03 diciembre 2025

EL VIOLIN DE CREMONA. (2 de varios). E. T. A. HOFFMANN - Cuentos Fantásticos

 II

Hasta entonces no había podido hablar aún con el estrambótico Consejero, pues su construcción le traía tan sumamente ocupado, que el martes, contra su costumbre, ni siquiera fue a comer en casa del profesor M…, pasándole recado de que se había propuesto no dar un paso fuera del jardín, hasta que hubiese celebrado la inauguración de la casa. Amigos y conocidos todos imaginaron que cuando llegare este caso iba obsequiarles con un esplendido convite; pero se engañaron, pues los convidados se redujeron exclusivamente a los albañiles, carpinteros, peones y aprendices que habían tomado parce en la construcción, tratándoles a cuerpo de rey. Era de ver a los aprendices de peón tragando con ansia suculentos platos de perdices; mancebos carpinteros devorando doradas pechugas de faisán asado y hambrientos peones zampándose sin ceremonia delicados trozos de asado con trufas. Por la noche acudieron las mujeres y las hijas de los operarios y empezó un gran baile. Crespel bailó con algunas de ellas y luego se sentó entre los músicos, y con el violín en la mano dirigió la orquesta hasta que hubo amanecido.

El martes, después de esta fiesta, tuve la satisfacción de ver a Crespel en casa del profesor M… y nada, a fe, más sorprendente que sus modales; rudo en su continente y brusco en sus ademanes, era imposible estarle mirando sin temer a cada punto que iba a hacerse daño o a romper los muebles. Sin embargo nada de esto sucedió, y la señora de la casa, que ya le tendría conocido, le contemplaba sin inmutarse dando vueltas a pasos descompasados entorno de una mesa de centro sobrecargada de ricas porcelanas, gesticular junto a un magnífico espejo de grandes dimensiones y coger y agitar en el aire, como para examinar mejor sus colores un jarrón deliciosamente pintado. Crespel tiene la costumbre de examinar, objeto por objeto, mientras espera la comida, todo cuánto encuentra en la sala del profesor; llegó aquel día hasta el extremo de encaramarse sobre un sillón para descolgar un cuadro y volverlo a su sitio después de contemplarlo. Hablaba por los codos y con mucha vivacidad, saltando de uno a otro asunto, y volviendo sobre lo mismo tras de mil digresiones, hasta que otra cosa le afectaba con mayor fuerza; su voz era ruda y violenta, ya quejumbrosa, ya acompasada; pero nunca apropiada a lo que decía.

Hablóse de música y con este motivo uno de los presentes hizo algunos elogios de un joven compositor; a Crespel se le escapó una sonrisa y dijo con acento desentonado:

—Así le lleve Satanás entre sus negras alas a ese maldito alineador de notas a dos mil millones de toesas bajo tierra; —y apenas había terminado esta imprecación, exclamó con voz hueca e irritada—: En cuanto a ella, es un ángel del cielo; todo en ella es armonía… música divina; es, en fin, la luz y el astro del canto. —Los comensales debían tener presente para interpretar tan brusca digresión que hacía ya más de una hora que habían hablado de una célebre cantatriz.

Sirvióse en la comida asado de liebre, y noté que Crespel colocaba los huesos al borde del plato con singular cuidado, pidiendo al terminar las patas del animal, que una hija del profesor, de cortos años, le trajo sonriendo familiarmente. Durante la comida fue el encanto de los chiquillos, quienes no cesaban de mirarle amistosamente, y una vez se hubo levantado la mesa, se le acercaron con respeto, parándose a una breve distancia. El consejero sacó de su faltriquera un diminuto torno de acero, sujetólo en la mesa, tomó los huesos que había separado y se puso a tornearlos, fabricando con admirable destreza bolos, cajitas y otros juguetes, que recibieron los muchachos con transportes de alegría. La sobrina del profesor le preguntó:

—¿Y cómo está nuestra Antonia, señor consejero?

A esta pregunta hizo Crespel un espantoso visaje, y dominándose luego, lanzó una diabólica sonrisa y dijo con voz estridente y acompasada.

—Nuestra… nuestra querida Antonia…

Y apresurándose a intervenir en ello el profesor y arrojando al mismo tiempo una severa mirada a su sobrina, como para indicarle que acababa de cometer la imprudencia de tocar una cuerda que debía resonar dolorosamente en el corazón de Crespel:

—¿Cómo van los violines? —preguntóle, cogiéndole las manos, como para distraerle.

—Perfectamente, maestro —dijo con voz robusta, serenándose al instante—. Hoy he empezado a hacer pedazos del excelente violín de Amati de que os hablé, y que una dichosa casualidad puso en mis manos, y creo que Antonia habrá acabado de desmenuzarlo con esmero.

—Antonia es una buena muchacha —dijo el profesor.

—Verdaderamente —exclamó Crespel, armándose de sombrero y bastón y tomando el portante, mientras yo noté en el espejo que brillaban dos lágrimas en sus ojos.

Apenas se hubo retirado, tomé por mi cuenta al profesor, suplicándole me explicara qué clase de relaciones mediaban entre Antonia, los violines y el consejero.

—Habéis de saber —me dijo— que el consejero, que es un hombre extraordinario en todo, construye violines a su modo, que es a fe muy singular, como todo lo suyo.

—¿Construye violines? —le pregunté con cierto asombro.

—Sí —prosiguió el profesor—, y según el parecer de personas inteligentes, son los mejores de la época. Antes, cuando dejaba listo uno de ellos a su gusto, permitía que sus amigos lo probaran; pero ahora ni pensarlo; apenas lo concluye lo toca una o dos horas con notable talento, y lo cuelga al lado de los demás, no permitiendo que nadie se sirva de él. Si se pone uno en venta que haya pertenecido a algún antiguo maestro, ha de comprarlo, cueste lo que cueste, y lo mismo que con los suyos, sólo lo toca una vez; luego lo desmonta para examinar escrupulosamente su estructura interior, y si no encuentra lo que se había imaginado, arroja enojado los pedazos a un enorme cofre, ya casi lleno de semejantes deshechos.

