20 enero 2026

Viuamus, mea Lesbia, atque amemus

Viuamus, mea Lesbia, atque amemus,
rumoresque senum seueriorum
omnes unius aestimemus assis.
Soles occidere et redire possunt:
nobis, cum semel occidit breuis lux,
nox est perpetua una dormienda.
Da mi basia mille, deinde centum,
dein mille altera, dein secunda centum,
deinde usque altera mille, deinde centum.
Dein, cum milia multa fecerimus,
conturbabimus illa, ne sciamus,
aut nequis malus inuidere possit,
cum tantum sciat esse basiorum.

Cayo Valerio Catulo
(Siglo I a.C.)

Vivamos, Lesbia mía y amémonos, hagamos caso omiso a todas las habladurías de los ancianos en exceso escrupulosos. Los astros pueden ocultarse y reaparecer, pero nosotros tendremos que dormir en noche perpetua tan pronto como se apague la breve llama de nuestra vida. Dame mil besos y después cien, otros mil luego, luego otros cien. Empieza de nuevo hasta llegar a otros mil y a otros cien. Después, cuando hayamos acumulado muchos miles, los revolveremos todos para perder la cuenta o para que ningún malvado envidioso sea capaz de embrujarnos cuando sepa que nos hemos dado tantos besos.


Cayo Valerio Catulo (en latín, Gaius Valerius Catullus; Verona, actual Italia, h. 87 a. C.-Roma, h. 57 a. C., aunque muchos estudiosos aceptan las fechas 84 a. C.-54 a. C.) fue un poeta latino.

punto de vista

punto de vista

18 enero 2026

Camariñas

 Camariñas

Faro de Vigo, 18 de enero de 1953.
«A arcosa Laxe», «Xallas, de uces nutriz»: toda la mañana estaba llena del verso pondaliano, si no era ese mismo verso tendido sobre la tierra, de tan reposada y madura belleza. El verso de Pondal pasa el río Xallas por la puente Arantón:
Uces da ponte Arantón,
non toqués os seus vestidos,
qu’eles para vos non son.
La musa pondaliana —«ela é filla de Santiago»—, pasa, en la dulce brisa, a nuestro lado. La mañana, que es algo como una grande, luminosa y tibia mano, recoge mar y tierra bajo su palma. Todo el valle de Vimianzo se recogía bajo la luz de su caricia, envuelto en el dulce algodón de la neblina. Había qué ir al castillo, más fino y más nervioso que un palacio a ver si todavía en la niebla matinal cabalgaba Pedro Madruga. Lo llamaban así, dice Vasco da Ponte, porque gustaba «de madrugar para las cabalgadas», a la del alba sería, como don Quijote, cabalgando en las mañanas frías y cantando octavas del Ariosto, o como el Jan Timur, que nada amaba más que galopar por el desierto las mañanas de abril. (Señor de estas torres fue el poeta Martelo y Paumán del Nero: ¡Paumán del Nero!, un apellido eufónico y mágico, de tan patente y misteriosa medievalidad, que nos sorprende no haberlo leído en un catálogo de cruzados o entre las flores del «gay saber»: nombre para uno de los Doce Pares o para un compañero moribundo de Diterico de Berna, o quizás, para uno de esos oscuros caballeros de Escocia, hijos de la insegura melancolía, que una mañana salen a pasear a un arenal y se enamoran del licor rojo de los labios sonoros de las sirenas, y mueren bajo el mar, en aquellos palacios en los que las algas florecen en rosas azules y jacintos verdes…) Pero nadie —sólo la alegre fantasía— galopa en la mañana hacia Vimianzo y su castillo.
Ponte do Porto: el sol rompe a tientas la niebla, y al deshilarla y aventarla, la mañana se hace más alta y más ancha, llena el mundo todo, en el que ya no queda ni un solo lugar que no sea matutino y claro, volado de palomas «amazonas del aire y de su aroma». El breve río se ahoga en el mar, silenciosamente. Camariñas; venían, más los ojos que los labios, diciendo su nombre, tan blanco, tan liviano, que ver la villa de cal y canto y no de encaje fue buena sorpresa. Alençon de Francia no es de encaje, de point d’Alençon, pero hay allí torres y en los palacios pasamanos y balaustres que sí lo son, de encaje que han ido coloreando los siglos, y ahora goza de un fino color rosa; esos grandes ojos que abre el point d’Alençon, allí donde el hilo, de tan sutil, semeja aire —aire celestial, de los atardeceres de verano del Paraíso—, siempre acaban de ser abandonados por una coloreada mariposa, que tras de ella deja el pálido reflejo de la viva pintura de sus alas. Vas a ver qué color es, y sólo encuentras aire, aire tejido y transparente…
La madre de Teresa del Niño Jesús, haciendo point d’Alençon en Lisieux, donde tan alegre es, cabe el puente, la sombra de los manzanos, vio cómo un ángel reparaba los desgarros de sus alas con el encaje que ella hacía. Pocos días después, nacía Teresa. ¿Hay algún ángel que lleve, en esta dorada mañana, encaje de Camariñas en sus alas? El mar de Camariñas lo lleva, en verdad, espuma fugitiva.
El arte del encaje, al igual que la música, es irrefutable: cada hilo, en el entramo de la encajería, es como una frase, y la total tela de araña, Valenciennes o Camariñas, un concierto. La escritura de Bach sobre el pentagrama a lo que se asemeja es a un encaje, más que a un retablo barroco, porque Bach lo que pretende es aprisionar el aire que pasa —sobre todo, esas claras flautas o el aliento casi humano del oboe, y al fondo el orden profundo del órgano—, más bien que representar la Naturaleza. Números y pausas, estrofas —estrofa es lo que retorna—, sensitivas cárceles del tiempo: ponerle puertas al tiempo fugitivo, eso es música. Ponerle puertas al aire, eso es el arte del encaje.
Camariñas, Xornes, son tierras —y mar y ballenas— de la mitra mindoniense. El báculo montañés de San Rosendo —oro de los tojales de Noriega Varela, alba del abedul— pone en Cabo Vilaño el regatón al golpe de la eterna y enorme ola atlántica. Pero en la ría, más suave y breve la ola, alguien, las femeninas manos, la hilan en la orilla… Unas blancas y ligeras nubes que el sudoeste empuja, se acercan a verle a la Señora de la Barca el tejado de piedra. Son las doce. Cantan «Ave María» las campanas de la iglesia, tiembla el aire pleno de luz, tendido sobre hilos de oro que van y vienen, tejiendo el mundo y la mañana, tejiendo el mantel de Camariñas —blanco, liviano, como este nombre—, sobre la roca antigua de la tierra, a la orilla del mar.

