Juan Ramón Jiménez
Segunda antolojía poética
(1898-1918)
Juan Ramón Jiménez
(1898-1918)
Aunque la mejoría era franca a fines de Junio, todavía tenía para un rato, pues persistía algo de inflamación, que exigió nuevo desbridamiento. A principios de Julio empezó a recobrar el apetito y a reponerse de su grande extenuación. El pobrecillo, con tan larga inmovilidad, y con las intensas fiebres y dolorosos insomnios que sufrido había, estaba en los puros huesos: su cara era toda ojos, y en estos todo espíritu. Al recobrar las ganitas de comer, extremaron Demetria y Doña María Tirgo sus habilidades culinarias para ofrecerle sabrosos manjares en cantidad discreta. En cada una de las cinco comidas que se hacían en aquella Jauja, preparaba Demetria alguna sorpresa para su enfermo. No hay que hablar de la abundancia, que en tal casa era como un continuo chorro vivificante de los múltiples dones de la Naturaleza. Allí, las carnes suculentas de cabrito y carnero; allí, la caza de monte y la pesca de río; allí, las riquísimas verduras y las frutas tempranas; allí, los sabrosos esquilmos del cerdo; allí, la miel, la monjil repostería, formaban como una caudalosa corriente entre la Naturaleza y el estómago, entre el divino crear y el humano digerir, corriente que por la variedad de sus dones no permitía el cansancio. Bien decía D. José María, paladeando su vinito: «En esta tierra de bendición, Sr. D. Fernando, el que se muere es porque quiere». Empezaban a hacer por la vida a las siete de la mañana, con el rico soconusco de la tarea que labraba en casa el mejor chocolatero de la villa, y lo acompañaban de unos bollos en que lucían su primor Doña María Tirgo y las cocineras de ambas familias. A las nueve se servía la sopita de ajo con chorizo, infalible tentempié en aquella hora, y ya estaban todos como un reloj hasta las doce en punto, en que se servía la comida con todo el ceremonial de rúbrica. Rompía plaza la sopa dorada, de pan, bastante a matar el hambre de los menos favorecidos por la fortuna, y luego entraba el cocido… ¡Compadre, vaya un cocido! La carne de cebón y los aditamentos cerdosos dábanle poder para resucitar un muerto; tras él llegaba la verdura exquisita, con su indispensable oreja, y ainda mais, morcilla. De principio, entraban los pollos asados bien doraditos, tiernos, o los barbos del río, o la enroscada anguila; y de postre, el dulce de cabello (también hecho en casa o mandado por las monjas), el mostillo, las nueces, el queso (también de casa), la miel, el sinfín de frutas espléndidas que recreaban el gusto, la vista y el olfato… y, por último, la indispensable copita de anís. A las cuatro sentíanse ya desfallecidos, y por vía de sostén tomaban otra vez chocolate con los correspondientes bollitos. Gracias a esto podían tirar hasta la cena, a las ocho en punto, empezando por la ensalada cruda, como aperitivo, siguiendo las sopas de ajo con chorizo, los huevos pasados; luego la chuletilla de cordero, la trucha frita, el plato de guisantes, judías verdes o tirabeques, y, por fin, la compota… esta no podía faltar, como tampoco un plato de leche, sin contar la interminable tanda de golosinas… y otra vez la copita de anís, que tan bien ayuda la digestión…
Calló el paje para sonarse con un gran pañuelo amarillo, de los que dicen de dos hierbas, y tengo para mí que más que sonarse lo que hizo fue enjugar dos lágrimas. Y con voz velada por la emoción, prosiguió:
La esencia del país de las hadas es ésta: se trata de un país cuyas leyes nos son desconocidas. Peculiaridad que comparte con el universo en que vivimos. No sabemos nada de las leyes de la naturaleza; ni siquiera sabemos si son leyes. Todo lo que podemos hacer es aceptar, primero por medio de la fe (en nuestros padres, tías y nodrizas), y luego mediante exiguos experimentos (durante el miserablemente insuficiente período de tres veintenas y una decena de años), la proposición general de que hay alguna clase de extraña conexión, a menudo repetida pero aun así inexplicada, entre la pólvora encendida y una ruidosa explosión. Y es ahí donde radica la profunda y sensata filosofía del cuento de hadas. El químico dice: «Mezcla estas tres sustancias y se producirá una explosión». El mago bueno del cuento de hadas dice: «Cómete estas tres manzanas y se le caerá la cabeza al gigante». Pero el químico habla con un tono y un estilo particulares que sugieren que hay una filosofía abstracta, alguna especie de conexión inevitable entre las tres sustancias y la explosión. A veces lo llama necesidad, es decir, algo que no puede quebrantarse. Otras lo llama ley, es decir, algo que puede quebrantarse. Pero siempre se refiere a que la imaginación ve una conexión entre las dos cosas —igual que ve una conexión entre el cuatro y el ocho—, cuando en realidad la imaginación no ve nada semejante. El método del cuento de hadas es mucho más filosófico. El mago dice: «Haz esta cosa extraordinaria y a continuación se producirá otra cosa extraordinaria totalmente diferente. No sé por qué ocurre; ni siquiera sé si ocurrirá siempre. Pero es un consejo que vale la pena tener en cuenta si se quiere matar a un gigante». Ignoramos si esas repeticiones naturales que ocurren por doquier a nuestro alrededor son leyes; ignoramos si son necesidades. Lo que sí sabemos es que son encantamientos, es decir, condiciones que se cumplen, pero cuya naturaleza es enteramente mística. El agua está embrujada, así que corre siempre cuesta abajo. Los pájaros están embrujados, de modo que vuelan. El sol está embrujado, y por eso brilla.
G. K. Chesterton