18 marzo 2008

El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead (5)

Luego estaban los nativos de la Tierra del Fuego. York Minster era un tipo taciturno y extraño, pero parecía claro que estaba tomando mucho cariño a Fuegia Basket y ella a él. Jemmy Button era el favorito de todos. Darwin parece que los quería a los tres, y como único hombre universitario a bordo, probablemente echó una mano en la educación de Fuegia Basket. Pero se sentía particularmente ligado a Jemmy. El chico era un dandy, con sus guantes de cabritilla y sus botas altas, brillantes como un espejo. Acostumbrado a la vida del mar, no podía comprender por qué se mareaba Darwin. Cuando Darwin estaba enfermo, él le miraba asombrado, murmurando: "Pobrecillo, pobrecillo." Los nativos de la Tierra del Fuego tenían una vista extraordinaria, mucho más aguda que los marineros, y cuando Jemmy se enfadaba con el oficial de guardia, solía decir: «Yo ver barco; yo no decir a ti...»
El barco iba a buena marcha haciendo como término medio ciento sesenta millas cada veinticuatro horas. Sesenta y tres días después de salir de Inglaterra llegaron al Brasil y desem­barcaron en la hermosa y antigua ciudad de Bahía, situada en medio de un bosque de bananeros, naranjos y cocoteros. La primera impresión de Darwin fue de deslumbramiento: «Mara­villoso es una palabra débil para expresar los sentimientos de un naturalista que por vez primera se encuentra en una selva brasileña», escribió en su Diario. Se sentía como un ciego que acabara de recobrar la vista, contemplando aquel escenario incomparable, como si fuera «un cuento de las mil y una noches». En la mañana del 4 de abril, el Beagle entró en el puerto de Río de Janeiro, envuelto en luz resplandeciente. Trasportado de gozo ante la perspectiva de poder salir del barco y empezar a trabajar y coleccionar especies botánicas, Darwin se lanzó a tierra y en seguida se instaló en la ciudad. Al fin podría dar prueba de su talento de científico e incluso, con un poco de suerte, hacer algo por complacer a FitzRoy, relacionando sus descubrimientos con las grandes verdades religiosas de la Biblia.
Al cabo de tres días, Darwin logró ponerse de acuerdo con un irlandés llamado Patrick Lennon, que salía a visitar su plantación de café, a cien millas al Norte, para acompañarle. El grupo se componía de siete personas, que irían todas ellas a caballo. Con una temperatura sofocante, siguieron la costa durante los primeros días y luego se metieron en el interior, en la selva húmeda tropical. Decir que Darwin era feliz, no es suficiente; estaba asombrado, entusiasmado, extático. A su alrededor todo eran árboles de ceiba, palmeras como abanicos, con tallos tan altos como mástiles de buque y con un follaje que ocultaba el sol. De las ramas más altas caían los líquenes y las lianas, entrecruzándose al través de la luz verdosa y en el silencio y la calma del mediodía, la enorme mariposa azul llamada morpho atravesaba el aire con las alas desplegadas. El aire estaba lleno del perfume de plantas aromáticas, alcanfor, pimienta, cinamomo y clavo. Luego estaban allí las monstruosas montañas de hormigas, de doce pies de altura, las orquídeas parásitas saliendo del tronco de los árboles, y los increíbles pájaros brillantes, tucanes, papagayos, el pequeño colibrí, con sus alas invisibles zumbando, posado sobre una flor... Darwin hacía anotaciones rápidas entusiásticas, en sus cuadernos de notas al pasar: «Tallos enlazando tallos, cruzándose como las trenzas del pelo, lepidópteros maravillosos, silencio... Hosanna.» En una ocasión llegaron a ver una de las cosas más sorpren­dentes que pueden verse en la selva: una columna de hormigas-soldados; a medida que la horda brillante, negra, de millones de cabezas avanzaba «—la columna tenía cientos de yardas de longitud-— todas las cosas vivientes con que se cruzaba en el camino eran presas del pánico. Era asombroso ver a los lagartos, las cucarachas y las arañas correr locos de miedo y caer atra­pados por un rápido movimiento circular de la columna de las hormigas; en un santiamén la columna había caído sobre su presa. La descripción que hace Darwin de estas hormigas y sus deducciones proporcionó una base para toda la inves­tigación científica que luego se ha hecho sobre este tema. «En este caso —escribió más tarde—, la selección se ha apli­cado a la familia, y no al individuo, con el fin de proporcionar un fin útil.» Este fin es el bien de la colonia, en la que los indi­viduos realmente no cuentan. Las hormigas son sordas y casi ciegas y se mueven como células de un organismo gigante, impulsadas por un instinto ciego.
Entre estas bellezas había también algunas amenazas. Nada estaba a salvo. Devorar o ser devorado; esta era la condición de la existencia y el débil tenía que camuflarse para sobrevivir. En el jarro de coleccionista de Darwin fueron a parar «el palo ambulante», un insecto que se parece a una pajita, la inofensiva mariposa nocturna que se disfraza de escorpión, el escarabajo que adopta los colores de un fruto venenoso para huir de los pájaros... Observó que las antenas de ciertas especies de insectos eran meramente ornamentales, hechas para la atracción sexual, pero que la mayor parte de los rasgos de los animales habían sido creados con la idea de engañar: algunas mariposas, por ejemplo, tenían alas con agujeros, imitando hojas secas; otras, como la mariposa cósmida, parecían flores marchitas, otras tenían falsos ojos, luminosos y brillantes. Algunos insectos se protegían de otro modo no menos curioso: la mariposa llamada helconia tenía un sabor tan desagradable que los animales de presa no querían atraparla, y así otras especies que eran comestibles se disfrazaban con los colores de la heliconia. Una vez más, las ideas que le acudieron a Darwin con la vista y el estudio de estos insectos brasileños dieron fruto veinte años más tarde y le proporcionaron una prueba viva de su teoría de la selección natural: «Dando por supuesto que un insecto originalmente se habría parecido en algún grado a una ramita seca o a una hoja caída y que ello variaba levemente de varias maneras, todas las variaciones que hacían a los insectos más semejantes a ese objeto que podía ser respetado se conservaban mientras que las otras variaciones se perdieron; o bien, si esas variaciones hacían al insecto menos semejante al objeto imitado fueron eliminadas.»
¡Cómo hubiese disfrutado Henslow con todo esto! «Nunca he tenido una experiencia tan extraordinaria —le escribió Darwin a su maestro, entusiásticamente—. Antes admiraba a Humboldt; ahora le adoro; solamente él ha podido dar una idea de las sensaciones que se experimentan al entrar por vez primera en los trópicos... En estos momentos estoy metido de lleno con las arañas... y si no me engaño, he logrado atrapar algunas especies nuevas. Le enviaré pronto una gran caja a Cambridge.»
Y ahora, de repente, Darwin se daba cuenta de que la brutalidad de la naturaleza, la persecución del débil por el fuerte, se aplicaba también a los seres humanos. Habían entrado en una parte de la selva donde el camino se había borrado y un esclavo negro, con una espada, había sido enviado por delante para abrir camino. Darwin trató de hablar al hombre en su español vacilante, ayudándose de gestos un poco exagerados para hacerse comprender, pero aún no había terminado la frase cuando vio con gran sorpresa que el hombre se conducía como si le fueran a golpear. Dejó caer las manos, se puso en actitud sumisa y se cogió la cabeza, esperando que cayera el golpe sobre él. Darwin se quedó horrorizado. ¿Eran todos los esclavos tan fáciles al temor como este, estaban tan asustados? Lennon, que poseía un buen número de esclavos, le tranquilizó. ¿Pero, podía tranquilizarle? En aquellos momentos cabalgaban hacia una colina de desnudo granito, empinada, en donde durante algún tiempo un grupo de esclavos prófugos habían logrado esconderse y habían conseguido arrancar al suelo una manera de vivir. Los esclavos habían construido hasta un pequeño grupo de cabañas con ramas, que eran copia exacta de las que ellos habían habitado, antes de ser capturados, en África. Las cabañas aparecían ahora vacías. Un grupo de soldados brasileños se emboscó y capturó a todos los prófugos, a excep­ción de una mujer, que había preferido darse muerte a la pers­pectiva de ser de nuevo esclavizada; la mujer se lanzó desde lo alto de la colina y se hizo trizas contra las rocas. «Me dijeron en Inglaterra antes de salir —escribió Darwin a su hermana Carolina—, que cuando conociera por mis propios ojos a los esclavos cambiaría mis opiniones; el único cambio que han sufrido es que me he hecho una idea mucho más elevada del carácter de los negros de la que tenía antes.»
Al acercarse a la hacienda de Lennon se disparó un cañón y empezó a tocar una campana para anunciar su llegada. Aquel estampido rasgó el profundo silencio de la selva. Los esclavos de la plantación llegaron en masa a recibirlos. Era un lugar delicioso, una especie de cuadrángulo, rodeado de cabañas de techo de paja, con la vivienda del amo en un lado y, enfrente, los establos, los almacenes de la plantación y los dormitorios de los esclavos. En las habitaciones del amo los sofás y las sillas talladas, que hubieran podido provenir de cualquier salón Vic­toriano, hacían un raro contraste con aquel lugar de paredes encaladas, con los techos de paja y las ventanas sin cristales. Montones de granos de café estaban apilados en el centro del patio y había un gran ir y venir de perros y gallinas, caballos y otros animales de la finca; las mujeres estaban en cuclillas alrededor de sus fogones y los niños, desnudos, jugaban al sol. Se preparó para los huéspedes una comilona fantástica. Darwin había terminado apenas con el pavo cuando tuvo que habérselas con el cerdo asado; mientras, toda la vida palpitante de la hacienda se movía a su alrededor: niños, gallinas, perros, «todas las variedades de viejos galgos», dice Darwin, aparecían por los espacios abiertos de la casa y tenían que ser ahuyentados por un esclavo, cuyo único cometido consistía en eso.
Lennon, dueño y señor de aquel pequeño feudo, resultaba una especie de enigma. Durante el viaje a caballo desde Río de Janeiro, Lennon había dado la impresión a Darwin de una persona razonable y de mente liberal; pero ahora, de repente, y sin razón justificada, se encolerizó de manera violenta con el encargado de la finca, un hombre llamado Cowper. Quizá fuera el calor, quizá la pertinacia de los niños que se entrome­tían, quizá un viejo agravio entre los dos; pero, de cualquier manera, Lennon parecía fuera de sí, por la furia. Anunció que iba a vender a todas las mujeres esclavas y a sus hijos, que serían separados de sus padres y maridos y que los enviaría a Río para venderlos en pública subasta. En particular habló de deshacerse de un niño mulato por quien el encargado sentía mucho afecto. Entonces fue cuando los dos hombres sacaron las pistolas y quizá hubieran empezado a disparar de no haber intervenido Darwin y otros.
El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead publicado en "La Revista de Occidente" en agosto de 1970

17 marzo 2008

Ondas

ondas

El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead (4)

