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31 marzo 2025
Tía Dolor de Muelas
Tía Dolor de Muelas
Un cuento
de Hans Christian Andersen
¿Qué de
dónde hemos sacado esta historia? ¿Quieres saberlo?
Pues la
hemos sacado del barril que contiene el papel viejo.
Más de un
libro bueno y raro ha ido a parar a la mantequería y a la abacería, no
precisamente para ser leído, sino como articulo utilitario. Lo emplean para
liar cucuruchos de almidón y café o para envolver arenques, mantequilla y
queso. Las hojas escritas son también útiles.
Y a menudo
ocurre que va a parar al cubo lo que no debiera.
Conozco a
un dependiente de una verdulería, hijo de un mantequero; ascendió de la bodega
a la planta baja; es hombre muy leído, con cultura de bolsas de abacería, tanto
impresas como manuscritas. Posee una interesante colección, de la que forman
parte notables documentos extraídos de la papelera de tal o cual funcionario
demasiado ocupado y distraído; cartas confidenciales de un amigo a la amiga;
comunicaciones escandalosas que no debieran circular ni ser comentadas por
nadie. Es una especie de estación de salvamento para una parte no despreciable
de la literatura, y su campo de acción es muy amplio, pues dispone de la tienda
de sus padres y de la del dueño, donde ha salvado más de un libro, u hojas de
él, que bien merecían ser leídas y releídas.
Me enseñó
su colección de cosas impresas y manuscritas sacadas del cubo, la mayoría de
ellas de la mantequería. Había allí varias hojas de un cuaderno relativamente
abultado, del que me llamó la atención el carácter de letra, muy cuidado y
claro.
- Lo
escribió un estudiante -me dijo-. Un estudiante que vivía enfrente y que murió
hace un mes. Padecía mucho de dolor de muelas, por lo que aquí se ve. ¡Es muy
divertida su lectura! Esto es sólo una pequeña parte de lo que escribió, pues
había todo un libro y aún algo más. Por él, mis padres dieron a la patrona del
estudiante media libra de jabón verde. Esto es todo lo que pude salvar.
Se lo pedí
prestado, lo leí y ahora voy a contarlo. El título era:
Tía Dolor
de Muelas
De niño,
mi tía me regalaba golosinas. Mis dientes resistieron, sin estropearse. Ahora
soy mayor, soy ya estudiante, y ella sigue regalándome con dulces; soy poeta,
dice.
Cierto que
hay algo de poeta en mí, pero no lo bastante. A menudo, yendo por las calles de
la ciudad, me parece como si anduviese por el interior de una gran biblioteca;
las casas son las estanterías de los libros, y cada piso es un anaquel. Aquí
hay una historia cotidiana, allá una buena comedia u obras científicas de todas
las ramas, acullá literatura, buena o de pacotilla. Y puedo fantasear y
filosofar sobre todos esos libros.
Hay algo
de poeta en mí, pero no lo bastante. Muchas personas tienen de ello tanto como
yo, y, sin embargo, no ostentan ningún escudo ni collar con el título de poeta.
Para ellos
y para mí es un don de Dios, una gracia concedida, bastante para uno mismo,
pero demasiado pequeña para que merezca ser comunicada a los demás. Viene como
un rayo de sol, llena el alma y el pensamiento; viene como aroma de flores,
como una melodía que uno conoce sin acertar a recordar de dónde procede.
Una noche,
hace poco, en mi habitación, sentía ganas de leer, pero no tenía ningún libro;
y he aquí que de pronto cayó del tilo una hoja verde y tierna. Un soplo de aire
la introdujo en mi cuarto.
Contemplé
sus numerosas y ramificadas nervaduras; por su superficie se movía un
gusanillo, como interesado en estudiar la hoja a conciencia. Aquello me hizo
pensar en la ciencia humana. También nosotros nos arrastramos sobre la
superficie de una hoja, no conocemos otra cosa, y en seguida nos sentimos con
ánimos para pronunciar una conferencia acerca del árbol entero, con su raíz,
tronco y copa, el gran árbol: Dios, el mundo y la inmortalidad. Y, sin embargo,
de todo ello no conocemos sino una hoja.
