17 junio 2022

EL DILUVIO SUMERIO - (El mundo antiguo I. Selección de José Luis Martínez)

 EL DILUVIO SUMERIO
Gilgamesh se dirigió al lejano Ut-Napishtim
en estos términos:
«Te admiro, Ut-Napishtim,
y en nada te veo diferente de mí;
verdaderamente, en nada te veo distinto de mí:
tienes un corazón valiente y dispuesto a la lucha
y descansas acostado de espaldas.
¿Cómo has podido presentarte ante la asamblea
de los dioses para pedir la inmortalidad?».
Ut-Napishtim contestó a Gilgamesh:
«Voy a revelarte, Gilgamesh, algo que se ha mantenido oculto,
un secreto de los dioses voy a contarte:
Shuruppak, una ciudad que tú conoces
y que se extiende a orillas del Éufrates,
era una ciudad antigua, como sus dioses,
cuando éstos decidieron desatar el diluvio.
Estaba allí Anu, el padre de los dioses,
el valiente Enlil, su consejero,
Ninurta, su heraldo,
Ennuge, cuidador de los regadíos.
Y también estaba presente Ninigiku-Ea,
que en nombre de los dioses dice a la choza de caña:
“¡Choza! ¡Choza! ¡Tabique! ¡Tabique!
¡Choza, escucha! ¡Tabique, presta atención!
¡Hombre de Shuruppak, hijo de Ubartutu,
derriba esta casa y construye una nave,
abandona las riquezas y busca la vida,
desprecia toda propiedad y mantén viva el alma!
Reúne en la nave la semilla de toda cosa viviente.
Que las dimensiones de la nave que has de construir
queden bien establecidas:
su longitud ha de ser igual que su anchura;
como a Apsu, dale un techo”.
Comprendí y dije a Ea, mi señor:
“Será una honra para mí, ¡oh señor!,
ejecutar lo que has ordenado,
¿pero qué diré a la ciudad, al pueblo, a los ancianos?”.
Ea abrió la boca y me contestó,
a mí, su humilde servidor:
“Les dirás lo siguiente:
‘He sabido que Enlil es mi enemigo,
y así no puedo vivir en nuestra ciudad
ni pisar el territorio de Enlil.
Por lo tanto, acudiré a las aguas profundas
para vivir con mi señor Ea.
Pero él os dará la abundancia:
los más escogidos pájaros, los más raros peces,
la tierra con sus ricas cosechas.
Quien, al crepúsculo, gobierna los cereales,
os mandará aludes de trigo’.
[Laguna]
Los pequeños se encargaron de acarrear betún,
mientras los mayores trajeron todo lo que era necesario.
Al quinto día, levantó el armazón
cuyo fondo era de un acre.
Diez docenas de codos de altura tenía cada uno de sus lados,
diez docenas de codos cada lado de la cuadrada cubierta.
Di forma a sus dos costados y los uní.
De seis cubiertas doté a la nave,
que quedó dividida en siete partes.
Dividí su planta en nueve partes.
Examiné las pértigas y me procuré abastecimientos.
Seis cargas de betún vertí en el horno,
y vertí en él también tres cargas de asfalto,
tres cargas de aceite trajeron en cestos los acarreadores,
además de la carga que consumieron los calafateadores
y de las dos que estibó el batelero.
Sacrifiqué bueyes para la gente
y degollé corderos cada día.
Mosto, vino rojo y aceite y vino blanco
di a los trabajadores, así como agua del río,
para que celebraran el día del Año Nuevo.
Al séptimo quedó terminada la nave.
La botadura fue muy difícil,
porque se tuvieron que secar las planchas de abajo y de arriba,
hasta que los dos tercios de la nave entraron en el agua.
Todo cuanto yo tenía fue subido a bordo.
Todo cuanto yo tenía de plata fue subido a bordo.
Todo cuanto yo tenía de oro fue subido a bordo.
Todo cuanto yo tenía de criaturas vivas fue subido a bordo.
Toda mi familia y parientes fueron subidos a bordo.
Los animales del campo, las bestias salvajes del campo
y todos los artesanos, dispuse que subieran a bordo.
Shamash había fijado la hora para mí:
“Cuando el que gobierna el tiempo nocturno
desate un gran aguacero,
sube a bordo y cierra la escotilla”.
Observé el estado del tiempo
y vi que amenazaba tormenta.