Había llegado el momento de las últimas diligencias, y Charles fue en coche a Londres y a Cambridge y volvió a Shrewsbury para hacerlas. En primer lugar, los libros; tenía que llevar el Humboldt, el Milton, la Biblia y el primer volumen de Lyell de los principios de geología que acababa de salir de las prensas, un regalo que, como despedida, le había hecho Henslow. Tenía que proveer a los últimos detalles de su equipo: gemelos, una lente geológica y botellas de alcohol para preservar los ejem­plares. El 24 de octubre de 1831 volvió a Plymouth, según lo con­venido, y se encontró con que el Beagle todavía no estaba listo; las reparaciones llevaban más tiempo del que se había previsto.
En los dos meses que estuvo Darwin esperando la marcha se sintió muy desgraciado. No tenía nada concreto que hacer. «Mi principal ocupación es subir al Beagle y procurar compor­tarme del modo más marinero posible», escribió a su familia. «Pero no tengo pruebas de haber engañado a nadie, ya sea hombre, mujer o niño.» Alquiló en tierra unas habitaciones y pasaba parte de los días instalando y volviendo a instalar su bagaje en el barco, en aquel pequeñísimo camarote. Realmente, había poco sitio. FitzRoy, con su pasión por la exactitud, había instalado no menos de veintidós cronómetros envueltos en serrín y dispuestos en estantes alrededor de los muros. El sitio de que disponía Darwin para dormir era tan pequeño, que tenía que sacar el cajón de una cómoda para hacer sitio a los pies. Pero FitzRoy seguía siendo muy amable. Hubo, sin embargo, un pequeño incidente. Los dos jóvenes fueron un día a una tienda de Plymouth para cambiar una pieza de loza que habían com­prado para el barco. Cuando el dueño de la tienda se negó a hacer el cambio, FitzRoy estalló en cólera. Preguntó el precio de un juego de porcelana de China, muy caro, y dijo: «Lo hubiera comprado de no haber sido usted tan grosero.» Con esto salió hecho una furia de la tienda. Darwin sabía bien que Fitz­Roy no tenía intención de hacer semejante compra —tenían toda la vajilla que necesitaban—; pero no dijo nada y durante un rato caminaron en silencio. Luego, de repente, la furia del capitán se evaporó: «Usted no creyó en lo que he dicho al tendero», exclamó de repente. «No -—contestó Darwin—; no lo creí.» FitzRoy no dijo nada y al cabo de unos minutos comentó: «Tiene usted razón. He dicho algo que no debiera haber dicho, llevado de mi cólera contra ese bastardo.»
En diciembre, el Beagle estaba listo; pero su primera tenta­tiva de salir a mar abierto fue una especie de advertencia de lo que les aguardaba. El 10 de diciembre y el 21 de mismo mes el barco salió del puerto teniendo en las dos ocasiones que volver a Plymouth, y en las dos ocasiones se mareó Darwin de manera violenta. El día de Navidad, la tripulación se emborrachó en el puerto, y el guardiamarina King, que era el oficial de guardia, se vio obligado a encadenar a uno de los marineros para cas­tigar su insolencia. Debió de ser una borrachera de categoría, porque los hombres no se habían recobrado lo suficiente como para izar las velas al día siguiente. El 27 de diciembre apareció cubierto y en calma, pero durante la mañana, un viento fresco del cuadrante adecuado, el Este, empezó a soplar; se podía ver el humo de las chimeneas de Plymouth ondulando en el aire.
FitzRoy y Darwin almorzaron en tierra chuletas de cordero y champán y subieron a bordo a las dos de la tarde. Al fin estaban ya en marcha; los hombres tiraban de los cables, obedeciendo al silbato del timonel. Al anochecer, Darwin se encontró contemplando melancólicamente la luz de Eddystone en el horizonte, la última imagen de Inglaterra. Se dirigieron hacia el Sur, en un mar bastante movido, y salieron al gris Atlántico. FitzRoy hizo subir a cubierta al más borracho del día de Navi­dad y le mandó azotar.
Aquellas primeras semanas fueron de cielo cubierto y deja­ron un vacío en la mente de Darwin por culpa del mareo. «Los padecimientos que tengo que soportar son mayores de lo que había imaginado», escribió tristemente a su casa. «Lo peor empieza cuando se siente uno tan fatigado que el menor movimien­to produce la impresión de que uno va a desmayarse. No puedo hacer más que estar tumbado en la hamaca.» Solo podía comer uvas. En una ocasión se arrastró hasta la cubierta para respirar un poco de aire fresco, pero las olas tremendas y el vaivén era más de lo que podía aguantar; así es que la mayor parte del tiempo se lo pasaba en su hamaca o arrebozado en el sofá de FitzRoy, intentando leer. Estaba demasiado malo para levantarse y ver la costa de la isla de Madeira, cuando pasaron por delante de ella. Había además en todo esto un motivo espe­cial de desconsuelo para Darwin: temía que FitzRoy creyese que era demasiado flojo para emprender este viaje. Por el momento no podía hacerse nada; lo único que podía hacer era quejarse lo menos posible, apretar los dientes y aguantar, esperando que viniese mejor tiempo. Pasara lo que pasara, él no iba, sin embargo, a desistir y volverse a casa tan pronto como tocaran tierra por vez primera; sobre este punto estaba absolutamente seguro. Y al final se vio recompensado. En las islas de Cabo Verde, en la costa occidental de África, hubo un respiro de veintitrés días, mientras FitzRoy fijaba exacta­mente la posición de las islas, y aquí, al fin, Darwin pudo hacerse una idea de lo que el viaje iba a significar para él. Por primera vez veía una isla volcánica; había estado sumergido en el libro de Lyell y había pasado por su mente la idea de que algún día podría escribir un libro él también sobre geología. Cincuenta años más tarde podía recordar aun el lugar exacto en donde esta idea le había acudido por primera vez: «Fue un momento memorable para mí y puedo recordar con absoluta claridad el arrecife de lava bajo el que me resguardaba, con el sol brillando en lo alto y calentando, algunas extrañas plantas desérticas alrededor y con los corales vivos en las charcas que la marea había dejado a mis pies...»
Darwin estaba ya estudiando, coleccionando, recogiendo y observando. Ni un solo detalle se escapaba a su mirada; los pájaros, el paisaje, los nativos, el polvo, las plantas. Observaba minuciosamente una babosa marina, le hacía la disección y encontraba en su estómago varias piedras pequeñas. En sus notas hay un dibujo de un baobab, pero probablemente fue hecho por FitzRoy; Darwin no sabía dibujar. Escribió a Henslow que solo había una cosa que le preocupaba: si estaba realmente tomando los datos esenciales que tenía que tomar.
Siguió su ruta el barco, cruzaron el ecuador y encontraron aguas más tranquilas al acercarse al Brasil. Los delfines jugaban alrededor del barco y las aves marinas les siguieron los pasos. Darwin empezó a volver a la vida. Era una figura curiosa; entre la tripulación, vestida de uniforme, él era el único que seguía llevando sus trajes habituales, la indumentaria de un caballero de comienzos del siglo XIX, esto es, levita, larga y abierta por detrás, abrigo cruzado con sus solapas y sus boto­nes, pantalones largos y camisa de cuello alto, con su corbata. Sus actividades, además parecían muy extrañas a la dotación; se hizo, con sus propias manos del tejido usado para las bande­ras, una red de cuatro pies de larga, que, colgaba de la popa, y era capaz de atrapar a miríadas de pequeñas criaturas marinas de todos los colores, que relucían y se escurrían al ser echadas sobre la cubierta. La rutina diaria era sencilla y espartana. A las ocho, el desayuno, que FitzRoy y Darwin tomaban mano a mano en el camarote del capitán. En cuanto había terminado el almuerzo, cada cual se iba a su tarea y ninguno aguardaba a que el otro hubiese concluido. Los dos se ponían a su trabajo; FitzRoy hacía su ronda matinal y Darwin, si el tiempo estaba en calma, se ponía con sus animales marinos, diseccionando, clasificando y tomando notas. Si el tiempo estaba malo, se iba a la cama y procuraba leer. A la una en punto, se servía la comida, que era una comida vegetariana: arroz, guisantes, pan y agua. No se servían vino ni licores. A las cinco de la tarde, la cena, que podía incluir carne y antiescorbúticos, como esca­beche, manzanas secas y jugo de limón. Por la noche se charlaba un poco con los oficiales, apoyados en la borda, bajo el cielo tropical. «Me parece que un barco es una casa sumamente cómoda «—escribió a su padre—, con todo lo que uno necesita, y si no fuera por el mareo, todo el mundo debiera de ser mari­nero.» Según pasaban los días, Darwin se encontró en relaciones cambiantes con FitzRoy. Al llegar a bordo le había impresio­nado el capitán por su amabilidad, enseñándole personalmente a colgar su hamaca y a colocar sus cosas y había seguido mos­trándose igualmente amable. Fue durante este tiempo cuando FitzRoy escribió a Inglaterra: «Darwin es una persona sensata y trabajadora y un compañero de mesa muy agradable. Nunca he visto a un tipo de tierra adentro acomodarse tan pronto a la vida del mar como Darwin.» Pero FitzRoy era un tipo contra­dictorio, nervioso, susceptible, y si Darwin no se había desilu­sionado con él -—seguía teniéndole por un gran hombre-— había algo en su naturaleza que coincidía menos con el ideal, el beau ideal que se había imaginado. Se había producido el incidente de la pieza de loza en Plymouth y luego, los azotes de los borrachos del día de Navidad; a Darwin no le pareció decente dejar a unos hombres que se emborrachasen para cas­tigarlos luego. Pero no se atrevió a protestar. No tardó en darse cuenta de que el capitán de un navío es un señor de horca y cuchillo; no se le podía hablar ni se podía discutir con él como con un hombre ordinario. Por otra parte, FitzRoy era a veces innecesariamente duro consigo mismo. «Si no se mata antes, va a hacer una obra extraordinaria en este viaje —escribió Darwin a su casa—. Nunca me había encontrado con un hombre que pudiera desempeñar el papel de un Napoleón y de un Nelson a la vez. No diría que es precisamente inteligente; sin embargo, nada es demasiado elevado o grande para él. El ascendiente que tiene sobre todos los que le rodean es curioso... De todas maneras es el tipo de más carácter con quien yo me he visto en mi vida.» El difícil carácter de FitzRoy era más difícil por la mañana, cuando hacía la inspección del barco, y si cualquier cosa no estaba en su sitio, se arrojaba sobre el delincuente con ira evangélica, como si hubiera sufrido un insulto personal. Su aparición sobre cubierta era electrizante; un grupo de mari­neros que estuviese tirando de una cuerda se aplicaba de tal forma al trabajo, al verle, como si su vida dependiese de ello. Pero eran los «rigurosos silencios» de FitzRoy lo que Darwin encontraba más penoso de soportar; moroso, sombrío y amena­zador, el capitán se abandonaba a su malhumor, a veces durante horas y horas. A pesar de esto, FitzRoy no era un hombre odiado; todos admiraban su talento de navegante y tenía también sus buenos ratos, y generalmente su manera de comportarse era cortés y de gran estilo. No obstante, todos andaban en el Beagle con mucho cuidado y Darwin tuvo que aprender el arte de esquivar sus cóleras.
Con el resto de los colegas, Darwin se entendía muy bien. Era hombre tímido y deseoso de aprender. Para la tripulación era conocido cariñosamente con el apelativo de «nuestro cazador de mariposas». El segundo oficial, Sulivan, que más tarde se convirtió en el almirante sir James Sulivan, escribió luego: «Tengo la convicción de que en los cinco años del Beagle nadie vio a Darwin enfadado ni le oyó decir una palabra poco amable o irritada a ninguno... Esto, con la admiración que inspiraba por su energía y su habilidad, nos hizo darle el nombre de el querido y viejo filósofo». Wackham, el primer oficial, gruñía por el barullo que organizaba Darwin en cubierta con sus ejem­plares, pero era hombre alegre y cariñoso; el tipo «de mejor conversación a bordo», según decía Darwin. Bynoe, el ayudante del cirujano, se convirtió en un verdadero amigo suyo. El joven Philip King, el guardiamarina, era un muchacho muy brioso y vivo: «He leído todo lo que ha escrito Byron —decía—, y todo lo demás me tiene sin cuidado.» Augustus Earle, el artista, era un hombre excepcional. Era hijo de un pintor norteamericano que había vivido algún tiempo en Inglaterra, Augustus había estudiado en la Royal Academy de Londres, en donde se había ejercitado en toda clase de pintura, retrato, paisaje, temas históricos. La otra pasión suya era la de recorrer el globo poniendo la planta en lugares en los que no hubiese estado nunca otro artista. Cuando se unió al Beagle contaba treinta y siete años, lo que hacía de él el hombre más viejo del barco, y llevaba viajando dieciséis; había vivido en América del Norte, América del Sur y en Australia; estas últimas eran las metas principales del Beagle. Como Darwin, era un entu­siasta de Humboldt y en especial de sus descripciones de la selva tropical. Darwin y él se entendieron tan bien, que decidieron alquilar una casa juntos cuando desembarcaran en Brasil.
El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead publicado en "La Revista de Occidente" en agosto de 1970