Mientras
estaba así ocupado, recibí la visita de tía Mille. Le enseñé la hoja con el
gusano, le comuniqué mis pensamientos y vi que sus ojos brillaban.
- ¡Eres un
poeta! -exclamó-. ¡Quizás el más grande que tenemos! ¡Qué contenta bajaría a la
tumba, si yo pudiera verlo! Desde el entierro del cervecero Rasmussen, me has
estado asombrando con tu poderosa imaginación.
Así dijo
tía Mille, y me besó.
¿Quién era
tía Mille y quién el cervecero Rasmussen?
Cuando
éramos niños, llamábamos tía a la que lo era de nuestra madre; no la conocíamos
por otro nombre.
Nos
regalaba confituras y azúcar, a pesar del peligro que suponían para nuestros
dientes; pero, como ella decía, los pequeños eran su debilidad. Habría sido
cruel privarlos de aquel poquitín de golosinas que tanto les gustaban.
Por eso
queríamos tanto a nuestra tía.
Era una
vieja solterona. Siempre la conocí vieja. Se había plantado en una misma edad.
Había
sufrido mucho de dolor de muelas, y hablaba constantemente de ello; por eso su
amigo el cervecero Rasmussen, hombre muy chistoso, la llamaba Tía Dolor de
Muelas.
Éste hacia
varios años que había dejado el negocio, para vivir de sus rentas; frecuentaba
la casa de la tía y era más viejo que ella. No le quedaba ni un diente, aparte
dos o tres negros raigones.
De joven
había comido mucho azúcar, nos decía; por eso se veía de aquel modo.
Por lo
visto, tía nunca debió de haber comido azúcar de pequeña, pues tenía unos
dientes magníficos y blanquísimos.
Los
cuidaba bien, por otra parte; nunca se iba a dormir con ellos, decía el
cervecero Rasmussen.
Los niños
sabían que aquello era pura malicia, pero tía afirmaba que lo decía sin mala
intención.
Una
mañana, a la hora del desayuno, contó un sueño desagradable que había tenido
por la noche: que se le había caído un diente.
- Esto
significa -dijo- que perderé un buen amigo o una buena amiga.
- Si el
diente era postizo -observó el cervecero con una sonrisa burlona-, tal vez sea
un falso amigo.
- ¡Es
usted un viejo grosero! -replicó tía, enfadada como nunca la he visto.
Posteriormente
dijo que había sido una broma de su viejo amigo, quien, a su juicio, era el
hombre más noble de la Tierra, y que cuando muriese sería un angelito de Dios
en el cielo.
Aquella
presunta transformación me dio mucho que pensar. ¿Podría reconocerlo bajo su
nueva figura?
De joven
había pretendido a mi tía. Ella se lo pensó demasiado tiempo, permaneció
indecisa y se quedó soltera, pero siempre fue para él una fiel amiga.
Luego
murió el cervecero Rasmussen.
Lo
llevaron a la tumba en el coche fúnebre más caro, y hubo nutrido
acompañamiento; incluso personajes condecorados y en uniforme.
Tía
presenció la comitiva desde la ventana, vestida de luto, rodeada de todos
nosotros, sin que faltase mi hermanito menor, traído por la cigüeña una semana
antes.
Cuando
hubieron desfilado la carroza fúnebre y el séquito, y la calle quedó desierta,
tía quiso marcharse, pero yo me opuse; aguardaba al ángel, el cervecero
Rasmussen. Estaría convertido en un angelillo alado y no podía dejar de
aparecérsenos.
- ¡Tía!
-dije-, ¿no crees que va a venir? ¿O que cuando la cigüeña nos traiga otro
hermanito será el cervecero Rasmussen?
