde el teleférico de Madrid. 2016

20 octubre 2026

20 de Octubre

 El primer ferrocarril castellano

En 1837 Guillermo Lobé realizó un viaje de Cuba a los Estados Unidos; de los Estados Unidos pasó a Europa. En 1839 Lobé publicó en Nueva York su libro Cartas a mis hijos durante un viaje a los Estados Unidos, Francia e Inglaterra. Lobé estudió los ferrocarriles en los Estados Unidos; luego en Europa. En otra ocasión hablaremos de esta interesantísima personalidad; antecesor tienen en ella los fervorosos europeizadores de hogaño. El 4 de Noviembre de 1837 Guillermo Lobé fecha una de sus cartas —la XVI— en Manchester. Habla en ella de los caminos de hierro; su pensamiento va hacia España; a España desea verla «atravesada en todas direcciones por ferrocarriles, en paz como hermanos los habitantes de sus provincias». Los deseos de Lobé no han de verse realizados sino bastantes años después. En 1844, el célebre matemático D. Mariano Vallejo, publica un libro titulado Nueva Construcción de Caminos de Hierro. No se refiere Vallejo a las nuevas máquinas locomotrices; a los trenes de vapor se alude en un apéndice que pone a su libro; pero a esta novísima tracción prefiere nuestro autor la animal, modificada y facilitada por ingeniosos artificios.
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Ya la idea de los trenes de vapor se había lanzado en España en 1830. En ese mismo año apareció, impreso en Londres, un Proyecto de D. Marcelino Calero y Portocarrero para construir un camino de hierro desde Jerez de la Frontera al Puerto de Santa María. A esta Memoria acompaña un mapa y un curioso dibujo. Llevan dibujo y mapa esta leyenda: «Hízolo con la pluma D. Ramón Cesar de Conti. Londres, 20 de Octubre de 1829». Por primera vez acaso debía aparecer ante la generalidad de los españoles, que contemplara al dibujo aludido, la imagen de un ferrocarril. Imagen casi microscópica por cierto. El dibujante ha representado un pedazo de mar y un alto terrero en la costa. En el mar se ve un vapor con una alta y delgada chimenea; allá arriba, en la costa, se divisa, en el fondo, una fábrica que lanza negros penachos por sus humeros, y luego, acercándose al borde del acantilado, aparece una extraña serie de carruajes. Delante de todos está un diminuto y cuadrado cajón con una chimenea que arroja humo; luego vienen detrás otros cajoncitos separados por anchos claros —un metro o dos tal vez— y unidos por cadenas. Debajo de tan raro tren se divisa una raya sobre la que están puestas las ruedas de los vagones.
No tuvo realización el proyecto de D. Marcelino Calero; recuerde el lector que ese mismo año de 1830 se construía el primer ferrocarril inglés: el de Liverpool a Manchester. En Londres imaginaba su empresa el intrépido Calero. Han de transcurrir bastantes años antes de que se vuelva a hablar en España de ferrocarriles. El 30 de Mayo de 1845 El Heraldo —diario de Madrid— publicaba la siguiente noticia en su sección Gacetillas de la Capital: «Ha llegado a esta corte, procedente de Inglaterra, Sir J. Walmsley, uno de los directores de la empresa del camino de hierro de Ávila a León y Madrid, con objeto de dar impulso a los trabajos. Parece que a causa de haber vendido el promovedor de la empresa, Kelby, el privilegio de concesión a una casa inglesa por la suma de cuatro millones, que habían de figurar en el presupuesto de gastos, han mediado desavenencias entre las juntas de Madrid y Londres, desavenencias que han terminado por medio de una transacción». El mismo día la Gaceta publicaba —basándose en noticias de un periódico francés— un artículo titulado Caminos de hierro. Se dice en él que es preciso animar y dar facilidades a los extranjeros para que vengan a construirlos. Los caminos de hierro —se añade— no son un lujo. «Algunos espíritus timoratos pueden considerar los ferrocarriles como caminos de lujo». No lo son; pero debemos acomodar la obra a nuestras fuerzas. «No se pretenda construirlos con el lujo de perfección que han alcanzado en el Norte de Europa». Cuatro grandes líneas españolas pide el articulista: cuatro líneas que crucen como una inmensa aspa la península. Una de esas líneas habrá de ir de Bayona a Madrid; luego otra de Madrid a Cádiz. La tercera sección comprenderá de Barcelona a Madrid; la cuarta de Madrid a Portugal. Enlazadas con estas cuatro líneas habrán de construirse numerosas ramificaciones.