16 marzo 2008

En el Museo Arqueológico de Madrid

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El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead (3)

Desde este instante, que es en rigor la coyuntura en que la vida de Darwin cambia, se aceleran los acontecimientos, Al llegar a El Monte, el tío Jos examinó una tras otra las obje­ciones del doctor y las echó abajo. Charles, sintiendo remordi­miento por los gastos hechos a la ligera en Cambridge, quiso hablar de la economía: «Tendría que ser un verdadero artista para gastar a borde del Beagle más de lo que supone mi asig­nación. No tendré ocasiones.» Pero su padre replicó: «Tú eres un verdadero artista para eso.» Al final el doctor se dio por vencido y Charles, en un estado de gran excitación, envió una carta desdiciéndose de su renuncia anterior; se sentiría muy feliz si tuviera el honor de ser aceptado. En aquellos momentos le entró una fiebre de preocupaciones, la aprensión de que era demasiado tarde y de que el puesto le habría sido ya ofrecido a algún otro, y a las tres de la mañana del día siguiente, el 2 de septiembre, tomó la diligencia, «La Maravillosa», camino de Cambridge. Llegó muy cansado aquella noche al «León Rojo» y envió en seguida una nota a Henslow, preguntándole si podía recibirle a la mañana siguiente. Henslow tenía malas noticias que darle: un tal señor Chester, naturalista de cierta reputación, estaba propuesto como candidato. Todo dependería de la impre­sión que Charles hiciese a FitzRoy, el capitán del Beagíe, porque FitzRoy había dicho claramente que no aceptaría más que a un hombre que le agradase. Condición razonable, sabiendo que tendría que compartir su camarote con él durante todo el viaje. El 5 de septiembre Darwin salió para Londres, donde se las arregló para conseguir una entrevista con FitzRoy aquel mismo día. Como hemos visto, la entrevista tuvo un final feliz.
Los dos hombres se vieron al día siguiente y las cosas fueron como la seda. FitzRoy, escribió Darwin a su familia, había sido excepcionalmente franco y amable con él. «Vosotros diréis, queridos míos —escribía Darwin—, que un capitán es el bruto más grande de la faz de la creación; no sé entonces cómo expli­caros este caso, salvo si me dais el tiempo suficiente para con­venceros.» El espacio dentro del barco era muy escaso y el capitán fue muy claro al referirse a ello: «De golpe, me preguntó, ¿será usted capaz de aguantar que yo le diga que quiero el camarote para mí solo en algunos momentos? Si el convenio es claro y franco, creo que podremos arreglarnos; si no, proba­blemente, acabaremos por odiarnos.» Los gastos no serían muy grandes, la comida solo treinta libras al año; con quinientas libras, en números redondos, podría arreglarse para todo el viaje. ¿Querría su hermana Susana decir a las criadas de EL ¿Honte que se cuidaran de su equipo? «Di a Nancy que me haga en seguida doce camisas en lugar de ocho. Di a Edward que me meta en la cartera mis zapatillas; puede poner la llave colgada de la manilla en una cuerda... Un par de zapatos ligeros para andar, mis libros de español, mi nuevo microscopio, el que tiene seis pulgadas de largo y unas tres o cuatro de ancho, bien envuelto en algodón, mi brújula geológica, que padre sabe dónde está, un libro pequeño, que debe de estar por mi dormitorio, que se titula Taxidermia...» Luego venía la lista de las armas de fuego que tenía que llevar. FitzRoy le había dicho que en muchos lugares no se podía bajar a tierra sin un par de pistolas. Pero estas armas podía conseguirlas en Londres. Pronto anduvo por la ciudad de compras con FitzRoy, con su lista en la mano. FitzRoy era pródigo en los gastos, al parecer. Le parecía una bagatela pagar cuatrocientas libras por una colección de armas personales, y Darwin se vio contagiado de semejante prodiga­lidad lo suficiente como para pagar cincuenta libras de su bol­sillo por «una caja con dos buenas pistolas y un excelente rifle». Los días estaban contados. Tendrían que salir en octubre. «Se me hiela la sangre al pensar en la cantidad de cosas que tengo que hacer.» Y continuó hablando de nuevo de FitzRoy: «Es una persona encantadora, si dijera de él todo lo bueno que se me ocurre, pensaríais de mí que estoy loco.»
El 11 de septiembre, los dos jóvenes se embarcaron en Londres hasta Plymouth para ver el BeagLe, que estaba en los muelles. Tardaron tres días en llegar, que aprovecharon para conversar y acabar de conocerse. La admiración de Darwin por FitzRoy siguió creciendo: «Quizá pensarais que era yo un romántico en mis cartas anteriores, cuando os hablaba del capitán. Pues eso no es nada comparado con lo que ahora siento... Todos le elogian cuando hablan de él, sin saber siquiera que voy a hacer ese viaje, y realmente, por lo poco que he podido ver, merece esos elogios... No es que yo crea que esta admiración vehemente que siento por él vaya a durar. Nadie es héroe para su criado, como dice el refrán, y yo voy a ser algo así para él.»
FitzRoy, por su parte, estaba igualmente impresionado. En cartas que escribió más tarde se desborda alabando al joven Darwin; no era nada raro el llevar a un naturalista en un viaje de este tipo, pero FitzRoy tenía también un proyecto muy particular en cartera y es muy posible que aprovechase la opor­tunidad del viaje a Plymouth para explicar a Darwin de qué se trataba. El viaje del Beagle ofrecía una gran oportunidad para probar las tesis de la Biblia, especialmente las contenidas en el libro del Génesis. En su calidad de naturalista, Darwin podría encontrar fácilmente pruebas del diluvio y de la primera apa­rición de todas las cosas creadas sobre la tierra. Haría un servicio importante a los espíritus religiosos interpretando sus descubrimientos científicos a la luz de la Biblia. Por su parte, Darwin, el joven que se preparaba para ser clérigo, estaba en la mejor situación para llevar a cabo ese trabajo. Y, natural­mente, no dudaba lo más mínimo de que la Biblia fuese cierta en su sentido literal; esto era una porción del mundo que él acep­taba y que le complacía, y si realmente podía dar ese sentido a su trabajo, entonces se hacían aún más interesantes las pers­pectivas del viaje. Por supuesto, otras influencias habían operado también sobre el joven Darwin. En Cambridge había leído la Filosofía de la zoología, de Fleming, los viajes de Burchell, los trabajos sobre los volcanes de Scrope, los Viajes a la América del Sur de Caldcleugh, y probablemente conocía algo de las teorías de Lamarck y de Buffon sobre los cambios debidos a la evolución. Sabemos que había leído a Humboldt, el naturalista alemán, y que los Recuerdos personales de HumboLdt era uno de sus libros favoritos, que se llevó consigo en el viaje. Parece casi seguro, sin embargo, que por aquel tiempo Darwin no había empezado a soñar siquiera con la obra que iba a realizar. Era apenas poco más que un chico de escuela, lleno de entusiasmo adolescente. Escribiendo a FitzRoy sobre la fecha de la partida, decía: «Mi segunda vida va a comenzar, y va a ser el momento de la marcha como un nuevo nacimiento para el resto de mi vida.»
Todo le agradaba a Darwin en aquellos días. El Beagle, desarmado en el dique seco, era un buque realmente muy pequeño, un bergantín de diez cañones y doscientas cuarenta y dos toneladas, con solo noventa pies de ancho; en este espacio tendrían que acomodarse setenta y cuatro personas. «Pero no ha habido buque en el mundo «—escribió Darwin a su casa— equipado de manera tan generosa y con tanto esmero. Todo lo que puede ser hecho de caoba es de caoba.» En realidad, el barco estaba tan podrido después de su último viaje, que prácti­camente tuvo que ser reconstruido. Los oficiales, comparados con el capitán, eran gente sin importancia, pero inteligente, activa y resuelta, aunque un poco basta. Allí estaba John Wickham, el primer teniente; James Sulivan, el segundo; John Lort Stokes, que hacía de ayudante de FitzRoy en las medidas y los cálculos; Robert MacCormick, el médico, y su ayudante, Benjamín Bynoe; George Rowlett, el tesorero; el guardiamarina Philip King; Charles Musters, un voluntario, y Augustus Earle, un artista; todos ellos en aquel momento eran caras anónimas para Darwin, pero pronto, en aquel barco tan pequeño, se convertirían en personajes muy definidos. El resto de la tri­pulación se componía del capitán y sus dos pilotos, el contra­maestre, el carpintero, un clérigo, ocho soldados de marina, treinta y cuatro marineros y seis grumetes. Había, finalmente, tres pasajeros, un hombre de veintiocho años, llamado York Minster, un chico de dieciséis, llamado Jemmy Button, y una niña de once, llamada Fuegia Basket. Estos tres últimos eran nativos de la Tierra del Fuego, el territorio helado alrededor del Cabo de Hornos. FitzRoy los había atrapado en el viaje anterior y les había bautizado con nombre ingeniosos: como Jemmy Button o Botones, porque fue comprado por un botón, y durante un año los había educado a sus expensas en Ingla­terra. Se los llevó, para que los vieran, al rey Guillermo y a la reina Adelaida; la reina puso uno de sus sombreros en la cabeza de Fuegia y uno de sus anillos en una de sus manos y le dio una bolsa con dinero para que se comprase vestidos. Ahora, con un ligero baño de inglés, vestidos europeos y una serie de cosas por el estilo, los fueguinos volvían a su casa en la otra parte del mundo, para extender el cristianismo y la civilización entre sus paisanos. Un joven misionero, Richard Matthews, se ofreció a acompañarles.
El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead publicado en agosto de 1970 en "La Revista de Occidente"

15 marzo 2008

En París (serie)

en paris

El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead (2)