Tía quedó
anonadada ante mi fantasía, y exclamó: "¡Este niño será un gran
poeta!". Y lo estuvo repitiendo durante todos mis años escolares aun
después de mi confirmación y cuando era ya estudiante.
Fue y
sigue siendo para mí la amiga que más simpatiza con el dolor poético y el dolor
de muelas. Yo sufro accesos de uno y otro.
- Anota
todos tus pensamientos -decía- y guárdalos en el cajón de la mesa; así lo hacía
Jean-Paul. Llegó a ser un gran poeta, del cual recuerdo muy poca cosa, lo
confieso; no es bastante interesante. Tú debes ser interesante. ¡Y lo serás!
La noche
que siguió a aquella conversación me la pasé dominado por el anhelo y el
tormento, el afán y la ilusión de ser el gran poeta que mi tía veía y adivinaba
en mí. Pero existe un dolor peor que aquél: el dolor de muelas. Éste me
atormentaba; me convirtió en un gusano que me retorcía entre vejigatorios y
cataplasmas.
- ¡Yo sé
lo que es eso! -decía la tía; y su boca dibujaba una triste sonrisa. ¡Cómo
brillaban sus dientes!
Pero debo
empezar un nuevo capítulo de la historia de mi tía.
Llevaba un
mes en una nueva casa. Un día hablaba de ello con mi tía.
- Es una
familia muy tranquila. No se preocupan de mí ni cuando llamo tres veces.
Enfrente hay un barullo infernal, con los ruidos del viento y de la gente. Vivo
exactamente encima del portal; cada coche que entra o sale hace mover los
cuadros de las paredes. Tiembla toda la casa, como en un terremoto. Desde la
cama siento la vibración en todo el cuerpo, pero supongo que esto fortifica los
nervios. Cada vez que hay tormenta - ¡y cuidado que aquí son frecuentes!, - los
ganchos de las ventanas oscilan y golpean contra las paredes. A cada ráfaga
suena la campanilla de la puerta del patio vecino.
Nuestros
inquilinos regresan a casa a gotas, ya anochecido o muy avanzada la noche. El
que reside encima de mi cuarto, que durante el día da lecciones de trombón, es
el que vuelve más tarde y antes de acostarse se da un paseíto por la
habitación, con paso recio y botas claveteadas.
No hay
doble ventana, y sí en cambio un cristal roto, sobre el cual la patrona ha
pegado un papel. El viento sopla por la raja, con notas comparables a las del
zumbido del tábano. Es mi canción de cuna. Y si llego a dormirme, no tarda en
despertarme el canto del gallo. Los pollos y gallinas del gallinero del tendero
del sótano me anuncian que pronto será día. Los caballitos que, a falta de
establo, están atados en el cuartucho de debajo la escalera, no paran de cocear
contra la puerta y el panel para desentumecerse.
En cuanto
alborea, el portero, que duerme con su familia en la buhardilla, baja las
escaleras con gran ruido: matraquean sus abarcas, sus portazos hacen temblar la
casa, y una vez pasado el temporal el inquilino de arriba empieza con su
gimnasia, levantando con cada mano una bola de hierro que no puede sostener,
por lo que se le cae una vez y otra, mientras la chiquillería de la casa, que
debe ir a la escuela, se precipita por las escaleras saltando y gritando. Yo me
voy a la ventana, la abro para que entre aire puro, y me doy por satisfecho
cuando puedo obtenerlo, cosa que sólo sucede cuando la solterona del piso
trasero no está lavando guantes con agua de lejía, pues tal es su oficio.
Aparte esto, es una casa estupenda, y la familia es muy tranquila.
Éste fue
el relato que hice a mi tía acerca de mi pensión. Claro que le di algo más de
vivacidad, pues la exposición oral tiene siempre acentos más vivos y amenos que
la escrita.