—¿Y Antonia? —le pregunté con viveza.

—En cuanto a esto —dijo el profesor—, bastaría para hacerme aborrecer al consejero, si no estuviera persuadido, conociendo como conozco su carácter bondadoso, de que media en sus relaciones con ella alguna circunstancia secreta e ignorada. Cuando hace ya algunos años vino Crespel a establecerse aquí, vivía como un anacoreta en un oscuro casucho, en compañía de una criada vieja; pronto sus extravagancias suscitaron la curiosidad de los vecinos, por lo que, al notarlo, se apresuró a crearse relaciones y, lo mismo que en mi casa, se hizo familiar en todas, hasta tanto que acabó por sernos indispensable. A pesar de su aparente dureza, hasta los niños han llegado a amarle, cuidando de no serle importunos, como de ello habréis podido convenceros, viendo cómo sabe atraerlos con sus labores ingeniosas. Todos le tomábamos por un viejo solterón, sin que nunca se diera la pena de desmentirnos, hasta qué después de algún tiempo de permanencia en ésta, partió repentinamente sin que enterara a nadie del objeto de su viaje, y regresó al cabo de algunos meses.

»Al día siguiente de su llegada, viéronse las ventanas de su casa extraordinariamente iluminadas, lo que excitó la atención de sus vecinos. Dejóse oír al mismo tiempo el acento de una voz maravillosa, una voz de mujer, unida a los acordes del piano, y luego después los sonidos de un violín luchando con la voz en energía y agilidad, que no hubo quien no reconociera la admirable ejecución del consejero. Yo mismo me mezclé con la muchedumbre reunida delante de la casa, junto al jardín, y he de confesar que al lado de aquella voz desconocida y de la magia de su acento, me pareció insípido y descolorido el canto de las más famosas cantatrices. Debo confesar que nunca había concebido la idea de aquellos tonos sostenidos por tanto tiempo, de unos gorjeos dignos de un ruiseñor y de la limpieza de unas notas que ora se elevaban hasta remedar los sonidos resonantes del órgano, ora iban bajando hasta simular un débil susurro. Todo el auditorio estaba pendiente de la magia de aquella melodía, y sólo cuando cesaba la voz de la cantatriz oíase la respiración en medio del silencio. Sería como media noche, cuando se oyó la voz estentórea del consejero, hablando con viveza, y otra voz de hombre que también parecía dirigirle algún reproche, entremezclándose en la querella las quejumbrosas palabras de una joven. Iba subiendo de tono el consejero, hasta que llegó a adoptar el acento retumbante que ya le conocéis; un agudo grito de la joven le interrumpió en seco, sucediéndose un lúgubre silencio. Por último vióse a un apuesto mancebo salir precipitado de la casa, sollozando, arrojarse a una silla de posta, que le estaba aguardando y partir rápidamente.

»Presentóse al otro día el consejero con semblante risueño, y nadie tuvo valor para preguntarle acerca de los acontecimientos de la víspera. Tan sólo su ama de gobierno reveló que el consejero había traído consigo a una joven de extraordinaria belleza, a quien llamaba con el nombre de Antonia, la cual cantaba a las mil maravillas: añadió que junto con ella había llegado también un joven, que por la ternura que le atestiguaba, parecía ser su novio; pero a quien el consejero había obligado una noche partir rápidamente.

»Las relaciones de Antonia con Crespel —continuó diciendo el profesor—, han quedado envueltas hasta aquí con el velo del misterio, pero lo cierto es que el consejero ejerce sobre la joven una espantosa tiranía, no estando mejor guardada la pupila de D. Bartolo en el Barbero de Sevilla. Apenas si le permite asomarse a la ventana y si alguna vez, cediendo a apremiantes instancias, la lleva a alguna reunión, no separa de ella un sólo instante sus ojos de Argos, y no tolera que en su presencia se oiga una nota, menos todavía que la hagan cantar. Tampoco al parecer le permite esto en su casa, de modo que el concierto nocturno de aquella noche memorable ha venido a ser una especie de tradición maravillosa, y ahora hasta aquellos que no tuvieron la suerte de oírlo, dicen cuando debuta alguna cantatriz: “¡Todo esto no es nada: para cantar, nadie como Antonia!”».

E. T. A. HOFFMANN
Cuentos Fantásticos

E. T. A. Hoffmann (1776–1822) fue un escritor, jurista, dibujante, pintor, músico y compositor prusiano, considerado una de las figuras más influyentes del Romanticismo alemán. Su obra literaria, especialmente los cuentos fantásticos, dejó una huella profunda en la literatura europea y en la música posterior. (WIKIPEDIA)

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02 diciembre 2025

EL VIOLIN DE CREMONA. (1 de varios). E. T. A. HOFFMANN - Cuentos Fantásticos

 EL VIOLIN DE CREMONA

I

El consejero Crespel era el tipo más original que pueda darse, hasta tal punto, que cuando llegué a H… con el intento de pasar algunos días allí, todo el vecindario hablaba de él, habiendo llegado entonces al apogeo de sus extravagancias.

Como sabio jurisconsulto y experto diplomático, había adquirido Crespel notable consideración, de tal modo que el príncipe reinante de un pequeño Estado de Alemania, bastante poderoso, valióse de él para redactar una memoria que debía dirigirse a la corte imperial, respecto a cierto territorio sobre el cual creía tener legítimas pretensiones; y tan propicio fue el resultado, que un día que Crespel se lamentaba de no encontrar una habitación a su gusto, el príncipe, deseoso de recompensarle, se encargó de costearle una casa, cuya construcción dirigiría el consejero por sí solo; y como además el príncipe le ofreciese comprarle el terreno que mejor le pluguiera, Crespel le dispensó de lo último, indicando que en ningún sitio mejor que en un delicioso jardín que poseía junto a las puertas de la ciudad podría levantarse el edificio.

