06 diciembre 2025
05 diciembre 2025
EL VIOLIN DE CREMONA. (4 de varios). E. T. A. HOFFMANN - Cuentos Fantásticos
IV
Hacía como unos dos años que me había establecido en B… cuando emprendí un viaje por el Mediodía de Alemania. Al caer de la tarde, un día vi destacarse entre el purpúreo crepúsculo las torres de la ciudad de H… y a medida que me iba acercando, se apoderaba de mí un penoso sentimiento de ansiedad; y como se me puso un peso en el pecho que me ahogaba, tuve precisión de apearme del coche para respirar el aire libre. Pronto, no obstante, el abatimiento moral convirtióse en dolor físico, pareciéndome que el aire me traía los acentos de un solemne canto. Hiciéronse los sonidos cada vez más perceptibles y no tardó en notar que era aquello un sagrado cántico.
—¿Qué será? —exclamé con tono dolorido.
—¿No lo estáis viendo? —díjome el postillón—; es que en el cementerio de allá abajo encierran a alguien.
En efecto, teníamos un cementerio a la vista, y distinguí perfectamente en él a varios hombres enlutados formando corro entorno de una fosa. Se me vinieron las lágrimas a los ojos y me pareció que allí estaban enterrando todos los goces y felicidades de mi existencia. Bajé la colina, perdí la vista del cementerio, cesaron los cantos y junto a la puerta de la ciudad encontré a una comitiva que volvía del entierro. El profesor, llevando al lado a su sobrina pasó junto a mi sin notarme siquiera; ésta se enjugaba los ojos con un pañuelo, y sollozaba amargamente.
Desde entonces no pude resolverme a entrar en la ciudad, envié al criado con el coche a la posada, y empecé a recorrer aquellos sitios que me eran tan conocidos, deseoso de recobrarme de una emoción dolorosa, la cual provenía quizás de las fatigas del viaje o de otra causa física cualquiera. Al llegar a una avenida que conducía a unos jardines públicos, presencié un espectáculo extraordinario. El consejero Crespel, conducido por dos hombres enlutados, de quienes quería huir dando extraordinarios saltos, llevaba su acostumbrado traje pardo, de extraña hechura, un sombrero tricornio descansando marcialmente sobre la oreja izquierda, del cual pendía una enorme gasa que flotaba a merced del viento, y el negro cinturón del que colgaba en vez de espada un arco de violín. Un súbito escalofrío que me sobrecogió al verle, hizo extremecer todos mis miembros. «¡Si se habrá vuelto loco!», dije para mí, siguiéndole lentamente. Sus acompañantes dejáronlo en su casa, donde él les despidió abrazándoles y riendo a carcajadas. Libre de ellos, fijó en mí sus miradas, y después de contemplarme un rato de hito en hito, díjome con voz apagada:
—Sed muy bienvenido, señor estudiante, comprenderéis sin duda que…
Y sin continuar su idea me cogió del brazo y me condujo al aposento en que tenía colgados sus violines todos los cuales se hallaban cubiertos de un negro crespón: sólo el interesante violín de Cremona había sido sustituido por una corona de fúnebre ciprés. Entonces comprendí lo que había pasado.
—¡Antonia! ¡Antonia! —exclamé con desesperación. El consejero permaneció inmóvil a mi lado, con los brazos cruzados, y cuando señalé con el dedo la fúnebre corona, me dijo con solemnidad:
—Al morir la pobre, rompióse el arco y saltó hecha trizas el alma de ese violín. El fiel instrumento sólo podía vivir con ella y por ella; por esto está sepultado en su misma tumba.