El cuarto no era el de un estudiante aplicado —«he salido bien», exclamaba con alivio y con sorpresa cuando logró superar sus exámenes con un simple aprobado-—; pero no se pensaba, sin embargo, que fuera algo sorprendente el que, sin tener una vocación religiosa determinada, estuviese destinado a entrar en la iglesia; muchos jóvenes de familias acomodadas seguían la misma carrera. Solo en un aspecto era el joven Darwin verda­deramente extraordinario y era su interés excepcional y espon­táneo por la historia natural. Todo lo que pertenecía a la vida del campo le entusiasmaba. Las flores, las rocas, las mariposas, los pájaros, las arañas... Desde niño había coleccionado toda clase de bichos con esa delectación que caracteriza al aficio­nado un poco ridículo o al técnico profesional. Por entonces se apasionaba con los escarabajos y tenía cajas con ejemplares, por todas partes, en su cuarto. Un día vio dos ejemplares raros en el tronco de un árbol y se apresuró a cogerlos uno con cada mano; pero en aquel momento vio un tercer escarabajo de una especie nueva para él, y, como no podía pensar en perderlo, para liberar su mano derecha, se metió rápidamente uno de los escarabajos en la boca. Aquella pasión de coleccionista la miraba como la caza y los caballos, como algo secundario, una diversión, un entretenimiento. El verdadero rompecabezas de su vida eran los clásicos, que odiaba, y las matemáticas, que no podía entender. «Supongo que estás metido en las matemáticas hasta el cuello ■—escribe a un amigo que no había contestado a sus cartas—■. Si es así, que Dios te ayude, porque yo estoy en la misma situación, solo que con esta diferencia, y es que me he quedado hundido en el barro del fondo y en él voy a perma­necer.» Y, naturalmente, la iglesia, aunque en la intimidad, dudaba de que tuviese verdadera vocación. Sin embargo, el profesor John Stevens Henslow, a cuyas clases de botánica asistía en Cambridge, era clérigo y había animado a Darwin a proseguir la historia natural; le había invitado a sus famosos viernes en que se conversaba sobre estos temas y se lo había llevado con él en sus paseos y en las excursiones en bote por el río Cam; hasta le había convencido para que estudiase geología, tema que Darwin había rehuido en el primer momento. Durante su último año en Cambridge, Darwin era conocido como «el hombre que pasea con Henslow». Pero no había ningún motivo para suponer que no podría continuar con sus colecciones y sus deportes cuando estuviera instalado en su vicaría.
En su ambiente familiar Darwin había sido dichoso. Su abuelo, el doctor Erasmus Darwin, era hombre, aunque muy discutido, de gran reputación; el doctor Erasmus había traba­jado sobre la idea de la evolución, aunque no llegó a ninguna conclusión importante, y Coleridge había inventado la palabra darwinizar para describir su manera de teorizar, considerada como un tanto insensata. El padre de Charles, Robert, había trabajado también en medicina y se hizo con una clientela importante en Shrewsbury, donde se había mandado edificar una bonita casa, El Monte, sobre el río Severn. Charles tenía miedo a su padre. El doctor Darwin era un hombre enorme, que medía seis pies y pesaba trescientas treinta y seis libras, y cuya manera de conducirse era más bien autocrática; su familia solía decir que cuando volvía a casa por las noches era «como si subiese la marea». Su hijo sentía cariño por él. Muchos años más tarde, cuando Charles era ya un viejo, contó a su hijo que aunque su padre había sido un poco injusto con él cuando era joven, guardaba de él un recuerdo muy tierno por la dulzura con que le había tratado más tarde. Recientemente se ha lanzado la idea de que el sentimiento de inferioridad que Darwin sentía con respecto a su padre pudo haber afectado su desenvolvimiento físico y que la mala salud de sus años maduros se debía a su preocupación y a su complejo de inferioridad cuando era niño. Esta idea no me parece muy convincente. Es cierto que la madre de Charles murió cuando él tenía solo ocho años, pero las tres hermanas mayores se ocuparon tiernamente de él. Luego estaban, además, sus primas, las Wedgwoods, la famosa familia fabricante de porcelanas, que vivían en una casa esplén­dida, Maer Hall, a solo veinte millas de distancia. Charles estaba siempre yendo con su caballo a casa de las primas y era el preferido de su tío Jos y de su tía Bessie, así como de sus cuatro hijas, sobre todo de Emma, que era de su edad. Aquel era un mundo lleno de caballos bien cuidados, coches y lacayos, cacerías de perdices en otoño y monterías en el invierno, cenas con invitados y elegantes vestidos. En los estudios, ciertamente, Darwin no fue un astro; estaba incluso por debajo del nivel medio, y Julián Huxley tiene acaso razón cuando dice que, con lo que se exige hoy en día, Darwin no hubiese entrado nunca en una Universidad moderna. En la escuela de Shrewsbury los maestros habían intentado sin fruto meterle de cabeza en los clásicos y luego Charles había ido a estudiar medicina a Edim­burgo, donde fue un fracaso; entre otras cosas, no había podido aguantar la vista de la sangre. Más tarde lamentaría amarga­mente el no haber estudiado nunca seriamente disección por esta razón. Asistió, sin embargo, a las lecciones magistrales de Jameson sobre geología y zoología, y aunque le parecieron pesadas, fue a través de Jameson como conoció al director del museo de la Universidad, un gran entusiasta de la historia natural. Darwin leyó un trabajo sobre los animales marinos microscópicos en la Sociedad Pliniana y aprendió a disecar pájaros y otros animales gracias a los consejos de un negro que había viajado por la América del Sur con el naturalista Charles Waterton.
Pero todo aquello pertenecía al pasado; su padre le permitió dejar la medicina e ingresar en Cambridge, en donde malgastó el tiempo y aprendió muy poco, pero en donde lo pasó bastante bien, y al final se había hecho con la licenciatura y tenía ante sí la perspectiva de un verano agradable. «En el verano trabajé en geología en Shropshire», escribe en su Diario. Luego hizo una excursión a Gales con otro de sus amigos cien­tíficos, Adán Sedgwick, profesor de geología de Cambridge. Parece que la pareja pasó unas semanas agradables estudiando la formación de las rocas y haciendo un mapa geológico de la región; así es que hasta el 29 de agosto no volvió Darwin a su casa de Shrewsbury. Allí supo por su padre y sus hermanas que había llegado una carta a su nombre, carta que, al parecer, habían abierto y leído, del profesor Henslow. Dentro había otra carta de George Peacock, matemático y astrónomo de Cam­bridge, encargado de nombrar candidato para el puesto de na­turalista en los barcos de la Armada que hacían viajes de exploración. Peacock hacía una oferta completamente inespe­rada: ofrecía a Charles el puesto de naturalista en el barco de Su Majestad el Beagle... Fue como algo llovido del cielo. Darwin no había pensado nunca en que le tuviesen por un naturalista serio, y, por tanto, elegible para un trabajo cien­tífico. Estaba destinado a ser clérigo. Esta proposición tan sorprendente rompió además sus planes de una manera drástica; después de la temporada de la perdiz pensaba hacer un viaje a las islas Canarias antes de tomar las órdenes. Y ahora... Pero, después de todo, ¿por qué no? Se sentía inclinado a aceptar. Henslow, que le había recomendado a Peacock, le presionaba para que aceptase. El mismo había estado a punto de encargarse de ese trabajo, según le contó a Darwin su hermana Susana; pero la señora Henslow dio tales muestras de aflicción, que Henslow desistió en seguida.
El doctor Darwin tenía una opinión distinta. Pensaba que era una oferta disparatada. Charles había abandonado ya la medicina, y ahora no era cosa de que dejara también la iglesia.
Además, no estaba acostumbrado al mar. Estaría dos años o más fuera. No iba a pasarlo bien. No lograría ya asentarse cuando volviera a casa. Podía perjudicar su reputación como futuro sacerdote. En resumen, aquella propuesta no era práctica. El doctor no le prohibió a Charles que aceptase, pero le dijo de manera enfática: «Si encuentras una persona de sentido común que te aconseje que vayas, daré mi consentimiento.» Charles no estaba acostumbrado a discutir con su padre. Tenía una asignación que había gastado ya con creces en Cambridge y no contaba con otros ingresos, y aunque inconscientemente deseaba escapar de los lazos paternos, nunca hubiera pensado en desafiar su autoridad. Así es que, aunque de mala gana, escribió a Henslow diciendo que no podía aceptar.
Era un consuelo el que la temporada de la perdiz estuviera a punto de abrirse y al día siguiente cogió su caballo y fue a la casa de los Wedgwoods a fin de estar dispuesto desde el primer día. Al revés que su cuñado, Josiah Wedgwood era un hombre flexible y de excelente humor. Maer Hall era un sitio animado, lleno de amigos, en donde siempre se aprendía algo agradable, al contrario de El Monte, en donde la presencia imponente del doctor Darwin obligaba a la familia a una cierta gravedad. El tío Jos era el mejor camino con que contaba Darwin para escapar de su padre. Charles había ido con él a Escocia, Irlanda y Francia, se había confiado a él y le faltó tiempo para contarle lo del puesto del Beagle y la negativa de su padre.
El tío Jos no estuvo de acuerdo en absoluto con el doctor Darwin. Pensaba que era una estupenda ocasión y que no debía rechazarse. Le dijo a Darwin que escribiese en un papel la lista de las objeciones que le había hecho su padre y que él buscaría para cada una de ellas una respuesta. Animado por ello, Darwin resolvió lanzarse a un nuevo ataque. Escribió a su padre una carta tímida como tenía que ser: «Querido padre: Tengo la impresión de que voy a decirte algo que no va a agra­darte demasiado... El peligro, a mi parecer y al de los Wedgwoods no es grande. Los gastos no pueden ser tampoco serios y el tiempo no puede considerarse que sea malgastado, al menos no más que si estoy en casa. Pero te ruego que no pienses que estoy tan inclinado a ir, como para no vacilar ni un instante en desistir si tú piensas que después de un cierto tiempo no vas a sentirte a gusto...» Una vez hecho esto y enviada la carta, Charles se entregó a los agradables placeres de la caza. Con su escopeta y su perro, estaba ya dispuesto, después del desayuno y las oraciones familiares, a la mañana siguiente, y eran escasamente las diez, cuando vino un criado con un mensaje de su tío, diciendo que la oferta del Beagle era demasiado impor­tante para tomarla así y que debía encaminarse en seguida a El Monte, con él, para conseguir que su padre cambiara de opinión.
El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead publicado en "La Revista de Occidente" en agosto de 1970

14 marzo 2008

En París

viky en parís

Foto.: Viky Risueño

El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead (1)