- ¡Eres un
poeta! -exclamó mi tía-. Pon esta descripción por escrito, eres tan bueno como
Dickens. ¡Y mucho más interesante! Pintas, cuando hablas. Describes tu casa tan
bien, que me parece verla. ¡Me entran escalofríos! No te quedes ahí: ponle algo
vivo, personas, personas que conmuevan, de preferencia desgraciados.
Y,
efectivamente, trasladé al papel la descripción de la casa tal como era,
ruidosa y alborotada, pero sólo conmigo en ella, sin acción. Ésta vendrá
después.
Era una
noche de invierno, a la hora de salir del teatro; el tiempo era horrible, con
una tempestad de nieve que apenas permitía andar.
Mi tía
había ido al teatro, y yo debía acompañarla a su casa, pero cuando uno apenas
puede sostenerse a si mismo, ¿cómo va a sostener a los demás? Los coches
estaban todos alquilados. Mi tía vivía en las afueras, mientras mi casa estaba
a muy poca distancia del teatro; de no ser así, habríamos tenido que aguardar
en la garita.
Avanzamos
pisando la espesa nieve, envueltos por los copos arremolinados, sosteniéndola
yo y ayudándola a caminar. Sólo nos caímos dos veces, y aún sobre suelo blando.
Al llegar
a mi puerta nos sacudimos la nieve, operación que proseguimos en la escalera,
pues traíamos la suficiente para cubrir con ella el piso del rellano.
Nos
quitamos todas las ropas posibles. La patrona prestó a mi tía medias secas y
una toca. Dijo, y tenía razón, que por aquella noche no había que pensar en
volver a su casa, y así la invitaba a compartir su habitación; le arreglarla
una cama en el sofá, colocado contra la puerta, eternamente cerrada, que
comunicaba con mi cuarto.
Así lo
hicimos.
El fuego
ardía en mi estufa; trajeron la tetera, y todos nos sentimos confortados en la
pequeña habitación, aunque no tanto como en casa de mi tía, donde en invierno
gruesas cortinas cuelgan ante la puerta, y, otras no menos gruesas ante las
ventanas, al tiempo que el suelo está cubierto por una doble alfombra con tres
capas de grueso papel debajo. Allí se está como en el interior de una botella
llena de aire caliente y bien tapada. Pero, como ya dije, tampoco se estaba mal
en mi cuarto, mientras fuera bramaba el viento.
Tía se
puso a hablar y contar. Recordó su juventud, y con ella volvió el cervecero;
antiguos recuerdos.
Acordábase
de cuando me salió el primer diente y de la alegría que aquello produjo en la
familia.
¡El primer
diente! El diente de la inocencia, brillante como una blanca gotita de leche.
Luego
salió otro, y otros más, toda la serie, en fila, arriba y abajo, magníficos
dientes de leche, pero sólo la vanguardia, no los auténticos, los que deben
durar toda la vida.
También
éstos llegaron, y las muelas del juicio, el ala extrema de la serie, salidos
entre dolores y con no pocos trabajos.
¡Y luego
se marchan, uno tras otro! Se marchan antes de haber cumplido su tiempo de
servicio; hasta el último se va, y aquel día no es de regocijo, sino de
melancolía.
Viene la
vejez, aunque el corazón se sienta joven. No es que sean agradables esta clase
de pensamientos y conversaciones, pero el hecho es que nos dio por hablar de
todas esas cosas. Retrocedimos a los años de la infancia, y charla que te
charla, de modo que dieron las doce antes de que mi tía se retirase a
descansar.
- ¡Buenas
noches, querido! -me dijo-. Yo dormiré aquí como si lo hiciese sobre mi propia
cómoda.
