05 enero 2026

MARÍA, A PENEIREIRA

LE llamaban a Peneireira porque estuviera casada con José o Peneireiro, un artesano muy hábil en hacer peneiras, cedazos y borteles de diversos tamaños, los mejores que se pudieran comprar en cualquier feria de la Galicia interior. El propio señor José o Peneireiro se alababa, diciendo que sus piezas eran mejores todavía que las del Peneireiro Compostelano, que nunca logré saber quién pudo haber sido tan excelente fabricante de cedazos. Muerto el marido, María se dedicó a hacer asientos de rejilla para las sillas, para lo que se daba mucha maña. Era muy curiosa de vidas ajenas, y se hizo medio Celestina, contándose varias historias de su intervención en ciertos amoríos, que dieron mucho que hablar. Andaba todas las casas de la villa, y se la temía, porque se la sospechaba sabedora de muchos secretos. Cuando yo la conocí andaba por los setenta, y era una mujer encorvada, con el pelo blanco, la piel todo arrugas, pero los ojos negros muy despiertos, y siempre en la boca una sonrisa. Por entonces, una vecina suya me contó que fuera a casa de la Peneireira a llevarle el asiento de una silla para que le pusiese rejilla nueva, y que ambas se pusieron cuentos. La visitante de pronto, se acordó de que había quedado citada a las seis con su marido en una tienda para comprarle un pantalón. La Peneireira se levantó, fue hacia la cómoda, abrió un cajón y sacó un espejo de mano, echó el aliento en él, y miró. Y dijo:

—Llegas a tiempo, que tu marido aún está en la revancha de la partida de dominó.

Y volvió a guardar el espejo, sin dar ninguna explicación sobre el asunto. Y por este caso, y por otros, se supo en la villa que la Peneireira tenía un espejo en el que podía ver lo que hacían las gentes, y no sólo en la calle, sino encerradas en lo más recóndito de sus casas. En seguida fueron solicitados sus servicios, y los más por mujeres celosas que querían saber los apaños que tenían sus hombres. Uno que trató mucho a la Peneireira me contaba que esta hacía trampa, no diciendo de la misa la media de lo que veía en su espejo. Eso sí, iba a ver al marido de una de las mujeres clientes suyas, y le decía lo que había visto en el espejo a petición de su mujer, y cómo lo callara, y que le debía cinco duros. Por si acaso, el marido pagaba, considerando que merecía la pena el estar a bien con aquella adivina. Otras veces, la Peneireira decía que lo que estaba pasando sucedía un poco lejos, y sólo veía sombras en la niebla. Presumía de no meter guerra en las familias, aunque, eso sí, cobraba la paz. Un sábado a mediodía apareció la Peneireira en la funeraria de la villa a encargar un ataúd para ella, y lo quería muy lujoso y con asas, y forrado, que quería estar cómoda en él, según dijo. Y que se lo tuvieran listo para el lunes siguiente, a las once de la mañana, pago anticipado. Y contó que el espejo le había anunciado su muerte para tal día y tal hora, y que en el velatorio tuvieran cuidado del velón que encendían a los pies. Murió la Peneireira a su hora, y en el velatorio no había manera de encender el velón que estaba a los pies de la difunta: el pábilo chisporroteaba, pero no prendía, y trajeron otro velón.

No se encontró el famoso espejo en la casa, y la Peneireira dejó tal recuerdo en la villa, que todavía hoy, cuando alguien cuenta una cosa que estaba secreta, siempre hay alguien que comenta:

Seica cho dixo o espello da Peneireira!