Una de las cosas más extraordinarias que pueden decirse de Charles Darwin es que fue uno de esos hombres cuya carrera, de forma inesperada, se decide por un sencillo golpe del azar. De los primeros veintidós años de su vida nada puede contarse apenas; no revelaron ningún talento especial. Luego, de repente, se le ofrece una gran ocasión: las cosas se hallan en el fiel de la balanza, pueden inclinarse de un lado o del otro; pero la suerte se interpone, o más bien una serie de acon­tecimientos en cadena y el destino lo levanta en sus alas para elevarle a lo alto y no volver a dejarle caer. Todo se nos antoja ahora inevitable, predestinado, pero la verdad es que en 1831 nadie en Inglaterra, y ciertamente, tampoco el propio Darwin tenía la menor idea del extraordinario porvenir que le aguardaba y es imposible reconocer en el hombre cavi­loso y enfermo de sus años maduros al joven extrovertido y lleno de vitalidad que emprendió la gran aventura de su vida, el viaje del Beagle.
Los acontecimientos se sucedieron tan de prisa que el propio Darwin apenas pudo darse cuenta de lo que le estaba pasando. El día 5 de septiembre de 1831 recibió un aviso para que fuera a Londres a encontrarse con Robert FitzRoy, capi­tán del barco de Su Majestad, el Beagle, al que enviaba el Almirantazgo en viaje alrededor del mundo, con la propuesta de que desempeñara en el equipo el puesto de naturalista. Era una propuesta sorprendente. Darwin tenía solo veintidós años, no había visto nunca al capitán FitzRoy y ni siquiera había oído hablar del Beagle una semana antes. Su juventud, su inexperiencia, hasta el ambiente en el que había vivido
parecían estar en contra, y, sin embargo, a pesar de todas estas cosas desfavorables, FitzRoy y Darwin se entendieron perfec­tamente y el ofrecimiento quedó hecho en firme. El Beagle, le explicó el capitán, era un barco pequeño, pero muy bueno. FitzRoy lo conocía bien, porque lo había mandado en un viaje precedente a la América del Sur y lo había devuelto sano y salvo a Inglaterra. El barco iba a ser enteramente restaurado en Plymouth y contaba con una dotación espléndida; varios de sus hombres habían hecho el viaje anteriormente con él y se habían ofrecido como voluntarios para esta expedición. La expedición tenía dos propósitos: en primer lugar seguir elabo­rando el mapa de la costa de la América del Sur, y en segundo lugar, fijar de manera más exacta la longitud, estableciendo una serie de cómputos cronológicos alrededor del mundo. El barco estaría listo en el plazo de unas semanas y su viaje duraría dos años o más, quizá tres o cuatro; pero Darwin podía aban­donarlo cuando quisiera y volverse a casa. El joven naturalista tendría ocasiones frecuentes de bajar a tierra y en el curso del viaje se harían una serie de cosas interesantes y fascinantes, como explorar ríos y montes desconocidos, visitar islas de coral en los trópicos y acercarse hasta el extremo sur del con­tinente, la región de los hielos. Sin duda ninguna, aquella pro­puesta era una maravilla. «Hay un momento de plenitud en la vida de los hombres —escribió Darwin a su hermana Susana—', y creo que ha llegado el mío.»
En efecto, Darwin era un hombre afortunado en todos los sentidos. En primer lugar, se entendió muy bien con FitzRoy en la primera entrevista a pesar de que era difícil imaginar que hubiese en Inglaterra dos tipos tan distintos por su naturaleza y por su educación. En casi todas las cosas eran opuestos. Mientras que los Darwin eran whigs acomodados y liberales, los FitzRoy podían considerarse decididamente aristócratas y tories. Charles Darwin era hijo de un médico de provincias, de gran reputación, y nieto de otro médico, el doctor Erasmus Darwin, que no solo había conseguido un gran nombre, como médico y como escritor en verso sobre temas científicos, sino que además había hecho una bonita fortuna. Los FitzRoy descendían por línea bastarda de Carlos II y de Bárbara Villers, la duquesa de Cleveland, su amante, y Robert FitzRoy era hijo de lord Charles FitzRoy y nieto del duque de Grafton, así como sobrino de Castlereagh. El capitán estaba poseído de su papel. Tenía una cabeza orgullosa y autoritaria, una expresión desdeñosa, y aunque su figura era más bien poca cosa, el empaque y el porte denunciaban a un hombre avezado a que le trataran siempre con toda clase de respetos. A pesar de ello, había llevado, al revés que Darwin, una vida difícil y sacrifi­cada; desde los catorce años, edad en que entró a servir en la Marina procedente del Royal Naval College, fue mirado como un oficial de talento excepcional. En un tiempo en que el ascenso se otorgaba pronto a los hombres notables, especialmente si tenían buenas relaciones, resultaba extraordinario, a pesar de todo, que a los veintitrés años hubiese estado al mando del Bealte en su viaje anterior. FitzRoy era hombre de tempera­mento autoritario. Sus ideas eran inalterables. Sabía con clari­dad lo que estaba bien y lo que estaba mal, y sin ser en absoluto un estúpido o una persona ineducada, se mostraba intolerante con toda clase de discusiones y de medias tintas. Era, además, un hombre profundamente religioso. Creía a pies juntillas en todo lo que decía la Biblia y aquella certidumbre espiritual se trasladaba a su vida práctica. En su alcázar de proa era orde­nancista. Al lado de esto tenía otras virtudes que hacían juego: era enormente valeroso, hombre de muchos recursos, eficiente y justo. Pero había otro aspecto de su carácter menos claro: debajo de este barniz impoluto latía una inquietud sofocada, un anhelo de algo que echaba en falta, quizá cariño y afecto, y todo ello ascendía con violencia a la superficie en forma de actos de generosidad extraordinaria y de arrepentimiento.
En aquella naturaleza no había compromisos, ni tiras y aflojas; no tenía paciencia y por ello oscilaba entre momentos de entusiasmo y de depresión.
FitzRoy estuvo un poco tieso en la primera entrevista. Era, en definitiva, hombre arrogante y sabía que Darwin era liberal. Cuando Darwin entró en la habitación en que él estaba; en seguida le desagradó su nariz; no era la clase de nariz que podía aguantar los rigores de un viaje alrededor del mundo; pero el buen carácter de Darwin, su naturalidad y su entusiasmo borraron todas las tiesuras; antes de que hubiese concluido la entrevista, FitzRoy le rogaba que no se apresurase en dar una respuesta definitiva y le tranquilizaba respecto a los terrores de una travesía marítima. El capitán pareció haberse dado cuenta de que tenía entre las manos a un joven excepcional, quizá dema­siado ingenuo, un poco acostumbrado a la buena vida, pero deci­didamente inteligente. ¿Sería lo bastante duro para la empresa que le aguardaba? Esta era la cuestión. ¿Se derrumbaría cuando llegara el momento de enfrentarse con el mar?
Darwin, por su parte, quedó encantado hasta lo indecible. Nunca había encontrado un tipo semejante, un hombre de modales tan exquisitos, de tal autoridad y energía, de tal comprensión: era el bello ideal, the very beau ideal, de lo que un marino tenía que ser. Cabe sospechar también que Darwin se dio cuenta claramente de las dudas que asediaban a FitzRoy; esto es, de la sospecha de que aquella misión fuera demasiado para un joven como él. Aquella misión era un desafío. Pues bien, él decidía aceptarlo y demostraría a aquel hombre extra­ordinario lo que él era capaz de hacer. No le decepcionaría.
Permítasenos echar, por un momento, una mirada retros­pectiva a la vida de Darwin antes de esta ocasión crucial, antes de la entrevista que fue causa de un viaje del que iba a surgir EL origen de las especies y el fundamento de las ideas que han cambiado nuestras vidas. Permítasenos que olvidemos a ese hombre de avanzada edad, triste, siempre excesivamente abrigado que es la imagen que todo el mundo conoce de Charles Darwin, y volvamos la vista hacia el joven de 1831, que acababa de recibir su grado de bachiller en artes en Cambridge. Un espectador que estuviese en el bonito patio de Christ's College hubiese podido verle volviendo de la caza: no era un adonis aquel joven alto, esbelto, de chaqueta roja; pero tenía un rostro agradable, una cabeza bien dibujada con frente ancha, unos ojos azules de mirada franca y cariñosa y una tez fresca, la tez de un hombre de veintidós años que ha pasado la mayor parte de su vida al aire libre. No llevaba barba todavía, pero sí patillas. Un caballerizo recogería su caballo en el patio y el muchacho subiría ágilmente la corta escalera de piedra, que llevaba al segundo piso, donde vivía en una estancia amplia, cuadrada, con las paredes recubiertas de madera, calentada en invierno por una chimenea de leños. El Christ's College en aquellos días tenía la reputación de ser el más apropiado para la gente aficionada a los caballos, cosa en que encajaba el joven Darwin perfectamente, ya que le gustaba montar y cazar sin medida y en su cuarto solía prac­ticar el tiro al blanco disparando de espaldas con ayuda de un espejo; si organizaba una pequeña fiesta, hacía que uno de sus camaradas levantara un candelabro con las velas encendidas y las iba apagando, una tras otra, con cartuchos cargados sola­mente con pólvora. Se bebía también bastante en aquellas fies­tas de camaradas; Darwin era miembro del Glutton Club y las veladas acababan generalmente con un poco de música y una partida de vingt-et-un.
El viaje de Darwin en el «Beagle» por Alan Moorehead publicadp en Revista de Occidente. Agosto de 1970

12 marzo 2008

Alta tensión

Hoy es el Día Internacional por la Libertad de Expresión en Internet

Con motivo de este primer Día de la Libertad en Internet, Reporteros sin Fronteras ha publicado una lista de los Enemigos de Internet que recoge quince Estados entre los que se encuentran Arabia Saudí, Belarús, Birmania, China, Corea del Norte, Cuba, Egipto, Etiopía, Irán, Uzbekistán, Siria, Túnez, Turkmenistán, Vietnam y Zimbabue.

alta tensión

Aniceto el Gallo, gacetero prosista y gauchi-poeta argentino de Hilario Ascasubi

-¿Con que Vd. se encuentra capaz de escribir un periódico?
-Valiente, patrón: ¡pues no he de ser capaz! Mire, señor, de balde me ve de facha infeliz; yo soy hombre corrido, sabido, leído y escribido, porque de charabón me agarró un flaire que confesaba a mi hermana, y me llevó al convento de San Francisco, adonde me enseñó hasta la mitá de la Bramática en latín, y el ayudar a misa; y no aprendí la Jergafría, porque le hice una juida al padre, y luego me agarraron de leva para los barcos, cuando la guerra con Portugal; y entonces me soplaron de tambor a bordo de una boleta, que la mandaba un oficial de marina criollo, patriota y guapo, medio parecido a muchos de los de hoy en día... sí, señor.
-Hombre: qué historia tendrá Vd. ¿no?
-Escuche. Pues, señor, como le iba diciendo: en la boleta salimos y anduvimos por esos mares de Cristo trajinando de corsario, hasta que nos pegó un albazo y nos agarró con barco y todo un comendante llamado Yuan das Botas, guapazo el Portugués; y ese mesmo me llevó a Portugal, y me tuvo hasta que me le escapé en otro barco y fui a dar por las tierras de Uropa en la Ingalaterra y la Francia; y por allá me aguanté como cinco años, de manera que hasta soy lenguaraz en esas lenguas. Luego de Uropa, caí a Malparaíso: de allí por la cordillera atravesé y anduve en todas las guerras del dijunto Quiroga, que esté gozando de Dios, y de ahí vine a Entrerríos, y últimamente a Buenos Aires, aonde estoy a su mandao.
-Gracias, señor literato.
-No me llamo Liberato, patrón.
-¿Y cómo se llama usté?
-¿Yo?... Aniceto Gallo.
-¿Gallo?... ¿Entonces será Vd. cantor?
-Sí, señor.
-¿Y músico?
-Rigular.
-¿Toca Vd. algún istrumento?
-Toco.
-¿De cuerda?
-Es verdá.
-¿Qué istrumento toca de cuerda
-La campana.
'Aniceto el Gallo, gacetero prosista y gauchi-poeta argentino' de Hilario Ascasubi

10 marzo 2008

Las afueras

el árbol y la torreta

Werther: 4 de mayo de 1771

¡CUÁNTO me alegro de mi viaje! ¡Ay, amigo mío, lo que es el corazón del hombre! ¡Alejarme de ti, a quien tanto quiero; dejarte, siendo inseparable, y sentirme dichoso! Sé que me lo perdonas. ¿No parece que el destino me había puesto en contacto con los demás amigos, con el exclusivo fin de atormentarme? ¡Pobre Leonor! Y, sin embargo, no es culpa mía, ¿Podía yo evitar que se desarrollase una pasión en su desdichado espíritu, mientras me embelesaba con las gracias hechiceras de su hermana? Así y todo, ¿no tengo nada que echarme en cara? ¿No he nutrido esa pasión? Más aún: ¿no me he divertido frecuentemente con la sencillez e inocencia de su lenguaje, que muchas veces nos hacía reír, aunque nada tenía de risible? ¿No he?.. ¡Oh! ¡Qué es el hombre, y por qué se atreve a quejarse? Quiero corregirme, amigo mío; quiero corregirme, y te doy palabra de hacerlo; quiero no volver a preocuparme con los dolores pasajeros que la suerte nos ofrece sin cesar; quiero vivir de lo presente, y que lo pasado sea para mí pasado por completo. Confieso que tienes razón cuando dices que aquí abajo habría menos amarguras si los hombres (Dios sabrá por qué los ha hecho como son) no se dedicasen con tanto ahínco a recordar dolores antiguos, en vez de soportar con entereza los presentes.
«Di a mi madre que no dejaré de la mano su asunto, y que le daré noticias de él lo más pronto que pueda. He visto a mi tía: lejos de encontrar en ella a la perversa mujer que ahí me hablaron, te aseguro que tiene excesiva viveza y excelente corazón. Me he hecho eco de las quejas de mi madre por la parte de herencia que le retiene, me ha explicado su conducta y los motivos que la justifican; también me ha dicho bajo qué condiciones está dispuesta a entregarnos aún más de lo que pedimos. Basta de esto por hoy, di a mi madre que todo se arreglará. He visto una vez más, amigo mío, en este negocio insignificante que las equivocaciones de la negligencia causan en el mundo más daño que la astucia y la maldad; bien es cierto que éstas abundan menos.
«Por lo demás, aquí me encuentro perfectamente. La soledad de este paraíso terrenal es un precioso bálsamo para mi alma, y esta estación juvenil consuela por completo mi corazón, que con frecuencia se estremece de pena. Cada árbol, cada planta es un ramillete de flores, y siente uno deseos de convertirse en abeja, para revolotear en esta atmósfera embalsamada, sacando de ella el necesario alimento.
«La ciudad propiamente dicha es desagradable; pero en sus cercanías brilla la naturaleza con todo su esplendor. Por eso el difunto conde de M... hizo plantar su jardín en una de estas colinas, que se cruzan en variado y encantador panorama, formando los valles más deliciosos. El jardín es sencillo, y se observa desde la entrada que el plan, más que engendro de sabio jardinero, es combinación de un alma sensible, deseosa de gozar de sí misma. Muchas lágrimas he consagrado ya a la memoria del conde en las ruinas de un pabelloncito, que era su retiro predilecto y que también es el mío. En breve seré yo el dueño del jardín: en sólo dos días me he sabido granjear la buena voluntad del jardinero y te aseguro que no llegará a arrepentirse de ello.»
Johann Wolfgang von Goethe: Werther