Profundamente conmovido caí en un sillón, y el consejero entonó con voz ronca una canción alegre: era un espectáculo doloroso el verle al mismo tiempo saltar a pie juntillas, mientras la gasa de su sombrero rozaba, siguiéndole en sus movimientos, todos los violines, suspendidos en la pared. Escapóse de mis labios un grito de espanto, cuando en una rápida vuelta que dio el consejero, cayó el crespón sobre mi cara, pues me hizo la impresión de que iba a envolverme entre los fúnebres velos de la locura. Crespel paró en seco de bailar, y cuadrándoseme delante, exclamó:
—¡Muchacho, muchacho! ¿Por qué gritas de este modo? ¿Se te ha aparecido acaso el ángel de la muerte, que preside siempre las ceremonias de esta especie?
Adelantóse enseguida hasta el centro del aposento, cogió el arco de violín que llevaba pendiente del cinto, lo levantó con entrambas manos por encima de su cabeza y lo rompió con tanta fuerza que saltó en astillas. El consejero soltó una carcajada y exclamó con voz fuerte:
—Ahora que acaba de romperse la varilla mágica, ¿no es cierto que soy libre… completamente libre?… ¡Sí! ¡Viva la libertad! ¡No más violines!… ¡Se acabaron los violines!… —Y con un tono todavía más terrible púsose a cantar nuevamente una risueña melodía, corriendo y saltando de nuevo a pie juntillas. Esta escena me llenaba de espanto, por lo que hice ademán de huir; empero agarrándome por el brazo, me dijo con la mayor tranquilidad:
—No os mováis, por Dios, señor estudiante, y no toméis por locura la explosión del dolor que me asesina; pues todo esto me sucede, porque últimamente mandé que me hicieran una bata con la cual quería aparentar ser yo el destino… el mismo Dios.
Y así continuó soltando toda suerte de despropósitos, hasta que por fin cayó rendido y sin conocimiento. Llamé a la vieja criada, y al salir de aquella casa me pareció que respiraba.
No me cabía duda alguna de que Crespel se había vuelto loco; no obstante, el profesor sostenía lo contrario, diciendo:
—Existen ciertos hombres a quienes la naturaleza o una circunstancia particular cualquiera les despojan del velo, bajo el cual nosotros cometemos locuras, sin que se nos adviertan y se parecen a esos insectos, a través de cuya transparente piel se descubre todo el juego de sus músculos. Lo que en nosotros permanece en el fondo del pensamiento, se traduce en acción en Crespel, quien con las contorsiones de su extravagante bailoteo expresa tan sólo la amarga ironía que le inspira la suerte que tantas veces se ha burlado de él en este mundo. Pero precisamente un esto estriba su salvación, pues sabe devolver a la tierra lo que de la tierra proviene, guardando intacto lo que reconoce un principio divino. Por esto no dudéis que aun en medio de sus ruidosas locuras, ha conservado siempre el principio de sí mismo, a pesar de que la muerte repentina de Antonia lo ha postrado, apuesto a que mañana mismo habrá recobrado ya sus antiguos hábitos.
Efectivamente: al pie de la letra pasó la predicción del profesor; el consejero reapareció al día siguiente, cual sí nada le hubiese pasado: únicamente declaró que no haría más violines, ni tocaría nunca más este instrumento.
Más tarde supe que había cumplido su palabra.
04 diciembre 2025
EL VIOLIN DE CREMONA. (3 de varios). E. T. A. HOFFMANN - Cuentos Fantásticos
III
No diríais hasta qué punto me seduce todo lo fantástico. Desde aquel instante no pensé más que en trabar conocimiento con Antonia. La admiración del público me había dado la medida de los encantos de su voz; pero estaba muy lejos de sospechar que residiera la joven en aquella ciudad y mucho menos que estuviera encadenada bajo el dominio del extravagante Crespel.
Cuando me hube acostado, creí oír entre sueños el canto celestial de Antonia, y se me figuró que me suplicaba que la salvara, precisamente en un adagio que yo mismo había compuesto, por lo que tomé desde luego la resolución de introducirme en la casa del consejero, penetrando cual nuevo Astolfo en el palacio encantado de Alcida, para libertar la reina del canto de su odioso cautiverio.