Y se fue a
descansar, pero no hubo tranquilidad en la casa ni fuera de ella. La tempestad
sacudía las ventanas, golpeaban los largos ganchos de hierro, y la campanilla
de la puerta trasera del patio del vecino no paraba de sonar. Había llegado el
inquilino de arriba, quien dio su acostumbrado paseíto, tirando con estrépito
las botas antes de decidirse a acostarse; pero en cuanto se durmió empezó a
roncar con tal violencia, que había que ser sordo para no oírlo a través del
techo.
Yo no
dormí ni descansé. El tiempo no era para eso, con el ruido que armaba. El
viento silbaba y cantaba a su manera, y mis dientes empezaron también a
despertarse, a silbar y cantar a la suya. Parecía anunciarse un fuerte dolor de
muelas.
Entraba el
aire por la ventana. La luna proyectaba sus rayos en el suelo de manera
intermitente, según los movimientos de las nubes impelidas por el viento
tempestuoso. La alternancia de luz y sombras originaba un estado de inquietud,
hasta que al fin la sombra del suelo adquirió un aspecto peculiar. Miré aquella
masa móvil y sentí una corriente de aire helado.
En el
suelo aparecía sentada una figura delgada y larguirucha, como cuando los niños
dibujan en la pizarra un objeto que quiere ser un hombre. Forma el cuerpo una
única raya fina; otras dos laterales son los brazos, cada pierna es otra línea,
y la cabeza es un polígono.
Pronto la
figura se hizo más precisa, con una especie de ropaje muy sutil, muy fino, pero
que mostraba su pertenencia al sexo femenino.
Oí un
zumbido. ¿Era ella o el viento, que rumoreaba como un tábano al entrar por el
cristal roto?
¡No, no,
era ella en persona, la señora Dolor de Muelas! ¡Su "horripilancia satania
infernalis"! ¡Líbrenos Dios de su visita!
- ¡Se está
bien aquí! -zumbó-. Es un buen barrio. Tierra pantanoso, cenagal. Aquí han
zumbado mosquitos de aguijón ponzoñoso; ahora yo tengo el aguijón, y debo
afilarlo en dientes humanos. Brillan blancos como ése de la cama. Han resistido
el dulzor y la acidez, el calor y el frío, las cáscaras de nuez y los huesos de
ciruela. Pues ahora voy a menearlos y sacudirlos, a abonar las raíces con aire
corriente, a hacer que sientan un frío de muerte.
Tal fue el
discurso espantoso de la espantosa visita.
- Conque
eres poeta, ¿eh? -dijo-. Pues voy a introducirte en todas las rimas del dolor.
Sentirás hierro y acero en el cuerpo, hilos tirarán de tus nervios.
Pareció
como si me atravesaran el espinazo con una aguja candente. Yo me revolvía y
retorcía.
-
¡Estupenda dentadura! -dijo-. Un órgano para tocarlo, un concierto de armónica,
grandioso, con timbales y trompetas, flautines y trompas en la muela del
juicio. ¡A gran poeta, gran música!
Y tocaba,
presentando un aspecto horrible, incluso cuando no veía más que su mano de
largos dedos de afiladas uñas, cada uno de los cuales era un instrumento de
martirio: el pulgar y el índice tenían tenaza y tornillo, el dedo mayor
terminaba en una agudísima aguja, el anular era un taladro, y el meñique, una
jeringuilla con veneno de mosquito.
- ¡Yo te
enseñaré el arte de la métrica! -decía-. A un gran poeta le corresponde un
fuerte dolor de muelas; para un pequeño poeta, basta uno ligero.
- ¡Ay!
¡Deja que sea pequeño! -imploraba yo-. ¡Que sea muy pequeño! No soy poeta,
además, sólo tengo accesos poéticos, accesos de dolor de muelas. ¡Márchate,
márchate!
-
¿Reconoces ahora que yo soy más poderoso que la Poesía, la Filosofía, las
Matemáticas y que toda la Música? -preguntó-. ¿Más poderoso que los
sentimientos pintados y tallados en mármol? Soy más viejo que ellos todos. Nací
junto al paraíso terrenal, donde soplaba el viento y brotaban los húmedos
hongos. Persuadí a Eva de que se vistiese para protegerse del frío, y a Adán
también. Puedes creerme, había fuerza en el primer dolor de muelas.