Empezó, pues, comprando todos los materiales necesarios, los hizo trasportar allí, y desde entonces era de verle a todas horas con un vestido especial, construido también según sus principios particulares, apagar la cal, pasar la arena por la criba, y arreglar los ladrillos en simétricos montones, para lo cual no había consultado con ningún arquitecto, ni había trazado plan alguno.

Sin embargo, un día muy de mañana fue a encontrar a un honrado maestro albañil, rogándole que al amanecer del día siguiente se presentase en su jardín con un número dado de operarios, para empezar la obra, y al pedirle éste naturalmente que le dejara ver los planos, quedó no poco sorprendido al oír a Crespel decirle que no había necesidad de ellos y que todo andaría perfectísimamente. Cuando al otro día compareció el maestro en compañía de sus operarios al sitio designarlo, encontróse con una zanja que formaba un cuadrado perfecto y le dijo el consejero:

—De aquí partirán los cimientos, luego levantaréis las cuatro paredes hasta que os diga que hay bastante…

—¡Cómo! ¿Sin puertas, sin ventanas, sin tabique alguno? —exclamó el albañil casi aturdido por la extravagancia de Crespel.

—Cumplid lo que os digo, buen hombre, que lo restante vendrá después.

Sólo la promesa de una buena recompensa logró decidir al albañil a emprender la loca construcción, y en verdad que nunca se levantó edificio alguno en medio de tanta broma. Subían las paredes entre las carcajadas de los operarios, quienes no abandonaron la obra, en la cual tenían abundante provisión de víveres, hasta que vino el día, en que Crespel les gritó:

—¡Basta!

Al instante mismo cesó el rumor de las herramientas, bajaron los trabajadores de los andamios, y rodeando a Crespel, todos parecían preguntarle con aire burlón:

—¿Y ahora, qué vamos a hacer?

—Abridme paso —exclamó el consejero, corriendo al extremo del jardín, de donde volvió al poco rato lentamente hasta sus cuatro paredes, sacudió la cabeza con cierto disgusto, fuése, y volvió varias veces del mismo modo hasta que por fin corriendo y dando de bruces contra la pared, dijo:

—¡Ea, aquí, muchachos! Aquí una puerta, ¡abridme una puerta aquí! —Marcóles las dimensiones de la misma, y cumpliéronse sus órdenes. Una vez construida, penetró en la casa, y sonrióse con franca satisfacción cuando el maestro le hizo notar que precisamente tenía el edificio la misma altura que una casa de dos pisos. Paseábase Crespel en todas direcciones por el recinto interior, seguido de los operarios armados de picos, mazas y martillos, y a medida que iba exclamando—: ¡Una ventana aquí! ¡Seis pies de altura por cuatro de anchura! ¡Allá una claraboya! —eran abiertas al instante.

Llegué a H. cabalmente durante esta operación, y era a fe mía divertido ver a los curiosos reunidos por centenares entorno del jardín, lanzando gritos de alborozo, al ver de repente volar las piedras y aparecer una ventana en el sitio en que menos la esperaban. Siguió del mismo modo el resto de la construcción, ordenando Crespel los trabajos necesarios, obedeciendo siempre a la inspiración del momento. Lo extraordinario de la empresa, la convicción adquirida de que la obra iba mejor de lo que se esperaba y finalmente la liberalidad del dueño, entretuvieron el buen humor de los operarios. Venciéronse las dificultades que ofrecía este modo aventurado de construir y en poco tiempo quedó la casa concluida, la cual si bien es verdad que presentaba exteriormente un aspecto casi ridículo, por no tener dos ventanas parecidas, su distribución interior ofrecía todas las comodidades y satisfacía el gusto más exigente. No hubo quien la visitara que no estuviere acorde en confesarlo, y yo mismo se lo dije a Crespel un día que a ella me condujo.


E. T. A. HOFFMANN
Cuentos Fantásticos

E. T. A. Hoffmann (1776–1822) fue un escritor, jurista, dibujante, pintor, músico y compositor prusiano, considerado una de las figuras más influyentes del Romanticismo alemán. Su obra literaria, especialmente los cuentos fantásticos, dejó una huella profunda en la literatura europea y en la música posterior. (WIKIPEDIA)

Gato

Al final de la calle

01 diciembre 2025

La capilla del bosque. (3 y final) / Romanticismo alemán

 Cuando se hubieron sosegado un tanto los primeros transportes de alegría y estuvieron calmados sus espíritus, Conrado continuó:

—¡Oh mi buena y tierna hermana! Todavía me acuerdo de aquel instante en que nos despedimos. Una familia extraña y de posición que huía como nosotros del enemigo, invitó a mi padre que le hiciera subir en su carruaje hasta el pueblo más cercano: el cual viéndote abatida de cansancio, aceptó esta oferta generosa, y resolvió continuar andando. Me parece todavía contemplar la alegría que tuviste con la idea de subir en un lujoso coche; y cuán amargamente yo lloré, viéndote alejar de nosotros con tanta rapidez. Entonces eras muy pequeñita; y cómo has crecido después: ¡qué dicha es la mía en haberte encontrado tan fresca y tan robusta! No te hubiera jamás reconocido, hermana mía. ¡Bendito sea Dios, que por fin ha hecho que nos encontráramos!

»Pero, ¡ay! —añadió—: mi corazón esta poseído de muy diversos sentimientos: la alegría de haberte encontrado, y la tristeza de conocer que mis presentimientos estaban muy fundados, cuando hace tiempo ya lloraba la muerte de mi padre; todas estas cosas me agitan y me oprimen a la vez. No podrás comprender, hermana mía, la continua aflicción que me causa el no recibir noticia alguna de mi padre. El honrado artesano a quien me había confiado, me enseñó su profesión. Pero cuántas veces tuve que comprimir en mi corazón los más penosos sentimientos oyendo cómo por todas partes ultrajaban al buen calderero por haber tenido la debilidad de recogerme. Mi padre, decían que no había deseado otra cosa más que desprenderse de mí: que me había abandonado, y jamás mi protector se vería reparado de los gastos que yo le ocasionaba.