Álvaro Cunqueiro
El pasajero en Galicia

Bajo el título El pasajero en Galicia, Álvaro Cunqueiro escribió, a comienzos de los años cincuenta, una serie de artículos para el periódico Faro de Vigo en los que, pueblo a pueblo, ciudad a ciudad, hacía la crónica turística y sentimental de su país natal. Constituye, así, una inmejorable guía de las tierras y leyendas realizada por el más sabio, ameno y cordial de los cicerones. El volumen, cuidadosamente editado por César Antonio Molina, contiene además dos crónicas de los viajes de Cunqueiro por las rutas de peregrinación, así como los artículos escritos para una serie que, con el título Introducción a una historia de las tabernas gallegas, el autor proyectaba ir publicando, y otros textos de diversa procedencia donde el célebre escritor se recrea en la geografía y las gentes de Galicia.

Nenúfares rosas en el pantano, juncos verdes y reflejos en el estanque

nenúfares rosas en el pantano, juncos verdes y reflejos en el estanque.

16 enero 2026

LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS

 LAS PINTURAS DE LA CAJA DE PINTURAS 
menudo se me ha pasado por la cabeza la imagen de un individuo que se dedicara a coleccionar con laborioso cuidado artículos que nadie más valorase, y a hacer una clasificación exhaustiva de todas aquellas cosas que los demás consideran insignificantes e inanes. Dicho individuo tendría una preeminencia magnífica y fútil en muchos asuntos. Podría tener la mejor colección de colillas del mundo. Podría acumular ceniza de pipa y cabos de lápiz con un entusiasmo y una poesía dignos de mejor causa. Podría, si fuese millonario, llevar aún más lejos su inmensa cruzada. Podría construir grandes museos donde no se exhibiera otra cosa que paraguas extraviados y peniques falsos. Podría encontrar importantes periódicos y revistas en los que no se dijera nada más que cosas sin importancia; en los que se anunciara con deslumbrantes titulares la pérdida de tres cerillas quemadas en un cenicero y se dedicaran largos y filosóficos editoriales a cuestiones tales como los nombres de pila de los conductores de autobús de Fulham, o el número de persianas verdes que hay en Harrow Road. Si el hombre se entregase seriamente a estas inanidades no hay duda de que sería objeto de grandes burlas. Sin embargo, si decidiera hacernos frente y defender su posición, pronto nos daríamos cuenta de que toda nuestra civilización es tan absurda como su pasatiempo. Objetaría con razón que, filosóficamente hablando, se puede decir tanto a favor de coleccionar conteras de paraguas de caballero como a favor de coleccionar libros o billetes de banco. Desde un punto de vista práctico, no puede alegarse razón alguna que justifique la preferencia que muestra la humanidad por un material antes que por el otro. Es imposible sugerir una sola razón valida para explicar por qué el oro debería ser más caro que un poco de genuina y untuosa arcilla roja. Es imposible decir por qué una piedra preciosa debería ser más valiosa que un portaplumas o una vieja botella verde, cuando ambas cosas son más útiles y más pintorescas. Casi todas las teorías que dicen explicar esta paradoja desde el punto de vista metafísico han fracasado por completo. Se suele decir, por ejemplo, que el valor de los materiales viene dado por su rareza. Sin embargo, es evidente que esto no se sostiene. Hay muchas cosas más raras que el oro y la plata; por pequeñas que sean las probabilidades de que uno de nosotros encuentre media libra de oro en el arroyo, las probabilidades de que encontremos una llave de cerrojo con una cinta encarnada, o un ejemplar de The Times que describa la introducción de la primera Ley de Gobierno Local son todavía menores. Y, sin embargo, la gente no tiene museos privados de llaves de cerrojo con cintas encarnadas, ni alardea de tener una colección única de ejemplares de The Times de esa fecha concreta de 1885. Quienes hablan de la rareza como la esencia del valor parecen no darse apenas cuenta de las prodigiosas consecuencias que eso tendría. En este mundo las cosas más insignificantes son precisamente las que son especialmente raras. Es muy raro que un abogado de mostacho pelirrojo nacido en Devonshire le preste un chelín y seis peniques al sobrino de un comerciante en telas radicado en Clement’s Inn; es probable que tal cosa haya ocurrido solo en una ocasión; y, sin embargo, no se registra el incidente con letras doradas, ni se le atribuye ninguna particular importancia a ninguna circunstancia, jirón o reliquia que pudieran servir como conmemoración del momento en que ocurrió. No cabe duda de que la mera rareza no sirve como prueba del valor. Si fuese así, el oro sería mucho menos valioso que muchas variedades del barro que encontramos por la calle, y las cosas hermosas, en general, valdrían mucho menos que las feas. La clave de la cuestión es que la humanidad ha elegido atribuirle valor a ciertos objetos insignificantes sin hacer ninguna clase de ejercicio crítico intrínseco o comparativo. Ha hecho infinitamente más valioso un material que otro mediante el sencillo proceso de elegir un tipo de barro y no otro. En muchos aspectos el criterio actual para determinar qué sustancia es valiosa es, decididamente, de segundo orden. El valor, por ejemplo, se centra casi por entero en los metales, que son el material más gris y menos comunicativo de todas las cosas terrenales. Pertenecen a la creación material, que es la escoria del orden cósmico. Resulta extraordinario, cuando uno se pone a pensarlo, que una cosa tan absolutamente vulgar como el oro sea la forma en que se ligan nuestras tendencias más humanas y humanizadoras. Cada vez que pedimos que nos paguen en metálico, cumplimos casi hasta el último detalle con las palabras de la parábola: pedimos pan y recibimos una piedra.