LAS HISTORIAS GALLEGAS
Álvaro Cunqueiro

Guardaespaldas o guardasueños

guardaespaldas o guardasueños

04 enero 2026

DE LO QUE ACONTECIÓ A UN DEÁN DE SANTIAGO CON DON ILLÁN, EL GRAN MAESTRO DE TOLEDO

 DE LO QUE ACONTECIÓ A UN DEÁN DE SANTIAGO CON DON ILLÁN, EL GRAN MAESTRO DE TOLEDO

Señor conde —dijo Patronio—, en Santiago había un deán que había muy gran voluntad de saber el arte de la nigromancia, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que fuese en aquella sazón; y por ende vínose para Toledo para aprender de aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, enderezó luego a casa de don Illán, y hallólo que estaba leyendo en una cámara muy apartada. Y luego que llegó a él, recibiólo muy bien y díjole que no quería que le dijese ninguna cosa de lo por que venía hasta que hubiese comido. Y pensó muy bien de él e hízole dar muy buenas posadas y todo lo que hubo menester, y diole a entender que le placía mucho con su venida.
Y después que hubieron comido, apartóse con él, y contóle la razón por que allí viniera, y rogóle muy ahincadamente que le mostrase aquella ciencia que él había muy gran talante de aprender. Y don Illán díjole que él era deán y hombre de gran guisa y que podía llegar a gran estado, y los hombres que gran estado tienen, de que todo lo suyo han librado a su voluntad, olvidan mucho aína lo que otro ha hecho por ellos, y que él se recelaba que de que él hubiese aprendido aquello que él quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él hubiese, que nunca haría sino lo que él mandase.
Y en estas hablas estuvieron desde que hubieron yantado hasta hora de cena. De que su pleito fue bien asosegado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado, y que luego esa noche le quería mostrar dónde habían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y tomóle por la mano y llevóle a una cámara. Y en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa y díjole que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase.
Y desde que esto hubo dicho, llamó al deán, y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran pieza, en guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo por encima de ellos. Y desde que fueron en cabo de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara mucho apuesta que allí había, do estaban los libros y el estudio en que habían de leer. De que se asentaron, estaban parando mientes en cuáles libros habían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y diéronle una carta que le enviaba el arzobispo su tío, en que le hacía saber que estaba muy mal doliente y que le enviaba rogar que si le quería ver vivo, que se fuese luego para él. Al deán pesó mucho con estas nuevas: lo uno por la dolencia de su tío, y lo otro porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón de no dejar aquel estudio tan aína, e hizo sus cartas de respuesta y enviólas al arzobispo, su tío.
Y desde a tres o cuatro días llegaron otros hombres a pie, que traían otras cartas al deán, en que le hacían saber que el arzobispo era finado, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que fiaban por la merced de Dios que elegirían a él, y por esta razón que no se quejase de ir a la iglesia, que mejor era para él que le eligiesen siendo en otra parte que no estando en la iglesia.
Y desde a cabo de siete u ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron a él, besáronle la mano y mostráronle las cartas en cómo le habían elegido por arzobispo. Cuando don Illán esto oyó, fue al electo y díjole cómo agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le llegaran a su casa, y pues Dios tanto bien le hiciera, que le pedía por merced que el deanazgo que quedaba vacado que lo diese a un su hijo. Y el electo le dijo que le rogaba que quisiese consentir que aquel deanazgo lo hubiese un su hermano; mas que él le haría bien en guisa que él fuese pagado, y que le rogaba que fuese con él para Santiago y que llevase aquel su hijo. Don Illán dijo que lo haría.
Fuéronse para Santiago. Cuando llegaron, fueron muy bien recibidos y mucho honradamente. Y desde que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mandaderos del Papa, con sus cartas en cómo le daba el obispado de Tolosa, y que le daba gracia que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán oyó esto, retrayéndole mucho ahincadamente lo que con él había pasado, pidióle merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consintiese que lo hubiese un su tío, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran tuerto, pero que lo consentía en tal que fuese seguro que se lo enmendaría adelante. Y el arzobispo le prometió en toda guisa que lo haría así, y rogóle que fuese con él a Tolosa y que llevase su hijo.
Y desde que llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y desde que hubieron allí morado hasta dos años, llegaron los mandaderos del Papa con sus cartas en cómo le hacía el Papa cardenal y que le hacía gracia que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y díjole que, pues tantas veces le había fallecido de lo que con él pusiera, que ya no había lugar de le poner excusa ninguna que no diese algunas de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal rogóle que consintiese que hubiese aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era hombre bueno anciano; mas que, pues él cardenal era, que fuese con él para la Corte, que asaz habría en qué le hiciese bien. Y don Illán quejóse de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuese con él para la Corte.
Y desde que llegaron, fueron bien recibidos de los cardenales y de cuantos en la Corte eran y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán ahincaba cada día al cardenal que le hiciese alguna gracia a su hijo, y él poníale sus excusas.
Y estando así en la Corte, finó el Papa; y todos los cardenales eligieron aquel cardenal por Papa. Entonces fue a él don Illán y díjole que ya no podía poner excusa de no cumplir lo que le había prometido. El Papa le dijo que no lo ahincase tanto, que siempre habría lugar en que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, retrayéndole cuantas cosas le prometiera y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello recelaba en la primera vegada que con él hablara, y pues aquel estado era llegado y no le cumplía lo que le prometiera, que ya no le quedaba lugar en que atendiese de él bien ninguno. De este aquejamiento se quejó mucho el Papa y comenzóle a maltraer diciéndole que si más le ahincase, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y encantador, que bien sabía que no había él otra vida ni otro oficio en Toledo, do él moraba, sino vivir por aquella arte de nigromancia.
Desde que don Illán vio cuán mal le galardonaba el Papa lo que por él había hecho, despidióse de él, y no le quiso dar el Papa qué comiese por el camino. Entonces don Illán dijo al Papa que, pues no tenía qué comer, que se habría de tornar a las perdices que mandara asar aquella noche, y llamó a la mujer y díjole que asase las perdices.
Cuando esto dijo don Illán, hallóse el Papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que hubo, que no supo qué le decir. Y don Illán díjole que fuese en buena ventura y que asaz había probado lo que tenía en él, y que tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.