09 marzo 2008

Antigua vivienda de astures

casa astur en Campa Torres (Gijón)

La flauta

Para el día de Jacintos, me ha dado una flauta hecha de cañas muy bien cortadas, uni­das con cera blanca que es dulce a mis labios como si fuese miel.
Sentada en sus rodillas me enseña a tocarla, pero yo estoy toda temblorosa. Él toca después de mí tan dulcemente, que apenas le oigo.
No tenemos nada que decirnos, de tal modo estamos uno tan en el otro; pero nuestras can­ciones gustan de encontrarse, y poco a poco se unen nuestras bocas en la flauta.
Es tarde ya, empieza el canto de las ranas verdes que anuncian la noche. Mi madre no creerá nunca que he estado tanto tiempo bus­cando mi cinturón perdido.
En 'Las canciones de Bilitis' de Pierre Louÿs

08 marzo 2008

Palacio Real

palacio real

De Enrique Heine en 'Cuadros de Viaje'

Soy el hombre más cortés de la tierra. Puedo envanecerme de no haber sido nunca grosero en este mundo, donde existe tanto bellaco insoportable que le asedia a uno refiriéndole sus penas o declamándole sus versos. Siempre he escuchado tranquilo, con verdadera paciencia cristiana, tales miserias, sin que un solo gesto delatara el hastío de mi alma. Como un penitente Brahman que entrega su cuerpo a la voracidad de los gusanos, para que se sacien también estas criaturas de Dios, he sido víctima con frecuencia, durante días enteros, de las más crueles sabandijas humanas; he escuchado con calma, y mis internos suspiros sólo eran perceptibles para Aquel que recompensa la virtud.
Pero hasta el arte de vivir nos manda a ser corteces, no guardar enojoso silencio, ni replicar con mal humor, cuando un esponjoso consejero de comercio o un seco vendedor de queso se sienta a nuestro lado, y comienza una conversación, generalmente europea, con las palabras: "hoy hace un hermoso día." Quien sabe si volverá uno a encontrarse con semejante filisteo, y si acaso le hará pasar un mal rato, por no haberle respondido cortesmente: "Hace un hermoso tiempo." Hasta puede ocurrir, querido lector, que vayas a sentarte, en Cassel, á la mesa redonda, junto al dicho filisteo, quizá a su izquierda, y sea él precisamente quien tiene ante sí la fuente de las carpas el escabeche y las reparte con aire placentero; -que tenga entonces contigo algún antiguo pique- hará dar la vuelta al plato siempre hacia la derecha, y no quedará para tí el más pequeño trocito de cola: porque ¡ay! serás el número trece a la mesa, lo cual es siempre arriesgado, cuando se sienta uno a la izquierda del que trincha. y el plato da la vuelta por la derecha. Y es una gran desgracia que no le llegue a uno una pizca de carpa; quizá la mayor que puede ocurrirle después de la pérdida de la escarapela nacional. Todavía el filisteo que te prepara este disgusto, se burla de tí por contera, ofreciéndote los laureles que han quedado flotando en la obscura salsa.- ¡Ah! ¡de qué sirven los laureles todos, cuando no llevan consigo carpa alguna! Mas el filisteo guiña los ojillos, se ríe a cada paso, y murmura: "Hoy hace un hermoso día.
Por Enrique Heine

07 marzo 2008

Cruz votiva visigoda

Cruz visigoda

Imago Mundi. (9/9). Germán Arciniegas

La fábula regresa al Viejo Mundo.
—¿Cómo ocurrió el regreso a Europa de la fábula del paraíso? El más conmovedor ejemplo está en un libro enciclopédico escrito por uno de los más eruditos bibliófilos del XVII: Antonio López Pinelo. Se titula El Paraíso en el Nuevo Mundo, comentario Apologético, Historia Natural y Peregrina de las Indias Occidentales Islas de Tierra Firme del Mar Océano. León Pinelo, como Colón, era uno de aquellos espíritus misteriosos y laberíntico que viniendo de la entraña hebrea desbordan en manifestaciones propias de cristianos nuevos y hacen lo que aconseja la fe de quienes estrenan religión, siempre infinitamente más expresivo y declarado.
Habiendo nacido en Valladolid e hijo de un portugués, se consideraba peruano. Escribió en España casi la totalidad de su abundante obra, se regresó de Lima, donde había estudiado y habían muerto sus padres. Su abuelo paterno, judío portugués que comerciaba en la isla de Madeira, fue quemado vivo en Lisboa junto con su mujer. Sus padres se hicieron cristianos de múltiples devociones, ya fuera por precaución, ya por hacer más notoria su nueva fe, ya por convencerse a sí mismos del cambio que se habían impuesto. Eso sí, el santo temor a los frailes que administraban el sambenito y la vela verde, les aconsejó alejarse de España y Portugal, poner de por medio el Atlántico, y buscar hogar menos incierto en Lima, mirando al mar Pacífico. Con todo, para quien llevaba a cuestas la historia de unos padres quemados en Lisboa, había siempre mil ojos vigilantes que lo espiaban. «De 1605 a 1637 la Inquisición citó y procesó a Diego López (padre de Pinelo) acusándole por motivos nimios o ridículos, como tener un caballo llamado Pedro, haber bajado los ojos al alzarse la hostia o haber amarrado una mula de una cruz...» Todo esto fue disolviéndose en la notoria cristiandad de Diego López que terminó, ya viudo, de fraile. El hijo se hizo apasionado defensor de la Inmaculada Concepción de la Virgen, fue hundiéndose en la minuciosa lectura de los dos Testamentos, de los Santos Padres y de cuanto libro halló su infatigable diligencia, llegando a formarse la convicción beligerante de que el Paraíso Terrenal no estaba en ninguna región distinta de América. El Paraíso quedaría, según él, en Iquitos, sobre el Amazonas, en las idílicas mansiones verdes de eterna poesía... paradójicamente llamadas por los novelistas de nuestro tiempo el infierno verde. Los cuatro ríos de que antiguamente se habló —el Nilo, el Ganges, el Eufrates y el Tigris-— no eran los que brotaron de la fuente original, sino el Amazonas, el Plata, el Orinoco y el Magdalena. El paraíso no era cuadrado como lo dibujó el francés Jacques de Auzoles, sino un círculo de 160 leguas de diámetro...
Novecientas páginas de gran formato escribió León Pinelo para combatir las diecisiete hipótesis más autorizadas que colocaban el Edén en el cielo de la luna, en la región media del aire, en los montes más encumbrados, en el cielo, en Libia, en la India, en el mundo de los hiperbóreos, en las Molucas, en Ceylán, en Sarmacia, en Charan, en Siria, en el Campo Esledrón, en Palestina, en Damasco, en Canaán, en los Campos Elíseos o en las Islas Afortunadas... Para León Pinelo toda esta era una geografía fantástica, como en parte lo es para nosotros. Y argüía: ¿dónde una tierra más rica y más amena, más suavemente templada y deliciosa, que en la floresta mágica amazónica, de las orquídeas exóticas y las mariposas de anchas alas de nácar y esmeralda?
No hay que pensar en León Pinelo como un poeta desprendido de la realidad de su tiempo. Fue, con Solórzano Pereyra, el más cumplido compilador de las leyes en que se fundó la política indiana -—monumento extraordinario para la historia colonial-— y siendo íntimo de Lope de Vega sirvió a este amazónico poeta como enciclopedia viva para puntualizar todo lo que de América se vuelca en la obra del gran comediógrafo. Simplemente, como producto de una civilización, más que de una época, se movía en un mismo terreno en que la verdad y la fábula formaban la tierra firme.
Raúl Porras Barranechea, al exhumar el libro de León Pinelo da todas estas noticias y concluye: «Poseído de una especie de fiebre erudita y documental, Pinelo registra libros y papeles referentes a América; se enfrasca en la lectura de viejos infolios de geografía medieval y de cosmografía antigua, en latín, en griego, en hebreo; se inicia en la ciencia talmúdica y bíblica, devorándose seiscientos ochenta libros hebreos de una biblioteca rabínica en busca de una cita sobre el Paraíso Terrenal. Y para despejar cualquier duda teológica se sumerge en la lectura de los Padres de la Iglesia, de los exegetas de la Biblia y de los doctores de la Escolástica...»
Como ajuste de todo este trabajo preparatorio, Pinelo fue situando en América uno a uno los monstruos de la invención europea y, finalmente, sabiendo que el Perú era más rico que la India, que todo en las letras divinas y humanas llevaba a la conclusión de que en torno a Iquitos estaría el Edén, el Jardín de las Delicias, fabricó con estos elementos la tela encantada de su obra. Y no en vano. Porque América fantástica se levantaba ante los occidentales cansados de las injusticias de Europa, agobiada de miserias, como el continente de la esperanza. En América habrían de situarse todas las Utopías...

Germán Arciniegas. París

06 marzo 2008

Mosaico romano en el Museo Arqueológico de Madrid

mosaico romano

Imago Mundi. (8/9). Germán Arciniegas

El Paraíso Terrenal,
—Pero vamos a lo importante: al paraíso. Monstruos humanos e inhumanos, bestias feroces, mares bravíos... podría haber en el mundo americano, pero quedaba al fondo el Edén, la maravilla deliciosa del paraíso terrenal. La idea de ese escenario en donde tuvieron sus primeras experiencias Adán y Eva, era universalmente aceptada. Quedaba por precisar el rincón escondido del planeta en donde situarlo. El cardenal D'Ailly no dudaba de su existencia, y Colón pensaba en él, como en las amazonas y en las riquezas infinitas de la India. Según el cardenal, en el paraíso o jardín de las delicias se hallaba la fuente de donde partían los cuatro ríos. San Isidoro, José Damasceno, Estrabón, y Herodoto el maestro de la historia, estaban de acuerdo en este lugar situado en ciertas regiones de Oriente, y puesto a gran distancia por tierra y mar del mundo hasta entonces habitado. Algunos lo suponían en un sitio tan elevado que llegaba a la esfera lunar, adonde no habían alcanzado las aguas del diluvio. Esta afirmación la reducía el cardenal a sus justos límites: no hay que entender que el paraíso llegue al círculo de la luna; se trata de una expresión hiperbólica que significa simplemente que su altura en relación con el nivel de la tierra baja, es incomparable y llega a las regiones del aire sereno que domina la atmósfera donde terminan las emanaciones y vapores que forman, como dijo Alejandro, un flujo y un reflujo hacia la luna. Las aguas que bajan de esta montaña forman un gran lago: se dice que su caída produce tal ruido que los habitantes de la región nacen sordos; el estruendo destruye en los niños el sentido del oído. Tal es a lo menos el testimonio de Basilio y Ambrosio. D'Ailly debió tomar estas noticias —según el moderno traductor francés— de una fuente inglesa: Bartolomé Anglicus. Los cuatro ríos serían el Nilo, el Ganges, el Tigris y el Eufrates. La palabra Oriente tomaba un nuevo sentido al pensar que en cada lugar el mundo tiene su oriente, y conviniendo con Toscanelli, el de la carta que exhibía Colón, en que navegando hacia el occidente se llega al oriente...
Pero para sorpresa del fidelísimo lector de Imago Mundi ¿qué descubrió Colón en las bocas del Orinoco? ¡Nada menos que el propio paraíso! Allí pudo admirar la maravilla del cerro que cualquiera puede aún ver en la isla de Margarita y que la gente llama de las Tetas de María Guevara, modelado como una perfecta escultura. En su crudo lenguaje poético, Colón describe el lugar de esta manera, pensando de paso corregir con sus experiencias lo que venía formando parte de la tradición erudita: «Grandes indicios son estos del Paraíso Terrenal, porque el sitio es conforme a la opinión de los santos y sanos teólogos, y rectifica a quienes han dicho que el mundo, tierra y agua, era esférico: hallé que no era redondo en la forma que escriben; es en forma de pera, o como quien tiene una pelota muy redonda, y en lugar de ella fuese como una teta de mujer, y questa parte deste pezón sea la más alta y más propincua al cielo...»
Lo que sigue a este encuentro del paraíso, es la conmovida aceptación de todo lo posible y lo imposible por los europeos, espectadores desde palco real del espectáculo que se iba desarrollando en el escenario del Nuevo Mundo. Lo dicen claramente las capitulaciones firmadas entre Alonso de Hojeda y los Reyes Católicos, cuando se disponía a hacer el viaje de reconocimiento de los jardines del mar, en la zona de Cubagua, la de las perlas que conmovieron a Colón y a Vespucci. Los reyes le hacen merced de cuanto hallare así sea «oro o plata o cobre o plomo o estaño o otro cualquier metal, e todas e cualquier joyas e piedras preciosas así como carbuncos e diamantes e rubíes e esmeraldas o valajes o otra cualquier manera o naturaleza de piedras preciosas, así como perlas e aljófar de cualquier manera o calidad que sean, asimismo monstruos, animales o aves de cualquier naturaleza o cualquier calidad o forma que sean, e todas e cualesquier serpientes o pescados que sean, e así mismo toda manera de especiería e droguería...»