Paisaje castellano

 paisaje

14 enero 2026

Un genio solitario proclama la verdad sobre el tiempo

 Un genio solitario proclama la verdad sobre el tiempo

El calendario es intolerable para la sabiduría, el horror de toda la astronomía y un motivo de risa para el punto de vista de un matemático.
ROGER BACON, 1267
Hace siete siglos, un enfermizo fraile inglés envió una estridente misiva a Roma. Era una llamada apremiante, dirigida al papa Clemente IV, para que, de una vez por todas, el tiempo se definiera con exactitud. Calculando que el año del calendario era unos 11 minutos más largo que el año solar real, Roger Bacon informaba al sumo pontífice de que esto sumaba un error de un día entero cada 125 años, un excedente de tiempo que a lo largo de los siglos había acumulado, en la época de Bacon, nueve días. Si no se corregía, esta tendencia trasladaría marzo a lo más crudo del invierno y agosto a la primavera. Más horrible en esta época piadosa era la insistencia de Bacon en que los cristianos estaban celebrando la Pascua de Resurrección y demás festividades en fechas erróneas, una acusación tan ultrajante en 1267 que Bacon se arriesgó a que lo calificaran de hereje por poner en duda la veracidad de la Iglesia católica.
A Roger Bacon no le importaba. Era uno de los más originales e irascibles pensadores de la Europa medieval y parecía disfrutar de su papel de rebelde, primero como profesor de la Universidad de París desde 1240 y después como sacerdote tras ingresar en la orden franciscana después de 1250, a los cuarenta años. Insaciable curioso y siempre empeñado en poner en duda la ortodoxia, Bacon dedicó su vida a reflexionar qué causa un arco iris, a dibujar la anatomía del ojo humano y a desarrollar una fórmula secreta de la pólvora. Dos siglos antes de Leonardo da Vinci, predijo la invención del telescopio, las gafas, los aviones, los motores de alta velocidad, barcos autopropulsados y motores de gran capacidad. Llegó a estas conclusiones basándose en la idea, radical por aquel entonces, de que la ciencia ofrecía verdades objetivas, al margen del dogma o de lo que constara en los libros.
Los contemporáneos de Bacon estaban sorprendidos por su intelecto, pero asustados por sus ideas. Parece que sus propios hermanos de orden en Oxford y París le impidieron salir del convento. Aún peor, le prohibieron durante largos periodos escribir y enseñar, manteniéndolo ocupado con las tareas cotidianas del monasterio: atender el jardín, recitar oraciones, barrer el suelo. De vez en cuando lo castigaban retirándole la comida.
Este habría sido el final de la historia de Roger Bacon si no hubiera sido por el súbito interés que Guy Foulques, apodado «el Gordo», sintió por sus ideas. En 1265, este abogado y consejero del rey Luis IX de Francia descubrió a Bacon y contactó con él, pidiéndole que le enviara un resumen de sus ideas. Como Bacon, Foulques se había ordenado sacerdote ya mayor, en 1256, el año que murió su mujer. Después había ascendido a velocidad meteórica a obispo, arzobispo y cardenal, cargo que ejercía cuando se acercó a Bacon. No se sabe cómo se enteró Foulques de la existencia de aquel fraile tanto tiempo enclaustrado; tampoco está claro por qué aquel importante cardenal estaba interesado en las ideas de Bacon, ni por qué estaba de acuerdo con él.
Fueran cuales fuesen sus razones, el interés de Foulques supuso un giro fundamental para Roger Bacon. El fraile, tras tantos sufrimientos, debió de sentirse como si finalmente le fuera permitido volver al mundo normal. Y por si esto no bastara, meses más tarde Guy Foulques, el Gordo, fue elegido pontífice de la Iglesia católica, adoptando el nombre de Clemente IV. Dé aquí surgió un segundo contacto con Bacon: un breve papal fechado en junio de 1266 ordenando que se enviara cuanto antes a San Pedro de Roma la obra del fraile.
Bacon estaba jubiloso pero avergonzado, ya que, después de años de hostigamiento en el seno de su propia orden religiosa, incluyendo a veces la prohibición de escribir, no tenía nada completo que enviar a Roma.
«Mis superiores y mis hermanos —escribió al Papa el contrariado Bacon— me castigan con el hambre, me tienen bajo estrecha vigilancia y no permitirían a nadie acercarse a mí, dado que temen que mis escritos los conozcan otros, además de ellos».
Libre al fin para proseguir con sus ideas, Roger Bacon prometió preparar un manuscrito y enviarlo lo antes posible. Durante casi dos años trabajó incansablemente y al final, en 1267, envió a Roma un tratado colosal titulado Opus maius. En este y otros dos libros, llevados personalmente por un fiel sirviente llamado Juan a través de los caminos a menudo traicioneros de la Europa de la Edad Media, Bacon comenta desde el estudio de las lenguas y la geometría de los prismas hasta la geografía de tierra Santa.
La parte que describe los fallos del calendario está en un largo y oscilante capítulo sobre matemáticas, en una sección en la que el autor aboga por utilizar la objetividad de los números y de la ciencia para denunciar los errores. Empieza al afirmar que está tratando una materia «sin la cual habría gran peligro y confusión», un error causado por la «ignorancia y la negligencia […] [que son] despreciables a los ojos de Dios y de los santos […]». «El tema en que pienso —dice— es la corrección del calendario».
Bacon remite los defectos del calendario a su inventor, Julio César, que puso en vigor el modelo utilizado por Bacon (y también por nosotros en la actualidad, con alguna modificación) el 1 de enero del 45 a. C. «Julio César, versado en astronomía, completó el orden del calendario hasta donde pudo en su época», escribe Bacon:
Pero Julio no llegó a la verdadera longitud del año, que en nuestro calendario supuso que era de 365 días y un cuarto […]. Pero está claramente probado que la longitud del año solar no es tan grande, antes bien es menor. Este defecto calculan los científicos que es la centésima trigésima parte de un día. Por lo tanto, al cabo de 130 años hay un día de más. Si dichos días se quitaran, el calendario se perfeccionaría al menos en lo que se refiere a este error. En consecuencia, puesto que todas las longitudes del calendario se basan en la duración del día solar, es necesario desconfiar de ellas, ya que tienen una base falsa.
Bacon también señala otro error del calendario que proviene del primero. «Hay otro gran error —escribe Bacon— relacionado con la determinación de los equinoccios y los solsticios. Pues […] los equinoccios y solsticios están situados en días fijos […]. Pero los astrónomos saben que no son fijos, que suben en el calendario, como está probado por tablas e instrumentos».