Don Juan Manuel (Escalona [Toledo], 1282 - Peñafiel [Valladolid], 1349?). Sobrino de Alfonso X el Sabio, quedó huérfano cuando aún era un niño, y alcanzó muy pronto un poder impropio de su edad. Fue Adelantado del Reino de Murcia, y señor de Villena y Alarcón. Celoso de su alcurnia, orgulloso de sus dominios, hábil para la intriga y firme en la ambición, intervino activamente en las luchas políticas a favor o en contra de moros, de nobles y hasta del mismo rey, con un único propósito: la defensa de sus intereses. Fue, además, el mejor prosista de su tiempo y el primer escritor castellano consciente de la fama. Entre sus obras destacan el Libro del caballero y del escudero, el Libro de los Estados y el Libro del Conde Lucanor. El temor por la integridad de su obra le hizo depositar en el Monasterio de Peñafiel un códice de su puño y letra, que desapareció en un incendio.

El Conde Lucanor (1335) es una colección de cincuenta cuentos con un propósito moralizador, cuyas fuentes son los libros orientales, la literatura clásica y la tradición oral. En el cuento de don Illán, un tiempo y un espacio mágicos sirven para medir la lealtad de un discípulo a su maestro. El segundo cuento plantea el tema del pacto diabólico, muy popular en la Edad Media y de larga tradición en toda la literatura posterior. Los dos destacan por la estudiada sicología de los personajes, y ambos poseen un brillante e inesperado final.


Yo me he portado bien (lo digo porque lo digo)

Muchos cuentos gastáis algunos

03 enero 2026

Relatos inquietantes para chicos valientes

 Quizá este libro no debería haber caído en tus manos. Aún estás a tiempo. No te dejes engañar por su portada colorista ni por las ilustraciones del interior. Sólo quiere atraparte. Y cuando lo consiga disfrutará haciéndote pasar miedo, mucho miedo. Entonces, después de leer uno o dos relatos, no te quedará más remedio que correr a esconderte en un lugar seguro. O quizá prefieras echarle valor y estremecerle de puro gozo leyendo estas veinte historias inquietantes: así averiguarás lo que le ocurrió a otros chicos que se creían tan valientes como tú.

Aunque estos relatos estén escritos por autores de fama universal como Charles Dickens, H. G. Wells, Nathaniel Hawthorne, Oscar Wilde, Arthur Conan Doyle, Bram Stoker, H. P. Lovecraft o Edgar Allan Poe, no te fíes, sólo quieren hacerte pasar un mal rato. Monstruos, espectros, maldiciones, muñecos siniestros y pactos diabólicos serán sus macabros aliados. Pero si, a pesar de mi consejo, te empeñas en abrir las páginas de este libro, entonces es que eres un tipo muy valiente.


AA. VV.

Relatos inquietantes para
chicos valientes

Valdemar: El Club Diógenes - 271

los sueños azules de un gato

los sueños azules de un gato

02 enero 2026

y había manzanos a lo largo de las presas...