Ocurrió todo de un modo muy distinto de lo que había imaginado. Apenas hube visto a Crespel y hablado con él dos o tres veces con algún interés acerca de la mejor estructura de los violines, cuando me invitó a visitar su casa. Accedí a su ruego y me mostró su tesoro, consistente en unos treinta violines, colgados en su aposento, entre los cuales se distinguía uno cubierto de trabajos de talla con todas las muestras de la mayor antigüedad, el cual colocado mucho más alto que los demás, estaba rodeado de una corona de flores, cual si fuera el rey de todos aquellos instrumentos.
—Este —me dijo el consejero— es la obra sobresaliente de un desconocido, al parecer contemporáneo de Tartoni: persuadido estoy de que en su construcción interior tiene algo de particular, y que al desmontarlo encontraré la llave de un misterio que ando buscando desde hace mucho tiempo. Burlaos de mí, si queréis, pero este inanimado instrumento, al cual comunico la voz y la vida, cuando me place, me responde con un lenguaje misterioso que la primera vez que lo oí me colocó en la misma situación de un magnetizador, cuando excita al sonámbulo y le lleva a revelar sus más secretas sensaciones. No me creáis extravagante hasta el punto de dejarme dominar por semejantes fantasías; pero ¿no es acaso muy singular que hasta ahora no haya tenido valor suficiente para desmontar esta inerte máquina? Por lo demás ahora me complazco en no haberlo verificado, pues desde que Antonia está conmigo, de cuando en cuando toco este instrumento, y no podéis figuraros lo mucho que oírlo le place.
Era tal su emoción al pronunciar estas palabras, que me sentí animado para decirle:
—Apreciable señor mío: ¿tendríais la bondad de tocarlo en mi presencia? —A esta súplica reapareció en su semblante su habitual descontento y me contestó con voz lenta y cadenciosa:
—No por cierto, querido estudiante. —La cosa no pasó de aquí.
Después de haberme mostrado multitud de rarezas, la mayor parte pueriles, abrió una cajita, sacó de ella un papel doblado y dijo con solemnidad poniéndomelo entre las manos:
—Ya que sois amigo del arte, admitid este regalo, como un recuerdo, que os será más grato que otra cosa alguna. Dichas estas palabras, me empujó suavemente hasta la puerta, en el dintel de la cual me dio un abrazo. De este modo simbólico me despidió. Al desdoblar el papel encontré dentro un pedacito de cuerda de violín larga de una pulgada poco más o menos, y escrito en su envoltorio lo siguiente: «Pedazo de la quinta, que el ilustre Stamitz colocó en su violín, cuando su último concierto».
La descortés despedida que me dispensó desde que hubo pronunciado el nombre de Antonia, me indicaba que ya nunca jamás vería a la joven, y sin embargo tampoco sucedió así. Al visitar al consejero por segunda vez encontré a Antonia en su aposento, ayudándole reunir las piezas de un violín. A primera vista el exterior de la joven no producía grande impresión, pero al cabo de un rato hasta hubiera sido doloroso separar las miradas de sus ojos azules y labios sonrosados unidos a unas facciones tiernas y dulces. Aunque algo pálida, desde el momento que una conversación discreta la animaba, coloreábanse sus mejillas y vagaba por sus labios una angelical sonrisa. En cuanto a mí, hablé con ella libremente y sin notar en Crespel aquellas miradas de Argos, de que el profesor me había hablado, antes bien conservó el consejero su estado habitual, y algunas veces hasta parecía satisfecho de vernos hablar juntos.