Personajes para cuentos al amor de la lumbre en los días de invierno

Personajes para cuentos al amor de la lumbre en los días de invierno

13 enero 2026

RÍO de cristal, dormido y encantado;

 RÍO de cristal, dormido
y encantado; dulce valle,
dulces riberas de álamos
blancos y de verdes sauces.
—El valle tiene un ensueño
y un corazón: sueña y sabe
dar con su sueño un son lánguido
de flautas y de cantares.—
Río encantado; las ramas
soñolientas de los sauces,
en los remansos caídos,
besan los claros cristales.
Y el cielo es plácido y blando,
un cielo bajo y flotante,
que con su bruma de plata
acaricia ondas y árboles.
—Mi corazón ha soñado
con la ribera y el valle,
y ha llegado hasta la orilla
serena, para embarcarse;
pero, al pasar por la senda,
lloró de amor, con un aire
viejo, que estaba cantando
no sé quién, por otro valle.—

ARIAS TRISTES

Juan Ramón Jiménez

Segunda antolojía poética

(1898-1918)

en algún lugar del Sur del Norte

en algún lugar del Sur del Norte

12 enero 2026

Mesa de casa rica en el siglo XIX

 Aunque la mejoría era franca a fines de Junio, todavía tenía para un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo desbridamiento. A principios de Julio empezó a recobrar el apetito y a reponerse de su grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga inmovilidad, y con las intensas fiebres y dolorosos insomnios que sufrido había, estaba en los puros huesos: su cara era toda ojos, y en estos todo espíritu. Al recobrar las ganitas de comer, extremaron Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones de la Naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero; allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente entre la Naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el cansancio. Bien decía D. José María, paladeando su vinito: «En esta tierra de bendición, Sr. D. Fernando, el que se muere es porque quiere». Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor Doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido… ¡Compadre, vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita, con su indispensable oreja, y ainda mais, morcilla. De principio, entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello (también hecho en casa o mandado por las monjas), el mostillo, las nueces, el queso (también de casa), la miel, el sinfín de frutas espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato… y, por último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena, a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo, siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías verdes o tirabeques, y, por fin, la compota… esta no podía faltar, como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de golosinas… y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la digestión…

A Fernando servíanle en su cuarto, en una mesita con mantelería limpia como el oro, que junto a su cama ponían, y así estuvo comiendo hasta muy avanzado Julio, en que D. Segundo le permitía levantarse algunos ratos; pero sin andar ni moverse del aposento. Con el trato continuo, Gracia, que le acompañaba y le servía gozosa, tomó la confianza de tutearle. Comúnmente le llevaba noticias de las cositas buenas que su hermana y la tía estaban haciendo para él. «Hoy te van a poner unos pescaditos al horno, que te vas a chupar los dedos». Otra vez entraba con un par de palomos muertos: «¿Ves esto? —le decía—: pues te los van a poner con arroz. Toca, mira qué pechugas…». O bien entraba con cestas de frutas riquísimas, acabadas de traer de las huertas de Paganos, peras de a cuarterón, manzanas fragantes, cerezas gordas, y se las mostraba, enardeciendo su abundancia y hermosura. «De todo has de probar hoy, Fernandito. Demetria ha dicho que te haga comer un poquito de cada cosa, para que veas todo lo bueno que crían nuestras tierras.
—Sí, hija mía, sí —respondía Fernando, no tan alegre como debiera—: ya veo, ya veo que Dios os ha dado muchos, muchísimos bienes; pero con ser tantos, no llegan a lo que vosotras merecéis».