- ¡Lo creo
todo! -dije-. ¡Pero márchate, márchate!
- Si te
comprometes a renunciar a ser poeta, a no llevar más versos al papel ni a
registrarlos en tablas ni otro material de escribir, cualquiera que sea, te
dejaré en paz. Pero volveré en cuanto empieces de nuevo.
- ¡Te lo
juro! -respondí-. ¡No quiero verte más, ni sentir tu presencia!
- Verme,
sí habrás de verme, pero en figura más amable de la que tengo ahora, Me verás
personificado en tía Mille. Y te diré: "¡Escribe, mi niño querido! ¡Eres
un gran poeta, tal vez el mejor de los que tenemos!". Pero, créeme, como
empieces a escribir, pondré música a tus versos y los tocaré en tu armónica.
¡Mi niño querido! ¡Piensa en mí cuando veas a tía Mille!
Y
desapareció.
Como
despido me propinó un pinchazo ardiente, que me llegó al fondo de la quijada.
Pero se calmó pronto, y fui sintiendo que me sumergía en agua de rosas, vi cómo
se inclinaban los blancos nenúfares con sus anchas hojas verdes, se hundían
debajo de mí, se marchitaban y se deshacían, y yo me hundía con ellas, me
disolvía en la paz y el descanso...
- ¡Muere,
fúndete como la nieve! -cantaba algo en el agua ¡Evapórate en la nube, vaga
como ella...!
Desde el
fondo del agua veía yo brillar grandes nombres luminosos, inscripciones en
ondeantes banderas victoriosas, la patente de la inmortalidad, escrita en el
ala de la efímera.
El sueño
fue profundo, un sueño sin visiones. Ya no oí el silbar del viento, ni los
portazos, ni la campana de la puerta del vecino,
ni la
ruidosa gimnasia del inquilino de arriba.
¡La
felicidad!
De pronto
llegó una ráfaga de viento tan fuerte, que abrió de un empellón la cerrada
puerta que comunicaba con el cuarto de la tía. Ésta se levantó sobresaltada, y,
poniéndose los zapatos y el vestido, entró corriendo en mi habitación.
Yo dormía
como un angelito, me dijo después. No pudo decidirse a despertarme.
Me
desperté yo mismo, abrí los ojos. Me había olvidado por completo de que mi tía
estaba en casa, pero pronto me vino a la mente y recordé la aparición del dolor
de muelas. Sueño y realidad se confundían.
- ¿No
escribiste nada, después de darnos las buenas noches? -me preguntó-. ¡Qué
lástima! Eres mi poeta y lo serás siempre.
Parecióme
como si se sonriese pérfidamente. No sabía si estaba ea presencia de mi buena
tía Mille, que tanto me quería, o de aquel horrible personaje a quien había
dado mi promesa la noche anterior,
- ¿Has
escrito, hijo?
- ¡No, no!
-exclamé-. ¡Tú eres tía Mille!
- ¿Quién,
si no? -dijo ella. Y lo era, indudablemente.
Me besó y
tomó un coche de punto para volverse a su casa.
Yo escribí
lo que antecede. No son versos, y no se imprimirán jamás.
En efecto,
aquí terminaba el manuscrito. Mi joven amigo el dependiente de la abacería, no
pudo encontrar lo que faltaba; corría disperso por el mundo, convertido en
papel para envolver arenques salados, mantequilla y jabón verde; había cumplido
su misión.
El
cervecero murió, tía Mille murió, y murió el estudiante, cuyas chispas de
ingenio habían ido a parar al cubo. Y éste es el fin de la historia: la
historia de Tía Dolor de Muelas.
El último
cuento de Hans Christian Andersen