»Frecuentemente tenía que escuchar yo estas palabras; pero jamás perdí la confianza que tenía puesta en mi padre. ¿Cómo podría haber dudado de su rectitud y de su cariño? Tú misma sabes cuán bueno era y compasivo.

—¿Quién puede saberlo mejor que yo? —replicó Luisa—. Jamás podré olvidar el momento de su muerte. En medio de la noche me llamó junto a su cama; ¡y cuán penetrantes fueron sus últimas palabras!… Me parece todavía escuchar de sus labios moribundos la bendición que salía para nosotros dos. Su cara expresaba la piedad y concentración del alma; parecía como que no perteneciese ya a la tierra: ¡oh, sí!, la vista de esta separación dolorosa estará siempre ante mis ojos.

—Ahora mismo, cuando entré en esta capilla —añadió Conrado—, el recuerdo de mi buen padre se ha despertado en mí de un modo el más activo: me parecía ver aún su rostro venerable, la palidez de todo su semblante, sus ojos cayendo sobre mí con tan grande emoción como tristeza. Un buen número de años han pasado: pero no se ha escapado de mi memoria la menor de aquellas circunstancias. Mi padre emprendió el camino muy de madrugada: yo le acompañé hasta el pueblo más cercano. Estábamos enfrente de una iglesia cuya puerta habían dejado abierta. «No pases nunca —me dijo—, delante de un lugar consagrado al Señor, sin que te detengas en él». Entramos allá los dos. La iglesia estaba solitaria. Mi padre se arrodilló delante del altar, y oró con gran recogimiento; yo imité el ejemplo que me daba. Brotaban de nuestros ojos muy abundantes lágrimas. Por último se levantó, y me dijo de esta suerte: «Mi querido Conrado: acabo de encomendarte a Dios, lo mismo que a mi buena Luisa: os pongo confiado en sus adorables manos». Después me exhortó a permanecer siempre en la presencia de Dios, a observar constantemente los preceptos de su hijo santísimo Jesús, y a no acceder jamás a las instigaciones del maligno espíritu. «Seguramente —añadió—, que mi vida será de muy corta duración, y que me ves ahora por la última vez. Graba en tu corazón mis últimos consejos, y no dejes de ser el sostén de tu hermana, y de partir con ella el fruto de tu trabajo. Dame la mano, Conrado: ¿prometes practicarlo así?».

»Por último: hizo que me pusiera de rodillas, miró con fervor al cielo, y me dio su bendición. Él mismo me levantó, me estrechó tiernamente contra su corazón, me dio el poco dinero de que podía disponer, y profirió temblando estas palabras: “Que el Señor no te abandone jamás”.

»Al salir de la iglesia, sus ojos henchidos por las lágrimas se entretuvieron todavía con ternura sobre mí, y añadió sollozando: “Vive de manera que podamos vernos un día reunidos en el cielo”. Y se alejó velozmente, desapareciendo al volver de la iglesia. No he podido verle más desde entonces. Cuando entré en esta capilla solitaria, se me ofrecieron de nuevo al pensamiento estas palabras de un adiós tan triste. Se retrató en mi memoria la oración fervorosa que dirigió mi padre en la iglesia de aquel pueblo al despedirse de mí, y me pareció verle todavía arrodillado delante del altar. He derramado lágrimas amargas, y he rogado a Dios que me diese a conocer lo que había sido de vosotros.

»¡Oh, dichoso me siento al considerar que mi buen padre no se olvidó de mí!, ¡que en el mismo instante de su muerte pensó todavía en mí, y que bendijo a sus dos hijos!

—¡Oh padre mío!, mi bondadoso padre —exclamó la joven anegada en lágrimas—; ahora estás en el cielo, y tu bendición desciende visiblemente sobre tus dos hijos. Sí, hermano mío, son admirables los caminos del Señor. Sus hijos vienen a encontrarse junto a su altar sagrado. Dios, que lo dirige todo, ha escuchado la oración que nuestro padre le hizo desde la iglesia del pueblo, y ha también atendido a las voces que le dirigías desde esta capilla en que nos encontramos. Ven pues, querido Conrado: postrémonos delante de este altar, y demos gracias a Dios de que por fin se haya dignado querernos reunir.

Los dos hermanos se pusieron de rodillas y derramando lágrimas de gozo, dieron fervorosamente las gracias al Señor.

—Ahora bien —dijo Conrado—; dime, querida Luisa, ¿cómo ha sido que te haya encontrado aquí y cómo te atreves a venir sola a este espeso bosque?

—No estamos tan internados en la soledad como tú crees —le repuso Luisa—; casi tocamos con la salida del bosque, y este camino es muy frecuentado. Esta capilla es mi sitio predilecto; durante la primavera y el verano, cuando el cielo está despejado, es este mi paseo favorito en los domingos; y los otros de entre semana venero también con frecuencia luego de haber terminado mis obligaciones. El camino que conduce aquí es agradable en extremo. Se anda perfectamente a la sombra de estos hermosos árboles. Una de mis amigas, hija de un hombre respetado por todos los de esta comarca, tiene la costumbre de acompañarme; pero hoy se lo han impedido sus ocupaciones, y a esto debes el haberme encontrado sola aquí. Este librito, que es el que prefiero sobre todos mis devocionarios, no se aparta jamas de mí; y casi casi, lo tengo ya enteramente en la memoria. En esta capilla, suspiraba muchas veces por ti y suplicaba a Dios que te volviese a entregar a mi ternura; y ahora mismo acaba de concederme lo que le pedía. Este libro lo olvidé por casualidad aquí; pero Dios se ha servido de este medio para darme un hermano tiernamente amado. Ya lo ves; a él soy deudora de la dicha que gusto en este instante.