 Cap. XXXIII

“De Oñate a la Granja” de Benito Pérez Galdós

Paisaje helado

Winterreise

11 enero 2026

maestro de otros mirlos

 Calló el paje para sonarse con un gran pañuelo amarillo, de los que dicen de dos hierbas, y tengo para mí que más que sonarse lo que hizo fue enjugar dos lágrimas. Y con voz velada por la emoción, prosiguió:

—Me pasaba los días en el puente y en las orillas del río, descuidando el chocolate de mi amo, y me olvidaba de sacarle brillo a las hebillas de plata, poner a refrescar el vino, engrasar la escopeta, y todas mis obligaciones quedaban para mañana. ¡Y Anglor no volvió el San Juan de hogaño! ¡Quizás Anglor no vuelva nunca! Y por temor de que tan triste cosa suceda, ¡no volver a verla!, peregrino a Compostela, y de camino me distraigo enseñándole a este mirlo una tonada dolorida que compuse en Sahagún, en la posada aquélla, y cuando el mirlo la tenga bien sabida lo soltaré, para que sea maestro de otros mirlos y todos ellos la canten, parleruelos. Y así sabrá todo el mundo cómo ama y amará siempre a Anglor, la princesa del río, el paje François, más conocido por Pichegru en la antigua ciudad de Aviñón en Provenza, la del hermoso puente.


"Merlín y familia" de Álvaro Cunqueiro

Paisaje

colores

10 enero 2026

UN CUENTO DE HADAS (fragmento)

 La esencia del país de las hadas es ésta: se trata de un país cuyas leyes nos son desconocidas. Peculiaridad que comparte con el universo en que vivimos. No sabemos nada de las leyes de la naturaleza; ni siquiera sabemos si son leyes. Todo lo que podemos hacer es aceptar, primero por medio de la fe (en nuestros padres, tías y nodrizas), y luego mediante exiguos experimentos (durante el miserablemente insuficiente período de tres veintenas y una decena de años), la proposición general de que hay alguna clase de extraña conexión, a menudo repetida pero aun así inexplicada, entre la pólvora encendida y una ruidosa explosión. Y es ahí donde radica la profunda y sensata filosofía del cuento de hadas. El químico dice: «Mezcla estas tres sustancias y se producirá una explosión». El mago bueno del cuento de hadas dice: «Cómete estas tres manzanas y se le caerá la cabeza al gigante». Pero el químico habla con un tono y un estilo particulares que sugieren que hay una filosofía abstracta, alguna especie de conexión inevitable entre las tres sustancias y la explosión. A veces lo llama necesidad, es decir, algo que no puede quebrantarse. Otras lo llama ley, es decir, algo que puede quebrantarse. Pero siempre se refiere a que la imaginación ve una conexión entre las dos cosas —igual que ve una conexión entre el cuatro y el ocho—, cuando en realidad la imaginación no ve nada semejante. El método del cuento de hadas es mucho más filosófico. El mago dice: «Haz esta cosa extraordinaria y a continuación se producirá otra cosa extraordinaria totalmente diferente. No sé por qué ocurre; ni siquiera sé si ocurrirá siempre. Pero es un consejo que vale la pena tener en cuenta si se quiere matar a un gigante». Ignoramos si esas repeticiones naturales que ocurren por doquier a nuestro alrededor son leyes; ignoramos si son necesidades. Lo que sí sabemos es que son encantamientos, es decir, condiciones que se cumplen, pero cuya naturaleza es enteramente mística. El agua está embrujada, así que corre siempre cuesta abajo. Los pájaros están embrujados, de modo que vuelan. El sol está embrujado, y por eso brilla.

G. K. Chesterton

Correr tras el propio sombrero (y otros ensayos)

pájaros en rama

pájaros en rama

09 enero 2026

Odín

Odín

Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el harpa y contar cuentos. Tocó en el harpa aires antiguos, habló de Gudrun y de Gunnar y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que tres parcas vinieron, que las dos primeras le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica: «El niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado». Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Tryggvason descreyó de la historia, el forastero repitió que era cierto, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto.


Jorge Luis Borges y Delia Ingenieros.

modelo para acuarelas

modelo para acuarelas sobre el otoño

08 enero 2026

Enas verdes ervas...

Enas verdes ervas... (cantiga de Pero Meogo)

Enas verdes ervas
vi anda’las cervas,
    meu amigo.

Enos verdes prados
vi os cervos bravos,
    meu amigo.

E con sabor d'elas
lavei mias garcetas,
    meu amigo.

E con sabor d'elos
lavei meus cabelos,
    meu amigo.

Des que los lavei,
d’ouro los liei,
    meu amigo.

Des que las lavara,
d’ouro las liara,
    meu amigo.

D’ouro los liei,
e vos asperei,
    meu amigo.

D’ouro las liara
e vos asperara,
    meu amigo.

Pero Meogo
Cantigas de amigo galaico portuguesas
(Siglos XIII-XIV)

La historia es simple: una joven espera a su amado en el campo (lugar ameno). Los ciervos macho y hembra pueden libremente aparearse. Los cabellos, en esta época, tienen una connotación sexual. (Garcetas y cabellos = guedejas y pelo)

En las verdes hierbas
vi correr las ciervas,
mi amigo;

en los verdes prados
vi a los ciervos bravos,
mi amigo.

Y con gusto de ellas
lavé yo mis trenzas,
mi amigo;

y con gusto de ellos
lavé mis cabellos,
mi amigo.

Cuando los lavé
de oro los até,
mi amigo;

luego de lavarlas
de oro las ataba,
mi amigo.

De oro los até
y os esperé,
mi amigo;

de oro las atara
y luego esperaba,
mi amigo.