DE «LA EPOPEYA DE GILGAMESH»

(c. 2500 a. C.)

Un poema épico sumerio inicia la literatura conocida de la humanidad. Entre los millares de tablillas de arcilla con inscripciones cuneiformes, halladas en 1846 en la llamada biblioteca de Asurbanipal, en Nínive, se encontraron algunas en lenguas acadia, babilónica y asiria, probables copias de otras sumerias del tercer milenio antes de Cristo, que contienen fragmentos de un poema de excepcional importancia: La epopeya de Gilgamesh. Sus protagonistas son héroes con problemas humanos: el tiempo y el poder, la amistad y el amor, la muerte y la inmortalidad, y cuyas hazañas van a influir sobre el Sansón bíblico y el Hércules helénico, y aun algunas de las empresas de Gilgamesh van a serle atribuidas a Alejandro Magno.

El primer fragmento seleccionado refiere el encuentro, la amistad y las luchas entre los héroes y el segundo es la narración del diluvio que prefigura el relato bíblico del Génesis.

Jardín botánico en abril

Jardín botánico en abril

16 junio 2022

LITERATURA un poema de Cristina Peri Rossi

 LITERATURA
«Todo lo conviertes en literatura»,
me reprochas
«todo, amores, viajes, paseos,
discusiones, todo lo conviertes en
literatura»,
me reprochas
 
estás exagerando
 
solo una mínima parte
tan mínima que a veces pienso
que no tiene importancia
y en todo caso
es mejor que la muerte
que todo lo convierte en polvo.

Cristina Peri Rossi - Habitación de hotel

 

Jardín botánico en abril

Jardín botánico en abril

13 junio 2022

¡Vamos, DON ANTONIO! - El viajero

(EL VIAJERO)
Está en la sala familiar, sombría,
y entre nosotros, el querido hermano
que en el sueño infantil de un claro día
vimos partir hacia un país lejano.
Hoy tiene ya las sienes plateadas,
un gris mechón sobre la angosta frente;
y la fría inquietud de sus miradas
revela un alma casi toda ausente.
Deshójanse las copas otoñales
del parque mustio y viejo.
La tarde, tras los húmedos cristales,
se pinta, y en el fondo del espejo.
El rostro del hermano se ilumina
suavemente. ¿Floridos desengaños
dorados por la tarde que declina?
¿Ansias de vida nueva en nuevos años?
¿Lamentará la juventud perdida?
Lejos quedó —la pobre loba— muerta.
¿La blanca juventud nunca vivida
teme, que ha de cantar ante su puerta?
¿Sonríe al sol de oro,
de la tierra de un sueño no encontrada;
y ve su nave hender el mar sonoro,
de viento y luz la blanca vela henchida?
Él ha visto las hojas otoñales,
amarillas, rodar, las olorosas
ramas del eucalipto, los rosales
que enseñan otra vez sus blancas rosas…
Y este dolor que añora o desconfía
el temblor de una lágrima reprime,
y un resto de viril hipocresía
en el semblante pálido se imprime.
Serio retrato en la pared clarea
todavía. Nosotros divagamos.
En la tristeza del hogar golpea
el tic-tac del reloj. Todos callamos.