—Yo también —replicó Conrado— estaba sumamente inquieto viéndome extraviado por el bosque; y cabalmente a esta circunstancia debo nuestro feliz encuentro. Así es cómo sabe Dios convertir nuestras penas en manantiales de alegría. Pero ¿en dónde vives, mi querida hermana?

—Muy cerca de aquí, a la otra parte de esta pequeña colina, en la villa de Schenborn, allí vive la apreciable mujer que me adoptó. Es viuda y no tiene hijos; y su esposo era un rico negociante. Me quiere entrañablemente, y me trata como si fuera su hija. Pero vamos a alegrarla; yo llevaré tu maleta, porque debes estar muy fatigado. Vente conmigo: mi madre adoptiva tendrá mucha alegría viendo al hermano sobre cuya suerte había compartido con frecuencia mis inquietudes.

Y se pusieron en marcha, a pesar de la fatiga que sufría Conrado, no quiso de ningún modo que su hermana cargara con la maleta. Andando tranquilamente, llegaron pronto a la villa y a la bonita casa en que vivía Luisa. La buena mujer quedó altamente sorprendida al notar que venía con un forastero; pero fue grande su contento, cuando supo que aquel joven era el hermano de su querida Luisa; y se admiraba más y más a cada instante, por lo extraordinario y singular de aquel encuentro.

Rodeáronles una multitud de curiosos, y uno entre ellos no pudo menos que decir: «No hay duda, este es el hermano de Luisa; mirad cuán parecidos son». Otros había, más desconfiados, que sacudiendo la cabeza murmuraban diciendo que no podía darse crédito a las palabras de un desconocido. Pero pronto se desvanecieron todas las dudas; porque Conrado, abriendo su cartera, les enseñó su certificación de aprendizaje, la libreta de empadronamiento y un testimonio de su buena conducta, firmado por el cura párroco del pueblo.

La buena mujer lloraba de gozo, al referirle el modo casi milagroso como se encontraron el hermano con su hermana.

—Hasta ahora —dijo—, tenía destinada mi casa para Luisa: y será suya, con tal que continúe siendo buena y discreta como lo ha sido hasta ahora; si procura no parecerse esas jóvenes atolondradas, que, libres en sus maneras y en su conducta, no piensan en otra cosa que en adornarse, y tal vez en otros placeres aun más peligrosos. Pero quiero hacer por ti también alguna cosa, mi querido Conrado. Al darme Dios las riquezas, me ha impuesto la obligación de hacer felices a mis hermanos, y me ha facilitado los medios para eso. Hace algunos meses que murió el calderero que teníamos en la villa; y su casa está puesta en venta: yo la compraré para ti, mientras des a conocer que eres capaz de desempeñar aquella obligación.

Estas últimas palabras fueron proferirlas en presencia de algunas otras personas, en poco tiempo, algunos de los parientes de la generosa viuda, ricos, pero extremadamente interesados, vinieron a hacerle la corte, y procuraron apartarla de su resolución; pero fue todo inútilmente. Gracias a su bienhechora, Conrado vino a ser en breve uno de los artesanos tenidos en más consideración en coda la comarca. Contribuyó también a su bienestar, un matrimonio que hizo ventajoso bajo todos conceptos. Por su parte Luisa casó también con un hombre de honrosas circunstancias, y encontró en esta unión la felicidad a que la hacían acreedora sus virtudes.

No echó en olvido Conrado lo mucho que debía al amo que le había instruido. No se contentó en escribirle cartas llenas de reconocimiento; sino que quiso manifestarle con las obras la grandeza de su gratitud. Supo que aquel excelente hombre, debilitado por la edad no podía ya trabajar; que habiendo muerto su esposa vivía solo, privado de los cuidados que necesitaba en su vejez; que por efectos de la guerra halda perdido todos sus bienes y se encontraba en una situación muy precaria; y así fue: que sin consultar nada más que los impulsos en su corazón, se puso inmediatamente en camino. Llevó consigo a su casa al antiguo calderero, y le trató con tanto respeto, amor y deferencia, como si hubiese sido su propio padre.

Luisa se condujo asimismo como una tierna hija respecto a su madre adoptiva. Los dos viejos se complacían en repetir frecuentemente: «El Señor no ha querido darnos hijos; pero estos que hemos adoptado nos hacen tan felices como si nos pertenecieran por los lazos de la sangre. No podemos desear más cuidados de los que nos prodigan, ni más placeres que los que nos procuran».

Conrado y su hermana mandaron de acorde restaurar la antigua capilla del bosque; y plantaron cuatro tilos sobre la colina en que estaba edificada.

Mandaron limpiar también el antiguo retablo, que era muy bueno, y cuyos colores estaban debilitados por la acción del tiempo. Un hábil pintor, que supo conocer su mérito, se encargó de restaurarlo, y desde entonces vino a ser la admiración de cuantos lo contemplaban. La capilla se hizo notable por la belleza de su blancura; y al través de los vidrios, que resplandecían como el cristal, descansaban dulcemente la vista sobre la fresca verdura de los tilos que te daban sombra. El altar tenía la brillantez del mármol; y sus adornos eran ricos, pero sencillos. Nada, sin embargo, tenía el encanto del retablo colocado en el altar. La frescura del colorido, la gracia y la pureza de los perfiles, causaban en el alma una dulcísima impresión.

Representaba la Santa Familia, La virgen María sentada a la entrada de una cabaña, tenía en sus brazos al infante Jesús; el bueno de San José estaba ofreciendo al niño un canastillo enteramente lleno de los más agradables frutos. Los dos fijaban sus ojos radiantes de ternura en el divino Hijo, y éste, juntadas sus manecitas, parecía mirar atento y devotamente al cielo.

Al pie del retablo se leían estas palabras escritas en letras de oro:

La unión, el trabajo, el amor y la piedad,

ved ahí los elementos de nuestra felicidad.