 Ahora que viejo y fatigado voy, perdido con los años el amable calor de la moza fantasía, por veces se me pone en el magín que aquellos días por mí pasados, en la flor de la juventud, en la antigua y ancha selva de Esmelle, son solamente una mentira, que por haber sido tan contada, y tan imaginada en la memoria mía, creo yo, el embustero, que en verdad aquellos días pasaron por mí, y aun me labraron sueños e inquietudes, tal eran como una afilada trincha en las manos de un vago y fantástico carpintero. Verdad o mentira, aquellos años de la vida o de la imaginación, fueron llenando con sus hilos el huso de mi espíritu, y ahora puedo tejer el paño de estas historias, ovillo a ovillo. Cuando de obra de nueve años cumplidos por Pascua Florida, con la birreta en la mano, me acerqué a la puerta de mi amo Merlín, ¿quién diría que me la iban a llenar, la gorrilla nueva, de las más misteriosas magias, encantos, inventos, prodigios, trasiegos y hechizos? Nunca regalo como este, digo yo, le fue hecho a un niño, y como de un cuerno maravilloso saco cinta tras cinta, cuento tras cuento, y con mis propios ojos contemplo toda aquella tropa profana que a Merlín acudía y a sus siete saberes: en Merlín se añadían, tal los hilos de un sastre invisible, todos los caminos del trasmundo. Él, el maestro, hacía el nudo que le pedían. Ya lo veréis.


Álvaro Cunqueiro

MERLÍN Y FAMILIA

Niño en el buen camino

Disfrutando de la relectura de...

01 enero 2026

Hubo un tiempo

LA NAVIDAD CUANDO DEJAMOS DE SER NIÑOS

    Hubo un tiempo en el que, para la mayoría de nosotros, el día de Navidad envolvía nuestro limitado mundo como un anillo mágico y colmaba nuestros deseos y aspiraciones; aunaba diversiones hogareñas, afectos y sueños; reunía todo y a todos al amor de la lumbre; y dotaba de plenitud la pequeña imagen que resplandecía en nuestros brillantes ojos infantiles.

Llegó otro tiempo, tal vez demasiado pronto, en el que nuestros pensamientos rebasaron ese estrecho límite; en el que nos faltaba una persona (muy querida, creíamos entonces, muy hermosa y totalmente perfecta) para que nuestra felicidad fuera completa; en el que también se nos echaba de menos (o eso pensábamos, que viene a ser lo mismo) en el fuego navideño junto al que esa misma persona se calentaba; y en el que entrelazábamos con todas las coronas y guirnaldas de nuestra vida el nombre de ella.

Fue el tiempo de las navidades radiantes e ilusorias que hace tanto nos abandonaron ¡para aparecer débilmente, tras la lluvia del verano, en los bordes más pálidos del arco iris! Fue el tiempo del disfrute beatífico de las cosas que iban a ser, y que nunca fueron; pero ¡eran tan reales en nuestra imaginación que sería difícil decir qué realidades ocurridas desde entonces han sido más incontestables!


Charles Dickens

La Navidad cuando dejamos de ser niños

Bellotas de roble

Bellotas de roble

29 diciembre 2025

¿Han oído quejarse alguna vez a un niño de tener que esperar el tren en una estación?

 Por ejemplo, a menudo oímos a los adultos quejarse por tener que esperar el tren en una estación. ¿Han oído quejarse alguna vez a un niño de tener que esperar el tren en una estación? No, porque para él estar en una estación de ferrocarril es como estar en una caverna maravillosa o en un palacio de poéticos placeres. Porque para él las luces rojas y verdes de las señales son como un nuevo sol y una nueva luna. Porque para él, cuando el brazo de madera de la señal cae de repente, es como si un gran rey hubiera arrojado su cetro al suelo como señal y hubiera dado comienzo a un ensordecedor torneo entre trenes. Yo mismo tengo hábitos infantiles al respecto.


G. K. Chesterton

Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos)

La nueva heráldica

La nueva heráldica

28 diciembre 2025

¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?

 Sócrates es culpable, porque corrompe a los jóvenes, porque no cree en los dioses del Estado, y porque en lugar de estos pone divinidades nuevas bajo el nombre de demonios.

He aquí la acusación. La examinaremos punto por punto. Dice que soy culpable porque corrompo a la juventud; y yo, atenienses, digo que el culpable es Méleto, en cuanto, burlándose de las cosas serias, tiene la particular complacencia de arrastrar a otros ante el tribunal, queriendo figurar que se desvela mucho por cosas por las que jamás ha hecho ni el más pequeño sacrificio, y voy a probároslo.