Lirios

 Jardín botánico en abril

11 junio 2022

DE Charles Dickens: Los papeles póstumos del Club Pickwick

—¿Qué tiempo tiene ese caballo, amigo? —preguntó Mr. Pickwick, frotándose la nariz con el chelín que había sacado para pagar el recorrido.
—Cuarenta y dos —replicó el cochero mirándole de través.
—¡Cómo! —exclamó Mr. Pickwick llevando su mano al cuaderno de apuntes.
El cochero reiteró su afirmación primera. Mr. Pickwick miró fijamente a la cara del cochero; pero en vista de que los rasgos de ésta permanecieron inmutables, se decidió a consignar el hecho.
—¿Y cuánto tiempo le tiene usted trabajando cada vez? —inquirió Mr. Pickwick, para ampliar la información.
—Dos o tres semanas —contestó el cochero.
—¡Semanas! —dijo asombrado Mr. Pickwick… y de nuevo salió el cuaderno de apuntes.
—Su casa está en Pentonwill, pero rara vez le llevamos allí, por lo flojo que está —observó el cochero con frialdad.
—¡Por lo flojo que está! —repitió vacilante Mr. Pickwick.
—En cuanto se desengancha se cae —prosiguió el cochero—; pero cuando está enganchado le tenemos bien tieso y le llevamos tan corto, que no es fácil que se caiga; y hemos puesto un par de ruedas tan anchas y hermosas, que en cuanto él se mueve echan tras él y no tiene más remedio que correr… no puede por menos.
Mr. Pickwick consignó en su cuaderno todas las palabras de esta información con propósito de comunicarlas al Club, como ejemplo singular de la tenacidad vital de los caballos bajo las más difíciles circunstancias. Apenas había terminado su anotación cuando llegaban a Golden Cross. Saltó el cochero y salió Mr. Pickwick del coche. Mr. Tupman, Mr. Snodgrass y Mr. Winkle, que se hallaban esperando impacientes la llegada de su ilustre jefe, le rodearon, dándole la bienvenida.
—Aquí tiene usted su servicio —dijo Mr. Pickwick, mostrando el chelín al cochero.
¡Cuál no sería el asombro de los doctos caballeros cuando aquel ente incomprensible arrojó la moneda al suelo y expresó con ademanes inequívocos su deseo de que se le permitiera luchar con Mr. Pickwick por la cantidad que se le adeudaba!
—Usted está loco —dijo Mr. Snodgrass.
—O borracho —añadió Mr. Winkle.
—O las dos cosas —resumió Mr. Tupman.
—¡Vamos, vamos! —gritó el cochero, haciendo ademán de combatir a puñetazos, marcando los movimientos como un péndulo—. ¡Vamos… con los cuatro!
—¡Aquí hay jarana! —gritaron media docena de cazurros—. Manos a la obra, Sam.
Y, vociferando alegremente, se agregaron al grupo.
—¿Qué es ello, Sam? —preguntó un caballerete con mangas de percal negro.
—¿Cómo que qué es ello? —replicó el cochero—. ¿Para qué quería mi número?
—Yo no quería su número —contestó Mr. Pickwick sin salir de su estupefacción.
—Entonces, ¿para qué lo ha tomado usted? —le interrogó el cochero.
—¡Pero si no lo he tomado! —gritó indignado Mr. Pickwick.
—¿Querréis creer —continuó el cochero, dirigiéndose al público—, querréis creer que un investigador va en un coche y no sólo apunta el número del cochero sino cada palabra que dice?
Un rayo de luz brilló en la mente de Mr. Pickwick: se trataba del cuaderno de notas.
—¿Pero hizo eso? —preguntó otro cochero.
—Claro que lo hizo —replicó el primero—. Y luego, a prevención de que yo le atacara, tiene tres testigos para declarar contra mí. Pero le voy a dar, aunque me cueste seis meses. ¡Vamos!
Y el cochero arrojó su sombrero al suelo, con notorio menosprecio de la prenda, arrancó los lentes a Mr. Pickwick y siguió el ataque con un puñetazo en la nariz a Mr. Pickwick, otro en un ojo a Mr. Snodgrass y, por variar, un tercero, en el vientre, a Mr. Tupman; luego empezó a maniobrar bailando en el arroyo; volvió a la acera y, por fin, extrajo del pecho de Mr. Winkle el poco aire que le quedaba; todo en media docena de segundos.


Charles Dickens
Los papeles póstumos del Club Pickwick