05 marzo 2008

El abuelo, el nieto y los reyes cristianos de España

el abuelo el nieto y los reyes cristianos de españa

Imago Mundi. (7/9). Germán Arciniegas

La fábula camina por valles y montes, cruza mares y cordilleras, se abandona a las corrientes del tiempo. Los siglos, antes de destruirla, la agigantan. Las distancias no la borran: le dan nuevo, resplandeciente, colorido. El cuento de unas mujeres reinas de un territorio al cual los hombres solo tendrían acceso una vez al año, protegidas por el ardiente ímpetu de la agresividad femenina, es invención antiquísima. Herodoto habla de aquellas amazonas viricidas y Plutarco les señala un vasto territorio ruso encuadrado entre el Cáucaso y el Volga. Otros piensan que las amazonas estarían en los contornos del Báltico, en Suecia o en Finlandia. Francisco Támara las situaba en el África, en la Sierra Leona; Duarte López en Etiopía: la reina de las amazonas etíopes nunca conoce varón y es venerada como diosa. Hay la tradición de que a esa vida y costumbre las llevó la reina de Saba en tiempos de Salomón y que por la nobleza de este origen la protegen y ayudan los reyes comarcanos.
Sea lo que fuere de este apólogo que se diría inventado por un sindicato de maridos temblorosos frente al poder de sus mujeres, la Edad Media recogió estos inventos y los adornó con variaciones infinitas. Los ingleses aparecen en primer término poniendo a cocinar mil historias fantásticas en un libro del siglo VIII —Liber Monstruorum—. Luego viene la carta de fray Giovanni donde habla de la provincia Femmenie a donde los hombres solo pueden llegar una vez al año y que está gobernada por tres reinas. El cuento francés es más abierto. Está recogido con el nombre de Sidrac y dice que al campo de las amazonas los hombres van cuatro veces al año y entonces son los banquetes, los bailes y los ayuntamientos placenteros que duran ocho días. Luego, se van los hombres a esperar que venga la nueva estación. En el Mappemonde de Pierre —siglo XIII— las amazonas aparecen como las guerreras famosas que contribuyen con sus fuerzas al asalto de Troya. En su provincia, dice, hay dos castillos y sus tierras confinan con Hircania, nación rica en animales extraños. En los bosques hay grandes pájaros fosforescentes cuyas alas alumbran en la noche...
Caminando así la novela de los griegos, llega en 1440 a quedar bajo el prestigio del cardenal D'Ailly, que la traslada a su Imago Mundi, de donde la toma don Cristóbal Colón. Con la leyenda va él navegando en sus carabelas. Las amazonas, piensa, no han de estar ni en el África, ni en Escandinavia, sino en el Asia a donde se encamina. Llegando al Caribe, como un encantador, echa al viento la noticia, y en pos de las amazonas se mueven lo mismo adalides que soldados. No es cosa solo de españoles crédulos: la novela no es de España sino de toda Europa. Hombres de todas las naciones y lenguas, unos porque han leído el cuento, otros porque lo han oído, todos se mueven hacia la misma ilusión y aceptan ese capítulo de la geografía fantástica que principalmente ha llegado a España desde Francia. Los primeros convencidos son los italianos, con Colón a la cabeza. De Colón recibe el informe otro italiano, Pietro Mártir, que lo traslada en sus cartas al Papa, y así se difunde en el mundo latino. Otro italiano, Pigafetta, que acompaña al portugués Magallanes en la vuelta al mundo, dice que las amazonas están en la isla de Ocoloro, al sur de Java: las fecunda el viento. Giovanni Botero Benesi, en cambio, sabe que están en el gran río de América: «Caso che si tu guardi la propietá del vocabulo di Amazzone e favula, ma si tu guardi l'effeto che si attribuiva alle Amazzone che é combatere, non e mirabili in quei paesi...» Italia es el país ideal para hacerle coro a la noticia, y así no hay que sorprenderse si Ariosto lo hace en su Orlando Furioso...
Era Alemania el gran país de la magia. Los alemanes —los de los Welser y los Fugger-—», que entran en la gran aventura americana siguen la corriente fabulosa y la acrecientan. Federmann sale del Coro en Venezuela en busca de El Dorado, y en el camino se entera de que en la cuenca del Orinoco se encuentran amazonas y pigmeos. Al sur, en el Río de la Plata, Ulrich Schmidt, que se ha incorporado a los españoles que hacen el descubrimiento y conquista del Paraguay, recibe las mismas informaciones que su distante compañero Federmann.
Pasa el turno a los ingleses, que estaban muy bien preparados para aceptarlo todo desde el siglo VIII cuando se compuso para anglosajones el libro de los monstruos Liber Monstruorum, citado como antecedente a la carta de fray Giovanni. Además, entre sus viajeros está Sir John Mandeville que reverdece el mito amazónico. En todo caso, Sir Walter Raleigh lo acoge y uno de los capítulos fascinantes de su viaje a Guayana es el de estas mujeres del Orinoco.
Los grandes herederos de la fábula serán los portugueses en cuyo imperio americano la hoya del Amazonas forma la gran entraña verde del Sur. En las relaciones de quienes la exploran queda la esencia, el compendio, la suma del mundo mágico, y así las amazonas entran por derecho propio a las Lusíadas de Camoens.
Lo de los españoles es obvio por la amplitud que ha dado a sus conquistas la propia bula del Papa cuando les fijó el meridiano para que hicieran bajo su bandera toda la colonización hacia el occidente. Juan Díaz descubre en Yucatán el hogar de las famosas guerreras, de cuyas fortalezas tiene noticias, y el gobernador de Cuba, Diego Velásquez, al hacer las capitulaciones que ponen en manos de Hernán Cortés la conquista de México, en la cláusula pertinente dice: «Porque dizque hay gentes de orejas grandes y anchas y otras que tienen caras como de perro, buscadlas... y así mismo dónde y en qué parte están las amazonas que dicen los indios que vos lleváis...» Cortés, a su turno, siendo tan objetivo en sus cartas, escribe más tarde a Carlos V cómo ha tenido noticia por los indios de haber una isla toda poblada de mujeres, sin varón ninguno, y encomienda a su pariente Francisco Cortés explorar la tierra de las amazonas de que hablan las antiguas historias. Linda manera de hacer que los indios entren ahí mismo a participar en la fábula europea. Cristóbal de Olid por Ceguatán, y Nuño de Guzmán por Michoacán, van cada uno por su parte en busca de las amazonas mexicanas, tal como el hermano de Jiménez de Quesada, Hernán Pérez, lo hace en el Nuevo Reino de Granada. De Chile escribe Agustín de Zarate: «Los indios de Leuchogona dijeron a los españoles que hay entre dos ríos una gran provincia toda poblada de mujeres». En el Paraguay el encantado es Hernando de Rivera cuyas noticias recoge y transmite Alvar Núñez Cabeza de Vaca: «Hacia el noroeste habitan y tienen muy grandes pueblos unas mujeres que tienen mucho metal blanco y amarillo: los asientos y servicios de sus casas son todos de esos metales: su reina es una mujer... Cercana, está una nación de indios pigmeos.»
Para abreviar el relato, digamos que las amazonas que llevó a América la mente confusa y soñadora de Colón se convierten en algo que puebla el corazón de Sur América, se prolonga a Chile y el Río de la Plata, se dilata hasta el Perú, Nueva Granada, Venezuela y Guayana, y en la América del Norte deja el nombre de la reina de las Amazonas, California, clavado en una península, un mar, un golfo, y dos estados, en donde se unen los candores de mexicanos y yanquis de nuestro tiempo.
La leyenda torna a Europa. Se multiplica en los libros de Caballería —Las Sergas de Esplandián, Lisuarte de Grecia—, que edita el alemán Cromberg en Sevilla, y en los de Historia que editan los impresores flamencos en Amsterdam. Esos historiadores son lo mismo los que de veras han estado en América como Fernández de Oviedo, o los que jamás cruzaron el mar, como Antonio de Herrera o Solís. Y comienza a producirse el mestizaje de las magias. El inca Garcilaso de la Vega, mitad peruano, mitad español, se traslada a España para escribir sus Comentarios Reales y La Florida que contribuyen a difundir el cuento que camina de regreso. Con lo cual se afirma más, en pleno Renacimiento, la tradición de la magia medieval.
Tan a lo vivo se tomaba lo de las amazonas en España, que un agente de Carlos V escribía al emperador en 1533 para decirle que a los puertos de Santander y Laredo habían llegado sesenta naves con diez mil amazonas, atraídas por la fama de ser muy hombres los naturales de esas provincias. Venían a hacer generación, y pagaban por su trabajo, a cada garañón que las preñase, quince ducados por su trabajo... El hecho es que en Valladolid bajó por este motivo el precio de la carne...
Sobra decir de las bellezas de la geografía ilustrada que comenzó a difundirse entonces por Europa, con grabados tan hermosos como los de Bry, hechos en Francfort, y mapas de colores con escenas americanas que por mucho tiempo circularon recreando amazonas, antropófagos, gigantes y pigmeos...