Ven acá, Méleto, dime: ¿ha habido nada que te haya preocupado más que el hacer los jóvenes lo más virtuosos posible?

MÉLETO. —Nada, indudablemente.

SÓCRATES. —Pues bien; di a los jueces cuál será el hombre que mejorará la condición de los jóvenes. Porque no puede dudarse que tú lo sabes, puesto que tanto te preocupa esta idea. En efecto, puesto que has encontrado al que los corrompe, y hasta le has denunciado ante los jueces, es preciso que digas quién los hará mejores. Habla; veamos quién es.

¿Lo ves ahora, Méleto?; tú callas; estás perplejo, y no sabes qué responder. ¿Y no te parece esto vergonzoso? ¿No es una prueba cierta de que jamás ha sido objeto de tu cuidado la educación de la juventud? Pero, repito, excelente Méleto, ¿quién es el que puede hacer mejores a los jóvenes?

MÉLETO. —Las leyes.

SÓCRATES. —Méleto, no es eso lo que pregunto. Yo te pregunto quién es el hombre; porque es claro que la primera cosa que este hombre debe saber son las leyes.

MÉLETO. —Son, Sócrates, los jueces aquí reunidos.

SÓCRATES. —¡Cómo, Méleto! ¿Estos jueces son capaces de instruir a los jóvenes y hacerlos mejores?

MÉLETO. —Sí, ciertamente.

SÓCRATES. —¿Pero son todos estos jueces, o hay entre ellos unos que pueden y otros que no pueden?

MÉLETO. —Todos pueden.

SÓCRATES. —Perfectamente, ¡por Hera!, nos has dado un buen número de buenos preceptores. Pero pasemos adelante. Estos oyentes que nos escuchan, ¿pueden también hacer los jóvenes mejores, o no pueden?

MÉLETO. —Pueden.

SÓCRATES. —¿Y los senadores?

MÉLETO. —Los senadores lo mismo.

SÓCRATES. —Pero, mi querido Méleto, todos los que vienen a las asambleas del pueblo ¿corrompen igualmente a los jóvenes o son capaces de hacerlos mejores?

MÉLETO. —Todos son capaces.

SÓCRATES. —Se sigue de aquí que todos los atenienses pueden hacer los jóvenes mejores, menos yo; solo yo los corrompo; ¿no es esto lo que dices?

MÉLETO. —Lo mismo.


Platón

Apología de Sócrates


Traducción: Patricio de Azcárate

¡No hay gatos en la costa!

¡Qué bonito es el otoño!

27 diciembre 2025

El criado de Herodes

El criado de Herodes

Ustedes saben que Galicia ha sido, durante siglos y siglos, el punto extremo de la Ecumene. Aquí, en el Finisterre, que por algo se llamaba así, se acababa el mundo conocido y más allá solamente existía el vacío inmenso del océano tenebroso, con sus abismos, al borde de los cuales se exhibían enormes bestias, Leviatán, por ejemplo, o Jasconius, cuyo lomo oscuro fue tenido, por San Brendán y sus monjes, por una isla. No se es impunemente durante años y años el punto final de la tierra en la que habita el hombre. Probablemente esto tiene sus desventajas —¿hay en el alma gallega algo que provenga de esta inmensa soledad del terminus?—, y el asunto no ha sido muy estudiado. Pero, por otra parte, sucede que este extremo del mundo, este umbral del espacio humano, por ser el más lejano lugar al que podía llegar el europeo, el cristiano, hasta que se supo que había más tierra a Poniente, ha conocido las que llamaremos situaciones que les son profundamente propias. Por ejemplo, aquel momento en que Oberón, acompañado de su fiel Puck, unas veces un trasno revoltoso y otras el más gentil de los espíritus, en las rocas finales, escucha cómo canta la sirena recostada en el lomo de un delfín que sestea en las aguas verdes: Puck volará a aquella punta del mundo a recoger la flor occidental, el zumo de cuyo talle concede tan apasionados e irrebatibles amores. Y si no viviéramos los gallegos en el extremo mundi, no veríamos en la última quincena de diciembre, por los mismos días del nacimiento del Señor, pasar por los caminos aldeanos, dejando a la izquierda Compostela con sus altas torres y sus campanas, un extranjero vestido de raras ropas, excusándose en las robledas del Tambre, buscando el último lugar poblado de Occidente, a veces tocando campanilla como gafo que asusta a transeúntes vespertinos; hasta los lobos se apartan cuando se acerca. Es un criado de Herodes, un mensajero que lleva el parte inmisericorde de su señor, un decreto supremo que ordena que los Inocentes sean degollados.