Así fue que mis visitas al consejero se hicieron más frecuentes, y la recíproca costumbre de tratarnos imprimía en ellas una intimidad verdaderamente encantadora. Las extrañezas del consejero me divertían en extremo; pero sobre todo quien ejercía sobre mí un atractivo irresistible, haciéndome soportar cosas que en cualquiera otra ocasión habrían sido incompatibles con mi carácter impaciente, era la interesante Antonia. La conversación del consejero era a menudo fastidiosa y de mal gusto, y lo que principalmente me pesaba, era verle, apenas se hablara de música y en especial de canto, volverse mí con semblante descompuesto, animado de antipática sonrisa, para pronunciar con cadenciosa voz algunas extravagancias que dieran un giro a la conversación. Por el aire de tristeza que sombreaba entonces el semblante de la joven, se me figuró que el consejero obraba así para impedir que la invitase a cantar, pero yo no renuncié a mi proyecto, y a cada obstáculo que Crespel me oponía, mayor firmeza tenían mis propósitos. Necesitaba oír el canto de Antonia, para no volverme loco, sumido todo el día en las ilusiones que sobre el mismo me había formado.
Llegó una noche en que encontré a Crespel de indecible buen humor: acababa de desmontar el violín de Cremona cuya alma había hallado como una pulgada más inclinada que en las demás. ¡Precioso descubrimiento para la práctica! Logré enardecerle hablándole sobre el verdadero modo de tocar el violín; y la ejecución de los grandes cantores y antiguos maestros que citaba Crespel me llevo a criticar el nuevo sistema de canto, que se modula conforme al ruido de la música, ciñéndose así al gusto del instrumentista.
—Qué mayor absurdo —dije saltando de la silla y abriendo rápidamente el piano—, ¿qué mayor absurdo que este modo de arrojar sonidos, como esparciéndolos uno a uno por el suelo? —Enseguida canté algunos de esos recitados de nuevo cuño acompañándolos de acordes detestables, a lo cual soltaba Crespel enormes carcajadas, exclamando:
—¡Ja… ja… ja…! Se me figura estar oyendo a nuestros Alemanes italianizados o a nuestros Italianos germanizados, cantando trozos de Pacitta o Portogallo o de algún maestro de capilla.
«Ha llegado el momento», pensé yo, y volviéndome hacia Antonia, le dije:
—¿No es verdad, que ni siquiera teníais vos conocimiento de este método? —y al mismo tiempo entoné una canción admirable y apasionada del viejo Leonardo Leo. Coloreáronse de repente las mejillas de Antonia, resplandecieron sus ojos, y lanzándose con viveza hasta cerca del piano, abrió los labios… pero Crespel al mismo tiempo la tiró para atrás, y agarrándose a mis hombros, gritó con voz agitada:
—¡Eh!, ¡muchacho, muchacho!… —Y continuando enseguida con el acento cadencioso que le era habitual y haciéndome una reverencia, me dijo—: Caballerito, faltaría sin duda a todas las reglas de la buena educación, si os dijera, sin ambajes que deseo que el diablo se os lleve entre sus garras a lo más profundo del abismo; pero esto aparte, no dejaréis de comprender que hace una noche muy oscura y como no están encendidos los faroles no es menester que os eche por la ventana, para que difícilmente lleguéis vuestra casa con los huesos enteros. Tomad, pues, la escalera y contad con el afecto de un amigo, bien que no ha de extrañaros que nunca jamás debáis hallarle en casa, ¿lo tenéis entendido?… ¡nunca jamás!
Dicho esto, me echó el brazo a los hombros, arrastrándome lentamente hasta la puerta, de un modo tan especial, que no me fue posible una vez siquiera hallar la mirada de la joven para despedirme de ella cuando menos con los ojos.
Ya se conocerá, que aun cuando tuviera grandes ganas de darle al consejero una de palos, en la situación en que me encontraba, era imposible. Mi desgraciada aventura dio mucho que reír al profesor, quien me aseguró que por esta vez sí que habían acabado para siempre mis relaciones con el consejero, y en cuanto a Antonia era para mí un ser harto noble y sagrado para irme a hacer el enamorado bajo sus ventanas, poniéndola así en ridículo.
Salí, pues, de la ciudad de H… con el corazón destrozado, lleno de pesar y con la imagen de Antonia fija en la mente, rodeada de una especie de aureola, y hasta su canto, sin que nunca hubiera tenido la dicha de oírlo, resonaba en mi corazón como una sensación consoladora.
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