Avecillas

Avecillas en otoño para un cuaderno de apuntes

05 enero 2026

MARÍA, A PENEIREIRA

LE llamaban a Peneireira porque estuviera casada con José o Peneireiro, un artesano muy hábil en hacer peneiras, cedazos y borteles de diversos tamaños, los mejores que se pudieran comprar en cualquier feria de la Galicia interior. El propio señor José o Peneireiro se alababa, diciendo que sus piezas eran mejores todavía que las del Peneireiro Compostelano, que nunca logré saber quién pudo haber sido tan excelente fabricante de cedazos. Muerto el marido, María se dedicó a hacer asientos de rejilla para las sillas, para lo que se daba mucha maña. Era muy curiosa de vidas ajenas, y se hizo medio Celestina, contándose varias historias de su intervención en ciertos amoríos, que dieron mucho que hablar. Andaba todas las casas de la villa, y se la temía, porque se la sospechaba sabedora de muchos secretos. Cuando yo la conocí andaba por los setenta, y era una mujer encorvada, con el pelo blanco, la piel todo arrugas, pero los ojos negros muy despiertos, y siempre en la boca una sonrisa. Por entonces, una vecina suya me contó que fuera a casa de la Peneireira a llevarle el asiento de una silla para que le pusiese rejilla nueva, y que ambas se pusieron cuentos. La visitante de pronto, se acordó de que había quedado citada a las seis con su marido en una tienda para comprarle un pantalón. La Peneireira se levantó, fue hacia la cómoda, abrió un cajón y sacó un espejo de mano, echó el aliento en él, y miró. Y dijo:

—Llegas a tiempo, que tu marido aún está en la revancha de la partida de dominó.

Y volvió a guardar el espejo, sin dar ninguna explicación sobre el asunto. Y por este caso, y por otros, se supo en la villa que la Peneireira tenía un espejo en el que podía ver lo que hacían las gentes, y no sólo en la calle, sino encerradas en lo más recóndito de sus casas. En seguida fueron solicitados sus servicios, y los más por mujeres celosas que querían saber los apaños que tenían sus hombres. Uno que trató mucho a la Peneireira me contaba que esta hacía trampa, no diciendo de la misa la media de lo que veía en su espejo. Eso sí, iba a ver al marido de una de las mujeres clientes suyas, y le decía lo que había visto en el espejo a petición de su mujer, y cómo lo callara, y que le debía cinco duros. Por si acaso, el marido pagaba, considerando que merecía la pena el estar a bien con aquella adivina. Otras veces, la Peneireira decía que lo que estaba pasando sucedía un poco lejos, y sólo veía sombras en la niebla. Presumía de no meter guerra en las familias, aunque, eso sí, cobraba la paz. Un sábado a mediodía apareció la Peneireira en la funeraria de la villa a encargar un ataúd para ella, y lo quería muy lujoso y con asas, y forrado, que quería estar cómoda en él, según dijo. Y que se lo tuvieran listo para el lunes siguiente, a las once de la mañana, pago anticipado. Y contó que el espejo le había anunciado su muerte para tal día y tal hora, y que en el velatorio tuvieran cuidado del velón que encendían a los pies. Murió la Peneireira a su hora, y en el velatorio no había manera de encender el velón que estaba a los pies de la difunta: el pábilo chisporroteaba, pero no prendía, y trajeron otro velón.

No se encontró el famoso espejo en la casa, y la Peneireira dejó tal recuerdo en la villa, que todavía hoy, cuando alguien cuenta una cosa que estaba secreta, siempre hay alguien que comenta:

Seica cho dixo o espello da Peneireira!