Lo peor del asunto no es solamente que haya tal mensajero y corra caminos, sino que ha de haber quien la escuche, la lectura del decreto herodíaco, y tome sobre sí la tarea de la degollina. Lo cual quiere decir que mientras el mundo sea mundo habrá inocentes que serán degollados. Quizás este hecho haya de ser tenido en cuenta por aquellos que se preocupan de estudiar la condición humana y aun la filosofía de la historia universal. Al «siempre habrá pobres entre vosotros» tendremos que añadir «siempre, entre vosotros, habrá inocentes que serán degollados». A lo de los pobres se podría añadir lo que dijo alguien de que si siempre habrá pobres entre nosotros no conviene que sean siempre los mismos. Pero a lo segundo no se me ocurre excepción.

Bajo la lluvia, en el atardecer ventoso, pasa el criado de Herodes por los mismos caminos que recorrió, ofreciendo sus biblias, don Jorgito el Inglés. A quien acaso el alcalde de Negreira que, cerca del Finisterre, leía las obras completas de Jeremías Bentham, no le habrá hablado de nuestro extraño visitante. Por no ser tomado por gallego supersticioso.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

Saludos

¡Qué bonito es el otoño!

26 diciembre 2025

De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón

Zumo de manzana

No he leído la novela de Dan MacCall, publicada recientemente en Grasset, en París, traducida del inglés al francés, pero la he visto anunciada en varios periódicos y revistas. Parece ser que se trata de la primera novela de un norteamericano de treinta y cuatro años, y que en ella cuenta una infancia vivida en California. La novela será buena, regular o mala, pero el título nos sorprende y atrae, con su anuncio de una terapéutica sentimental. Todos sabemos la importancia de la manzana en la historia de la humanidad, y hemos visto en la pintura y en la escultura el momento en que Eva le ofrece un bocado de manzana a Adán en el Paraíso. Los especialistas en la materia sostienen, ahora, que no podía ser manzana, que seguramente fue fruta de hueso, un pejigo o una ciruela, pero solamente ellos tienen la preocupación de destruir la leyenda de la manzana. Un poeta de Francia —creo que recordando su Normandía natal; no estoy seguro— dijo una vez que todo el aroma de su país cabía en una manzana. Lo que es indiscutible. Yo me curo más de una vez la inquietud con manzanas, no comiéndolas sino oliéndolas. Me levanto de la cama en la que no logro prender el sueño —bella frase esta de «prender el sueño»— y me siento en un sillón, en el cuarto de estar, donde tengo una docena de manzanas en el suelo, tabardillas, reinetas, romanas, camoesas, y a los pocos minutos de estar allí me llega lento y suave aroma, que es el mismo de la casa natal en mis días de infancia, y me va sosegando, y me vienen a la memoria días pasados que fueron alegres, y con la evocación de ellos un tranquilo sueño. Memorias tengo que solamente me las aviva el aroma de las manzanas. Pero todavía no les he dicho el título de la novela de Dan MacGall. La novela se titula De la importancia del zumo de manzana en el tratamiento de las heridas del corazón. Sin haber leído la novela, ya acepto la tesis, ya reconozco la importancia del zumo de manzana en la curación de un corazón herido y dolorido, ya me dispongo a recomendarlo a aquéllos a quienes suponga amores tempestuosos, o tan amantes, que amor propiamente los hiere. Recuerdo una cantiga medieval gallega que dice que «allá va mi amigo / con el amor que le tengo / como ciervo herido / por montero del rey».

Alá vai o meu amigo

co amor que lle eu hei,

como cervo ferido

por monteiro del Rei!

El único problema que me plantea la novela del norteamericano, y el tratamiento con zumo de manzana en las heridas del corazón, es si el tal zumo es zumo envasado en lata, pasteurizado, higienizado o lo que sea, e inodoro, y no zumo obtenido en casa, fresco y aromático, tras haber elegido las manzanas, las coloreadas manzanas, con las manos mismas de las caricias. Quede dicho para siempre que el corazón no admite ersatzs.


Álvaro Cunqueiro

El laberinto habitado

Paisaje con helechos

Paisaje con helechos