04 marzo 2008

Edith Holden: Marzo


edith holden
edith holden

Imago Mundi. (6/9). Germán Arciniegas

¿Era habitable el hemisferio desconocido de la tierra? ¿Era posible la existencia de los antípodas? ¿Estaría reservado a un infierno terrestre el anverso del planeta? ¿Cristo, al afirmar que su palabra se extendía a todo el universo, pudo ignorar a los antípodas, en caso de que existieran? Una vez, en el siglo VIH, el arzobispo de Magencia informó al Papa Zacarías que había declarado hereje a un cierto obispo, de nombre Virgilio, que osaba sostener la existencia de los antípodas. El Papa escribió al arzobispo: «Si está probado que Virgilio sostiene que hay otro mundo y otros hombres bajo la tierra, otro sol, y otra luna, reunid un concilio, condenadlo, expulsadlo de la Iglesia después de haberlo despojado de su investidura sacerdotal...»
En realidad, solo el descubrimiento del Nuevo Mundo podía sacar de sus dudas al hombre europeo. San Agustín, pensando en la posibilidad de que la tierra fuera esférica, negaba la existencia de los antípodas, y su doctrina fue decisiva por siglos. En la parte dedicada a los Antípodas, la Enciclopedia de Diderot y D'Alambert, resume: «San Agustín, como aparece en el Capítulo IX del Libro XVI de La Ciudad de Dios, después de haber examinado si es cierto que haya Cíclopes, pigmeos y naciones que tengan la cabeza abajo y los pies en alto, pasa a la cuestión de los antípodas y se pregunta si la parte inferior de nuestra tierra es habitada. Comienza por convenir en la esferoicidad de la tierra, y en que haya una parte del globo diametralmente opuesta a esta que habitamos, pero niega que esté poblada, y las razones que trae no están mal para una época en que aún no se había descubierto el Nuevo Mundo...»
Mérito grande era el del cardenal D'Ailly cuando al comentar en 1400 la cuestión, decía: «No conviene detenerse en razones de la imaginación sino en hechos sacados de la experiencia y en teorías verosímiles...» Y ateniéndose a las verosímiles, aceptaba la posibilidad de los antípodas. Pero, ¿cómo serían aquellas criaturas?
Todas las especulaciones antiguas parten de la idea de una tierra tan pequeña que hoy nos parece planeta de bolsillo. Sin pensar en América ni en el Pacífico, Colón iba a buscar en ese globo diminuto el Japón, la India. Tanto que por su culpa quedamos llamándonos indios, y las Antillas Indias Occidentales, y la política de los reyes respecto de nosotros política indiana, y las leyes que se dictaron para nuestro beneficio Leyes de Indias. Los españoles que iban al Nuevo Mundo se convertían en indianos. Colón hablaba de las Indias Occidentales porque serían el extremo occidental de las Indias Orientales. Para saber cómo eran aquellas indias a donde se encaminaba, recogió todo lo que de monstruoso o idílico pintaban los autores, con sus miserias y riquezas, sus calores y sus fríos, sin singularidades y sus rasgos universales. Buen punto de partida para saber cómo fue formándose esta idea de nuestro posible otro mundo es la carta de fray Giovanni escrita desde su reino de la India en el siglo XI. Allí aparece la zoología fabulosa de camellos y lobos blancos, de leones negros, rojos o manchados, de pájaros enormes —los aleriones— que pueden llevar por los aires, en sus garras, un buey enorme para alimentar a sus polluelos que han calentado por cuarenta días y que cuando rompen la cáscara tienen tamaño de águilas. Cumplida, después de cuarenta años, la tarea de dejar estos críos, los aleriones vuelan hacia el mar seguidos de todas las aves del cielo, y se suicidan hundiéndose en las aguas. Las aves del cortejo tornan a cuidar de los polluelos...
En esa India está el ave fénix de plumas incombustibles, y los unicornios rojos, negros y blancos. El blanco -—ese que vemos en las tapicerías— era el más potente, tanto que atacaba a los leones y los vencía. Los esperaba escondido en la floresta. Al pasar el león le hundía, como un acero, el cuerno en las entrañas. Solo entonces, contaba fray Giovanni, se podía atrapar al unicornio mientras forcejeaba por sacar el cuerno de las entrañas del león.
Escribía fray Giovanni de los hombres cornudos y de los que tenían dos ojos, uno delante en la cara y otro atrás de la cabeza, y de los que comían carne humana. Según él, Alejandro de Macedonia colocaba a estas naciones, las de Gog y Magog, entre dos montes, con la ciudad de Orionda por capital. Esas naciones fueron las que anunció el profeta como avanzadas del Anticristo. El anuncio de que algún día saldrían a conquistar el mundo, hizo temer una catástrofe que conmovió el corazón de Rusia. El duelo inmediato era el que podría ocurrir entre la India de fray Giovanni —aliada con las naciones de Gog y Magog— y el reino de Israel. Fray Giovanni había firmado un tratado de paz que sostenía en realidad con su guarnición de tres mil caballeros, quinientos alabarderos, diez mil arqueros y treinta sargentos, más el temor que inspiraban las armas secretas: Gog y Magog. El rey de Israel había cedido, y pagaba un tributo anual de cien cargas de oro, plata y piedras preciosas, que le recogían los doscientos reyes y dos mil cuatrocientos príncipes vasallos. Por su tierra pasaban dos ríos del paraíso terrenal...
Las riquezas de la India eran incontables. El palacio de fray Giovanni fue la lámpara maravillosa que alumbró la noche medieval, enviando desde la remota India su claridad deslumbradora. «La mayor parte de los muros son de sardonia y cornalina. La cornalina, que recibe su nombre de la serpiente cerastis, tiene extrañas virtudes: denuncia a cualquier visitante que entre a palacio portando veneno. Las ventanas son de esmaltado cristal. Las mesas del comedor, de oro y amatista: los aparadores, de marfil. En una vasta sala donde tienen lugar las justas caballerescas, los muros son de ónix, piedra que da valor a los combatientes. De noche, el palacio se ilumina con lámparas alimentadas de bálsamo. En el dormitorio, de oro, ónix y piedras preciosas, con cuatro cornalinas para atemperar la ardiente virtud del ónix, el lecho es de zafiro, para guardar la castidad. Una vez al día se ofrece una comida a treinta mil personas, sin contar ujieres y sirvientes. La mesa es de esmeraldas, con aparadores de amatista, buena contra la ebriedad. Frente al palacio hay un campo para combates singulares. Los combatientes se enfrentan con mazas y escudos. Allí hay un espejo de maravillosa grandeza, al cual se llega por una escalinata de ciento veinticinco gradas de pórfido, serpentina y alabastro, de cristal, jaspe y sardonia, de amatista, ámbar y pantiera. Majestad: ignoraréis por qué yo me llamo fray Giovanni. He aquí el motivo: Muchos personajes de mi corte gozan de grandes honores de la Iglesia. Mi senescal es rey y primado; mi bodeguero, arzobispo y rey; mi chamberlán, obispo y rey... Por humildad, yo me contento con decirme fray. Mis dominios se extienden por tierras que, atravesadas en línea recta, se gastaría cuatro meses en pasarlas... Para que tengáis una idea de mis señoríos, contad las estrellas del cielo, o las arenas del mar... Tengo otro palacio más grande, que mi padre hizo construir para mí cuando supo que iba a nacer. Una voz le dijo que Dios le haría la gracia de que quien entrara en él no sentiría hambre ni frío, ni enfermaría, ni experimentaría malestar alguno. Quien pasara sus umbrales sanaría...»
¿A dónde podían llevar estos delirios, con los cuales la imaginación europea entraba a competir con Las mil y una noches? La respuesta es obvia: al paraíso. Al paraíso que finalmente Colón creyó descubrir en las Antillas.

03 marzo 2008

Calles de Madrid: librería de San Ginés

librería san ginés

Imago Mundi. (5/9). Germán Arciniegas

La Tierra es como un huevo. El huevo de Colón.
—Al Colón que sostiene en la mano la esfera de los siete cielos hay que colocarlo al fondo para contemplar al que le sigue: el de la esfera de la Tierra, mirándola con su insomne pupila medieval. ¿Cómo era entonces el planeta? En el Mappemonde de Pierre -—1217— está muy bien descrita: «El mundo es como un huevo en donde aparecen concéntricamente la cáscara, la clara, la yema, y una gota grasosa, germen de donde nacen los pollos. Así el cielo encierra al mundo dentro de su cáscara, y contiene primero el firmamento estrellado (la clara), luego el aire (la yema), y por último el germen (la tierra).» La idea la desarrolla doscientos cincuenta años más tarde el cardenal D'Ailly, para uso de Colones: «Los filósofos colocan la esfera del fuego debajo de la luna: es allí donde el fuego es más puro. Es invisible a causa de su gran sutileza. Así como el agua es más limpia que la tierra, y el aire más limpio que el agua, el fuego es más sutil y claro que el aire y el cielo más sutil o más claro que el fuego, con excepción de las estrellas que son las partes más densas. Por esto las estrellas son lúcidas y visibles... Luego tenemos la esfera del aire que rodea el agua y la tierra. Comprende tres zonas: la una —la suprema que confina con el fuego— donde no hay ni vientos, ni lluvias, ni rayos, ni fenómenos semejantes. Se piensa que ciertas montañas como el Olimpo llegan a esa zona, y según Aristóteles es allí donde se forman los cometas. Además, la esfera del Fuego, como la zona más alta del aire y los cometas que en ella se forman, hace su revolución en el mismo sentido que el cielo, es decir: de oriente a occidente...
»Luego viene la zona media donde se forman las nubes y los diversos fenómenos meteorológicos, porque es una zona perpetuamente fría.
»En seguida, la zona inferior en que habitan las aves. Y por último, la tierra y el agua. Porque el agua no rodea toda la tierra, sino que deja una parte descubierta para que en ella vivan los animales. Hay una parte de la tierra que es menos pesada que otra: la que por ser más alta se aleja más del centro del planeta. El resto, fuera de las islas, está todo cubierto de agua, según la opinión de los filósofos. La tierra, como elemento más pesado, se encuentra al centro del mundo, y constituye en efecto el centro de la Tierra o gravedad. Según otros autores el centro de gravedad de la tierra y el agua es el centro mismo del globo.
»Aunque la tierra esté modelada con montañas y valles, causa de su imperfecta redondez, se la puede considerar como redonda, lo cual explica que los eclipses de luna causados por la sombra proyectada por la tierra aparezcan como redondos. Por esto decimos que la tierra es redonda: su forma es casi redonda...»
Algo salta a la vista de esta página: el triunfo de la poesía. Una poesía que lo invade todo: la astronomía, la geografía, la filosofía, la Summa.
Germán Arciniegas publicó este artículo en la 'Revista de Occidente' en Abril de 1972

02 marzo 2008

Una fuente en la Plaza de España. Madrid

una fuente

Imago Mundi. (4/9). Germán Arciniegas

Pedro Alliaco, un personaje.
—Sobre Pierre d'Ailly habría mucho que decir y queda por escribir la bio­grafía de este caballero enciclopédico que, se ha dicho, se anticipó a Descartes como filósofo en la teoría del conocimiento. Para él el conocimiento de nosotros mismos es más seguro que la percepción de los objetos exteriores. «No podría equivocarme afirmando que yo existo, en tanto que en la creencia de la existencia de los objetos exteriores podría haber error...» Político, polemista, teólogo, profesor, fue canciller de la Sorbona y de Notre Dame, tesorero de la Saint Chapelle, con­fesor del rey. El rey le escogió para que fuera a entre­vistarse con el Papa Luna —es decir: el antipapa Benedicto XIII— y pedirle la renuncia como punto de partida para lograr la unidad de la Iglesia, unidad en que pocos estaban tan empeñados como D'Ailly, y exigían lo mismo la Universidad de París que el clero de Francia. Pierre d'Ailly fue a Aviñón, y en vez de tornar con la renuncia, lo que trajo fue el nombra­miento que Luna le hizo para Arzobispo de Cambray, uno de los más lucrativos de Francia. D'Ailly tuvo que apoderarse del cargo con las armas en la mano, porque ni esa era la voluntad del otro Papa, ni la del imperio, y para llegar a Cambray, D'Ailly tuvo que escapar a las tropas que para impedírselo comandaba el duque de Borgoña.
Lo propio ocurrió cuando el mismo rey le envió a convencer a Clemente VII, el antipapa de Roma, para sacarle la misma renuncia. Bonifacio siguió inmutable, pero D'Ailly tornó más rico. Bonifacio Ferrer dejó este juicio: «Para hacer callar a este dragón que vomi­taba llamas (D'Ailly) Clemente VII le había dado un grueso beneficio: el bocado fue tan grande que se le atragantó en el gaznate.» Y fue cierto. Hasta la muerte de Clemente, D'Ailly guardó el más cuidadoso silencio. Era mala educación hablar con la boca llena.
Por último, cuando ya no había dos papas sino tres —momento culminante del cisma de Occidente— D'Ailly va otra vez a Roma a pedir a Juan XXIII la renuncia. Tres grandes le acompañan. Regresan todos de tan delicada misión dejando a Juan en el solio, y ellos hechos cardenales. Por eso hablamos hoy del cardenal Pierre d'Ailly. Esta distinción —eso sí— no impidió a D'Ailly figurar más tarde entre los adver­sarios que al fin destituyeron a Juan XXIII, poniendo en vigor la vieja doctrina de D'Ailly de que el poder de los concilios está por encima del que tengan los papas, meros administradores de la Iglesia.
Publicado en la 'Revista de Occidente' en abril de 1973 por Germán Arciniegas