LAS HISTORIAS GALLEGAS
Álvaro Cunqueiro

Guardaespaldas o guardasueños

guardaespaldas o guardasueños

04 enero 2026

DE LO QUE ACONTECIÓ A UN DEÁN DE SANTIAGO CON DON ILLÁN, EL GRAN MAESTRO DE TOLEDO

 DE LO QUE ACONTECIÓ A UN DEÁN DE SANTIAGO CON DON ILLÁN, EL GRAN MAESTRO DE TOLEDO

Señor conde —dijo Patronio—, en Santiago había un deán que había muy gran voluntad de saber el arte de la nigromancia, y oyó decir que don Illán de Toledo sabía de ello más que ninguno que fuese en aquella sazón; y por ende vínose para Toledo para aprender de aquella ciencia. Y el día que llegó a Toledo, enderezó luego a casa de don Illán, y hallólo que estaba leyendo en una cámara muy apartada. Y luego que llegó a él, recibiólo muy bien y díjole que no quería que le dijese ninguna cosa de lo por que venía hasta que hubiese comido. Y pensó muy bien de él e hízole dar muy buenas posadas y todo lo que hubo menester, y diole a entender que le placía mucho con su venida.
Y después que hubieron comido, apartóse con él, y contóle la razón por que allí viniera, y rogóle muy ahincadamente que le mostrase aquella ciencia que él había muy gran talante de aprender. Y don Illán díjole que él era deán y hombre de gran guisa y que podía llegar a gran estado, y los hombres que gran estado tienen, de que todo lo suyo han librado a su voluntad, olvidan mucho aína lo que otro ha hecho por ellos, y que él se recelaba que de que él hubiese aprendido aquello que él quería saber, que no le haría tanto bien como él le prometía. Y el deán le prometió y le aseguró que de cualquier bien que él hubiese, que nunca haría sino lo que él mandase.
Y en estas hablas estuvieron desde que hubieron yantado hasta hora de cena. De que su pleito fue bien asosegado entre ellos, dijo don Illán al deán que aquella ciencia no se podía aprender sino en lugar muy apartado, y que luego esa noche le quería mostrar dónde habían de estar hasta que hubiese aprendido aquello que él quería saber. Y tomóle por la mano y llevóle a una cámara. Y en apartándose de la otra gente, llamó a una manceba de su casa y díjole que tuviese perdices para que cenasen esa noche, mas que no las pusiese a asar hasta que él se lo mandase.
Y desde que esto hubo dicho, llamó al deán, y entraron ambos por una escalera de piedra muy bien labrada y fueron descendiendo por ella muy gran pieza, en guisa que parecía que estaban tan bajos que pasaba el río Tajo por encima de ellos. Y desde que fueron en cabo de la escalera, hallaron una posada muy buena, y una cámara mucho apuesta que allí había, do estaban los libros y el estudio en que habían de leer. De que se asentaron, estaban parando mientes en cuáles libros habían de comenzar. Y estando ellos en esto, entraron dos hombres por la puerta y diéronle una carta que le enviaba el arzobispo su tío, en que le hacía saber que estaba muy mal doliente y que le enviaba rogar que si le quería ver vivo, que se fuese luego para él. Al deán pesó mucho con estas nuevas: lo uno por la dolencia de su tío, y lo otro porque receló que había de dejar su estudio que había comenzado. Pero puso en su corazón de no dejar aquel estudio tan aína, e hizo sus cartas de respuesta y enviólas al arzobispo, su tío.
Y desde a tres o cuatro días llegaron otros hombres a pie, que traían otras cartas al deán, en que le hacían saber que el arzobispo era finado, y que estaban todos los de la iglesia en su elección y que fiaban por la merced de Dios que elegirían a él, y por esta razón que no se quejase de ir a la iglesia, que mejor era para él que le eligiesen siendo en otra parte que no estando en la iglesia.
Y desde a cabo de siete u ocho días, vinieron dos escuderos muy bien vestidos y muy bien aparejados, y cuando llegaron a él, besáronle la mano y mostráronle las cartas en cómo le habían elegido por arzobispo. Cuando don Illán esto oyó, fue al electo y díjole cómo agradecía mucho a Dios porque estas buenas nuevas le llegaran a su casa, y pues Dios tanto bien le hiciera, que le pedía por merced que el deanazgo que quedaba vacado que lo diese a un su hijo. Y el electo le dijo que le rogaba que quisiese consentir que aquel deanazgo lo hubiese un su hermano; mas que él le haría bien en guisa que él fuese pagado, y que le rogaba que fuese con él para Santiago y que llevase aquel su hijo. Don Illán dijo que lo haría.
Fuéronse para Santiago. Cuando llegaron, fueron muy bien recibidos y mucho honradamente. Y desde que moraron allí un tiempo, un día llegaron al arzobispo mandaderos del Papa, con sus cartas en cómo le daba el obispado de Tolosa, y que le daba gracia que pudiese dar el arzobispado a quien quisiese. Cuando don Illán oyó esto, retrayéndole mucho ahincadamente lo que con él había pasado, pidióle merced que lo diese a su hijo; y el arzobispo le rogó que consintiese que lo hubiese un su tío, hermano de su padre. Y don Illán dijo que bien entendía que le hacía gran tuerto, pero que lo consentía en tal que fuese seguro que se lo enmendaría adelante. Y el arzobispo le prometió en toda guisa que lo haría así, y rogóle que fuese con él a Tolosa y que llevase su hijo.
Y desde que llegaron a Tolosa, fueron muy bien recibidos de condes y de cuantos hombres buenos había en la tierra. Y desde que hubieron allí morado hasta dos años, llegaron los mandaderos del Papa con sus cartas en cómo le hacía el Papa cardenal y que le hacía gracia que diese el obispado de Tolosa a quien quisiese. Entonces fue a él don Illán y díjole que, pues tantas veces le había fallecido de lo que con él pusiera, que ya no había lugar de le poner excusa ninguna que no diese algunas de aquellas dignidades a su hijo. Y el cardenal rogóle que consintiese que hubiese aquel obispado un su tío, hermano de su madre, que era hombre bueno anciano; mas que, pues él cardenal era, que fuese con él para la Corte, que asaz habría en qué le hiciese bien. Y don Illán quejóse de ello mucho, pero consintió en lo que el cardenal quiso, y fuese con él para la Corte.
Y desde que llegaron, fueron bien recibidos de los cardenales y de cuantos en la Corte eran y moraron allí muy gran tiempo. Y don Illán ahincaba cada día al cardenal que le hiciese alguna gracia a su hijo, y él poníale sus excusas.
Y estando así en la Corte, finó el Papa; y todos los cardenales eligieron aquel cardenal por Papa. Entonces fue a él don Illán y díjole que ya no podía poner excusa de no cumplir lo que le había prometido. El Papa le dijo que no lo ahincase tanto, que siempre habría lugar en que le hiciese merced según fuese razón. Y don Illán se comenzó a quejar mucho, retrayéndole cuantas cosas le prometiera y que nunca le había cumplido ninguna, y diciéndole que aquello recelaba en la primera vegada que con él hablara, y pues aquel estado era llegado y no le cumplía lo que le prometiera, que ya no le quedaba lugar en que atendiese de él bien ninguno. De este aquejamiento se quejó mucho el Papa y comenzóle a maltraer diciéndole que si más le ahincase, que le haría echar en una cárcel, que era hereje y encantador, que bien sabía que no había él otra vida ni otro oficio en Toledo, do él moraba, sino vivir por aquella arte de nigromancia.
Desde que don Illán vio cuán mal le galardonaba el Papa lo que por él había hecho, despidióse de él, y no le quiso dar el Papa qué comiese por el camino. Entonces don Illán dijo al Papa que, pues no tenía qué comer, que se habría de tornar a las perdices que mandara asar aquella noche, y llamó a la mujer y díjole que asase las perdices.
Cuando esto dijo don Illán, hallóse el Papa en Toledo, deán de Santiago, como lo era cuando allí vino, y tan grande fue la vergüenza que hubo, que no supo qué le decir. Y don Illán díjole que fuese en buena ventura y que asaz había probado lo que tenía en él, y que tendría por muy mal empleado si comiese su parte de las perdices.