La misma Gaceta publicaba el 22 de Junio de 1845 esta nota entre las Noticias Nacionales: «Valladolid, 15 Junio. Han pasado por esta ciudad, con dirección a esa corte, cinco ingenieros ingleses encargados de trazar el ferrocarril de Bilbao a Madrid, y aunque la rapidez del viaje no les ha permitido explorar detenidamente el terreno, aseguran, sin embargo, que no han encontrado dificultades insuperables, y que es muy posible la construcción de obra tan importante; el ferrocarril de Avilés está también trazado por esta ciudad; de modo que si tan vastos proyectos llegan a realizarse, mejorará muy en breve él estado de este país, que sólo necesita para enriquecerse medios fáciles y económicos de exportar sus abundantes y excelentes producciones».
En 1845 apareció en Madrid una interesante revista literaria: El Siglo Pintoresco. Dirigía esa revista Navarro Villoslada; dibujaba en ella D. Vicente Castelló, que tan lindas ilustraciones ha puesto a ediciones populares de Quevedo y Cervantes. En la viñeta que adorna el primer número de El Siglo Pintoresco —correspondiente al mes de Junio— vemos otra primitiva y extraña imagen, muy chiquita, de un ferrocarril. Figuran en la viñeta, como representaciones del trabajo y de los deportes, una imprenta, un jardín, una plaza de toros y ese microscópico tren. El tren lo componen un cajón alargado, con una chimenea humeante puesta casi en la parte posterior, y detrás seis vagoncitos que marchan por la tierra, sin que se vea señal ninguna de rieles. Saludemos esta remembranza absurda y remota de los viejos ferrocarriles. En el mismo número de El Siglo Pintoresco, se leía en el balance mensual: «El mes que acaba de expirar ha visto nacer más empresas en España que todos los que han transcurrido desde la conclusión de nuestra guerra civil. Muchísimos capitalistas y mayor número de ingenieros extranjeros han visitado la capital; por todas partes se veían fisonomías desconocidas y talantes británicos, y toda la península se ha cubierto —en el papel, por supuesto— de una red complicadísima de ferrocarriles».
Al mes siguiente, en Julio, El Heraldo del 3 publicaba en primera plana un artículo dedicado al camino de hierro de Francia a Madrid; a las «corporaciones de Vizcaya» débese el proyecto de ese camino. Esas corporaciones han trazado el plan; han explorado la opinión; han recabado el auxilio de los capitalistas; finalmente, cuentan con el concurso del Sr. Mackenzie, «que él solo es una palanca poderosa, y su nombre una garantía de valor para la ejecución de la obra». Los capitalistas de Bilbao ayudan a los de Guipúzcoa. Una comisión de ingenieros ingleses, presidida por Mackenzie, ha trazado el proyecto de la línea y ha hecho los estudios preparatorios para su construcción. «El Gobierno aún vacilaba en la construcción de esta línea, que ha sido igualmente solicitada por respetables casas extranjeras». ¿Fue alguna de estas casas la que mandó a Madrid sus ingenieros en otoño de 1845? El 18 de Septiembre la Gaceta publicaba una noticia en que se decía: «Ha llegado a esta corte el Sr. D. Carlos Brumell, C. E., con una parte de los señores ingenieros pertenecientes a la Compañía del camino real de hierro del Norte de España, dirigida por el Sr. D. Jaime M. Kendel, F. R. S., Vice-presidente del Instituto de los Ingenieros de Inglaterra, etc. Este señor ha dado principio a sus trabajos con la mayor actividad, estudiando las mejores líneas para el camino desde Madrid al Norte». La noticia añade que dichos ingenieros han estudiado el terreno en el Norte durante el pasado verano, y ahora se disponen a estudiarlo en las inmediaciones de Madrid. «Nos alegramos —termina el suelto— de poder felicitar a esta Compañía por la excelente posición en que se halla, como también por el resultado de los enérgicos esfuerzos en esta obra grandiosa y nacional». Al día siguiente reprodujo El Heraldo la gacetilla; la reprodujo también El Tiempo. No dijeron nada los demás periódicos.