CRISTÓBAL SCHMID
Cuentos Nuevos


Cristóbal Schmid (Johann Christoph Friedrich von Schmid, 1768–1854) fue un sacerdote católico y escritor alemán, considerado pionero de la literatura infantil en Europa.

 

Comienza diciembre

farola

30 noviembre 2025

La capilla del bosque. (2 de varios) / Romanticismo alemán

 El profundo silencio que reinaba en aquel lugar consagrado a Dios, convidaba al recogimiento. Conrado se arrodilló junto a la puerta, y dirigió a Dios una oración fervorosa. Antes de cargar otra vez con su maleta, se acercó al altar a fin de contemplar cómodamente un retablo que le había llamado la atención y al levantarse, observó en un banco un libro pequeñito de oración, muy bello, encuadernado en chagrín encarnado y broches dorados. Lo cogió, lo abrió, y, cual fue su admiración al encontrar en la primera página su nombre ¡escrito de su propio puño! Le parecía soñar, y no podía dar crédito a sus ojos.

Recorrió el libro. La primera lámina representaba el Salvador, bendiciendo a los niños; algunas oraciones y sentencias que leyó rápidamente, le parecieron cosas conocidas; y vinieron juntas a renovar sus memorias. «Ya lo veo —exclamó profundamente conmovido—; este libro en otro tiempo me perteneció; yo mismo escribí este nombre: es el mismo carácter de letra que tuve yo en mi infancia. Pero ¿cómo ha venido a parar a esta capilla aislada, y en medio de este espeso bosque? Esto es lo que no concibo».

Mil recuerdos de su infancia se despertaron en su alma; un ardiente deseo de ver a su familia, o a lo menos saber noticias de aquellos que le son queridos, se apoderó de su corazón y rodaron por sus mejillas una abundancia de abrasadoras lágrimas.

«Dios mío —dijo finalmente—, ¡y qué buenos padres me habéis dado!, ¡qué hermosos días habíamos antes pasado, mi hermana y yo, en la casa paterna! ¡Cuán dichoso era yo junto a mi buena y tierna madre cuando sentada junto a su velador nos llamaba a su lado y nos hablaba de vos y de vuestro amado Hijo; cuando nuestro excelente padre, después de haber consagrado el día a sus deberes, descansaba por la noche refiriéndonos historias agradables e instructivas; cuando mi hermanita y yo nos reuníamos en el precioso jardín de nuestra casa, o nos divertíamos en cultivarlo en presencia de nuestros padres, que se creían dichosos con nuestra alegría infantil! Pero ¡ay!, hace mucho tiempo, que una malhadada guerra nos ha arrancado de nuestra querida patria, y nos ha puesto a larga distancia los unos de los otros. Tiempo hace ya que nuestra buena madre murió sumergida en la miseria, y sus benditas manos que me entregaron un día este librito, están secas ahora en el sepulcro. Una porción de años ha que no tengo noticias de mi padre; y quizás el dolor le ha conducido a una muerte prematura.

»Y mi pobre hermanita, ¿dónde estará vagando en este instante? ¿Es o no es feliz? ¿Vive todavía? Todo absolutamente lo ignoro. Apartado de aquellos que están en mi corazón, ando aislado y errante por el mundo. Sólo vos, ¡oh Dios omnipotente!, conocéis la suerte de aquellos que aún viven. ¡Ay de mí!, si a lo menos uno de ellos existe todavía, conducidlo a mis brazos. Tened piedad de mí, oh Dios de misericordia; atended a los ruegos que os dirigió mi padre el día que le vi por la postrera vez, y realizad la bendición que, lleno de confianza en vos, invocó sobre mi cabeza en el momento en que me dejó».

De esta suerte continuó Conrado rogando largo tiempo. Por último, levantándose añadió: «No me atrevo a marchar con este libro; no sé si puedo considerarlo ahora como mío. Probablemente se lo habrá olvidado alguien en este sitio, y de seguro vendrá a buscarlo antes que llegue la noche. Mejor será que aguarde aquí; por este medio, podré tal vez adquirir conocimientos que me serán de provecho».

Ocupado en estos pensamientos, sentóse en un extremo de la capilla, y se entretuvo en hojear el libro. Pocos instantes se habrían pasado cuando entró una joven como de unos diez y seis años de edad, de aspecto fino, y porte decente y modesto. Acercándose al altar se inclinó respetuosamente, y exhalando un profundo suspiro dijo en alta voz: «¡Cuánta pena me causa, Dios mío, el haberlo perdido! Era lo que yo más amaba, y nada más me queda para consolarme».

Ya estaba disponiéndose a salir de la capilla, cuando Conrado, en quien no había advertido, se le acercó impetuosamente con el devocionario entre sus manos, y le dijo:

—¿Ha perdido usted este libro, señorita?

—Sí —le contestó con alegría—, en la primera, hoja están escritas estas dos palabras: Conrado Erliebe.

—Parece que tiene para V. mucho valor —dijo Conrado—. ¿Tendría V. inconveniente en decirme el por qué? Conozco el nombre de Conrado Erliebe, y podré darle a V. noticias suyas.

—¡Oh! Si pudiera V. hacerlo —contestó la joven—, me haría un grande beneficio. Me intereso en extremo por Conrado Erliebe: muchos pasajeros me han asegurado haberle visto en tal o cual parte; pero por desgracia nunca he podido ver confirmadas sus noticias. No obstante, bueno será que le refiera a V. una parte de mi historia; tal vez por este medio comprenderá V. si es el mismo Erliebe de que hablamos.