Don Juan Manuel (Escalona [Toledo], 1282 - Peñafiel [Valladolid], 1349?). Sobrino de Alfonso X el Sabio, quedó huérfano cuando aún era un niño, y alcanzó muy pronto un poder impropio de su edad. Fue Adelantado del Reino de Murcia, y señor de Villena y Alarcón. Celoso de su alcurnia, orgulloso de sus dominios, hábil para la intriga y firme en la ambición, intervino activamente en las luchas políticas a favor o en contra de moros, de nobles y hasta del mismo rey, con un único propósito: la defensa de sus intereses. Fue, además, el mejor prosista de su tiempo y el primer escritor castellano consciente de la fama. Entre sus obras destacan el Libro del caballero y del escudero, el Libro de los Estados y el Libro del Conde Lucanor. El temor por la integridad de su obra le hizo depositar en el Monasterio de Peñafiel un códice de su puño y letra, que desapareció en un incendio.

El Conde Lucanor (1335) es una colección de cincuenta cuentos con un propósito moralizador, cuyas fuentes son los libros orientales, la literatura clásica y la tradición oral. En el cuento de don Illán, un tiempo y un espacio mágicos sirven para medir la lealtad de un discípulo a su maestro. El segundo cuento plantea el tema del pacto diabólico, muy popular en la Edad Media y de larga tradición en toda la literatura posterior. Los dos destacan por la estudiada sicología de los personajes, y ambos poseen un brillante e inesperado final.


Yo me he portado bien (lo digo porque lo digo)

Muchos cuentos gastáis algunos

03 enero 2026

Relatos inquietantes para chicos valientes

 Quizá este libro no debería haber caído en tus manos. Aún estás a tiempo. No te dejes engañar por su portada colorista ni por las ilustraciones del interior. Sólo quiere atraparte. Y cuando lo consiga disfrutará haciéndote pasar miedo, mucho miedo. Entonces, después de leer uno o dos relatos, no te quedará más remedio que correr a esconderte en un lugar seguro. O quizá prefieras echarle valor y estremecerle de puro gozo leyendo estas veinte historias inquietantes: así averiguarás lo que le ocurrió a otros chicos que se creían tan valientes como tú.

Aunque estos relatos estén escritos por autores de fama universal como Charles Dickens, H. G. Wells, Nathaniel Hawthorne, Oscar Wilde, Arthur Conan Doyle, Bram Stoker, H. P. Lovecraft o Edgar Allan Poe, no te fíes, sólo quieren hacerte pasar un mal rato. Monstruos, espectros, maldiciones, muñecos siniestros y pactos diabólicos serán sus macabros aliados. Pero si, a pesar de mi consejo, te empeñas en abrir las páginas de este libro, entonces es que eres un tipo muy valiente.


AA. VV.

Relatos inquietantes para
chicos valientes

Valdemar: El Club Diógenes - 271

los sueños azules de un gato

los sueños azules de un gato

02 enero 2026

y había manzanos a lo largo de las presas...

 Ahora que viejo y fatigado voy, perdido con los años el amable calor de la moza fantasía, por veces se me pone en el magín que aquellos días por mí pasados, en la flor de la juventud, en la antigua y ancha selva de Esmelle, son solamente una mentira, que por haber sido tan contada, y tan imaginada en la memoria mía, creo yo, el embustero, que en verdad aquellos días pasaron por mí, y aun me labraron sueños e inquietudes, tal eran como una afilada trincha en las manos de un vago y fantástico carpintero. Verdad o mentira, aquellos años de la vida o de la imaginación, fueron llenando con sus hilos el huso de mi espíritu, y ahora puedo tejer el paño de estas historias, ovillo a ovillo. Cuando de obra de nueve años cumplidos por Pascua Florida, con la birreta en la mano, me acerqué a la puerta de mi amo Merlín, ¿quién diría que me la iban a llenar, la gorrilla nueva, de las más misteriosas magias, encantos, inventos, prodigios, trasiegos y hechizos? Nunca regalo como este, digo yo, le fue hecho a un niño, y como de un cuerno maravilloso saco cinta tras cinta, cuento tras cuento, y con mis propios ojos contemplo toda aquella tropa profana que a Merlín acudía y a sus siete saberes: en Merlín se añadían, tal los hilos de un sastre invisible, todos los caminos del trasmundo. Él, el maestro, hacía el nudo que le pedían. Ya lo veréis.


Álvaro Cunqueiro

MERLÍN Y FAMILIA

Niño en el buen camino

Disfrutando de la relectura de...

01 enero 2026

Hubo un tiempo

LA NAVIDAD CUANDO DEJAMOS DE SER NIÑOS

    Hubo un tiempo en el que, para la mayoría de nosotros, el día de Navidad envolvía nuestro limitado mundo como un anillo mágico y colmaba nuestros deseos y aspiraciones; aunaba diversiones hogareñas, afectos y sueños; reunía todo y a todos al amor de la lumbre; y dotaba de plenitud la pequeña imagen que resplandecía en nuestros brillantes ojos infantiles.

Llegó otro tiempo, tal vez demasiado pronto, en el que nuestros pensamientos rebasaron ese estrecho límite; en el que nos faltaba una persona (muy querida, creíamos entonces, muy hermosa y totalmente perfecta) para que nuestra felicidad fuera completa; en el que también se nos echaba de menos (o eso pensábamos, que viene a ser lo mismo) en el fuego navideño junto al que esa misma persona se calentaba; y en el que entrelazábamos con todas las coronas y guirnaldas de nuestra vida el nombre de ella.

Fue el tiempo de las navidades radiantes e ilusorias que hace tanto nos abandonaron ¡para aparecer débilmente, tras la lluvia del verano, en los bordes más pálidos del arco iris! Fue el tiempo del disfrute beatífico de las cosas que iban a ser, y que nunca fueron; pero ¡eran tan reales en nuestra imaginación que sería difícil decir qué realidades ocurridas desde entonces han sido más incontestables!


Charles Dickens

La Navidad cuando dejamos de ser niños

Bellotas de roble

Bellotas de roble