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Quedó en proyecto el ferrocarril de Francia a Madrid. ¿Estaba aún demasiado vivo el recuerdo de las dos invasiones, la de 1808 y la de 1823? Tres años antes —en la sesión del 14 de Marzo de 1842— se discutió en el Senado la construcción de un camino ordinario de Pamplona, por el valle del Baztán, a Francia. Se opuso a ello un senador: el general Seoane; lo impugnó también el senador navarro González Castejón. «Imprevisión, e imprevisión muy grande —decía el general Seoane— fue la apertura del camino de Irún. España lo llora, y Dios quiera que no lo llore en adelante». «Mi opinión constante —exponía González Castejón— ha sido que nunca, por ningún estilo, debían allanarse los Pirineos; antes por el contrario, otros Pirineos encima son los que conviene poner». El Sr. Seoane, al rectificar, hablando del camino internacional que pudiera abrirse en Canfranc, decía rotundamente: «Yo, antes de dar mi voto para que se abriese, renunciaría el carácter de senador y la faja que tengo también». (Cuarenta años más tarde, en 1881, al tratar de unos ferrocarriles a través de los Altos Pirineos, en un libro —de carácter militar— titulado Perjuicios que a la defensa del territorio español pueden producir las comunicaciones al través del Pirineo central, se había de estampar todavía que «es ventajoso todo lo que tienda a aislarnos» de Francia, y que respecto a las puertas que en el Pirineo se han abierto, «conviene cerrar algunas»).
No se construyó entonces el camino de hierro que había de unir a España con el resto de Europa. Hasta 1860 no estuvo terminada la línea de Francia a Madrid. En 1859 escribía don Arturo Marcoartú un estudio sobre el estado de la línea. Destinado estaba ese trabajo al Almanaque político literario de «La iberia» para el año bisiesto de 1860. Olózaga, Calvo Asensio, Sagasta, Núñez de Arce, García Gutiérrez colaboraron en ese Almanaque. A fines de 1859 tenía la Compañía del Norte 650 kilómetros en construcción; 73 sin construir. El articulista augura la próxima terminación de la línea. «Cuando el solsticio estival —escribe— dore las agujas de la Catedral de Burgos, albas nubes del vapor de las locomotoras rodearán sus afiligranados contornos, y el rojo resplandor de las calderas señalará las ignominiosas almenas de Santa María, que las ciudades comuneras alzaran al paso del tirano Carlos V».
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Samuel Smiles nos cuenta en su Story of the Life of George Stephenson, que el gran inglés estuvo en el Norte de España en el otoño de 1845. Estudio allí el terreno para la construcción del ferrocarril de Francia a España. Trasladose luego a Madrid, y fue observando por el camino la topografía del trayecto. Venía Stephenson a España por encargo de Sir Joshua Walmsley; proyectaba Walmsley construir la línea. En Madrid, Stephenson y los ingenieros que le acompañaban estuvieron unos días. El gobierno iba dando largas al asunto; un día y otro aplazaba el dar respuesta a lo que los comisionados demandaban. Se cansaban y aburrían Stephenson y sus compañeros. Fueron invitados a una corrida de toros, la eterna corrida. «Pero como ese no había sido precisamente el objeto del viaje —escribe con ironía Smiles— rehusaron cortésmente aquel honor». Stephenson y sus compatriotas se marcharon de España. No se construyó el ferrocarril. Hemos visto que, según El Heraldo del 30 de Marzo de 1845, en ese mes llegó a Madrid Sir J. Walmsley. En Septiembre, la Gaceta, El Tiempo y el mismo Heraldo, anunciaron la llegada de una comisión de ingenieros ingleses. Entre esos ingenieros debió de venir Jorge Stephenson: es decir, uno de los hombres más grandes del mundo moderno. No dicen más los periódicos de aquel otoño.

Azorín
Castilla

Por su forma, su estética y su contenido Castilla (1912) representa la quintaesencia de la obra de Azorín: la contemplación del paisaje o del pueblo como «pequeña» historia transida por el tiempo, buscando, además, en la literatura una expresión del espíritu nacional. Supone Azorín, como explicó Ortega y Gasset, una «nueva manera de ver el mundo»: la que sabe captar «los primores de lo vulgar» y adivinar en ellos el alma de las cosas. Al paso de la lectura vamos descubriendo la resignación y el dolorido sentir de los españoles, la sumisión a la fuerza de los hechos y la idea abrumadora de la muerte. Pero todo lo redime una prosa genial que convierte al libro en uno de los más hermosos de nuestra literatura.