»Mi padre estaba empleado en el otro lado del Rhin. Vino la guerra; el país quedó al dominio de los enemigos, y tuvimos que abandonar nuestra patria. Su principal, que había perdido también todo cuanto poseía, estaba muy distante de poder hacer cosa alguna en su favor. Nuestra posición se fue haciendo cada día más penosa. Figúrese V. ¡cuánto afligió esta pérdida a mi padre! Solo con dos niños, mi hermano y yo, le había de ser muy difícil continuar su viaje en busca de un nuevo empleo. Un vecino del pueblo en que murió mi madre, de oficio calderero y que no tenía hijos, le ofreció encargarse de mi hermano hasta que fuera de edad correspondiente para que pudiese buscarse lo necesario para la vida. Mi padre y yo continuamos nuestro camino. Fuimos lejos, muy lejos; mas de repente cae mi padre enfermo, y muere a los pocos días. Tenía yo entonces únicamente seis años, y no podía conocer toda la gravedad de esta pérdida. Una buena y caritativa mujer, viuda de un honrado menestral, se compadeció de mí y quiso admitirme en su casa. Diez años hace ya que murió mi padre, y todavía nada he podido saber de mi hermano. La misma noche que murió mi padre, suplicó al mesonero que nos tenía alojados, que diese a conocer su muerte a su hijo; que le enviara su bendición, y suplicase al bondadoso calderero que se dignara ser el apoyo del pobre huérfano. A pesar de su extremada flaqueza, este buen padre quiso escribir por sí mismo el nombre de la población y el del calderero que se había encargado de su hijo. Pero por desgracia ese papel se perdió, por culpa de una imprudente criada, que no sabiendo la importancia que tenía, lo tiró al fuego como una cosa inútil. ¡Dios mío! ¡Cuántas veces he soñado yo con mi hermano! Nos informamos inútilmente por todas partes, y nunca produjeron fruto alguno las investigaciones que practicamos. Todo lo que tengo de él, consiste en este libro que V. ve; que aunque no lo he recibido de su mano, lo conservo no obstante como un recuerdo precioso y estimable».

Conrado, arrasados en lágrimas sus ojos y manifiestamente conmovido, exclamó:

—¡Dios mío!, ¡y cuán admirables son vuestros caminos! Amable joven, ¿no te llamas Luisa?

—Sí —contestó la joven admirada—: me llamo Luisa Erliebe.

—Pues bien —dijo Conrado—: mírame y déjame estrechar tu mano. Estas dos palabras fueron escritas por mí: éste es mi nombre: yo soy Conrado, tu hermano.

Luisa escuchaba fuera de sí misma. Este encuentro inesperado la conmovió fuertemente, y Conrado experimentó una sensación igual a la de su hermana. Finalmente, derramando los dos una abundancia de lágrimas de gozo, y penetrados de un sentimiento religioso, bendijeron a la Providencia que les había reunido cuando menos lo esperaban.



CRISTÓBAL SCHMID
Cuentos Nuevos


Cristóbal Schmid (Johann Christoph Friedrich von Schmid, 1768–1854) fue un sacerdote católico y escritor alemán, considerado pionero de la literatura infantil en Europa.

Gota de agua

gotas de agua

29 noviembre 2025

LA CAPILLA DEL BOSQUE. (Parte 1 de varias.)

 LA CAPILLA DEL BOSQUE

Habiendo terminado su aprendizaje de calderero un joven sano y vigoroso, llamado Conrado Erliebe, tomó el partido de viajar por espacio de tres años, a fin de perfeccionarse en su profesión.

Vestía sencillo, pero decentemente; y echada a las espaldas su maleta, y apoyándose en su palo a modo de peregrino, emprendió alegremente su viaje. Hacía ya algunas horas qué estaba caminando, a pesar de ser un día caluroso de verano, cuando se encontró de repente en el corazón de un espeso bosque.

En vano procuró dejarlo; bien pronto quedó perdido enteramente; vagó por largo tiempo a la ventura, sin que pudiese encontrar el menor rastro de camino. El sol iba a ocultarse en las próximas montañas, e iba ya Conrado a entregarse a la inquietud y la tristeza, cuando advirtió a lo lejos el campanario de una capillita que se levantaba por sobre de unos melancólicos abetos, y al cual tocaban todavía los últimos rayos del sol. Tomó aquella dirección y en breve dio con un camino que le condujo al pie de la capilla, situada sobre una eminencia coronada de fresco verdor.

A su vista, recordó Conrado los consejos de su padre, que acostumbraba decirle: «Hijo mío; si está en tu mano, jamás pases por una capilla abierta, sin entrar y orar en ella. Piensa que ha sido construida para servir la adoración de Dios; y que su elevado campanario es para nosotros a la manera de un dedo que nos muestra el cielo. ¿Cómo podrías, pues, pasar por alto ninguna ocasión de levantar tu alma a Dios y arrodillarte en la presencia de nuestro bienhechor supremo? Un cuadro que llame tu atención; una sentencia que leas por curiosidad, pueden inspirarte, sin que tú lo adviertas, valor y una santa confianza, y hacer que nazcan en ti las más santas resoluciones».

Recorriendo en su memoria estas palabras de un padre respetado y tiernamente amado, entró Conrado en la capilla cuya puerta encontró abierta. Al aspecto de aquella bóveda sombría, de aquellas paredes ennegrecidas por el tiempo, de aquellas ventanas estrechas y adornadas de cristales redondeados, y de aquel antiquísimo altar, el joven se creyó por un instante transportado a una multitud de siglos de distancia.


CRISTÓBAL SCHMID

Cuentos Nuevos


Cristóbal Schmid (Johann Christoph Friedrich von Schmid, 1768–1854) fue un sacerdote católico y escritor alemán, considerado pionero de la literatura infantil en Europa.

Telas de araña

Otoño

28 noviembre 2025

Una buena comida o aperitivo auguran buenas cosas en términos de comunidad y comprensión

¿Qué pasa si la cena sale mal o no sucede en absoluto?

Habrá un desenlace diferente, pero creo que se respetará la misma lógica. Si una buena comida o aperitivo auguran buenas cosas en términos de comunidad y comprensión, una mala comida es de mal agüero. Ocurre todo el tiempo en los programas de televisión. Hay dos personas cenando, llega una tercera sin que nadie la llame, y una de las primeras, o las dos, se niegan a seguir comiendo. Dejan caer la servilleta en el regazo, o dicen algo sobre haber perdido el apetito, o simplemente se levantan y se marchan. De inmediato sabemos qué opinan del intruso. Pensemos en todas las películas en las que un soldado comparte sus raciones con un camarada, o un niño su bocadillo con un perro callejero; ese abrumador mensaje de lealtad, afinidad y generosidad nos transmite la certeza de que consideramos muy importante la camaradería en la mesa. ¿Qué pasa si vemos a dos personas cenando y una de ellas planea, o ha organizado, la muerte de la otra? En ese caso, nuestra repugnancia ante el asesinato se acentúa por la sensación de que se vulnera una cortesía importante, la de no hacer daño a nuestros compañeros de mesa.

O tomemos Reunión en el restaurante nostalgia (1982), de Anne Tyler. La madre intenta una y otra vez cenar con toda su familia, sin lograrlo nunca. Uno no llega, otro tiene que marcharse, a la mesa le ocurre un pequeño desastre. Sólo después de su muerte consiguen sus hijos reunirse en torno a una mesa de restaurante y cenar juntos; a esas alturas, por supuesto, el cuerpo y la sangre que comparten simbólicamente son los de su madre. Su vida —su muerte— se convierte en parte de la experiencia común.

Para ver el pleno efecto de la comida compartida con otros, pensemos en «Los muertos» (1914), de James Joyce. Este maravilloso relato se centra en una cena celebrada durante la noche de Reyes, doce días después de la navidad. Todo tipo de impulsos y deseos diversos se manifiestan mientras se baila, se come y se revelan alianzas y hostilidades. El personaje principal, Gabriel Conroy, debe darse cuenta de que no es superior a los demás; durante la velada recibe una serie de pequeños golpes al ego que, en su conjunto, le demuestran que forma parte del tejido social general. La mesa y los platos de comida se describen suntuosamente, mientras Joyce nos hace entrar en la atmósfera:

Un ganso gordo y pardo descansaba a un extremo de la mesa y al otro extremo, sobre un lecho de papel plegado adornado con ramitas de perejil, reposaba un jamón grande, despellejado y rociado de migajas, las canillas guarnecidas con primorosos flecos de papel, y justo al lado rodajas de carne condimentada. Entre estos extremos rivales corrían hileras paralelas de entremeses: dos seos de gelatina, roja y amarilla; un plato llano lleno de bloques de manjar blanco y jalea roja; un largo plato en forma de hoja con su tallo como mango, donde había montones de pasas moradas y de almendras peladas; un plato gemelo con un rectángulo de higos de Esmirna encima; un plato de natilla rebozada con polvo de nuez-moscada; un pequeño bol lleno de chocolates y caramelos envueltos en papel dorado y plateado; y un búcaro del que salían tallos de apio. En el centro de la mesa, como centinelas del frutero que tenía una pirámide de naranjas y manzanas americanas, había dos garrafas achatadas, antiguas, de cristal tallado, una con oporto y la otra con jerez abocado. Sobre el piano cerrado aguardaba un pudín en un enorme plato amarillo y detrás había tres pelotones de botellas de stout, de ale y de agua mineral, alineadas de acuerdo con el color de su uniforme: los primeros dos pelotones negros, con etiquetas rojas y marrón, el tercero, el más pequeño, todo de blanco con vírgulas verdes.

Pocos escritores se han tomado tanto trabajo en describir la comida y la bebida, han ordenado de tal manera sus fuerzas para crear un efecto militar de ejércitos reunidos antes de la batalla: tropas, filas, «extremos rivales», centinelas, pelotones, uniformes. Nadie escribiría un párrafo así sin objetivo alguno, sin un motivo oculto. Por supuesto, Joyce tiene al menos cinco motivos diferentes, porque al genio no le basta con uno. Su motivo principal, con todo, es que entremos en ese momento, que arrimemos las sillas a la mesa para convencernos por completo de la realidad de la cena. Al mismo tiempo, quiere transmitir la sensación de tensión y conflicto que ha recorrido la velada —hay gran cantidad de momentos en que los unos discuten con los otros antes e incluso durante la cena— y esta tensión no cuadra con la idea de compartir la comida suntuosa y, dado el día festivo, unificadora. Joyce lo hace por una razón muy simple y muy profunda: tenemos que formar parte de esa comunión. Sería fácil burlarnos sin más de Freddy Malins, el perpetuo borracho, y de su madre chiflada; hacer caso omiso de la charla de sobremesa sobre óperas y cantantes de los que nunca hemos oído hablar; soltar risitas sobre el tonteo entre los más jóvenes; rechazar la inquietud que siente Gabriel por el discurso de agradecimiento que debe pronunciar al final de la comida. Pero no podemos guardar la distancia porque la elaborada preparación de la escena nos hace sentir sentados a la mesa. Así que notamos, un poco antes que Gabriel, pues él está absorto en su propia realidad, que estamos todos juntos en esto, que de hecho compartimos algo.

Eso que compartimos es la muerte. Todos los que se hallan en el comedor, desde la enclenque y vieja tía Julia hasta el jovencísimo estudiante de música, morirán. No esa noche, pero algún día. Una vez que reconocemos ese hecho (y se nos ha dado ventaja con el título, mientras que Gabriel ignora que la velada lleva título), el relato avanza sobre ruedas. Ante la mortalidad, que acosa por igual a grandes y pequeños, las diferencias de nuestras vidas son detalles superfluos. Cuando cae la nieve al final del cuento, en un pasaje hermoso y conmovedor, cubre por igual «a los vivos y a los muertos». Claro que sí, pensamos, pues en ello la nieve es idéntica a la muerte. Ya estamos preparados: hemos compartido la comida de comunión que Joyce nos ha servido, una comunión que no celebra la muerte, sino aquello que la precede. La vida. 

 


Thomas C. Foster

Leer como un profesor